Nuestra parte de noche

Mariana Enriquez · Capítulo 2 de 6

Páginas del PDF

Nuestra parte de noche

La mano izquierda

El Dr. Bradford entra en la Oscuridad, Misiones, Argentina, enero de 1983

 

Quiero gastar tus vísceras a besos,

vivir dentro de ti con mis sentidos...

Yo soy un sapo negro con dos alas.

BALDOMERO FERNÁNDEZ MORENO,

«Soneto de tus vísceras»

OceanofPDF.com

Mientras espera arrodillado porque sabe que será esta noche, Bradford piensa que todo se parece a esas estúpidas historias sobre los minutos previos a la muerte que incluso sus pacientes, los más y los menos ignorantes –porque todos se vuelven brutos ante la muerte–, le contaron alguna vez: me pasa la vida frente a los ojos, veo toda mi vida. Aunque no es mi vida exactamente, piensa Bradford, es mi vida con él, porque lo que pasó antes, aunque no carece de sentido, ya no tiene importancia. Sabe que será esta noche, lo siente en el lugar de los dedos que le faltan, los dedos ausentes llaman a los dedos presentes que la Oscuridad se comió hace mucho, y esta noche la Oscuridad brilla, cómo explicar a quien nunca vio esta oscuridad brillante que emana de ese chico que ahora es un hombre y que abre los brazos enorme y pálido, la cabeza gacha, ojalá levante la cabeza en el momento final, Bradford quiere verle los ojos amarillos antes de entrar en la Oscuridad y ahora le arden las cicatrices que le dejó en el vientre, él creyó, cuando se le acercaron esas zarpas, garras, uñas, nunca es fácil recordarlo después, dedos negros y afilados, no hay nada humano ni animal que se le parezca, quizá algún instrumento mecánico, una prótesis, un disfraz, sus manos, en fin, le desgarraron el vientre y él esperó ver las tripas grises desparramadas por el pasto en la noche calurosa, pero no, las heridas latían y no explotaban y no se abrían y no se abrieron y cuando el chico que ya era un hombre las cauterizó lo hizo con puro frío, y ahora aunque está desnudo Bradford no puede verse las cicatrices pero las siente, frías y ardientes, el hielo que quema, todo lo llama hacia la Oscuridad, será esta noche, ojalá me muestres los ojos, Juan, una última vez.

La primera vez los ojos del chico estaban rodeados de ojeras, como ahora, como siempre. Bradford acababa de terminar la especialidad en cirugía cardiovascular y había ingresado en el equipo más prestigioso del país, el del Hospital Italiano. Era 1957 cuando le trajeron al chico, un paciente del hospital que ya no podía continuar con el tratamiento medicamentoso. Tenía cinco años y Bradford decidió no esperar para operarlo. Sería su primera cirugía de una cardiopatía congénita, una Tetralogía de Fallot. La criatura había sido inolvidable desde el principio: se estaba muriendo y sin embargo lo miraba desafiante y erguido a pesar de la insistencia de sus padres, dos brutos inmigrantes de Europa del Norte que, de no estar encorvados y verse tan serviles, habrían parecido reencarnaciones de Thor y Freya, pero así, lloriqueando, que pobrecito, que no les alcanzaba la plata, que se va a morir, doctor, que mi hermana también sufría del corazón, cómo odiaba Bradford esa ordinariez, dos campesinos que merecían la humillación. El chico no. Tenía la piel azulada, los labios color violeta, ya no podía caminar. Ni siquiera notaba la degradación de sus padres y parecía concentrado en respirar, en vivir, con una voluntad que Bradford juzgó monstruosa y le dio el atrevimiento para operarlo con los métodos más complejos, para pacientes y médicos, de la época. Los repite ahora, arrodillado, mientras la Oscuridad se extiende sobre su cabeza, esto pasó la última vez también, la Oscuridad que invadía el cielo, ¿y dicen que su poder disminuye? No se siente así esta noche de calor insoportable. Bradford recuerda y espera: corte horizontal desde el esternón bajo la axila hasta tercer espacio intercostal, división de segundo y tercer cartílago, entrada a la cavidad pleural, el pulmón izquierdo de apariencia normal, y entonces Bradford se interrumpió en su recuerdo, alejado de lo que pasaba alrededor, los gemidos y el frenético anotar de los escribas –él nunca había escuchado la voz de la Oscuridad–, y se dijo que eso era mentira, ese chico nunca había parecido normal por dentro, era hermoso por dentro, tocar su cuerpo frío –en las cirugías de la época se bajaba tanto la temperatura que una operación se parecía a una autopsia o una lección de anatomía, salvo que los órganos se movían, respiraban, sangraban, latían–, el chico no era normal no solo por su defecto cardíaco que, una vez abierto el costado, se revelaba aún más intrincado de lo que habían pensado sus cardiólogos, con varios defectos sumados a la Tetralogía –una comunicación interauricular de unos 10 milímetros y una anomalía muy importante en la descendente anterior de la arteria coronaria derecha que iba a dificultar mucho la corrección quirúrgica de la estenosis pulmonar, ¿cómo había llegado vivo hasta esa mesa de cirugía?–, no era normal porque era hermoso por dentro, tocar su corazón esforzado e hipertrófico le había resultado a Bradford una experiencia semejante al hallazgo de una ninfa en un bosque sagrado, a un amanecer dorado, a la sorpresa de una flor que se abría por la noche. Los colores del interior de ese chico eran más intensos, su sangre olía a un desconocido metal salado, sus arterias eran pinceladas grises y azules y rojas. Arteria pulmonar derecha identificada y cortada. La vena superior pulmonar demasiado pequeña, identificada y cortada la arteria subclavia izquierda, transposición de arteria vertebral a tronco tirocervical. Clip en arteria subclavia en el punto distal a su origen desde la aorta. Dos clips en arteria pulmonar izquierda, el primero ubicado en el origen, el otro en la entrada al pulmón. Incisión transversal en la pared de la arteria pulmonar. Anastomosis realizada con hilo de seda entre el final de la arteria subclavia izquierda y el costado de la arteria pulmonar izquierda. Casi no hay sangrado una vez removidos los clips.

Ese cuerpo tiene seda adentro, pensó Bradford, y recordó lo pronto que se había recuperado el chico, estaba rosado en menos de un día y sentado en la cama, pero extrañamente las enfermeras, que en cualquier otro caso se hubiesen conmovido, no le tomaban real afecto al enfermito. Le decían el enfermito y qué rabia, a los pacientes se los llama por el nombre, y ellas fingían quererlo pero les costaba y cómo no, si era una bestezuela furiosa contra su cuerpo y contra los que querían ayudarlo y contra sus padres y solamente se aliviaba, físicamente se aflojaba, con su hermano, otro de esos chicos orgullosos que, creía Bradford, había que agradecerle a Perón, a quien él debía odiar aunque en realidad le resultaba indiferente y un poco admirable, no sentía la afrenta de clase y tampoco ninguna consecuencia económica porque los miembros de los Cultos de la Sombra siempre están cerca del poder y por lo tanto a salvo de los vaivenes. Así que a Bradford no le importaba Perón ni su mujer –esa fascinante mujer moribunda– y secretamente le agradecía por esos chicos llenos de prepotencia, que no bajaban la cabeza, así era Juan y así era su hermano Luis, en aquel momento casi un adolescente de ojos aguamarina, el hermano que se quedaba más tiempo con el chico que sus propios padres, siempre apurados, siempre con la excusa de tener que trabajar, los colectivos, los tranvías, poner comida en la mesa, Bradford los odiaba, apestaban a encierro y humo, por eso en parte, porque los sabía hacinados en una casucha de la periferia, pidió una reunión con el jefe del equipo, el director del hospital y el del servicio de cardiología para solicitarles que le permitieran dejar al chico en internación permanente. Habló de condiciones de higiene en el hogar del niño pero también de procedimientos pioneros que pondrían al hospital a la vanguardia de la cirugía ya no regional sino mundial y no exageró las buenas posibilidades del chico: a diferencia de la mayoría de los cardiópatas congénitos, no estaba desnutrido, tenía un tamaño normal para su edad –esto era insólito: siempre se había mantenido así aunque a veces perdía peso– y había soportado la primera cirugía paliativa de manera excelente. Quería llevar a cabo la segunda, más extensa, la correctiva, en pocos meses. Se lo aceptaron. El vicedirector del hospital era un amigo íntimo de su familia, también integrante de la Orden, aunque periférico. Gonzalo Biedma. Su brillante hija sería, en el futuro, su mano derecha, la mano que ahora le faltaba.

Así funcionaba la influencia: solo debía pedir para obtener lo que quería. Durante mucho tiempo Bradford había pensado que no era más que eso, influencia, cofradía, reuniones de amigos, masonería con otro nombre, donde se bebía y a veces se cantaba alrededor del piano, reuniones de mujeres luciendo sus joyas pesadas y de hombres que compartían secretos de caza y el gusto por los libros antiguos, reuniones donde en algún momento se hablaba de las diferencias entre los seguidores de Vishnu y los de Shiva y se discutía sobre los cientos de cultos tántricos. Durante mucho tiempo, que su familia formase parte de un Culto de la Sombra, de la Orden, apenas significaba que se movía en un círculo internacional de dinero, privilegios y relaciones.

Entendió que la Orden era diferente cuando, a los dieciocho años, a punto de ingresar en la universidad, su padre lo llevó a un rito en el campo, no en la estancia propia sino en la de Florence Mathers, la inglesa, como le decía su familia, era raro que le dijesen la inglesa como si ellos no fuesen también ingleses, pero Bradford suponía que no, que ya no lo eran, él había nacido en Buenos Aires, su padre también. Hablaban el idioma, habían ido a sus colegios, pero ya no eran ingleses. Su padre estaba orgulloso: yo soy un criollazo, solía decir. A Bradford le daba igual. Él era cirujano y cardiólogo: los cuerpos enfermos eran su patria.

Después del rito, su padre le había hablado de los médiums. De la falta de médiums. De la existencia de muchos Cultos de la Sombra con diferentes interpretaciones y prácticas, algunos hostiles entre sí, otros hermanados. Jorge Bradford entendió esa tarde en el campo, mientras algunos hombres y mujeres todavía deambulaban como sonámbulos, tocando el aire y llorando, por la estancia y por los sembrados, asustando a los perros y a los caballos, que aquello no era un club. Que Florence era una sacerdotisa. Jorge Bradford había visto cosas que no podía explicar. Cosas que lo mantuvieron despierto durante muchas noches y que lo hicieron volver a los libros de su padre, que jamás había despreciado, pero que había estudiado con cierto desinterés. Ahora estaban a la par que sus seminarios, sus libros de medicina, su agotadora residencia. Decidió pasar algunos meses en Londres para perfeccionarse como cirujano y visitar la gran biblioteca de la Orden en esa ciudad. Florence, la inglesa, que pasaba un tiempo en Inglaterra entre viajes, le permitió leer el Libro, con sus anotaciones e interpretaciones aportadas por los expertos. Bradford creyó. Tenía sus dudas, pero pronto serían derrumbadas.

Ahora, con Bradford de rodillas, se escucha un gemido y la Oscuridad se lleva a un alto Iniciado. Todavía lejos, todavía a unos treinta metros. Esta noche vendría por él pero aún le quedaba tiempo. Recordó el primer encuentro con la Oscuridad. Había sido inesperado y desagradable, como pisar por error agua cloacal.

La segunda operación del niño Juan Peterson se hizo cinco meses después del shunt paliativo. La hipotermia, recordaba Bradford: el chico azul otra vez hundido en hielo, hermoso como un muerto. Recordaba el placer de la sierra contra el esternón, la expresión estúpidamente desdichada de la instrumentadora, había tenido que decirle le estamos salvando la vida, guárdese el radioteatro, y ella había murmurado algo sobre la compasión que casi le había hecho temblar las manos, lo peor para un cirujano. Era una cirugía inédita en el país, en rigor tres procedimientos: cerrar la comunicación interventricular con un parche, abrir la válvula pulmonar y retirar el músculo engrosado y colocar un parche en el ventrículo derecho y la arteria pulmonar para mejorar la circulación en los pulmones. Si tenía tiempo, también cerrar la comunicación interauricular. Tuvo tiempo: Bradford logró completar todo en seis horas, descansando apenas minutos; no quería dejar que ningún otro suturara ni siquiera en los tramos más sencillos.

Recordaba los instantes anteriores a la revelación con una precisión insoportable. Cuando iba a anunciar que había terminado, que iban a proceder a cerrar, el corazón, que había soportado tanto tiempo, apenas acelerado en algunos tramos, comenzó a latir de forma descontrolada, arrítmica y Bradford reconoció la fibrilación ventricular, el temblor incontrolable del músculo, ese signo de la muerte. Empezó la reanimación manual con cuidado, había que ser decidido y delicado y dio la orden de preparar el desfibrilador eléctrico, un aparato novedoso y al que el equipo de cirugía cardiovascular le daba un uso discrecional y exitoso.

Antes de poder usarlo, se cortó la electricidad. Fue un apagón húmedo, así lo recordaba Bradford, de una humedad fría. El chico llevaba varios minutos de reanimación manual, pero iba a necesitar una descarga. Un sol de noche linternas velas generador cualquier cosa, gritó, y entonces sintió, con una certeza horrible, que otra mano lo sacaba de adentro del cuerpo del chico. Bradford gritó, acusó al equipo de cirugía, qué están haciendo, y en la oscuridad –era de madrugada– escuchaba nada, doctor, no hacemos nada, el resto del hospital tiene luz, el corte es solamente aquí en el quirófano y cuando alguien acercó un sol de noche a la mesa de operaciones todos vieron, con claridad, que sobre el pecho abierto del chico, sobre el hierro que le mantenía el esternón separado, sobre el corazón quieto, flotaba lo que solo podía describirse como un pedazo de noche, pero transparente, hollín quizá, humo espeso y cuando el cirujano ayudante quiso tocarlo, atravesarlo, murmurando qué ocurre aquí dios santo, no bien sus dedos rozaron el polvo negro, el ayudante gritó y sacó la mano y ya no era su mano, ahora le faltaba la mitad de los tres dedos más largos, el medio, el anular y el índice, y gritaba y gritaba, y la electricidad no volvía y Bradford no iba a arriesgarse como su ayudante, porque aunque no entendía lo que pasaba y no podía creerlo, sabía que esa oscuridad que se retiraba despacio era peligrosa. Más que peligrosa. La Oscuridad de la que le había hablado su padre, la que hacían venir los médiums de la Orden, la que buscaba desesperadamente la inglesa. El chico llevaba quince minutos en paro cardíaco y las enfermeras gritaban cursilerías, atendían al ayudante, alguien decía que había sido un accidente, que sin querer el ayudante habría tocado algún bisturí, eso era imposible, pero la gente prefiere justificar, inventar, negar y no ver cuando tiene que creer. Bradford resistió la estampida de enfermeras, anestesista, instrumentadora, que decían haber visto al chico rodeado de oscuridad como un capullo, resistió hasta que la oscuridad se retiró y volvió a tocar el corazón inmóvil del chico y le susurró vamos, estás aquí por un motivo, si eres la voz de los dioses late, y el corazón latió entre sus dedos como si nunca se hubiese detenido. Bradford cerró el pecho solo y en silencio, sin escuchar las explicaciones, los reclamos y las quejas de los demás, ni sabía quiénes eran, si otros médicos, si directivos, si quién. Cuando terminó de suturar, accidentalmente movió la sábana verde que cubría los brazos del chico y entonces vio la prueba. La marca. Una mano en el brazo del chico, la marca de una mano, como una cicatriz de quemadura. No era raro, se dijo incluso entonces: a veces el frío del hielo usado para lograr la hipotermia en cirugías dejaba quemaduras; menos extraño era después del desastre que se había producido en el quirófano. Una enfermera podía haber apoyado su mano ahí y el hielo habría dejado la marca. La estudió. Era profunda. Parecía antigua. Era una cicatriz. Una mano izquierda sobre el brazo izquierdo, la Mano Izquierda de la Oscuridad. Había leído sobre ese signo. Entendía lo que significaba.

Esperó a que el chico despertara en terapia intensiva. Diez horas. Estaba seguro de las lesiones cerebrales –se las había explicado a los padres, que no parecieron entender como no entendían cosa alguna–; ah, pero el hermano mayor sí entendió, de dónde les salía la inteligencia a los gringuitos estos, esperó el coma, esperó una nueva arritmia que lo matara definitivamente. En cambio, el chico despertó alrededor del mediodía, y el encefalograma estaba normal y Bradford ordenó que no se lo dejara sufrir un segundo, y como no podía dormir pero tenía que hablar con alguien, casi chocó con el auto camino a su casa y con ese ánimo golpeó la puerta del departamento de su hermana, su lúgubre hermana, que ocupaba dos pisos del mismo edificio donde él vivía, uno de los edificios de la familia en Buenos Aires, el más amplio, el más hermoso. Mercedes dominaba ese departamento donde casi siempre su marido la dejaba sola, se había casado con un hombre rico, divertido e infiel. Y su hija, Rosario, pasaba todo el tiempo en el colegio y después en su habitación o con sus amigas. Bradford quería a su sobrina: tenía la alegría indisimulable de la inteligencia. Bradford habló y Mercedes escuchó en un silencio interrumpido por la cuchara de té y el enorme reloj que presidía la sala. No te apures, dijo ella. Por eso había recurrido a Mercedes: porque era fría. Tiene que ser tuyo si es cierto lo que pasó. Tiene que ser nuestro. Pero no hay que tener comportamientos sospechosos. No puedo dejarlo en manos de esos brutos, Mercedes, de esos payucas. Por supuesto que no, pero debemos ser cuidadosos.

Ah, el plan, piensa Bradford de rodillas mientras escucha más gemidos ahogados y siente que le arde el vientre, que ya no le queda tiempo. Dejé que tus padres te llevaran. Contraté gente para que me informara y me contaron de tu madre llorando, tu padre borracho, tu hermano siempre decente, el único decente en esa casa de chapa patética. De la triste escuela a la que te mandaban y que así llamaban, escuela, cuando te merecías un colegio. Los cardiólogos me decían que mejorabas, pero no podían controlar las arritmias y yo adiviné, ah, adiviné, antes de la noche que nos unió para siempre, que era miedo, que era el pánico lo que no podías manejar, así se llamaba el terror colectivo de las ninfas cuando aparecía el gran dios Pan, pánico, y eso sentías, ese horror. Te trajeron de vuelta al hospital, delgado pero todavía fuerte, tu padre diciendo estupideces sobre que no podía cuidarte, mi alegría ante su alcoholismo y su miseria y ante la claudicación de tu madre, y esa primera noche que confirmó todo, porque todo lo veías, era peor en un hospital, claro, te dejé que sufrieras, tenía que estar seguro, era una prueba que de todos modos debías pasar, dejé que llegaras al límite, te reanimé una vez –cuántas veces, Juan, ya grande me decías tu resucitador personal en broma– y esa noche, cuando yo sabía y todos sabían que no ibas a sobrevivir si continuaban las arritmias ventriculares, hablamos. Qué pasa, te pregunté, y me contaste de hombres y mujeres que nadie más veía, y que te hablaban, pero también de un bosque detrás de una ventana y de pies que flotaban y de alguien que le comía la nuca a una mujer y me dijiste que no sabías quiénes eran, pero no se iban. Acá hay más, me dijiste, acá gritan. Ya no te brillaban los ojos. Y te enseñé la forma más sencilla de bloquear lo que te ocurría, la que yo nunca había necesitado pero que la inglesa enseñaba a todos los miembros de la Orden. Te apoyé una mano en la boca del estómago tal como había escuchado que ella explicaba y te retiraste apenas, tu cuerpo harto de ser manoseado y lastimado. Sin embargo lo soportaste y aprendiste la técnica en segundos. No era un engaño ni una sugestión, eras el que esperábamos, eras el médium, cuando dejaste de ver lo que veías te caíste sobre la almohada y de a poco se tranquilizaron tu respiración y tu corazón y me preguntaste qué hago si vuelven y te dije por ahora repetir ese ejercicio. Ah, Juan, la confianza de esa primera vez. Ojalá pudiese ver tus ojos una última vez antes de entrar en la Oscuridad.

Te llevé a casa cuando te recuperaste. Nunca nos separamos. Cuando la Oscuridad que abriste se quedó con mis dedos nunca pude volver a estar en tu interior. Solo pude mirar. Dos veces más. Y eso fue todo. Y ahora la Oscuridad se queda conmigo: come primero las entrañas y no duele y tengo tiempo de pensar y de intentar ver tus ojos, pero ya están demasiado lejos, ya estás lejos, y le pido compasión a la Oscuridad porque ahora la escucho por primera vez.

Compasión. Y cuando la Oscuridad vuelve a morder y siento el olor de su regocijo mezclado con el de mi sangre, mientras veo que come mis manos, mis hombros, que ataca mi costado, recuerdo que alguna vez me dijiste que la Oscuridad no entiende, que no tiene lenguaje, que es un dios salvaje o demasiado lejano. ¿Seré recordado como el hombre que encontró y salvó más de una vez al médium? ¿Escribirán sobre mí, se dirá mi nombre con admiración? No debo pensar en mi gloria. Que sea secreta si debe serlo. Dejo de reclamar compasión. No hay palabras de este mundo para la entrada en la Oscuridad, para el último bocado.

OceanofPDF.com