Nuestra parte de noche

Mariana Enriquez · Capítulo 5 de 6

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Nuestra parte de noche

El pozo de Zañartú, por Olga Gallardo, 1993

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–Aquí sabíamos –dice la mujer, con los ojos arrasados por las cataratas y una piel demasiado tersa para alguien que se acerca a los cien años–. Metieron los cuerpitos allí.

Señala la dirección exacta de la fosa común, como si no estuviese ciega.

–¿Pero nosotros qué íbamos a decir, señorita? Mi hermana les escuchaba pedir de noche.

–¿A quién?

–A las almitas. Angá. ¡Cientos hay!

Ella, Margarita Gómez, es guaraní, vive en una casa de troncos y barro que se viene abajo, tuvo diez hijos y se le murieron cinco, sus nietitos «están barrigudos». Todavía, sin embargo, se trenza el largo pelo gris. Todavía se pone una flor detrás de la oreja cuando termina el trenzado y los pétalos rojos le iluminan las canas. Se acuerda de la guerra. Así la llama. Se acuerda de los muchachitos acribillados en pleno día. Los recuerda con pena pero sin horror, porque Margarita Gómez ha visto mucho. Ha visto morir a sus hijos, ha visto a sus hijos sobrevivientes llorar de hambre, ha visto a sus vecinos apaleados y con la espalda marcada por los latigazos de los capataces de las plantaciones. Siente pena por los muchachitos, pero no es la primera ni la única desgracia que ha visto su pueblo. Así que prefiere regar las plantas y ofrecer tereré antes que seguir conversando conmigo.

Estoy cansada aunque el viaje no es agotador: desde Posadas hasta el pueblo no hay más de dos horas. El calor, la vegetación tupida, una humedad que hace crecer branquias, todo contagia pereza y, después de hablar con Margarita, mi primera entrevistada en el pueblo de Zañartú, a quince kilómetros de Puerto Iguazú, en Misiones, el sueño me derrumba en la cama del modesto parador donde nos acomodamos un puñado de periodistas. Hemos llegado por el mismo motivo: la Justicia, finalmente, ordenó excavaciones en los terrenos aledaños a la Casita de Zañartú, el destacamento de subprefectura que fue utilizado como centro clandestino de detención en la zona. Fue, además, el centro de operaciones desde el que se lanzó el Operativo Itatí, quizá el menos resonante de todos los ensayos represivos para el genocidio antes del golpe de marzo de 1976. Y en las excavaciones dieron con una fosa común inédita: un pozo de veinticinco metros de profundidad de los que, hasta el momento, se han excavado apenas diez y, sin embargo, en ese tramo ya recuperaron unos treinta cuerpos. La identificación de los NN es compleja: en Misiones los antropólogos forenses no cuentan con la tecnología necesaria, así que los restos son enviados a Corrientes: se trabaja ahí, en la morgue del hospital central, con ayuda de la universidad. En este primer tramo, se convocó a un grupo de periodistas para asistir a los procedimientos. Somos llamativamente pocos para la dimensión del hallazgo. En el parador, mientras me resigno a que tendré que dormir sobresaltada por insectos de tamaños espeluznantes, anoto los medios que aceptaron la invitación del gobierno de Misiones y me asombro. La mayoría somos independientes. Por ahora, el pozo de Zañartú no es un tema que venda diarios.

Es que, a diferencia de otros operativos de preparación para el genocidio –notablemente el Independencia en Tucumán–, el enfrentamiento entre el EL (Ejército de Liberación) y el Ejército argentino casi no resonó fuera del ámbito local, por muchos motivos; sobre todo, por lo corto de las acciones de unos y otros. El Ejército de Liberación se instaló en Zañartú y los alrededores y trató de abarcar demasiado: por un lado intentaron concientizar a los históricamente explotados y maltratados trabajadores de la yerba mate y, por otro, mejorar las condiciones de vida de la población aborigen mbya-guaraní. Lograron cierta prédica entre los tareferos de la provincia (cuando se escribe esta crónica, casi el 70% vive de empleo en negro que en muchos casos puede considerarse esclavo, habita viviendas precarias, no tiene acceso a servicios básicos y se registran índices altos de trabajo infantil), la mayoría empleados de la empresa Isondú, propiedad de la poderosa familia Reyes Bradford, y en menor medida de la Obereña, propiedad de la familia Larraquy. La extrema concentración de la propiedad hizo que el Ejército, muy presente en zona de frontera y en connivencia con las empresas –con las que desde siempre tiene relación e incluso cumple para ellas tareas de seguridad–, atacase a los guerrilleros con rapidez aunque no con eficacia. Los jóvenes estaban entrenados, lo que sorprendió a los militares, y resistieron en la selva durante casi una semana. Al final, casi todos fueron abatidos y, excepto los sobrevivientes, Agustín Pérez Rossi (veintidós años, de Béccar, Buenos Aires) y Mónica Lynch (veintitrés años, de Martínez, Buenos Aires; casi ninguno era oriundo de las provincias del norte), todos permanecen desaparecidos. Pérez Rossi y Lynch, que hablaron con esta cronista desde el exilio –viven en París y conservan la amistad–, están convencidos de que sus compañeros yacen en esta fosa común que acaba de darse a conocer al público. Ninguno de los dos quiere volver a la Argentina; dicen que lo harán, solo de visita, cuando los cuerpos empiecen a ser identificados.

Lo que ni Lynch ni Pérez Rossi mencionan, y yo tampoco, porque a veces cuesta nombrar el horror, es que la guerrilla del EL tenía veintidós miembros en la selva. Y que, si ya han desenterrado más de treinta cadáveres de la fosa, quiere decir que el ejército la usaba como cementerio de todas sus operaciones clandestinas en la frontera. Es decir: hay muchos más muertos ahí que los caídos en la Operación Itatí.

 

HUESOS EN LA SELVA

Nuestra Señora de Itatí es la iglesia más importante del Litoral. Queda en la provincia de Corrientes, pero la devoción a la Virgen de Itatí es uniforme en la zona y se mezcla con otras creencias populares. Alguien ha colocado, fuera del perímetro que la Justicia demarcó para los trabajos en el pozo, una imagen de la Virgen bajo un árbol, un lapacho. En el bar más grande del pueblo –hay solamente dos para unos 700 habitantes– la gente toma aguardiente de ruda macho y todos comentan a quién pedirle el payé (amuleto) más efectivo. Les tienen miedo a los huesos. No a todos, claro. El señor Segundo, dueño del bar, dice que en su casa siempre hubo la devoción de San La Muerte y que a él no le impresionan los huesos.

«Lo impresionante fue», cuenta, «ver a esos chicos de Buenos Aires instalarse acá, regalados. Cómo se les pudo ocurrir que podían poner de su lado a la gente. Acá la gente es muy de bajar la cabeza y dejarla ahí.» Intento defenderlos, a los militantes, pero me doy cuenta de que el señor Segundo no los está atacando. Simplemente recuerda con cierto asombro lo que sucedió hace más de veinte años. E insiste en que estaban bien preparados militarmente, a pesar de su ingenuidad. Habían alquilado unas casitas. Se vinieron a vivir con muebles. Hasta una pareja tuvo una criatura. No es el primero que me habla de la criatura (nadie la llama bebé). Es la hija de Liliana Falco, desaparecida, posiblemente cazada en el operativo. ¿Estarán madre e hija en la fosa común? No se sabe la identidad de los restos, pero por ahora se trata de huesos de adultos.

Pérez Rossi y Lynch me hablaron de la niña hace meses. Ninguno de los dos sabe si fue asesinada o si se la quitaron a su madre para dársela a una familia apropiadora. «La nena era rubia», me dijo Mónica Lynch. «Ideal para que alguien la comprara o la quisiera.» Pérez Rossi recordó a su madre, Liliana Falco. «Era la típica chica de zona norte, como todos nosotros. A mí siempre me extrañó no haberla conocido de antes, pero se movía en otros círculos, se había ido de su casa. Ella vino con Eduardo, su pareja, desde zona sur. Ya vivían juntos y ella estaba embarazada. Llevarla a Misiones embarazada ahora puede sonar a locura, pero en ese momento nos parecía que como revolucionarios teníamos la obligación de no amoldarnos a las normas de la familia burguesa. Además, no hubo manera de dejarla atrás. Liliana quiso ir a Zañartú y no nos pareció un problema de seguridad. Nosotros queríamos niños revolucionarios.» Lo cierto es que, según cuentan, la niña nació en un hospital de Puerto Iguazú y tenía más de un año cuando el Operativo Itatí arrancó a los militantes de sus casas a patadas y tiros. Pérez Rossi y Lynch no creen que la madre haya sobrevivido. De la muerte del padre están seguros, porque vieron cómo lo acribillaron por la espalda la segunda mañana de la resistencia en la selva.

Los sobrevivientes no saben por qué les perdonaron la vida. Detenerlos fue muy fácil: los dos se quedaron sin municiones y sencillamente escaparon corriendo hasta que no pudieron correr más. Pérez Rossi pasó seis años detenido en la Unidad II de Oberá; durante los primeros años, vio cómo torturaban y se llevaban a otros presos, de quienes se desconoce el paradero. Mónica Lynch fue trasladada a la cárcel de mujeres Nuestra Señora del Rosario de Corrientes y su familia acomodada logró una amnistía después de un año. Ambos dicen que nunca pudieron superar la culpa y la pregunta de por qué. Por qué todos fueron asesinados y desaparecidos y ellos tuvieron el privilegio de sobrevivir. «Es una forma refinada de tortura», dice Pérez Rossi y se arrepiente de haber dicho lo que dijo. «En realidad, no quiero comparar. Nosotros no sufrimos nada.»

El trabajo de recuperación de restos no es lento, pero sí minucioso. El segundo día dejan pasar a la prensa. El pozo está cubierto por un techo de esteras, una especie de carpa para proteger a los que descienden hacia el brutal calor –afuera es bochornoso; en el pozo, dicen los antropólogos, es un infierno–. Con trajes blancos, bajan los diez metros con una plataforma que funciona como un ascensor. En caso de que se rompa hay escaleras pegadas a las paredes. Sacan los huesos con las manos. Los cuerpos, dicen, están entremezclados. Como si los hubiesen arrojado con un camión recolector de basura. Quizá en efecto fue eso lo que hicieron. En el pueblo no saben qué vehículo se utilizaba: esa zona estaba aislada por un retén militar. Recuerdan, sí, que las luces de la Casita estaban encendidas toda la noche y que llegaban camiones desde la ruta, en las dos direcciones.

El señor Segundo cuenta que la noche del ataque su obsesión (lo dice así: obsesión) era buscar a la criatura. «Ellos vivían nomás acá, en el pueblo, la Liliana y el Eduardo. La Liliana era fina, pero feúcha la pobre. Yo pensaba que era muy loable lo que ellos querían hacer, dar educación a la gente y así. Acá la gente es analfabeta. Cuando me enteré de que tenían las armas, ahí ya me enchinché. Igual quise salvar a la criatura, corrí hasta la casa. Estaban a los tiros. Ni llegué.»

La mayoría de los huesos se agrupan por tipo. Fémures con fémures, caderas con caderas, vértebra con vértebra. Solo en algunos casos se pueden reunir como pertenecientes al mismo cuerpo: la posición los delata. En otros, es imposible de establecer. Le pregunto a un antropólogo por qué en poco más de diez años de entierro están así, descarnados. Me explica que es debido a la humedad. No tiene autorización para decirnos mucho más. Responden las preguntas técnicas, que son las menos importantes, aunque puedan causar una mórbida fascinación. Hay un pozo con huesos a metros de un centro clandestino de detención. No hay ningún detenido ni lo habrá, porque en el país rigen las leyes del perdón para las Fuerzas Armadas. Las víctimas tendrán identificación, pero no tendrán justicia.

El fiscal que atiende en la causa, el doctor Germán Ríos, llama a una conferencia de prensa a metros de la fosa común. Es una locación inquietante, otra carpa blanca, más propia de un cóctel que de la instancia de dar información sobre el hallazgo y la identificación de los restos. Ríos confirma treinta y dos cuerpos, todos de adultos. El equipo de Antropología está trabajando en las identificaciones, pero, a diferencia de los bancos de datos de Buenos Aires, en el norte del país la población no se ha acercado a aportar información genética para los estudios de ADN y no tiene claro de qué trata el proceso que, por otra parte, no es publicitado. Los organismos de derechos humanos lanzaron su propia campaña y esperan obtener resultados. En general, sus campañas son exitosas.

–Muchos de los militantes aquí enterrados, sin embargo, proceden de Buenos Aires –intervengo.

–Es cierto –responde el fiscal–. Sospechamos que la fosa se usó también para enterrar a desaparecidos de Corrientes, Misiones y Formosa. Incluso a trabajadores del tabaco y tareferos que participaban de reclamos gremiales. Hasta ahora teníamos denuncias, pero ningún dato sobre sus cuerpos, sí sobre dónde habían sido detenidos y las fechas. En sesenta kilómetros a la redonda se registran tres centros clandestinos de detención confirmados. Creemos que los tres usaban esta fosa común para enterrar los restos.

Hay silencio en la selva. Descubro, en estos días, que la selva es mucho más silenciosa de lo que creía. Imaginaba un pandemónium de pájaros y de otros animales, incluso pensaba que se podía escuchar crecer a las plantas, que, de hecho, parecen crecer todos los días muchos centímetros, con una vitalidad anormal, estimulada. Hay vida por todas partes, pero la quietud es llamativa. De noche se suele cortar la luz en el hostal y algunos compañeros se ponen nerviosos. Es por el calor y la humedad que traspasa las paredes y hace apestar los colchones y es por saber que estamos en un territorio de masacres y secretos. La selva está en silencio y también los habitantes de Zañartú. Después de los primeros días, cuando contaban lo recordado en el bar, se retiraron a sus tareas y nadie menciona las luces de los camiones por la noche ni a los tareferos detenidos, muchos conocidos en el pueblo, incluso parroquianos.

Pasar otra tarde junto al pozo me parece gratuito. Sueño con huesos. No entiendo qué más puedo hacer. Quizá ir a Corrientes, donde se realizan las identificaciones. Ya he asistido al proceso en Buenos Aires: es triste y minucioso. Quiero conocer sobre las vidas de los trabajadores detenidos y desaparecidos. Quiero saber qué recuerdan los vecinos sobre la invasión de los jóvenes del EL, pero me cuesta conseguir testimonios. El hijo de doña Margarita Gómez me dice que ella está cansada y no puede hablar, pero la madre sale del rancho, me ofrece un chipá algo duro y una naranja y se sienta conmigo en el patio. Una chica, quizá una nieta, limpia el suelo con una escoba hecha de ramas de palmera. Doña Margarita dice que ellos siempre han estado calladitos, calladitos y a lo mejor así tiene que ser porque solamente grita Dios. Es posible que su hijo, trabajador de la yerba, esté en el pozo. Ella no lo dice de esta manera.

–Era un hombre orgulloso y el orgullo lo ponía malo. La bebida también. Pero yo le quería a mi hijo, les quiero a todos mis hijos.

–Él era uno de los dirigentes. ¿Hablaba con usted de eso?

–Los maltrataban, se quejaba muchito. Y que no tenía para comer ni ropa para las criaturas. Siempre ha sido así.

Siempre ha sido así. Margarita tiene razón. El Pozo rompe el cotidiano de resignación con su monstruosidad, tan lejana de este pueblo detenido en el tiempo con sus heladeras ruidosas y las marcas de gaseosas importadas del Paraguay. Los antropólogos limpian los huesos con cuidado. Hay que sacarles el barro, pero no hay que romperlos ni afectarlos ante la posibilidad de que conserven alguna evidencia. Un disparo, por ejemplo. Voy al pozo de todos modos, a pesar de mi resistencia, en el segundo horario de visita, el de la tarde. Uno de los antropólogos nos muestra un cráneo sin mandíbula, con un agujero en el parietal izquierdo. Le preguntamos si es un disparo y él, profesional como es, contesta que no puede asegurarlo, pero el aspecto es de una lesión compatible con arma de fuego.

Esa noche cenamos en silencio. Nos vamos al día siguiente. La sensación es de derrota. Hay una tumba, hay crímenes, no habrá investigación sobre los perpetradores. Ante el agobio, he decidido hacer una pequeña excursión antes de volver a Buenos Aires. Hay un pueblo cerca, de turismo local, organizado alrededor de una laguna llamada Totora. Mucha gente prefiere la tranquilidad de la pesca en la laguna, las puestas de sol sobre los pajonales antes que el río, más impredecible. En la laguna están prohibidas las lanchas a motor y no hay palometas, la versión local y menos temible de las pirañas. No voy en busca de tranquilidad, aunque quizá pueda escribir un poco: tiene hoteles mejores que el parador –en realidad, el parador no está pensado para alojar gente más de una noche o quizá unas horas– y cuentan que ahí se juntan familiares de los desaparecidos-asesinados que podrían estar en el pozo. Como si necesitaran estar cerca, velarlos. ¿Por qué no vienen al pueblo?, me pregunto. Y me doy cuenta de que es una pregunta que debería hacerles a ellos, si es verdad que han ocupado el pueblo de la laguna con su duelo suspendido.

EL OSCURO ATARDECER

El pueblo de la laguna Totora se llama San Cosme del Palmar y toma el nombre de un santo muy venerado de forma local y de un palmar cercano, que se ve desde la orilla, en la distancia. Me sorprende, derrumba mis prejuicios. Uno de los hoteles es sencillo pero francamente cómodo y bonito, con las habitaciones aireadas, los muebles de mimbre, olor a madera y a naranjo. La conserje es la dueña, una mujer de aproximadamente sesenta años, propietaria desde la década de los ochenta. La casa, dice, estaba bastante abandonada y era una de las propiedades de fin de semana de una familia de dinero de la zona, que cayó en la miseria por varias desgracias. No enumera las desgracias, como si contarlas pudiera contaminar el ambiente diáfano de su adorable hotel. Después de darme las indicaciones, el horario del desayuno, las direcciones al balneario, el lugar donde puedo comprar crema bronceadora si no tengo, los pocos pero, asegura, buenos restoranes –«tiene que probar el pacú, lo hacen empanado en yerba mate, no suena muy rico pero es una delicia, no se va a arrepentir»–, me acompaña hasta mi habitación, la única libre. En la puerta, mientras me explica que la llave tiene un pequeño truco («pero la habitación queda bien cerrada, además aquí es totalmente seguro»), le pregunto si se hospedan en el hotel familiares de los muertos del pozo de Zañartú. Se lo pregunto así, sin vueltas, porque hace días que el silencio me deprime y paraliza. La mujer se endereza y dice, sinceramente, que no les pregunta a los huéspedes por qué vienen y que no le corresponde decírmelo. Que los dueños de los hoteles, como los barmans, tienen algo de psicólogos, escuchan confesiones y el secreto está implícito. «Les puede preguntar a ellos», me dice y enciende la luz. La habitación no la necesita: es muy luminosa y da a un patio interno con limoneros y el pasto recién cortado.

El pacú rebozado con yerba mate es, en efecto, delicioso. Y me sorprende que casi no haya mesas vacías en el restorán. El pequeño embarcadero, junto al cual caminé, rebosa de lanchas. A esta hora, pasado el mediodía, no hay gente pescando, vienen al crepúsculo. Cerca del hotel hay una pequeña costanera y una pasarela con jacarandás: se distinguen los restos de la casa de fin de semana que supo dominar esa parte de la laguna. Me pregunto cuál de las familias ricas de la región habrá sido la dueña. El pueblo tiene un museo regional donde puedo averiguar la historia –la conserje del hotel exagera su discreción–, pero está cerrado y es posible que, como pasa con frecuencia en los pueblos, no tenga empleados o quizá solo uno, que acude a su oficina de vez en cuando y ordena papeles viejos.

Después de comer mucha gente se va a dormir la siesta. Yo no puedo acostumbrarme, ni siquiera lo hice en Zañartú, donde la pesadez de la humedad y del pueblo anestesiado daban ganas de dormir por horas y sin sueños. Prefiero cargar agua para el mate en el hotel y acomodarme en la costanera, bajo los árboles, en uno de los sillones de mimbre que resultan más cómodos de lo que parece. Tomo notas en un cuaderno. De a ratos leo. Hay otros que se sientan en la playita o prefieren la Costanera. Desde donde estoy veo a una pareja, hombre y mujer, de unos sesenta años, y a una mujer joven, muy delgada, con un vestido largo y los brazos pálidos. Me acerco a la pareja y no tardo en preguntarles lo que quiero saber. Ellos se abren enseguida. Quieren hablar. Esto sucede seguido y, sin embargo, me sorprende. La gente siempre quiere hablar, quiere contarle a un desconocido su historia, aun sabiendo que ese desconocido publicará y con seguridad distorsionará lo dicho, porque esa es la naturaleza del oficio.

Son padre y madre de un joven correntino, dirigente estudiantil en la Universidad del Litoral. Se lo llevaron en abril de 1976, justo después del golpe. Vivía con ellos, la suya es una de esas casas grandes de provincia, donde sobre un terreno se va construyendo para todos los integrantes de la familia: el negocio da a la vereda; el edificio principal es para los padres; el de atrás, pasando el patio de las azaleas, para los hijos. A ellos los ataron y los amordazaron. No lo pudieron defender. Se lo llevaron solo, tenía novia, pero no estaba en la casa.

–Él no creía que se lo iban a llevar. Decía que esas cosas pasaban en la capital. ¿Se da cuenta? Nosotros también creíamos. Él tenía compañeros que se habían ido a Brasil y otros que estaban escondidos, clandestinos, usted sabe. Sinceramente, nosotros creíamos que venían... Mi hijo militaba en la facultad nada más. Se lo puedo asegurar porque él nos contaba y nos decía que no tuviéramos miedo. Con esto no justifico lo que hicieron con los muchachos que eligieron la lucha armada, pero no era el caso de Gustavo.

La mujer participa de la pequeña agrupación de Madres de Desaparecidos de Corrientes Capital. Lo hubiese adivinado por su forma de expresarse. El hombre se queda en silencio. Los padres de las víctimas suelen ser compañeros silenciosos. Muchos han muerto durante estos años acompañando en un segundo plano a sus esposas. Los matan la impotencia y el amor, no están preparados para eso. Las mujeres saben manejar mejor esas emociones.

Me proponen presentarme a otros padres, incluso a algunas esposas. No son tantos, afirman, creen que son ocho, hay algunos que no hablan o les da vergüenza. Yo quiero saber por qué están en la laguna Totora y, a la noche, cuando nos juntamos todos a cenar en el restaurante que sirve pacú a la yerba mate –yo soy la única que lo come–, todos me dan una explicación distinta pero similar. No los dejan estar cerca del pozo y en Zañartú no hay espacio para todos. Los vecinos del pueblo les recomendaron este lugar por cómodo y cercano. No se quedan mucho tiempo. Están viniendo hace dos meses, cuando se supo del pozo. Todos van a Zañartú cada día, a ver si hay suerte, si los dejan pasar, si alguien les habla. Ya entendieron que no hay mucho que hacer.

–A lo mejor tendrían que ir a Corrientes, adonde se hace la identificación.

–Es lo más lógico –cree una madre de Castelar, provincia de Buenos Aires. Su hijo, Guillermo Blanco, alias Piru, era uno de los militantes del EL. Es la única madre de un miembro del EL presente. Le hablo de los sobrevivientes que entrevisté, pero la información le llena los ojos de lágrimas y le endurece la cara. Nunca conoció sus nombres, su hijo no le nombró nunca a sus compañeros. No quiere saber sobre los vivos: no puede evitar la rabia.

–De la identificación nos enteraremos igual: ya les di material para el ADN, cuando lo identifiquen me llamarán a casa. Allá está mi marido esperando. Él no puede venir. Está mal de salud. Estaba peleado con Guille cuando él se vino para acá. Yo ni sabía que estaba en el norte. Me lo contó mi otro hijo, su hermano, cuando ya había pasado todo.

–Estar acá es lo más parecido a un funeral –me explica Sonia, la madre del militante estudiantil de Corrientes, Gustavo–. Queremos estar cerca, velar los restos. Son varios kilómetros, pero yo sé que él me siente. Les ponemos flores, acá en la laguna y allá cerca del pozo, en los árboles. ¿Vio a la Itatí? No nos dejan llegar tan cerca. Deberían, ¿no le parece? Es un destrato.

–Este país destrata a las víctimas –dice María Eugenia, de unos cincuenta años, la mujer de un capataz del yerbatal que apoyó un intento de huelga. Ella, cuando lo mataron (así lo dice, aunque no tiene el cuerpo, sabe que lo mataron), estaba en desacuerdo con él.

–«Cómo vas a parar, el patrón te va a echar, qué les damos de comer a los chicos.» Así le gritaba mañana, tarde y noche. Él me decía que la gente la pasaba mal. Ahora lo entiendo y no sabe cómo me arrepiento.

–¿Para quién trabajaba?

–Para los Reyes, acá más de la mitad trabaja para ellos. Yo lo conocí al dueño, Adolfo Reyes. Hasta pensé que era buen tipo. Ni me quiso recibir cuando desapareció mi marido.

María Eugenia llora y el mozo le trae un té Cachamay. Afuera, la luna besa los esteros y los insectos golpean contra la bombita del restaurante. Hay cascarudos. Pienso que les tengo miedo a los cascarudos, pero sé que, si se me cae uno encima, me lo sacaré del pelo como si fuese solo una hebilla. El miedo cambia, se proporciona. No quiero acostumbrarme a eso. Por la noche no sueño con huesos, pero sí con una enorme oscuridad sobre la laguna, una tormenta gorda y cargada de granizo.

 

LA MUJER FLACA

En el desayuno me despido de algunos familiares. Los que se van a Zañartú a dejar sus flores y ver si hay suerte y los que se vuelven. Unos a Corrientes. Otros a Posadas. María Eugenia y la madre de Castelar se quedan unos días más. Anoche las vi juntas, al borde de la laguna, encendiendo velas. Es un ritual secreto el de estas familias, íntimo, cobijado por el agua y el calor, de gran delicadeza. También saludo a nuevos huéspedes. Vienen de Zañartú algunos, así lo dicen en la recepción, no encontraron alojamiento allí, los enviaron a San Cosme, la misma historia. Otros ya saben que deben quedarse aquí, me cuenta María Eugenia. Sobre todo, los que son de la zona.

Hay una mujer, la llamo la mujer flaca, que no vino a la cena de la noche anterior y que desayuna sola, fumando, en una mesa del patio. Tiene una cara extraordinaria que, además, me resulta conocida. Quizá se trata solo de la peculiaridad de sus facciones: es una cara tan angulosa que de frente es bonita, pero de perfil y con cierta luz parece de una de las Señoritas de Aviñón. Sé que ella está por los huesos también. Quiero respetar su distancia, pero ella me fascina, su pelo largo apenas canoso, y los vestidos, siempre distintos, que la cubren hasta los pies.

Encuentro oportunidad de hablarle después del desayuno. Es ella la que se me acerca. Me pide fuego en la costanera. Le doy. Fuma constantemente y yo también. Ahora que la veo a la luz impiadosa del mediodía, la reconozco, pero no puedo creer lo que veo o me niego a creerlo. Hace unos diez años, en el límite de los barrios de Caballito y Parque Chacabuco, en Buenos Aires, secuestraron a una niña de doce años. Una niña que llamó la atención de la prensa porque le faltaba un brazo, nunca se supo si era un defecto congénito o producto de un accidente. La situación había sido resultado de un juego que se volvió macabro: la nena y sus amigos entraron en una casa del barrio que estaba abandonada. Una travesura. Algo pasó en la casa, que los chicos no pudieron ver bien, y la nena nunca salió. Llamativamente, la desaparición, que se caratuló como secuestro, estuvo poco tiempo en los medios aunque se le hicieron muchos reportajes a la madre de la nena, que no esquivaba las cámaras de televisión. La hipótesis era que el secuestrador era un hombre misterioso, nunca atrapado: la policía encontró ropa de adulto ensangrentada en el interior de la casa, aunque no se pudo establecer la relación de la ropa con ninguna persona concreta y la chica nunca apareció. Quise entrevistar a la madre entonces, pero mi editor no estaba interesado. Recurrí al jefe de redacción. Me dijo que la gente no tenía ganas de escuchar una historia tan morbosa, que debíamos llevar buenas noticias. Nunca le creí. Me lo decía de una manera mecánica. En otras circunstancias, él hubiese matado por una historia así. Cierto que 1987 fue un año horrible, con los levantamientos carapintadas y la profanación del cuerpo de Perón: nadie podía creer que alguien le hubiese cortado las manos al cadáver más custodiado de la nación. La historia de la chica sin brazo desaparecida tenía algo tétrico, sí, y quizá por eso no le dieron impulso. Esas cosas pasan en el periodismo. La imaginación del público se enamora de ciertos horrores y es indiferente a otros. Cuando intenté entrevistar a la madre de todos modos, quizá para otro medio, la mujer ya había dejado su casa y el barrio. Su paradero era un misterio.

–Vine por mi pareja –dijo la mujer flaca y, cuando habló, no tuve dudas. La voz suele operar como una patada a la memoria. Si no era la madre de la chica desaparecida, era una gemela. O el parecido era sobrenatural. Era pleno día y el calor podía matar a pájaros en vuelo, pero recuerdo que sentí un escalofrío. Tuve miedo. La coincidencia parecía una ficción siniestra.

Ella se dio cuenta pero tardó en decir algo.

–Mi marido y yo éramos militantes del Ejército de Liberación Maoísta Leninista. Así era el nombre completo aunque hasta los libros de historia y todo el periodismo le dice EL. Yo sobreviví.

Me impresionó. Le pregunté su nombre. Me lo dijo. Beatriz Bradford. La miré fijo. Había reconstruido el Operativo Itatí y no tenía constancia de que ninguno de los militantes llevase ese nombre. La chica desaparecida tampoco tenía ese apellido. Se llamaba Adela Álvarez. Lo recordaba ahora, después de años de ni siquiera pensar en ella.

–Está bien que dude –dijo. Tenía la voz gruesa y, me di cuenta, marcas en el cuello y los brazos. Pequeñas cicatrices de cortes superficiales y finos. Como si se hubiese rascado demasiado con uñas largas–. Mi nombre de guerra era Liliana Falco. Solo mi pareja sabía mi verdadera identidad y también nuestro jefe operativo, porque parte del plan, que fracasó, era secuestrar a alguien de mi familia para financiarnos. Mi familia, usted sabrá, es inmensamente rica. Son también unos terribles hijos de puta, cómplices de la dictadura, usaron sus medios y sus influencias para ayudar a desaparecer cuerpos. Por eso no me acerco a la gente que viene. Mi familia fue cómplice de los crímenes de muchos de sus seres queridos. Eduardo quería salvarme de ellos, nunca supo a qué se enfrentaba. Yo tampoco lo sabía del todo.

Sentí una especie de mareo. Si en su militancia usaba el nombre de Liliana Falco, entonces en efecto era la madre de la niña quizá asesinada o entregada a una familia. Y si en realidad era miembro de la familia Bradford, tenía ante mí una historia monumental. Y creíble, porque la legendaria casa de la familia estaba apenas diez kilómetros río arriba. ¿Cómo podía ser también la madre de la chica sin brazo desaparecida en Caballito?

Traté de que mi pregunta fuera certera. Temía que se escapara. Había algo elusivo en ella. Ya en esa primera charla me di cuenta de su desequilibrio, de los estragos que su familia y su historia habían causado sobre su psiquis.

–Compañeros suyos me dijeron que usted tuvo una hija en Zañartú. Ellos se preguntan por el destino de la niña.

–Adela no está en el pozo. Posiblemente Eduardo está ahí. No sé por qué tardan tanto en la identificación. La madre de Eduardo ya donó sangre. Ella no me quiere mucho, pero me confirmó que lo hizo. A Eduardo se lo digo todas las noches, le digo que intenté salvar a la nena. Los que vienen acá no saben cómo llegar cerca del pozo pero porque no estudian el terreno. Hay que estudiar el terreno.

Yo había encendido el grabador sin preguntarle, vibraba en mi mano debajo del libro que estaba leyendo. Ella dijo:

–No lo esconda. Me puede grabar si quiere. No tengo nada que perder. Además, si ellos no quieren que esta conversación se conozca, no se conocerá. Manejan otras reglas. Ya no están nerviosos. Usted ya sabe que aquí cerca está la casa de mi tía, Mercedes Bradford. Es mi tía, eso téngalo claro, no quiero aparecer como la hija de ese monstruo. Mi madre y mi padre son muy diferentes a ella, a pesar de todo.

–¿Usted tiene relación con ellos?

–¿Con mi tía o con mis padres?

–Con todos.

–No voy a hablarle de mi tía. No puedo. Con mis padres hago lo que puedo y ellos también.

A partir de aquí transcribo la conversación. Me resultaría muy difícil parafrasearla. Fue breve la charla de esa tarde. Fue también corta la de la noche, pero ambas me parecieron larguísimas y recuerdo haber mirado varias veces el grabador para asegurarme de que la cinta del casete no se trabara.

–¿Recuerda el operativo?

–Nos despertaron los disparos y sabíamos que eran ellos, así que corrimos. Mejor dicho corrí yo, con mi hija. Sabía qué camino hacer en la selva para ponernos a resguardo. Lo habíamos planeado, tenía que llegar a la casa de una mujer que nos ayudaba, la esposa de un tarefero. La única que nos ayudaba en ese pueblo de mierda. Nunca hubiese dicho que era gente de mierda entonces, pero ya no puedo hablar ni de conciencia de clase ni de las contradicciones ni tengo paciencia. Ni me importan. No encontré la casa, estaba desorientada. Así que llegué como pude hasta la casa de mi tía. Tenía que salvar a mi hija y pensaba dejarla ahí y volver a buscar a Eduardo. Estaba cansada y aterrada. Mi familia tiene guardias privados. Preferí quedarme con la nena en la casa. Esa noche deberíamos haber muerto. A veces, burlar a la muerte es lo peor que puede ocurrir.

La voz de Beatriz, gruesa, de fumadora, no se quebraba nunca. Hablaba con la frialdad de una persona a la que no le importa morir o que quiere morirse pero antes debe resolver dos o tres cosas.

–Me quedé con ellos en la casa. Con mi prima Rosario y los demás. No voy a contarle mi vida. Quiero decirle que lo que intuye es verdad: mi hija es Adela Álvarez, la nena desaparecida. Yo nunca oculté mi nombre: a las cámaras les dije que me llamaba Beatriz Álvarez. Nunca estuve casada con Eduardo, pero tomé su apellido. Adela fue anotada con su nombre real y no murió en la selva. No la mataron en el operativo. Intenté salvarla. Se lo digo a Eduardo. Lo intenté, pero había otros planes para nuestra hija.

–¿Usted es la madre de la chica desaparecida en Buenos Aires?

–Se lo acabo de decir. La nena que entró en la casa de la calle Villarreal con sus amigos, cerca del parque Castelli.

–La reconocí de la televisión. Su familia es muy rica. Por lo que recuerdo, su casa en Caballito era bastante modesta, me refiero a la casa donde vivía con su hija.

–La casa estaba bien. Era la que yo quería. No vivía con ellos ni como ellos, si a eso se refiere.

–¿Su hija perdió un brazo en la represión?

–Mi hija salió intacta de la selva. Perdió el brazo en la casa de mis tíos.

–¿Tuvo un accidente?

–¿Usted sabe lo que hay en esta selva? Yo tampoco. Nunca lo entendí del todo. Es grande y terrible. Es voraz. Mi familia lo venera desde hace cientos de años. Lo que vive en esta selva, que ahora está dormido, se llevó el brazo de mi hija y la marcó como propia. Dejó de ser mía. Siempre quise escaparme de los Bradford y, cuando me enamoré de Eduardo, creí en lo que él creía, porque era una manera de alejarme de ellos, una manera noble además. Lograron que volviese y se quedaron con mi hija.

–No la entiendo.

–Mejor para usted.

Creí, entonces, que estaba desequilibrada. Pero cuando se fue y me dejó sola en el silencio, apenas quebrado por los chapoteos de los animales de la laguna, sentí una aprensión irracional hacia la selva y hacia todo ese paisaje hermoso y hostil, capaz de albergar tanto sufrimiento y tanta muerte. ¿A qué se refería con que su familia «veneraba» algo terrible en esos montes? ¿Era una metáfora, era literal? Así terminó la primera parte de la conversación. Quedé perturbada por el encuentro, por la coincidencia y por su desequilibrio, evidente en la manera de mover los ojos oscuros, en el pelo que, de cerca, se notaba quebradizo y fino, en las uñas descuidadas. Era una mujer elegante y destrozada. También quedé perturbada por la insinuación de ese monstruo voraz al que se había referido, y al que relacionaba con la desaparición de su hija. Ella se fue a caminar bajo el sol, sin sombrero. No la seguí y volví al hotel, a desgrabar. Quería preguntarle más. En la lista de los integrantes del Operativo Itatí figura Eduardo Álvarez (alias el Mono Álvez). Desaparecido y pareja de (alias) Liliana Falco. No me había mentido. Las metáforas que usaba para comprender la tragedia de su vida me conmovían, pero también me estremecían, especialmente esa especie de delirio místico sobre los poderes de la selva. Aunque entendía por qué podía enloquecer en ese sentido. Si uno viaja en auto por un camino que atraviesa la espesura, en Misiones, la selva es una prisión con muros a ambos lados, la tierra roja es un río de lava. Ahí, cerca de la laguna, la selva parecía más alejada. A lo mejor por eso elegían el pueblo los familiares, por su apertura. Imaginé los cuerpos en camiones, atravesando caminos embarrados, arrojados a un pozo, los pájaros nocturnos callados por el ruido de los motores. Había visto, más temprano, un altar a San la Muerte. Y el primer día, cuando llegábamos con el auto desde Posadas, el de San Güesito, un niño muerto y venerado, un animita, como los llaman en Chile. Pensé en los huesos secos que deja el calor, el calor que come la carne hasta que no queda nada.

Encontré a Beatriz Bradford otra vez, esa noche, en el pasillo del hotel. Su habitación quedaba en el extremo que daba al desayunador. Estaba borracha. Tanto que sentí compasión o solidaridad y la metí en mi habitación. Cerré con llave y ella se arrojó en la cama, boca arriba. Tuve miedo de que se ahogase con su propio vómito. No la había visto comer y no creo que comiera mucho. Estaba borracha, pero bastante lúcida. Quería hablar. Volví a grabarla.

–Nadie se acuerda de mi hija. Usted sí.

–Decime Olga.

–Olga. Qué feo nombre, como Beatriz. Rosario, en cambio, ella tenía un nombre hermoso. Pobrecita, Rosario. Era una perra pero quería salvarnos y salvarse. Era una perra, pero tenía amor, ¿sabés, Olga? Ella tenía amor.

–¿Quién es Rosario?

–Mi prima, la hija de Mercedes. Ella me dejó entrar esa noche y ella me dijo Betty, no salgas, Betty, esta noche no, viene gente, se hace la ceremonia, vos sabés que no tenés que participar de la ceremonia, que no estás autorizada. Quedate adentro, Betty. Pero yo salí. Qué pelotuda.

Empezó a rascarse los brazos, a pasarse las uñas por el cuello, así se hacía las cicatrices. Le entraba una desesperación que era terrible ver. Le saqué las manos del cuerpo y le ofrecí agua, pero quiso un cigarrillo. La obligué a fumarlo sentada, para que no incendiara las sábanas.

–Salí aunque ella me pidió: Betty, no. Y eso le cortó el brazo a mi hija. No me pida que le explique qué es eso, no tiene nombre. Lo hizo a través de Juan, que ya no era Juan, y la luz negra tocó a mi hija. ¿Por qué salí con mi hija del cuarto, Olga? ¿Por qué no le hice caso a Rosario? Ella siempre fue sensata. Juan era oscuro, pero ella lo amaba, sin el amor de Rosario no sé qué hubiese pasado con él. ¡Qué digo! Sí sé. Él entregó a mi hija. Me engañó, me dijo que iba a salvarla, iba a salvar a su hijo y a mi hija, ese era el pacto y no lo cumplió. Me tendría que haber dado cuenta, ¡si ni me hablaba! Ahora no puedo acercarme a su hijo. Gaspar se llama, se llama Gaspar. Es como él, pero no lo sabe, alguien se lo tiene que decir. ¿Se lo querés decir, Olga? Mi tía quiere que lo sepa. Hace mucho que no veo a mi tía. Se puede escapar de ellos un tiempo, esperan, saben que uno vuelve. Ay, no sé si te vas a poder acercar a Gaspar. Lo marcó, también, y cuando lo marcó lo alejó para siempre de nosotros. No lo pueden encontrar, yo tampoco lo puedo encontrar. Por la marca. La marca lo aleja. Está protegido. Lo odian, sabés, Olga, a Juan lo odian porque les ganó, un poco. Es lo único que me alegra. Estoy viva porque ellos lo odian y porque quiero enterrar a Eduardo y decirles a sus huesos que cuidé a nuestra hija pero no la pude alejar de mi familia. Vos no sos tu apellido, me decía él. No estás condenada a ser la explotadora. A eso no, pero condenada estaba. Él no sabía. Él tenía amor, también.

Le dio una larga pitada al cigarrillo. Está en la grabación. Suena como si se lo fumara entero. Después, se incorporó en la cama.

–Juan me traicionó y cambió a mi hija por el suyo. La entregó. Al suyo lo salvó. A cambio de la mía. Aunque a veces pienso que también la salvó, de alguna manera. Cuando ella se perdió en la casa, la salvó. Mi familia ya no va a tenerla ni a usarla. Lo odian por eso también. Había planes para Adela. ¡Pero dónde está ella! Y su hijo vive tranquilo. Es injusto, Olga. ¿Te puedo decir Olga? Es injusto.

–¿Su hija fue secuestrada?

–Olga, no quieras saber. ¡No quieras saber! Ya estás en peligro por mi culpa. Todo lo que toco lo arruino. No la supe cuidar. Pero Eduardo tiene que saber que la quise salvar y no pude, no pude, pero es culpa de ellos y del dios negro que los guía. El dios negro, Olga, le decían el dios dorado, pero es negro. Juan le tenía miedo al dios. Era decente, igual. Yo también hubiese entregado a su hijo por la mía. Por eso se callaba los planes, porque sabía cómo soy yo. Prefería hacerse el loco. Garpa, eh, hacerse el loco. Él sabía que no era nadie. El dios vive en la sombra, tené cuidado, duerme, pero vive.

Se fue de mi pieza corriendo, corrió hasta la suya y se encerró. La oí gritar y llorar, pedir perdón y, creo, pegarse. Se escuchaban los golpes secos de una cabeza contra la pared. Después, silencio. La conserje decidió entrar en la habitación y comprobó que Beatriz estaba dormida. Borracha, desmayada.

–No es la primera vez –me dijo, y chasqueó la lengua–. Pobre, tiene mala bebida. No es la única, a algunos de los que vienen también les pasa. Ella come como un pajarito.

–¿Ya fue su huésped antes?

–Dos veces. Creo que vive cerca, aunque no le pregunto. Una vez me la trajeron porque llegó cerca de la fosa, no sé cómo pasó los controles. La trajo la policía. Ella se fue y pensé que no volvía más, pero volvió.

Quise decirle a la conserje quién era esa mujer, lo que le había pasado, pero me callé la boca. Nunca me había pedido discreción ni secreto, pero no quise desparramar su historia. Consideré que tenía el permiso para escribirla, como hago ahora.

A pesar de que creí que no iba a lograr conciliar el sueño, dormí esa noche y sin pesadillas que recuerde, aunque desperté muy transpirada. Se había cortado la luz y eso había detenido el ventilador de techo. Me di una larga ducha. El agua caliente dejaba de salir pronto, pero el agua fría, después del primer sobresalto, me alegró.

Llegué tarde al desayuno. Beatriz Bradford no estaba en el salón. La conserje me dijo que se había ido de madrugada, en su auto.

–No creo que vuelva hasta dentro de unos meses –me dijo–. A veces cuando toma mucho y hace algún destrozo, se va antes de tiempo. Le da vergüenza. Es una mujer fina.

Me quedé unos segundos más con la conserje. No sé por qué pensé que Beatriz me podía haber dejado algo. Su dirección, su teléfono, pero no lo había hecho. Pasé ese día conociendo a los familiares recién llegados y por la noche reservé un vuelo de Posadas a Buenos Aires. No volví a Zañartú ni al pozo.

 

LA NIÑA OLVIDADA

En Buenos Aires, escribí la crónica sobre el pozo, la última de una serie sobre el Operativo Itatí y la represión en los yerbatales del Litoral cercanos a la frontera. Esta crónica, sin embargo, es distinta: pertenece a una escritura íntima, menos ligada a la información y a la historia. El encuentro con Beatriz Bradford me impactó muchísimo y, después de cumplir con la entrega del artículo, me ocupé de confirmar su identidad, saber si era en verdad la madre de Adela Álvarez.

No me había mentido. Los artículos de la prensa sobre el caso de Adela Álvarez no son muchos, pero remito a los lectores al de Guillermo Triuso publicado en Panorama dos meses después de la desaparición (Revista Panorama, n.° 139, «La desaparición de Adela», 27 de noviembre de 1986). Es un documento único, porque cita los expedientes de la causa, que, guardados en un subsuelo de Tribunales, poco después se perdieron, insólitamente porque era un caso activo, en la inundación de julio de 1987. Eran apenas dos cuerpos, nada extravagante. Se les prestó muy poca atención a esa chica y sus circunstancias, así como a las declaraciones de los menores, Pablo Fonzi, Victoria Peirano y Gaspar Peterson, que no eran contradictorias pero sí muy fantasiosas. Si bien ya no hay expediente judicial que contenga la declaración de Gaspar Peterson, se conserva en sede de la comisaría 5.ª de San José de Flores su testimonio ante la policía y ahí consta su nombre completo y filiación. Beatriz Bradford no me había mentido: los padres del chico eran Juan Peterson y Rosario Reyes Bradford. Los dos fallecidos. Había sido adoptado legalmente por su tío, Luis Peterson. La declaración incluye una descripción de la escena ocurrida la noche de la desaparición. Según dijeron los chicos, estuvieron en la casa alrededor de una hora y media. Adela entró en una de las habitaciones de la casa unos cuarenta minutos después del ingreso: el resto del tiempo lo pasaron tratando de abrir la puerta detrás de la cual la nena desapareció, que quedó herméticamente cerrada. Se dieron por vencidos después de casi una hora. Entonces, salieron y avisaron a los padres de Victoria Peirano, que hicieron la denuncia a la policía.

Los tres dijeron, en resumen, que en el interior de la casa había luz, que era enorme, que tenía estantes con restos humanos acomodados como adornos: dientes, huesos y uñas. Adela entró en una habitación, cerró la puerta tras de sí y no pudieron volver a abrirla. Victoria estaba convencida, declaró el oficial, de que alguien en la casa había cerrado esa puerta con llave. Los policías tardaron más de cinco horas en acercarse a la casa, ya de madrugada. A partir de ahí, todos son despropósitos. La jueza Carmen Molina ordenó una serie de allanamientos, los días siguientes, en las casas vecinas, incluso en la de Adela Álvarez. Resulta llamativo que no ordenase la inspección de la casa de Gaspar Peterson. Hasta el día de hoy no hay sospechosos ni pistas sobre quién se llevó a Adela Álvarez, si es que se la llevó alguien. Entre que se hizo la denuncia y la presentación de los policías en la escena, el o los secuestradores tuvieron tiempo de borrar cualquier indicio. Las declaraciones de los chicos son increíbles y constan, citadas, en la investigación de mi colega para Panorama: le recomiendo al lector remitirse a su trabajo. Por desgracia, Guillermo Triuso dejó la Argentina a principios de 1988 debido a la situación económica y se desempeña como periodista en México. Lo llamé para consultarle algunos detalles y fue amable, pero el tema ha quedado saldado para él. Lo que sí señaló, en la conversación telefónica, fue su perplejidad ante las declaraciones de los chicos acerca de las dimensiones de la casa. La casa de la calle Villarreal n.º 525 tiene 40 metros cuadrados, 44 para ser exactos, más 10 metros cuadrados extra repartidos entre el pequeño jardín de la entrada y un patio trasero que incluye un sencillo galpón, según los planos originales, accesibles en los archivos del municipio. La distribución, además, es muy sencilla: un ambiente de usos múltiples en la entrada, una cocina con espacio para el comedor diario, una única habitación y un baño. Los chicos hablan de ambientes amplísimos, pasillos y varias habitaciones. No hay duda de que ingresaron en esa casa y no en otra. Es decir: declararon que era mucho más grande por dentro que por fuera, una imposibilidad física. Además, cuando los policías ingresaron, se encontraron con que la pared que separaba el comedor de la habitación había sido derrumbada. También las paredes del baño, que estaba a la vista. Los montones de escombros permanecían adentro y apenas una parte se acumulaba en el pequeño patio del fondo. La casa se vende como terreno: está en ruinas. No tenía electricidad, aunque los chicos aseguraron que había luz, y no tenía ninguna puerta: la del baño y la del cuarto habían sido retiradas. La casa estaba en venta aunque no tenía un cartel: una inmobiliaria la ofrecía en privado y le pertenecía a la familia Ordóñez; el hijo de los dueños también declaró, pero sus dichos son irrelevantes: hacía años que no pasaba siquiera por Buenos Aires; él y su hermana habían migrado, por cuestiones de negocios, a Córdoba. Después de la muerte de la madre, habían puesto la casa en venta. No había motivos de sospecha, tenían una coartada imbatible.

La jueza confrontó a los chicos con esta información, según consta en la nota de Triuso para Panorama, y aunque se mostraron sorprendidos, mantuvieron sus declaraciones.

 

EL CHICO MARCADO

Un caso frío, dicen los penalistas, y resulta un tema viejo para los periodistas. No podía volver a buscar a Beatriz Bradford, por el momento. Cuestiones laborales y personales me retenían en Buenos Aires. Logré hablar con la madre de Eduardo Álvarez, que me pidió discreción. Había donado una muestra de ADN para identificar a su hijo, pero no militaba en ninguna organización de derechos humanos. Estaba enojada con su nuera y con su hijo y creía que la desaparición de la nieta, a la que veía de vez en cuando («culpa de Beatriz, que es una mala persona»), podía estar relacionada con la militancia de su hijo. No pude obtener más de ella excepto la promesa de una entrevista que no se concretó.

A la familia de Beatriz no tuve acceso. Después de un llamado a sus oficinas, de inmediato recibí la respuesta de un abogado: si continuaba, sería denunciada por acoso. El abogado tenía un tono amenazante. ¿Era posible que Beatriz viviera con su madre? Algunas de mis fuentes con llegada a rumores sobre la familia Bradford me aseguraron que su madre es quien la cuida. Insistí por otras vías, pero acceder a los Bradford resultó extremadamente complejo: ante cada intento, tuve respuesta de sus abogados. Los teléfonos siempre eran atendidos por secretarios gélidos. Las propiedades estaban custodiadas. La familia es un país dentro del país.

Mientras tanto, quería hablar con alguno de los chicos que habían ingresado en la casa con Adela. Ya no eran chicos, además. No fue tan sencillo. Los padres de Victoria Peirano no quisieron recibirme y su madre, por teléfono, me dijo que bastante le había costado a su hija superar lo ocurrido como para que yo se lo recordara solo por mi vanidad tantos años después. Quise discutirle que nada tenía que ver mi vanidad, pero me cortó. Una respuesta similar obtuve de la familia Fonzi, aunque, insólitamente, me dieron la dirección de Gaspar Peterson, el tercer chico, que vivía con su tío. Me la dieron con cierta displicencia, como si no les importase. No me dieron el teléfono, que tampoco figuraba en la guía telefónica. Decidí hacerle una visita. Vivía en Villa Elisa, un suburbio de clase media cerca de La Plata.

Villa Elisa es una localidad pequeña en la cual resulta difícil perderse. Las calles están numeradas: de norte a sur van de calle la 31 a la 1, y de este a oeste, de la 32 a la 60. Curiosamente, las avenidas y calles más amplias se numeran del 403 al 426, pero esta aparente dificultad queda muy clara en un mapa. Además, la municipalidad es eficiente y las calles tienen su número en cada esquina. La casa de Luis Peterson quedaba en 6 y 43, cerca de la estación de trenes. Fui con el auto y enseguida encontré hacia dónde debía dirigirme.

Y aquí empieza lo que no comprendo y lo que, al final, me hizo abandonar la investigación. Lo que me hace renunciar a este caso y a mi instinto periodístico y me hace sospechar que me encuentro al principio de una historia que no quiero conocer. Porque lo que pasó esa tarde, y la siguiente, es imposible.

No pude encontrar la casa. No estoy diciendo que me perdiese. Llegaba al cruce de las calles 6 y 43, doblaba por 6 y buscaba el número, 147. La dirección era 6 n.º 147. No había duda. Pregunté a vecinos. Todos conocían al señor Luis Peterson. Arquitecto, me informaron. También a Gaspar. Un amor de chico, lo describieron. Todos me indicaban el mismo camino, sencillo. Pero, cuando tomaba la calle 6, los números no coincidían. Eran 451, 453, 455... y luego, cuando retrocedía, me daba cuenta de que había doblado por otra calle. Por la 7 la mayoría de las veces. También por la 8, por la 43, por la 44. Lo intenté con un taxista que se mareó ni bien dobló y vomitó sobre el volante. Creí que estaba borracho y discutí con él, pero el hombre me dijo que jamás bebía trabajando y que había sentido un dolor de cabeza repentino que lo había asustado, «como un derrame cerebral».

Abandoné el intento esa tarde. Había algo extraño en el aire o en mi cabeza: la sensación cenagosa de esas pesadillas en las que no se puede gritar o caminar, los sueños en los que uno está seguro de que la casa de la que no logra salir está ocupada por algo que se esconde.

Volví al día siguiente, enfrentando mis miedos.

En esta segunda oportunidad, probé pidiendo ayuda a un vecino. Le dije la verdad, que no podía encontrar la casa. El hombre se ofreció a ayudarme y fuimos juntos. Nos perdimos. Dos veces. El hombre se enojó un poco, se contrarió: sentía, creo, esa irrealidad de sueño. «Arréglese sola, señora, que no tengo todo el día.» Lo intenté algunas veces más, pero recordé las palabras de Beatriz Bradford. No vas a poder encontrarlo. Él lo marcó. No vas a poder. Me di cuenta con la lucidez de lo irracional de que llegar a la casa de 6 y 43 me estaba vedado. No comprendo por qué. Pasé algunas horas en la esquina: creí que, si me quedaba lo suficiente, vería a alguno de ellos. No fue así y, además, yo no sabía qué aspecto tenían: a quienes les pregunté me señalaron que fuese a la casa de 6 y 43. Uno de ellos me dio el teléfono. Llamé desde el público de la ruta. Dio ocupado al principio. Luego, me atendió un contestador automático. Cuando volví a la esquina, sentí miedo e impotencia y decidí regresar. La próxima, me dije, volvería con un compañero fotógrafo para documentar este derrotero extraño, o para encontrar, finalmente, la esquiva casa.

No pude llegar en ese tercer intento. Fui en tren hasta Villa Elisa. La línea Roca tenía mala fama con justicia: ventanillas sin vidrios, muchos asientos destrozados, robos a repetición en algunas de las estaciones de las localidades empobrecidas y una cantidad inusitada de vendedores ambulantes y artistas callejeros. A la altura de la estación Hudson, en general una de las menos frecuentadas, vi a un mendigo que recorría los vagones. Había siempre tantos mendigos que no hubiese tenido por qué llamarme la atención, pero no pude menos que observarlo. Al hombre le faltaba un brazo. La coincidencia con la falta de brazo de Adela me desconcertó. Traté de tranquilizarme. Había muchos mendigos con amputaciones. Muchos. Nunca ninguno me había dado miedo ni tenía por qué asustarme. La gente con mutilaciones, si es pobre, se inserta muy mal en la sociedad.

El hombre vendía lapiceras. Las anunciaba como las mejores del mercado a un precio insólito. Le compraban: tenía algo amable, simpático, entrador. Mi aversión crecía. Y, cuando se acercó a mi asiento –que yo no compartía: la persona que había estado a mi lado tuvo como destino la estación Pereyra–, el hombre se detuvo. Guardó las lapiceras que ofrecía en un pequeño bolso que cargaba del hombro. Me di cuenta de que estaba bien vestido: una camisa de manga corta de calidad, los pantalones con bordes de cuero o cuerina para evitar la mugre del suelo y asegurar la vida de la prenda, un reloj digital nuevo y el pelo limpio, bien peinado. De cerca, no parecía un vendedor ambulante. Con prótesis, pasaría por un oficinista.

–Todos queremos verlo. Pero no va a poder –dijo.

–¿Qué? –contesté, y la adrenalina me hizo tomarlo del hombro. No quería que se fuera. No se fue.

–No tiene sentido.

Nos miramos a los ojos. Los suyos eran castaños, grandes. Tenía las canas bien peinadas.

–¿A quién? –dije.

–Usted sabe a quién. No va a llegar a él. No puede interferir. Déjelo.

Me miró fijo, pero su rostro no demostraba nada. Era inescrutable. Saltó del tren aún en movimiento, aunque lento, y lo vi alejarse veloz por el andén. Me bajé del tren con la intención del seguirlo. No noté que los cordones de una de mis zapatillas se habían desatado. Y lentamente caí entre el andén y el vagón, en ese espacio terrible tan cercano a los rieles y las ruedas del tren. El olor del metal caliente me inundó la boca: yo grité y mi grito se escuchó a pesar del chirrido. No es verdad que, cuando se está cerca de la muerte, se ve pasar la vida. Lo único que se siente es un miedo atroz y pena, pena por lo que quedó por hacer, por los hijos, por la propia estupidez, por el desperdicio, pero, sobre todo, miedo.

El tren se detuvo justo antes de lastimarme. A menos de un centímetro. El jefe de estación llamó a una ambulancia y me sacaron de la trampa. Estaba convencida de que el tren volvería a arrancar, pero no quería moverme por si el más leve roce acercaba la rueda de metal a mi vientre. Cuando lograron sacarme, y digo lograron porque insólitamente me resistí, me quedé sentada en el andén, llorando, mientras los médicos me revisaban. Ilesa aunque muy asustada, juré que iba a abandonar esta investigación que había empezado junto a un pozo de huesos.

No sé quién era el hombre del tren. Pensé en hacer una denuncia, pero ¿qué diría? Pude haberlo alucinado. Me pregunto si la imposibilidad de hallar la casa y el encuentro con este hombre no son parte de la misma alucinación, o si, en cambio, se trata de un plan con reglas que no conozco. Apenas puedo salir de mi casa sin mirar sobre mi hombro. Temo incluso que el hombre sin brazo se lleve a mi hija, que tiene la edad de Adela cuando desapareció. Pongo punto final a esta crónica con dudas sobre su publicación.

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