Nosotros
22. Murmullo, pisadas, palabras de Marcelo desde el reino de los muertos
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Murmullo, pisadas, palabras de Marcelo desde el
reino de los muertos
Oye Irene murmullos, pisadas, palabras, sigue oyéndolas, con el paso del tiempo, sigue oyendo los restos de un sueño.
El deseo que no termina nunca, de idiotas sería pensar que terminara con la muerte, de ingenuidad rematadamente imbécil sería pensar que con la desaparición del cuerpo termina. La codicia de estar al lado, en actitud de besarlas, de todas las cosas hermosas que hay bajo el sol y sobre la tierra, así he vivido yo y así vivo yo, presa de esa codicia, y tuve la suerte de que todas las cosas dispersas que hay sobre la tierra se encarnaran en un solo ser. Porque la dispersión vuelve locos a los seres humanos.
Guardo muy bien la navaja de mi padre, eso quería decir.
Entonces yo tuve la suerte de encontrarla a ella, de verla, de enamorarme de Irene.
Juntos codiciamos la luz del sol, pero duró poco.
Luego nos cortábamos con la navaja.
Las yemas de los dedos, y todo era sangre y sexo.
Forma parte de la condición humana el deseo de reír, el deseo de dar sentido a la vida a través de la risa y a través de los arañazos, de las patadas, de las bofetadas.
Quisiera yo saber cuántas veces me reí con Irene.
Los seres que hacen el amor tal vez no rían. Ríen después, o ríen antes, pero en el momento del placer no es posible reír, porque el placer es un más allá de la inteligencia, y es la inteligencia la que conduce a la risa.
No solíamos contarnos chistes ni cosas divertidas, porque el acto del amor es, acaso, sufrimiento gozoso, comprensión de los abismos, no lo sé,
tal vez debimos reír más.
Tal vez allí haya una imperfección.
La gente ríe. Reír es humano.
Tal vez sí miré a otra mujer y ella a otro hombre, tal vez todo sea mentira, tal vez todo sea la voluntad de un ser humano que hay detrás de nosotros y está narrando su vida a través de la nuestra, un ser humano que es un pozo de sufrimiento y de codicia de vida, pero eso son tonterías.
El deseo de entrar en otro cuerpo nace cada día, con el amanecer llega, te acuestas con el deseo de copulación y te despiertas con el mismo deseo de copulación con que te acostaste, y acaba siendo dolor, que viene del miedo a no estar viviendo, allí la naturaleza es aterradora.
No hemos evolucionado demasiado.
Pero Irene es energía.
Ella manejaba la navaja de mi padre como una carnicera, no me dolía, me cortaba cuando me besaba, y cuando el beso terminaba estábamos empapados de sangre, y no pasaba nada, es absolutamente maravilloso ver la cantidad de sangre que nos sobra. Duele un poco el corte, pero es un dolor mental, asusta la sangre, pero es un susto mental. En vez de donar sangre, como hace la gente normal, nosotros la vertíamos sobre nuestro cuerpo.
Nuestra energía es solo sexo.
Yo, Marcelo, proclamo una enmienda a la totalidad de la civilización, que está edificada sobre el error, por eso hay destrucción.
La historia se edificó sobre el error.
Cruzamos el Mediterráneo Irene y yo de la mano de la aerolínea Iberia.
Pero eso no nos bastaba. No fuimos capaces de atravesar ese mar nadando.
Habernos arrojado al mar en Barcelona y haber nadado hasta Roma, con alguna parada para reponer fuerzas en las islas que nos fuéramos encontrando.
La vida es inmensa y la gente no lo sabe, parece vivir como si fuese la vida un ejercicio de normalidad, nunca lo entendí, por eso cuando conocí a Irene y vi en ella una representación de la inmensidad de la vida pensé que había resuelto el enigma. Virginia Woolf, esa era la escritora de Irene. Y la mía. Ella escribió esto: «A veces retumba como un trueno dentro de mí el sentimiento de la total inutilidad de mi vida».
Y ahora se acuesta con tantos hombres y tantas mujeres y me convoca y yo voy hacia ella, encendido.
La intensidad de sus delirios me levanta de entre los muertos y hablo.
Ella cree que tuvimos veinte años de matrimonio, pero solo fueron diecisiete meses, y yo, desde aquí, procuro mantener su cuento de hadas, porque la vida de Irene es un cuento de hadas.
Y la mía también.
¿Y qué vida no lo es?
Fueron diecisiete meses maravillosos, pero entonces no lo sabíamos, no supe darme cuenta de que estaba viviendo la plenitud de mi existencia, pero ningún ser humano lo sabe.
Lo sabemos luego.
Irene era joven y yo también, y los jóvenes son inocentes, acaso la inocencia es la edad de la plenitud. Yo vivo en su cabeza, en su fantasía, en su soledad, pero está pasando desde siempre, desde el principio del mundo, seres que vivimos en las almas de aquellos que nos quisieron, es una liturgia sin fin.
No te vayas con esa mujer, me dijo mi tía Alicia, ¿no ves que lleva dentro el mal?, no te vayas con ella.
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