Objetivo: El Titanic
Capítulo 1. Primavera de 1933
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Primavera de 1933
T omeu, como cada atardecer sale de su casa, una de las más bonitas de «El Saladar», que ahora, recién encalada, resalta aún más entre todas las del barrio. Y con paso decidido se encamina hacia el puerto.
Su rostro curtido por tantos vientos junto a sus manos rugosas y rudas por el duro trabajo realizado le confieren un aspecto envejecido. No obstante, a pesar de ello y de sus pantalones de pana, su camisa a cuadros y su boina, su porte erguido denota una elegancia innata poco habitual entre sus paisanos.
En sus ojos, despiertos e impenetrables, se aprecian todas las experiencias vividas, las cuales le han proporcionado ese aire suyo de ciudadano del mundo.
Es conocido y respetado por todos pues, además de haber participado en un acontecimiento extraordinario, y quizás por ello, tiene un algo que le hace especial. Por tanto, raro es el día en el que no oye comentar:
—¡El señor Tomeu estuvo en el Titanic!
Sonríe para sus adentros. ¿Cómo es posible que después de tantos años aún se siga recordando su viaje en aquel fatídico barco?
Él nunca habla de su espeluznante experiencia. Quiere pensar que es una más entre todas las que ha vivido. No obstante, la realidad es bien distinta ya que aquel naufragio tuvo como consecuencia truncar su más deseado afán: vivir en la mar.
Desde que supo de la construcción del que sería el mayor y más lujoso trasatlántico que haya surcado los mares su objetivo fue embarcarse en aquel maravilloso barco.
No fue fácil, pero consiguió su deseo a base de tesón y también gracias a un cúmulo de casualidades. Aunque nunca podrá olvidar que el desenlace fue trágico, muy trágico.
Su foto ante el Titanic con sus cuatro chimeneas altivas ocupa un lugar preferente en su casa, demostrando que indiscutiblemente es un superviviente del primer y único viaje del gran trasatlántico.
Es lo único que guarda de aquella época de su vida.
Después de la tragedia, dejó de navegar. La experiencia fue tan traumática que cedió ante los ruegos de su mujer.
Sin embargo, nunca le ha faltado trabajo, y aunque los buenos cuartos ganados durante su vida en la mar le hubieran bastado para tener una existencia sin estrecheces, no concibe vivir ociosamente.
Su seña de identidad siempre ha sido su honradez y, aunque orgulloso y rebelde, esta le ha abierto todas las puertas.
No obstante, nunca más sus ocupaciones han estado relacionadas con su gran pasión. Se lo prometió a su mujer y no ha dejado de cumplir su promesa.
Solo al poco de volver se permitió comprarse una pequeña barca y en ella sale a navegar.
Siempre que el tiempo lo permite, se dirige a mar abierto. Allí, lejos de tierra firme, recuerda, a veces con lágrimas en los ojos, sus años de fogonero y, a pesar de su dolor por todo lo perdido, se siente libre.
También por las tardes el marinero se acerca al puerto. Necesita seguir percibiendo el olor a salitre, escuchar el rumor de las olas, perder su mirada en el horizonte y contemplar con nostalgia la singladura de los lejanos barcos.
El puerto de Denia tiene diferentes usos, aunque el principal sigue siendo el pesquero.
Tomeu llega al muelle de pescadores cuando dos de las barcas de pesca están siendo amarradas y comienzan a descargar.
—¡Habéis llegado las primeras!
—Sí, hemos tenido un buen día.
Las otras barcas no se demoran y la actividad en el muelle cada vez es mayor.
Tomeu, además de conversar con los pescadores, contempla con verdadero placer descargar las gambas rojas, las cigalas, los pulpos, los calamares, los boquerones, las anchoas, alguna lubina y también jureles, doradas, melvas y bonitos.
Aunque nunca fue pescador, navegó en una ocasión en un barco pesquero y, por tanto, tiene algunos conocimientos que le permiten poder hablar con los pescadores de sus tareas cotidianas. También mantiene muy buena relación con los patronos de las barcas y en alguna ocasión ayudó a descargar cuando la pesca había sido tan abundante que les faltaban manos para llevar todo lo pescado hasta la lonja.
Ahora, con unos años de más, se limita a observar la labor de los pescadores y a charlar sobre cómo estaba la mar y cómo ha ido la captura.
A los pescadores que faenan por estas costas, raro es el día en que la pesca no les es productiva, ya que el cabo de San Antonio, entre Denia y Jávea, es un lugar privilegiado para la captura tanto de altura como de fondo, pues a tan solo veinte millas de la costa la profundidad llega a los mil metros.
Una vez descargadas las cajas de pescado y llevadas a la lonja para la subasta, los pescados más pequeños que no se pueden subastar se reparten entre los pescadores y siempre hay una parte para el señor Tomeu que él intenta pagar.
Pero es tanto el afecto y respeto que todos le manifiestan que no acceden a cobrarle ni un solo céntimo, ocasionando la misma discusión día tras día.
Pep, el patrón de la Marieta, una de las mejores barcas de este puerto, hoy sí está dispuesto a cobrarle.
—Señor Tomeu, no vamos a discutir porque hoy le voy a cobrar pidiéndole un favor.
—Pues pide, que si depende de mí puedes darlo por concedido.
—Verá usted, mi hijo Jaumet tiene que continuar con la tradición familiar haciéndose cargo de la Marieta cuando a mí comiencen a faltarme las fuerzas. Sin embargo, de momento quiere embarcarse en un gran barco y ver mundo. ¿Usted podría hablar con él y darle algún consejo?
—Cuando quiera, ¡faltaría más!
—No le voy a decir qué tiene que explicarle, pero hágale ver, por favor, que faenando en la Marieta tendrá la vida resuelta y que navegar en esos grandes barcos es muy duro.
Tomeu sonríe y le contesta:
—Es natural que quieras que tu hijo te suceda como patrón de tu barca y comprendo que, como padre, no quieras que se vaya de casa, pero haces bien en dejarle volar y darle la oportunidad de decidir por sí mismo. Y no te preocupes, que por mucho que le digamos la decisión ha de tomarla él.
—Entonces de acuerdo, si le parece bien mañana por la tarde cuando usted venga mi hijo le estará esperando. En aquel café podrán hablar con tranquilidad.
—Por supuesto, mañana nos veremos y le contestaré todas las dudas e inquietudes que tenga el muchacho.
La Marieta es una buena barca, una de las más grandes y acondicionadas del puerto.
Pep la heredó de su padre y la ha ido mejorando continuamente.
Su abuelo, también pescador, poseía una pequeña barca y con ella, gracias a su arrojo y capacidad para la pesca, fue consiguiendo poco a poco un buen capital con el que podría haber adquirido una nueva barca, sin embargo, no quiso nunca dejar su viejo cascarón como él la llamaba, y hasta su muerte la vieja y querida barca fue su única compañera.
El padre de Pep, al heredar la pequeña barca, consideró que era la hora de invertir el capital del abuelo en una nueva a la que bautizó con el mismo nombre.
Ahora el actual patrón de la Marieta es Pep, padre de Jaumet. El hombre lleva en la sangre el oficio de pescador y de su padre y abuelo aprendió todo lo que sabe. Por tanto, no concibe un futuro mejor para su hijo que patronear la barca familiar.
Como es un hombre con visión de futuro, ha conseguido el documento que le acredita como Patrón de pesca, y en vista de que cada vez la exigencia por parte de las autoridades va a ser mayor, quiere que su hijo acuda a una de las Escuelas de Orientación Marítima, creadas apenas hace unos años por el marino don Alfredo Saralegui, para que consiga el título de Capitán de pesca.
Para el hombre ha sido un duro golpe el deseo de su hijo de embarcarse en un gran barco y conocer mundo antes de prepararse para hacerse cargo de la Marieta.
La insistencia de su hijo, que cuenta con el apoyo de su mujer, le ha hecho claudicar, de momento.
En la escuela del pueblo, don Segundo, maestro de segundo grado, cada año cuando llega el aniversario del hundimiento del Titanic explica a sus alumnos los icebergs y su relación con el hundimiento del gran trasatlántico.
Les habla de la tragedia apuntando el hecho de que uno de sus paisanos es un superviviente de tan luctuoso acontecimiento.
Los alumnos no muestran ningún interés por el naufragio de aquel barco y tampoco por la aventura que pudo vivir su paisano.
—A esta juventud no le interesa nada —se queja el maestro apenado.
Jaumet es alumno y ayudante de don Segundo. A los doce años, cuando acabó el periodo obligatorio de enseñanza, el maestro, viendo sus aptitudes, convenció a sus padres para que le dejarán continuar acudiendo a la escuela.
Cursó la primera etapa de la secundaria, o prolongación de la primaria, y luego la segunda etapa, o preparación para la universidad, a la vez que hacía también las veces de ayudante del maestro.
Aunque su padre no veía con buenos ojos tantos estudios, accedió, bajo la presión de su mujer, a que continuara aprendiendo y ayudando al maestro en su labor docente. No obstante, está decidido, este será el último año que su hijo acuda a la escuela.
Ha de ser pescador como él y se ha cerrado en banda no queriendo ni oír hablar de su traslado a la capital para cursar estudios universitarios como les ha aconsejado una y mil veces don Segundo.
El maestro, a pesar de las negativas del padre y siendo consciente de las capacidades de su alumno, no ha cejado en su empeño y continúa intentando convencer a la madre:
—Mire usted, es una lástima que su hijo no siga estudiando. Podría conseguir una beca para continuar sus estudios en la capital.
—Don Segundo, mi marido se gana muy bien la vida y podría correr con los gastos de los estudios de Jaumet, pero no consentirá nunca que su único hijo deje la tradición familiar.
—¡Convénzalo! No he tenido nunca un alumno que tuviera la facilidad que tiene él para el estudio y, sobre todo, su gran capacidad para la escritura. Se expresa muy bien y podría llegar a ser un buen escritor.
—¿Quiere usted decir que tiene tanta capacidad? —pregunta la madre.
—La tiene, y no debería desaprovechar sus aptitudes.
—¿Qué tendría que estudiar para ser escritor?
—De momento, podría cursar la carrera de magisterio, siendo maestro estaría rodeado de libros que le ayudarían a aprender el oficio de escritor. El director General de Primera Enseñanza ha establecido que los que quieran cursar la carrera de Magisterio han de ser Bachilleres, con lo cual, se le da un prestigio a los maestros que no han tenido hasta ahora. Y la prueba que tendría que superar, aunque es muy exigente, no supondría ningún problema para el muchacho.
—No obstante, los beneficios que se obtienen en la barca seguro que son mejores que el sueldo de maestro —replica la madre.
—Tiene usted razón, a pesar de todo no es mucho lo que cobramos y sí mucho lo que nos exigen, sin embargo, tendría un sueldo fijo, y lo más importante, tiempo y ocasión para dedicarse a la escritura. Le repito que puede llegar a ser un buen escritor.
—Pero ser maestro no es ser escritor, por tanto, ¿qué más tendría que hacer para conseguirlo?
—Puede empezar escribiendo una historia para que yo se la pueda mandar a un compañero mío, él le puede ayudar a entrar en ese mundillo de escritores noveles y a partir de ahí ya se verá.
—¿Cree usted que su amigo le ayudaría?
—Es crítico literario, hombre muy ocupado, pero si se lo pido me hará el favor de leer lo que escriba Jaumet y con su ayuda será fácil que pueda relacionarse con gente dedicada a escribir. Cuando su marido vea que se interesan por Jaumet, dudo mucho que se niegue a darle su consentimiento para que siga estudiando. Se lo repito, su hijo vale mucho y sería imperdonable que no le dieran la oportunidad de demostrarlo.
La madre calla, antes de tomar una decisión ha de hablar con el chico.
—Hijo, don Segundo me ha dicho que te gusta escribir y que no lo haces mal.
—Sí, madre, me gusta leer y sobre todo escribir. Me gustaría ser uno de esos escritores que cuentan historias.
—Tu padre quiere que seas pescador y que sigas con la tradición familiar. Pescador fue su padre y su abuelo y quiere lo mismo para ti.
Al chico se le escapan unas lágrimas mientras escucha a su madre y al punto responde:
—Es que yo no quiero ser pescador como padre.
—Lo sé, tú no has nacido para ser pescador y no te apures, que te ayudaré —dice la madre consciente de que su hijo no aguantaría mucho tiempo faenando en la mar.
—¿Cómo va a ayudarme, madre? —exclama el jovencito sin mucha convicción.
—Pues verás, el maestro me ha dicho que has de escribir una historia, él se la enviará a un amigo suyo y si está bien lo que escribes ese señor puede ayudarte.
—Padre nunca me dará su permiso.
—Yo le convenceré y no tendrá más remedio que aceptar. Confía en mí.
—Madre, ¿usted cree que cederá?
—Si llega el momento, déjalo de mi parte. Pero primero tendrás que pensar sobre qué quieres escribir.
—Ya lo he pensado madre —contesta inmediatamente el muchacho con la ilusión reflejada en el rostro—. ¡Sobre el Titanic!
—¡Qué sabes tú de eso!
—Yo nada, sin embargo, el señor Tomeu estuvo en el Titanic y quiero que me cuente su vida y yo la escribiré.
—¿Quién es el señor Tomeu?
—Sí, madre, usted le conoce. Vive en El Saladar.
—¡Ah!, el alicantí. Tu padre me contó algo de lo ocurrido.
—¡Es un superviviente del Titanic!
La madre ve el entusiasmo de su hijo y ante esto su decisión es firme: le ayudará por encima de todo y contra todos.
—¡Creo que tengo la solución! — exclama la mujer.
—¿Sí, madre? ¿Qué solución ha encontrado?
—Lo mejor será hacerle creer a tu padre que estás dispuesto a navegar en la Marieta, pero antes quiere conocer mundo y aprender navegación en un gran barco. Y ¿qué mejor que pedir consejo al hombre que navegó durante gran parte de su vida en grandes barcos?
El padre, al escuchar a su mujer, y aunque ya hubiera querido contar con la ayuda de su hijo, accede, pues es consciente, aunque no lo diga, de las pocas habilidades de su hijo para la pesca.
Espera que la vida en la mar le espabile y le haga entender que su futuro no es otro que faenar en la Marieta.
—Bien, le pediré al señor Tomeu que hable con él, pero también le diré que le haga comprender la dureza de la vida en esos barcos alejado durante largos periodos de tiempo de la familia y del pueblo.
Tomeu está contento, hoy podrá hablar con el muchacho de barcos y darle algún que otro consejo.
Con su mujer y sus hijos ha optado por no hablar de este tema, pues la respuesta siempre es la misma:
—¡No querrás embarcarte otra vez!
No llegan a entender que, aunque la decisión tomada hace años es firme, su añoranza es manifiesta.
Cuando llega al puerto, un chavalín alto y desgarbado, con una gran libreta debajo del brazo, le está esperando.
—Señor Tomeu, soy el hijo del patrón de la Marieta y me llamo Jaumet. Le estoy muy agradecido por haber aceptado hablar conmigo —dice el chiquillo pasándose la mano por su cabello rebelde y encrespado.
—No sé si te seré de gran ayuda, pero estoy dispuesto a contestar todas tus preguntas.
Tomeu es alto y corpulento, sin embargo, Jaumet le gana en altura.
Al llegar al bar el tabernero solícito los recibe.
—Buenas tardes, señores, Pep me ha avisado que vendríais. En aquella mesa nadie os molestará.
El joven, de carácter introvertido y tímido, está muy nervioso por lo que Tomeu procura tranquilizarle hablándole de la barca de su padre.
—La Marieta es una buena barca y tu padre se gana muy bien la vida con la pesca.
Jaumet asiente sin pronunciar palabra y el hombre continúa:
—Pero tengo entendido que tú quieres ver mundo embarcado en un gran barco antes de dedicarte a la pesca.
El jovencito enrojece y tartamudeando responde:
—Señor Tomeu, he de pedirle perdón.
—¿Perdón? ¿Por qué?
Jaumet, compungido, responde:
—No quiero embarcarme en ningún barco.
—Entonces, ¿para qué me necesitas? — responde Tomeu sorprendido.
—Quiero seguir estudiando y llegar a ser escritor.
—Y ¿en qué te puedo yo ayudar?
—Don Segundo, el maestro, cada año cuando llega abril, nos habla del hundimiento del Titanic, y como le he oído tantas veces a mi padre decir que usted estuvo allí, quisiera escribir sobre su experiencia.
—¡Qué dices, muchacho! ¿Qué dirá tu padre cuando se entere? Yo no quiero enemistarme con él.
—No se apure, mi madre lo sabe y ella es la que ha inventado esta treta. Ahora solo falta que usted esté de acuerdo.
—Ya sabes que tu padre quiere que seas pescador como lo es él y lo fueron tu abuelo y tu bisabuelo.
—Sí, pero yo quiero ser escritor y escribir sobre su vida que debe haber estado plagada de aventuras —insiste el muchacho.
—Sí, la verdad es que he viajado mucho y he conocido a muchas gentes que me han enseñado a ver la vida desde distintos ángulos. Pero dime, si acepto, ¿qué harás con lo que escribas?
—El maestro se lo mandará a un amigo suyo que entiende mucho de escritura y, si le gusta, me ayudará a ser escritor.
—No te quiero desanimar, pero no será fácil que tu padre dé su brazo a torcer y, aunque así fuera, tampoco es fácil llegar a ser escritor.
—Si este señor se interesa por mis escritos, mi madre se encargará de conseguir que mi padre dé su permiso para que pueda ir a estudiar a la capital. Y en la capital puede ser posible que lo consiga. Como ya le he dicho, mi objetivo primordial es llegar a ser escritor.
—Bueno, si es así, de acuerdo — contesta dubitativamente y añade—, aunque del hundimiento del Titanic han pasado varios años y no creo que sea de interés para nadie. Además, en su día se escribió muchísimo sobre esto. No sé si voy a aportar algo nuevo.
—Aunque se viva una misma experiencia, cada persona la percibe de diferente manera, por tanto, su visión de lo acaecido será distinta.
—También te digo que para mí… ¡no será fácil recordar aquellos aciagos momentos!, sin embargo, te los relataré.
—Entiendo que para usted puede ser doloroso y por eso he pensado no centrarme solo en el Titanic. ¿Qué le parece si enfocamos el tema en la trayectoria que siguió un marinero alicantino para llegar a embarcarse en el barco más famoso que ha existido?
—Me parece que has tenido una buenísima idea. ¡Indudablemente no fue fácil! ¿Por dónde quieres empezar?
—Toda su vida me interesa, pues imagino que ha tenido que estar plagada de infinidad de anécdotas.
—He tenido una vida azarosa y difícil… Todo lo que he conseguido me ha costado un gran esfuerzo, pero he sido constante y no he desistido nunca de mis objetivos. Por eso, comprendo muy bien que luches por los tuyos y te ayudaré en todo lo que pueda.
—Podría comenzar explicándome cómo se asentó en Denia. Porque tengo entendido que es usted de Alicante.
—Sí, soy alicantino y la causa de que viva aquí es que me enamoré perdidamente de una mujer.
—Pues hábleme de ella.
El marinero entorna los ojos y comienza su relato…
Jaumet no ha interrumpido ni un momento al marinero. Ha tomado notas en su libreta y escuchado con suma atención.
Tomeu abre sus ojos y exclama:
—Como ves, tuve que luchar por ella, pero la conseguí.
—¡Debe quererla mucho!
—Ella y mis hijos son lo más grande que tengo. Por hoy lo dejamos ahí, ya tienes bastante material para empezar. Nos vemos la semana que viene si aún te interesa lo que te estoy contando.
El jovencito está ilusionado, aunque plasmar las vivencias narradas por el señor Tomeu no será tarea fácil.
Al llegar a casa, su padre le pregunta:
—¿Qué te ha dicho el señor Tomeu?
—Algún que otro consejo me ha dado.
—De eso se trataba.
—Pero tengo mucho que aprender de él, así que seguiremos la semana próxima, si a usted le parece bien.
—De acuerdo, él te hará comprender lo que es la vida en la mar.
Jaumet corre a la habitación, saca las notas que ha ido tomando mientras el señor Tomeu hablaba, y comienza a escribir.