Nuestra parte de noche

Mariana Enriquez · Capítulo 1 de 6 · parte 1/6

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Nuestra parte de noche

Las garras del dios vivo, enero de 1981

Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.

 

Creo que perdemos la inmortalidad porque la resistencia a la muerte no ha evolucionado; sus perfeccionamientos insisten en la primera idea, rudimentaria: retener vivo todo el cuerpo. Solo habría que buscar la conservación de lo que interesa a la conciencia.

ADOLFO BIOY CASARES, La invención de Morel

 

I cried, ‘Come out of the shadow, king of the nails of gold!’

W. B. YEATS, The Wanderings of Oisin

OceanofPDF.com

Tanta luz esa mañana y el cielo limpio, con apenas alguna mancha blanca en el azul cálido, más parecida a un rastro de humo que a una nube. Ya era tarde y tenía que salir y ese día de calor iba a ser idéntico al siguiente: si llovía y llegaba la humedad del río y el agobio de Buenos Aires, jamás iba a ser capaz de dejar la ciudad.

Juan se tragó sin agua una pastilla para evitar el dolor de cabeza que aún no sentía y entró en la casa para despertar a su hijo, que dormía tapado por una sábana. Nos vamos, le dijo mientras lo sacudía apenas. El chico se despertó de inmediato. ¿Otros chicos también tendrían ese sueño tan superficial, tan alerta? Lavate la cara, dijo, y le sacó con cuidado las lagañas de los ojos. No había tiempo de desayunar, lo podían hacer durante el viaje. Cargó los bolsos que ya tenía preparados y dudó un rato entre varios libros hasta que decidió agregar dos más. Vio los pasajes de avión sobre la mesa: todavía tenía esa posibilidad. Podía acostarse y esperar la fecha del vuelo, en unos días. Para evitar la pereza, rompió los pasajes y los tiró a la basura. El pelo largo le hacía transpirar la nuca: iba a resultar insoportable bajo el sol. No tenía tiempo de cortárselo, pero buscó las tijeras en los cajones de la cocina. Cuando las encontró, las guardó en la misma caja de plástico en la que llevaba las pastillas, el tensiómetro, la jeringa y algunas vendas, primeros auxilios básicos para el viaje. También su cuchillo mejor afilado y la bolsa llena de ceniza que finalmente iba a usar. Cargó el tubo de oxígeno: iba a necesitarlo. El auto estaba fresco, la cuerina no había absorbido demasiado calor durante la noche. Subió la heladera de pícnic, con hielo y dos sifones de soda fresca, al asiento delantero. Su hijo debía viajar en el asiento de atrás aunque él hubiese preferido tenerlo a su lado; pero estaba prohibido y no podía tener ningún problema con la policía o con el ejército, que custodiaban brutalmente las rutas. Un hombre solo con un chico podía ser sospechoso. Los represores eran impredecibles y Juan quería evitar incidentes.

Gaspar, llamó, sin levantar demasiado la voz. Como no obtuvo respuesta, entró en la casa para buscarlo. El chico intentaba atarse los cordones de las zapatillas.

–Te hacés un lío bárbaro –le dijo, y se agachó para ayudarlo. Su hijo lloraba pero no pudo consolarlo. Gaspar extrañaba a su madre, ella hacía esas cosas sin pensar: cortarle las uñas, coser los botones, lavarle detrás de las orejas y entre los dedos de los pies, preguntarle si había hecho pis antes de salir, enseñarle cómo hacer un nudo perfecto con los cordones. Él también la extrañaba, pero no quería llorar con su hijo esa mañana. Llevás todo lo que querés, le preguntó. No vamos a volver a buscar nada, te aviso.

Hacía mucho que no manejaba tantos kilómetros. Rosario siempre le insistía con que al menos manejara una vez por semana, para no perder la costumbre. A Juan el auto le quedaba chico como le quedaba chico casi todo: cortos los pantalones, tirantes las camisas, incómodas las sillas. Comprobó que la guía del Automóvil Club estuviese en la guantera y arrancó.

–Tengo hambre –dijo Gaspar.

–Yo también, pero vamos a parar para desayunar en un lugar genial. Dentro de un rato, ¿está bien?

–Si no como, vomito.

–Y a mí me duele la cabeza si no como. Aguantá. Es un rato. No mires por la ventanilla que te mareás más todavía.

Él mismo se sentía peor de lo que quería reconocer. Los dedos de las manos le hormigueaban y reconocía las palpitaciones erráticas de la arritmia en el pecho. Se acomodó los anteojos oscuros y le pidió a Gaspar que le contara el cuento que había leído la noche anterior. A los seis años ya sabía leer muy bien.

–No me acuerdo.

–Sí que te acordás. Yo también estoy de malhumor. ¿Tratamos de cambiar juntos o vamos a hacer todo el viaje con cara de culo?

Gaspar se rió porque había dicho «culo». Después le contó sobre una reina de la selva que cantaba cuando caminaba entre los árboles y a todo el mundo le gustaba escucharla. Un día vinieron soldados y ella dejó de cantar y se hizo guerrera. La atraparon y pasó una noche encerrada y se escapó y para escaparse tuvo que matar al guardia que la vigilaba. Como nadie quiso creer que tenía fuerza para matarlo porque era muy delgada, la acusaron de bruja y la quemaron, la ataron a un árbol que se prendió fuego. Pero a la mañana, en vez del cuerpo, encontraron una flor roja.

–Un árbol de flores rojas.

–Sí, un árbol.

–¿Te gustó la historia?

–No sé, me dio miedo.

–Ese árbol se llama ceibo. Por acá no hay tantos, pero, cuando vea alguno, te lo muestro. Cerca de la casa de tus abuelos hay un montón.

Por el espejo retrovisor vio que Gaspar fruncía el ceño.

–¿Cómo que hay muchos?

–Es una leyenda, ya te expliqué lo que es una leyenda.

–¿Entonces la chica no existe?

–Se llama Anahí. A lo mejor ella existió, pero la historia de las flores se cuenta para recordarla, no porque haya pasado de verdad.

–¿Entonces pasó de verdad o no?

–Las dos cosas. Si y no.

Le gustaba ver cómo Gaspar se ponía serio y hasta enojado, cómo se mordía el costado del labio y abría y cerraba una mano.

–¿Ahora queman a las brujas también?

–No, ya no. Pero tampoco hay muchas brujas ahora.

Era fácil salir de la ciudad un domingo de enero por la mañana. Antes de lo que esperaba, los edificios quedaron atrás. Y las casas bajas y las de chapa de las villas de la periferia. Y de pronto aparecieron los árboles y el campo. Gaspar ya dormía y a Juan el sol le quemaba el brazo como a un padre común en un fin de semana de club y paseo. Pero no era un padre común, las personas a veces lo sabían cuando lo miraban a los ojos, cuando hablaban con él un rato, de alguna manera reconocían el peligro: no podía ocultar lo que era, no era posible esconder algo así, no demasiado tiempo.

Estacionó frente a un bar que anunciaba submarinos y medialunas. Vamos a desayunar, le dijo a Gaspar, que se despertó de inmediato y se restregó los ojos azules, enormes, un poco distantes.

La mujer que limpiaba las mesas tenía todo el aspecto de ser la dueña del local y de ser afable y chismosa. Los miró con curiosidad cuando se sentaron lejos de la ventana, cerca de la heladera. Un chico con su autito de colección en la mano y su padre que medía dos metros y tenía el pelo largo y rubio rozándole los hombros. Les limpió la mesa con un trapo y tomó el pedido en una libreta, como si el bar estuviese lleno. Gaspar quiso un submarino y facturas con dulce de leche; Juan pidió un vaso de agua y un sándwich de queso. Se sacó los anteojos oscuros y abrió el diario que estaba sobre la mesa aunque sabía que las noticias importantes no salían en la prensa. No había noticias de los centros clandestinos de detención, ni de los enfrentamientos nocturnos, ni de los secuestros, ni de los niños robados. Solo crónicas sobre el Mundialito que se jugaba en Uruguay, que no le interesaba. Fingir normalidad a veces era difícil cuando estaba distraído, cuando estaba tan irremediablemente triste y preocupado. La noche anterior había intentado, otra vez, comunicarse con Rosario. No lo conseguía. Ella no estaba en ningún lado, no lograba sentirla, se había ido de una manera que le resultaba imposible entender o aceptar.

–Hace calor –dijo Gaspar.

El chico estaba transpirado, el pelo húmedo, las mejillas coloradas. Juan le tocó la espalda. Tenía la remera empapada.

–Esperame acá –le dijo, y fue al auto a buscar una remera seca. Después lo llevó al baño del bar, para mojarle la cabeza, secarle el sudor, ponerle la remera, que olía un poco a nafta.

Cuando volvieron a la mesa, los esperaban el desayuno y la mujer; Juan le pidió otro vaso de agua para Gaspar.

–Hay un camping precioso acá, si se quieren refrescar en el río.

–Gracias, no tenemos tiempo –dijo Juan, intentando sonar amable. Se desprendió un poco más los botones de la camisa.

–¿Viajan solitos? ¡Qué ojazos tiene este nene! ¿Cómo te llamás?

Juan tuvo ganas de decir hijo, no le contestes, comamos mientras la dejo muda para siempre, pero Gaspar dijo su nombre y la mujer, ya lanzada, preguntó con voz hipócrita, aniñada:

–¿Y tu mami?

Juan sintió el dolor del chico en todo el cuerpo. Era primitivo y sin palabras; era crudo y vertiginoso. Tuvo que aferrarse de la mesa y hacer un esfuerzo para desprenderse de su hijo y de ese dolor. Gaspar no podía contestar y lo miraba buscando ayuda. Se había comido solamente media factura. Tenía que enseñarle a no aferrarse así, ni a él ni a nadie.

–Señora –Juan trató de controlarse, pero sonó amenazante–, ¿qué mierda le importa?

–Es para dar conversación nada más –contestó ella, ofendida.

–Ah, qué bien. Usted se enoja porque no tiene su conversación imbécil y nosotros sufrimos su indiscreción de necia, de vieja chusma. ¿Quiere saber? Mi mujer murió hace tres meses atropellada por un colectivo que la arrastró dos cuadras.

–Lo siento mucho.

–No. Usted no siente nada porque no la conocía ni nos conoce a nosotros.

La mujer quiso decir algo más, pero se alejó casi lloriqueando. Gaspar lo miraba todavía, pero tenía los ojos secos. Estaba un poco asustado.

–No pasa nada. Terminá de comer.

Juan mordisqueó su sándwich de queso; no tenía hambre pero no podía tomar la medicación con el estómago vacío. La mujer volvió con gesto de disculpas y los hombros adelantados. Traía dos jugos de naranja. Invita la casa, dijo, y le pido perdón. No me imaginaba una tragedia así. Gaspar jugaba con su auto de colección colorado, un modelo nuevo al que se le abrían las puertas y el baúl, regalo de su tío Luis, enviado desde Brasil. Juan obligó a Gaspar a terminarse el submarino y se levantó para pagar en el mostrador. La mujer seguía pidiendo disculpas y Juan se agotó. Cuando ella extendió la mano para recibir el dinero, él le tomó la muñeca. Pensó en enviarle un símbolo que la enloqueciera, que le metiese en la cabeza la idea de arrancarle la piel de los pies a su nieto o hacer un estofado con su perro. Se contuvo. No quería cansarse. Mantener este viaje con su hijo en secreto ya lo había agotado y tendría consecuencias. Así que dejó a la mujer en paz.

Gaspar lo esperaba en la puerta: se había puesto sus anteojos oscuros. Cuando intentó sacárselos, el chico salió corriendo, riéndose. Juan lo atrapó cerca del auto y lo alzó: Gaspar era liviano y largo, pero no iba a ser tan alto como él. Decidió que buscarían un lugar para almorzar antes de seguir hacia Entre Ríos.

El día había resultado agotador a pesar de la absoluta normalidad de todo el viaje: poco tránsito, un almuerzo delicioso en una parrilla al paso y la siesta a la sombra de los árboles, la orilla fresca por la brisa del río. El dueño de la parrilla también les había dado charla, curioso, pero, como no había preguntado por su mujer, Juan decidió conversar mientras tomaba un poco de vino. Se había sentido mal después de la siesta y durante todo el trayecto hasta Esquina: el calor era inaudito. Pero ahora, cuando pedía una habitación y trataba de hacerle entender al encargado que necesitaba una cama matrimonial para él y otra de una plaza para su hijo y que no importaba el precio, se daba cuenta de que, además, podía necesitar asistencia. Pagó por adelantado y aceptó que alguien más subiera los bolsos por la escalera. En la habitación encendió el televisor para entretener a Gaspar y se acostó en la cama. Sabía cómo evaluar lo que sentía: la arritmia estaba fuera de control, podía escuchar el soplo, ese ruido de esfuerzo, la náusea de las válvulas confundidas, le dolía el pecho, le costaba respirar.

–Gaspar, pasame el bolso –pidió.

Sacó el tensiómetro y comprobó que tenía la presión baja, lo que era bueno. Se acostó en diagonal, la única manera de que sus pies quedaran sobre el colchón, y, antes de tomar las pastillas e intentar descansar, en lo posible dormir, arrancó una hoja del anotador que el hotel dejaba para los huéspedes en la mesa de luz y con la lapicera (decía «Hotel Panambí – Esquina») escribió un número.

–Hijo, escuchame bien. Si no me despierto, quiero que llames a este número.

Gaspar abrió mucho los ojos y después hizo pucheros.

–No llores. Es por si no me despierto, nada más, pero me voy a despertar, ¿está bien?

Sintió que el corazón daba un salto, como si aumentara de velocidad con una palanca de cambios. ¿Iba a poder dormir? Se llevó los dedos al cuello. Ciento setenta, quizá más. Nunca había tenido tantas ganas de morir como ahora, en esa habitación de hotel de provincias, y nunca había tenido tanto miedo de dejar solo a su hijo.

–Es el teléfono de tu tío Luis. Tenés que marcar 9, te da tono y ahí recién marcás el número del tío. Si no me despierto, sacudime. Y si cuando me sacudís no me despierto, lo llamás a él. A él primero, después al señor de abajo, el de la entrada, ¿me entendés?

Gaspar dijo que sí y con el número apretado en el puño se acostó a su lado, cerca, pero lo bastante lejos para no molestarlo.

 

Juan despertó transpirado y sin sueños. Era de noche, pero la habitación estaba apenas iluminada: Gaspar había encendido el velador y leía. Juan lo miró todavía sin moverse: el chico había sacado del bolso su libro y esperaba, el papel con el número de teléfono estaba a su lado, sobre la almohada. Gaspar, lo llamó, y el chico reaccionó con delicadeza, dejó el libro, se le acercó gateando, le preguntó si estaba bien; como un adulto, como se lo habían preguntado tantas veces tantos adultos que lo habían cuidado. Juan se sentó y esperó un minuto antes de contestar. El corazón había vuelto a un ritmo normal, o lo que para él era relativamente normal. No estaba agitado, no estaba mareado. Estoy bien, sí, le dijo, y sentó a Gaspar sobre sus piernas, lo abrazó, le acarició el pelo oscuro.

–¿Qué hora es?

Gaspar le señaló el reloj con el dedo.

–Ya sabés leer la hora, decime.

–Las doce y media.

En ese pueblo no iba a haber nada abierto para cenar tan tarde. Podía, claro, caminar hasta el centro, entrar en alguna despensa o restorán cerrado y hacerse con lo que quisiera, abrir una puerta era muy sencillo. Pero, si alguien los veía, tendría que lidiar con ese testigo. Y cada pequeño acto semejante se acumulaba hasta convertirse en una cadena larga y agotadora de rastros que borrar, ojos que cerrar, recuerdos que hacer desaparecer. Se lo habían enseñado hacía años: era mejor tratar de vivir con la mayor normalidad posible. Él podía conseguir cosas que para la mayoría de la gente eran imposibles. Cada conquista, sin embargo, cada ejercicio de la voluntad para lograr lo deseado, tenía un precio. En cuestiones poco importantes no valía la pena pagarlo. Ahora debía convencer a quienquiera que estuviera de noche como conserje del hotel de que le preparase comida. No sentía hambre; seguramente Gaspar tampoco. Pero el chico no había merendado, él se había olvidado de sacar las sodas del auto, tenía que comportarse como un padre.

Antes de dejar la habitación, sin embargo, debía bañarse, porque apestaba. Y a lo mejor cortarse un poco el pelo. Gaspar también necesitaba un baño, no con tanta urgencia. Se levantó de la cama con Gaspar todavía en brazos y lo llevó hasta la ducha. Abrió el agua caliente, esperó un rato y confirmó lo que sospechaba.

–Yo con fría no me baño –dijo Gaspar.

–Hace calor, vamos, ¿no? Entonces, después te limpio con una toalla.

Juan se metió en la ducha y escuchó que Gaspar hablaba, sentado sobre la tapa del inodoro, le contaba lo que había leído y lo que había visto desde la ventana del hotel, pero él no prestaba atención. La ducha estaba demasiada baja y tenía que agacharse para poder lavarse la cabeza, pero al menos el hotel ofrecía champú y jabón. Con la cintura envuelta en una toalla, se paró frente al espejo: el pelo mojado le llegaba por debajo de los hombros y tenía las ojeras hinchadas.

–Traeme las tijeras, están en el bolso chico.

–¿Me dejás cortarte? Un poco.

–No.

Juan se quedó mirando su reflejo, los hombros anchos, la cicatriz oscura que le partía el pecho, la quemadura en el brazo. Rosario siempre le cortaba el pelo. Varias veces lo había afeitado también. Se acordaba de sus aros grandes, que nunca se sacaba, ni para dormir a veces. Se acordaba de cómo había llorado una vez, en cuclillas y desnuda en el piso del baño, porque había engordado durante el embarazo. Cómo se cruzaba de brazos cuando escuchaba algo que le parecía estúpido. La recordaba gritándole en la calle, furiosa; lo fuerte que era cuando lo golpeaba con los puños cerrados en alguna pelea. ¿Cuántas cosas no sabía hacer solo, cuántas había olvidado, cuántas solamente conocía ella? Usó el peine para estirar el pelo y cortó con toda la prolijidad que pudo. Se dejó un mechón más largo adelante y usó el secador para averiguar si había hecho un desastre. El resultado le pareció aceptable. Tenía un poco de barba, pero solamente se notaba porque estaba demasiado pálido. Tiró el pelo cortado, que había dejado caer sobre un pañuelo, en el inodoro.

–Vamos a ver si conseguimos algo de comer.

El pasillo del hotel estaba muy oscuro y olía a humedad. La habitación que les habían dado quedaba justo en la esquina, junto a la escalera. Juan dejó que Gaspar saliera primero y el chico, en vez de bajar directamente, corrió por el pasillo. Al principio Juan creyó que iba hacia el ascensor. Pero enseguida se dio cuenta de que Gaspar percibía lo mismo que él, aunque la diferencia era radical: en vez de evitarla –Juan estaba tan acostumbrado a esas presencias que las ignoraba–, la iba a buscar, atraído. Lo que se escondía al final del pasillo estaba asustado y no era peligroso, pero era antiguo y, como todo lo muy viejo, era voraz y desdichado y envidioso.

Por primera vez su hijo tenía una percepción, al menos en su presencia. Estaba esperando que sucediera, Rosario insistía en que iba a suceder pronto y ella solía tener razón, pero comprobar que en efecto Gaspar había heredado esa capacidad lo desalentó, le cerró la garganta. No tenía muchas esperanzas sobre la normalidad de su hijo, pero en ese pasillo se desvanecieron del todo y Juan sintió el desaliento como una cadena alrededor del cuello. La condena heredada. Trató de fingir tranquilidad.

–Gaspar –dijo, sin levantar la voz–. Es por acá. Por la escalera.

El chico se dio vuelta en el pasillo y lo miró con una expresión confusa, como si despertase en una habitación extraña después de un sueño de días. La mirada duró un segundo, pero Juan la reconoció. Tenía que enseñarle cómo cerrarse a ese mundo flotante, esos pozos pegajosos, cómo evitarlos. Y tenía que empezar pronto porque recordaba el espanto de su propia infancia y Gaspar no tenía por qué vivir lo mismo.

Mi hijo va a nacer ciego, repetía la presencia del final del pasillo, que no tenía pelo y llevaba puesto un vestido azul. Gaspar no podía escucharla aunque a lo mejor la había visto. De ella había hablado en el baño, antes: una mujer sentada en la plaza frente al hotel, que miraba hacia la ventana con la boca abierta. Juan no le había prestado atención porque no lo había contado con miedo y eso era bueno. El chico tenía razón intuitivamente: no había nada que temer, esa mujer era apenas un eco. Había muchos ecos, ahora. Siempre había cuando se perpetraba una matanza; el efecto era idéntico al de los gritos en una cueva, permanecían hasta que el tiempo les ponía un final. Faltaba mucho para ese final y los muertos inquietos se movían con velocidad, buscaban ser vistos. The dead travel fast, pensó.

Bajaron por la escalera en silencio para no despertar a los huéspedes. La que seguramente era una de las dueñas del hotel hojeaba una revista en la recepción. Levantó la cabeza cuando los vio entrar y se puso de pie; con un solo gesto rápido se acomodó la blusa y el pelo, oscuro, algo revuelto.

–Buenas noches –dijo–. ¿Los puedo ayudar en algo?

Juan se acercó al mostrador y apoyó una de las manos sobre la guía telefónica que estaba abierta al lado de la lámpara.

–Buenas noches, señora. ¿Por casualidad habrá algo abierto para comer?

La mujer ladeó la cabeza.

–A lo mejor pueden encontrar algo en la parrilla del club de pescadores, pero me dejan que les llamo y pregunto, porque es un tirón.

Un tirón, pensó Juan, imposible, en ese pueblo chico nada podía quedar muy lejos. Las paredes de la recepción cubiertas hasta la mitad de madera, el piso marrón plastificado, las llaves colgando del tablero. Gaspar se había acercado a una pecera pequeña y acompañaba con el dedo el nado de un pececito. No atiende nadie, dijo la mujer después de intentar comunicarse durante un rato. Bueno, nos iremos a dormir sin comer. Juan sonrió y notó que la mujer –que era joven, poco menos de cuarenta años, pero parecía mayor en la luz triste del hotel silencioso– lo miraba en detalle y sin disimulo. Me quedé dormido, dijo Juan. El viaje es largo desde Buenos Aires y no estaba bien descansado.

Afuera el silencio era total. Vio pasar las luces azules de un patrullero pero apenas oyó el motor. ¿Incluso custodiaban este pueblo?

–Perdone la indiscreción –dijo la mujer, y salió de atrás del mostrador de la recepción. Se abanicaba. El ventilador estaba encendido, sin embargo–. ¿Ustedes están en la 201? Mi empleado me dijo hoy que le parecía que el señor de la 201 no se sentía bien. Nos preocupamos, pero, como no escuchamos nada y no llamó acá, no quisimos molestarlo.

–¿Y cómo sabe que soy yo el de la 201?

La mujer, entre tímida y coqueta, respondió:

–Mi empleado dijo es un señor altísimo y rubio con una criatura.

–Gracias por la preocupación, señora. Ahora me siento bien, tenía que descansar. Tuve una cirugía hace seis meses, a veces creo que ya estoy totalmente recuperado y me extralimito.

Y deliberada, teatralmente, Juan apoyó apenas una mano sobre la camisa oscura que llevaba abierta hasta la mitad del pecho, para que fuera evidente y visible la enorme cicatriz.

–Vamos –dijo ella–. Les hago unos sándwiches, aunque sea. ¿El nene come tallarines? Los calentamos a baño maría con un poco de manteca y listo.

–¿Qué son tallarines? –preguntó Gaspar, que había abandonado la pecera.

–Fideos, mitaí –le dijo la mujer, y se arrodilló–. ¿Te gustan con manteca y queso?

–Sí. Con salsa también.

–A ver qué te podemos hacer.

–¿Puedo mirar cuando cocina?

–Le gusta cocinar –dijo Juan, y encogió los hombros para demostrar su desconcierto.

Una hora después Gaspar había aprendido a usar el abrelatas, los dos habían comido una pasta algo pegoteada con una salsa deliciosa, habían tomado agua fresca, con hielo, y la mujer los había acompañado con un vaso de vino dulce y cigarrillos. Cuando terminaron, Juan se ofreció a lavar los platos para que ella pudiera volver a la recepción y la mujer aceptó; antes de irse, le dijo ojalá se ponga bien pronto. Gaspar ayudó a secar, pero antes le dijo gracias a la mujer con los labios manchados de salsa de tomate y ella le dio un beso en la frente.

 

Gaspar se negó a entrar en la habitación: en la puerta, inmóvil, le brillaban los ojos y parecía asustado.

–Papi, hay una señora en la pieza –le dijo. Juan parpadeó para verla y sentirla: era la misma del pasillo, que se movía por el hotel.

–No la mires. –Le tomó la cara a Gaspar con las dos manos; eran tan grandes que casi le rodeaban totalmente la cabeza–. Mirame a mí.

Después se sentó en el piso y encendió el velador. Por suerte Gaspar no escuchaba lo que la mujer decía. Siempre era mejor solamente ver. Juan la escuchó un minuto, por curiosidad. La misma repetición desesperada y solitaria de la muerte, el eco de la muerte. Después estuvo sordo para ella pero no la echó, eso tenía que aprender a hacerlo su hijo y rápido. Juan no quería que tuviese miedo ni un minuto más.

–Escuchame bien ahora.

–¿Quién es, papi?

–No es alguien. Es un recuerdo.

Le apoyó una mano debajo del esternón y sintió el corazón de su hijo rápido, fuerte, sano. La envidia le secó la boca.

–Cerrá lo ojos. ¿Sentís mi mano?

–Sí.

–¿Qué te toco?

–La panza.

–¿Y ahora?

Con dos dedos de la otra mano le ubicó la vértebra que estaba detrás del estómago.

–La espalda.

–No, la espalda no.

–La columna.

–Ahora tenés que pensar en lo que está entre mis manos, como cuando te duele la cabeza y me contás que te parece que tenés algo adentro. Bueno, pensá en lo que está adentro.

Gaspar apretó los ojos y se mordió el labio de abajo.

–Ya está.

–Bueno, ahora decile a la señora que se vaya. No se lo digas hablando. Se lo podés decir en voz baja si querés, pero decíselo como si esta parte tuya que está entre mis manos pudiese hablar. ¿Me entendés? Es importante.

Esto podía tomar toda la noche, Juan lo sabía.

–Ahí le dije.

Juan miró a la mujer, que seguía al lado de la cama, embarazada, y la boca abierta, seguramente hablando todavía de su primer hijo, con los ojos vacíos.

–Otra vez. Como si le hablaras desde ahí, como si tuvieras una boca adentro.

–¿Se lo digo fuerte?

¿Qué clase de pregunta era esa? Se merecía una respuesta a la altura de esa duda tan pertinente

–Sí, hoy sí.

La imagen de la mujer desapareció lentamente, como se desvanece el humo. El aire de la habitación se limpió como si se hubieran abierto las ventanas. La luz del velador se hizo más clara.

–Muy bien, Gaspar, muy bien.

Gaspar miró alrededor de toda la habitación buscando a la mujer que se había ido. Estaba serio.

–¿Y no vuelve más?

–Si vuelve, hacés lo mismo que recién.

Gaspar estaba temblando, un poco por el esfuerzo, un poco por el miedo. Juan recordó la primera vez que él había echado a un desencarnado: le había resultado igual de fácil, quizá incluso un poco más fácil dadas sus circunstancias. Ojalá este fuese el fin de las capacidades heredadas de Gaspar. Ojalá nunca lograra el tipo de contacto del que él era capaz. Rosario estaba segura de que el chico iba a heredar sus capacidades. De pronto el recuerdo fue tan vívido que lo sintió como si tocara accidentalmente a un insecto en la oscuridad: Rosario, terca, sentada en la cama, con su bombacha blanca de algodón y el pelo atado en una cola de caballo alta. Gaspar iba a heredar todo, todo lo que él cargaba. Sintió calor en los ojos.

–Ahora voy a seguir durmiendo porque en un rato tengo que manejar.

–Quiero dormir con vos.

–No tengas miedo. Andá a tu cama. Si no podés dormir, leé tu libro. La luz no me molesta.

Pero Gaspar no quiso leer. Se acostó boca arriba y esperó que llegara el sueño, con una disciplina impropia de su edad. No había bajado las persianas, así que las pocas luces de la calle iluminaban apenas la habitación y las ramas de un árbol se reflejaban en las paredes. Juan esperó hasta que la respiración de Gaspar le indicó que dormía y entonces se le acercó: los labios separados, los dientes de leche pequeños, la transpiración pegoteándole el pelo en la frente.

Podía hacerlo sentado en su propia cama, al lado de Gaspar. Pero no quería que el chico se despertase y lo viera. El baño era un lugar tan bueno como cualquier otro. No necesitaba mucho: apenas silencio, el pelo de Rosario, algún instrumento afilado y las cenizas.

Sentado sobre las baldosas frías, enredó el mechón de pelo de Rosario que llevaba encima, guardado en una cajita, entre sus dedos. Me prometiste, le dijo en voz baja. Y había sido una promesa seria, una promesa en sangre y herida, no de palabras sentimentales.

Tomó un puñado de ceniza de la bolsa de plástico y la regó sobre el suelo, frente a él, para dibujar el signo de la medianoche. Desde la muerte de Rosario lo hacía todas las noches con idéntico resultado: el silencio. Un desierto de arena fría y estrellas opacas. Incluso había intentado métodos más rudimentarios y la respuesta era siempre la misma: el viento sobre el vacío.

Repitió las palabras, acarició el mechón de pelo, hizo la llamada en el lenguaje infeccioso que se debía usar para el ritual de la ceniza. Y con los ojos cerrados vio las habitaciones y los rincones vacíos, las hogueras apagadas, las ropas abandonadas, los ríos secos, pero siguió vagando hasta que volvió al baño del hotel, al silencio y la lejana respiración de su hijo, y volvió a llamar. Ni un roce, ni un temblor, ni un engaño, ni una sombra tramposa. Ella no venía ni estaba a su alcance y, desde su muerte, no había conseguido una sola señal de su presencia.

Había hecho ofrendas impropias, los primeros días. La verdadera magia no se hace entregando la sangre de los demás, le habían dicho alguna vez. Se hace entregando la propia y abandonando toda esperanza de recuperarla. Juan tomó la gillette que había puesto a su lado y se cortó la palma de la mano en diagonal, siguiendo vagamente la línea que llamaban de la mente o de la cabeza. Era una herida insoportable, que nunca terminaba de curarse, la peor posible y, por eso mismo, la que funcionaba. Cuando, en la oscuridad, sintió el calor de la sangre, apoyó la mano sobre el signo de cenizas trazado en el piso. Dijo las palabras necesarias y esperó. El silencio era vertiginoso. Juan sabía que era un síntoma de su propia pérdida de poder. Si era porque estaba muy enfermo o porque se había desgastado demasiado no lo sabía, pero la sensación de debilidad resultaba muy obvia. Hacer este llamado apenas le requería un esfuerzo: el mundo de los muertos estaba muy cercano para él y era una puerta liviana, vaivén. Con otro ritual, casi cualquier otro, podía dudar de su capacidad para hacerlo. Con este no. Este era como estirar las piernas.

Se lavó la mano, resignado, y limpió la sangre del piso con una de las toallas. Ya no se enojaba. Después de los primeros intentos fallidos había insultado a Rosario, había roto muebles y casi se había quebrado los dedos de darle puñetazos al piso. Ahora sencillamente levantaba los restos resignado y volvía a guardar el mechón de pelo en la caja. For the dead travel fast, pensó otra vez. Era cierto, en general. A él se le negaba esa rapidez habitual.

Gaspar seguía durmiendo aunque había pasado bastante tiempo: el ritual del signo de la medianoche parecía corto para el que lo hacía, pero tomaba varias, inadvertidas, horas. Juan se cubrió la herida con una venda. Amanecía cuando se echó un poco de alcohol sobre el tajo que nunca terminaba de curarse porque debía seguir cortando y cortando en el mismo lugar para darle sangre a la ceniza que no le traía más que ese silencio tan sospechoso, que le hacía pensar en su mujer silenciada, con los labios cosidos por alguien que quería separarlos definitivamente.

 

El desayuno del hotel se servía en un salón comedor de paredes blancas y mesas cubiertas con manteles a cuadros. La decoración era pinturas de peces, pescados disecados detrás de vidrios y otra pecera, un poco más grande que la de la recepción. Esquina era una especie de capital de la pesca. Juan no había pescado un solo día de su vida. Y no entendía por qué, si el tema recurrente del hotel era la fauna ictícola, se llamaba Panambí, que quería decir «mariposa» en guaraní. No había mariposas por ningún lado, ni siquiera en el logo. Tomó un té poco cargado y le untó tostadas con dulce de leche a Gaspar, que estaba muy callado.

–¿Qué pasa?

–¿Estás enojado conmigo?

–No, hijo, estoy de malhumor. Cuando termines de desayunar, vamos al agua.

Gaspar había llorado toda la mañana, hasta que bajaron a desayunar. Desde que había muerto su madre lloraba todos los días, cuando se despertaba. A veces porque sí, a veces se enojaba por alguna tontería, a veces decía que le dolía la cabeza o tenía sueño o calor. Soñaba con ella, Juan lo sabía; en general soñaba que su muerte era un sueño. A veces Juan lo dejaba llorar solo, a veces se sentaba a su lado en silencio, a veces le lavaba la cara con agua fría, pero nunca sabía exactamente qué hacer. Esa mañana, cuando Gaspar se había tranquilizado después de un llanto gritado, después de tirarse del pelo e incluso darle puñetazos a la almohada, le había propuesto ir a la playa. Gaspar había aceptado preguntándole si el agua era fría como en Mar del Plata. Le explicó que no, que era un río, y los ríos eran distintos, más parecidos a una pileta. Era mentira, pero servía. Juan era el que necesitaba nadar y ya era momento de que su hijo mejorara la poca técnica que le había enseñado. Él había aprendido a los ocho años y por pura irresponsabilidad de su hermano, que cuando lo sacaba a pasear no sabía cómo entretenerlo y un día lo había llevado a un club. Juan sabía que lo tenía prohibido; su médico, Jorge Bradford, le había indicado que no podía hacer ejercicios fuertes. Bradford jamás se había enterado de las tardes en la pileta o se había hecho el tonto: su médico siempre tenía actitudes ambivalentes, gestos de extrema generosidad y posiciones mezquinas, a menudo impredecibles.

Bradford le había enseñado a cerrarse a los seis años, cuando él se recuperaba de una crisis cardíaca: muchas de las cosas más importantes de su vida habían ocurrido en una cama de hospital, entre el dolor, la anestesia y el miedo. Usó el mismo método que él le había enseñado a Gaspar la noche anterior. El doctor Bradford, que lo había operado cuando estaba desahuciado, que lo visitaba todos los días y que iba a adoptarlo con la excusa de darle los cuidados que necesitaba. Un secuestro elegante. Una compra: había pagado dinero por él. Es un milagro, les había dicho Bradford a sus padres, un milagro que todavía esté vivo, necesita tratamientos y cuidados que por desgracia ustedes, por su situación económica, no pueden ofrecerle. Ellos habían aceptado.

Aquella noche en la cama de hospital Juan no podía bajarles el volumen a las voces, sentía manos tocándole todo el cuerpo –por adentro y por afuera–, veía gente alrededor de su cama aunque cerrara los ojos. Y Bradford lo sentó, le humedeció el pelo con agua fresca y le dijo más o menos lo mismo que él le había dicho a Gaspar. Usá la voz entre la columna y el estómago, deciles que se vayan y se van. Recordaba claramente que lo había intentado varias veces, guiado por los ojos oscuros y codiciosos de ese hombre hasta que llegó el silencio y la sala de terapia intensiva volvió a ser un cuarto lleno de moribundos y lastimados. Bradford se había quedado con él hasta que consiguió dormir. A la mañana, al despertar, volvieron las voces y las imágenes y Bradford seguía ahí. Otra vez le indicó qué hacer y Juan lo consiguió al primer intento. Después Bradford le pidió que le contase lo que veía. Y Juan enumeró: despertar y que con el desayuno estuviese sentado a la mesa, o en la cama, un cadáver; las bocas que se reían de él, la mano que le tapaba la cara y no lo dejaba respirar por la noche, los pájaros y los bichos que lo atacaban volándole directo a la cabeza cuando salía al patio, las dos caras chiquitas que lo miraban desde debajo de la piedra que su madre usaba para mantener abierta la puerta del galpón del fondo. Se lo había contado a sus padres, pero ellos no parecían entender. Bradford sí.

Sus padres le tenían miedo: trataban de tranquilizarlo y querían cambiarle de tema. Su hermano Luis era distinto. Él también se asustaba, pero intentaba ayudar. Le decía que pensara en otras cosas. Le había enseñado a nadar.

Ahora él tenía que enseñarle a su hijo, pero primero quería nadar solo, un rato, en el río. Manejó hasta el balneario de la ciudad, que era precioso y limpio y estaba casi vacío, y sentó a Gaspar sobre el pasto, bajo un árbol, con la heladerita a su lado. Le sirvió soda en un vaso de plástico y le dijo papá se va a nadar, pero, si alguien se te acerca, se va a enterar, no te preocupes. No te vayas porque te encuentro y después ya sabés lo que pasa.

Cuando entraba en el agua, se cruzó con una pareja, que salía del río. Ella era bonita, tenía una malla enteriza azul y lo saludó; el hombre lo miró con cierta agresividad y tomó a su mujer de la cintura con fuerza. Ninguno de los dos pudo evitar estudiarle la cicatriz del pecho sin disimulo. A Juan no le importaba. Nadó quince minutos, lo justo para no agitarse demasiado. Podía nadar mucho más tiempo, pero, si después tenía que manejar, no quería estar cansado. El río se veía plateado bajo el sol, pero el agua estaba algo turbia. Flotó un rato antes de salir: de su hijo no sentía más que calma. Cuando el agua le llegó a las rodillas, le hizo señas a Gaspar y le gritó vení que tenés que aprender, sacate la remera y las zapatillas. Acostó a Gaspar sobre el agua y se agachó un poco. Yo te sostengo, le dijo, cuando notó que el chico se retorcía por el miedo a hundirse. Pataleá, le dijo, empapame, hacé ruido.

Había algo en esa mañana calurosa y la piel resbalosa del chico en sus manos le hizo sentir a Rosario a su lado y la recordó muerta de frío en un campo de Inglaterra, la recordó cantándole una canción que decía tonight will be fine, bailando una canción de Bowie y quejándose porque nunca pasaban buena música en la radio, y su cuello y sus pechos, que eran grandes pero ella jamás usaba corpiño, ni siquiera después del nacimiento de Gaspar, y las mañanas que la despertaba, ella quejándose, dejame dormir, pero después de un rato también lo abrazaba y él le levantaba las piernas, las ponía sobre sus hombros y la acariciaba con la lengua y los dedos hasta que ella se humedecía.

No podía encontrarla. Podía ver a esa pobre mujer embarazada del hotel, podía ver a cientos de asesinados todos los días y sin embargo no podía dar con ella. Se lo había pedido, cuando estaba viva, una vez, casi en chiste, imitando a un personaje de novela, no me dejes solo, haunt me, no había palabras en castellano para ese verbo, haunt, no era embrujar, no era aparecer, era haunt, pero ella nunca se lo había tomado en serio. Si él debía morirse primero, era lo más lógico, era ridículo que todavía estuviese vivo.

A veces pensaba que Rosario se estaba escondiendo. O que algo no la dejaba acercarse. O que se había ido demasiado lejos.

–¿Y ahora?

–Ahora metés la cabeza abajo del agua. Pero sin taparte la nariz.

–Me ahogo.

–No te ahogás para nada.

Practicaron dejar de respirar afuera del agua. Gaspar llenaba los cachetes de aire y Juan empezó a sentir el inconfundible dolor de cabeza en las sienes. Demasiado tiempo bajo el sol. Pero no iba a irse hasta que el chico aprendiera a aguantar la respiración.

De vuelta bajo el árbol, se sirvió soda fría y le agregó algunos de los hielos que ya flotaban en la heladerita. Se tragó dos pastillas y cerró los ojos apoyado sobre las raíces para que el dolor cediera un poco. Le latía la cabeza, pero al menos le latía de manera regular, algo lenta.

–No me ahogué –dijo Gaspar de repente.

–Viste. Es fácil nadar, vas a aprender enseguida.

–¿Te vas a despertar?

–No estoy durmiendo, estoy descansando.

–¿Querés un sánguche?

–No, en un rato vamos a comer. Y esta noche vamos a ver a Tali.

–¿Me puedo hacer un sánguche para mí?

 

La mejor manera de orientarse para llegar a la casa de Tali era encontrar, sobre la ruta, un viejo puente de hierro oxidado que estaba en desuso, sobre el que crecía la vegetación imparable del Litoral con sus lianas y sus flores. Una vez que se llegaba al puente, aparecía la vieja Capilla del Diablo y entonces solamente había que seguir derecho por un camino de tierra que resultaba intransitable si estaba embarrado. La capilla era la entrada formal a Colonia Camila. Tali amaba vivir ahí, en ese pueblo de doscientas personas y dos almacenes.

Tali era su medio cuñada. La hija del padre de Rosario con su amante correntina, una mujer de clase media que se había ido a vivir al campo, había fundado un templo para San La Muerte y se había hecho famosa en la región como sanadora y como una gran belleza. Ella había muerto joven – Juan y Rosario sabían que, aunque se había enfermado, la muerte estaba lejos de ser natural– y Adolfo Reyes, que la quería de verdad y era coleccionista de imágenes del santo (de hecho así se habían conocido), había conservado su templo. Tali ahora continuaba la tradición de su madre, que, para ella, era una «guardiana» o «promesera». Con Rosario había armado una sala dedicada a San La Muerte en el Museo de Arte Popular de Asunción, parte de la colección permanente; era reconocida como la mejor del Paraguay, de la región y probablemente del mundo.

Desde hacía años, en el santuario de Tali se organizaban festejos semiclandestinos. Colonia Camila estaba lejos de cualquier ciudad, cerca del río pero extrañamente aislada de balnearios y muelles: ahí se podía ser devoto con relativa tranquilidad de un culto que disgustaba a la Iglesia y provocaba miedo y desconfianza. En el último tiempo, Tali había mantenido su santuario en un discreto silencio. Sabía de militares que destrozaban altares domésticos en allanamientos y a veces se llevaban secuestrados a los dueños, los tenían algunas noches detenidos en una comisaría solo como una demostración de poder. Ella era hija de un hombre rico y bien conectado. No iban a tocarla, pero cuidarse no estaba de más.

Adolfo Reyes también había comprado varias hectáreas alrededor del templo y la casa de su hija porque en el terreno estaba la Capilla del Diablo de don Lorenzo Simonetti. Una iglesia construida por un inmigrante italiano que, misteriosamente, nunca había sido consagrada. Tali la limpiaba de noche, iluminada por un farol a querosene. Mucha gente había visto el resplandor de las ventanas y se contaban historias sobre lo que sucedía detrás de las paredes, aunque ninguna era cierta. Juan se lo había confirmado, a Tali y a su padre, más de una vez: la iglesia era extraña, pero no era un lugar visitado. Adolfo Reyes, porque le gustaba divertirse, no se resignó: él había inventado rumores, nuevas historias, tanto que ya era casi imposible diferenciar la ficción del sencillo hecho histórico de esa capilla y ese pueblo olvidado.

Lorenzo Simonetti había llegado a Corrientes con sus ocho hijos, viudo, desde Italia. En 1904, un año después de establecerse en Colonia Camila, empezó a construir la capilla sin pedir permiso a las autoridades eclesiásticas. Era artesano: talló la Virgen en madera de urunday y trató de imitar los rasgos de su esposa muerta de parto. Hizo todo lo demás, la albañilería, los bancos de madera, el vidrio de los precarios vitraux, con ayuda de algunos vecinos. Las campanas se las trajo un compatriota desde Italia. El altar tenía flores de hojalata y diseños de plantas. Una iglesia de la selva y de la frontera, cerca de Brasil y Paraguay.

Don Lorenzo había puesto todo su entusiasmo en la pared de la sacristía. Ahí montó su obra maestra, el motivo del miedo de los vecinos y posiblemente la razón por la que la iglesia no había logrado ser aceptada por la Curia. La talla de madera se conservaba bien a pesar del paso del tiempo y el desgaste de algunos colores. Era una visión del infierno, un retablo de advertencia: niños de cabeza desproporcionadamente grande y piernas retorcidas bailando danzas rituales alrededor de fogatas, jugando con dragones y víboras. Mujeres desnudas, con la cintura encadenada por serpientes. Entre ellos caras alucinadas, ojos redondos siempre abiertos y más reptiles y sobre todo sapos, una verdadera obsesión por los sapos en referencia a la plaga de Egipto. La escena del juicio final la completa la figura de un hombre sentado con un libro, que observa las horribles escenas de dolor con gesto impasible.

Una vez terminada, Simonetti intentó donar la iglesia a la Curia, pero, después de que dos sacerdotes la visitaron, su obsequio fue rechazado. Hubo más negociaciones y más rechazos. Las causas, aparentemente, fueron burocráticas, pero todos se negaban a creer esa explicación. Decían que el retablo representaba a la Salamanca, la reunión de brujos con el demonio, el aquelarre criollo. Decían que don Lorenzo había participado de las ceremonias. Simonetti murió intentando convencer a los curas de lo sagrado de su obra. Quizá cumpliendo una promesa hizo el sacrificio –no era viejo, pero estaba enfermo– de caminar desde Colonia Camila hasta Goya, para entrevistarse con una autoridad de la Iglesia. Cuando volvió, se acostó a descansar y por la mañana estaba muerto.

En el almacén más grande de Colonia Camila, el que tenía un modesto bar, se contaba que lo habían visto al fantasma de Simonetti vestido de negro, caminando hacia Goya. También corrían historias sobre una congregación oscura que le daba la espalda al altar y se arrodillaba frente al retablo del juicio final.

 

Lo oyó antes de verlo, a las seis de la tarde, cuando el sol incendiaba el cielo con una llama amarilla y las palmeras a lo lejos parecían sombras. Tali salió corriendo, el vestido blanco olía a un jabón de jazmín que le habían traído de Paraguay y en el apuro se olvidó de calzarse. Dudó cuando todavía solamente lo oía, pero cuando lo vio desde la pequeña elevación de terreno donde estaba su casa y su templo, no tuvo ninguna duda. Bajo el sol del atardecer el pelo rubio tenía brillos anaranjados y la remera negra se teñía de un azul crepuscular. Incluso cuando se reía así, con la boca abierta y los hoyuelos marcados, con algo tierno en el modo en que quebraba las piernas larguísimas que se resbalaban en el barro, incluso cuando extendía los brazos y le decía a su hijo «dale» y el chico daba pasos chiquitos a su lado, incluso en esa escena familiar y sencilla era entendible que se lo conociera como el Dios Dorado, con sus brazos de venas que parecían cables bajo la piel y las manos demasiado grandes, los dedos finos, las palmas anchas y largas.

Ella nunca había visto a un hombre así antes o después y ahora, cuando volvía a verlo, le parecía tan extraordinariamente hermoso que los ojos se le nublaban y mirarlo era como un atardecer sorprendente, cuando la naturaleza mostraba su peligro y su belleza.

–Ahora te gusta el barro, chamigo –gritó. Esperaba que la voz le saliera firme y así fue, irónica y cálida al mismo tiempo. Juan la reconoció al instante.

–Tali, ¿por qué esta desgracia? ¡Estamos empantanados!

Juan y su hijo –Gaspar, grandecito ya, y delgado– se reían como locos. Tali no podía creerlo. Esperaba encontrarlo tan rabioso y triste como cuando lo había visto hacía unos meses. Y ahora estaba ahí en la puerta de su casa, doblado de risa con los pies hundidos en el barro, diciéndole a su hijo: «¡Son las arenas movedizas de Corrientes!»

–Hagan el esfuerzo, che; si se caen, después se bañan.

Tali se apoyó en la tranquera y se relajó para disfrutar de un espectáculo inaudito: el Dios Dorado divirtiéndose con su torpeza, jugando a que se hundía, fingiendo que gritaba asustado. El chico, más liviano, salió del barro primero y Tali abrió para que pasara. Él la miró a los ojos curioso, alerta. Hola, Tali, le dijo. Y se dio vuelta y aplaudió a los gritos un resbalón que casi dejó a su padre extendido en el camino.

–Sabés, Juancito, que el camino de acá a la vuelta está asfaltado.

–Me mentís.

–Más o menos. Le tiraron ripio nomás.

–¿Por qué es de ripio ese camino? ¿Lleva a algún campo grande?

–No, pero esto es Corrientes. Lógica no podés pedir.

–Después muevo el auto, entonces. Espero que no se haya quedado estancado.

–Lo empujamos.

Juan llegó de un salto a un tramo de pasto seco y de ahí, con dos pasos de sus piernas largas, alcanzó la tranquera con facilidad. Tali por fin pudo verlo de cerca y se dio cuenta de que la ilusión de la luz del atardecer era demasiado esperanzadora: Juan tenía las ojeras hinchadas y había adelgazado; los ojos tan extraños, con su iris de colores mezclados, destellos azules, verdes y algo de amarillo, estaban cansados y adormecidos. Sin embargo lo que le dejó saber a Tali que el chiste del barro era nada más que eso, un chiste, fue la palidez de Juan.

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