Objetivo: El Titanic
Capítulo 54. Sábado 13 de abril de 1912
54
Sábado 13 de abril de 1912
E l capitán Smith es informado del incendio acaecido la noche anterior y de las consecuencias de este.
—Mi capitán, el incendio ha dañado la coraza levemente y se ha tomado la decisión de untar con aceite las partes deterioradas.
—¿La situación está controlada? — pregunta el capitán.
—Pensamos que sí. Se ha revisado el casco exhaustivamente y será suficiente con el aceite para paliar los desperfectos.
—De acuerdo, ténganme informado — recomienda el capitán.
Entre Meadhbh y Nicolau ha nacido una complicidad que va en aumento. Tanto el uno como la otra desean fervientemente disfrutar unos momentos de su mutua compañía. Así pues, buscan la ocasión para poder estar juntos y es tanta su complicidad que son la envidia de los demás jóvenes.
—Mira la mosquita muerta, la última en llegar y la primera en engatusar a ese guapo muchacho —exclama una rolliza y poco agraciada jovencita.
—¡Es que la chica es guapa! — apunta un chaval escuálido.
La pareja no es consciente de la envidia que provocan en sus compañeros, solo están atentos al maravilloso sentimiento que ha nacido entre ellos. El idioma no es un gran inconveniente porque les basta con mirarse a los ojos.
Anoche, Nicolau cogió, de una de las mesas del gran salón antes de que lo cerraran, una bonita rosa para obsequiársela a su amada. La ha conservado en agua y en cuanto tiene un momento corre a entregársela.
Al recibirla, Meadhbh se ha emocionado, nunca le habían regalado una flor tan hermosa y en agradecimiento deposita un tímido beso en la mejilla de Nicolau, que al sentir el contacto de los labios de su amada en su rostro cree desfallecer.
Los tres fogoneros pasan casi todo su periodo de descanso durmiendo, porque si bien no sufrieron ningún daño en el incendio, la tensión acumulada les ha pasado factura.
Por la tarde antes de reincorporarse nuevamente al trabajo, van en busca del muchacho. Quieren que compruebe por sí mismo que no han sufrido ningún daño en el incendio, ya que la noticia ha corrido por toda la tripulación.
Buscan al jovencito, pero no logran dar con él. Así pues, le preguntan a uno de sus compañeros.
—¿Sabes dónde podemos encontrar a Nicolau?
—Hasta que no tenga que vestirse estará deambulando por tercera clase —dice el muchachito esbozando una picara sonrisa.
Los tres amigos se dirigen hacia allí. No han de buscar mucho ya que descubren al jovencito pelando la pava con una guapa mocita en la sala de tercera clase.
Al ver a sus amigos y protectores, enrojece visiblemente, se despide rápidamente de su acompañante y va a su encuentro.
—¡Menos mal que están bien! He oído decir que hubo un incendio en calderas y que había heridos.
—Ya veo que has encontrado con quién consolarte — le dice Vicente socarronamente.
—Pórtate bien y no comiences a tontear que si se entera tu jefe te castigará —le recomienda el reflexivo Glyn.
—¡He de ir a vestirme para la cena! —exclama el chaval avergonzado por haber sido pillado por sus protectores y desaparece rápidamente.
Los tres amigos trabajarán hoy en el turno hasta la medianoche y luego podrán dormir, cosa que agradecen porque, aunque en las calderas no se aprecia ni el día ni la noche, trabajar durante el día y poder descansar por la noche siempre es menos agotador.
Nicolau llega a su lugar en la puerta del comedor de primera clase cuando algunos pasajeros ya esperan en el salón a que abran y dé comienzo la cena.
La primera en acercarse a la puerta es la vieja dama que con una gran sonrisa se dirige al muchacho.
Al percatarse de su presencia, el jovencito enrojece visiblemente.
—Te has puesto nervioso al verme. ¡Buena señal! — exclama la dama.
El muchacho no contesta, solo baja los ojos y abre la puerta. Ella se le acerca más y le propina un discreto golpecito en el culo.
—Me nenes loca, ¡menudo cuerpo tienes!
Él, impertérrito, sostiene la puerta sin pronunciar una sola palabra. La mujer no tiene intención de entrar todavía, pero al ver acercarse a más comensales se ve obligada a entrar, no obstante, al pasar, restriega sus flácidos pechos por el dorso del jovencito.
Por suerte, la mayoría de los pasajeros de primera clase no miran siquiera a la persona que les abre la puerta, por tanto, no perciben el rubor intenso y el nerviosismo de Nicolau.
En las profundidades del barco, los tres amigos están acabando su turno cuando el maquinista jefe les dice que los fogoneros que han de sustituirles no podrán incorporarse ya que fueron muy perjudicados en el incendio y, aunque al principio no parecía que las quemaduras sufridas revistieran gravedad, tendrán que pasar unos cuantos días con las manos vendadas.
—Tendréis que continuar en vuestro puesto un rato más hasta que pueda arreglarlo.
—De acuerdo, ya nos dirá cuánto tiempo más debemos continuar —responde Glyn.
—No os preocupéis que os recompensaré el esfuerzo.