
Opiniones
Una veintena de crónicas, casi todas escritas en París para La Nación de Buenos Aires, que Rubén Darío reunió en 1906 avisando en la dedicatoria que no pretende enseñar nada. Vuelve del entierro de Zola y lo cuenta en caliente. Se detiene en Gorki, en León XIII poeta, en Rémy de Gourmont. Otras no hablan de literatura: los libreros de viejo a orillas del Sena, el caso del abate Loisy y el cisma que amenaza a la Iglesia católica desde dentro, el escultor Irurtia. Rastrea la etimología de rastacuero y sostiene que el tipo ya no tiene nacionalidad ni hace el ridículo: se ha mezclado con la alta sociedad parisiense y «rasta» sirve hasta de elogio. Cierra en Asturias: sale decepcionado del tesoro de reliquias de la catedral de Oviedo y acaba a la orilla del mar, sobrecogido ante un eclipse total de sol.






