Nuestra parte de noche
Las flores negras que crecen en el cielo, 1987-1997
Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.
One need not be a Chamber –to be Haunted
EMILY DICKINSON
OceanofPDF.com
Luis Peterson se mudó a una quinta descuidada que había comprado barata con el dinero ahorrado en Brasil; una casa en Villa Elisa, cerca de La Plata, que se venía abajo, pero era hermosa y Luis quería recuperarla, así que se puso a trabajar con obsesión en la reconstrucción de la casa y en la reconstrucción de Gaspar.
El chico estaba enojado y, cuando no estaba enojado, estaba deprimido, con una depresión adulta que lo derrumbaba en la cama. No podía ir al colegio. Apenas comía, merendaba bocados, dándole muchas vueltas a un sándwich de jamón crudo (solamente quería comer eso: jamón crudo y queso en pan francés), y lloraba lágrimas pesadas que dejaban pequeños charcos en la mesa de madera, como las primeras gotas espesas de una lluvia de verano.
El tratamiento con la primera psicóloga había sido un desastre. Ella recomendó un psiquiatra; le dijo a Luis que, creía, Gaspar sufría esquizofrenia. Fueron al psiquiatra, que confirmó el diagnóstico y recetó pastillas. Gaspar las tomaba a veces; a veces las vomitaba. Los dolores de cabeza lo hacían retorcerse en la cama. Se peleaba con el psiquiatra y le gritaba a Luis que no quería verlo más, que lo iban a internar, que era obvio que querían deshacerse de él. ¿Por qué dicen que no distingo lo que es real?, le gritó una noche, en la cocina, con hielo envuelto en un pañuelo apoyado en la sien para mitigar la migraña. El psiquiatra había combinado una entrevista con los peritos de los Tribunales que apenas examinaron a Gaspar aceptaron su diagnóstico sin más: la entrevista había durado cinco minutos. Mientras siguiera diciendo que el interior de la casa era diferente al exterior, no había demasiadas posibilidades de una segunda opinión. No pasaba lo mismo con los otros chicos y Luis adivinaba por qué: Gaspar era el que venía de una familia extraña, el hijo del viudo, el chico que se criaba solo. El chico raro. Los otros, le había dicho la jueza, solo le siguieron la corriente.
La tarde que Luis le encontró a Gaspar un cuchillo debajo del colchón casi estuvo de acuerdo con los médicos y tuvo miedo. Pero lo llamó, puso el cuchillo en la mesa, entre ambos, y le preguntó para qué lo escondía. Gaspar suspiró, pero no lloró. Para matarme, le dijo. Estaba pensando si es mejor clavarlo en el cuello, y se señaló la yugular, o acá en el pecho. Pero me parece más difícil por el hueso. Luis no lo conocía tanto, pero se dio cuenta de que no mentía, de que no pretendía usar el cuchillo para atacarlo a él o a alguien más. Esa misma tarde, después de esconder el cuchillo, decidió hablar con Julieta, la mujer que había conocido recién llegado de Brasil, una amante joven y sorpresiva, que estaba rodeada de amigas psicólogas. Hacía meses que no la veía, desde que había tenido que mudarse a casa de Juan. Ella lo entendería, pensó. Dejó a Gaspar con el Negro Sánchez, un compañero de militancia de los setenta, exdelegado, como él, que había sido uno de sus mejores amigos antes del exilio y que ahora vivía cerca; él lo había ayudado a encontrar esa casa barata. Luis confiaba en el Negro Sánchez más que en cualquier otra persona del mundo.
En un bar de La Plata le contó todo a Julieta. Que el juez le había dado la tenencia de Gaspar: ahora era técnicamente su hijo. Le contó sobre el cuchillo debajo de la cama y cómo Gaspar le había dicho que quería morirse, que no quería vivir si estaba loco. Le habían diagnosticado esquizofrenia. Él insiste con que no está loco. Me dijeron que es normal que lo niegue, que no distingue la realidad de sus propias alucinaciones. Pero no sé por qué, Julieta, yo le creo a él. Ya sé que es un disparate, es una criatura, cómo va a tener más razón que los médicos. Pasa que es muy racional. Habla como un viejo.
Le contó lo que sabía de los últimos años de su hermano. Le contó sobre la muerte de Rosario, sobre el psiquiatra y sobre cómo Gaspar no podía ir a la escuela porque las pastillas le daban dolor de cabeza y un cansancio brutal y ahí estaba, a los trece años, sin hacer nada en todo el día, pensando en sí mismo, dándose la cabeza contra la pared cuando no soportaba más la culpa por su amiga Adela; es obsceno, le dijo Luis a Julieta, es un espectáculo obsceno en un chico de esa edad.
Qué querés que haga, dijo ella.
Quiero que lo conozcas y que me ayudes a buscar una profesional que le sirva, no este hijo de puta que nomás lo quiere medicar, internar, no sé qué carajo.
Vamos ahora, dijo ella, llevame. Cenemos todos juntos. Una cosa normal. No entiendo cómo lo dejaste con el Negro. El Negro es lo más leal del mundo, dijo Luis. Seguro, pero no sabe cómo cuidar a un chico con problemas. Nadie sabe, dijo Luis.
En el camino, hablaron de política, para relajarse; por eso se habían conocido, él había evitado hablar de su situación familiar en los primeros encuentros. Luis todavía estaba amargado porque Menem había ganado la interna. Alfonsín va a adelantar las elecciones, dijo ella, y Menem va a ser presidente: te lo vas a tener que bancar. Ella había apoyado al gobernador riojano en la interna. Lo que nos vamos a tener que bancar es el desastre estos meses; por suerte, tengo dólares y Gaspar recibe una mensualidad, también en dólares.
La casa de Villa Elisa, con sus tejas rojas y las paredes blancas, parecía y estaba bastante arruinada. La recuperación iba a tardar mucho tiempo si la economía no mejoraba, pero Luis había podido arreglar la cocina. La habitación de Gaspar estaba bien, aunque el piso de parquet necesitaba un recambio o meses de cera y pulido. Lo más difícil era la humedad, las filtraciones, pero por ahora no podía pagarlo y tenía que conformarse. Después de un muy buen contrato, gracias al que se había comprado la casa, no había vuelto a conseguir trabajo. Le quedaban algunos ahorros y por fin había logrado terminar el engorroso trámite de separar su dinero del de su expareja, en Brasil. Conseguir un trabajo, en marzo de 1987, parecía una locura. Lo mismo que conseguir una buena psicóloga. Todo el mundo estaba asustado, empobrecido, preocupado por nadie más que por sí mismo.
Gaspar y el Negro Sánchez estaban en la cocina, amasando pizzas. Luis sintió un alivio visible –relajó los hombros, aflojó los dedos de la mano izquierda que siempre apretaba inconscientemente en un puño– cuando vio que Gaspar espolvoreaba harina y levantaba la cabeza al verlo llegar. Era apenas una ráfaga de normalidad, eso él ya lo sabía; pero eran ráfagas tan limpias, tan frescas que lo hacían ilusionarse con ver a Gaspar saludable o sufriendo un poco menos.
El Negro Sánchez saludó a Julieta y los miró con curiosidad; Luis le hizo un gesto con la cabeza que podía significar tené paciencia o callate la boca. Salió con Julieta al jardín, para mostrarle los progresos. Era un jardinero aficionado, y muy bueno.
Son todos lindos en esta familia, dijo ella. Ese pendejo es de cuento de hadas.
Le agarró la cara con las manos a Luis y lo besó, pero no dijo nada más.
Él se dio cuenta, sin embargo, de que ella no estaba enojada, que ahora entendía por qué había tenido que dejar de verla todo ese tiempo, entendía que los quilombos lo habían desbordado. Comieron pizza en la cocina: era marzo, pero ya hacía un poco de frío. Gaspar logró tragar una porción y media –Luis las contaba obsesivamente– y preguntó mucho, de esa forma directa, un poco brutal, que usaba a veces y que se alternaba con los períodos de mutismo.
–¿Vos sos la novia de mi tío?
–Hace un tiempo que no nos vemos.
–¿Y qué pasó? ¿Fue culpa mía?
–Vos no tenés la culpa de nada, Gaspar, por favor –dijo Luis.
–Es normal que ella no quiera estar con vos ahora que estás a cargo de mí.
–Yo no sabía mucho cómo era la historia con vos –le explicó Julieta, sonriente–. Tu tío me dejó antes de explicarme. Quedate tranquilo, los varones no saben administrar dos crisis al mismo tiempo.
–¿De qué trabajás? ¿Trabajás?
–Soy abogada. Pero no soy hija de puta.
–La mayoría de los abogados son hijos de puta, ¿no?
–Lamentablemente.
Después Gaspar encendió el televisor y dejó de prestarles atención. Julieta intentó otra conversación pero ya las respuestas eran telegráficas.
–¿Qué estás mirando?
–Nada.
–¿Te gusta la tele?
–No me gusta nada.
–A todo el mundo le gusta algo.
–A mí no.
–Dale, algo te tiene que gustar. Decime o no te dejo tranquilo.
Gaspar la miró y Julieta pensó que, en unos años, si el estirón y la adolescencia no lo deformaban demasiado, esa mirada iba a enloquecer a las mujeres, o a los hombres si el chico prefería hombres. O a quien fuera.
–Me gusta nadar. Correr también, jugar al fútbol.
–¿Sabe tu tío?
–No sé si le dije. Creo que no.
–¿Y por qué no nadás, si te gusta? En este barrio hay varios clubes con pileta.
–Porque estoy cansado todo el día.
Y con eso dio por terminada la charla y subió el volumen del televisor. Julieta fue hasta la cocina, para ayudar. Esa noche se quedó a dormir con Luis, que se levantaba varias veces por noche para fumar en el patio y, cuando volvía a su habitación, siempre se detenía unos segundos frente a la de Gaspar.
Costó mucho convencer a Gaspar de ir a otra psiquiatra. Según la recomendación de Julieta, esta era especialista en chicos con muchos problemas –especialista en psicóticos, pero esa palabra no se mencionaba–, era hermana de un pediatra famoso en La Plata, una mujer de izquierda, muy gorila, muy dulce. Luis fue a conocerla antes de pedir una entrevista para su sobrino: le gustó todo, la casa con sus escaleras de madera, los adornos sobrios sobre las mesas –artesanías, fotos familiares–, los gatos que apenas abrían los ojos cuando detectaban movimiento y sobre todo le gustó ella, bajita y algo encorvada, una mujer de más de sesenta años que lo abrazó como si lo conociera y pareció entenderlo de inmediato: no hizo falta que le contara las semanas de resaca del primer y fallido tratamiento, Gaspar gritando que veía a Adela por los rincones de la casa o al padre a su lado, en la cama. Así se despertaba el chico, abría los ojos y veía a su padre acostado, la cabeza en la misma almohada, a veces lo veía muerto, a veces vivo, pero siempre lo primero que pasaba cuando empezaba el día eran esos gritos y en ocasiones horas inmóvil en la cama con los ojos abiertos y las pupilas dilatadas. Luis le hablaba y el chico no decía nada, no lo escuchaba, parpadeaba y fruncía el ceño, estaba en otro lado.
–Otro psiquiatra me dijo que las alucinaciones pueden ser comunes después de un trauma.
–Eso lo vamos a evaluar, siga contándome. Haber estado presente cuando su amiga desapareció es una enormidad. ¿Gaspar habla de la muerte?
–Dice que si está loco no tiene sentido vivir.
–Me acaba de contar que le encontró un cuchillo debajo del colchón y que le habló de suicidio.
–Tiene trece años, no sé si tomarlo en serio.
–Los adolescentes se suicidan con frecuencia.
Hablaron también de cómo iniciar un tratamiento y abandonar al otro psiquiatra. Déjeme a mí, lo conozco, nos conocemos todos en esta profesión. Es para el bien de Gaspar que su médico esté cerca de donde vive y no tenga que viajar a Buenos Aires varias veces por semana. Una mala relación con el médico puede provocar crisis innecesarias. Yo me encargo. No habrá problemas legales, conozco también el sistema, alguna vez trabajé en instituciones.
–¿Y la medicación? Gaspar dice que no le hace nada y se siente peor.
La psiquiatra dudó.
–Vamos a bajar la dosis –dijo–. En una primera entrevista no puedo hacer un diagnóstico, pero sí intentar otra aproximación. Tampoco quiero que lo obligue a venir a las sesiones. Necesita venir, pero usted actúe como si no lo estuviera obligando. Insista. Que él sienta que se preocupa. Insista todos los días.
Insistió tanto que quedó agotado: por el llanto de Gaspar, por la violencia de sus gritos. Eso no había sido lo peor, ni tampoco la horrible flacura de Gaspar, que, pensaba Luis, si no fuese porque el país era un infierno de cortes de luz, protestas, hiperinflación y adelanto de elecciones, y porque nadie del juzgado los visitaba, (¿estarían de huelga?), hubiese ameritado la intervención urgente de una asistente social. Lo peor había sido esa tarde cuando, después de una discusión extraña, casi silenciosa, Gaspar quiso volver a su habitación –como hacía todos los días, pasaba demasiado tiempo acostado, en la cama o en el sillón del living– y se quedó en la puerta, inmóvil. Luis vio, desde el pasillo, que al chico se le aflojaban las rodillas y corrió para alcanzarlo antes de que cayera al piso. No se desmayó, pero estaba transpirado a pesar de que la tarde de otoño era bastante fría, y Luis, al abrazarlo, sintió cómo el cuerpo se le sacudía.
–Papá está en la pieza, no entres –le dijo el chico.
Luis lo levantó en brazos. Pesa menos que una silla, pensó, y lo sacó al jardín porque no se le ocurría qué otra cosa hacer; pero no pudo evitar echarle una mirada rápida a la habitación, por la puerta que había quedado abierta, y creyó ver la estatura intimidante, inconfundible, de su hermano menor, un reflejo de pelo rubio y los hombros anchos, los dedos larguísimos de la mano, los brazos colgando a los costados del cuerpo. Acunó al chico sentado en el banco del jardín, asustado. Vas a estar bien, le repetía, vas a estar bien, hasta que el chico lo interrumpió, inesperadamente:
–No mientas más.
–Vas a estar bien, Gaspar, yo te voy a ayudar.
–Era él. Prefiero que venga él. Adela viene a la noche. Me saluda con la mano. Le comieron la cara.
–No hay nadie en la casa, estamos solamente nosotros dos.
El silencio afirmó lo que decía. Lejos, se escuchaba que algún vecino cortaba el pasto. También el murmullo de un televisor, algunos pájaros. Todavía había sol. Era un día hermoso. Las rosas amarillas se movían apenas, por el viento: Luis había logrado revivir el rosal del patio. Que Gaspar no pudiera disfrutar de esa tarde le parecía a Luis una injusticia. Y se lo dijo. Le contó de la escuela a la que pensaba mandarlo, de cómo se imaginaba que arreglaban la casa y el jardín juntos, de las ganas que tenía de empezar a trabajar y de un club que quedaba ahí cerca donde podía hacer deportes de vuelta, si quería. No sabía si el chico podía oírlo, tampoco supo cuándo se quedó dormido, pero finalmente lo llevó al sillón del living y esperó, sentado, en silencio, hasta que se durmió también y soñó con pasillos y rejas y el mar. Cuando se despertó, Gaspar lo estaba mirando, en la semioscuridad; las luces del jardín estaban encendidas, la casa estaba llena de sombras.
–¿No estás incómodo ahí?
–Mañana me va a doler todo.
Gaspar se sentó, con la manta sobre los hombros.
–¿Esa doctora atiende mañana? –preguntó.
Luis se dio cuenta de lo mucho que quería a su sobrino cuando lo vio entrar en el consultorio de Isabel, la psiquiatra; antes de que se cerrara la puerta, lo miró y Luis le hizo un saludo tonto con la mano, que Gaspar no respondió. Nunca se había sentido tan desamparado, ni cuando tuvo que exiliarse ni cuando en su casa de Brasil se enteraba de las detenciones y asesinatos de sus compañeros y sus amigos. Todo eso había sido monstruoso, pero la mirada de Gaspar había sido peor. Había imaginado varias noches que lo encontraba muerto en la bañadera, había tenido sueños donde aparecía cubierto de sangre y otros donde sencillamente moría dormido.
Gaspar salió con el brazo de la psiquiatra sobre los hombros. Habían estado mucho tiempo en la consulta, casi dos horas.
–¿Nos vemos el viernes? Con Gaspar decidimos que tenemos que vernos dos veces por semana. Si hace falta, a lo mejor agregamos una tercera vez.
Luis esperó que la psiquiatra lo invitara a pasar, pero ella los saludó a los dos con un beso y dijo me pagan la próxima.
Y eso fue todo.
En el auto, Gaspar dijo solamente: me parece que esta es mejor que el otro.
Su mamá finalmente la había dejado llamar a la casa donde ahora vivía Gaspar con su tío. ¿Por qué se lo había llevado así, sin avisar? Gaspar tiene problemas, hija. ¿Qué? Todos tenemos problemas. Adela desapareció o la mataron, qué sé yo, en la casa maldita embrujada, y ahora a Gaspar también se lo llevaron.
Y Victoria lloraba y no podía dormir y su mamá se comunicó con el tío de Gaspar y le contó la situación y él le contó la suya y se quedaron hablando.
–El tío me prometió que vamos a quedar en contacto. Yo lo llamo una vez por semana. No hay problema. Gaspar está en tratamiento.
–En tratamiento de qué.
–Vicky, vos también vas al psicólogo, es lo mismo.
–No es lo mismo si no lo puedo ver.
–Gaspar está peor que vos.
–No está loco.
–Ya se van a ver, pero tiene que estar mejor.
–¿Por qué piensan que le voy a hacer mal?
Y su mamá la abrazaba, pero no le explicaba más que eso. Y Vicky veía a Adela por lo menos una vez por semana, pero de reojo, como una sombra justo a su espalda, y cuando se daba vuelta, no había nadie. Se lo contó a Pablo y él, después de escucharla en el fresco living de su casa, que a Victoria le parecía tan silencioso, fue hasta la biblioteca, sacó un libro corto de tapas verdes y le leyó: «El Hidebehind siempre está detrás de algo. Por más vueltas que diera un hombre, siempre lo tenía detrás y por eso nadie lo ha visto, aunque ha matado y devorado a muchos leñadores.»
–¿Por qué carajo me leés eso?
–Me hizo acordar. Es de Borges.
Le mostró la tapa del libro.
–¿Es un cuento?
–No, no es un cuento, es una leyenda. Una leyenda de Estados Unidos, acá dice.
–Pablo, sos un mogólico. Te vengo a contar lo que me pasa y me salís con Borges y la concha de su madre.
Se fue enojada ignorando las disculpas de Pablo y pensando que él también estaba reloco. Pensando que Gaspar sí la entendería. Cómo le voy a hacer mal yo, explicame, le preguntó después a su madre. Soy la mejor amiga. Dame el teléfono, no seas hija de puta.
–Me volvés a putear y te reviento.
–Siempre me decís lo mismo, la misma mierda, te reviento, qué me vas a reventar. ¡Dame el teléfono!
–¿Se puede hablar sin puteadas en esta casa? –dijo el padre de Victoria, que se había asomado desde la cocina, con una taza de café y el diario bajo el brazo.
–Hugo, no te metas.
Él cerró la cocina de un portazo.
–Te doy el teléfono, pero Luis no te va a pasar con Gaspar. Podés hablar con él.
Le arrancó el papel con el número de la mano a su madre y llamó: le temblaban los dedos, le costaba marcar en el teléfono nuevo. Luis fue muy amable con ella y le explicó que Gaspar estaba enfermo, que necesitaba tiempo.
–Tiempo para qué.
–Para recuperarse.
–Yo a usted nunca lo vi con Gaspar. Con su hermano hecho un loco y reenfermo él siempre estaba solo. Pablo y yo lo íbamos a buscar. ¿Usted qué? ¿Quién se cree que es? Usted no sé qué hacía. Nosotros somos amigos. Yo lo extraño, él me tiene que extrañar.
Silencio del otro lado. Viejo choto, pensó Victoria.
–Tenés razón.
Mirá vos, pensó Victoria.
–Pero ahora es mi responsabilidad. Yo lo estoy cuidando y la psicóloga que lo atiende dice que por ahora, para cuidarlo, lo mejor es que esté alejado, no de ustedes, de todo lo que le recuerde lo que pasó.
–Usted es un forro.
–Nena, dale tiempo. Va a estar mejor.
Victoria le cortó y se metió en la pieza. Al otro día tenía que volver al colegio, cómo iba a hacer no sabía, era la secundaria, era distinto, por suerte ya no era de monjas, iba ir a un colegio normal, donde no conocía a nadie, aunque algunos iban a saber que ella era la chica de la casa de Adela y, con que lo supiera uno, se enteraban todos. Llamó a Pablo. Te perdono y venite para acá, pero no me salgas con boludeces para asustarme, que ya estoy reasustada. ¿Vos no estás asustado, qué te pasa?
Voy y te cuento, dijo Pablo.
Lo que tenía para contarle era tan sencillo y tan horrible que Victoria tuvo ganas de llamar a su mamá y pedirle que solucionara algo; ella, que era adulta, tenía que poder cambiar y mejorar las cosas. Pablo le contó algo que le había pasado solamente dos veces, pero ahora no se movía de su pieza hasta que no volvía el sol. Si tenía que mear, se aguantaba; se había traído un balde por las dudas. Salir de noche, nunca más. Había ido a hacer pis, algo normal. En el pasillo antes de llegar al baño lo habían agarrado de la mano. No una agarrada amable; había sido un tirón fuerte, casi había perdido el equilibrio y la mano estaba caliente y seca, como con fiebre. Gritó pensando que había alguien en serio, la casa estaba totalmente oscura, podía haberse metido un ladrón. Su padre se levantó, mandó a Pablo a la pieza, revisó, su madre gritaba no te hagas el macho, pensá en el bebé y así, hasta quería llamar a la policía, pero al final su padre se negó. Dijo que no quería hacer un papelón. Dijo que Pablo había tenido miedo en la oscuridad. Y mandó a todo el mundo a dormir.
Le había pasado de vuelta, pocas noches después. Quería aguantar el pis hasta la mañana, pero llegó un momento en que resultó imposible y se levantó. Decidió encender la luz. La mano lo había agarrado cuando él tanteaba en la oscuridad, cuando caminaba a oscuras con los brazos extendidos para no tirar algo. Esta segunda vez, la mano lo había agarrado del hombro: estaba detrás, en la oscuridad del living. Y lo había tirado al piso. No pudo ver nada. No había nada o la mano se escapaba muy rápido. Él también se escapó a la habitación y desde entonces no salía de noche. Tenía el balde si lo necesitaba. Quería mudarse.
–Te mato si te vas –le dijo Victoria–. ¿No le avisaste a tu papá?
–No. Es la misma mano de cuando pasó lo de Adela. En la casa me tocaron, por atrás.
–Sí, me contaste.
–Es igual, se siente igual. Y no le voy a decir nada a mi papá, cada vez que le cuento que tengo miedo me trata de marica. Tiene razón, además. No por el miedo.
Victoria se quedó callada. Era la primera vez que Pablo se lo decía.
–¿Se lo contaste a alguien más?
–¿Estás loca? Gaspar sabe, se dio cuenta. Igual a él no le importa.
–A él le parece normal –dijo Victoria.
–Lo reextraño, tengo miedo de que le pase algo.
–¿Te gusta él?
–Obvio, Vicky.
Ella suspiró y dijo: escuchame una cosa. Tenemos que armar un plan para que no te digan marica en el colegio, porque te van a gastar y vos no te sabés pelear. Después pensamos.
Esa noche durmieron juntos, abrazados, en la cama de una plaza de Victoria, y antes de dormir se pincharon el dedo con agujas y mezclaron la sangre y prometieron que no se iban a separar nunca. Después, para dormir sin sueños, se tomaron las pastillas que Victoria robaba todas las semanas de la farmacia de su padre.
Gaspar iba puntualmente a sus citas y casi nunca parecía enojado con Isabel. Ahora era Isabel, no «la doctora» ni «la psiquiatra», nomás Isabel. De a poco le había quitado la medicación antipsicótica y había dejado apenas ansiolíticos y antidepresivos que lo ayudaban a comer. Pero seguía teniendo esas ausencias durante las que quedaba paralizado, con las pupilas dilatadas, despatarrado en la cama, sordo, sin respuesta cuando lo tocaban.
Luis había tenido una entrevista con la psiquiatra. Ella le había dicho que creía que Gaspar había sido mal diagnosticado. Luis sintió que el alivio le despejaba la frente. Las ausencias que Gaspar sufre, le dijo, son escenas retrospectivas: experimenta el trauma de vuelta con las mismas sensaciones y emociones. Es estrés postraumático, las escenas retrospectivas y los ataques de ansiedad son síntomas obvios. Quiero que vuelva a consultar a un neurólogo por si se trata, además, de un caso de epilepsia.
–No tiene convulsiones. Que yo haya visto.
–No todas las epilepsias son con crisis tonicoclónicas, con convulsiones. Hay algunas con ausencias: usted las describió, Gaspar no las recuerda. Hay episodios que se parecen a terrores nocturnos. La epilepsia también puede estar acompañada de alucinaciones visuales complejas. En general, las alucinaciones son muy sencillas, pero podemos estar ante una excepción.
–¿Se cura? –quiso saber Luis.
–Se trata –dijo ella–. Gaspar me habló de un accidente y un golpe en la cabeza. Tuvo amnesia, cuenta. Le hicieron estudios y los mandé a pedir. Tengo un buen amigo neurólogo, con quien suelo trabajar. Me extrañó que no hubiesen pedido antes estos estudios pero Gaspar no les habló del choque ni de su pérdida de memoria a los otros médicos, y asumo que a usted tampoco. Lo entiendo, no tiene por qué saber. Algunas epilepsias son consecuencia de lesiones. Es cierto que no parece haber signos en los estudios que le hicieron hasta ahora, pero, insisto, algunas epilepsias son difíciles de diagnosticar y son todas distintas.
–Yo no sé lo que pasaba con mi hermano. Gaspar me contó muy poco, me habló de un accidente de auto, pero le dio poca importancia.
–Lo que tenga que saber, se lo contará él. Lo que él me cuenta a mí, lo que pasa entre nosotros dos, es secreto profesional. Yo no considero, todavía, que haya algo que usted deba saber por mí. Cuando se recuerda el pasado, los recuerdos autobiográficos son verbalmente accesibles, eso quiere decir que uno puede contarlos. En el trauma, están aislados y no se puede acceder a ellos voluntariamente, por eso Gaspar los revive en pesadillas y en escenas retrospectivas. No es solo la desaparición de su amiga. La muerte de su padre lo desestructuró: eran muy cercanos. Mi trabajo es tratar de que algunos de esos recuerdos se vuelvan biográficos, que los integre, que los pueda contar.
–¿Y eso es posible?
–A veces no. Veo pacientes con años de maltrato que apenas sufren una depresión leve. Otros se derrumban. Gaspar estuvo muy vulnerable. Pero lo vamos a intentar.
Y le dio tres indicaciones: una rutina –las cuatro comidas, horarios, paseos, cine–, control de la medicación y deporte. Luis quiso saber si podía volver a ver a sus amigos: los chicos habían llamado para preguntar. Todavía no, dijo la psiquiatra. No podemos arriesgarnos a que sean un disparador. Cuando él pida verlos lo tendremos en cuenta.
–Le gusta leer.
–También, entonces. Hágalo socio de una biblioteca. Así sale de la casa y tiene el compromiso de devolver los libros. Necesito que establezca lazos, que tenga responsabilidades sencillas.
Toda la semana anterior habían visto, por televisión, a los carapintadas tomar Campo de Mayo. Un intento de golpe de Estado, pero esta vez la gente había salido a la calle a defender al gobierno democrático. Luis quería ir a la movilización, pero prefirió quedarse con Gaspar. El Negro Sánchez y Julieta sí fueron a Buenos Aires y se quedaron en la Plaza hasta que Alfonsín salió al balcón y dijo «felices pascuas», el saludo que dio por terminado el copamiento del cuartel. Gaspar le había dicho: con esto de mi locura, ni nos dimos cuenta de que el país se estaba yendo a la mierda. En vez de angustiarlo, a Luis el chiste le había dado esperanzas. Cuando Carlos Menem ganó las elecciones en medio de un desastre que apenas reverberaba en la casa de Villa Elisa, hubo fuegos artificiales en una unidad básica de la otra cuadra y Luis llevó a Gaspar. Se encontró con un conocido que le habló maravillas del nuevo presidente. Gaspar tomó una Coca-Cola y Luis lo perdió de vista. Cuando volvió, estaba comiendo un choripán.
–Un milagro peronista que tengas hambre.
–Está riquísimo –dijo Gaspar con la boca llena. Esa noche comió un choripán y medio, más de lo que había comido en toda la semana. En dos meses, Luis notó que los flashbacks, esas ausencias aterradoras, ya no tenían una frecuencia tan implacable. Para fin de año, ocurrían tan de vez en cuando que hasta Gaspar se animó a decirlo en voz alta, durante el desayuno: ahora tengo miedo a que me agarre un episodio porque me agarran mucho menos, ¿no? Los llamó así, «episodios», seguramente un término tomado de la terapia. Luis empezó a invitar a gente a su casa, amigos suyos, amigos de Julieta. Se quedaban hasta tarde, hablaban de política, tomaban cerveza y fumaban. Gaspar desconfiaba, a quiénes vas a traer, le preguntaba. Finalmente lo aceptó. Y cuando pudo confiar, se quedaba con ellos, comía pizza, preguntaba con curiosidad. Para fin de año, Gaspar comía casi normalmente, tanto que hasta pedía distintos gustos de pizza y reclamaba la presencia de Julieta para que no se quemaran las salsas y basta de tarta de zapallitos, es un asco. También aceptó ir al neurólogo. Cuando Luis miraba el noticiero o los programas políticos y le gritaba al televisor, Gaspar le decía tío, no te enloquezcas que no te escuchan, y los dos se reían. Quiso anotarse en el club para nadar y correr; recién entonces Luis se enteró de que Gaspar jugaba mal al fútbol, y no le quiso creer hasta que armaron un picado improvisado y terminaron riéndose en el piso, agarrándose la panza, porque los dos eran igual de torpes.
–Y de qué cuadro sos hincha, boludo, es una falta de respeto cómo te reís de mí.
–No me digas boludo, soy un enfermo mental, me tenés que cuidar. De San Lorenzo.
–Mirá vos. Yo también.
–Papá decía que todos los hombres de la familia eran de San Lorenzo.
–Es cierto, tu abuelo también.
Hicieron un silencio.
–Papá no fue siempre malo conmigo, sabés, tío. Había épocas en que me leía todas las noches. A veces leía yo.
–Qué te leía.
–Poesía. Pero no digas nada que después me tratan de maricón.
–No es de maricón leer poesía.
–Ya sé, pero no estoy para tener ese problema, ya sé que no tiene nada de malo ni la poesía ni ser maricón, él me enseñó todo eso. Bueno, eso quería decir, que no era siempre malo, muchas veces era rebueno.
–Tu papá sufrió mucho y hay gente que se vuelve resentida cuando la pasa tan mal.
Gaspar apoyó un codo en el pasto y la cabeza en la mano para mirar de frente a su tío, que estaba sentado con la piernas cruzadas y la pelota sobre una de las rodillas.
–También. Pero no era eso solo. Yo le cuento a Isabel. Me acuerdo de montones de cosas, pero es como si me hubiese olvidado de algo importante. Me acuerdo muy poco de cuando fuimos juntos solos a Misiones, por ejemplo, a la casa de mis abuelos. Mamá se había muerto recién. Y algo pasó ahí.
–¿Cómo fueron?
–En auto.
–¿Y manejaba él? Qué loco de mierda. Se podrían haber matado. ¿De los abuelos no te acordás?
–Apenas. Pero papá no quería que estuviera con ellos, decía que mamá tampoco. Ellos nunca me buscaron.
–Es cierto eso. Pero puta madre que estuviste solo. Perdón por haberte abandonado, hijo.
–Vos no me abandonaste.
Luis trató de abrazarlo, pero Gaspar extendió el brazo para alejarlo: quería hablar.
–Cuando volvamos a mi casa, tenemos que entrar en la pieza que usaba para sus cosas, ahí vas a ver los libros, aparte quiero traerme algunos, a mí me gusta leer. A veces se encerraba un montón de días, yo no lo podía molestar.
–¿Y quién te daba de comer?
–Yo sé cocinar. Había una señora que nos preparaba comida. Y si no me iba a comer a lo de Pablo o a lo de Vicky o al bar del parque. Papá también se iba. A veces como una semana. No sé adónde, nunca me dijo. Yo lo extraño mucho.
Ahora Gaspar estaba sentado y tenía los ojos llenos de lágrimas. Luis tuvo miedo de que pasara algo, un ataque de ansiedad, un episodio. Gaspar solamente le dijo:
–Me gustaría volver a verlos, a Pablo y a Vicky. Pero no sé si puedo.
–¿Y si esperamos al año que viene?
–Dale. ¿Ellos llamaron alguna vez?
–Papu, ellos llaman muy seguido. Tu amiga Victoria me cagó a puteadas una vez, es bravísima.
Ahora Gaspar sonreía y le había cambiado tanto la cara que Luis no lo reconoció.
–Vos deciles que me esperen, porque me parece que estoy mejor.
–¿Viste? Qué te dije.
Ese fin de año, Luis dejó que Gaspar tomara una copa de champagne. En el verano de 1988 se fueron con Julieta a una casa en Mar del Tuyú: Gaspar acompañó a Luis a pescar. Comió cornalitos, nadó en compañía de su tía y cuando les jugaba carreras a otros chicos en la playa, los dejaba de rodillas o medio muertos. No hizo falta llamar a Isabel ni una vez por alguna crisis. Gaspar le pidió a Julieta algún libro de poesía. Ella se sorprendió y Gaspar sencillamente le dijo que su papá tenía muchos libros, que los dos leían mucho; que quería volver a la casa a buscar libros, su tío nada más le había traído los discos y a él le gustaba la música, sí, pero más le gustaba leer. Una tarde, cuando los hombres dormían la siesta y ellos tomaban mate en la playa, Gaspar le dijo a Julieta que quería saber cosas, que estar enfermo lo había «dejado bruto». Que, cuando estaba con sus amigos, escuchaba música, veía películas. Que los extrañaba.
–Vos nos decís y nosotros gestionamos cuándo se ven. ¿Querés tostadas?
–Quiero con dulce de leche pero con esta arena de mierda se pegotea todo.
–Traje churros. ¿Estás harto de estar entre viejos, Gaspar?
–Harto no. Me parece que tendría que ir a la escuela.
Gaspar empezó la secundaria en un colegio vespertino de La Plata; la exigencia era menor y los profesores, acostumbrados a trabajar con adultos y con alumnos problemáticos, menos estrictos y más comprensivos. Después del primer día, cuando lo fue a buscar en auto, Luis le prometió que ahora él iba a buscar trabajo. Eso va a ser más difícil que mi locura, me parece, le dijo Gaspar. Hay que ser optimista, se rió Luis.
El colegio quedaba frente a una plaza y muchos de los compañeros de Gaspar, más grandes que él la mayoría, llegaban temprano y antes de entrar a clase se sentaban sobre el pasto a fumar marihuana y escuchar música. Los primeros días no le prestaron atención, pero un viernes, cuando les avisaron que entraban una hora más tarde porque la profesora de historia tenía que faltar, lo invitaron a una cerveza. Gaspar aceptó, pero solamente tomó un par de sorbos y dijo que no al porro. Ni se te ocurra chupar o drogarte, le había dicho su tío hacía poco, mientras juntos trataban de arreglar la puerta del baño, que cerraba mal. Vos sabés que no es una cuestión de moralina, me importa tres carajos, yo no soy ningún santo, pero estás tomando pastillas. Y el año pasado fue bravísimo. Por ahora iba a hacerle caso. Los otros no se burlaron, no dijeron nada. Quisieron saber por qué iba a «la nocturna». Gaspar les mintió a medias, diciendo que había estado recuperándose de un accidente casi todo el año anterior. La cicatriz del brazo, que era grande y muy evidente, lo ayudaba en la mentira.
Había hablado mucho con Isabel sobre cómo hacer si lo reconocían. Si alguien se daba cuenta de que era uno de los chicos de la Casa de Adela. Ella le había dicho que, si le preguntaban, no tenía por qué contestar. Que podía decir: no hablo de eso. A él no le resultaba tan sencillo negarse de plano a hablar, pero tenía una ventaja: la gente no conocía su cara. Las cámaras, cuando vinieron al barrio, no lo habían filmado: él había estado casi todo el tiempo en la clínica, acompañando a su padre. Sí se conocían las de Victoria, Pablo, Betty. Y la de Adela gracias a las fotos que se mostraban durante la búsqueda inútil. La gente sabía que él existía, sabía su nombre, pero no lo habían visto y los nombres no resonaban de la misma manera.
Además, pasaban otras cosas. Los saqueos a supermercados, la gente que en las villas era tan pobre que comía gatos, un camión de vacas que había chocado y algunos vecinos, sin vergüenza alguna, habían faenado los animales para recuperar los asados perdidos. La casa de Adela era una noticia vieja. No para él, que cada vez que soñaba con ella se despertaba a vomitar y vomitaba toda la noche, noches enteras en el baño, su tío le traía la almohada y se sentaba al lado de la bañera, esperando a que se le pasara. Al menos ya no la veía despierto.
No podía hablar de eso con sus compañeros.
Tampoco hizo falta. Los chicos de la plaza lo trataban bien y siempre lo invitaban a jugar al fútbol. Gaspar les decía que él era horrible, que nadie lo iba a querer en el equipo. Pero, si querían, iba. Es nomás en una canchita de acá cerca, hay varios troncos, dijo el dueño del grabador. Fue; como solía pasar, jugó muy mal pero se la pasó muy bien y se divirtió con los chistes de sus compañeros. La canchita quedaba cerca del colegio y de un club de rugby que tenía pileta y una pista de atletismo. Gaspar se hizo socio para volver a correr y a nadar. Se llevaba bien con la gente que iba al club. Corría o nadaba todos los días, si podía, si no llovía; muchas veces, después de clase, antes de cenar, solo, acompañado nada más que por la luz del buffet del club y el dueño del bar, que escuchaba música detrás de la barra. En el club, tarde, fumaba algunos cigarrillos sentado en el pasto; cuando corría, dejaba el atado a un costado de la pista, con las llaves, la botella de agua y el buzo que se ponía sobre la transpiración. Su tío y Julieta no sabían que fumaba. Isabel sí: lo dejaba fumar en la sesión, pero nunca más de dos cigarrillos.
Cuando se hacía de noche fumaba en silencio y solía mirar las luciérnagas, que se asomaban entre los eucaliptos y sobre el camino de tierra que llevaba a las piletas y las canchas de tenis y de rugby. Eran más lindas cuando todavía había un poco de luz: al atardecer parecían chispas desprendidas del sol. Pero, ya de noche, Gaspar no sabía bien si le gustaban o no: lo hacían pensar en ojos que parpadeaban y de pronto no estaban más o se le acercaban demasiado. Y sin embargo eran hermosas, mezcladas entre los pastos altos y los troncos.
La casa de Villa Elisa era tan diferente a la casa que había compartido con su padre que Gaspar la sentía profundamente ajena al mismo tiempo que la disfrutaba y la quería como si las paredes fueran una persona cuidadosa que siempre pensaba antes de hablar. Y nunca estaba en silencio: su tío solía tener la radio encendida y, si no, cuando Julieta se quedaba varios días –cada vez estaban más cerca de vivir juntos–, ella escuchaba música en un minicomponente que había traído o subía el volumen de la tele, decía que la acompañaba. Los dos se levantaban temprano, incluso cuando trasnochaban –y trasnochaban seguido, las botellas de vino vacías quedaban como adornos de vidrio verde sobre la mesa del patio y la cocina–, y abrían las persianas para que entrara el sol. Al principio a Gaspar le molestaba la luz, pero, cuando se acostumbró, desayunaba afuera, en la mesa del patio, salvo que hiciese mucho frío.
No había nada en la casa, además. Nada peligroso, nada malo. La casa estaba limpia. Lo que veía, las apariciones de su padre o Adela, eran cosa suya: no del lugar. Las iba a llevar donde fuese. Desde que su padre lo había lastimado, la cicatriz le servía como una especie de alarma: palpitaba y le ardía cuando pasaba cerca de ciertas casas, algunas que por su aspecto tenían un aire amenazante, otras perfectamente inocentes. Gaspar entendía que le indicaba dónde no debía entrar, dónde había otros lugares como el que se había tragado a Adela. Eso tampoco podía compartirlo con nadie. Solo podía contárselo a Vicky y a Pablo, pero todavía no se animaba a verlos.
Esa sensación y el inexplicable horror que le causaban ciertos lugares podía ser atribuido a lo que fuese que se disputaban médicos y psiquiatras: secuelas del trauma, una epilepsia derivada del accidente, algún tipo de trastorno mental. Gaspar fingía ignorancia, pero los escuchaba hablar. Y pensaba que a lo mejor alguno tenía razón. Adela casi se había ido, pero todavía aparecía en el rincón de su habitación y lo miraba acusándolo. Yo te quería, le decía sin mover los labios, y me traicionaste. Sin embargo, podía vivir con esas sensaciones y con la culpa. Mientras existiera la casa de Villa Elisa, su tío peleándose con la radio por la mañana, el Negro Sánchez ensayando distintos tipos de pizza y Julieta consiguiéndole libros de poesía, podía confiar en que algún día volvería a ver a sus amigos. Y, si algún recuerdo imposible lo dejaba mudo y paralizado, ya sabía que también era posible salir de la inmovilidad y sentarse al sol con el chocolate que su tío siempre le guardaba en la heladera.
El jardín del fondo de la casa de Villa Elisa había sido lo primero en mejorar, y Luis lo había hecho solo porque era lo único que había mencionado Gaspar. Sin demasiado entusiasmo, no fue un pedido, no pedía nada aquellos primeros días, le dijo que sería lindo tener un jardín. Luis, sorprendido, recordó las postales que le había enviado su hermano cuando estuvo en Londres para operarse y recibir un tratamiento de mayor calidad. Siempre le mencionaba jardines y flores y el verde inglés; le mandaba fotos de jardines escondidos y antiguos, de parques públicos, también de edificios y castillos e iglesias. A él le parecían postales muy raras para un chico que, aunque con limitaciones físicas, estaba viviendo y pasándola bien en una de las capitales del mundo. Decidió no mostrarle las postales a Gaspar, no todavía, pero de a poco levantó el cemento, las baldosas, compró tierra, césped, desempolvó algunas ideas de un curso de paisajismo que había tomado en Río y pasó tardes en el vivero eligiendo plantas ya crecidas. Pensó en agregar una pileta, pero no le alcanzaba el dinero. Con una Pelopincho era suficiente. Además, prefería que Gaspar fuese a la pileta del club: era mejor que saliese de la casa, era también lo que indicaba la psicóloga. Los dos se entretenían arreglando el jardín. Gaspar era muy bueno para seguir instrucciones y le gustaban los trabajos repetitivos. Luis creía que lo ayudaban a darse cierto orden y lo entendía porque a él le pasaba lo mismo.
Con la mejora de Gaspar llegaron los ajustes. Luis trataba de hacerle entender que, si quería dinero, tenía que pedírselo, pero Gaspar apenas tomaba esa indicación como una sugerencia. Cuando se le terminaba su dinero de la semana, entraba en la habitación de Luis y tomaba lo que quería del cajón. Y a veces se llevaba demasiado. No pedía ayuda para nada: si quería alcanzar algo que estaba demasiado alto, se trepaba; si se le caía un botón, lo cosía y de paso cosía los de Luis. Eso era bueno, enternecedor. Pero si iba al centro de La Plata y se le hacía tarde o estaba cansado, se tomaba un taxi de vuelta: eran varios kilómetros, el taxi era carísimo, no podían pagarlo. Peor aún: a veces no volvía hasta muy tarde, entrada la madrugada, y cuando llegaba y se encontraba con Luis despierto e inquieto, le preguntaba qué le pasaba, como si fuese lo más normal del mundo pasar la noche entera en la calle a los catorce años y con una enfermedad mental. Si Luis lo retaba, se encogía de hombros no exactamente con rebeldía o desinterés, sino con desconocimiento. No entendía por qué no podía retrasarse y no entendía que eso angustiara a los demás. Cocinaba, cosas sencillas, pero las hacía bien: fideos con salsa, empanadas de jamón y queso, a veces se animaba con mucho esmero a un pastel de papas, tortillas, bizcochuelo, merluzas al horno con queso. Pero no limpiaba la cocina ni cambiaba las sábanas ni levantaba la mesa ni se le ocurría dar una mano los fines de semana con alguna baldeada. Es hijo de ricos, le decía Julieta a Luis cuando él se enojaba.
Desde hacía meses, Julieta tenía reuniones con abogados de la familia de la madre de Gaspar. Le habían comunicado que los abuelos de Gaspar no reclamarían custodia ni visitas. En realidad, no podían intervenir en la cuestión de la custodia, porque era un trámite que el padre había hecho en vida, aunque Julieta tenía la sensación, peculiar pero concreta, de que Juan los había puenteado al darle su hijo a Luis antes de morir y eso les molestaba muchísimo, por eso le mencionaban la custodia sin motivo. ¿Puenteado? ¿Qué querés decir?, preguntaba Luis, y ella no sabía qué quería decir. Era su olfato. Los abogados parecían conceder que el chico no estuviese con sus abuelos como una jugada perdida que no iban a disputar. Las reuniones se hacían en una de las inmobiliarias de la familia materna de Gaspar, no en la sede principal, sino en una oficina pequeña. La sala de reuniones era bizarra, creía Julieta. Además de la chimenea, que ya estaba pasando de moda, con los falsos leños que cubrían la pantalla de gas, había una salamandra y un samovar que parecía auténtico. Jamás hacía tanto frío en Buenos Aires como para justificar ese despliegue de calefacción. Las paredes estaban cubiertas de lo que ella suponía eran trofeos de caza, pero solo había cuernos de varios animales. Bueyes, ciervos, según le habían explicado. Sin las cabezas. La mesa era de madera de roble, muy grande, y a ella siempre la hacían sentar en una punta. Los abogados, un hombre y una mujer, eran amables y prolijos, pero tardaron mucho tiempo, meses, en blanquear la sucesión de Gaspar, la lista de bienes que le corresponderían. Siempre que se iba de una reunión, Julieta tenía la sensación de que no iba a volver a encontrarlos. Pero la mensualidad de Gaspar, que era alta, seguía apareciendo en el banco puntualmente. Luis no quería tocar el dinero: quería que fuese un ahorro para Gaspar. Julieta se lo discutía. Se lo había dicho, los dos fumando en la cama, conversando en voz baja para que Gaspar no los escuchara, aunque el chico solía dormirse con los auriculares puestos o la radio encendida.
–Es maduro, lo decimos siempre. Va a compartir su plata con gusto.
–En otro momento. No quiero guita de ellos. Es una historia perversa, pero yo nunca supe o nunca tuve el coraje de desarmarla. No sé de qué estoy hablando. Este tipo, el médico, secuestró a mi hermano para su beneficio profesional y quién sabe para qué más.
Hubo un silencio y Luis consumió su cigarrillo en tres pitadas.
–¿Sospechás algo?
–Sospecho, pero Juan nunca me dejó saber nada. Bradford era una eminencia, el médico más respetado del país, puta madre, el otro día fui a La Plata y me entero de que le pusieron su nombre al edificio nuevo de Medicina. El tipo era raro y, cuando perdió la mano, peor, era como Narciso Ibáñez Menta pero más inglés. Como el de las películas de los sábados.
–Christopher Lee.
–El otro.
–Vincent Price. Luis, no se parecía en nada a Vincent Price, era un tipo físico totalmente distinto.
–Te estoy hablando de la onda que tenía. Medio degenerado. Le salvó la vida a mi hermano e incluso lo siguió tratando después de perder los dedos. Tuvo una muerte muy rara, que un tipo así manejara y no tuviera un chofer, encima todo quemado porque no llegaron a tiempo para apagar el incendio del coche, no sé.
–A mí me extraña que tus viejos no peleasen por quedárselo. A tu hermano.
–Mamá lo intentó. Mi viejo no quería ese problema, decía que con los ricachos iba a estar mejor. Papá no era el mejor de los tipos. Cuando me enteré de que le pagaron por Juan, ahí yo me peleé con mi viejo y no le hablé más, ni sé si está vivo.
–Le pagaron, entonces.
–Le compraron a mi hermano estos hijos de puta. Y, encima, con esa guita mi viejo me bancó cuando estudié. Yo les debo también. No sabés la bronca que me da. Por eso no quiero plata de ellos. Yo sé que Gaspar la compartiría, no es eso. Él es un amor, como era su madre, una mina bárbara, corajuda. Para mí conocerla fue un impacto porque yo pensaba que no podía salir nada bueno de esa familia. La madre era fantástica, y no creo que supiera cómo llegó mi hermano a su familia.
–¿Gaspar sabe que ella te sacó del país?
–No sé cómo hablarle de eso. Tengo miedo de que se desestabilice.
–¿Y por qué le va a hacer mal? Es la madre, tiene derecho a saber. Bueno, es cosa de ustedes. Otra cosa: cuando me den la lista completa de los bienes y se sepa lo que va a heredar Gaspar, te vas a caer de culo. Hice una investigación informal. No tenés idea. Encima, no tienen deudas, parece. Gaspar es rico.
–Justo a mí me viene a pasar esto.
–Mal no te va a venir.
Luis gruñó en la oscuridad.
–Mi hermano me dejó muy en claro que no quería que tuviese contacto con sus abuelos. ¿Ellos siguen sin pedir verlo?
–Aunque pidieran, vos sos el padre, no tienen derecho legal.
–Pero tienen los fierros.
–Eso no lo largan más.
Ese verano no salieron de vacaciones, pero vino de visita la exmujer de Luis, desde Brasil, con sus dos hijas, una más grande que Gaspar, la otra más chica. Las chicas habían ignorado un poco a Gaspar o a lo mejor eran tímidas y hablaban más portugués que castellano. Luis las había criado como a sus hijas, las extrañaba, quería verlas y su exmujer había accedido a una visita. Durante una semana, Luis llevó a las chicas de paseo por todas partes y Gaspar le agradeció que no insistiera en que él los acompañara.