Nosotros
19. Contra todo
19
Contra todo
Ya sentada en la sala VIP de Alitalia, le pareció una primera clase ridícula, ofensiva, gran deterioro de la vida, ya solo viajaban rodeados de magnificencia y decoro los presidentes de Gobierno y los ministros, y los dueños de las grandes corporaciones, y de hecho solo tenía sentido ser presidente de Gobierno o ministro o dueño de un imperio económico para viajar cómodamente, lo demás no existía.
Hay gente que cree, pensó Irene, que los reyes y los presidentes de Gobierno aman a sus pueblos y eso es para morirse de risa, menos mal de nuestras bofetadas, de nuestros arañazos, ya ves, Marce, tengo que ir contando todo aquello que nos hacíamos para sentirnos mejores que toda esa gente que creía en los seres abominables.
Vio enfrente dos hombres de negocios que hablaban en inglés. Se despistaron un momento, envueltos en una conversación intensa sobre una inversión importante de sus empresas, y perdieron de vista sus ordenadores mientras se servían una ensalada con salmón en el bufé libre.
Un salmón demacrado.
Jamás fue vida libre, el pobre salmón, pensó.
Tal vez no fuese ni siquiera salmón, sino un compuesto de patata y colorantes con sabor a salmón.
Desde luego, no era el rape y el rodaballo fundidos en una criatura nueva de la que le había hablado Julio, que bien podría llamarse Leviatán.
No parecía que esas tiras anaranjadas y como de goma gelatinosa hubieran estado alguna vez bajo las aguas.
Irene agarró los dos ordenadores portátiles de los dos hombres, los cerró, se los llevó al lavabo de señoras, los volvió a abrir y los colocó debajo del grifo; vio las teclas empaparse de agua, el hidrógeno y el oxígeno invadiendo la tecnología, qué maravilloso espectáculo meter un ordenador
debajo de un poderoso chorro de agua, y luego los tiró a la basura, donde se acumulaban toallas de papel y otros desperdicios. Imaginó los destrozos del agua sobre la tecnología, el agua reventando las conexiones y los microchips del ordenador, agrietando el disco duro, empapando el Office.
Es imposible luchar contra el agua.
Rio.
Rio como una diosa, o así se vio a sí misma.
Cuando salió del lavabo de señoras se encontró a los dos tipos al borde de un ataque de ansiedad buscando sus ordenadores.
Intervino: Irene dijo en francés que había visto a un magrebí con dos ordenadores en la mano saltando por una ventana.
—Aquí no hay ventanas —dijo en inglés el responsable de la sala VIP de Alitalia.
—¿Cómo se atreven a no tener ventanas? Esto es claustrofóbico —dijo Irene otra vez en francés.
Los dos tipos sollozaban.
Habían perdido sus ordenadores portátiles.
Dos basuras menos en el mundo, pensó Irene.
Tenía que hacer más a menudo cosas así.
Embarcó.
El asiento, profundamente feo.
Las azafatas, guapas, pero profundamente vacías.
Los demás viajeros, profundamente ingrávidos.
Se levantó para ir al lavabo.
Vio el teléfono móvil de una azafata.
La azafata estaba con el carrito.
Lo cogió, le escupió, lo metió en un vaso de vino y lo tiró al cubo de la basura del cuarto de baño.
Cuánta felicidad sintió destruyendo el mundo de esa gente.
Le ofrecieron un poco de queso y prosciutto. Y media botella de vino blanco, fría, de una bodega de la Toscana.
No comió nada, pero se bebió la media botella entera.
Mezcló el queso y el prosciutto en una masa asquerosa y la envolvió en una servilleta. Se levantó. Abrió el equipaje de cabina. Descorrió la cremallera de una maleta que, obviamente, no era la suya, y palpó ropa que había dentro y, con la otra mano, metió la mezcla pastosa y la extendió por la ropa de un desconocido o desconocida.
El entusiasmo es oscuro ahora, pensó Irene.
La azafata estaba enloquecida, con un ataque de pánico, buscando su teléfono móvil, creía que se lo habían robado, llamó a la policía, que se presentó en el desembarque del avión, pero la primera clase no fue investigada.
El móvil de la azafata yacía en la basura.
—No puedo llamar a mi hijo —gritaba la azafata.
No se sabía el número, porque la memoria ya no existe, pensó Irene. Si no recuerdas un número de teléfono, por qué entonces recordar el pasado.
Irene permaneció impasible ante la desesperación de la mujer. Esa desesperación atenuaba, aunque fuera por unos minutos, la suya. No le tuvo ninguna lástima. Además, desesperada, esa mujer resultaba muy erótica y muy vulnerable. Se sintió con ganas de besarla. Lo que hizo fue infundirle calma.
—No te preocupes, seguro que está donde menos te lo esperas, ya verás como aparece. —Y dichas estas palabras, ahora en español, y con el riesgo evidente de no ser entendida, porque el español no es una lengua internacional, se sintió legitimada para cogerle una mano.
La azafata agradeció el gesto, y apretó la mano de Irene. La habría besado allí mismo y le habría metido los dedos en el clítoris.
No quiso subirse al primer taxi disponible que había en la terminal porque no le gustó el coche, lo cual generó un principio de caos y un clima de hostilidad hacia ella que solo su encanto personal convirtió en un simple capricho de turista.
Eligió un taxi más bonito, era por fin un Alfa Romeo, lo cual la llevó a esperar cinco minutos más, pero quería llegar al hotel en ese coche. El taxista del Alfa Romeo entendió lo que pasaba y calmó la irritación de los otros taxistas, todos con su Toyota híbrido o su Škoda Octavia, coches que Irene detestaba.
Cuando se subió al Alfa Romeo y vio que la tapicería era de color blanco, y de cuero, se sintió por fin tranquila, porque el lujo es una forma de protección contra la estupidez de la vida social, contra el vacío de todas las ideologías de la historia, pues el lujo solo es placer que se manifiesta, que se visibiliza. El taxista le dijo en italiano que la belleza es importante, intentando apoyarla en el rifirrafe que se había montado con su negativa a
aceptar el coche que le tocaba en la fila de espera de los taxis, porque en el fondo se había rebelado contra un orden basado en el sentido común, que incluye también el sentido práctico —y, por tanto, político— de las cosas.
Había introducido un desorden: había dicho que no le piaceva la macchina que le iba a ser asignada por el azar. Había despertado ante todos los que allí estaban algo que bien podríamos llamar el fantasma de la voluntad de querer otra cosa. Pero ¿no fue su vida con Marce también eso?, un salirse de la cola de la vida y elegir, elegir cuero blanco en vez de plástico negro, porque solo se vive una vez.
Elegir un Cartier de oro y no un Casio.
Elegir un hombre guapo y no un hombre feo.
Elegir un hombre delgado y alto y no un hombre gordo y pequeño.
Elegir un hombre sensible e inteligente y no un hombre zafio y tonto.
Millones de hombres tontos deambulaban por el planeta, pero ella eligió al más apuesto y al más dulce, ella eligió a Marce.
—No basta con llegar a los sitios, hay que viajar rodeado de belleza —le dijo el taxista, e Irene se quedó pensando en si ese taxista no era un ángel enviado por el mismísimo Marce.
Irene le pidió su tarjeta para que la llevara al aeropuerto a su regreso.
Tenía el vuelo de vuelta tres días después, pues tres eran los días que había decidido estar en Alguer.
La recepción del hotel era tan fea y destartalada como cuando había estado allí con Marce, pero entonces ese deterioro del mostrador de recepción le pareció elegante y vintage, ahora lo sentía como algo hostil, por la sencilla razón de que estaba sola, porque él no estaba.
Irene se decía a sí misma: ordena el mundo, maldita sea, ordénalo, ¿no ves que estoy desamparada?, Marce, te ordeno que ordenes el mundo.
—Señora Irene Márquez, en efecto, tiene usted una reserva para tres noches —le dijo el recepcionista.
—Ese es mi apellido de soltera, me llamo Irene Winter, que es mi apellido de casada, porque mi marido era de origen americano —mintió ella.
Mintió por el placer de mentir, porque le gustaba la palabra winter, porque quiso añadir frío al cuerpo en llamas de Marcelo que veía en sus orgasmos con otros hombres.
—Perfecto —dijo el recepcionista.
Y le dio la llave de la 390.
Y recordó un final de septiembre del 2012 en que Marce descubrió su piel, porque Marce celebraba cada año una parte de su cuerpo. El 2011 fue el año dedicado a sus pies, el 2010 a sus manos, pero el 2012 descubrió algo especial: la piel, un territorio distinto, según palabras de Marce.
Dedo a dedo.
Hay cosas que hacen que la vida triunfe sobre la inestabilidad del tiempo, sobre la inestabilidad de eso que llamamos la realidad, eso pensaba Irene, eso pensaron los dos juntos, y ese pensamiento estaba esperándola en la habitación 390 del hotel San Marco de Alguer.
Cada año estaba dedicado a una parte de su cuerpo.
Y todos los años estaban dedicados al enaltecimiento de su alma.
Haz que mi alma se extienda por el universo, le dijo a Marce, que camine como si fuese la verdad hecha cuerpo de mujer, como si mi cuerpo diese sentido a la vida de la humanidad pasada, presente y futura.
Y fue aquí, en esta habitación, pensó Irene cuando abrió la puerta y vio que la estancia estaba igual, exactamente igual.
La habitación era grande. En realidad, se trataba de un apartamento, con una pequeña cocina, una nevera y dos fuegos eléctricos completamente oxidados. Eran los mismos que en el 2012.
Pero por qué, Dios santo, necesitaba tanto saber si eran los mismos del 2012. Y estaban tan viejos que ya solo parecían dos masas negras de óxido, un lugar en el que nadie calentaría ni un cazo de agua.
El dormitorio quedaba a la izquierda de la puerta de entrada, y formaba como una habitación aparte, pero sin puerta ni paredes, y había una gran ventana que daba a la piscina del hotel, que estaba vacía, no había nadie.
Era el mes de junio, claro, no salía de ese mes, siempre junio.
Junio y septiembre tienen algo en común, pero es mínimo, tal vez solo brisas con un predominio melancólico del aire frío, con un sol moderado, con una tibieza moderada también.
Irene pensó que el agua de la piscina aún estaría fría. Los turistas, en su vulgaridad, solo creen en julio y agosto.
Se dirigió al balcón, subió la persiana y delante aparecieron el mar y la luz, que entró en la habitación y dio forma a las cosas, porque eso hace la luz. La luz regala la forma a las cosas que están en la oscuridad, como Marce hizo con ella.
Durmieron juntos en esa cama, cómo saber si era el mismo colchón. Lo mancharon de sangre, porque allí, en Cerdeña, en la celebración de la piel,
se arañaban con la navaja de afeitar cuando alcanzaban el orgasmo, la navaja heredada de Tory.
Así era.
Necesitaba que las cosas le dijeran que sí, que había estado allí en el 2012. Necesitaba comprobar la existencia del pasado a través de la existencia de las cosas.
Volver a ver la sangre de los dos en el colchón.
Llamó a la recepción y preguntó, preguntó y preguntó y no entendían la pregunta. Irene quería saber cuándo y cómo y a quién le habían comprado los nuevos colchones, porque no era el mismo colchón, pero ellos no sabían nada de colchones, e Irene gritó y lloró. Estaba histérica.
Lloró porque su mundo interior era incomprensible para los demás. Lloró porque sus deseos y sus obsesiones y su ternura eran pura histeria para los demás. Donde los demás veían ahora a una mujer histérica y pesada, ella se veía a sí misma como una mujer enamorada buscando una verdad sobre la Tierra.
En la recepción pensarían que les había tocado una loca. Pasa de vez en cuando, locos y locas que van a los hoteles a dar la nota, a pedir cosas absurdas, a pedir lo que la vida no les da y los hoteles tampoco, pero al menos están obligados a escuchar.
Insistió tanto que el director del hotel consultó en el ordenador las facturas de los últimos suministros, y efectivamente comprobó que se habían cambiado los colchones de esas habitaciones hacía cuatro años.
Irene tuvo que explicarle al director del hotel lo que le ocurría, que había estado allí con su marido en el 2012, que fue un viaje muy especial.
Cuando colgó, Irene dijo en voz alta:
—Oh, amor de mi vida, ayúdame, ¿dónde está el placer que me diste?
Había encontrado, al fin, la palabra: placer, la palabra era placer.
Siempre había sabido que esa era la palabra. Se la oyó decir a Julio al hablar del Mediterráneo. Era una palabra vieja, gastada, y sin embargo la estaba comprendiendo ahora. Les pasa a los seres humanos. Oyen palabras, manejan palabras, las dicen, las usan, pero desconocen el arcano al que representan, hasta que un día se produce una revelación, hasta que por fin entienden que las palabras conducen a las verdades atávicas, casi malditas.
Se sintió inmensamente ridícula habiendo hecho esas preguntas con tanta insistencia. La pasión, la pasión, me puede la pasión, se dijo Irene mientras se dirigía al balcón, que le pareció más pequeño que la otra vez, pero el mar estaba allí, las uñas, sí, eso, las uñas, dijo Marce entonces, hace diez años, dijo que las uñas no formaban parte de la piel, pero que él amaba sus uñas como si fuesen también su piel, hace diez años. Y acercaba la navaja de Tory hacia las uñas rojas de sus pies y mientras le acariciaba el sexo acometía pequeños cortes en los dedos, cortes casi invisibles, y la sangre salía, y luego era ella la que cogía la navaja y la paseaba por sus pies desnudos.
—Oler tu piel entera puede costar una hora si me detengo en alguna parte, si voy haciendo breves paradas y breves cortes en los lugares más hermosos —dijo Marce hace diez años.
Irene abrió la maleta y sacó la ropa y el neceser y sacó un par de ansiolíticos del blíster y se dirigió a la nevera, la abrió y no había ni una triste botella de agua fría, estaba vacía.
Volvió a llamar a la recepción.
Que sí, que le subían una botella, que si la quería natural o frizzante.
Había dicho que frizzante.
Y por fin contempló el mar de Cerdeña, el mismo que había visto con él hacía diez años.
La adicción había regresado, sexo y dolor, había vuelto el terror, sin él se sentía enferma. La enfermedad, el disturbio. Pero el apartamento estaba igual. Qué sentido tenía haber regresado a ese sitio. Lo que tenía que hacer era volver a la terapia. Volver a su médico. Que la cuidaran los profesionales.
Su padre, su hermana, ellos dos.
Que volvieran ellos dos.
Pero había encontrado una palabra.
Placer, no olvides la palabra, ahora que la has encontrado, pensó Irene.
En ese momento llamaron a la puerta. Era un camarero, que le traía unas flores de parte del director.
Pero no sería el director a quien llamaría esa noche, sino al taxista. Tal vez no viniera, y eso sería maravilloso, que no viniera.
Echó mano a su tarjeta y le puso un wasap, los clásicos wasaps de Irene.
Un número de habitación. En realidad, no había palabras. No escribía palabras en sus wasaps. Miró casi enloquecida todos sus wasaps y todos
eran números de habitación. Anotó en la pequeña libreta de cortesía del hotel, mientras miraba el mar, sentada en el sofá del apartamento, los distintos números de habitación, por ver si escondían algún significado, pero no conseguía concentrarse en esos números, que acabaron irritándola.
Se tomó otro ansiolítico.
Se calmó.
Guido, el dueño del Alfa Romeo, llamó a su puerta. Le traía una caja de bombones suizos.
Le hablaba en italiano.
Como Marce, porque a veces ella le pedía que le hablara en italiano.
Al rato se estaban besando.
No dejaba ni una sola parte de su cuerpo sin besar. Era un hombre tierno.
Tardó en penetrarla.
¿Estás entrando en Guido para entrar en mí?
El italiano de Guido, el italiano de Marce.
Esos sonidos que eran gracia sutil de la lengua italiana. Se lo dijo, le dijo a Marce que quería aprender italiano, y él le enseñaba, le enseñó, pero por qué aprendió tan poco, como si no hubiera habido tiempo, como si hubiera necesitado más años para aprender, pero si fueron veinte años, ¿por qué no entiende todo cuanto Guido le está diciendo?, y esa pregunta ensombrece su ánimo.
Se serenó y se ilusionó cuando volvió a verlo, al final de la escalera, bajo la luz del sol.
Allí estaba Marce.
Sonrió, movió los labios y otra vez el fuego quemándolo todo, y se desvaneció la imagen de su Marce.
Lo siguiente que vio fue a un extraño duchándose en su ducha. Y lo siguiente, a un extraño subiéndose unos pantalones Levi’s de color azul. Y a un extraño poniéndose el reloj que había dejado en su mesilla.
Era un Duward negro, deportivo, con correa de plástico, pero aparente, una correa rígida, que le daba al reloj solidez y presencia, la esfera estaba remarcada como por unos tornillos dorados, los números eran romanos y tenían fluorescencia. No era un Cartier, pero le gustó.
Un reloj de unos ochenta euros, tal vez cien, pero era bonito.
No sabía que esa marca siguiera haciendo relojes, porque le habían regalado un Duward de oro el día de su primera comunión. Se lo regaló su madre. Pero ese reloj desapareció. ¿Dónde demonios fue a parar?
Guido volvió a besarla.
Entonces ella mordió sus labios hasta que sangraron, y Guido, extrañamente, se dejó morder, y abundante sangre se derramó sobre la cama.
Aquella misma mañana se marchó de Alguer.
El taxista que le proporcionaron en la recepción tenía un Dacia, e Irene se sintió humillada por la vulgaridad de ese coche.
El fundamento de la vulgaridad es la humillación, pensó.
Se agolparon wasaps de Guido en su teléfono móvil.
Era su quinto hombre.
Julio, Horacio, Sanfeliu, Duval y Guido.
Y su sexto amante.
Intentaba encontrar un orden en el tiempo.
Aprendiéndose de memoria el nombre de sus seis amantes, cinco hombres y una mujer.
Para ella solo habían sido cuerpos elegidos por Marce para regresar a la vida. En eso creía.
No conseguía recordar los atributos sexuales de ninguno de los seis. No tenían consistencia. No tenían visibilidad. En eso creía también.
Guido estaba en ese instante recordando la piel de Irene y curándose la herida y dispuesto a divorciarse de su mujer, embarazada de seis meses.
Los seres humanos ven pasar una sola vez en la vida el tren enloquecido de la felicidad absoluta.
Nadie piensa en el otro cuando está en juego la felicidad absoluta.
Pero la olvidaría, tal vez no hoy, y puede que mañana tampoco, pero sí pasado mañana.
Y cuando naciera su hijo, ya ni se acordaría de Irene ni de su labio mordido por una loca.
Miró la hora en su Duward negro y el segundero se había parado.
Tendría que ponerle una pila nueva.
Y hacía solo unos meses que se la había cambiado.
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