
Oriente
En agosto de 1907 Blasco Ibáñez salió de Vichy camino de Constantinopla y fue anotando lo que veía. El primer tercio del libro es Europa central: el balneario lleno de extranjeros que toman las aguas, las mesas de juego, Ginebra, Berna, el lago de Constanza, Múnich y su festival wagneriano, Salzburgo, Viena y Budapest. Los dos tercios restantes son Turquía, y ahí se le nota el deslumbramiento. Entra en Santa Sofía, asiste a una ceremonia de derviches, se entrevista con el gran visir y con el patriarca griego, y se detiene en los perros que gobiernan las calles. Sostiene, y le dedica un capítulo, que en ninguna ciudad del mundo conviven tantas religiones con tanta libertad como en Constantinopla. Escribe como el periodista que era, mezclando la estampa con el apunte histórico. El imperio que retrata se deshizo poco después.







