Nosotros
3. La enamorada del viento, II
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La enamorada del viento, II
Abandonó Málaga a bordo del BMW con la capota bajada.
El viento en el vehículo se adueñaba de todo. Irene llevaba gafas de sol, y sus uñas pintadas de rojo resaltaban sobre el volante de cuero beige.
—Me encanta el cuero beige —dijo Irene, porque Irene hablaba sola, esperando que él, su Marcelo, la oyese, aunque ella misma casi no podía oír la música por culpa del viento.
Lo mejor será no detenerme, seguir viajando, pensó. Mientras esté en movimiento la vida no cae en espacios muertos. Tendríamos que haber viajado más de lo que viajamos, Marce; todos los fines de semana tendríamos que haber salido de Madrid; todas las vacaciones tendríamos que haber hecho largos viajes; habernos aprovechado de los aviones y de los aeropuertos y de las autopistas para no tener que pensar en nosotros, en lo que iba a ser de nosotros, eso tendríamos que haber hecho.
Los aviones, no. Los aviones, malditos sean los aviones y malditas las compañías aéreas y los Gobiernos que les permiten destruir seres humanos.
Algo ocurría en el cerebro de Irene al pensar en aviones.
Pero ¿qué era?
Ella sabía que se estaba mintiendo, porque habían viajado bastante, aunque sí que era cierto, matemáticamente cierto, que podrían haber viajado más. Ahora se le antojaba a Irene que tendrían que haber viajado aún más de lo que lo hicieron, pero eso solo era una fantasía de su dolor, un lugar alternativo de su imaginación.
Pensó en lugares adonde no habían ido; por ejemplo, pensó en Australia, y se le antojó una desgracia no haber estado allí.
Tenía que decidir un destino. El navegador del BMW ofrecía la solución.
El navegador elegiría un buen hotel.
Irene decidió que no comería.
Solo tomaría café.
Ya cenaría luego en el hotel.
Era el 2 de junio, con una primavera que se estaba muriendo, pero anunciaba la llegada del verano.
Se impuso conducir unos seiscientos kilómetros, fascinada con la resistencia de su vista, sus manos, sus brazos. Le estaba encantando conducir ese coche. Eligió hacer noche en el Parador de El Saler.
Llamó al parador mientras conducía y reservó una habitación doble superior con vistas al mar. Se prometió a sí misma que jamás volvería a alojarse en un hotel de playa que no tuviera vistas al mar. Se prometió a sí misma no alejarse del mar, porque al lado del mar es imposible el dolor.
Entonces cayó en la cuenta de que durante su vida con Marce jamás se habían hospedado en un hotel de playa que no tuviera vistas al mar, y el corazón le dio un vuelco, y volvió a tener delante a Marce mirando el mar.
Llegó al parador sobre las seis de la tarde. Se registró en el hotel. Entró en la habitación y la luz inundaba la estancia. Salió a la terraza y se veía el mar. Escribió un wasap a Julio: «Yo también voy a investigar en el Mediterráneo», y añadió unos emoticonos de risas enlatadas. Se puso el bikini y fue a darse un baño a la playa, que estaba desierta, con olas grandes, pues se había levantado viento. Junio no es todavía el mes de los turistas. Solo había algunas personas haciendo deporte y perros corriendo por la arena.
Junio aún tiene un pie en el mal tiempo, pensó Irene, pero es precisamente eso lo que lo hace especial, su consanguinidad con lo desapacible.
El mes de junio era y es el mes de Irene, era su mes, el que le estaba destinado como ser humano. Todos los seres humanos tienen un mes en el que resplandecen de manera única, en el que pueden elevarse hasta ver con sus ojos el misterio de la vida. Hay miles y miles de seres humanos que no creen en el misterio de la vida. Tal vez fuese ella la única creyente. Se sintió ridícula y petulante. Porque igual no son miles y miles sino millones y millones los que no creen en el misterio de la vida, porque creer en el misterio de la vida tal vez solo sea pedantería.
Cada ser humano tiene su mes favorito, el mes que explica su existencia.
Irene estaba enamorada del mes de junio.
Se metió corriendo en el mar porque pensó que así vencería al frío y a las olas, pues el agua todavía conservaba la temperatura del invierno, y pensó en la lentitud con que el verano se acerca al mundo, cómo se va entrometiendo en las cosas, sugiriendo el calor en pleno febrero, sugiriendo la posibilidad de bañarse en un río en un día caluroso de marzo, y así el verano va viniendo a la vida, en una liturgia invisible para los seres humanos, pero que de pronto se había hecho visible para Irene (Irene, la petulante, la enfática, la pedante), lo que la llevó a pensar en las regiones desconocidas de la vida en donde no había estado nunca, y en donde a lo mejor muy pocos seres humanos llegan a estar, pero cuáles eran esas regiones, esos espacios de los que nadie habla, de los que no existen anuncios en la televisión o en internet.
Marce, todo era Marce en su estar más allá de la vida, como si su marido ahora fuesen las olas, la espuma blanca. Todo acababa y empezaba en él, porque así Irene, viendo de este modo las cosas, descansaba de su angustia.
A todo lo llamaba Marce.
Su soledad tenía un nombre propio, era así.
De repente se acordó del Cartier de oro, ¿dónde había ido a parar? ¿Por qué no estaba entre las cosas que él dejó? Un agujero de la memoria; la memoria le creaba laberintos cerebrales, mares y océanos sin peces y sin islas, sin vida, como esos planetas que encuentran los telescopios de la NASA en los que se supone que hay océanos pero no hay vida, así su memoria y así su Cartier de oro, que no tenía vida.
Irene pensó en el silencio, en lo maravilloso que sería un mundo donde solo se oyeran los pájaros, las olas del mar, la corriente del río, el viento en las copas de los árboles. En ese mundo a lo mejor ella podría encontrar la paz. En ese mundo el caos de su memoria tal vez se volviera orden o solo serenidad.
Si tuviera a su alcance un botón que hiciese estallar miles de bombas atómicas en ese instante, lo apretaría y convertiría el planeta Tierra en una bola de fuego purificador, pero entonces pensó en los peces y en los delfines y en los leones y en los pájaros y se rio, se rio sola, porque jamás haría tal cosa, aunque pudiera.
Las olas azotaban su cuerpo, entraba el agua en su sistema respiratorio, ese momento en que la sal se mete en la nariz y turba el conocimiento, y el agua toma una presencia casi terrorífica, y surge el espectro de la muerte por ahogamiento, pero ella quería sentir la sensación de peligro de muerte
por ver si allí estaba Marce, el hombre que la había amado hasta las orillas de su conciencia.
Cómo fue el amor de Marce, y cómo fue el suyo hacia él, aquellos últimos días en que se dijeron tantas cosas, te esperaré al otro lado, al otro lado era al otro lado de la vida, es decir, en el lado de la muerte, nadar sabe mi llama el agua fría, pues esto no es más que un rato el uno sin el otro, pero sabiendo que era mentira, manteniendo una sensación de continuidad, incluso hablaron de sus sexos, de si se caen las máscaras de las identidades al final, cuando todos salimos del teatro de la vida, allí mismo quería ir Irene, a cuando se abandona el teatro, y entonces Marce le había dicho que a lo mejor esas afirmaciones de yo soy un hombre y tú eres una mujer no eran más que anhelos de ser algo ante la vaga indeterminación en que la vida biológica construye sus casas de carne, sangre, órganos, arterias, mandíbulas, huesos, neuronas, ojos y fluidos, y todo acaba siendo polvo enamorado.
Y quién puede distinguir en el polvo enamorado la anatomía de un hombre o la anatomía de una mujer. Y cómo sería dejar de ver a tu ser amado durante miles de años, millones de años, cómo sería eso. No volver a ver a Marce nunca más era una idea espantosa, pero a la vez bella; aun así, lo había visto en el orgasmo con otro hombre. Solo lo había visto, pero no le había hablado, porque Marce había gloriosamente ardido. La gente acaba aceptando las muertes de sus seres queridos cuando pasa el tiempo, y el alma se torna decrépita y nauseabunda, porque si olvidas y aceptas ya no eres nada ni nadie, menos que una piedra.
Imagínate, cree oír ella ahora a Marce, imagínate un ser humano enamorado que ha perdido a la persona que amaba, imagínate que sobre este ser humano no actúa el paso del tiempo, sería un milagro, alguien inmune al tiempo. La gente acepta perder a sus seres queridos porque el tiempo se impone. El primer año es terrible. El segundo también lo es, pero menos. El tercero ya es un año extraño, ya te acuestas con alguien. El cuarto trae novedades, el viudo o la viuda ya hace su vida. El quinto año el difunto o la difunta ya es eso: el difunto o la difunta. Se convierten en seres queridos, pero ya antiguos. En antiguos seres queridos. Se les ama igual, pero no la carne. No tienen cuerpo. Se les reverencia, porque son nuestro pasado, pero no por ellos mismos. No vendrá nadie como ellos, pero mientras tanto va viniendo gente. No son como ellos, pero tienen cuerpo.
No amamos a los muertos, siempre nos amamos solo a nosotros mismos.
Amamos de los muertos aquello que somos nosotros.
Y salió del agua.
No era a Marce a quien amaba sino a ella misma, esa desgracia animal de amarse de una manera tan insoportable, tan succionadora, tan contra ella misma.
Y estaba sintiendo el poderoso viento en su piel.
Conviértete en espectro, le dijo al viento.
Estaba sola.
Su marido había muerto.
Pero cuánto hacía que había muerto, ese maldito laberinto, y el recuerdo de su propia familia, su padre y su hermana, ah, que se alejen de mí.
¿Cuándo todo?, esa interrogación, porque el arte de medir el tiempo no puede ser una prerrogativa del orden político y social del mundo.
Una rabia infinita contra todo lo que fuese acuerdo o convenciones políticas y morales la invadía ahora. El amor que se tuvieron había borrado la civilización de sus cuerpos y de sus almas, eso hace el amor cuando es atávico y disolvente y primitivo: se lleva por delante toda construcción humana, incluso la justicia, que es la convención humana más solemne y menos agria.
Cómo se aferraba a la vida, no por la vida, sino por ella, porque ella era la reina de la vida. Lo había dicho Marce: «Ire, eres la reina de la vida, pero debes creer que lo eres para que lo seas. Los demás no importan, nunca importaron».
Marcelo jugaba con su nombre.
La llamaba Ire.
Y a veces Ne.
«La luz del sol —había dicho Marce—, eres la luz del sol, por eso la gente ama la luz del sol, porque te ama a ti, la gente no sabe que está enamorada de ti, Ne.»
Pero solo era una mujer viuda.
Mi sed de belleza acabará conmigo, se dijo a sí misma.
Se palpó el sexo, había demasiado pelo allí, no le había dado tiempo a depilarse, tenía que depilarse, pero Julio había navegado en ese bosque, y esa abundancia de pelo castaño lo puso a mil, todas las mujeres españolas tienen el pelo castaño y los hombres también. Estaba jugando con ese pelo.
Se había tragado alguno de sus pelos, eso seguro, y qué clase de alimento es ese, uno de sus enrevesados pelos, retorcidos y escurridizos.
Somos castaños, pensó Irene, y estaba viendo árboles en su imaginación.
Julio había acariciado una selva de castaños y entonces Irene salió de sí misma; recordaba que había visto su cuerpo tumbado en la cama, pero su espíritu estaba fuera, había conseguido de la manera más natural del mundo separar el cuerpo de la conciencia. Ella no pensaba en el alma, pensaba en la conciencia, o más bien en la atracción, porque pensó que ya volvía a estar cerca de Marce. Cada vez que Julio había besado su cuerpo ella recobraba la presencia de Marce, así que vio el día de su boda por lo civil, volvió a verlo todo, el rostro iluminado de Marce, su traje gris, sus manos cogiendo las de ella, la comida que siguió a la breve ceremonia, los besos que se daban todo el rato, el presagio de felicidad, el presagio de una mezcla perfecta entre alegría y seguridad, porque la devoción que sentía hacia Marce significaba que nunca más iba a sentirse sola, también alcanzó a recordar la presencia en aquella boda de su padre, Antonio, alto y elegante, con un traje azul marino, pelo canoso, y de su hermana, Clara, con sus ojos poderosos, pero de mirada dulce, y esas dos presencias le resultaron amenazantes. Y mientras ella recordaba, Julio estaba allí, gozando de ella, y haciéndola gozar a ella; la sensación de culpabilidad anestesiada por su fervorosa visión de Marce.
Marce coronado.
Cada vez que me acueste con un hombre volveré a verte, amor mío, porque nadar sabe mi llama la agua fría, y perder el respeto a ley severa.
Cada vez que haga el amor con otro, el pasado no será un pozo sin claridad, sino que aparecerá ante mí el día a día de lo que fuimos.
Irene se duchó y encargó un tartar de salmón al servicio de habitaciones. No iría al restaurante. Prefería cenar en la terraza de su habitación mientras el sol declinaba.
Seguía recibiendo wasaps de Julio.
«Te adoro», decía en uno.
Quería saber dónde estaba.
Irene disfrutaba con esa cantidad ingente de wasaps. Sentirse deseada era una prueba de que estaba viva.
Le escribió por fin uno: «Julio, ¿dónde estás?».
Julio: «Hoy duermo en Cartagena».
Irene consultó en su móvil la distancia que había entre su hotel y Cartagena: 283 kilómetros y 2 horas y 58 minutos.
Eran las nueve y media de la noche.
Si salía ahora mismo llegaría a su hotel a las 12.30.
Irene le escribió: «Parador El Saler, habitación 123, te espero».
Y una vez que mandó el wasap desconectó el móvil.
En ese momento llegaron su tartar de salmón y su copa de vino blanco.
No era un camarero sino una camarera quien le sirvió la cena, una mujer joven y bella, con ojos como inmensas rosas abiertas. Miró sus manos.
Comparó las manos de la camarera con las suyas. Deseó tener las manos de ella, pero por qué. No lo sabía. Las viudas enloquecen, ¿es eso?
Pero por qué.
Acaso porque también le atraían las mujeres, claro, eso era; algo, en el fondo, profundamente accidental, porque accidentales son los sexos para la naturaleza.
Ya estaba saliendo la luna, y mientras cenaba miraba el móvil, le tentaba volver a encenderlo, pero era mejor así.
Bueno, estaba midiendo el deseo de un hombre. Medir el deseo de un ser humano por otro ser humano, eso es. Sí, era oportuno y decisivo medir el deseo. Porque todo cuanto existe en este mundo puede ser medido, eso es la civilización. Iba a saber si las ganas de estar con ella, de comer sus árboles castaños, de penetrar su carne, de lamer sus pezones, sus pies, su culo, valían o no valían trescientos kilómetros de urgencia, valían o no valían interrumpir lo que estuviera haciendo en ese instante, liquidar su cuenta en el hotel sin comprobarla, como hacen en las películas americanas, coger su coche y salir pitando, conducir, desesperarse, fatigarse en las curvas, en los adelantamientos, cruzarse con camiones, con ambulancias, con otros coches, odiar a los otros vehículos por su lentitud o por su serenidad o por su pusilanimidad, sufrir la espera, y a la vez alentar en su corazón el placer futuro y sentir esa ilusión de que le esperaba un festín de besos y de una lucha sin cuartel cuerpo a cuerpo, de carne contra carne.
Y con esa lucha vendría Marce.
Venía si ella estaba ardiendo; si no ardía, Marce no se presentaba.
Subía por una escalera llena de fuego, porque ardía en medio de la lengua de ese hombre alto y fuerte, pero lo que no sabía ese hombre es que su amante estaba ascendiendo por una escalera de verdad, y al final de la
escalera estaba Marce, esperándola con una sonrisa de fuego, porque todo estaba ardiendo, todo eran medulas que han gloriosamente ardido.
Y el Cartier de oro en la muñeca, pero no era todo de oro, porque había también acero, de hecho a Cartier le han criticado y afeado que en tiempos modernos usara el acero, porque el acero es democrático, claro.
Al ver las llamas saliendo de los labios de Marce había alcanzado un agotador orgasmo que le dañaba el cuerpo, y cuando había comenzado a descender la escalera jadeaba de cansancio, y solo la ayudaba el recuerdo naciente de haber vuelto a ver a Marce.
Marce, Marce, es absolutamente necio pensar que te he sido infiel por acostarme con el experto en el Mediterráneo, lo he hecho por desatar esta alma mía hora a su afán ansioso lisonjera, ha sido solo el trueque de un cuerpo por un fantasma, una alquimia, porque eres tú a quien deseo, pero Marce, Marce, dime cómo podría alguien pensar en que te he sido infiel, mataría a ese alguien, solo te veo al final de la escalera, y eso es lo que quiero, volver a verte, volver a tenerte dentro de mi vida, porque mi existencia está desordenada y rota pues tú te has ido, y cada día compruebo la magnitud de tu amor.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido, dijo Irene para sus adentros.
Los versos de Quevedo estaban allí todo el rato. ¿Quién pudo haber escrito un soneto como ese si no un ángel o un demonio? Alguien que había visto el fondo del tiempo y de la vida. Ese soneto era una Biblia en catorce versos. Pero había algo en el soneto de Quevedo que le molestaba profundamente, algo escondido en su memoria. De la misma manera, había algo hermoso en él, pues Marce también se lo sabía, porque su padre se lo hizo aprender.
No encendió aún el móvil.
Y siguió pensando en el soneto de Quevedo.
Nadie había visto en él un mensaje cabalístico, una llave, una oración que dicha muchas veces abría los palacios celestiales y permitía ver a los muertos que perseveran en el amor.
Nadie.
Solo ella.
Era el soneto preferido de su madre, de aquella mujer que se había ido con otro hombre, y que se llamaba igual que ella, se llamaba Irene, y que luego sufrió lo indecible por haber tomado esa decisión, porque ese soneto de Quevedo es una fantasía para engañar a la soledad con palabras
elegantes. Luego no tuvo palabras para pedir perdón y regresar a casa con su marido y sus dos hijas.
Se tumbó en la cama y encendió la televisión e hizo zapping hasta que encontró una película interesante, en un canal de clásicos, una película muy antigua, una película titulada Carta de una desconocida, de 1948, interpretada por una mujer bellísima llamada Joan Fontaine. La televisión colgaba de la pared, a la altura justa para que el huésped disfrutara cómodamente de la pantalla con las esponjosas almohadas colocadas en su espalda, pero le reconcomía no saber si Julio iba a venir o no. Y eso hacía que no acabara de hallar una postura agradable, y quitaba y ponía almohadas, o en las piernas o en la espalda.
Las almohadas, que no hablan, que tampoco son Marce, pero recordó escenas en que Marce, cuando llegaban a los hoteles, le aconsejaba qué almohada sería la mejor para su delicado cuello, porque lo primero que pensaba Marce al ver las seis almohadas que a veces colocan en los hoteles era en ella, en su Irene. Todo cuanto veía lo veía en escala Irene.
Siempre ella como primera opción, siempre ella como primera preocupación.
No podía más con lo del móvil, con tenerlo apagado.
Y si venía, tenía que estar guapa.
Siempre estuve guapa para ti, Marce, incluso cuando pasó el tiempo.
Pero no hacía falta estarlo porque tú siempre me veías, aunque fuese en chándal por la casa, como la encarnación de la belleza, la bondad y la vida.
Y eso ya no lo tengo.
Ni lo tendré nunca más, pero lo tuve y ahora me obligas a seguir viva, porque así me hiciste prometértelo.
Y dieron las once.
Si había decidido venir, podría llevar hechos cerca de cien kilómetros, a 130 o 140 por hora por la autopista. Se regodeaba con la imaginación: lo veía dentro del coche, nervioso y a la vez feliz, excitado, con ganas de llegar a la espléndida habitación, apretando de vez en cuando el acelerador, arriesgándose a que los radares detectaran su exceso de velocidad y le cayese una multa.
Estaba segura de que vendría.
Al menos, tenía el poder de hacer feliz a un hombre. Un gran poder, pues dar felicidad es también un poder, no un cuidado. Darle su cuerpo para que entrara en el placer y así sentir que su vida era cierta, valiosa.
Mientras tanto, veía la película, la estaba hechizando la historia que se contaba en Carta de una desconocida: una mujer enamorada de un hombre a través del tiempo, y ese hombre sin saberlo; ella podría ser esa mujer.
Marce, tú crees que va a venir ese hombre, es decir, si viene él, vendrás tú, y te volveré a ver, ¿verdad?, esa es mi fe, pero cómo puede seguir habiendo oxígeno en el mundo si tú no estás en él, deberías haberte llevado el oxígeno del mundo, y el hidrógeno, y el nitrógeno, y el helio, y el agua y la piedra y los peces y las vacas, habértelo llevado todo porque tú eras el señor de la vida, haberlo convertido todo en polvo enamorado.
Irene se repetía: No sabemos quiénes somos hasta que no contemplamos aquello en lo que seremos capaces de convertirnos, y mientras estuve a tu lado, Marce, yo era una mujer sin soledad, pero ahora estás muerto y soy una mujer para la soledad.
En eso me he convertido, en eso me ha convertido tu muerte. Porque debería haberme muerto yo y no tú, así de claro te lo digo.
Así de claro te lo digo, pero a quién se lo estaba diciendo, a quién.
Se puso de rodillas encima de la cama, eso hizo Irene.
Extendió las manos buscándolo.
Su cuerpo dejará, no su cuidado.
Serán ceniza, mas tendrá sentido.
Y su sangre hervía.
Venas que humor a tanto fuego han dado.
Y esa dificultad que tenía a la hora de recordar los años vividos junto a su Marce. Esa acre dificultad. Demasiado grande era esa dificultad para ser simplemente una dificultad y no una negación misma de la memoria. Una negación de la memoria que era una afirmación de una fantasía. Una fantasía que era una excrecencia de la aterradora soledad en que vivía.
Y allí estaba su codicia de un hombre, de otro cuerpo, de cualquier cuerpo. Era lo único que podía devolverle la alegría.
Así que tengo que disfrutar de esta noche de junio, Marce, tengo que respirar hondamente desde esta terraza el olor del Mediterráneo, fíjate, qué mar más poderoso, y qué gracia que mi amante, que el amante de tu mujer viuda, se dedique a investigar las posibilidades turísticas de un dios, porque este mar es como un dios.
Se levantó.
Apagó la televisión y ya no supo cómo terminaba Carta de una desconocida y salió a la terraza.
Se cambió los pendientes.
Se puso unos de oro que le había regalado su padre el día de su boda y que a Marce le encantaban.
Se puso su Bulgari. Lo miró y no le convenció. Sacó de su joyero el Patek Philippe que había heredado de su madre, que era a la vez un regalo de su padre. Porque su madre quiso que ella lo tuviera, que tuviera ese reloj para que no la olvidara. No pudo soportarlo en su muñeca, el atroz contacto con la piel de su madre aún debía de permanecer en sus átomos oscuros.
Volvió a ponerse el Bulgari.
La luna, allá arriba, era impresionante. Irene contempló la plancha metálica del mar iluminado por la luna, y pensó que no debía alejarse de ese mar, porque tal vez Marce estuviera allí, refugiado en las olas, o escondido en la remota y ciega profundidad, como uno de esos tiburones que alcanzan a vivir quinientos años.
Dos tiburones de quinientos años, eso seremos tú y yo, acumulando agua salada y tiempo, sin ningún cometido más allá de la perseverancia ciega.
Dos tiburones de oro, y palpó los pendientes con el dedo índice y el pulgar.
Qué gracia puede haber en que a una mujer la mire solo un hombre a lo largo de los años, Marce, dime. Qué gracia puede haber en que a un hombre guapo y con un cuerpo maravilloso lo vea desnudo siempre la misma mujer.
La gracia era hablar y hablar, eso fuimos, una conversación diaria de la que ya no me acuerdo. Yo te admiraba, porque eras bondadoso, porque siempre elegías el bien. No me acuerdo de las conversaciones, solo escucho un rumor sin forma, una sensación de lejanía que me deja muerta y sola y destruida.
Marce, voy a encender el móvil.
Y antes de encenderlo, piensa en si Marce hubiera elegido el mal, si los dos hubieran elegido el mal, porque al fin y al cabo qué es el mal, nadie sabe nada. No eliges el mal, lo llevas dentro, simplemente aparece, con una naturalidad inocente.
Y lo enciende y un montón de wasaps se amontonan en la pantalla, casi le es imposible entender la secuencia lógica, y luego los wasaps escritos dejan paso a los mensajes de voz.
Julio está viniendo.
Se ha quejado un poco en un wasap, y deja traslucir que se siente utilizado, o metido en un juego psicológico que destila capricho, aunque no
lo ha dicho así, ha sido más diplomático, pero el caso es que viene.
¿Por qué viene?, se pregunta Irene.
Viene a tomar mi cuerpo.
Y ahora, piensa Irene, si yo fuese completamente libre y por tanto completamente irresponsable, tendría que hacer la maleta y salir de este hotel para que ese hombre no me encontrara en esta habitación y se sintiera desfallecer cuando el recepcionista le diera la noticia de que me había marchado.
No se atreve.
No me atrevo, maldita sea, aún hay un sentido de la cortesía en mí.
¿Habría belleza, pasión, fuego, si hago eso?
E Irene lo hace.
Recoge su maleta.
Los perfumes: mira el frasco de Prada, cuántos perfumes lleva en la maleta, seis, siete, ocho.
Los relojes.
Se echa un poco de Prada en los hombros.
Resplandece.
Lo guarda todo, y a los cinco minutos se planta en la recepción, da una excusa de orden familiar, eso que llaman causa mayor, porque además es causa mayor, porque Marce es la gran causa mayor, paga la cuenta con su American Express y se sube a su BMW unos cuarenta y cinco minutos antes de la llegada de Julio.
Son casi las doce de la noche cuando Irene sale a la autopista. Ante la incapacidad de decirle a Julio quién es realmente, de explicarle algo de su vida, decide huir, marcharse. Parece una niña. Le aturde quedarse, y también le aturde irse.
La noche de junio la recibe y la autopista parece vacía, pero no del todo, grandes camiones se cruzan con ella.
¿Adónde irán esos camiones en la noche de las autovías españolas? Ellos tienen un destino.
Yo no.
Ahora tendrá que encontrar un sitio para dormir.
Piensa en un hostal de carretera, y visualiza una habitación con suelo de baldosas antiguas y un lavabo con grifos pasados de moda y cortina de baño de plástico cuarteado y un colchón vencido, y automáticamente decide regresar en el primer cambio de sentido que vea en la autopista.
Tendrá que volver a inventarse algo en la recepción y tendrá que inventarse también algo para Julio. No hará falta darle explicaciones a Julio, más complejo se le antoja lo que le tiene que decir al recepcionista para que no note la inmensa soledad que arrastra.
Le dirá vaguedades, eso hará con Julio, no le hablará de su matrimonio, le dirá que es divorciada, algo así, algo suficiente, una frase bien declamada, la gente se conforma con frases así, con algo de drama, pero drama siempre superado, porque nadie quiere estar al lado de una mujer loca aunque sea muy hermosa, pues la locura es la fealdad indisimulable.
Recuerda que tuvo terror a no gustarle, claro, ahora se lo confiesa.
Porque ya tiene cincuenta años. Muchas mujeres se vuelven invisibles a esa edad, pero a ella eso no le ha pasado. No le ha pasado porque ha tenido suerte. Porque su cuerpo es de buena ley y tiene un buen pacto con la oxidación. A esas mujeres a quienes ya no miran los hombres porque se han hecho viejas, ¿quién podrá vengarlas o curarlas o sanarlas o redimirlas?
Cómo deshacer una causa mayor, se pregunta ahora.
Se habían equivocado de persona, un error imperdonable de las autoridades, de la policía, por ejemplo.
Llega justo cuando Julio está delante de la recepción del hotel, con una mano en la frente y otra en el móvil. Está viendo a Julio en un momento tormentoso de su vida, dura un segundo o dos.
Cogidos en un momento de la verdad, los seres humanos relumbran, enloquecen, si pudieran vernos entonces, en ese momento en que desesperación, sed, miedo, sexo y dolor se funden, se derriten en una amalgama de humanidad obscena y vacía, piensa Irene, si pudieran vernos entonces convertirnos en ángeles, desesperación y miedo y sexo y vacío y deseo y placer, eso somos.
Cogidos en un momento de la verdad, los seres humanos son entonces verdaderos ángeles, la vida en ellos es más vida en ese trance. Si pudieran morir en ese instante, o desvanecerse, desintegrarse, desaparecer como lo hace una nube o un pájaro o la luna cuando llega el alba, todo sería perfecto.
Julio alza la mirada y la ve.
—¿Por qué quieres volverme loco, Irene? —sube la voz, con un aire de furia y miedo, y a la vez intentando sobreponerse, aparentando dominio.
Entonces ella lo abraza y lo besa en la mejilla y deja que su perfume de Prada invada los pulmones de Julio. Y luego se aparta de él con un
movimiento de una naturalidad casi hipnótica.
Invade sus pulmones y derrota su sangre y sus arterias, ordena mentalmente Irene a su perfume.
—Quiero la misma habitación que he dejado hace una hora, mi asunto familiar se ha cancelado, la policía cometió un error imperdonable —dice Irene al recepcionista sin que Julio pueda oírla.
El recepcionista no entiende cómo un error puede ser calificado de imperdonable y eso le hace recelar de Irene, piensa que tiene delante a otra de esas clientas que se ponen estupendas a la mínima. Pero calla.
Entran los dos en la habitación, que está tal como la había dejado Irene y aún huele a su perfume, y eso le produce una vaga sensación de seguridad.
Abre la maleta.
Cambia de perfume.
Su perfume ahora es otro, su último descubrimiento: Galop d’Hermès, una mezcla de rosa y cuero.
Rosa y cuero, invade a ese hombre, ordena Irene.
Las dos maletas de ruedas están ahora abiertas.
Irene se queda mirando la de Julio.
Está esperando que le eche en cara que haya jugado con él y que le pida algún tipo de explicación, porque tenía dieciocho llamadas perdidas suyas en el móvil y un montón de mensajes de audio, pero Julio no dice nada. Se limita a sacar un botellín de whisky del minibar. Sale a la terraza y se sienta en una silla blanca, como si de repente hubiera entendido que el acto de querer comprender al otro fuese inútil.
Julio no manifiesta ningún reproche e Irene piensa que si Julio no le reprocha nada es porque está bajo el dominio del fantasma de Marce, porque ella no podría soportar que otro hombre que no fuese Marce le pidiera algún tipo de explicaciones, porque eso sería insoportable, porque eso la mataría.
Julio se levanta y va hacia Irene y ella siente el sabor del whisky en su propia boca, y la seduce ese sabor, porque es intenso y no lo había sentido nunca con Marce, o si lo había sentido lo había olvidado, y eso ahora la mortifica, pensar en haber olvidado algo así. Si olvida cosas de su vida con Marce, las inventará, no pasa nada por eso, porque en el amor-pasión todo está permitido. Busca en su memoria, y al final cree encontrar besos de Marce con sabor a whisky, y esos besos la tranquilizan.
Por fin puede mirar la marca de su reloj.
Es un Swatch, no podía ser otro. Todo se lo lleva la marca de los relojes que llegamos a poseer, piensa Irene.
Se ha quitado el reloj, lo deja en la mesilla.
El Cartier de oro de Marce y el Swatch de plástico, o como mucho de aluminio, de Julio, están los dos relojes ahí, encima de una mesilla. Uno es real, el otro solo está en la memoria.
No son malos relojes los Swatch, piensa Irene, tienen diseño, son sumergibles, tuve uno hace tiempo, cuestan entre ochenta euros los más baratos y unos doscientos los más caros, este debe de ser de unos ciento veinte, por la correa y por el diseño, no gran cosa, pero sí aparente, sí suficiente, sí más que suficiente para lo que vas a llegar a medir en tu vida, sí para el tiempo de tu vida. El mundo entero está lleno de tiendas de relojes Swatch, en los aeropuertos, en los centros comerciales. ¿Qué gente compra esos relojes? Son relojes de clase media. Para medir el tiempo sin esperar mucho del tiempo. Por eso le regalé un Cartier de oro a Marce, porque nuestro tiempo era el tiempo. Los relojes de oro miden el tiempo de los dioses. Los relojes de plástico miden el tiempo de los sirvientes. Así es y así será siempre. Y este hombre ha venido a servirme con su Swatch de plástico.
Él quiere ir muy deprisa, pero por qué tan deprisa, así que ella impone el ritmo. Es tan fácil que Irene imponga su ritmo. Ella gobierna. Es la reina de todas las cosas. Quiere disfrutar de su reinado.
La rosa y el cuero han derrotado a Julio.
Gobierno esto, se dice Irene, estoy mandando yo, sin embargo me siento sola.
Y Julio la besa y quiere arrebatarle el cuerpo, e Irene piensa que pronto volverá a ver a Marce, porque siente el furor de las embestidas de su amante. Pero vuelve a imponer el ritmo con que desea ser amada. Y Julio obedece ciegamente.
Esa obediencia es poder.
El poder la seduce, la entretiene, pero acaba allí.
Y en el fondo le resulta despreciable ser obedecida, porque la obediencia siempre es despreciable, aunque sea ella la obedecida.
Millones de seres humanos obedeciendo, eso vieron Marce y ella, y no quisieron ser como ellos: Alma a quien todo un dios prisión ha sido.
Por qué la embestida, se pregunta Irene, por qué tiene que ser así, se pregunta una y otra vez; Julio la agarra por las caderas y la embiste, sus
manos le aplastan los pechos. Marce, técnicamente, hacía lo mismo, pero no eran embestidas.
Era una danza.
Ellos danzaban.
El hombre con el que está ahora mismo la embiste; el hombre al que amaba y ama hacía lo mismo, pero era una danza de pasión.
Rosa y cuero, decidle a este hombre que no me embista.
Marce vendrá, ahora vendrá, y podré volver a verlo, asume Irene.
Pero Marce no viene.
Julio yace a su lado, extenuado, jadeante aún.
Irene no consigue entenderlo.
¿Por qué no has venido, Marce?
No han surgido ante sus ojos la escalera ni las nubes ciñendo la escalera.
No logra saber qué ha pasado hasta que oye decir a Julio:
—Ha sido nuestra segunda vez, Irene, Irene bellísima. Y nuestra segunda vez ha sido mejor que la primera.
Irene no está de acuerdo.
La palabra segunda es una sentencia y una explicación de la ausencia de Marce.
Y en ese momento Julio rompe a llorar.
Irene, sorprendida y asustada, le pregunta:
—¿Qué está pasando, Julio?, ¿por qué lloras?
Julio le pide que no se marche esa noche porque él también se siente solo.
No le queda más remedio que dormir junto a ese hombre.
A la mañana siguiente Julio quiere una tercera vez, pero Irene no tiene deseo, y dada su insistencia acaramelada y romanticona no se le ocurre decir otra cosa que cree tener alguna infección en su sexo.
Julio muda de rostro.
Se pone lívido.
Y pide explicaciones.
En ese momento llaman a la puerta. Habían pedido que les subieran el desayuno. Abre Julio e Irene aprovecha para meterse en la ducha. Cuando sale de la ducha ve a Julio en la terraza con una copa de zumo de naranja en la mano.
—Es un cuento, ¿verdad?, lo de la infección —dice Julio.
—Sí.
—No deberías haberlo hecho, con decirme claramente que no querías era suficiente, no soy más que una persona, como tú.
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