Paladín

C. J. Cherryh · Capítulo 2 de 23

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Paladín

Capítulo 1

Shoka ya estaba casi en el umbral cuando la aparición salió del bosque, un gran bulto que caminaba sobre dos piernas delgadas, nada más que una canasta y un muchacho flaco con sombrero.

Lo había visto primero con el rabillo del ojo. Pensando en los bandidos, vertió el agua para el viejo caballo, lo palmeó en el cuello y caminó aparentando tranquilidad hacia la casa, donde guardaba el arco, llevando el cubo vacío en la mano, para utilizarlo como arma si no había otra cosa a mano.

Pero se dio cuenta de que el visitante estaba solo, probablemente otro suplicante con alguna petición. Fingió no verlo, por precaución —los bandidos podían usar chicos— y porque, para su pesar, la hora lo obligaba a ofrecer hospitalidad, una taza de té, un poco de arroz y un lugar para dormir, así que pensó que podía ir primero a la casa. Por el tamaño de las piernas que soportaban la inmensa canasta, el niño extraviado era demasiado joven para volver por el camino en la oscuridad de la noche.

Así que se dirigió hacia la vieja galería de madera, bajo el techo de paja, cerca de la puerta y de sus armas, por si acaso; después soltó el cubo, se dio la vuelta y miró fijamente al muchacho, que se detuvo con su fardo en los escalones de entrada.

El muchacho se deshizo de las cuerdas y dejó la canasta en el suelo, después de lo cual hizo una reverencia.

—He venido a ver al maestro.

—Ya lo has encontrado —dijo Shoka, y vio lo que estaba cansado de ver: la cara joven que se alzaba, la boca abierta y los ojos enormes y desilusionados—. Soy Saukendar. ¿Qué quieres?

El muchacho se sacó el enorme sombrero y lo miró… un muchacho flaco y exhausto con una cicatriz que hacía que todos vieran eso primero y la desesperación de los ojos después. Esa atracción por la cicatriz avergonzó a Shoka, que se dio cuenta de que había sido grosero y descuidado, y entonces se descubrió atrapado en una atención intensa por la cara entera, una atención que no solía brindar a sus visitantes.

—Quiero justicia —dijo el muchacho, y Shoka se sintió atrapado por segunda vez.

—¿He cometido algo reprobable? —preguntó Shoka.

El muchacho meneó la cabeza y por un momento pareció que iba a llorar, la barbilla temblorosa. Después apretó la mandíbula y se apoyó con todo su peso sobre el arco que usaba para caminar, un arco para niños, tosco y mal hecho.

—No, señor. Quiero que me enseñéis.

Shoka frunció el ceño y retrocedió, enojado por la forma que había usado el muchacho para acercarse a él, y apenado ahora, cuando por un instante había sentido una punzada de interés, ante la perspectiva de verse implicado en un problema.

—Otro. ¿No te lo dijeron en la aldea? ¿O acaso no los escuchaste?

—Dijeron que vos erais un hombre honesto. La gente habla de vos en todas partes. Dicen que si todavía estuvierais en Chiyaden, mataríais al señor Ghita y a todos los señores que están con él. Tal vez no queráis volver al mundo, maestro Saukendar, pero podéis enseñarme y yo lo haré, y vos ni siquiera tendréis que moveros de aquí. Trabajaré para pagar vuestras enseñanzas. Cortaré la leña y alimentaré al caballo…

—Y yo te digo, deberías haber escuchado el consejo que te dieron en la aldea. No tengo nada que ver con Chiyaden. Ya no. No soy un maestro. No tengo sabiduría, maldita sea, ni soy un santo. No tengo nada que darte y puedo cortar la leña que necesito. Caminaste hasta aquí para nada. ¡Fuera de mi galería! ¡Vuelve a la aldea! ¡Ellos te cuidarán!

El joven lo miró desesperado.

—¡Fuera!

El muchacho retrocedió y se volvió hacia los escalones.

Hubo un matiz en ese movimiento, un ángulo en la cadera.

Una forma de centrar el equilibrio que atrajo la mirada de Shoka y confirmó sus sospechas. Sí. No. Mientras, el visitante se volvió para mirarlo desafiante, desde una distancia segura.

—Muchacha —dijo Shoka; y vio un pequeño brillo en los ojos: era de alarma, no de ofensa. Meneó la cabeza y cruzó los brazos, pensando en los bandidos y sus trucos —. Soy maestro de armas. Estaría ciego si no me diera cuenta de algo así. ¿Pensaste que ibas a engañarme? ¿Qué estás haciendo en esta montaña? ¿Quién te mandó? ¿A quién perteneces?

—Mi nombre es Taizu. De la provincia de Hua. Vine caminando a veros. Dicen que sois el mejor, dicen que podríais volver a Chiyaden y arreglarlo todo, pero que habéis decidido quedaros aquí y alejaros del mundo. Pero yo lo haré. Tengo razones. Haré las cosas que vos haríais si volvierais.

El rio. No era algo común en él.

—Cuéntame otra fábula, muchacha. ¿Qué es lo que quieres realmente?

—Quiero que me enseñéis el arte de la espada.

—No eres de Hua. Eres de Hoisan. Eres una espía de los bandidos.

—¡No!

—¿Creen que yo no haría daño a una niña?

—Tengo dieciséis años. Y no soy un bandido. No quería engañaros, solamente hasta que me aceptarais y pudiera demostraros que puedo aprender. Tengo mi propio arco. Tengo una espada. —Hizo un gesto hacia la canasta—. Tengo mi propia ropa, mis mantas; yo hice el arco y las flechas.

Shoka fue hasta el último escalón, tomó el arco de manos de la muchacha, echó un vistazo a la lamentable obra y se la devolvió.

—Funciona mejor como bastón.

Ella frunció el ceño.

—Entonces enseñadme a hacerlo mejor.

—No voy a enseñarte nada. ¿De dónde vienes?

—De la provincia de Hua.

—Eso está a cuatro semanas de camino, muchacha. No me digas eso.

—No sé a qué distancia está. —La voz era baja y ronca. El mentón temblaba levemente—. Pero la recorrí.

—Sola.

—Hay mucha gente en el camino hasta Yijang: ellos también huyen de los incendios. Caminé con ellos; y después con algunos que iban a buscar a sus parientes en Botai…

—¿De dónde eres? ¿Quién es tu señor?

—De la aldea de Kyutang, en Hua. Pertenecíamos al señor Kaijeng. Ahora está muerto. Toda la familia. Todos. El señor Gitu cruzó su frontera y quemó el castillo Kaijeng y quemó Kyutang y Jhi y todas las aldeas y mató a todos, hasta a los cerdos. —El mentón de la muchacha tembló y luego se afirmó de nuevo—. El señor Ghita no hace nada. Todos lo saben. El señor Gitu puede asesinar a la gente y nadie hará nada… Pero yo sí. Lo prometo. Y lo haré.

—Vas a conseguir que te corten la cabeza. Eso es todo lo que harás, muchacha. Deja la lucha para los hombres.

—No hay hombres. No queda nadie.

Shoka la miró, la chaqueta raída, la cicatriz, los ojos ardientes, y sintió que algo se conmovía en su interior, algo que no había sentido por ninguno de los otros suplicantes, incluso los serios y honestos. Desconfiaba de ese impulso. Tal vez la chica era parte de una banda después de todo, alguien que había venido a ver si él realmente estaba solo; o que había venido a matarlo mientras dormía si era lo bastante tonto. Tal vez pensaban que estaba muy desesperado por una mujer. Pero el acento de la chica era genuino: cortaba los finales de las palabras como hacían en las provincias al este de Chiyaden, como en la provincia de Hua, y en ese sentido, también podía ser una espía traída a salvo por los caminos y enviada allí con órdenes del mismo señor Ghita. Durante un momento, eso le pareció mucho más probable que la idea de los bandidos: pero Ghita no se había ocupado de él en años, y no veía razón para que empezara a hacerlo ahora. O tal vez era un demonio, eso también era posible, pero tenía los pies descalzos y eran pies humanos, y los pulgares estaban ubicados en la dirección correcta; y él llevaba nueve años en las colinas sin haber visto un solo demonio.

—Entra —le dijo, cediendo sin ganas al impulso que lo hacía hospitalario. Hizo un gesto hacia la puerta—. Por lo menos, te daré algo de comer.

—¿Me enseñaréis?

El frunció el ceño.

—Enseñarte… He rechazado a muchos jóvenes, jóvenes brillantes, estudiantes serios y capaces… y ¿ahora voy a recibir a una muchacha? ¿Qué diría a los que rechacé? ¿Que soy maestro de armas de mujeres? Dioses. Entra… Y no te preocupes. No tengo intención de atacar a una niña.

Ella se quedó quieta.

—Mierda. —Él bajó las escaleras y ella retrocedió de nuevo, aferrando la canasta —. Tonta niña. Una espada, por los dioses. ¿Sabes que si los magistrados te encuentran con una podrías perder la mano derecha, por lo menos?

—No hay ley aquí.

—Aquí la ley soy yo —dijo él. Y cuando ella volvió a retroceder, agitó una mano hacia ella—. Si quieres irte, hazlo entonces y no te detengas en el camino. Si te encuentro por aquí después, descubrirás lo que es la ley de esta montaña.

—Quiero que me enseñéis.

—Ya te lo he dicho: he rechazado a hombres mejores que tú. Vete.

—No sin lo que vine a buscar.

—Demonios —dijo él, pensando en ella rondando por ahí…— Si robas algo o le pones una mano encima a mi caballo, te voy a mostrar lo terrible que puedo ser.

Y de repente pensó, una idea casta, que ella no era el chico que simulaba ser, y que una muchacha sola tenía todas las razones del mundo para tener miedo de unas puertas cerradas y de un hombre desconocido en la noche:

—Mira, si no quieres entrar, te traeré un bol y una taza de té a la galería. Ésa es mi hospitalidad. Puedes dormir ahí y nada te molestará. Pero te irás por la mañana.

—Acepto la comida —dijo ella.

 

Shoka trajo té y arroz hasta la galería y los puso en el último escalón. Cenó en el otro extremo. Se sentó cuando la muchacha tomó el bol y los palillos. Ella se sentó y empezó a comer. Era como si no pudiera detenerse ni siquiera para respirar. Él había cocinado más del doble de lo que solía, y le había dado un bol repleto. Vio cómo la comida desaparecía a una velocidad impresionante. Se sentaron en la galería, con las piernas cruzadas, en el crepúsculo que se hacía más y más oscuro. El comió lo suyo sin pensar en los buenos modales; de vez en cuando le echaba una mirada. Ella estaba sentada como un bulto, metida en la chaqueta harapienta, la cabeza desnuda inclinada sobre el tazón… el cabello negro, espeso, corto como el de un muchacho de granja, las manos tan delgadas que se le marcaban las venas, y las venas hacían sombras cuando se movían los dedos, los ojos dos veces sombríos en la noche, mirándolo desde el borde del tazón.

—Podría haber cocinado para los dos —dijo ella con la boca llena—. Necesitáis ayuda aquí. El arroz está pasado.

—No parece haber disminuido tu apetito, por cierto.

—Pero podría estar mejor. Mañana os lo demostraré.

—Te digo que no. Esta noche duermes en la galería. Por la mañana, te llevaré a la aldea. Arreglaré que alguien te acoja.

Ella meneó la cabeza, un movimiento lento, definitivo.

El frunció el ceño, pensando en la soledad de la muchacha y en la paz que él había logrado en la montaña, y pensando en las noches. A veces, odiaba la soledad; pero tenía su forma de vida: se levantaba todas las mañanas y atendía el caballo y la huerta; o cazaba o arreglaba lo que hubiera estropeado el tiempo o el clima, y no pensaba en el mundo. Se negaba a extrañar la corte o Chiyaden, o las ropas finas o el halago de hombres que no hicieron nada cuando llegó el momento, nada excepto salvarse a sí mismos.

Hasta que apareció esa tonta muchacha a hablarle de justicia, a perturbar su paz y mirarlo con esos ojos oscuros, furiosos, obligándolo a pensar en otras ventajas de la compañía humana que él había rechazado hacía nueve años, eso a pesar de que no era más que una huérfana sucia. Ya le estaba prometiendo cosas que no había prometido nunca, bajar con ella a la aldea y hablar con la gente; pero ella había hecho un camino largo y peligroso con su tonto propósito… un camino muy largo desde la provincia de Hua, y lo había hecho con una astucia que lo atraía. Nadie habría adivinado a la muchacha bajo la enorme canasta, la chaqueta demasiado holgada, el sombrero de paja.

La canasta cambiaba el centro de equilibrio del cuerpo, cambiaba la forma de caminar, convertía al que la llevaba en un ser neutro que los demás ni siquiera miraban. Incluso sus ojos de guerrero le habían engañado, hasta que la vio caminar sin ella.

Inteligente, pensó Shoka… si es que era ella la que lo había planeado.

Pero hasta un hombre con una canasta podía atraer bandidos y problemas por el camino. Cuatro semanas. No lograba imaginar cómo había llegado tan lejos.

A menos que tuviera una suerte excepcional.

O que fuera en realidad espía de alguien, y la hubiera ayudado a llegar hasta allí.

—Sé mucho de ganado —dijo ella—. ¿Tenéis cerdos?

—No. Cazo.

—Puedo cuidar al caballo. Y sé cocinar conejos de muchas formas.

—Eso está muy bien. Tu nuevo patrón en la aldea se alegrará de eso. Y ellos sí que tienen cerdos.

—Quiero que vos me enseñéis.

—¿A hacer qué? —preguntó él—. ¿A ser una tonta? No podrías ni volver a Hua. Ya tienes suerte de haber llegado hasta aquí.

—Claro que voy a volver. Y voy a vengarme. Nadie puede detenerme.

La provincia de Hua. Gitu. Los nombres conjuraban imágenes de la corte y de Ghita, y los que lo rodeaban. La antigua rabia lo sacudió por dentro, rabia por los viejos insultos; se la sacudió como a una lluvia súbita y desagradable, y dijo con la boca llena de arroz:

—Llevar una espada. Tienes mucha, mucha suerte de no haber caído en manos de los magistrados. ¿No conoces la ley?

—Por eso la llevo en la canasta.

—Perderías la mano derecha, muchacha. ¿Entiendes eso?

—Eso, si me atrapaban —dijo ella—. Nadie lo ha hecho. Nadie os atrapó a vos. Cabalgasteis solo, con todos los soldados persiguiéndoos.

—Escapé para salvar mi vida, niña. Ésa es la verdad desnuda.

—Matasteis a los hombres que enviaron a perseguiros.

—Tuve suerte. Fue un mal día para ellos. Un buen día para mí. Pero yo voy a cojear para toda la vida. No tengo grandes secretos que enseñar. No soy maestro. Vivo aquí arriba en paz, gracias, y no necesito una cocinera y no necesito una cuidadora de cerdos.

—Ya cambiaréis de idea.

—Escúchame, muchacha. No voy a cambiar de idea. No a ese respecto, como no he cambiado de idea con respecto a nada desde hace nueve años. Ese es uno de los privilegios de vivir solo y lo que quiero es mi montaña, y estar a solas; y mi paz; no quiero a una muchacha charlatana que me complique la vida. Hablas demasiado. Vas a bajar a la aldea donde alguien pueda cuidarte, conseguirte un marido y poner un techo sobre tu cabeza.

—No.

—El camino que baja por allá es la frontera del Imperio. Si tengo que bajar hasta la aldea, estaré violando los términos de mi exilio. Pero te llevaré hasta el pie de la montaña. Te llevaré hasta la aldea misma.

—No.

—Es todo lo que puedo hacer. Olvídate de Gitu. Olvídate de la provincia de Hua. Estás a salvo. Estás fuera del alcance de Gitu y de Ghita, y harás bien en seguir así.

—Lo único que tenéis que hacer es enseñarme. Entonces, ya no tendréis que preocuparos por llevarme a ninguna parte. Podré ir sola, nadie podrá detenerme.

—Tonta —dijo él. Y pensó, mirándola en la luz suave del atardecer, que debía de haber habido cierta belleza en la muchacha antes de que la hirieran; sabía muy bien lo que podía pasarle a una mujer en los caminos, en un asalto… cómo podían lastimarla de forma mucho más profunda que esa cicatriz en la mejilla…

Era demasiado mayor para no estar casada. Y demasiado joven para ser una viuda. Pero eso era totalmente posible. Que la hubieran violado en el camino era muy probable. No quería provocar un estallido de llanto, pero cuanto más lo pensaba, tanto más le parecía posible que la muchacha, con aquella herida y en un lugar extraño, y casi con seguridad ya no una virgen, tuviera dificultades para encontrar un marido en la aldea, y pasara el resto de sus días como gobernanta en una familia, trabajando como esclava para alguien o como concubina de algún granjero. Pensó en el problema que le planteaba su presencia. Pensó, finalmente, con la agradable sensación de estar haciendo un gran sacrificio moral, una sensación que no había tenido en años, que había un convento en Muigan, unos pocos días hacia el norte, dentro de la provincia de Hoishi, y que tal vez podría hacer algo caritativo y apuntarse algo de virtud en la cuenta de los dioses, si es que los dioses se preocupaban por eso últimamente. El poco oro que tenía habría sido realmente poco para él en los días en que vivía en Chiyaden, pero era mucho para la gente de la frontera en tiempos de incertidumbre; y si podía darle a esa muchacha una dote suficiente para comprar su entrada al convento Muigan, ella no olvidaría a su benefactor: rezaría por su bienestar y el de su padre. De esa forma, Shoka haría un favor a su padre y se descargaría de una obligación que lo había preocupado siempre; se haría un favor a sí mismo, si es que eso importaba, y una muchacha sin futuro encontraría una vida decente y una vejez respetable, mucho mejores que las que tendría como esposa de un granjero en la provincia de Hua.

Era un plan arriesgado. De ninguna manera podía confiarle el dinero a ella o a un muchacho de la aldea. Tendría que ir a Muigan él mismo y violar flagrantemente el exilio. Pero probablemente el Regente no lo notaría u oiría toda la historia y la interpretaría como lo que realmente era; sería sensato y no perturbaría con un acto apresurado un problema resuelto hacía ya muchos años. Había pasado mucho tiempo sin que nadie le presentara un problema que tuviera una solución tan fácil, tan sencilla. Se sintió magnánimo, se felicitó por su buen criterio y su conducta ejemplar e hizo un gesto hacia la muchacha con los palillos.

—Te diré lo que haremos. Te quedas aquí y descansas un día o dos. Después te llevaré a través de las montañas hasta Muigan, en Hoishi. Hay un convento que…

—No.

—Escúchame, tontita. Yo pagaré tu ingreso. Puedo hacer eso por ti. Tendrás una dote respetable. ¿Qué te parece?

—No quiero conventos ni rezos. No me ayudaron nunca. Quiero la cabeza de Gitu. Quiero…

—Te estoy ofreciendo una dote respetable. Te ofrezco un lugar seguro donde vivir, con bastante comida, buena ropa, seguridad para tu vejez. Piensa en cuando seas vieja. Piensa un poco más allá de este año, muchacha. ¡La cabeza de Gitu! No sabes lo que dices.

—No quiero ser monja.

—Entonces toma el dinero. Trata de encontrar marido en la aldea. No hay forma de que puedas volver a salvo a Hua; ya tienes suerte de haber llegado hasta aquí viva.

—Quiero matara Gitu.

—Si sigues ese camino, la que va a morir eres tú.

—No si vos me enseñáis.

El trató de dominar la furia. Tomó un largo trago de té, casi frío.

—Tú quieres que yo vaya, ¿verdad? Quieres que vaya a Hua y actúe como un tonto por tu causa.

—No.

—Déjame decirte algo. Mata a Gitu y habrá otro de su calaña en su lugar antes de que se enfríe el trono. No es un hombre. Es toda la corte, maldita sea. Es el jovenzuelo tonto que está al mando. ¿Crees que yo no me habría quedado si hubiera habido una posibilidad de hacer algo? No había forma. Por eso estoy aquí, en esta montaña. ¡Matar a Gitu! Irás a ese convento, muchacha, y pasarás una vida muy larga rezando por tu familia, eso es lo mejor que puedes hacer por ellos. Yo no puedo hacer nada. No tengo intenciones de arrojar mi vida a los cerdos por un tonto… ya seas tú o el Emperador. Escucha. Eres una muchacha valiente. Has hecho un largo camino. No tengo ninguna duda de que crees en lo que dices. Pero no te harás ningún favor si haces lo que dices que quieres hacer. Si fueras un chico, te diría que eres muy pequeño. Pero no eres un chico, y lo que pides no tiene ningún sentido. Escucha — dijo, y levantó el dedo cuando ella abrió la boca como para decir algo—, por la mañana será diferente. Ahora duerme. Piensa en lo que te digo. Es una estupidez perder la vida así. Nadie espera que hagas el trabajo de un hombre, y lo que hace de ti una tonta es el intentarlo. No tienes que morir; y eso es lo que vas a lograr porque no tienes ninguna posibilidad de llevar a nadie contigo. Acepta lo que te ofrezco y vete a Muigan. Si quieres aprender… las monjas pueden enseñarte mucho.

—No.

—Mierda, claro que vas a hacerlo. Lo que te ofrezco es generoso. Mejor será que lo reconozcas.

—No.

Él se pasó una mano por el cabello.

—Estás cansada. Pasaste por una prueba terrible. Escucha: esto es lo que haré por ti. Puedes quedarte aquí y descansar mientras entras en razón. Te prometo que no te voy a poner una mano encima. Puedes dormir donde quieras. Estamos en verano. La galería es agradable, mucho mejor que el camino. No tienes que hacer nada hasta que recuperes la fuerza. Después, comprenderás que tengo razón y te llevaré a Muigan, y me aseguraré de que quedes bien situada antes de volver.

—No.

—Estás sorda, niña. Todo tu plan es imposible. Ya basta. Te vas. —Puso el bol de té dentro del pote de arroz vacío y se puso de pie, caminó y tomó el de ella, en el que no quedaba ni un granito.

Ella lo miró de frente cuando se lo dio.

—Te traeré una esterilla y una manta —dijo él—. Puedes usar la galería. O tal vez quieras ser razonable y entrar. Adentro está un poco más tibio.

Ella no dijo nada.

—La galería, entonces —dijo él, y meneó la cabeza al entrar.

Dejó los cacharros sobre la mesa, enrolló una de sus dos esterillas y cogió también una de las mantas.

—Muchacha —dijo mientras salía a la galería.

Pero ella se había ido, con el arco, la canasta, todo.

El dejó caer la esterilla y la manta.

—¿Muchacha?

Tal vez había ido un momento a los bosques, siguiendo un reclamo de la naturaleza.

Pero… ¿para qué la canasta?

—¿Muchacha?

Maldita sea.

Tal vez tenía miedo de sus intenciones. Los dioses sabían que tenía todas las razones del mundo para tener miedo.

Tal vez se había llevado la canasta llena de trapos al bosque para hacerse una cama donde pasar la noche. O se había ido al establo. Ambos lugares eran bastante seguros.

Pero el comportamiento de la muchacha lo preocupaba; no por ella, sino por lo extraño de todo aquel asunto; por la oscuridad, en medio de la cual la mayor parte de las muchachas no habría elegido los bosques para dormir, ni habría entrado en un establo oscuro y desconocido, si tenía tanto miedo de un caballero como para no querer dormir en su galería. Mierda, ella le había propuesto vivir allí como discípula y tenía miedo de compartir la galería con él.

Ahora estaba inquieto: por la muchacha, la hora, la forma extraña en que ella lo había mirado.

Le disgustaba la idea de volver a llamarla y mostrarle que estaba preocupado. Tenía vergüenza de volver a la casa y tomar su espada del gancho junto a la puerta, pero sería un tonto si entrara en el establo desarmado.

Jiro estaba allí, en el establo, como todas las noches, atado en el corral donde podía defenderse de un intruso. Al menos, pensó Shoka, podía soltar el caballo, y la muchacha cometería un grave error si entraba en el corral o hacía destrozos en el establo con el caballo suelto.

Pero no había ninguna conmoción en el establo. Nadie podía haberse acercado a Jiro sin que diera la alarma, estaba seguro de eso. Pero pensó en los bandidos otra vez; en un incendio, si la muchacha estaba lo bastante loca; y Jiro era la única criatura viviente que le importaba. La idea de que la muchacha o sus posibles cómplices le hicieran daño le resultaba insoportable.

Mierda, pensó, no puede haber entrado en el establo sin hacer ruido. Se estaba portando como un tonto. La muchacha había perturbado su noche y su sentido del orden, y de pronto, le pareció que todo el mundo se sacudía, que los viejos instintos se despertaban en él, que los fantasmas de antiguas aprensiones volvían a dominarlo.

Llegó al establo medio derruido, caminó junto a la pared en una oscuridad casi completa, oyó los ruidos normales, tranquilos, de Jiro al otro lado y eso lo tranquilizó.

Después algo golpeó el cobertizo, junto a su cabeza; y él se dejó caer y rodó por el suelo; los músculos habían reaccionado antes de que su mente se diera cuenta de que lo que había en el polvo, junto a él, era una flecha con plumas blancas, recortadas, y una punta de bronce forjado.

Llegó a la oscuridad de la puerta del establo, rodó sobre los hombros y se dejó caer al interior, arrodillado sobre la paja. El bufido suave y preocupado de Jiro le aseguró que era el primero y el único que había perturbado la oscuridad interior; y confiaba absolutamente en lo que tenía detrás. Afuera, la linde del bosque, la oscuridad casi completa, ése era el problema; y es ahí donde clavó los ojos.

—¡Muchacha! —gritó—. Demonios, te preparé una cama en la galería, tal como te prometí. He hecho exactamente lo que te dije. ¡No me obligues a lastimarte!

—Volveré a la casa —dijo la voz de ella, lejos entre los árboles— cuando me juréis por vuestro honor que vais a enseñarme.

—Muchacha, no tengo por qué tolerar toda esa estupidez. ¡Me estás pidiendo que te lastime!

Silencio. Un largo silencio desde los bosques. Saukendar cambió de posición en la paja para acomodar la pierna, lisiada por el cuchillo de un asesino, apoyó la espalda contra el poste tosco y áspero de la puerta y miró hacia los bosques en la noche temprana.

Pensó en el fuego otra vez, en la vulnerabilidad total de todo lo que tenía en la cabaña.

En Jiro, un blanco que hasta esas tontas flechas podrían alcanzar, si estuviera afuera, en el corral.

Si la muchacha hubiese tirado desde más cerca, esa flecha de plumas raídas podría haberlo matado.

Maldijo en voz baja y apretó los puños, y pensó que podía quitar el barro y el musgo que había entre los maderos del establo y podría observar la casa desde la pared del fondo. Podía hacer agujeros como ésos en todo el perímetro del establo y vigilar el claro, tanto como se lo permitiera una noche sin luna.

Pensó que tal vez la muchacha era realmente parte de una banda; o que tal vez era un demonio disfrazado.

Una loca suelta en la oscuridad con un arco y una idea de venganza en la mente era suficiente para que un hombre perdiera el sueño.