
Los muertos mandan
Jaime Febrer es el último de un linaje mallorquín con mucho apellido y ninguna renta. Para salvar la casa de sus abuelos acepta un trato que le resulta humillante: casarse con la hija de un chueta rico, descendiente de los judíos conversos a los que Mallorca seguía señalando siglos después. En él puede más la repugnancia heredada que el cálculo, y la boda se rompe. Febrer huye a Ibiza, a una torre en ruinas frente al mar, y allí se enamora de Margalida, hija del payés que años atrás le compró la finca de su madre. Ha empezado el festeig de la muchacha, ese cortejo por turnos al que acude una treintena de mozos armados, y la rivalidad acaba a tiros. Blasco Ibáñez retrata las castas isleñas sin adornarlas y se pregunta hasta dónde gobiernan los muertos a los vivos.






