
La horda
Blasco Ibáñez dejó la huerta valenciana por los arrabales del Madrid de principios de siglo: Tetuán, los Cuatro Caminos, los traperos que bajaban de madrugada a buscarse la vida. Entre ellos sitúa a Isidro Maltrana, huérfano de padre y criado en el Hospicio, a quien una viuda acomodada pagó los estudios. Murió sin testamento, los herederos lo echaron a la calle con tres mil pesetas y la carrera quedó a medias. Culto y sin sitio en ninguna parte, malvive de traducciones y de textos que firman otros. Feliciana, hija de un cazador furtivo, es la que se le declara; él la acepta más por vanidad que por amor. Acaban entre los gitanos de las Cambroneras; tienen un hijo y la miseria termina con ella. Lo escribió siendo diputado republicano y se nota: parece un reportaje, preciso, seco y sin salida.






