Nuestra parte de noche

Mariana Enriquez · Capítulo 4 de 6 · parte 1/6

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Nuestra parte de noche

Círculos de tiza, 1960-1976

Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.

 

Gods always behave like the people who make them.

ZORA NEALE HURSTON

OceanofPDF.com

1

Mi madre tiene el pelo canoso y fino; se le ve el cuero cabelludo. Sobre la frente está casi pelada y hace tiempo que no se preocupa por cubrir el vacío con mechones. A la familia de mi madre se les cae el pelo muy temprano y también se ponen canosos muy jóvenes, como si padecieran una vejez prematura. A mí no me pasa lo mismo y mi padre asegura que él me salvó gracias a su sangre criolla; cuando lo dice levanta el puño al cielo, pero nunca los ojos.

Nací en Buenos Aires, en el edificio familiar de Avenida Libertador. A nosotros tres, porque no tengo hermanos, nos tocó el cuarto piso. Mi tía materna heredó el quinto, y mi tío, el tercero. Los dos primeros pisos se destinaban a fiestas y comidas y otras situaciones sociales poco habituales, de modo que estaban casi siempre vacíos aunque impecables, los suelos lustrados, la platería brillante. Nunca me gustó ese edificio solemne con sus muebles pesados y oscuros, los suelos de madera tan cara que nunca podíamos usar zapatos para no dañarlos y la colección de arte de mi padre que no dejaba un solo espacio en blanco en las paredes.

Me gustaba un poco más la casa del campo, en Chascomús. Nunca íbamos a las otras estancias, más cómodas, algunas magníficas, porque mi madre prefería esta quinta modesta, la primera que ocupó su familia cuando llegó a la Argentina desde Inglaterra, hace doscientos años. Cerca de la casa está el cementerio que en el pueblo llaman «de los ingleses», aunque el grueso de las tumbas es de escoceses. Es pequeño y está muy bien cuidado. Mi abuela está enterrada ahí: murió muy joven y me gustaba visitarla con mi vestido negro y los zapatos de charol. El cementerio es nuestro, de alguna manera, porque mi familia es la que paga los gastos de la parroquia, siempre vacía, y de la limpieza, y de algunos, muy pocos, turistas que se interesan por esta curiosidad pampeana de cruces celtas y musgo verde oscuro que se impregna en la ropa.

Cuando yo era chica, Florence Mathers se quedaba en Libertador solo el tiempo suficiente para recuperarse del viaje y después aceptaba nuestra invitación a la casa de Chascomús. No sé cuántas propiedades tiene en la pampa, seguramente muchas: cría caballos y ganado. A ella le gusta el campo argentino, el vacío y la tristeza de los atardeceres, el perpetuo olor a quemado de las hojas en otoño y el humo de los asados noche y día.

Nuestras familias están ligadas por historia y una amistad de cientos de años, pero la suya dirige la Orden. Varias veces le pregunté a mi abuelo por qué tiene ese privilegio. Según él, en Europa fueron mucho más consecuentes con el Culto de la Sombra que nosotros. Además, Argentina queda muy lejos. ¿Lejos de qué?, preguntaba yo. Es el culo del mundo, me respondía. No podemos participar en la organización de la misma manera que ellos. Aunque, en los momentos clave, siempre hubo un Bradford presente. Somos importantes aunque, a veces, secundarios. El dinero es un país donde hay ciudades más prósperas que otras, aunque todas son ricas, me decía.

Lo que aprendí, con los años, es que la patria de la fortuna es monótona. Las propiedades, los campos, las empresas que otros manejan por nosotros, las viejas casas oscuras, las nuevas casas luminosas, las pieles ajadas de las mujeres que pasan los veranos en el sur de Francia o de España o de Italia, la platería, los gobelinos, las pinturas, las colecciones de arte, los jardines, las personas que trabajan para nosotros y de las que no sabemos nada. No importa que sea Buenos Aires o Londres. No importa, tampoco, que nuestras familias sean las fundadoras de la Orden. Ser rico nos iguala con todos los ricos. Ser fundadores de la Orden nos diferencia del mundo entero.

Mi abuelo fue el encargado de contarme la historia de la Orden. A los descendientes de las familias originales se nos llama hijos de la sangre y todos aprendemos nuestra historia gracias a los relatos de los mayores. Mi abuelo, Santiago Bradford, nos sentó, a mí y a mi prima Betty, sus dos nietas, en el patio de Puerto Reyes; de todas nuestras propiedades es mi favorita, mi casa amada de Misiones, incómoda y calurosa y hermosísima. La casa que mi madre odia, porque odia todo lo hermoso y quiere destruirlo; esa es su verdadera fe y su naturaleza.

Escuchamos la primera historia cerca del jardín de orquídeas, iluminados por un farol que les daba a sus ojos oscuros un reflejo amarillento. Mi abuelo, Santiago Bradford, nació en Argentina y heredó los campos y los yerbatales y los aserraderos y los barcos de la familia, que se hizo rica en el siglo XIX. ¿Cómo se hicieron ricos? Lo habitual: saqueo, sociedades con otros poderosos, entender de qué lado estar durante las guerras civiles y aliarse con políticos poderosos. Los primeros Bradford llegaron a Buenos Aires en 1830 o 1835, hay dos versiones diferentes, pero esa fecha no es la importante. Nuestro Año Cero es 1752. Mi tatarabuelo, William Bradford, era librero y dueño de una imprenta, y su mejor amigo, Thomas Mathers, era terrateniente. La diferencia social entre ambos era importante –yo creo que ese origen sigue marcando las posiciones de nuestras familias–, pero se hicieron amigos porque compartían la pasión por el folklore y el ocultismo. En su tiempo libre recorrían juntos el país comprando libros y recopilando las historias que les interesaban. Eran hombres educados, investigadores y coleccionistas de relatos y de testimonios de personas con dones, gifted or cursed.

Ellos encontraron a la Oscuridad y al primer médium en Escocia. No se toparon con él; no iban a ciegas. Habían leído referencias oblicuas acerca de un espíritu que se manifestaba como una luz negra y que tenía capacidad de adivinación y de profecía. Las referencias, muy breves, aseguraban que ciertas personas podían contactarlo y hacerlo hablar. En las palabras había conocimiento, y en el contacto, la posibilidad de obtener su favor. Está claro, decía mi abuelo, que no iban en busca de la Oscuridad de forma específica, pero por algún motivo les llamaba la atención, quizá por la referencia de que aquellos capaces de contacto sufrían una metamorfosis física en distintas partes del cuerpo, pero sobre todo en la lengua o en las manos.

El médium era hijo de un campesino: pronosticaba el futuro usando el omóplato de una oveja, detalle que siempre me dio risa por la precisión en la elección del hueso. El chico alertaba sobre cosas útiles para su comunidad, cómo debían cuidar el ganado, cuánto dinero ganarían o perderían en la siguiente cosecha, si se avecinaba una tormenta, si corrían peligro en una época de violencia política. Me gustaba el nombre del método y cómo lo pronunciaba mi abuelo: silinnenath.

En qué lugar de Escocia, preguntaba siempre Beatriz. Cerca de Inverness, decía mi abuelo. Muy al norte. El pueblo se llamaba Tarradale, pero si lo buscás en el mapa, aparecerá como Muir of Ord, porque le cambiaron el nombre. Era un pueblo aislado por dos ríos: les costó llegar pero lo lograron, afortunadamente, porque querían conocer al vidente.

Los dos amigos asustaron al joven, que era débil, delgado, de ojos que, en los diarios, describían como «de bacalao». Lo convencieron de que los acompañara a Londres. Era época de rebeliones en Escocia y le insistieron en que moriría en un enfrentamiento porque, por su contextura y su condición enfermiza, no podría pelear. Le ofrecieron cuidarlo. No les costó llevárselo del pueblo: sus padres confiaron en los elegantes señores ingleses. Y los vecinos, aunque apreciaban su videncia, también le temían. Los más religiosos creían que el don se lo había dado el demonio.

Lo llevaron a la casa de Thomas Mathers y no tuvieron que esperar mucho tiempo para la primera manifestación. El joven les mostró la luz negra en un campo cercano. Entonces, el ritual se hacía de una forma diferente. El joven debía estar recostado sobre el suelo cuando convocaba la luz que, según ellos, entonces no lastimaba. Era menos salvaje, o dormía. «La tocamos y es fría al tacto y húmeda, como la lluvia», escribió Thomas Mathers en su diario. «El joven es el cristal negro de Dee. Es un médium, como Kelly.»

Por esas palabras llamamos médiums a los que traen a la Oscuridad aunque técnicamente deberían llamarse de otra manera, quizá sacerdotes o chamanes. El joven, como Juan, sufría una metamorfosis en las manos. Thomas Mathers describía uñas como de gato. El joven hablaba en el trance, decía las palabras de la Oscuridad. Ahora también es diferente: la Oscuridad habla, pero no a través de la voz del médium.

Una vez, cuando el abuelo nos contaba la historia –la repetía seguido, para que no la olvidáramos: hasta nos interrogaba sobre los detalles–, le pregunté cómo se llamaba el joven. Yo debía tener ocho años. El abuelo tuvo que reconocer que no habían registrado el nombre. En los diarios solo lo llamaban «el joven escocés». Eso también es ser rico, pensé entonces: ese desprecio por lo precioso y la incapacidad de ofrecer la dignidad de nombrar.

Los trances del joven escocés ocurrían casi a diario y siempre en el campo. Flotaba en un halo oscuro y hablaba con los ojos cerrados. En dos meses tuvo, de acuerdo con el médico que lo atendió y con la terminología de la época, una apoplejía. Es decir: un derrame cerebral. Sobrevivió, pero tuvo otro ataque del que no despertó días después, y murió sin recuperar el conocimiento. Lo habían obligado a convocar casi todos los días, a veces en dos oportunidades durante el mismo día. Después de uno de los trances, el joven había amenazado con matarlos y, una noche, logró salir de la habitación y morder en el cuello a Thomas Mathers. No lo hirió de gravedad: en aquellos años y sin antibióticos, la mugre dental de una mordida podía ser letal. Lo ataron. La inmovilidad probablemente causó el coágulo que lo mató. No se había vuelto loco, como decía el diario: lo habían enloquecido. En sus palabras había instrucciones, muy complejas, para convocar a la Oscuridad sin un médium. También otros métodos, crueles y peligrosos, para pedirle favores.

Los hijos de William Bradford emigraron a América buscando mejores oportunidades de negocios. El que se instaló en los Estados Unidos tuvo una imprenta, como su padre, y murió joven. El que vino a la Argentina participó de la Campaña del Desierto y recibió tierras del gobierno como recompensa por sus acciones militares. Las tierras más fértiles del mundo. Él, además de un muy eficiente asesino de indígenas, también era un investigador de lo oculto y nunca se cansó de buscar a la Oscuridad en la pampa. No la encontró, no supo cómo convocarla, aunque era capaz de ensayar los métodos más crueles sin remordimientos. Murió gritando su fracaso en la quinta de Chascomús, donde hoy descansamos y cabalgamos.

Yo soy antropóloga por estas historias. Mi cuaderno, mis apuntes, mis grabaciones, todo tiene su origen en mi infancia. Empecé a recopilar cuentos y mitos antes de saber que podía estudiarlos. Sé escuchar, preguntar, seguir los dedos que señalan e indican la casa de una curandera o la lápida de un muerto milagroso, reconozco el miedo en los ojos de los que se persignan, me gusta esperar la noche para ver los fuegos fatuos sobre las tumbas. Agradezco haber nacido en esta familia, pero no la idealizo, al menos lo intento. Todas las fortunas se construyen sobre el sufrimiento de los otros y la construcción de la nuestra, aunque tiene características únicas e insólitas, no es una excepción.

 

Tengo el pelo oscuro y los ojos marrones de mi padre, pero me faltan su elegancia, su cuerpo esbelto y su hermosura. Él me dijo, cuando era muy chica, que, si quería ser una mujer linda, debía hacer un esfuerzo. Me hizo llorar, pero se lo agradecí. Ser rica puede reemplazar ser bella, pero no del todo. No soy como mi madre, que encuentra la autoridad en su aspecto repulsivo. Aprendí, sin esfuerzo, qué colores hacen brillar mi piel; qué medias les quedan bien a mis piernas y por qué siempre debo usar accesorios: el collar largo, para que el cuello parezca estilizado; los aros de esmeralda, para contrastar con el pelo castaño; los anillos en varios dedos, para que los demás se enteren de que tengo carácter. Beatriz, mi prima, tampoco es bonita y heredó los rasgos felinos de la familia inglesa, la nariz ancha, los labios finos. Siempre tuvo un rostro duro y de expresión cruel. Algo de leopardo y algo de pájaro. La recuerdo en las escaleras de nuestra casa. Las usaban solamente las mucamas, los choferes y el resto del personal de servicio. Nuestros padres y el tío Jorge solamente usaban el ascensor. En Buenos Aires había cortes de luz muy seguido pero nunca los sufríamos: teníamos generador. La primera leyenda que anoté en mi cuaderno es del folklore urbano del barrio. En una de las propiedades cercanas, la familia se fue de vacaciones a Europa y cortó la luz cuando el último de ellos subió al auto. Olvidaron que la mucama, que iba a quedarse cuidando la casa, estaba en el ascensor. Nadie la escuchó gritar y murió encerrada, de hambre; el ascensor era estilo jaula, así que tenía oxígeno, lo que prolongó su agonía.

Por un tiempo, Beatriz y yo no usamos el ascensor y nos encontrábamos en las escaleras, nuestro lugar secreto. Una noche, antes de comer, en las escaleras, me preguntó si yo realmente creía en las historias del abuelo y la Orden. La recuerdo con sus dientes chicos y su nariz grande, dueña de una verdad que iba a tirarme por la cara. Son todas macanas. Mi padre me lo dijo y no quiere que escuche más esos cuentos. Las lágrimas me quemaron los ojos y quise pegarle, pero en cambio le pregunté por qué nos mentirían, entonces. La inglesa los tiene controlados, contestó. No recuerdo qué agregó, pero tenía que ver con los negocios compartidos de las familias. Esa misma noche, Beatriz me anunció que se mudaban a la casa de su padre, en San Isidro. Nosotros no queremos participar más de esta farsa, insistió, una expresión que había tomado de su padre, palabra por palabra, porque ella no hablaba así. ¿Y van a dejarlos ir?, le pregunté. ¿Por qué no?, me respondió, desafiante. En esa época supe que en la Orden es habitual dejar que los miembros se vayan sin intentar retenerlos. Mi madre dice hay que dejarlos ir porque siempre vuelven, vuelven llorando, cagados a palos, porque la Oscuridad es un dios con garras que husmea, la Oscuridad te alcanza, la Oscuridad te deja jugar, como los gatos dejan jugar a sus presas un rato, solo para ver cuán lejos llegan.

Seguí viendo a Beatriz, pero solo en el colegio, que ahora a ella le quedaba cerca. A mí, que vivía en el centro de Buenos Aires, me llevaba y me traía el chofer. El mismo año que Beatriz se fue del edificio con toda su familia, el tío Jorge trajo a Juan a vivir con él. A mí no tenían por qué avisarme nada, pero me daba tanta curiosidad y yo preguntaba tanto sobre ese chico que me contaron una parte de la verdad. Es un paciente de tu tío, él lo operó. Tiene una malformación cardíaca gravísima y sus padres, que son muy pobres, no pueden cuidarlo. Va a vivir con él. Yo era chica pero ya sabía que mi familia, y mi tío en especial, eran incapaces de una generosidad de ese tipo. Mi abuelo agregó: es un caso que puede cambiar la carrera de Jorge, porque nadie, en el mundo entero, llevó a cabo con éxito las cirugías que esta criatura necesita.

Me pregunto, a veces, si después de todo Jorge no quería tener un hijo. Jamás supe que tuviese una mujer, pero tampoco era homosexual; está claro que no podía reproducirse. Las familias de la Orden no tienen muchos hijos: es un castigo, creo, o una marca. Qué hacer con los jóvenes de la Orden es una cuestión difícil de resolver precisamente por la escasez. Entrenar a los jóvenes debería ser una prioridad pero, como también es peligroso, ¿por qué arriesgar el futuro?

Pedí ver al chico y me lo permitieron después de unos días. Le dieron una de las habitaciones principales, lo que me extrañó, porque suponía que estaría ubicado en la de servicio. Entré en puntas de pie, recuerdo. Me habían dicho que debía ser cuidadosa porque un sobresalto podía matarlo. Pero en cuanto lo vi, supe que ese chico no iba a ser fácil de matar. Tenía una dureza en la mirada que se parecía un poco a la de los chicos que trabajaban en el campo, pero también cierta altivez. Lo saludé, recuerdo, y no me contestó. Habla cuando quiere, me dijo Jorge, con él nada es fácil. Tenía los labios oscuros, azulados; también la punta de los dedos que apoyaba sobre las sábanas blancas. Las ojeras le manchaban la tez pálida y le habían cortado demasiado el pelo, tan rubio que parecía blanco. Sos como un fantasma, le dije, y su mirada me perforó y me dio un poco de risa. Esa misma noche volví a visitarlo; la enfermera tenía órdenes de no dejar pasar a nadie, pero no iba a detener a la hija de Mercedes Bradford. Mi madre inspiraba un terror incomparable.

–No te rías de mí –me dijo Juan, en cuanto me vio entrar–. No soy un fantasma. Los fantasmas existen. Yo los veo si quiero, y si no quiero, no los veo.

Así empezó nuestra costumbre de hablar todas las noches. Juan no solamente reemplazó mi amistad con Betty: se convirtió en mi hermano y en mi confidente. Había cosas que él no entendía, por ejemplo cuando yo volvía puteando por algo de la escuela o por el maltrato de Mercedes o alguna compañera, pero, incluso tan chico, me quería ayudar. A veces me quedaba a dormir con él: la cama era muy grande y él debía dormir sentado, sostenido por almohadas, porque se ahogaba cuando estaba acostado. Lo adoré desde el principio. Siempre quise cuidarlo pero también siempre lo respeté y, en algún sentido, le tenía algo de miedo y respetaba la distancia que imponía. Él no iba a la escuela y a mí me encantaba reforzar las lecciones de sus profesoras particulares leyéndole poesía, que le gustaba desde chico, o mitologías, o hasta enseñándole a escuchar música, algo que nunca aprendió del todo. No nos permitían correr ni ningún juego brusco, pero él me mostró sus cicatrices, en la cama, de noche, iluminados por la luna. Sos un Frankenstein, le dije, y me acuerdo de que no entendió y prometí leerle la novela. Lo hicimos, durante meses.

Salvo por mis visitas y las de su hermano mayor, Luis, Juan vivía casi solo en el departamento oscuro de mi tío Jorge. Su madre venía a verlo, pero murió muy pronto. La recuerdo bien: vestía su uniforme de la fábrica y a veces tenía las uñas sucias. Hasta se había ofrecido como personal de servicio en la casa para estar cerca de su hijo. Parecía tan triste. Llevaba el pelo corto y prolijo. Impresionaba su tamaño; también el del padre, a quien vi solo una vez. Eran inmigrantes suecos, que venían de Misiones, trabajadores de los yerbatales que dejaron atrás un pueblo donde no había cómo tratar médicamente a alguien tan enfermo como Juan. El padre se conformó con el arreglo de mi tío y le entregó a Juan por bastante dinero, pero la madre no se rendía y, en cada visita, pedía por favor cuándo iban a dejarla volver a vivir con su hijo. La escuchaba llorar y me daba pena, pero no quería que se llevase a Juan. Le pedí a mi tío que por favor no se lo devolviera y él me dijo: quedate tranquila.

De todos modos, nunca imaginé lo que iba a hacer Mercedes, mi madre. Ya me cansó esta, dijo un día, y poco después nos enteramos de la enfermedad de la mamá de Juan: murió en semanas de un cáncer fulminante. Luis, el hermano de Juan nos avisó sobre la enfermedad y la muerte de la madre. A esa altura, el padre ya se había desentendido de su hijo. Ese hombre quería desprenderse de su hijo enfermo porque era un hijo caro. Luis, en cambio, lo venía a visitar todos los fines de semana y, cuando podía, se lo llevaba a pasear, a nadar, escuchaba con atención las indicaciones de mi tío sobre lo que podía y no podía hacer. Mi madre solía hacerlo esperar en el pallier y a veces, si llovía, también pedía que el portero no lo dejara entrar. Una vez Luis le lanzó a mi madre una mirada asesina, cargada de un odio de generaciones, y entonces lo amé para siempre. Yo los voy a ayudar, le prometí, cuando trajo de vuelta a Juan ese día, no voy a permitir que ella los separe. Lo dije por decir, nunca tuve ni tendré poder sobre mi madre. Si ella no mató a Luis fue porque no quiso o porque la aburría o porque no le pareció un peligro.

Juan cambió un poco cuando murió su madre. Se sentaba sobre el piso de madera, junto a la ventana, y yo sentía que, a veces, nos encontrábamos en un lugar desolado. Desde el balcón podíamos ver los jacarandás sobre la avenida. Él estaba triste y muy distante: yo pensaba durante todo el día cómo entretenerlo, cuáles serían las historias que dejarían satisfecho al joven rajá. Cuando comprendí que mi familia había sacado de escena a los padres de Juan para quedarse con él, quise saber más. Esto no se trataba, solamente, de la carrera del tío Jorge. Enfrenté a mi abuelo: tengo derecho a saber, le dije. Y él me lo contó sin muchas vueltas. Creemos que el chico puede ser el médium que busca la Orden. Tu tío tuvo una revelación cuando lo operó, que no volvió a repetirse. Por eso a veces, cuando lo llevamos al hospital, visitamos la sala de operaciones, a ver si vuelve a manifestarse. Todavía no pasó, creo que hay que darle tiempo, es demasiado joven.

Es una suerte que me lo haya contado. De lo contrario, cuando Juan se manifestó, hubiese corrido peligro. Esa tarde, mi abuelo me salvó de la Oscuridad.

 

Ese año vino a estudiar a Buenos Aires Tali, mi media hermana. Fue una etapa violenta y difícil. Tali no soportaba la ciudad y lloraba, pedía por su mamá, se arrancaba los pelos. Mercedes le pegaba; si yo intervenía, la ligaba también. Intentamos escaparnos, una vez, con Juan. Descubrieron el plan y estuvimos un mes sin cenar.

Mercedes odiaba a Tali porque odiaba a su madre, Leandra. Nunca le importó que mi padre tuviese amantes y, además, en la Orden ese tipo de celos posesivos eran y son considerados vergonzosos. Pero la madre de Tali disputaba algo diferente a la atención erótica de mi padre. Era curandera y tenía su propio templo de San La Muerte en Corrientes. Y era una belleza, no sé si volví a ver, alguna vez, a una mujer tan naturalmente magnífica y deliciosa. Mi padre pasaba mucho tiempo con Leandra, en el norte, y cuando podía, me llevaba con él. Con Tali corríamos por los caminos de tierra y sacudíamos los limoneros para que nos cayeran lluvias de flores blancas. Leandra recibía a fieles en su templo; Tali y yo limpiábamos los San La Muerte mientras escuchábamos los llantos de los promesantes. El calor era agobiante: Tali siempre llevaba el pelo suelto y, cuando transpiraba mucho, se tiraba al río. Nunca aprendí a nadar como ella. El Paraná tiene remolinos: se dice que son los muertos que viven bajo el agua y buscan compañía, entonces producen esos trompos de agua que matan y ahogan a los nadadores. Leandra nos enseñaba cómo evitarlos y besaba a mi padre en la playa. Entendí por qué Tali no quería quedarse en Buenos Aires: yo tampoco me hubiese quedado. La ciudad y especialmente nuestro departamento eran un opio. Lo único malo era que mi tío no le permitía el viaje a Juan, decía que no estaba en condiciones de irse tan lejos. Juan, sin embargo, escuchaba nuestras aventuras con entusiasmo.

Cuando llegó a casa la noticia de que Leandra tenía cáncer, mi madre aplaudió y festejó con esos bailecitos típicos que hace siempre cuando está eufórica, una mano sobre el vientre y la otra en el aire, como en un tango. Después se dejó caer en un sillón y nos dijo, a mí y a papá: son unos cagones, nunca se animan a sacar del medio lo que les molesta. Ya saqué del medio a la madre del chico ese con el que Jorge está encaprichado.

En qué te molesta a vos Leandra, a ver, le dijo papá.

A mi esa india no me molesta en nada, contestó mi madre. Mi padre me mandó al cuarto pero Mercedes dijo: dejala a Rosario, que escuche, tiene que aprender, ustedes nomás le enseñan cuentitos y boludeces. Tu amante india, Adolfo, me es indiferente. Pero a vos ella te importa. Yo puedo permitir que te acuestes con todas las putas del país, pero no puedo permitir que te importe alguna de ellas. ¿Querés saber, hija, cómo la enfermé a Leandra? ¿Querés saber cómo enfermé a la madre de tu amiguito moribundo? Vení a visitarme esta noche y te cuento. Ya es hora de que aprendas quién sos de verdad. Estos te cuidan demasiado, son unos maricones.

Nunca fui a su habitación para averiguar cómo había enfermado a Leandra. Mi madre, cuando se cansó de esperarme, salió: se pintó los labios, se puso sus zapatos de taco chino y cruzó a la confitería del hotel que le gustaba, a festejar con champagne. No me permitió ir a visitar a Tali a Corrientes y ella nunca volvió a Buenos Aires. Mi padre desistió de darle una educación en la capital y respondió a mis ruegos con una explicación disuasoria: si a tu madre se le mete entre ceja y ceja Tali, ya ves lo que pasa.

Ese verano, Mercedes me mandó sola al campo de Chascomús. Yo comprendí que era un castigo, pero no entendí bien cómo podía serlo. Me gustaba el campo, los caballos, correr con los perros, las noches alrededor de las fogatas, todas las historias que podía anotar en mi cuaderno, los atardeceres con olor a humo. Le rogué compañía, Juan o Tali o alguna compañera del colegio, incluso Betty, pero me la negó y me golpeó la cara con su mano llena de anillos hasta hacerme sangrar las mejillas. Hacete amiga de los negritos que trabajan allá, me dijo. Vos te entendés con esa gente, pedazo de pelotuda.

Ella misma me llevó, en auto, hasta Chascomús. Y me dio las instrucciones. Tenía que alimentar todos los días a los enjaulados. Mi madre no es la única miembro de la Orden que busca a un médium o intenta convocar a la Oscuridad por su cuenta, pero, hasta donde sé, es la única que usa este método. Me metió en el rancho donde estaban las jaulas y se fue. El olor me hizo vomitar y me arruiné las guillerminas rojas, mis favoritas. Salí corriendo. Pero al día siguiente entré: uno de los empleados dejaba la comida en la puerta de mi habitación y tenía órdenes de obligarme a cumplir con la tarea. De lo contrario, volvería mi madre. Esa posibilidad era peor que entrar al rancho. Estaba cerrado con candado y adentro la oscuridad era completa. Les dejaba las bandejas en las jaulas. El olor a mierda y orín y sangre me hacía vomitar cada vez. Todo ese verano les llevé platos de comida, muchas veces en mal estado, a los enjaulados. Caminaba con las manos extendidas y, si los notaba muy quietos, los tanteaba para comprobar cuál de ellos estaba vivo y cuál muerto. Si había alguno muerto, también debía ocuparme de su cuerpo. Enterré a dos debajo de los perales, donde me indicó, por teléfono, mi madre. No parecían humanos y el más pequeño no tenía ojos. Una tarde escuché gemidos tan intensos en un rincón que, a pesar de las indicaciones que me habían dado, fui a buscar la linterna. La luz hizo gritar a todos los demás y durante un minuto creí estar rodeada de demonios alados, pero respiré hondo y me endurecí. Siempre supe endurecerme. Reconocí la cara del que gritaba: en el pueblo lo buscaban con un identikit, había carteles de ese dibujo tosco por todas partes, en el almacén, en los postes de luz, en la comisaría. Alguien lo quería de vuelta, alguien lo amaba. El trapo que le tapaba los ojos estaba tan sucio que tenía gusanos. Aguanté varios días esa mugre y su dolor hasta que no pude más y le saqué la venda. Lo limpié como pude pero seguro perdió los ojos antes de que Mercedes decidiera que no servía para nada y lo descartara, como a los demás. Se llamaba Francisco y tenía cuatro años. El identikit decía que tenía el pelo oscuro, pero en la prisión de mi madre ya estaba completamente pelado.

Mi madre había ido a ese rancho para hacer los rituales que le permitieron sacarse del medio a Leandra y a la madre de Juan. Hay otras maneras de deshacerse de enemigos sin involucrar a la Oscuridad. Métodos más clásicos, menos desgastantes, que todos los de la Orden conocemos. Pero ella prefiere este. Los enjaulados, o alguno de ellos, logran, en el trance del sufrimiento, hacer aparecer al dios y entonces hay que pedir. La aparición es breve pero rogarle funciona. Por supuesto, no se trata solo de mantenerlos encerrados, sino de practicar con ellos invocaciones que yo, entonces, me había negado a aprender, y por eso el castigo. Ahora las conozco, pero no las ejerzo. Mi abuelo y algunos miembros mayores creen que lo que viene no es la Oscuridad en absoluto, sino un figmento que se le parece, una sombra, aunque a veces una habitación entera se oscurece. No es la misma Oscuridad indomable que trae el médium, que habla y que corta y que toma. Es una copia, el otro lado de un espejo: es falsa. Pero es muy eficaz para destruir, inexorable e impiadosa. En Misiones, la empresa yerbatera de mi padre tenía competencia, otra familia muy rica, que además cultivaba té. No había lugar para las dos. Mi madre se encargó de pedirle a la Oscuridad que los sacara del medio. La otra familia yerbatera tenía una casa hermosa, de columnas blancas neoclásicas, sobre una laguna: fuimos a verla cuando la destrucción se completó. El cielo era rosado y las palmeras proyectaban una sombra alargada sobre el agua. No nos quedamos con la casa: cuando algo es tocado por ese tipo de desdicha, es mejor abandonarlo. El hijo mayor, que heredaría todo, se ahogó en la laguna, frente a su palacio de la selva.

Vi llegar a Juan desde la ventana de mi habitación en Chascomús. Mi tío y mi abuelo lo traían. Quedaba cerca de Buenos Aires y por eso le permitían viajar. Yo tenía once años ese verano; él tenía ocho. Se bajó del auto y subió las escaleras despacio, todo lo hacía despacio cuando era chico. En eso cambió por completo. Lo esperé sentada en la cama. Desde la puerta dijo: no voy a dejarte sola. Yo me puse a llorar y estiré las manos, le pedí que entrara. Apoyó la cabeza sobre mis rodillas desnudas, para que le acariciara el pelo. Lloramos juntos. Sabía acerca de los enjaulados. Mi madre se lo contó, sin necesidad alguna, por supuesto, solo para asustarlo. Desde que llegó, hicimos el trabajo juntos. El tío se quedó a cuidarlo y Juan entró conmigo cada día al rancho. Con él era más fácil porque se orientaba en la oscuridad y me llevaba de la mano hacia cada jaula. No murió ninguno mientras estuvo él.

A pesar de los enjaulados, como estábamos juntos podíamos divertirnos: éramos chicos. Por la tarde jugábamos con los vidrios de colores de las ventanas del recibidor. Una mano azul, un ojo verde, un pie amarillo. Nos movíamos para que la luz nos pintara. Muchos años después recordé esos juegos cuando, al mover las manos, el LSD creaba un arco iris entre mis dedos.

En Buenos Aires, a la vuelta, mi madre gritó: si este pendejo de mierda no nos sirve pronto, lo tiro a la calle. Yo le dije que nos tiraba a los dos y ella me golpeó con su bastón en la espalda. Durante días me costó respirar. Era posible que me hubiese fisurado una costilla, pero le prohibió a mi tío hacerme radiografías. Esa misma noche bajé las escaleras y desde entonces viví bajo el mismo techo que Juan. Y aunque después pasamos algunos años separados, en realidad ninguno de los dos se fue del lado del otro jamás.

 

Me gustaría decir que me enamoré de Juan antes que de cualquier otro hombre, que lo amaba desde la infancia, pero la verdad es que mi primer amor fue George Mathers, el hombre que encontró a la médium Olanna. Incluso tenía su foto y la guardaba en mi cartera infantil: una vez se la pedí a Florence y ella me envió una copia por carta, desde Londres. George Mathers tenía la cara de un héroe romántico, con los pómulos altos y los ojos redondos, ingenuos; la mandíbula dura, homínida, lo hacía parecer fuerte y viril. Era perfecto.

George Mathers fue el tío abuelo de Florence, la actual líder de la Orden. Él encontró a Olanna cuando la National African Company, la compañía para la que trabajaba, se estableció en Ibadan, un protectorado británico que en el futuro sería Nigeria. Toda su historia está contada en detalle en sus diarios: vi los originales cuando fui a Londres, con sus hermosas ilustraciones a lápiz, preservados por los proteccionistas expertos de la Orden, pero de chica leí la edición facsimilar que todos los Iniciados reciben. Era mi libro favorito. George amaba la región, la belleza de los nativos altos y delgados, la ropa blanca, el bosque y hasta la comida que los demás británicos detestaban. Era el que más y mejor se comunicaba con los nativos y pronto resultó el elegido para negociar con los jefes. En pocos meses recibía invitaciones a banquetes y presenciaba danzas locales; estaba interesado en la religión y los ritos de los nativos, veía en su sofisticada simplicidad algo profundo, algo que desde Inglaterra y los salones, donde los miembros de la Orden se vestían con túnicas y usaban espadas y redomas, era inimaginable.

En una de las ceremonias a las que asistió le dejaron ver a Olanna, sobrina en grado lejano del rey sacerdote de Nri. La familia real era descendiente, se creía, de un ser celestial. El reino ya no existía: poco antes, en 1911, tropas del Imperio habían obligado al rey a renunciar a su poder ritual y político. Olanna había escapado, ayudada por sacerdotes, hasta Ibadan. Tenía quince años, era frágil, con la frente marcada por cicatrices, un laberinto de piel inflamada para siempre sobre los ojos. George Mathers se enamoró de ella pero no podía hablarle, no podían comunicarse; y ella, Olanna, de familia noble, sacerdotisa, jamás hubiese tocado a un hombre blanco. El retrato que hace George de Olanna, muy delicado y retocado varias veces –se notan los trazos erráticos, luego delineados con prolijidad–, muestra a una adolescente de mirada cansada.

Le decían La Que Trae la Noche. También La Serpiente de la Luna. Entre el escaso inglés que hablaban sus guías y jefes amigos, con lo poco del idioma nativo que él mismo comprendía más algunas frases en dialecto, George Mathers entendió que Olanna no era solamente una sacerdotisa poseída por espíritus. Era la que se comunicaba con los dioses ocultos, los que dormían bajo la tierra, en el lecho de los ríos y entre las estrellas. Lo que su familia, integrante de la Orden, llamaba una médium. En el primer ritual que le dejaron presenciar, en un claro del bosque, de noche, borracho de vino de palmera, vio cómo el cuerpo de Olanna se movía con una fluidez imposible bajo la mano del sacerdote, y cómo sangraba. También sangraban las mujeres participantes, que, a diferencia de Olanna, estaban vestidas. El olor metálico y carnívoro llenaba el bosque de una manera que lo mareaba y excitaba. Después de los rituales, Olanna era retirada por los curanderos locales y la llevaban a su amplia choza: quemaba de fiebre y a veces se negaba a beber, lo que empeoraba su estado. Cuando se recuperaba, le permitía a George tomarla de la mano y le hablaba de otros y muchos dioses, y de un bosque secreto. George Mathers aprendía, anotaba, a veces incluso rechazaba a la mujer que le habían asignado como compañera nocturna para escribir solo en su cama, protegido por el mosquitero blanco. Los sacerdotes le hablaban de Champana, el dios deforme de la enfermedad, que aparecía como mosquitos y moscas; no comprendían cómo estaba a salvo de él. Todos sus compañeros habían sufrido alguna forma de enfermedad, muchos habían muerto de malaria. Él apenas estaba un poco más delgado y más moreno que cuando había salido de Londres. Les daba poca importancia a los negocios de la National African Company, pero nadie le reclamaba que atendiera la empresa. Iba a las oficinas todos los días, aunque estuviese muy cansado. Escuchaba a sus compañeros hablar del río Níger, de las tribus rebeldes, de la riqueza del país, de los parientes y amigos muertos en Europa, en la Gran Guerra.

Era 1919. Una noche de septiembre, en el bosque, George por fin vio cómo Olanna traía la Oscuridad. La luminosidad plateada, reflejo de la luna sobre su piel sudorosa, era ganada de a poco por una oscuridad que provenía de ella, se le escapaba por los poros. Las mujeres y los sacerdotes gritaban: los tambores ahogaban la noche y George Mathers vio cómo de la boca de Olanna colgaba una lengua bífida y cómo cada mariposa nocturna que se le acercaba caía muerta ni bien la luz negra la tocaba.

Después de ese ritual particularmente intenso, George Mathers recibió en la puerta de su casa una estatua de arcilla muy pequeña que representaba a un hombre sentado, con las manos en las rodillas, desnudo y con un largo falo extendido. ¿El gran dios Pan, pensó, en Ibadan, en los bosques de África? Tuvo miedo y decidió volver a Inglaterra. Pero no quería volver solo: quería llevarse a Olanna y darle un médium a la Orden. Ella había venido hasta él, para él: estaba seguro.

Llevársela fue muy sencillo para un hombre de su posición. Siempre es fácil, para nosotros, conseguir lo que queremos.

El viaje por tierra y mar resultó agotador para la joven, que además era observada y señalada; George Mathers se dio cuenta entonces de que su debilidad no era solo efecto del ritual, sino que Olanna estaba enferma. Perdía el conocimiento con frecuencia. El balanceo del barco la mareaba al punto de que no podía levantarse de la cama. Pero en la penumbra del camarote, necesaria para aliviar sus constantes dolores de cabeza, aprendía inglés con una rapidez asombrosa. Él le hablaba de Londres, de su esposa, Lily, que lo esperaba aunque él se había ausentado durante más de un año. Le habló del mar frío y la nieve. Olanna escuchaba seria: George notaba cómo aprendía pero, al mismo tiempo, no consideraba nada de lo dicho una maravilla. Sencillamente era distinto a lo que ella conocía. Ella también hablaba y, cuando no podía hacerse entender, dibujaba en el aire, con las manos. Le contaba sobre un bosque donde vivían miles de demonios pero reinaba uno que solía colgarse de los árboles y tenía los dos pies dados vuelta, de modo que sus huellas nunca delataban hacia dónde se dirigía. Le contaba sobre las tallas en madera que hacía su tío y sobre la riqueza y el honor de su padre. Extrañaba sus joyas. Le contaba sobre bosques de huesos, sobre calaveras que rodaban entre los árboles. Una noche, cuando el barco se mecía con delicadeza, le dijo que ciertos seres se conformaban con vino y flores, pero que los dioses verdaderos requerían sangre.

Cuando llegaron a Londres, ella delgada y ojerosa, él sano como si el viaje no hubiese durado meses, Olanna de Nri hablaba inglés y George Mathers la amaba pero se prohibía tocarla. En Londres esperaban los miembros de la Orden, que parecieron decepcionados cuando la vieron bajar del Vauxhall. Imaginaban, según contó George después, a una mujer alta y delgada, más parecida a las de las fotografías de África Este, con sus largos cuellos; no esperaban a esta chica menuda, con la cara marcada de cicatrices y la cabeza redonda. Pero la trataron con reverencia. Ella parecía asombrada ante la ciudad pero de ninguna manera apabullada. Quiero ver el tren bajo la tierra, le dijo a George. Y él la acompañó a pasear en el underground, a caminar por Hyde Park, a admirar Kensington. Olanna llegó muy cansada al Palacio y tenía frío; él la cubrió con su chaqueta y tuvo el impulso de llevarla en brazos hasta la casa de su padre en St John’s Wood.

Su padre, Christopher Mathers, líder de la Orden en ese momento, y los principales integrantes del culto esperaban en el salón principal de la casa, en los sillones rojos, bajo el candelabro. Olanna miraba la decoración parpadeando y George estudiaba la rigidez de su madre, la envidia en los ojos de las mujeres y en los de su hermano menor. Supo que no iba a poder salvar a Olanna y comprendió: la Orden estaba primero. Llevaban años de frustraciones y, aunque sus prácticas los habían hecho ricos y poderosos, necesitaban algo más. Papá siempre creyó que la Orden y los rituales ayudan a mantener la riqueza, pero hay que ayudarla con herencias o buenos negocios. Tiene razón. Estuve leyendo a Ramon Llull y dice exactamente lo mismo sobre la alquimia: para hacer oro es preciso, primero, tener oro. No se hace nada de la nada. La riqueza, en aquellos años, ya no les resultaba suficiente. Ahora querían evitar la muerte y creían que la Oscuridad iba a darles ese don. Es lo mismo que creemos ahora, por supuesto. Christopher Mathers sabía que, para construir una fe, se requería una promesa incalculable.

La madre de George decidió el Ceremonial. Era una mujer amarga, anotaba él, que se pasaba horas frente a la chimenea, llorando con rabia porque había perdido a su hijo favorito, el mayor, en esa Gran Guerra que juzgaba estúpida e innecesaria. Su hermoso hijo que había muerto en una trinchera enfermo de tifus, y que había ido voluntariamente a esa masacre, desobedeciéndola y desobedeciendo a la Orden. El único de la familia, además, que tenía el don. No era un don notable, pero era más que la nulidad de George y de Charles, el joven y ambicioso Charles, que estudiaba ocho horas por día y podía explicar durante horas el significado del Sephirot pero era incapaz del más mínimo destello de magia natural. O que la incapacidad de George, que prefería viajar y tomar notas, pero siempre resultaba el hechizado receptor de la magia de los demás.

El Ceremonial fue organizado para el 31 de octubre de 1919. Sería realizado en la sala especialmente acondicionada de la casa de St. John’s Wood. Es la misma sala que se usa en la actualidad, donde yo misma tracé círculos de tiza y me enseñaron la más exquisita caligrafía para mejorar mis sellos. George Mathers prometió estar presente y volvió a su casa y a su esposa, Lily, que se decoraba el pelo con cintas doradas y atendía el jardín durante horas. Lily, que escribía poemas de amor violentos y románticos. La abrazó contra la puerta de hierro y se lamentó porque no podía darle un hijo, un chico sonriente que la acompañara durante sus ausencias. Los demás, sus padres, incluso los médicos, creían que Lily era estéril pero él sabía la verdad porque había estado con muchas mujeres, no tanto por gusto sino más bien como una prueba, y ninguna había quedado embarazada. Los Mathers se extinguían y solo quedaba Charles, tan joven.

Abrió la valija con los regalos que tenía para Lily: máscaras talladas, las extraordinarias telas de África Oeste, los perfumes que había comprado en París –a ella le gustaban los frascos de colores inesperados–, litografías de Alphonse Mucha, un ilustrador que ya se consideraba algo anticuado pero que Lily amaba. En la valija también estaba la estatuilla de arcilla que alguien le había dejado en la puerta de la casa de Ibadán, posiblemente como advertencia. Cuando Lily la tuvo entre sus manos, George se la sacó con firmeza. El Gran Dios Pan también vive tan lejos, dijo ella. Lily era una devota desordenada, incapaz de nombrar las constelaciones o trazar un sello, pero creía. Y quería saber si la médium realmente era poderosa. La verás pronto, le dijo George, y le mostró un collar, el último regalo, que la hizo sonreír. El viento abrió una de las ventanas y Lily la cerró pero no pudo impedir que entrara a la sala una ráfaga de hojas secas.

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