
Papeles del doctor Angélico
En la facultad llamaban doctor Angélico a Ángel Jiménez, que rompió con su padre banquero antes que llevarle las cuentas. Murió en las afueras de Madrid dejando a un condiscípulo novelista dos legajos de notas garabateadas en cualquier papel. El amigo las descifra, las ordena y admite haber limado lo más tajante. Resulta una biografía por dentro: apuntes sobre la muerte y el amor junto a relatos enteros. En uno, un embustero de café jura haber entrevistado a Prometeo; en otro, una poetisa casi octogenaria defiende que gobiernen las mujeres. Palacio Valdés no abandona nunca esa pose, y el sarcasmo del doctor va cediendo a una religiosidad cada vez más franca. Todo acaba en la verja de un jardín. El editor le pide que rece para que Dios le dé esa fe, y Jiménez sonríe: «No necesito pedirla, porque ya la tienes».







