Objetivo: El Titanic

Francisca Espasa · Capítulo 52 de 67

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Objetivo: El Titanic

Capítulo 52. Jueves 11 de abril de 1912

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Jueves 11 de abril de 1912

 

D espués de toda una noche de navegación, llegan a las 11:30 de la mañana a Queenstown ciudad del sur de la costa irlandesa.

Este puerto no tiene calado suficiente, por lo tanto, el Titanic ha de fondear al lado de la isla de Spike, una pequeña isla ubicada frente al puerto.

Los pasajeros que embarcan aquí son transportados en pequeñas embarcaciones desde el muelle hasta el trasatlántico.

Nicolau y sus compañeros esperan a los pasajeros para encargarse de sus maletas. Tan solo son siete pasajeros de primera clase y unos ocho de segunda los que embarcan, por tanto, acaban pronto de subir los equipajes.

Los restantes, unos ciento trece pasajeros que también suben a bordo, pertenecen a tercera clase y son ellos mismos los que se encargan de acarrear sus propios equipajes.

—Chaval, ya hemos acabado, puedes ocuparte del trabajo que tengas —⁠le recomienda el mayordomo que lo ha tomado bajo su protección.

El chiquillo, percatándose entonces de que están subiendo las sacas de correos, acude a ayudar. Acabada la tarea y a punto de adentrarse en el interior del barco, observa que una pasajera de tercera clase está en apuros, por lo que se encamina rápidamente hacia allí para ayudarla.

A las 13:30 del mediodía las sirenas anuncian la inminente partida del trasatlántico. Esta es la última escala antes de emprender la navegación por el Atlántico Norte hasta Nueva York.

La gran mayoría de los viajeros está en cubierta. No solo los que han embarcado en este puerto, sino casi la totalidad del pasaje.

Pocos se resisten a contemplar cómo el ancla es alzada por última vez. Ya no tocarán tierra hasta llegar a Nueva York.

El bullicio y la agitación que produce el agitar de sus pañuelos junto con sus risas de felicidad y alegría solo es acallado por el sonido de las sirenas.

En el muelle, además de los familiares y amigos de los recién embarcados, hay numeroso público deseoso de contemplar la salida del majestuoso trasatlántico. Con su casco negro resplandeciente y sus cuatro majestuosas chimeneas es todo un espectáculo verlo zarpar.

Se respira un aire festivo unido a la gran emoción del momento.

En las entrañas del barco la actividad se incrementa.

Durante el viaje hacia Nueva York el personal de las salas de máquinas deberá alimentar sin descanso casi la totalidad de los hornos y controlará continuamente la presión de las veintinueve calderas.

La labor de los fogoneros será estresante, pues se requiere mucha habilidad para controlar el fuego de los hornos. Este fuego calentará el agua para que se convierta en vapor y sea la fuerza impulsora transformada en la energía que mueva las máquinas.

 

A Nicolau, de los trabajos que le han encomendado el que más le gusta es permanecer en la puerta de entrada del comedor de primera clase con una gran sonrisa en su boca.

Cuando llega la hora, impolutamente vestido, cumple con su cometido abriendo una y otra vez la puerta con el ademán elegante que le han enseñado mientras sonríe ejecutando una reverencia a las damas, ataviadas con espectaculares vestidos de fiesta y ricamente adornadas con asombrosas joyas, y a sus elegantes acompañantes.

Todos ellos, mujeres y hombres orgullosos de su posición, apenas reparan en el jovencito que con una eterna sonrisa en los labios les facilita la entrada.

Allí, viendo a aquellas elegantes damas recuerda a las señoras que vio en su pueblo cuando acompañó a su padre a la Quinta. Ellas, sin duda, deben formar parte de la sociedad de la que provienen los pasajeros de primera clase.

Su mente vuela por un momento a su pueblo, a su familia y a sus compañeros, y aunque añora su antiguo mundo, se enorgullece de haber conseguido estar en este palacio flotante.

Una vieja y pintarrajeada dama se acerca a la puerta observando detenidamente al muchacho, ella sí es consciente de la presencia de Nicolau, al que le dedica estas palabras:

—Muchacho, eres un buen ejemplar, tienes un cuerpo envidiable y unos labios que volverían loca a más de una.

Nicolau, ante la actitud y las palabras de la señora, que no acaba de entender, enrojece visiblemente, no obstante, sonríe y le abre la puerta con su reverencia habitual.

Los pasajeros de tercera clase no comparten ningún espacio con los de primera y segunda, sin embargo, las jovencitas y jovencitos de tercera tienden a buscar rincones desde donde poder admirar a las grandes damas y a los imponentes caballeros sin ser vistos.

En este momento, un grupo de jovencitas, escondidas debajo de unas escaleras, contemplan los ricos vestidos y las incomparables joyas de las damas.

Pronto su atención se desvía hacia el joven botones que abre y cierra la puerta a la vez que ejecuta una elegante y graciosa reverencia.

—¡Chicas! ¿Habéis visto? Ese es el muchacho que llevaba las maletas —⁠susurra una de ellas.

—¡Qué guapo es! —exclama otra.

Meadhbh se ha unido al grupo y escucha callada los halagos que de Nicolau hacen las otras muchachas. Ha embarcado hoy en Queenstown con sus padres y sus dos hermanos pequeños de los que se ocupa. Y desde esta mañana en que cruzó su mirada con la del muchacho no ha podido olvidar sus hermosos ojos.

La familia de la chiquilla vivía en un viejo caserón del campo irlandés donde los padres estaban al servicio de una vieja dama. La madre se ocupaba de limpiar, cocinar y también de lavar y remendar la ropa, mientras el padre hacía las veces de jardinero, chófer y mayordomo.

Cuando Meadhbh creció también estuvo al servicio de la dama acompañándola en todo momento.

La dueña del caserón era soltera y carecía de gran patrimonio, por lo que sus familiares más cercanos se desentendieron de ella ya que no esperaban ninguna herencia sustanciosa.

Los rasgos más característicos de la anciana eran su avaricia y sus frecuentes brotes de mal humor.

Al poco personal de servicio les pagaba miserablemente y les exigía mucho. No obstante, los padres de Meadhbh la sirvieron hasta su muerte sin rechistar a pesar de su agrio carácter que empeoraba cada vez que oía a alguno de los pequeños corretear por el viejo caserón.

Sin embargo, al final de sus días tuvo hacia ellos un gesto de agradecimiento dejándoles sus poquísimos ahorros. Nunca sabrán si fue por agradecimiento o para que no fueran a parar, dichos ahorros, a manos de sus mezquinos parientes.

Los escasos dineros no podían durar mucho tiempo, ya que se habían quedado sin trabajo y sin lugar para vivir. Por tanto, decidieron utilizarlos para buscar una nueva vida emprendiendo el viaje al nuevo mundo.

Están convencidos de que este viaje va a ser el comienzo de su nueva y venturosa vida.

Han embarcado llevando con ellos sus pocas pertenencias envueltas en grandes sábanas. Estas fue lo único que se permitieron coger de casa de su señora.

Meadhbh, cargada con dos grandes bultos, ha subido a bordo rodeada de sus dos hermanos. La chiquilla arrastra los bultos a la vez que intenta estar pendientes de los traviesos niños. El más pequeño de ellos saltando mete el pie en una de las sábanas desparramando parte de su contenido. La jovencita, apurada, ha intentado rehacerlo, sin embargo, al notar unos ojos puestos en ella el nerviosismo la ha dejado petrificada.

Por un momento, ha temido que fueran los ojos de su padre y que iba a recibir una dura regañina pero, como en los cuentos de hadas que tanto le gusta leer, ha aparecido una mano amable ayudándola a recoger los objetos esparcidos.

Al comprobar que la mano correspondía a un apuesto jovencito, rápidamente se ha separado de él, ha cogido el bulto medio deshecho y a sus hermanos y casi corriendo ha desaparecido en el interior del barco.

 

En la sala de calderas la actividad no cesa, aunque esta noche navegan a doce nudos y no se está, de momento, forzando el ritmo.

En la misma sala donde trabajan los tres amigos también lo hace un palero que desde el comienzo del viaje está intentando armar jaleo. No obstante, hasta este momento se ha contenido. Es ahora, que ya no volverán a tocar puerto, cuando sus impertinencias van en aumento.

El hombre es agresivo y salta por cualquier motivo real o imaginario. Y aunque se ha venido controlando, hoy ha decidido no hacerlo y encontrar un motivo para organizar una buena trifulca.

Según él, uno de sus compañeros le ha tirado carbón a los ojos con la intención de cegarle.

—¡Eres un animal! —grita fuera de sí.

Los presentes le miran sin comprender a qué viene semejante grito y se sorprenden, más si cabe, cuando el hombre se lanza sobre su compañero. Este, con la pala en la mano, repele el ataque, sin embargo, el atacante no se amilana volviendo a la carga e intentando darle con la suya en la cabeza.

El agredido se defiende y se la arrebata tirándola al suelo junto con la suya para evitar seguir con la pelea. El agresor al verse desarmado, con una incontrolada furia, se abalanza sobre él y comienza a propinarle una sarta de puñetazos.

Los otros compañeros de alrededor le bloquean, pero el hombre se revuelve con tanta rabia que es difícil escapar a sus patadas y mordiscos.

El calor y el esfuerzo continuado es el causante de algún que otro incidente y, aunque la gente de calderas suele ser profesional y disciplinada, siempre hay algún garbanzo negro.

El maquinista jefe, al enterarse de la pelea y de quién ha sido el causante, le ha amonestado seriamente:

—La suerte que tienes es que no volvemos a atracar en ningún otro puerto, porque si así fuera te desembarcaba y asunto concluido. De momento, estarás dos días encerado y, por supuesto, no cobrarás estos días.

Y dirigiéndose a los otros continúa:

—Somos los que hacemos funcionar con nuestro esfuerzo este gran coloso, estáis haciendo un buen trabajo y en compensación se os trata bien y cobráis un buen dinero, así que a trabajar sin desfallecer. ¡Cada uno a sus quehaceres!

Entre varios hombres se llevan al agresivo palero que va chillando cual poseso:

—¡Ojalá se hunda este asqueroso barco y os vayáis todos al fondo!

A la mañana siguiente, en el comedor se comenta la pelea y uno de los fogoneros al enterarse de lo ocurrido exclama:

—Yo conozco a ese, he coincidido en dos barcos con él y en los dos, al acabar el viaje, le dijeron que no se molestara en volver.

—¿Tiene algún problema? —pregunta Vicente.

—¡Qué sé yo! Es violento y nunca está conforme con nada. Discute con todo el que se le acerca y busca pelea continuamente.