Objetivo: El Titanic
Capítulo 6. Primavera de 1901
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Primavera de 1901
A ntes de embarcar hacia Italia, Tomeu ha hecho unas indagaciones sobre la posibilidad de enrolarse en uno de los barcos de la pasa que recala regularmente en Denia. Las expectativas son buenas, por tanto, ha tomado su decisión. Este será su último viaje hacia Italia ya que está decidido a embarcar en uno de los barcos de la pasa.
Durante la travesía se lo comunica a su amigo que no se muestra muy conforme.
—¿Tu decisión es firme?
—Si no vuelvo perderé a Tona —le contesta Tomeu con determinación.
—¡No me lo puedo creer! Te ha dado fuerte.
—Ya te dije que es la mujer de mi vida.
—Pero ella tiene novio, ¿y si no quiere dejarlo? Asegúrate de sus sentimientos hacia ti y ten presente que sus padres también tendrán su opinión, y no creo que sea muy favorable.
—Sí, ya he pensado que iré a verla, hablaré con ella y, aunque estoy seguro de que siente lo mismo que yo, me aseguraré. Luego hablaré con sus padres.
Estoy decidido, este será el último viaje que haga a Italia. ¿Tú que piensas hacer?
—No veo claro el cambio de barco, pero sabes que nunca me separaré de ti. Aunque no esté muy de acuerdo, allá donde tú vayas iré contigo.
—De acuerdo, a la vuelta, en cuanto atraquemos en Alicante, dejo el barco. Tú sigue hasta Denia.
—¿Por qué quieres desembarcar al arribar a Alicante?
—He de arreglar unos asuntos relacionados con la muerte de mi madre y quiero hacerlo antes de enrolarme en el nuevo barco rumbo a Inglaterra.
—¿Quieres que me quede contigo?
—No, no podemos dejar las calderas los dos. Tú continúa hasta Denia.
—De acuerdo.
—En cuanto solucione lo de Alicante, voy a Denia y hablo con Tona y con sus padres.
Tomeu, como le ha dicho a su amigo, ha de solucionar unos asuntos con respecto a la herencia de su madre.
Desde el día de su entierro no ha vuelto a Alicante.
La mujer vivió toda su vida prácticamente sola, ya que su marido murió joven y su hijo se embarcó siendo casi un niño. A pesar de su soledad nunca salió una queja de su boca.
Berta era una anciana de más de ochenta años cuando murió. Tuvo siempre una vitalidad fuera de lo común. No obstante, el tiempo no perdona y cuando ella percibió que sus fuerzas iban menguando, tomó una decisión dolorosa pero práctica, vender su negocio, una bonita y productiva tienda de ultramarinos.
Con el dinero que consiguió, adquirió el piso en donde había vivido la mayor parte de su vida para dejárselo en herencia a su querido hijo.
La buena señora tenía otros bienes provenientes de las herencias, suya y de su marido, las cuales conservó casi intactas. No obstante, su ilusión siempre fue dejarle a su hijo, además de los bienes heredados, el fruto de toda su vida de trabajo.
El piso, bonito y luminoso, está en la cuarta planta del edificio donde su tienda ocupa el bajo.
Durante toda su vida, Berta subió cada día los cuatro pisos a pie, pero esto no le impidió, ni siquiera en sus últimos días de vida, bajar cada mañana la empinada escalera para asistir a misa de nueve. Al salir de la iglesia tenía por costumbre dirigirse al mercado y comprar lo necesario para hacer un buen caldo.
Siempre fue mujer de buen comer y hasta el día anterior a su muerte se cocinó y se comió su puchero.
El día de su fallecimiento un pequeño malestar le impidió salir a la calle.
Su vecina, al percatarse de que la anciana no había salido para asistir a misa como era su costumbre, llamó a su puerta para preguntarle qué le pasa. Al no recibir respuesta entró en la casa utilizando la llave que la misma señora le dio por si algún día la necesitaba, y la encontró en su cama dulcemente dormida con el sueño del que ya no despertaría.
Tomeu se encontraba navegando cerca de puerto, por tanto, pudo llegar a su entierro, no obstante, le acongoja no haber podido despedirse de ella.
El amor que ha sentido y siente por su madre es grande y, aunque nunca ha sabido expresárselo, ahora le embarga un vacío inmenso.
Camina despacio hacia el hogar de su niñez. Sabe que el deseo de su madre era que conservara el piso, pero está dispuesto a venderlo. Ella siempre quiso lo mejor para su hijo y ahora comprendería su decisión. Su vida ya no está ligada a Alicante, quiere casarse y formar una familia en Denia, al lado de la mujer más maravillosa que ha conocido nunca.
A pesar de la gran tristeza que le embarga, no puede retrasarlo más. Si todo va bien y Tona le acepta, su lugar de residencia, cuando esté en tierra, será el pueblo de su mujer, por tanto, quiere dejar solucionado cuanto antes el espinoso asunto de la venta.
Se entretiene viendo las obras que se están realizando en el antiguo malecón.
Parece que quieren construir una gran explanada de unos quinientos metros que llegue hasta el parque.
Recuerda la ciudad de su infancia y comprueba cómo está creciendo. Se han abierto calles nuevas e incluso se han creado barrios en los arrabales.
Sigue su camino y, a pesar de su carácter endurecido por su vida en la mar, no puede evitar sentir un nudo en el estómago al acercarse a su casa.
Sube los cuatro pisos, entra y recorre una a una todas las habitaciones. Todo está igual, aún le parece estar viendo a su madre sentada en su mecedora revisando una y otra vez el libro de cuentas de la tienda.
Su habitación de niño, que utilizó poco pero que su madre siempre quiso conservar intacta, continúa con la cama hecha y adornada con el cobertor que ella misma le hizo.
La mujer trabajó mucho durante toda su vida, sin embargo, siempre tuvo tiempo para ocuparse de su hijo y contarle mil historias cuyo protagonista era su amado esposo.
El rudo marinero recuerda su feliz infancia y lo vivido le hacen derramar unas lágrimas que rápidamente, de un manotazo, aparta de su rostro.
En la habitación de su madre contempla el gran baúl con el nombre de ella estampado en doradas chinchetas. Chinchetas que también rematan todos sus contornos. En él, su madre guardaba la ropa de casa: sábanas, toallas, mantelerías. Abre el baúl y comprueba que está casi vacío. Al momento recuerda que su vecina le contó cómo vio a unas conocidas rebuscar en el baúl y sacar varias piezas el mismo día del velatorio. La mujer no prestó más atención porque pensó que buscaban algo necesario para la ocasión. Ni por un momento se le ocurrió que estuvieran robando con la dueña de cuerpo presente, pero así fue, y se llevaron gran parte de lo que la señora Berta allí guardaba.
Cuando sale de la casa solo lleva el baúl y dentro de él una fotografía de su padre y su madre con él en brazos delante de la tienda, los pendientes que la señora Berta llevaba siempre puesto y una mantelería de hilo con la que su madre engalanaba la mesa en Navidad.
El recio marinero emprende el camino sintiendo el enorme vacío que le ha dejado su madre.
Ella lo ataba de cierta manera a Alicante, ahora, la ciudad solo le produce una gran nostalgia. En el fondo de su alma siente remordimiento por no haber atendido más a su madre, por no haberle demostrado el gran cariño que le tenía, pero es un hombre y los sentimientos los lleva tan escondidos que se le hace casi imposible aflorarlos y manifestarlos.
Va a comenzar una nueva etapa en su vida, una etapa en la que tendrá la responsabilidad de una esposa y unos hijos.
Su madre, a pesar de la distancia, siempre estuvo pendiente de su único hijo, ahora él tendrá que velar por su familia y también en la distancia.
Tona pasa la mayor parte del día asomada a la ventana contemplando el mar y los barcos que entran en el puerto.
Desde la fatídica noche, la muchacha ha cambiado, ya no es la jovencita alegre y pizpireta, ahora se pasa los días cabizbaja y descorazonada sin ánimo de nada.
La señora Teresa no ha vuelto a visitar a su madre y ella se siente culpable de que su madre haya perdido esa amistad de tantos años.
En el pueblo, las chicas de su edad, aconsejadas por sus madres, le hacen el vacío y se encuentra terriblemente sola.
Hoy el sol luce espléndido. Desde su ventana, la vista del Montgó de un azul intenso, contrasta con el suave azul del cielo y el azul verdoso del mar. La belleza del paisaje, tan conocida, la entristece.
El recuerdo de su gran y perdido amor le llena los ojos de lágrimas.
Vuelve su mirada hacia el puerto y el corazón le da un vuelco. Vislumbra un barco entrando por la bocana y sin saber por qué está convencida de que ese es el barco en el que navegaban Tomeu y Vicente.
Sin pensarlo siquiera, la chiquilla baja corriendo hacia el puerto. Quiere certezas, aunque estas, como imagina, sean dolorosas, pero la incertidumbre la está matando. Quiere hablar con Vicente para que le cuente cómo fueron sus últimos minutos de vida, y si murió maldiciéndola por haber sido la causante de su desgracia.
Llega sin aliento y espera, nerviosa, contemplando las maniobras de amarre del barco. No se atreve a interrumpir a los marineros que saltan al muelle y recogen los cabos que sus compañeros les lanzan desde cubierta. Una vez en sus manos, los arrastraran hacia las boyas anudándolos con sus nudos característicos.
Cuando acaban de amarrar el barco, suben rápidamente para colocar la escalerilla por la que ya podrá desembarcar el resto de la tripulación.
Tona se acerca a la escalerilla dispuesta a interpelar a la primera persona que baje por ella.
El primero en aparecer es un marinero bajito y rechoncho con ganas de visitar la taberna más próxima.
—Oiga usted, ¿conoce a un fogonero llamado Vicente?
El hombre la mira con cara de pocos amigos y le responde:
—Mira, chica, tengo prisa y pocas ganas de acertijos, pero si quieres te invito a un vino.
Tona le ve alejarse y descorazonada duda entre irse o intentarlo una vez más con el siguiente marinero que desembarque.
En ese momento, un grupo comienza a bajar en tropel. La joven se aparta de su camino dispuesta a alejarse cuando ve aparecer a Vicente.
—Vicente, ¿y Tomeu? —le grita con desesperación, temiendo sus palabras.
—¡Tona! —La saluda jovialmente.
La muchacha vuelve a preguntar.
—¿Y Tomeu?
—No viene conmigo —contesta Vicente.
Tona comienza a llorar con desconsuelo mientras repite una y otra vez:
—Lo mató, aquella mala persona lo mató y yo tengo toda la culpa. Vicente, ya a su lado, la mira desconcertado al verla llorar.
—¿De qué hablas? Nadie ha matado a nadie.
—Entonces, ¿dónde está Tomeu?
—Tenía unos asuntos que resolver en Alicante, pero pronto estará aquí.
—¿Me aseguras que está vivo? —pregunta Tona incrédula y a la vez esperanzada.
—Tú misma lo vas a comprobar. Pero dime, ¿aún tienes ese novio guardia civil?
—No, ya no está en el pueblo, lo han trasladado y tampoco sería mi novio, aunque continuara aquí.
—¡Ah!, bueno, en ese caso Tomeu quiere hablar contigo — le dice haciéndole un guiño.
La joven no puede conciliar el sueño y cuando comienza a despuntar el día corre a su ventana esperando ver aparecer a su añorado marinero.
Desde que todo el pueblo supo que ella fue la causante del duelo, las miradas recriminatorias de sus vecinos la están haciendo recluirse en su casa y, aunque sigue yendo al lavadero, allí nadie le habla, solo una jovencita rubia y menú dita, con la que ha hecho amistad, continúa manteniendo el mismo trato con ella.
Su conversación con Vicente la ha tranquilizado al saber que su amado está con vida. No obstante, hoy está desasosegada.
A media mañana, acaba presurosa su colada y, tras un ligero saludo a su compañera, emprende el camino hacia la casa de la señora Remedios.
En el lavadero todas sus compañeras han percibido su nerviosismo y los cuchicheos no han parado.
—¡Hoy la ropa no se la lleva muy limpia! —exclama una de las maliciosas mujeres.
—¡A saber qué se lleva entre manos esta con tanta prisa! — responde otra.
Casi corriendo entrega la ropa limpia y sin esperar siquiera a que le pague, se encamina hacia su casa.
Vicente le dijo que Tomeu quería hablar con ella y, si es cierto, irá a buscarla allí.
Está impaciente a la vez que ilusionada con la llegada de su adorado marinero. Sin embargo, la incertidumbre sobre cuáles serán sus palabras la tiene con los nervios a flor de piel.
Sube la cuesta cavilando cómo actuará el marinero cuando se encuentren.
El intenso sol le impide distinguir la identidad de la silueta que se recuesta en la pared de su casa, sin embargo, no tiene ni la menor duda: ¡Es Tomeu!
Con el corazón saltándole en el pecho, acaba de subir la cuesta.
Los dos jóvenes quedan frente a frente mirándose sin mediar palabra.
El fogonero es el primero en reaccionar cogiéndola en sus brazos y besando sus labios tiernamente con una pasión contenida.
Tona, ruborosa, se aparta y mira a derecha e izquierda temiendo que alguna vecina haya sido testigo de su encuentro.
En la calle no hay nadie, pero detrás de las cortinas se adivinan miradas curiosas.
—Te creí muerto, pensé que Serafín te había matado.
—¿Sigues siendo su novia?
—¡No! No lo he visto más, me dijeron que lo habían trasladado a Cuenca. Pero dime, ¿qué pasó?
—Alguna vez te lo contaré, ahora no quiero perder ni un instante en ese asunto. Olvídalo, yo ya lo he hecho.
—No puedo, he sufrido mucho. Te creí muerto. No tenía noticias tuyas.
—Tendrás que acostumbrarte a estar meses sin saber de mí. La mujer de un marinero ha de ser fuerte.
Tona no se atreve a pedirle que le explique sus últimas palabras.
El joven la toma nuevamente en sus brazos.
—Tomeu, sé prudente —lo rechaza ella con poca convicción.
—Tienes razón, entremos en tu casa y hagámoslo oficial. Quiero pedirles a tus padres su permiso para hacerte mi esposa, si tú me aceptas.
Ella se abraza con fuerza al marinero y le susurra:
—Nada me haría más feliz que ser tu mujer.
Los padres de la chica, que habiéndose percatado de que fuera alguien habla con su hija, se han dirigido a la puerta. Tona y Tomeu entran y al pasar del radiante sol del exterior a la penumbra de la casa no se percatan de la presencia de los padres.
El dueño de la casa monta en cólera al ver a su hija cogida de la mano de aquel hombre. Y a pesar de que comprende de quién se trata, le pregunta:
—¿Quién es este?, y ¿qué viene a hacer a esta casa?
Tona queda en silencio, no obstante, Tomeu no se arredra al comprobar que no es bienvenido y después de presentarse, les pide permiso para cortejar a su hija.
—¿Ahora nos pides permiso? ¡Has tirado por la borda su futuro y su honra! —exclama Enríe.
—Tenía un buen novio, un muchacho trabajador y con un futuro, y tú, ¿qué le puedes ofrecer? —replica Antonia.
—Yo también tengo una buena profesión y conmigo no le ha de faltar de nada.
—De momento ni casa tienes. Serafín ya tenía concedido un piso bien bonito en la nueva casa cuartel que están construyendo.
El marinero, por un momento y ante las palabras de la madre, queda en silencio, pero al pronto reacciona y contesta con decisión:
—Tengo la casa de mi madre en Alicante.
—Pero mi hija vive en Denia y aquí que sepamos no tienes nada que ofrecerle.
—Quiero encontrar trabajo en un barco que recale regularmente en Denia, así podré cortejarla.
—Déjate de cortejos, a estas alturas sobran —apunta Enric de no muy buenos modos.
La chica hasta el momento ha estado callada, no obstante, al oír las últimas palabras de su padre interviene para, con lágrimas en los ojos, susurrar:
—Yo le quiero.
—¡Tú te callas y obedeces a tus padres! — Le manda su madre.
—Estoy harta de que todos me digan lo que he de hacer, soy una mujer, no una mula.
—¡Qué infeliz eres! ¿Crees que este buen mozo te dejará hacer lo que quieras si te casas con él?
—Quiero a su hija y quiero casarme con ella para hacerla feliz. Nunca le impediré hacer lo que ella quiera. Mi intención no es solo tener una mujer que me cuide, cuide mi casa y me dé hijos, quiero una compañera con la que pueda hablar y tomar juntos las decisiones de nuestra vida.
Los padres de Tona le escuchan sorprendidos por sus palabras que no acaban de comprender.
Tomeu continúa:
—He viajado mucho y sé que las mujeres están luchando para conseguir su autonomía y hasta para tener derecho al voto y, por supuesto, lo comparto por completo.
—¡Qué dices!, la mujer siempre obedecerá al marido porque este es el que ha de llevar los pantalones en casa —puntualiza la madre.
—Les digo que eso está cambiando. He leído que una tal Emmeline Pankhurst, inglesa para más señas, hace poco creó la Liga de Mujeres para luchar por sus derechos y, como les he dicho, estoy muy de acuerdo. La mujer no tiene por qué estar sometida al marido.
—Eso será en otros países o en las ciudades, pero aquí el que manda en su casa y en su familia, te lo repito, es el marido.
—En España también cambiarán las cosas. Ya se ha conseguido que todos los hombres tengamos derecho al voto, no solo los ricos y poderosos —insiste Tomeu.
—Déjate de monsergas y de votos, eso es para la gente rica, en los pueblos tenemos otras cosas en las que pensar. Y si es verdad que la quieres y puedes mantenerla, casaos inmediatamente porque después de lo que ha pasado mi hija está en boca de todo el pueblo. Y si lo tuyo es un capricho y la dejas, ya no habrá quien la quiera.
—No es un capricho, la quiero y estoy deseando hacerla mi mujer. Por mí no hay inconveniente, si ustedes me dan su permiso, nos casaremos enseguida, y para que vean que mis intenciones son las mejores, permítanme que le entregue un regalo.
—¿Para mí? —pregunta Tona.
—Sí. Son los pendientes de mi madre, mi padre se los regaló el día que se casaron y yo tenía pensado regalártelos también el día que nos casemos, pero para que tus padres vean que mis intenciones son las mejores, toma, póntelos ahora.
—No, los estrenaré el día de la boda como tu madre.
—Sí, os casaréis, ¿y luego qué? —pregunta Enric mohíno.
—Mi madre me dejó una buena herencia y como les he dicho, tengo pensado enrolaré en uno de los barcos de la pasa para poder recalar en Denia a menudo. Me he informado y sé que en estos barcos la paga es buena. Compraré una casa aquí en Denia con todo lo necesario para que su hija viva como una reina.
—Yo no necesito nada, solo ansío ser tu mujer —susurra Tona mirando con embeleso a Tomeu.
Los padres de la muchacha al oír las últimas palabras del joven han cambiado su actitud agresiva y la madre sonríe complacida a su hija mientras susurra:
—¡Qué chiquilla eres!
—Hija, para montar una casa se necesita mucho, y vemos que el chaval piensa con tino —puntualiza el padre.
—Señor, mi profesión se remunera bien. Además, la herencia de mi madre, que en paz descanse, se compone de una casa en Alicante, un buen dinero y unas tierras en Jijona. Pero considerando que pasaré temporadas en la mar, he pensado que será mejor para su hija que no nos instalaremos en Alicante, sino aquí, si a ustedes les parece bien.
—Desde luego, pobre hija mía sola tanto tiempo y lejos de su pueblo y de sus padres. De momento puede continuar en nuestra casa hasta que hagas una para vosotros —razona la madre.
Los padres de Tona dan por buenas las intenciones del joven marinero después de sus explicaciones y, aunque hubieran preferido al guardia civil, aceptan considerando que después de su ruptura con Serafín pocas oportunidades de contraer matrimonio le quedan a su hija que, con sus veinte años recién cumplidos, ya comienza a ser moza vieja sin otro porvenir que pasar toda su vida solterona y en casa de sus padres.
Viendo que la actitud de los padres ha cambiado Tomeu se atreve a preguntar:
—¿Nos dan ustedes su permiso para ir a dar un paseo? No iremos solos, mi amigo y compañero Vicente nos espera al final de la cuesta.
—Hagamos las cosas bien —contesta la madre.
Y dirigiéndose a su marido continúa:
—Enric, acompáñalos tú hasta el puerto, no demos más motivos para que el vecindario hable.
Cuando vuelve a casa, Enric, refunfuñando, le comenta a su mujer:
—Bueno, Antonia, a pesar de todo no parece mal hombre y no tendremos que aguantarle mucho, pues estará embarcado la mayor parte del año.
—Además, si es verdad lo que ha dicho, tiene posibles y un buen sueldo —responde la madre.
—Esperemos que lleguen pronto los hijos y que estos le aten, porque un hombre siempre fuera de su casa tiene muchas ocasiones de olvidarse de su mujer cuando se le pasen los primeros ardores.
Tona está radiante, sus padres han dado su consentimiento y pronto podrá ser la esposa de Tomeu. Está completamente enamorada del fogonero y desea ardientemente sus besos.
Solo hay una cuestión que la tiene preocupada. No sabe qué pasará la noche de bodas. No se atreve a preguntarle a su madre y no tiene a nadie más con quien hablar de temas tan delicados y, según ha oído decir, escabrosos.
Confía ciegamente en Tomeu y esta confianza es lo único que la tranquiliza.