Paladín

C. J. Cherryh · Capítulo 12 de 23

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Paladín

Capítulo 11

Por la mañana, Jiro estaba de mal humor. Un poco de ejercicio y un camino interesante por las colinas era una cosa, pero parecía estar dándose cuenta de que el hogar se alejaba más y más, y lo enfurecía despertarse tan lejos de su pradera y su establo. Tampoco le gustó que le volvieran a poner la armadura, y apretó las orejas, coceó y trató de morder.

Un caballo inteligente, pensó Shoka. Sentía un dolor muy agudo en la pierna esa mañana, y le resultaba difícil no cojear, y al levantar la silla de montar de Jiro y pasarla por encima del lomo sintió una punzada en la rodilla que le hizo cerrar los ojos.

Fue una satisfacción ver a Taizu moviéndose un poco más despacio esa mañana, inclinándose y estirándose y haciendo muecas, mientras se masajeaba los hombros y se ponía las mangas de la armadura.

Decididamente más lenta esa madrugada.

—¿Ves? —dijo él—. Deberías hacer el amor todas las noches. Impide que uno se entumezca.

Ella le hizo una mueca. El sonrió y siguió ensillando el caballo.

—Llevaré uno de los carcaj —dijo él.

—No voy a discutir.

—Podría llevar uno de los colchones.

—No voy a discutir eso tampoco.

Ni una sola vez sugirió Taizu que quería montar a caballo… porque, pensó él, sabía que caminar le haría cojear al poco rato. Y nunca se lo echó en cara, ni siquiera cuando él la provocó, ni siquiera cuando él trataba de desanimarla y persuadirla de que volviera a casa; tal vez lo habría dicho, pensaba él, pero era dulce en el fondo de su corazón, y entendía lo que él estaba tratando de hacer, y lo había rechazado la noche anterior con cierto derecho de su parte.

Shoka enrolló las camas por separado y la ayudó a peinarse. Le ofreció las cintas que le habían dado las damas de la aldea, una color naranja y otra roja.

Ella sonrió ante el regalo y las ató con la primera, y lo miró, preocupada, como si no estuviera segura de no estar portándose como una tonta.

Él sonrió. Los ojos de ella se encendieron.

Así que él se dirigió hacia el caballo y montó antes de que una palabra pudiera comenzar otra discusión.

 

El día se entibió y el camino siguió adelante con suavidad, dos líneas de polvo amarillo y sedoso entre matas de hierba baja y salvaje de fines de verano.

—¿Quieres cabalgar un rato? —le preguntó Shoka, finalmente, pero Taizu meneó la cabeza y se secó un reguero de sudor de la frente.

—No —dijo ella—. Gracias, maestro Shoka. Estoy bien.

—Jiro puede llevar el colchón.

—No —dijo ella alegremente, contenta incluso. Se aupó el colchón en el hombro —. Uno no pesa mucho.

Él no había dicho ni una sola vez ese día que debían volver. Ella no había dicho ni una sola palabra de enojo desde la mañana. Era una paz seductora. Hacía que un hombre se tentara y pensara en seguir adelante, sin importar el coste.

Pero como el coste era Taizu, él no pensaba hacerlo.

 

Habían estado viendo huellas de ruedas en el polvo amarillo desde el día anterior; eran huellas claras y, de vez en cuando, las hiedras y la hierba aparecían aplastadas, rotas, pero no secas todavía.

—Hay alguien más adelante —dijo Taizu finalmente.

—Me preguntaba cuándo ibas a notarlo.

Ella se volvió y lo miró con el ceño fruncido.

—Podrían habérnoslo dicho, en la aldea.

—No les preguntamos, ¿verdad?

—Habría sido decente de su parte decir algo.

—Supongo que sí. Pero yo soy un señor de Chiyaden. ¿Quién habla a un señor de esos detalles? Para eso tenemos personal que nos ayuda. Hay una jerarquía en estas cosas.

Ella lo miró, burlándose.

—Bueno, entonces los señores no deben de saber nada de lo que pasa, ¿no es cierto? Yo habría hablado, y yo soy campesina. Yo hubiera pensado que es amable decirle a alguien lo que le espera en el camino.

—Claro que lo habrías hecho —dijo él—. Habrías corrido directamente hasta el estribo de un señor y se lo habrías dicho.

—Ah, no. Habría dejado que él y su caballo cayeran por un puente en mal estado, o se encontraran con forasteros. Si no me gustara el señor, claro. Lo habría hecho.

Shoka sonrió.

—Estoy seguro de eso.

—Claro que sí.

—¿Así es como hacen las cosas en Hua?

—Nunca dejamos que nuestro señor cayera en un puente, íbamos y decíamos: Señor Kaijeng, deberíais arreglar eso. Señor Kaijeng, han pasado unos forasteros por aquí.

—El señor Kaijeng era un buen hombre.

—¿Lo conocisteis?

—No muy bien. Coincidimos algunas veces. Nunca venía a la corte, excepto en el año de las inundaciones. Entonces vino a pedir ayuda.

—Yo todavía no había nacido.

Shoka pensó en eso y meneó la cabeza pensativo.

—Bueno, en esa época yo estaba en la corte. Era en tiempos del viejo Emperador. Él señor Kaijeng vino a informarle sobre la situación. Me impresionó. Era un hombre frugal. Pidió que lo eximieran de los impuestos por ese año. Compró seis carros de arroz y telas y los envió a los que arrendaban sus tierras, para que los granjeros pudieran conservar sus fuerzas. Había mucha reconstrucción que hacer y si la tierra estaba deshecha, un pueblo bien alimentado era como un ejército para una campaña. Ese fue su razonamiento. Impresionó mucho al Emperador y le envió diez carretas de telas y arroz él mismo, y Hua envió de nuevo el cien por cien de los impuestos al año siguiente, y envió regalos para la mesa del Emperador.

—Me lo contaron.

No le veía la cara. El tono era normal, relajado. Era la primera vez que ella lograba hablar de Hua. No quiso presionar demasiado.

—Es muy útil ser razonable con la gente —dijo Shoka—. Una dama debe recordar eso.

Eso hizo que ella frunciera el ceño; Taizu, caminando medio de lado para no perderlo de vista, por encima del colchón enrollado y la espada y el arco, y el carcaj en bandolera.

—¡No les digáis mentiras sobre mí!

—¿Y qué les digo? Disculpadme, nobles señores, pero soy Saukendar de Yiungei y escolto a esta granjera a Hua para que pueda matar al señor Gitu y casarse conmigo… Claro.

Ella lo miró con furia y cerró la boca.

—¿Y? —le preguntó él—. Creo que será mejor que seas mi esposa para los que encontremos. Nadie pensará en nada raro mientras estés decentemente casada.

Ella miró hacia delante otra vez, a tiempo de esquivar una hiedra muy crecida.

—Si no os tuviera conmigo —dijo ella, para herirlo—, habría seguido tras ellos en la noche y ya los habría pasado.

—Y tendrías una flecha en el cuerpo.

—Los habría pasado, pero dando un buen rodeo. Sin hacer ruido. Estaría perfectamente bien.

—Claro que sí, pero pensé que habíamos dicho que no íbamos a discutir sobre eso.

—Yo no dije eso. Vos lo hicisteis.

—No es así como lo recuerdo. ¿Ves?

Había un punto negro en el horizonte hacia delante, donde el camino daba una vuelta para evitar la orilla del río. Taizu miró hacia allá, caminó de puntillas un momento y se estiró para ver mejor.

—Granjeros o mercaderes —dijo finalmente—. Carretas.

—Mercaderes, creo yo. Muchas carretas. Nos va a tomar todo el día alcanzarlas. Para el anochecer, supongo…

—Eso no les va a gustar.

—No los culpo.

Al menos diez, once, decidió Shoka a medida que las lomas descubrían y ocultaban lentamente a la caravana… que a últimas horas de la tarde los vigilaba con evidente nerviosismo. El río Hoi estaba a la izquierda. A la derecha las colinas se elevaban, desnudas, demasiado empinadas y rocosas para albergar árboles; las Desérticas, las llamaban los habitantes de esas tierras: estaban en el límite de Hoishi y Hosan, un lugar capaz de inquietar al más templado… o al mercader que, sin duda, se adentraba en el Imperio con las carretas llenas de jade en bruto, y tal vez hierro y metales preciosos.

Así que no les sorprendió que los guardias de la caravana se rezagaran. Cuando llegaron hasta ellos, los estaban aguardando, armados, montados sobre peludos caballos de las estepas, con los arcos en las manos y las flechas preparadas.

—Con cuidado —dijo Shoka, y levantó la mano para mostrar que no llevaba armas.

Los guardias no cambiaron de actitud y no lo imitaron. Él no esperaba tal cosa.

—Podemos salirnos del camino —dijo Taizu—. Por los dioses, no os acerquéis a ellos. No van a querer que pasemos junto a sus carretas y los espiemos.

—El camino también es nuestro.

—No quiero que me llenen de flechas.

—Y yo no quiero que Jiro se lastime los cascos. El suelo es horrible fuera del sendero.

—Yo tampoco quiero que hieran a Jiro con una flecha. Es un blanco muy grande. Y vos estáis sobre él. Y yo al lado.

—Tranquila, tranquila. Creí que no le tenías miedo a nada.

—Flechas —murmuró Taizu—. No me gustan las flechas.

—Bueno, no están disparando, ¿no? —Shoka siguió cabalgando, la mano separada del cuerpo. La caravana se detuvo; un jinete cabalgó hacia la cabeza de la fila, y al cabo de unos minutos otro se acercó a caballo, un hombre vestido de rojos y grises.

—Ése es el jefe de caravana —dijo Shoka, mientras dos de los guardias salían de las carretas detenidas, a ritmo lento, a un ritmo muy semejante a la forma en que él y la muchacha estaban avanzando—. ¡Hola! Somos viajeros también. Queremos pasaros, si nos dais permiso.

Los jinetes se colocaron a una distancia que les permitiera hablar, no más cerca, y se detuvieron. Shoka también.

—Viajeros en la misma ruta —dijo Shoka—. Si nos dejáis, os pasaremos.

—Sois de Chiyaden —dijo uno de los guardias, haciendo un gesto para que se detuvieran.

—Sí. Soy Shoka de la provincia de Tengu. Ella es mi esposa, Taizu. ¿Y vuestro jefe?

—El maestro Yi. El maestro Yi del reino de Shin.

El que hablaba se inclinó. Shoka se inclinó. Taizu también.

Y así les permitieron cabalgar con los guardias junto a las carretas, mientras los carros permanecían parados y el jefe de la caravana avanzaba al encuentro de ambos.

 

Hubo té, para ellos y para el jefe de la caravana, sentados sobre colchones mientras el jefe les pedía noticias.

—Tengo muy poco que decir —dijo Shoka—. Mi esposa y yo hemos vivido lejos, en la frontera de Hoishi, desde los disturbios en mi tierra. No tengo deseos de volver pero mi esposa siente nostalgia. Así que… —Se encogió de hombros, sin mirar a Taizu—. ¿Qué puedo hacer? Una esposa infeliz o un viaje infeliz.

El maestro de la caravana deslizó una mirada hacia Taizu, y lo que pudo haber querido sugerir como remedio para una esposa mandona murió sin nacer en sus labios; se le cerró la boca con firmeza y un segundo después se encogió también y dijo:

—Bueno, yo tengo cuatro esposas. Y tengo que alimentarlas a todas o no me arriesgaría por este camino, ésa es la verdad.

—Malo, ¿eh?

—Malo. —El maestro Yi hizo un gesto hacia el camino con la mano huesuda y el gesto abarcó también la tierra a su alrededor—. Cinco ataques en este camino este año. Viajo con guardias profesionales. Como veis. —Otro gesto hacia la caravana, las carretas detenidas, los hombres sentados a la sombra, descansando. Al menos quince guardias. Shoka notó que todos parecían mercenarios por el descuido de sus armaduras—. Me cuesta una fortuna —dijo el maestro Yi—. Y no es solamente en Hoishi. Por todo el camino, desde aquí hasta Ygotai. Bandidos. Fuera de la ley. Uno cabalga de lo más tranquilo y de repente flechas desde los arbustos. Os digo que me pondría muy nervioso viajar solo por aquí.

—Es para inquietarse —dijo Shoka—. ¿Hasta Ygotai, decís?

—¡Y más allá también! Os digo que son malos tiempos. Hubo una época en que había ley en los caminos. Hoy en día uno está abandonado a su suerte apenas deja una ciudad. ¡Y no penséis que los señores locales se preocupan por los caminos! Envían todos sus guardias a Cheng'di.

—Al Emperador.

—Adonde quiera que los envíe el Emperador. Guardias mercenarios por todas partes. Sin ley. Bueno para el comercio en la capital. Pero terrible en las provincias. Y una caravana más reducida estaría en serio peligro. Os aconsejo que habléis con vuestra esposa, seriamente, señor. La nostalgia es una cosa. Este es un camino peligroso. Muy peligroso. Si queréis un consejo, volved a Mon y no paséis otra noche en este camino. Por ella.

—Estamos bien —dijo Taizu, breve, rápida.

Los ojos del jefe se deslizaron hacia ella y la estudiaron con cuidado, un poco de miedo cuando llegaron a los detalles, uno de los cuales era obviamente la cicatriz; y otro, tal vez, la imagen general, la armadura, con el pequeño nudo de cintas y el cabello más corto de lo que debía ser el de una mujer.

Shoka se aclaró la garganta.

—Somos honestos —dijo—. No debéis preocuparos, maestro Yi. No somos espías. Preguntadme lo que queráis sobre Cheng'di y os diré lo que sepa, pero son noticias viejas. Hemos estado lejos tanto tiempo… y estamos deseosos de oír lo que vos queráis decirnos.

Otra mirada de los ojos del mercader hacia Jiro, pastando cerca del equipaje de Shoka y Taizu; un punto a mi favor, pensó Shoka; su acento y la armadura costosa de Jiro y la suya propia, lujosa aunque fuera vieja, iban bien con la historia de un señor que se había ido al campo después de haber sido destituido, y eso era plausible, dadas las condiciones políticas, mientras que la cicatriz de Taizu, su dicción (que había cambiado algo bajo la influencia de Shoka, pero que todavía no era la del corazón del Imperio) y su extraña armadura funcional, significaban, tal vez, otra cosa en lugar de bandido, pero esa otra cosa no era menos inquietante.

Si hubieran sido dos hombres, uno podría haber pensado: mercenarios profesionales. Y podría haberse preocupado por el más pequeño, de cara burlona y dura, y pensar que era un loco, de esos que suponen peleas en los campamentos y sangre derramada.

Y eso convertía a Shoka en el más loco de los dos, y a los dos en algo posiblemente más peligroso que simples bandidos.

—¿Qué hay de los caminos al este de Ygotai? —preguntó Shoka.

—Buenos hasta Mandi. Después, arriesgados. ¿Es ahí donde vais? ¿De dónde es vuestra esposa?

—Hua.

—¡Hua!

—¿Qué pasa allí? —preguntó Taizu. Tenía los puños cerrados sobre las rodillas. Se inclinó como gesto de buena educación—. Por favor.

—No lo sé, realmente. —El maestro Yi se inclinó también—. Lo único que sé son los rumores. Pero dicen que la cosa está muy mal en todo lo que queda al este y al norte de Mandi. Deberíais escuchar a vuestro esposo. La gente muere todos los días en estos caminos. Suceden cosas terribles.

El maestro Yi se quedó callado, los ojos fijos en los de Taizu. Después hizo un movimiento brusco con los hombros.

—¿La regencia todavía está en el poder? —preguntó Shoka.

—Ah, sí. Sí. Eso no cambia. —Otra mirada extraña.

—Hemos estado muy aislados —dijo Shoka y levantó la taza mientras el muchacho del jefe le servía más té—. Gracias… ¿Entonces habéis viajado por este camino hace poco?

—Dos veces este año. Nuestro último viaje antes de las nieves. Pero nos encontramos con una caravana en Shothai… —El maestro hizo que le llenaran la taza —. Y me lo dijeron muy claramente. Hay posibilidad de beneficio. Ganancia pura. Hay escasez en Chiyaden. Donde hay escasez, las provisiones se venden bien. Esa es mi política. Sí, señor, mi política.

—Un hombre prudente. Que los dioses os acompañen, maestro Yi. Os deseamos buena suerte.

—Os diré algo —dijo el maestro Yi—. Si no queréis seguir mi consejo y volver, sería más seguro para vosotros viajar con nosotros. Por un hombre como vos, y por vuestra esposa, no cobraré nada, ya que tenéis vuestra propia armadura y vuestra comida, supongo. Os lo ofrezco solamente porque soy bondadoso.

Shoka se inclinó.

—Es muy generoso de vuestra parte.

Taizu lo miró con furia y frunció el ceño.

—¡No! …

—Hablaré con mi esposa —dijo Shoka—. Me gustaría, aceptar, maestro Yi. Es un ofrecimiento muy amable.

—Es demasiado lento —dijo Taizu.

—Disculpadme —dijo Shoka, y se inclinó ante el jefe de la caravana, se puso de pie, tomó a Taizu de la muñeca y la arrastró fuera para cruzar unas palabras junto a Jiro.

—¡Tiene sentido! —Dijo Shoka—. La velocidad no lo es todo. Podemos ir hasta Ygotai con ellos… ¡Usa la cabeza, muchacha!

—¡Ese hombre sospecha! Si nos quedamos con ellos, va a empezar a preguntarse quiénes somos, y muy pronto se dará cuenta de que tal vez la ley os esté buscando y de que tal vez obtenga algún dinero si os entrega…

Ésa era una idea, audaz y retorcida; decididamente una idea que apoyaba la posición de Taizu.

—¡Yo confío en nosotros! —dijo Taizu—. Confío en vos. No confío en este maestro Yi y en su gente. ¡Son bárbaros! Los dioses saben lo que les pasa por la cabeza. ¡Podrían asustarse si piensan que la ley os busca! Podrían hacer cualquier cosa, y si dormimos con ellos y comemos con ellos, no podremos defendernos. No me gusta. No me gusta nada.

Ella conocía la cautela. Había viajado sola de Hua a Hoishi.

Y los dioses sabían… un mercader de tierras lejanas podía no conocer su rostro o su armadura, pero alguien que encontraran en el camino tal vez sí, y quizás ese alguien hablara, y un mercader de tierras lejanas tal vez empezaría a pensar en lo que valía Shoka en oro.

En cierto modo, él ponía a Taizu en peligro en lugar de protegerla, ella tenía razón en eso; y eso lo preocupaba y lo irritaba.

—De acuerdo —dijo—. De acuerdo. Estoy de acuerdo contigo.

Ella respiró hondo y dejó salir el aire sin decir nada.

Y él la llevó otra vez frente al maestro Yi y se inclinó.

—Maestro Yi, os doy las gracias, pero mi esposa es tímida con los extraños, y hasta ahora se lo he consentido. Gracias con todo mi corazón por vuestro gran consejo, pero un hombre casado, ya me entendéis… así son las cosas con las mujeres.

Sin duda, el maestro Yi sospechaba cómo eran las cosas con Taizu. Shoka hizo una mueca y trató de parecer avergonzado, sin mirar al maestro Yi directamente a los ojos, pero sin dejar de ver la inclinación que éste le hizo con la cabeza.

—Señor, espero que sepáis lo que hacéis. No puedo insistiros lo suficiente.

—Mujeres —dijo Shoka. Se inclinó de nuevo—. Ciertamente os admiro, señor. —Y cuando se alejaban—: Cuatro esposas. Es realmente impresionante.

—Os recomiendo el látigo —le gritó el maestro Yi.

Taizu iba a darse la vuelta. Shoka la tomó del hombro y la llevó hasta el equipaje. Trepó a la montura mientras Taizu pasaba los brazos por las cuerdas del colchón y el resto de las armas y empezaba a caminar, con otra inclinación hacia el maestro Yi.

—Ni una palabra —dijo él entre dientes—. Ni una palabra, Taizu.

Ella se las arregló bastante bien, caminando junto a él, con la cabeza baja, mientras pasaban junto a la caravana, eligiendo cuidadosamente el lugar donde ponían los pies, siguiendo el borde del camino, entre arbustos, entre rocas, entrando y saliendo de la caravana según el espacio que ésta o el sendero les ofrecieran. Los hombres los miraban fijamente. Algunos agredieron a Taizu con palabras de mal gusto, y dos intercambiaron un comentario en su lengua nativa y se rieron.

No fue fácil pasar por allí. Shoka pensó en coger al par de burlones y averiguar si seguían teniendo tanto humor después de una paliza. Pero esa satisfacción costaría demasiado.

Siguieron la larga, larga fila de carretas, hasta que llegaron al camino libre y tomaron la curva de la colina.

Entonces Taizu se dio media vuelta y dijo, indignada:

—¡Se estaban riendo de vos!

—Si quieres que informen de lo que vieron en la próxima ciudad, ante un magistrado, puedo volver y enseñarles respeto; eso hará que nuestra descripción vuele por el camino tan rápido como sea posible.

—¡No teníais por qué inclinaros ante ellos!

—Querida esposa, creo que estuvo muy bien. Vamos por delante de ellos, y si nos mencionan al magistrado en Ygotai, esperemos que hablen de un tonto y su esposa malcriada que probablemente dejaron su casa del bosque. Yo era Shoka solamente para mis amigos más íntimos, no para la gente en general, y dudo que relacionen ese nombre con Saukendar… pero tal vez lo hagan si vuelvo y les rompo la cabeza. ¿No te parece?

Ella seguía con el ceño fruncido, pero no respondió.

—No usé la historia del demonio.

—Ah, no, la próxima caravana que pase por el pueblo recogerá eso, y seremos famosos…

—Otra razón por la cual pensé que tal vez tenías razón, y que había que darse prisa en este tramo. Lo que ellos creen es que vamos a doblar hacia el norte en Ygotai, frente a la caravana… si se dan cuenta de que soy yo. Les dijimos la verdad sobre Hua. Y precisamente van a pensar que eso es una mentira. Así que no buscarán en esa dirección.

Ella se dio la vuelta de nuevo mientras seguía caminando, la expresión furiosa.

—O tal vez piensen que Saukendar nunca mentiría.

—Creo que tengo reputación de ser inteligente… ¡Cuidado con eso!

Ella se volvió y esquivó una piedra.

—Lo único que sé es que si yo fuera el magistrado de Ygotai y me dijeran algo sobre un caballero con una armadura tan cara, tendría muchas sospechas, y sabría que ese hombre tiene problemas de algún tipo, y sabría que no hay ningún señor Shoka porque ése no es un nombre noble.

—Supondría que eran una pareja de mercenarios, eso es lo que supondría, uno de ellos mujer.

—Que no querían que los tomara la caravana.

—Porque tenían mejores propuestas en otro lado. Gitu tenía mercenarios a su servicio, hace once años. No creo que haya cambiado. Y uno le dice señor a cualquiera que tenga una armadura como ésta. Al menos, como mercenario soy capitán, y eso es más de lo que puede pagar el maestro Yi. El lo sabe. Si se cree la historia de la esposa, bien; si no la cree, pensará que somos mercenarios…

—Un mercenario que pasó de largo dejando que se burlaran de él…

—No dormirán bien esta noche. Estoy seguro. Fue tonto dejarnos pasar y ver cuántos son. Por eso me hice el tonto, y ellos se rieron de lo que pasaba. Cuando vuelvan a pensar en el estilo de la armadura y las demás cosas, van a tener varias ideas sobre mí, y ninguna va a tener sentido, y todas van a poner muy nervioso al maestro Yi, mucho más que si fuéramos un par de bravucones que podrían haber eliminado en un minuto. Ellos no nos han echado, nosotros decidimos irnos. No deberían habernos dejado hacerlo. Y ahora estoy seguro de que están pensando en eso y deseando que seamos tan tontos como les parecimos.

Ella lo miró con la boca abierta mientras caminaba de medio lado.

—¡Sois tan retorcido! ¡Les habéis dicho tantas cosas que van a sospechar de nosotros!

—No sabrán lo que somos. Hasta que, como dices, los alcancen otros viajeros. Entonces sabrán todo, y para entonces, será mejor que sigamos estando por delante de los rumores. —Pensó en volver a pedirle que volvieran. Y pensó: «Dioses, no podemos volver atrás, ¿verdad? Ghita lo sabrá, tarde o temprano. Y volverán los asesinos. No tendremos seguridad ni siquiera en la montaña.

Bueno, lo sabía cuando empecé esto. No puedo hacer nada. No puedo hacer nada ahora.

Entrar y salir con rapidez. Y tal vez, si tenemos mucha suerte… ir al sur, a las montañas, y amarnos allí, donde ni siquiera la guardia imperial nos seguiría.

El lío en que me ha metido esta mujer.

 

El sol se convirtió en un globo dorado detrás de las colinas al otro lado del río, y un toque de oro rozó las puntas de las montañas, que se elevaban muy altas a su derecha.

La luz seguía igual cuando llegaron al lugar en que el río corría con más ruido entre las rocas, y las colinas Desérticas llegaban hasta el camino.

Más allá, no era lugar para viajar en la oscuridad: una franja estrecha perfecta para una emboscada, por la que el río corría, en una hondonada boscosa, y el suelo era pedregoso y las colinas a ambos lados muy escarpadas.

—Aquí nos detenemos —dijo él cuando una vuelta del camino los llevó cara a cara con la quebrada.

—Yo lo hice en la oscuridad —dijo Taizu—. Pero no tenía caballo, y me escondí siempre que pude.

Él meneó la cabeza, pensando en ella con la gran canasta, liviana a pesar de todo; ella sola, en ese lugar propicio para las emboscadas.

Y bajó del caballo y lo llevó hasta un pequeño lugar libre de rocas.

—Tengo una idea —dijo Taizu mientras hervían un poco de agua: para el arroz del día anterior, ya pasado, y un poco de té.

—Los dioses nos salven. ¿Qué?

—Sobre las flechas. Lo que haremos… —Ella estaba sentada sobre sus talones poniendo ramitas en la hoguera que habían encendido, mientras él se sentaba con las piernas cruzadas sobre los dos colchones, bien cerca—. Lo que haremos es que yo voy primero hasta el camino, y hago mucho ruido, como una tonta. Y si hay alguien allí, vos estaréis detrás de mí y podréis acabar con ellos. Eso es mejor que dejar que nos disparen a los dos, o que alguien mate a Jiro.

—No, te dispararían inmediatamente. No pareces mujer, de lejos.

Ella lo miró, ofendida.

—Pensé que te gustaba parecer un muchacho —dijo él, divertido—. Esa idea no tiene nada de malo, excepto que tú seas el blanco. Podríamos esperar al maestro Yi. Yo sabía que llegaríamos a un lugar así en algún momento. Lo recordaba, pero me gusta menos en el crepúsculo.

—No confío en ese hombre. No confío en ninguno de ellos. Y ellos no confían en nosotros. Como dijisteis, ya tuvieron tiempo de pensar y nos quieren de nuevo donde puedan vernos. Casi me preocupan más que los bandidos.

Chica inteligente. Muy inteligente.

Había que tomarla en serio. Aunque él hubiera preferido ir con el mercader y romper cabezas si llegaba el momento. Taizu en el campo tenía toda la paciencia que le faltaba en otras cosas. Paradojas.

—Hace muchos años conocí a un muchacho como tú. Las cosas nunca eran reales para él hasta que sacaba el arma. Entonces, usaba la cabeza.

—Está muerto —adivinó Taizu—. Todas vuestras historias terminan igual.

El meneó la cabeza.

—Está en las órdenes sagradas. Es la única cosa que impidió que Ghita le cortara la cabeza… por lo que oí. ¿Sabes que si hubieras ido a Muigan, habrías terminado como abadesa?

Ella arrugó la nariz y puso té en el agua.

—Las religiosas te habrían enseñado el bastón, como yo.

—Demasiadas órdenes. Y rezos. —Hizo una mueva—. No es para mí.

—Celibato también. No creo que te hubiera gustado eso.

Ella le hizo otra mueca.

—Dije esta noche. Después de la cena. Tengo hambre.

—Bueno, tal vez para entonces yo no tenga ganas. ¿Quién sabe?

La mirada de ella se volvió traviesa.

—Maestro Shoka, nunca habéis dejado de tener ganas, nunca desde que os conocí —dijo con tono de familiaridad—. Aquí tenéis. —Le alcanzó el pote del té. El extendió su taza y confió en la puntería de ella.

—Shoka —dijo él—. Por favor, sólo Shoka.

Una mirada inquieta por debajo de las cejas. La sonrisa ya no estaba allí.

—Ojalá hubierais vuelto a la montaña, maestro Shoka. Ahora tengo miedo de que sepan que la dejamos. ¿Y entonces qué?

—Ya lo han intentado antes. Lo intentaron muchas veces cuando llegué, cuando al fin me encontraron. Dejaron de intentarlo. Se volvió demasiado costoso.

—Esta vez quizá no se detengan.

—Tal vez no. Así que nos vamos al sur. Atravesamos las colinas. Buscamos otra montaña más lejana.

Ella lo miró un largo, largo rato.

—Tu cena se enfría —dijo él, y se puso una bola de arroz en la boca.

Fue realmente una cena fría. Ella comió el arroz sin decir nada, entre tragos de té. El comió lo suyo sin apetito, hirvió otra ronda de té y se inclinó para beber mientras ella terminaba lo suyo en silencio.

—Admítelo —dijo él—. Ahora tienes algo de sentido común gracias a mis enseñanzas. No diré una sola palabra. Tú ya sabes lo que diría. Hay que planear una retirada. Siempre hay que planear una retirada. Yo ya tengo una planeada. No creas que no es así. —Maldita mentira. Inclinó la cabeza contra las rocas y esperó que ella no encontrara otra excusa esa noche, que su humor no le impidiera hacerlo. Se dejaba caer en el mal humor con tanta facilidad. Tomaba algunos años poner distancia entre un hombre y sus muertos, y persuadirlo de que el día y el momento eran lo más importante de todo. Disfruta de la vida, muchacha. No vas a dejar que te maten día tras día. Yo no les daría esa satisfacción. Toma todo lo que te da el día. Disfruta la puesta de sol. Disfruta la lluvia. O al hombre que te ama. Mierda. No creo ser tan mala persona. ¿O sí?

Ella lo miró desde el borde del bol de arroz, una mirada corta, y otra de soslayo, meditando, a la manera de Taizu. Una sonrisa leve en la comisura de los labios y una ceja levantada.

—No, no lo creo. —La sonrisa desapareció—. Soy granjera. Conozco la naturaleza. He visto cómo los cerdos y las cabras la disfrutan. Tenía cuatro hermanos, dos casados. —Le tembló la boca—. Y lo que obtuve fue algo diferente. ¿Sabéis? Eso no puede sorprender a una granjera. Las cabras tampoco son amables unas con otras. Pero, maldición, maestro Shoka… —Arrancó un poco de pasto y lo arrojó a un lado —. Mala suerte, siempre. ¿No es cierto? Me gustaría que lo intentaran ahora. Eso es lo que me gustaría. Mucho.

Él dejó escapar un suspiro, con cuidado. Diablos, ¿esa chica no tenía respiro?

—Espero que no me incluyas en ese grupo.

Ella se mordió el labio.

—No, maestro Shoka. Quiero que sepáis que si dormís conmigo, no soy vuestra esposa. Lo hago porque tengo miedo y no me gusta tener miedo, así que quiero hacerlo hasta que se me pase. Pero vos pensáis que es por vos. Y no os voy a mentir. No me gusta mentir. No soy virgen. No soy dama de nadie. Es culpa mía que dejarais vuestra montaña y me gustaría mucho que volvierais, carajo. Si volvéis, os prometo que trataré de sobrevivir y volver, y que entonces nos casaremos. Haré lo que vos queráis por el resto de mi vida. Pero no quiero que os maten por mí. Nunca lo quise. Estáis portándoos como un tonto, y no me gusta. No soy lo que creéis que soy. No soy vuestra dama. Soy una granjera. Se reirán de vos si decís que soy otra cosa. Como esa gente de la caravana. ¡Y no pienso permitirlo!

La cara estaba perfectamente controlada, las manos sobre las rodillas, toda la postura tranquila. Solamente la voz temblaba y se quebraba.

Él dejó que el silencio se extendiera entre los dos un largo rato. Descubrió que tenía una rama de arbusto entre los dedos y la hizo sonar contra una roca.

—Ya que estamos siendo tan directos, déjame decirte algo. Fui un tonto por no pedirle a Meiya que durmiera conmigo. Si lo hubiéramos hecho, ella no se habría casado con el Emperador. Fui todavía más tonto por creer que existía alguna cosa que el Emperador era capaz de respetar, por no haberla raptado y llevarla conmigo a la frontera. Pero entonces, entonces ella ya era esposa del Emperador. Y habrían mandado a un ejército contra mí y ella habría muerto de todos modos. Pero el hecho es… —Era una idea que había estado creciendo en su mente durante meses, una idea amarga, una idea que hacía que una buena parte de la vida se convirtiera en un páramo desolado—. No creo que la amara en los últimos años. No creo que ella me amara… nunca en realidad. Éramos unos niños. Estábamos enamorados como chiquillos. La perdí por una orden del viejo Emperador. Era algo romántico y yo estaba desolado, y mi orgullo, muy lastimado. Así que, ¿qué otra cosa podía hacer excepto seguir con un sentimiento del que en el fondo no estoy seguro que fuera real? ¿Entiendes eso? Probablemente es lo que te pasa conmigo. Quieres y no quieres. Sí y no. Pero para mí, en esos tiempos, tenía que ser real. Ella odiaba a su esposo. Yo era su amigo. Nunca habíamos dormido juntos, ni una sola vez. Si lo hubiéramos hecho, supongo que habría sido más que un amor de niños. El día en que murió… —Shoka se aclaró la garganta cerrada—. Me esperaba. Estoy seguro de que me esperaba, porque yo era su amigo. Porque sabía que si alguien iba a venir a rescatarla, ese alguien era yo. Pero para ese entonces, las cosas entre nosotros eran sólo política, y planes sobre cómo hacer esto y cómo influenciar a un señor o a otro para hacer lo que había que hacer… todo política. No éramos amantes, éramos una facción que Ghita tenía que vencer… yo, Meiya, el señor Heisu. Que no podía probar el adulterio en mí era obvio: habíamos sido tan cuidadosos que no había ninguna posibilidad. Que lo probara en Heisu… significa que tal vez ella lo cometió, no lo sé… Y yo la culparía. Yo sabría por qué… porque siempre me consideró demasiado honorable. Y sabía lo estúpido y lo peligroso que habría sido para ambos. Pero si se acostó con Heisu, fue porque él no le importaba personalmente, sólo como amigo y consejero, y su esposo nunca la tocaba. Hay cosas que la gente se hace una a otra y que son peores que las que se hacen en los campos de batalla. Esa es mi verdad. Tú no elegiste lo que pasó. Yo provoqué el lío en que estoy metido. Así que si me acuesto contigo… es porque me he vuelto más inteligente con los años. Acepto los momentos que me dan los dioses. No pido demasiado. Realmente me interesas, me importas. Nunca dormí con una mujer que me importara. Con nadie… hasta que tú llegaste. —Se sintió de pronto muy avergonzado, porque le estaba diciendo eso a una muchacha muy joven y muy obstinada, aunque ya no fuera una niña. Se estiró y puso la rama rota sobre el fuego, sin mirarla, con los ojos fijos en la hoguera, que se elevó, llamas brillantes y breves, y unas pocas chispas en la oscuridad cada vez más densa—. De todos modos, ésa es mi razón. No tienes nada que ver. —Tomó otra ramita y alimentó las llamas—. Si recuerdo bien los mapas, las colinas al sur de Hua tienen bosques. Un país difícil para encontrar a alguien. Así es como planeo que huyamos. Y tú con…

Ella se había levantado. Shoka pensó que tal vez la había ofendido y que iba a marcharse, pero ella se le acercó y se arrodilló junto a él y le tomó la mano con familiaridad y la sostuvo, los brazos entre las rodillas.

—Hagamos el amor, ¿de acuerdo?

El levantó la vista y vio una cara encendida, ansiosa, muy cerca de la suya. Se le aceleró el pulso.

—Bueno —dijo, y cerró la mano con fuerza. Y pensó en los bosques, que no estaban lejos, y en el lugar en que se encontraban.

Al infierno con eso. Empezó a desvestirla y ella lo ayudó con la armadura, y se lo quitaron todo como dos jóvenes al borde de un camino.

Después, él cubrió el fuego, abrigó a ambos con las mantas y dijo:

—No corramos. Déjame explicarte las cosas buenas que tiene.

—¡Hazlo y nada más!

—No, no, no es así.

—Mmmm —dijo ella después de un rato, y dejó escapar un gemido.

Las damas de Chiyaden eran más discretas. El no podía decir que las prefiriera, tanto más cuando ella quería probar sus propias ocurrencias.

—Mmmm —dijo él—. Dioses.

—¿Te duele?

—No —dijo él, entre jadeos, y se tranquilizó—. ¿Ahora?: Las uñas de ella se le clavaban en la espalda. No le importaba.

Jiro bufó una vez. Con fuerza.

Él se detuvo. Ella también.

Una piedra rodó entre las rocas, por encima de sus cabezas.

—¡Mierda! —murmuró él en el oído de ella—. Hay alguien allá arriba.

Los dedos de ella apretaron con fuerza, una sola vez.

—Mmmm —dijo ella en voz alta, con fría presencia de ánimo.

—Mmmm —dijo él a su vez, se separó y buscó a tientas la espada, mientras ella se desvanecía entre las sombras camino de la armadura, en tanto que Jiro jadeaba y pataleaba, alarmado.

Él quería su armadura, demonios, pero lo único que podía coger sin hacer ruido era la espada. Esperaba que Taizu tuviera sentido común y se quedara quieta.

—Mmmm —dijo ella de nuevo.

Oyó que alguien se movía en la ladera de la colina. Más arriba; por lo menos uno. Más de uno por la derecha.

Oyó a su blanco, vio la sombra y un golpe como un susurro. Ni siquiera hubo un grito. Dos objetos golpearon el suelo, uno grande y uno pequeño.

Sonidos desde arriba. Una piedra bajó haciendo ruidos; se oyó una serie de ruidos, como gemidos, abriéndose dentro de gargantas humanas y unas sombras aparecieron por la derecha.

Recibió a las tres primeras con un golpe cada una; perdió a la cuarta, tratando de impedir que pasaran por su lado, atrapó a la quinta y oyó gritar a Taizu.

—¡Bastardo! —Mientras algo golpeaba el acero y un hombre aullaba y quedaba en silencio; Shoka giró y golpeó y se defendió, en lo que había empezado como miedo y terminó como rabia desatada.

Oyó al hombre que bajaba por la colina, lo oyó venir y giró y golpeó, giró de nuevo con el sonido del acero a su izquierda, atrapó a otro y se lanzó tras la figura pálida cuyo acero brillaba en las sombras.

—Iaaa —aulló, para llamar la atención de su adversario, y atravesó el camino abriéndose paso con la espada; oyó gritar a Taizu, pero no de dolor, era un aullido como el de un demonio furibundo.

Y las últimas sombras que quedaban se alejaron, corriendo.

—¡Cobardes! —gritó ella.

Shoka dejó escapar el aliento y descubrió que estaba temblando de pies a cabeza, la vieja sensación que acompañaba a la lucha, el corazón palpitante, los músculos listos para entrar en acción.

—¡Coge el arco, demonios!

Tomó a Taizu del brazo y la arrastró hacia la armadura. Luego corrió y tomó a Jiro de la rienda y lo llevó hacia la colina, y mientras corría, pisó restos en el suelo, restos que no estaban allí antes de la escaramuza.

Taizu había hecho lo que él le decía, había corrido a cubrirse tras la colina, había cogido los arcos y los tenía dispuestos.

Desnuda como vino al mundo.

—¿Estás herida? —preguntó él.

—No. ¿Y tú?

—No. —Él buscó la ropa—. Vístete. Dormiremos por turnos. Maldición.

Ahora temblaba por otras razones. Por la imagen de ella allí fuera, rodeada. Por lo que pudo haber pasado.

Por lo que ella había hecho, demonios.

La apretó contra su pecho.

—¿Asustada? —le preguntó.

—No. —Los dientes de Taizu temblaron. La sintió temblar y se aferró a ella, pensando…

Pensando que si ella hubiera cometido un error, uno sólo, habría muerto.

Pensando que entonces él habría prendido fuego a todo el bosque y habría buscado a Gitu, y a Ghita, y al Emperador y a toda la maldita corte.

La abrazó cada vez con más fuerza.

—¿Quieres volver a casa?

—A Hua —dijo ella.