Nuestra parte de noche
La cosa mala de las casas solas, Buenos Aires, 1985-1986
Este capítulo es largo, así que está dividido en 7 partes.
yo tenía pocos años y ya era rigurosamente anciana
ELENA ANNÍBALI,
La casa de la niebla
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Gaspar abrió la ventana y sintió en la piel la humedad fría de la llovizna. Ya era la tarde del sábado: la bicicletería del barrio estaría abierta. Necesitaba llevar su bicicleta para que la arreglaran: la cadena y los rayos se habían cortado en un accidente tonto esa misma mañana, cuando había mordido el cordón en la esquina de su casa. Le gustaba andar muy rápido especialmente los sábados, temprano, cuando no había nadie en la calle. Se había lastimado apenas, solo raspones en los codos, las rodillas, una mejilla irritada.
Intentó salir en silencio para no despertar a su padre, pero se sorprendió cuando lo encontró despierto, serio pero tranquilo, saliendo de la cocina con una taza de té en la mano. La casa, como siempre, no estaba iluminada por luz eléctrica: solamente el televisor encendido en el living, vacío salvo por el sillón de pana, amarillo, muy grande, casi una cama. Cuando Juan vio a Gaspar se le acercó y encendió un pequeño velador que estaba sobre el piso. Tenía un cigarrillo en la otra mano.
–No tendrías que fumar –dijo Gaspar.
–Dejame de romper las pelotas. –Y le tomó la cara con la punta de los dedos para mirarle la lastimadura reciente. Después se agachó para inspeccionar el pantalón, manchado de grasa de la cadena de la bicicleta.
–Me caí.
–No me mientas. Primera vez que te lo aviso.
–Estaba andando rápido y me llevé por delante un cordón.
Gaspar sintió cómo su padre se le acercaba y lo husmeaba de una manera que le parecía, ¿posesiva? Algo así. Como si se lo pudiera comer pero de verdad. Aunque también era cariñoso.
–¿Cuántas veces te expliqué por qué tenés que tener cuidado? Estamos solos. Yo estoy enfermo. Si piensan que no te cuido bien, te van a venir a buscar. Nos van a separar. No puedo estar atrás tuyo todo el tiempo.
–Ya sé. No pasó nada.
–Bueno. Lavate bien con jabón.
–Ya me puse agua oxigenada y me lavé. ¿Te parece que va a salir la mancha del vaquero?
–No tengo idea –dijo Juan, y le dio una pitada larga al cigarrillo. Volvió a agarrar la taza de té que había dejado en el piso y apagó el velador–. Si no sale te comprás otro.
–¿Estás bien, papi?
–Mejor. ¿Y vos?
–Sí. Me voy al parque a ver si me arreglan la bici. Después seguro me quedo en lo de Pablo.
–Como quieras. Voy a estar en el cuarto.
–¿Abajo o arriba?
Juan dudó un minuto. Finalmente dijo:
–Abajo.
–Vuelvo a dormir. ¿Tenés comida?
Juan no contestó pero se acercó a Gaspar y, despacio, le abrió la mano que tenía cerrada en un puño y le acarició la palma como si quisiera darle calor.
Desde la esquina, Pablo oyó primero y después vio a Gaspar y su bicicleta. Como siempre que lo veía sonrió y después se obligó a ponerse serio: le daba vergüenza demostrar cuánto lo alegraba verlo. No era el único que reaccionaba así. Todos querían a Gaspar, el señor del kiosco de revistas y el almacenero, el chapista y casi todos los padres, las chicas que se reían cuando lo veían pasar. Gaspar vivía en una casona, iba al colegio más caro del barrio, que tenía su propia pileta de natación y era bilingüe, pero no se portaba con arrogancia ni te hacía sentir que tenía plata, era normal y generoso, prestaba todo, la ropa, la videocasetera, el carnet del videoclub, sus libros. La vida de Gaspar era muy diferente a la de los otros: su papá, que estaba enfermo y casi nunca salía, no trabajaba; una persona venía a limpiar y cocinaba: dejaba lista la comida cuando Gaspar estaba en el colegio, él casi nunca la veía. Otros visitantes, abogados y contadores, según Gaspar, traían el dinero y se ocupaban de las cuotas del colegio y los servicios. Nadie vivía así, al menos entre la gente que Pablo conocía. Así, con todo resuelto. Aunque lo eran, los Peterson no vivían como ricos: casi no tenían cosas. Pero nunca les faltaba plata y si necesitaban algo, enseguida aparecían esos empleados tan extraños que llegaban con puntualidad, como si estuviesen de guardia.
Y aparte Gaspar es superlindo, pensó Pablo, pero enseguida se mordió el labio inferior porque sabía que no debía pensar en eso, su papá lo había agarrado de los pelos hacía menos de una semana porque Pablo había tardado un rato largo en elegir la ropa para ir al cumpleaños de su tío. Nunca antes había hecho una cosa así: tenía olor a mate en la boca cuando le dijo: «¿No serás medio marica, vos?» Le gustaba vestirse bien. Se lo había dicho a su papá y eso había provocado que casi le pegara. A la vuelta del cumpleaños había diseñado un plan: anotó toda su ropa en la última página del cuaderno de los deberes, en tres columnas, y después la unió con flechas, una especie de cuadro sinóptico usando lápices de diferentes colores, como había aprendido en clase para unir oraciones. Tenía que aprenderse de memoria las combinaciones o mirarlas rápido antes de salir y así no perdería más el tiempo tratando de ver si los pantalones de corderoy marrones iban con el buzo verde o no.
Gaspar nunca tenía esos problemas. Ahora mismo lo veía venir con su bicicleta, un buzo finito que le quedaba un poco grande, color mostaza, y los jeans azules y las zapatillas Topper, y no era ropa genial, pero le quedaba genial. Incluso si tenía puesto algo raro, el resultado era canchero: usaba, por ejemplo, cinturones de cuero muy largos que, a veces, le quedaban colgando. Eran de su padre y a veces tenía que darles una vuelta alrededor de su cintura. Sin embargo, la hebilla de hombre y el cuero anticuado no parecían un disfraz, sino el toque que lo hacía diferente a los demás. Claro que no era solamente la ropa: era la manera en que se sacaba el pelo de la cara, las piernas largas y los ojos azul oscuro, redondos y aparentemente inocentes al menos hasta que sonreía o se enojaba, y entonces pasaba algo rarísimo porque los ojos apenas le cambiaban de expresión y Pablo no sabía cómo se podía llamar eso pero le gustaba y le daba desconfianza, le recordaba a su gato, que se dejaba acariciar ronroneando y de repente, porque sí, tiraba un zarpazo al aire, sin intención de lastimar, solamente para dejar claro que ya había recibido lo que necesitaba.
Cuando llegó a su lado, Gaspar buscó en el bolsillo de atrás y le ofreció a Pablo un chicle algo aplastado. Se pusieron a hacer globos en la vereda, protegidos por un balcón que hacía de techo, porque había empezado a llover.
–¿Me acompañás al parque? –Y apuntó a la bicicleta–. Volé, no sabés, pero no me hice nada.
Se lo decía con tranquilidad y Pablo sabía que probablemente ni se había asustado con la caída. Había algo duro en Gaspar: tenían la misma edad, pero Pablo lo sentía mucho mayor. A lo mejor era porque no tenía mamá, porque su papá estaba enfermo, porque no tenía a su familia cerca, porque estaba bastante solo. No se reía mucho y escuchaba muy atento. La mamá de Pablo decía que era un chico traumatizado; la mamá de Vicky, que era un chico triste. La mamá de Adela, la cuarta amiga que completaba el grupo de inseparables, decía Juan es viudo y está enfermo, no es fácil criar solo a un chico, Gaspar está muy bien.
Cuando el chaparrón se volvió llovizna, Pablo se subió el cierre de la campera y dijo: «Vamos.» El parque quedaba muy cerca, a apenas doscientos metros. Esa tarde, por el mal tiempo, iba a estar vacío; cuando había sol, casi no quedaba lugar para jugar a la pelota o sentarse a tomar una gaseosa porque todo el barrio se pasaba la tarde sobre el césped descuidado, bajo los árboles centenarios y entre los caminos de tierra colorada. Estaban por cruzar la calle cuando vieron llegar, corriendo, a Vicky y Adela. Vicky estaba llorando, con el pelo oscuro suelto y lustroso como el de una chica japonesa. Adela, que la llevaba de la mano, tenía puesto un piloto amarillo enorme que parecía una carpa y le tapaba por completo el muñón del brazo izquierdo.
–Ey, qué pasó –dijo Gaspar, y se acercó a Vicky. Ella lo abrazó rodeándole el cuello con los brazos y gritando que se había perdido Diana, desde la mañana que no aparecía. Diana era una de las dos perras de Vicky, la que ella más quería, una ovejero alemán de ocho años que la había acompañado prácticamente toda su vida.
–Se le escapó al forro de mi papá –dijo Vicky. Y entre las lágrimas y los quejidos pudo reconstruir que el padre había dejado la puerta del pasillo abierta y a Diana sin la correa, y que la perra había corrido hasta la vereda. Él le había gritado, ella no había obedecido. Esperaron que volviese, pero Victoria y su madre insistieron y salieron a buscarla con el auto. Nada. Desde las nueve de la mañana estaban así.
–La estamos buscando nosotras, ahora que no hay tantos autos a lo mejor está más tranquila –dijo Adela, y con su único brazo se sacó un mechón de pelo húmedo de la cara.
–Puede estar en el parque –dijo Gaspar.
–Íbamos ahora.
–Nosotros también. Dejo la bici para que la arreglen y los acompaño.
Los cuatro tomaron el pasaje de las casas inglesas hacia el parque. Adela, como siempre, se ubicó al lado de Gaspar. Empezó a hablarle de los perros que volvían, de los perros que se quedaban en la puerta de los hospitales esperando a que dieran de alta a sus dueños cuando se enfermaban, de los que vivían en cementerios porque habían acompañado al amo hasta el final. Adela era fantasiosa y exagerada y cada vez mentía más, pero se lo aguantaban y no solo por lástima. Era divertida. Adela vivía con su mamá en una casa al final de un pasillo, una casa algo oscura porque quedaba en el medio de la manzana y le tapaban la luz las construcciones de alrededor y hasta los árboles de los patios grandes de los vecinos. Igual, era una casa bastante linda; su mamá, Betty, elegía bien los tapices y las reproducciones de cuadros, tenía muebles sencillos pero cómodos y de colores, a veces cubiertos por mantas con diseños andinos. Era una casa medio hippie y muy distinta, pensaba Pablo, a la suya, con los viejos adornos de vidrio de su abuela, pájaros anaranjados y cisnes blancos, tucanes negros de pico amarillo y flamencos rosados, que tenía prohibido tocar. Adela no tenía papá y nadie sabía bien por qué, si se había muerto o se había ido. Nadie se animaba a decir en voz alta que podía estar desaparecido, aunque algunos se atrevían a insinuar que era al revés, que era policía y había muerto en un enfrentamiento.
También era un misterio por qué le faltaba un brazo. El muñón era pequeño y proporcionado, como si hubiese sufrido un corte limpio sobre el codo. La madre de Adela decía que había nacido así, que era un defecto congénito. A muchos chicos les daba miedo o asco. Se reían de ella, le decían monstruita, adefesio, bicho incompleto; que la iban a contratar en un circo, que seguro estaba su foto en los libros de medicina. A ella le dolía, a veces lloraba, pero había decidido responder siempre a las burlas con otros chistes o con insultos. No quería usar un brazo ortopédico. En general no ocultaba el muñón. Si veía la repulsión en los ojos de algún chico o incluso de un adulto, era capaz de refregárselo por la cara o sentarse muy cerca y rozar el brazo del otro con su apéndice inútil hasta dejarlo al borde de las lágrimas.
Su versión sobre el brazo ausente era espectacular, como podía esperarse de ella. Contaba que la había atacado un perro, un dóberman negro. El perro se había vuelto loco, les suele pasar a los dóberman, una raza que, según Adela, tenía un cráneo demasiado chico para el tamaño del cerebro; por eso les dolía siempre la cabeza y enloquecían. Decía que la había atacado cuando ella tenía dos años. También decía que se acordaba: el dolor, los gruñidos, el ruido de las mandíbulas masticando, la sangre manchando el pasto. Había sido en la quinta de sus abuelos, y había sido su abuelo el asesino del perro: le había disparado con excelente puntería, porque el animal, cuando recibió el tiro, todavía cargaba con Adela bebé entre los dientes.
Insólitamente, porque era el que mejor escuchaba y menos discutía de los cuatro, Gaspar siempre se negaba a creer en esta versión. No podés acordarte, le decía. Tenías dos años. Yo apenas me acuerdo de mi mamá y cuando se murió tenía seis.
–Bueno, pero esto fue muy traumático –decía Adela, y remarcaba la palabra «traumático», que había aprendido hacía poco.
–¿Sos pelotuda? Lo de mi mamá también fue traumático.
–De algo te debés acordar.
Y Gaspar insistía en que sí, de algo sí, pero demasiado poco, quería acordarse de tanto más; eran fotos, escenas cortas de una película, sin conexión. Y nada de nada de cuando tenía dos años. Nadie se acordaba de los dos años, imposible, insistía.
–A mí igual no me importa que mientas –le decía, y Adela se ponía furiosa–. Pero con algunas cosas tenés que mentir mejor.
Adela siempre se iba de esas discusiones con la cara y las orejas muy coloradas; era pecosa y exageradamente rubia, tanto que la palidez de la piel hacía que sus dientes parecieran amarillos. Tenía los ojos marrones y chiquitos bajo las pestañas casi blancas.
–Esperen acá –dijo Gaspar cuando llegaron al parque Castelli.
Le hicieron caso: Adela secó con su piloto un banco de madera y los tres se sentaron en silencio. El parque ocupaba doce manzanas y adentro había un colegio, dos piletas de natación –una al aire libre, otra climatizada; era donde nadaba Gaspar los fines de semana, cuando estaba cerrada la de su colegio–, un rosedal y una fuente enorme que lanzaba chorros de diferente altura, sincronizados para dar la impresión de que el agua bailaba. También tenía una calesita en el sector de juegos para chicos, pero ellos ya eran demasiado grandes para visitarlo, salvo las hamacas; a las chicas, especialmente, les encantaban las hamacas y también el rosedal, con su glorieta del siglo XIX, las enredaderas verde oscuro y los caminos de piedritas rojas que manchaban las zapatillas.
Gaspar volvió pronto de la bicicletería y organizó la búsqueda: Pablo se ocuparía de la parte que iba desde el colegio hasta la avenida de la iglesia; él, de la fuente y las piletas; las chicas se dividían el rosedal y el área alrededor de la entrada del subte. Busquen bien, les dijo. Puede estar asustada. Atrás de todos los árboles y debajo de todos los bancos. La escuela está cerrada, pero seguro hay un señor que cuida, Pablo, llamalo y preguntale, tocá el timbre. Yo hago lo mismo en la pileta. En una hora nos encontramos de vuelta acá. Los demás le dijeron que sí con la cabeza y, antes de empezar la búsqueda, Gaspar se agachó y tomó agua de un bebedero con forma de cabeza de león, una cerámica color azul antigua que chorreaba y dejaba un pequeño río ensangrentado sobre el camino de tierra colorada.
Gaspar rodeó el edificio del club, con su bar abierto y sin clientes – seguramente por la lluvia y la hora: empezarían a llegar cuando se acercara la merienda–, y entró. El único mozo y el dueño lo conocían: a veces comía algo ahí los sábados y domingos a la tarde después de nadar o incluso hacía los deberes en una de las mesas que daban a la parte más arbolada del parque, cuando su padre estaba de muy mal humor, lo que en el último año era cada vez más frecuente, al punto de que Gaspar había empezado a extrañarlo como si ese hombre que vivía en su casa fuese otro que se iba metamorfoseando en alguien más silencioso, violento y distante.
Les preguntó a los dos si habían visto a la perra, pero ni el mozo ni el dueño recordaban a un ovejero alemán; había muchos perros dando vueltas por el parque, a la mayoría los conocían, les dejaban comida, pero no les había llamado la atención ninguno nuevo. Gaspar aceptó un vaso de Fanta que el dueño le ofreció y siguió rastreando por las escaleras a cada lado de la fuente. El parque se elevaba en el centro, estaba construido sobre una pequeña colina, y esa subida terminaba en la pileta descubierta, que ya estaba cerrada hasta el siguiente verano: la rodeó y se quedó mirando el trampolín. Se metió entre las estrechas rejas –le costó un poco: aunque era muy delgado, en un tiempo iba a ser demasiado grande para pasar por entre los barrotes– y llamó a Diana con un chiflido que, sabía, la perra iba a reconocer. Nada. Dio una vuelta a la pileta y volvió a llamar: extraño, el cuidador no estaba. A lo mejor se había tomado la tarde, lloviznaba, nadie se iba a meter en el agua. Él lo hacía, a veces: le gustaba nadar cuando hacía frío, salir tiritando, con la pileta para él solo y sin que nadie lo vigilara. Su padre no sabía de esas escapadas, por supuesto.
Cerró los ojos. Le dolía la mejilla y un poco las rodillas; le sangraban un poco todavía, se había fijado en el baño, y ya sentía la piel tensa, se le estaban formando las cascaritas.
La perra no estaba cerca de la fuente ni de la pileta, así que la buscó detrás de los árboles. El parque tenía muchos y a Gaspar le hubiese gustado distinguirlos, saber cuál era un álamo, cuál un níspero, solamente distinguía los pinos. Ojalá enseñasen esas cosas en la escuela, en vez de fracciones o de organismos unicelulares. Le iba bien en el colegio porque le resultaba fácil, pero se aburría y siempre se había aburrido. Leía por su cuenta: su papá podía ser caprichoso y podía dar miedo, pero lo dejaba leer cualquier cosa. Ahora estaba leyendo Drácula: ya había visto como diez películas y el libro era totalmente distinto a todas. Se había quedado pensando en una frase y ahora el escalofrío que sentía cerca de la fuente no era solamente porque su campera era de una tela liviana: esa frase le parecía terrible. «Los muertos viajan deprisa.» Eso le decía un personaje, un compañero de viaje, a Jonathan Harker, que iba a la casa del Conde. Había buscado el libro en inglés en la biblioteca de su papá, que dibujaba, distraído, en uno de sus cuadernos. La había encontrado enseguida, y en inglés era «for the dead travel fast». El libro en inglés decía, además, que la frase estaba traducida del alemán y que era de un poema que se llamaba «Lenore». Le preguntó a su padre si lo tenía –su padre tenía muchos libros de poesía– y él, sin dejar de dibujar o escribir, sin mirarlo, le dijo que no. «¿Es verdad?», le había preguntado. «¿Es verdad que los muertos viajan rápido?»
Su padre por fin había levantado la cabeza y le había dicho, sencillamente: «Algunos.»
Bajó corriendo las escaleras hasta la explanada donde estaba la escultura del tigre dientes de sable y rodeó el parque por el camino paralelo a la calle Mitre. Vicky y Adela ya estaban esperándolo en la glorieta, cerca del rosedal. Por sus caras se dio cuenta de que tampoco habían encontrado a la perra.
–Va a volver, Vicky –dijo Gaspar–. Ahora, si querés, le sacamos fotocopias a una foto y las ponemos en los negocios y en los palos de luz. La vamos a encontrar.
Vicky lloraba.
–Es vieja, se va a perder.
Pablo llegó corriendo y miró a Gaspar antes de decir que no con la cabeza.
–¿Vas a ofrecer recompensa? –preguntó Adela–. Si ofrecés recompensa es recontramejor.
–¿Y con qué plata pago recompensa? Mi papá no va a poner para eso.
–Yo te presto plata, eso no es un problema –dijo Gaspar, y le pidió a Adela que lo acompañara a la fotocopiadora.
El resto de la tarde la pasaron armando, en una hoja tamaño oficio, el póster de perra perdida de Diana. Vicky eligió una foto con el fondo claro, para que se distinguiera bien. Hugo, el padre de Vicky, le dijo a Gaspar en chiste que con la inflación poner recompensa no tenía sentido y Vicky se enojó tanto que se encerró llorando en su cuarto. Adela y Gaspar terminaron el collage mientras Pablo escuchaba a Hugo, que explicaba la huida de la perra. Él había dejado la puerta abierta, era cierto. Un minuto, porque se había olvidado el paraguas y lo necesitaba, llovía esa mañana cuando había salido para atender la farmacia. Y algo asustó a la perra, algo que se cayó adentro de la casa. A lo mejor Virginia, la hermana menor de Vicky, había tirado un juguete contra la pared o la abuela, que estaba medio sorda, había subido la radio y eso alteró al animal, que salió corriendo. Él también la quería a la perra, la adoraba, estaba hinchado las pelotas de que Vicky le echara la culpa e hiciese semejante teatro.
–Va a volver –dijo Adela, y de nuevo se puso a contar sus anécdotas de perros fieles con sus amos. Gaspar se levantó después de terminar de escribir el número de teléfono de Vicky y le golpeó la puerta de la pieza.
–Vamos a pegar los papeles. Vení con nosotros, cortala un cacho.
Hubo un silencio tenso y Vicky abrió la puerta. Tenía los ojos colorados, pero ya no lloraba.
–Cortala –repitió Gaspar–. Ya hicimos los carteles.
Se miraron en la oscuridad del pasillo de las piezas. La lamparita se había quemado. Gaspar recordó el verano que había pasado con Vicky y su familia en Mar del Plata: jugar a la paleta en la playa, nadar un poco – mucho no: a ellos les daba miedo que Gaspar se metiera hondo y él no quería ponerlos nerviosos–, las caminatas por la arena húmeda al atardecer. Había hablado mucho con Vicky, a veces hasta que se quedaban dormidos tardísimo, con el velador encendido. Era el segundo verano que Gaspar se sumaba a las vacaciones de los Peirano, que alquilaban un departamento cerca de las playas semivacías del faro, un departamento grande y cómodo que, sospechaba Gaspar, no pagaban ellos. Estaba casi seguro de quién lo pagaba, pero jamás se lo hubiese siquiera insinuado. Su padre no le había dicho nada, ninguno de los veranos. Le había dado permiso para ir a la playa un mes. Si te invitan, andá. Confío en ellos. Todos los veranos, los empleados que les traían plata también habían aparecido por la costa, para asegurarse de que él tenía lo que hacía falta. No eran los mismos empleados pero Gaspar ya los conocía a todos, eran siete, ocho, contando a los choferes que llevaban a su papá al médico o a cualquier otro lado que quisiese ir. Cuando era más chico no lo notaba, pero de grande sí era evidente que nadie más tenía ese tipo de asistentes o cuidadores. Cuando le preguntó a su padre, él le dijo, por toda respuesta, tu madre era rica, vos también. Seguramente viste en la tele lo que le puede pasar a la gente rica. Gaspar recordó las noticias de secuestros y la explicación de la mamá de Vicky: son mano de obra desocupada de la dictadura, decía, ahora se dedican a chantajear y pedir rescates, conocen el método del secuestro a la perfección. ¿Qué, estoy en peligro, me van a secuestrar? No, siguió su padre, porque te cuidan ellos. Y cuando volvió a preguntar, la respuesta fue idéntica y el fastidio enorme. Así que ahora lo aceptaba.
El primer verano, Gaspar lo había pasado genial. Pero el segundo, no sabía bien por qué, una noche sintió miedo por su padre y se escapó del departamento hasta un teléfono público. Apoyado en el plástico lleno de agujeros de la cabina redonda que le recordaba a un huevo gigante, llamó a su casa varias veces. Y repitió las llamadas la noche siguiente. Nadie atendía. Era enero. Gaspar sabía que, en verano, su padre se iba unos días, tenía amigos, pero nunca faltaba de la casa tanto tiempo. Diez como mucho. Era el 15 de enero y no contestaba y Gaspar estaba a punto de pedirle a Lidia y Hugo Peirano que lo dejasen volver, que por favor le compraran un pasaje, aunque no sabía exactamente qué podía hacer cuando llegara a la casa vacía. ¿Llamar a su tío de Brasil? ¿Hablar con los contadores? ¿Pedir por sus abuelos maternos, que no veía desde hacía años, de los que apenas se acordaba? Sentado en los escalones de la puerta del edificio de Mar del Plata, mientras los turistas entraban y salían, algunos para ir a cenar a restoranes, otros con la compra del supermercado para cocinar en los departamentos, Gaspar se había puesto a llorar y Vicky le había dicho:
–Seguro que aparece. No digamos nada. Llamamos mañana de vuelta.
Y esta vez, cuando llamó, su padre dijo hola con voz cansada y fastidiosa. A Gaspar se le aflojaron las rodillas cuando lo reconoció.
–Te estuve llamando –le dijo, enojado–. Nunca te vas tantos días.
–Gaspar, pasala bien –le contestó su padre, y cortó.
Mientras miraba a Vicky ahora, Gaspar recordaba esos días de incertidumbre, hacía apenas tres meses. Y ella dijo que sí con la cabeza. Entendía. Se ató el pelo sedoso y muy oscuro en una colita.
–Perdón, los tendría que haber ayudado a hacer los carteles.
Y después volvió a abrazar a Gaspar, que le besó la cabeza y se quedó oliendo su pelo, un poco de lluvia, otro poco del champú que tanto les gustaba a las chicas ese año, un detergente verde que estaba de moda y olía a jugo de manzanas.
La casa de Victoria Peirano estaba siempre en construcción. El terreno era grande y la casa se extendía, larga, al costado de un pasillo que comunicaba el patio delantero y el garaje con el fondo; había un modesto jardín con galpón donde las perras dormían a la sombra de un limonero y la parrilla se usaba casi todos los domingos. En esa casa ruidosa y desordenada cada cual se acostaba cuando quería; si tenían ganas de comer todos juntos en la mesa, lo hacían y, si no, se llevaban su plato a la habitación o al fondo, la abuela escuchaba tango en la radio y nadie nunca encontraba los papeles perdidos.
No parecía la casa de un farmacéutico y una médica. Victoria pensaba, a veces, que sus padres eran injustamente pobres porque sus compañeros de colegio con padres médicos vivían en otro tipo de casas. Alguna vez los había escuchado hablar de la mala suerte que tenían, de las oportunidades desperdiciadas; la madre trabajaba en un hospital público y hacía guardias en una clínica a veinte cuadras de su casa; su padre no quería abandonar la farmacia donde había empezado a los dieciocho años, adoraba al dueño, no le importaba que el sueldo fuese bajo. Discutían bastante por plata pero eran felices. Se divertían juntos. Y la plata la gastaban: en vacaciones a Bariloche, a Pehuencó, a Mar del Plata, a las sierras de Córdoba, al Valle de la Luna. Gaspar pasaba mucho tiempo con esa familia. Su propia casa era amplia y elegante y, lo sabía, la envidia del barrio; pero también era oscura y estaba vacía, con el jardín seco, poquísimos muebles, la obligación del silencio.
–¿Por qué no se quedan a cenar? –preguntó Lidia, la madre de Vicky. Había llegado del hospital casi a las nueve de la noche con unas prepizzas para poner al horno. Recién se enteraba de la escapada de la perra y después de escuchar le dijo a su marido:
–Sos un pelotudo, Hugo. Realmente.
Y felicitó a los chicos por haber hecho los carteles. Los habían dejado en todos los almacenes, los kioscos, el bar del parque, la bicicletería, los postes de luz: el día siguiente era domingo; si no llovía, la gente iba a salir a la calle mucho más y, si alguien había visto a la perra, tenía que aparecer. Habían dejado también los teléfonos de Adela y Pablo; no el de Gaspar: su padre no soportaba el sonido de las llamadas telefónicas.
Después de poner las pizzas sobre la mesada para enfriarlas un poco, Lidia entró en su pieza, se sacó el uniforme blanco y volvió a invitar a comer a Pablo y Gaspar. Pablo dijo que lo esperaba su mamá. Gaspar dijo que no, gracias.
–¿Cómo está tu papá? –quiso saber Lidia antes de meterse en la ducha.
–No sé –dijo sinceramente Gaspar–. Por eso también quiero ir. Pero está mejor que hace unos días, gracias.
–Me avisás cualquier cosa.
Gaspar saludó con la mano. Extrañaba la bicicleta: le había encargado al bicicletero, además, que cambiara la luz que usaba cuando oscurecía, porque últimamente parpadeaba. Adela lo acompañó: de todos, era su vecina más cercana. Le gustaba estar con ella: podía relajarse con Adela porque la sinceridad no la incomodaba.
–¿Vos creés que va a aparecer Diana?
El pelo un poco seco, la lengua siempre afuera, ese entusiasmo amoroso, Gaspar se acordó de todo de repente y sintió una piedra en la garganta. Él quería a la perra. Como no le dejaban tener mascotas, se encariñaba con las de los demás. Diana era su favorita.
–No –dijo–. No creo que aparezca.
–Yo tampoco, pero no quise decir nada.
–Capaz nada que ver y nos equivocamos.
–Ojalá. ¿Por qué no tenés perro vos?
–Papá odia a los animales.
No era exactamente así; una vez le había dicho «no quiero nada vivo en esta casa». Pero eso iba a sonar demasiado extraño incluso para Adela.
–Es tan mala onda tu papá.
Se rieron. Adela lo decía con frescura y con conocimiento: Betty, su madre, tomaba mucho cuando estaba triste. No era violenta, no trataba mal a Adela, nada más se encerraba con una botella y a veces vomitaba en el baño. O en la casa. Gaspar había ayudado a Adela, varias veces, a vaciar los vasos llenos de vino que aparecían en los rincones y a usar desodorante de ambientes en el baño cuando Betty limpiaba mal su vómito. No se emborrachaba muy seguido, pero cuando lo hacía, eran días difíciles. Gaspar caminó más despacio, un poco para demorarse y pasar más tiempo con Adela, otro poco porque la falta del brazo hacía que ella fuese un poco más lenta, como si le faltara un remo para impulsarse. Ya no llovía, Adela había dejado el piloto en la casa de Vicky y llevaba solamente un buzo rojo, arremangado sobre el muñón. Siempre decía que odiaba llevar la manga vacía, colgando. Prefería que lo obvio fuese visible. A Gaspar también le gustaba la compañía de Adela porque hablaba mucho y no la incomodaba el silencio. Ahora, sin embargo, estaba callada. Y no era por la perra, que no era su amiga, ella prefería estar lejos de los perros, eso lo mantenía con firmeza para aferrarse a su historia del ataque del dóberman.
Gaspar decidió romper el silencio:
–¿Te pasa algo?
–Una cosa que me pasa siempre pero de repente está peor.
–Bueno, contame.
–Es medio asqueroso.
–Mejor.
Adela lo empujó hasta hacerlo trastabillar.
–Qué tarado.
Ella miró para abajo mientras hablaba, como si les prestara atención a sus pasos.
–Me pica el brazo. Este brazo –dijo, y movió el muñón.
–Y rascate.
–No seas tarado. Me pica el brazo en la parte que no tengo. Ya fui al médico. Se llama miembro fantasma, me dijo. Es porque el cerebro no registra que no lo tenés más y entonces se siguen sintiendo cosas.
Gaspar la miró con atención bajo las luces amarillentas de la calle. El pelo de Adela tenía alrededor una especie de aureola: se erizaba con la humedad.
–Mentira.
Ella lo miró con odio achicando los ojos oscuros.
–¿Por qué nunca me creés?
–No te puede picar algo que no existe.
–Me repica y vos no entendés nada –gritó Adela, y se alejó corriendo hasta su casa, llorando, sin dejar que él le viera la cara. Gaspar estuvo a punto de seguirla pero la dejó irse. Estaba cansado, tenía hambre y hasta que calentara las milanesas en el horno iba a pasar un rato. No sabía si tenía pan para hacerse un sándwich. Tendría que haber aceptado la invitación a comer, pero quería volver a su casa, estar un rato solo y ver a su papá.
Entró despacio en la fresca oscuridad de la casa y, antes de pasar por la cocina, se asomó a la habitación de la planta baja donde dormía su padre.
El velador en el suelo, un vaso vacío sobre la mesa de luz y su padre con el pecho desnudo sentado en la cama; ya nunca dormía acostado. No podía darse cuenta de si estaba dormido o no: solamente podía ver que tenía los ojos cerrados.
Gaspar encendió la luz de la cocina, casi el único lugar de la casa donde se le permitía usar la lámpara principal, además del baño. Encontró dos milanesas en la heladera. Las olió: perejil y pan y un poco de limón y el aroma metálico de la carne fresca. Untó con aceite una de las bandejas del horno y lo encendió. Había que sostener la perilla apretada un tiempo largo, casi un minuto, para que la llama del horno se mantuviera encendida. Si la soltaba antes de tiempo y el semicírculo de fuego azul se apagaba, debía esperar más de diez minutos para volver a intentarlo. No se atrevía a freír esa noche, por el ruido chispeante del aceite; no quería despertar a su padre y además la comida frita, a veces, cuando se dormía sin hacer bien la digestión, le provocaba una de sus pesadillas más odiadas, la del hombre que flotaba sobre su cabeza y de sus manos caían gotitas calientes de algo que llevaba en brazos, algo vivo y pequeño que se estaba muriendo, eso estaba muy claro en el sueño; él no podía distinguir si era una persona o un animal, porque no lo veía, solo veía los pies del hombre flotante y un poco de sus piernas pálidas como huesos, justo encima de su cabeza. Así que milanesas al horno. Y un tomate partido al medio, con un poco de aceite y orégano.
Le gustaba cocinar. Le hubiese gustado cocinarle más a su padre, que últimamente comía poco y desganado. Gaspar sabía que estaba muy enfermo, siempre lo había sabido, pero ahora sentía algo peor en lo que no quería pensar: sentía que iba a morirse pronto. Estaba siempre tan cansado, tan enojado, tan débil, tan insólitamente delicado, justo su padre, altísimo, poderoso, con manos tan grandes que, cuando lo acariciaban, podían tomarle toda la cabeza y, cuando le pegaban, eran como guantes de box sin la protección de la tela y la goma, pura furia de huesos en la palma pesada y el revés brutal.
Se sacó las zapatillas y las medias, que tenía húmedas, y buscó medias secas en el tendedero de la cocina. No tenía sueño, así que, después de servirse una milanesa con tomate, puso junto al plato el mapa político de Asia que tenía que completar. Miró las líneas que demarcaban los países y, aunque para el trabajo en casa estaba permitido usar una enciclopedia que los ayudara, trató de recordar los nombres sin consultarla: así iba a ser el examen. China, Pekín. Casi en chiste pintó el enorme país de amarillo. La isla allá arriba era Japón. Tokio. Iba en rojo. Le gustaba geografía. No le gustaban matemáticas y menos geometría, pero para eso tenía a Belén, su compañera que quería ser ingeniera y a quien le intercambiaba resoluciones de problemas y trazados con el transportador por la tarea de inglés y lengua. El intercambio era perfecto salvo por el hecho de que le gustaba Belén. También le gustaban otras chicas, pero ninguna le parecía tan linda como Belén ni lo ponía tan nervioso y tan contento al mismo tiempo. Que quisiera estudiar Ingeniería hacía que le gustara más todavía: era diferente a todas.
Todavía no se animaba a invitarla a salir o pedirle que fuesen novios. Sabía que las otras chicas la gastaban por lo de Belén y Gaspar: el lugar de nacimiento de Jesús y uno de los reyes magos. Era un chiste. Su nombre y el de la chica que más le gustaba, juntos, eran un chiste. Y ella era arrogante, tan linda con su boca ancha y sus ojos oscuros y la piel tan fina que parecía transparente, en las mejillas se le veían todas las venas azules; a Gaspar le parecía, también, una especie de mapa. Y las medias que usaba, blancas, hasta bien por debajo de la rodilla, y el anillo plateado en el meñique.
Ahora no se acordaba de la capital de Irán. ¿Teherán o Bagdad? Teherán, se decidió, y pintó el país de violeta. Le quedaban varios países más, los que siempre confundía: recordaba los nombres –Malasia, Indonesia, Camboya–, pero no podía distinguir sus trazos en el mapa. Ahora no tenía ganas de subir al primer piso a buscar una enciclopedia: podía buscarla al día siguiente.
Fue hasta su habitación descalzo: daba a la calle, o mejor dicho al patio delantero, que era angosto y tenía varios canteros secos. La ventana estaba cerrada y la persiana baja y Gaspar no las abrió. Revisó lo que tenía para leer en la mesa de luz pero no tenía ganas de ninguno de los libros, ni de los de poesía, que le gustaban más que todos aunque no los entendiera, porque a veces al leer dos palabras juntas en voz alta, cuando causaban un efecto hermoso, le daba ganas de llorar. Tampoco de escuchar música en el walkman nuevo que le había mandado desde Brasil su tío para Navidad. Tampoco podía mirar películas porque le había prestado la videocasetera a Pablo. Tenía que dormir. Se sacó los pantalones, pero se dejó la remera; tiró el buzo sobre la silla. Las lastimaduras de las rodillas ya estaban secas, iban a picar al día siguiente y después él iba a arrancarse la cascarita e iban a tardar un montón en curarse; siempre hacía lo mismo.
Antes de taparse, después de acomodar la almohada doblada en dos, sacó del cajón el fascículo de la colección de historia de arte indígena y popular que había escrito su mamá y que tenía su foto. Había otros artículos de ella en diferentes libros de la casa, algunos en inglés. Gaspar se acordaba del título de todos. «El mundo tupí-guaraní en vísperas de la conquista», «Si Dios fuese jaguar: canibalismo y cristianismo entre los guaraní», «Sociocultural dimension of epilepsy: an anthropological study among Guaraní communities in Argentina» y muchos más, también sobre otros temas, pero ninguno de esos capítulos o libritos cortos traía su foto. Este fascículo sí. La colección completa era de diez, le había dicho su padre, pero en la casa había nada más que cinco. Tu mamá estaba orgullosa y también muy enojada porque era la única mujer de la colección, le había contado. ¿Por qué enojada?, había preguntado Gaspar. Por muchas cosas, porque había pocas antropólogas, porque a las pocas que había no las invitaban a charlas y congresos, porque estaba cansada de trabajar solamente con hombres.
El fascículo era de una colección publicada por el Centro de Artes Visuales del Museo del Barro, Paraguay, según se indicaba en la primera página. El título era «Arte indígena y arte mestizo de los grupos indígenas guaraníes». Empezaba con un texto de cuatro páginas sin imágenes muy difícil, al menos para Gaspar, que explicaba las «familias lingüísticas» indígenas, definía lo «popular»..., le resultaba aburrido. Pero las diez páginas que seguían tenían fotos, a color, que le encantaban: una talla en madera de la cabeza de un Cristo ensangrentado del siglo XVII, otro Cristo de cuerpo entero que se llamaba «de la columna», todo lastimado y con las manos atadas a un palo que le llegaba a la altura de la cintura; una Virgen rarísima, una especie de torso sin piernas que tenía el corazón, de lata, atravesado por espadas y del lado de afuera del pecho, se llamaba «Dolorosa»; después, una pintura donde al Cristo crucificado le salía sangre a chorros del costado del pecho y un ángel la juntaba, como si fuera en un balde, con una copa dorada. La segunda parte del fascículo se titulaba «Santería popular» y era su favorita. Había varios esqueletos que se llamaban San La Muerte: todos distintos, en cuatro fotos. En una, el esqueleto era muy alto, llevaba una guadaña en la mano izquierda y en la derecha una escoba; en otra, el esqueleto era gordito y petiso, tenía dibujada una boca sonriente y llevaba una guadaña corta que más bien parecía un cuchillo: ese era gracioso. El que seguía no: el esqueleto en un ataúd pintado de negro, serio y a medio levantarse. Y el último era el más raro: la referencia decía que estaba tallado en hueso (no aclaraba si animal o humano), que medía nada más que cinco centímetros y era un esqueleto sentado, con la cabeza entre las manos, como si esperara en un banco. Después seguían San Son, un hombre vestido de rojo con una espada en la mano, sobre un jaguar: era de madera. Y después Santa Librada, una mujer crucificada. La sección final, de dibujos indígenas, era la más aburrida: pájaros y tatúes y telarañas enormes entre árboles, peces en el río, cocodrilos, gente plantando vegetales grandes que parecían zapallos.
En la contratapa estaba la foto de su mamá y un resumen de su vida y de lo que había estudiado. Decía: «Rosario Reyes Bradford nació en Buenos Aires en 1949 y es la primera mujer argentina doctorada en Antropología en la Universidad de Cambridge, Reino Unido. Se especializa en antropología simbólica, antropología de la religión y etnografía guaraní. Es docente e investigadora de la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado más de veinte artículos en Argentina, Paraguay, Brasil, Colombia, México, Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Bélgica. Es autora del libro Tekoporá: Exploraciones antropológicas sobre historia, religión y ontología guaraní.»
Al lado de la foto había un texto firmado por su mamá donde agradecía a Cristino Escobar, director del Museo, y a la editorial, a las comunidades mbyá de Misiones y el sur de Paraguay, a una lista de gente, y después lo que a Gaspar le interesaba. Decía: «Gracias a Tali, mi hermana, mi mejor amiga y mi compañera de trabajo. Le agradezco a Juan por su amor incondicional y a Gaspar, el hombre de mi vida, que soportó las ausencias de su mamá como un valiente y la recibió en cada regreso con alegría y sin reproches.» Gaspar le había preguntado a su padre por qué se refería a Tali, una amiga de la familia a quien veía de vez en cuando, como «su hermana» y Juan le dijo que era una manera de decir, porque se querían mucho. Gaspar se decepcionó: esperaba que fuese su tía, quería un poco más de familia.
Trató de recuperar todos los recuerdos de su mamá: ella bajando por la escalera, poniéndole un pañuelo frío sobre la frente cuando le dolía la cabeza; ella diciéndole que volvía enseguida, que se quedara sentado quietito (se acordaba muy claro del «quietito») y yéndose después por un pasillo, pero dónde estaría ese pasillo. También se acordaba de una pasarela o un muelle como los que había en el mar, pero, en vez de agua, debajo había árboles. Copas de árboles. Ella lo llevaba de la mano y tenía el pelo oscuro. Ella en la cama enseñándole lo que significaban las cartas. Ella besando a su papá en puntas de pie y él agachado, agarrándole la cintura.
En la foto que acompañaba a los agradecimientos, su mamá miraba la cámara. El fascículo era de 1979, pero la foto, le había dicho su papá, era anterior y en blanco y negro. Llevaba una camisa blanca de manga corta: sus brazos eran muy flacos pero, y a Gaspar le daba un poco de vergüenza pensarlo así, era tetona. Era muy linda, eso pasaba, y a él no le gustaba pensar así de su mamá, pero era muy linda, con el pelo suelto y algo desarreglado y los labios gruesos. Una vez su papá le había dicho que ella siempre se maquillaba muy poco y que eso era rarísimo entre las mujeres de esa época. Pedile a cualquiera de tus amigos que te muestre fotos de sus mamás de hace diez años, fijate. Y Gaspar lo había hecho y era cierto: la mamá de Vicky aparecía con tanta sombra oscura sobre los ojos que parecía el mapache de los dibujitos animados y también tenía la boca como empastada de rojo y los cachetes manchados de polvo colorado. Las cejas eran lo peor. La mamá de Pablo, por ejemplo, no tenía cejas directamente en las fotos de su casamiento, bah, tenía cejas pintadas sobre la piel, muy finitas. Su mamá, en esa foto y en otras, tenía las cejas normales. Por qué se sacan las cejas las mujeres, quiso saber Gaspar, y su papá, sonriendo, contestó que lo mismo se preguntaba su madre. Era una loca de la ropa y de la moda tu mamá, le había dicho, pero no se parecía a nadie. En la foto tenía una pulsera ancha: si se la miraba con atención, se podía ver que era una víbora con la boca semiabierta y una lengua bífida apoyada sobre su muñeca.
Cerró el fascículo y se secó los ojos con la sábana. Del bolsillo del buzo se asomaba una de las fotocopias con la cara de Diana. Las otras las había dejado sobre la cocina. No tenía sentido salir a pegarlas ahora, que llovía. Pensó en la perra. Se la pasaba acostada, jugando con una pelota de tenis. Tenía un problema en la cadera y le costaba levantarse: al principio caminaba lentamente, después ya se normalizaba, como si su cadera necesitara ejercitarse un poco antes de volver a funcionar. Era buena y un poco tonta, por eso resultaba tan raro que se hubiese ido.
Gaspar había leído en algún lado –¿una revista?, ¿algún cuento?, no se acordaba– que, si se deseaba algo con fuerza, si uno se concentraba y cerraba los ojos y pedía lo que quería sinceramente, era posible conseguirlo. Él pensó en Diana, en su cabeza grandota y el lomo un poco hundido, en cómo a veces parecía despabilarse, especialmente cuando Electra, la perra más joven de Vicky, la molestaba, y corrían juntas, con la lengua afuera y esa especie de sonrisa que a veces tenían los perros, por el fondo de la casa, un fondo chico con canteros todo alrededor, canteros con flores, hortensias y rosas y azaleas, explosiones de violeta y rojo contra los ladrillos pintados de blanco. Se durmió pensando en Diana comiéndose los jazmines y la abuela de Vicky gritándole que no le arruinara las plantas que le daban tanto trabajo.
Primero se despertó con frío y se dio cuenta de que, en el sueño, había pateado la frazada. Lo hacía muy seguido. Vicky le había dicho, en las últimas vacaciones, que se movía un montón y que hablaba dormido. Qué digo, le había preguntado, y Vicky, muy seria, le había contestado que no se le entendía nada. Gaspar no le había creído. Tenía que poner el grabador alguna noche, para escucharse.
La segunda vez que se despertó dudó sobre dónde estaba: había soñado con Diana. Un sueño raro: la encontraba en la pileta del parque, flotando, seguro de que estaba ahogada, pero, cuando la llamaba, la perra levantaba la cabeza y se le acercaba jadeante y contenta, moviendo las patas delanteras con mucho esfuerzo. No lo había despertado el sueño: lo habían despertado, justamente, patas. Patas de perro que rascaban la persiana y el gimoteo de un animal que quería entrar.
–¡Diana! –dijo en voz alta, y pensó que se la llevaría ya mismo a Vicky en el medio de la noche. Gaspar se levantó rápido, abrió la ventana y subió la persiana. No había nada afuera. Nada más que las rejas, la puerta cerrada y el patio vacío; sobre el pavimento, la lluvia suave pero continua que lo volvía resbaladizo y plateado bajo las luces. El cielo estaba nublado y claro: era una noche húmeda y luminosa. Sacó la cabeza por la ventana y dijo ¡Diana! en voz baja, pero entonces sintió un violento tirón en el pelo que lo devolvió a la pieza y un empujón que lo sacó de la ventana y lo mandó contra la pared, aunque no con fuerza. Vio a su padre, desnudo salvo por los calzoncillos negros, que cerraba la ventana de un golpe y bajaba la persiana con una velocidad que le pareció extraña, demasiado urgente. Después lo miró. No estaba enojado, no del todo, no estaba furioso. Estaba asombrado.
–¿Qué estás haciendo? –le dijo, no muy alto, no gritaba. Gaspar relajó los hombros, que había encogido en un movimiento reflejo–. ¿Por qué estás llamando a los muertos?
–Era la perra de Vicky.
–¿Qué perra? ¿De qué estás hablando?
–¡A Vicky se le perdió la perra y recién la escuché que rascaba la persiana!