Paladín

C. J. Cherryh · Capítulo 22 de 23

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Paladín

Capítulo 21

Una callejuela estrecha cortaba la calle cerca del mercado, como muchos otros callejones por el estilo, pero éste tenía los postigos de las ventanas cerrados a cal y canto. Iba en dirección al campamento, y algunos de los soldados que respondían al gong podían tomar ese atajo oscuro y sinuoso detrás de las casas que daban al río. Shoka miró hacia atrás y vio que todavía los seguían algunas bandas, pero el tránsito disminuía, eso era evidente.

Así que doblaron por allí, y no llevaban a nadie detrás, no que supieran; él se aseguró de eso antes de tomar otra calle que iba otra vez hacia el norte, una especie de zanja oscura y muy estrecha que terminaba hacia el sur, justo cuando se acercaba al campamento.

Los hombres estaban impresionados, sin duda. Él mismo no tenía más que una ligera idea sobre la ciudad, el recuerdo de unos mapas que había visto hacía años; sabía que las calles tendían a la diagonal en ese distrito, que el Viejo Emperador en su juventud había tomado para sí una línea de depósitos que había frente al puerto y que había clausurado las ventanas y las puertas que daban hacia el agua, más barato que construir una pared de nueve metros de alto.

Y cualquier calle de ese barrio que no atravesaba esa barrera, chocaba contra la pared norte del perímetro cuadrado que era mercado en tiempos de paz y cuartel de las tropas en tiempos de inquietud, y esa pared era la cara cerrada de viejos depósitos y burdeles.

Pero los inquilinos habían vuelto allí, al menos los de los depósitos. Los burdeles y las tabernas buscaban lugares más transitados. Los pobres de la ciudad anidaban en la decadencia de los depósitos de ese barrio.

—Esa es la pared —dijo Shoka, señalando con la cabeza la cara de nueve metros de pared amarilla que sellaba el final de la calle, entre dos edificios inclinados y ruinosos, más allá de un lío de sábanas colgadas y barracas ilegales.

Mientras el golpe de los tambores y el sonido de las trompetas anunciaba la llegada del Emperador por el otro lado, los pobres que habían quedado de éste observaban con miedo a un grupo de soldados que se había metido en una zona que no solían frecuentar, y corrían a aferrar a sus hijos y cerrar las puertas y las persianas, una barrera entre ellos y los problemas.

—Esa puerta —dijo Shoka señalando a una muchacha, con un bebé en brazos, que corría hacia una puerta que una mujer mantenía abierta. Chun y Wengadi saltaron hacia el umbral y abrieron la puerta arrancándola de manos de la mujer, mientras Shoka subía los escalones.

—Por favor —dijo él, con acento del norte, y se inclinó con toda cortesía frente a la mujer aterrorizada—. Lo que queremos es que nos prestéis la planta alta. Por favor.

Los ojos de la mujer se abrieron más todavía. En ellos aún había terror. Pero ahora era diferente.

—Estáis con Saukendar —dijo, como si fuera lo único que podía explicarlo todo.

—Aquí tenéis. —Taizu cerró el puño alrededor de un amuleto de oro que llevaba, parte del saqueo a los mercenarios, y se lo sacó por encima de la cabeza—. ¡Tomad! ¡Pueden mataros a todos si estáis con nosotros! ¡Fuera de aquí! ¡Que salgan todos!

—Vamos. —Shoka siguió a Chun y a Wengadi por las estrechas escaleras, junto a balcones que se derrumbaban y frescos eróticos garabateados en las paredes, y arriba, arriba hasta lo más alto, donde una puerta débil daba a un oscuro tugurio, el alojamiento de alguien, un montón maloliente de basura, un techo bajo con pájaros que anidaban en las vigas y una luz muy leve que entraba a través de las tejas.

—Un desastre. Una pobre y sucia abuela obligada a formar parte de algo que podía suponerle la muerte si entraban los soldados a registrar.

¡Reidi, por todos los dioses, aparece de una vez!

—Arriba —dijo Shoka, y Jian y Wengadi tomaron una tabla que hacía las veces de mesa, y apoyándola contra la pared de ladrillos treparon para sacar las tejas, dando paso a una luz cegadora que llegaba desde lo alto.

Luego bajaron de las vigas, y entonces vino el problema.

—¡Yo lo haré! —Dijo Taizu—. Peso menos.

—No sabes a qué apuntar —dijo Shoka. Se sacó la espada, el equipo y la manta, y todo lo que le molestaba, respiró hondo y corrió por la mesa inclinada para cogerse a las vigas polvorientas. Desde allí se inclinó para trepar más alto y sacar la cabeza, a la luz del día que se esfumaba ya, con el pecho al nivel del tejado.

—¡Las tejas son viejas! —llegó la voz de Chun desde abajo—. ¡Tened cuidado!

Pero él ya miraba al otro lado, al futuro inmediato, al abigarrado campamento extendido a los pies de la pared que se erguía bajo ese techo… miraba las colinas borrosas por la distancia, donde debía estar Reidi… si es que estaba, más allá de la otra pared del campamento, la que daba al río, al otro lado del Hisei, donde estaba el puente.

Y después más cerca, nueve metros abajo, demasiado cerca, con sólo la cabeza y los hombros sobre las tejas, para ver la puerta que llevaba hacia el puente, y las tiendas a los pies de la pared, mostradas con espacio entre unas y otras, los pasillos acostumbrados para dejar paso a las tropas y caballos, en un laberinto de cuerdas y estacas, sin orden geométrico, una ciudad abigarrada de telas y pieles de cabra, y muchos otros materiales que habían traído los mercenarios desde sus países o habían robado en el camino. Piratas y bandidos, acampados en el lugar en que habían estado las tiendas pálidas y ordenadas de las tropas imperiales, cuando las visitas del Emperador; o más a menudo, las rayas y colores brillantes del mercado de Lungan, en los años mejores, más tranquilos del Imperio, un bazar seguro, cerrado, donde unos pocos hombres de la policía en puertas fuertes y fáciles de proteger garantizaban un mercado honesto y muy pocos rateros y ladrones.

Ahí estaban las tropas, una multitud oscura alrededor de antorchas brillantes, lámparas encendidas contra la noche que se acercaba; estandartes; y el estrado que usaría Ghita. La procesión había pasado ya. Había algunas figuras en la tarima, pequeñas y brillantes de oro.

Él se izó con fuerza, confiando su peso a tejas viejas y madera antigua.

—Linda vista.

—¡Aquí tenéis! —dijo Chun desde abajo. Le alcanzó el arco, tendido para él. Él se dio la vuelta para ponerse de rodillas. Una teja crujió y se deslizó bajo su cadera. Se tumbó sobre el tejado y el deslizamiento se detuvo.

—¿Capitán?

—¡Callaos! Estoy bien. —La voz temblorosa, ante la idea de una caída de diez metros sobre un campamento enemigo. Shoka se relajó de nuevo, escuchó el ruido de las tejas y con mucho cuidado apoyó su peso en una rodilla, después respiró hondo y se inclinó para tomar las dos flechas que en ese momento le ofrecía Chun.

Desde allí podía ver las tiendas y el pasillo, y allá a lo lejos, los últimos rincones del campamento. Un tiro muy largo. Bastante viento en la espalda, un poco hacia el hombro izquierdo. Afirmó bien el pie y la rodilla, después levantó el arco, calculó el tiro y lo lanzó directo al campamento. Sí. Lo vio caer en la pared del otro lado, con la ayuda del viento y la altura. No necesitó la segunda flecha.

—¡Vamos! —susurró con severidad hacia el agujero negro de abajo. Y en ese momento, tembló una luz y una tercera flecha subió hacia él, esta vez con la punta encendida. Bien empapada: el fuego tembló y escupió chispas en el viento cuando él la preparó para un tiro alto y largo. La punta era más pesada. Caería con más rapidez. Una línea de fuego voló en el crepúsculo, más tenue que las antorchas.

—¡Aquí tenéis! —dijo Chun.

Otra flecha, y otra, hacia las carpas. En el momento en que la primera estallaba en una llamarada. En medio de una apretada jungla de tiendas, y con una buena brisa del norte, que extendería el fuego por toda la zona, y haría volar trozos de tela ardiendo por el aire, dentro de cuatro paredes, con una gran distancia entre el fuego y los dos pozos de agua.

Shoka vio el alboroto de las tropas saliendo de sus refugios, oyó las voces, débiles, que gritaban órdenes a medida que subía el humo, iluminado por un incendio cada vez más grande. Siguió disparando mientras le dieron flechas, estelas de fuego a través del cielo, hasta que Chun asomó la cabeza a través de la abertura y contempló el incendio que se reflejaba en las paredes, y en medio del humo, a los soldados corriendo para salvar lo que podían de su equipo y sus pertenencias. Eran mercenarios. Todo lo que poseían estaba en esas tiendas. Pero había ocho, nueve puntos de fuego en el campamento, y dos de ellos bloqueaban la entrada. Los caballos relinchaban aterrorizados. Los jinetes forcejeaban para llevarlos hacia las puertas. Shoka tomó una flecha común y disparó a una masa de hombres que huían.

—¡Abajo, mi señor! —le rogó Chun.

Era tiempo de marcharse, pensó él. Se dispuso a bajar y las tejas se deslizaron, un resbalón hacia el borde del tejado.

Pero una mano lo tomó con fuerza y lo izó sobre la abertura, en medio de una lluvia de tejas, hacia un almohadón de manos y cuerpos.

—¡Demonios! —gritó Taizu.

—Lo tenemos, lo tenemos —jadeó Chun, y Shoka consiguió ponerse de rodillas en medio del descalabro. Al darse cuenta de que parte de la dificultad provenía del arco que todavía tenía entre las manos, lo dejó ir, se aferró a un poste y se puso de pie como pudo.

—Estoy bien —dijo—. Salgamos de aquí… —Mientras aferraba su espada y el equipo, medio sepultados bajo las tejas. Se inclinó de nuevo para tomar el arco, pero Taizu lo recogió, lo desató y lo envolvió junto con el carcaj en la cama que lo había ocultado, mientras Wengadi hacía lo mismo con la olla y el resto de la evidencia.

Por las escaleras, hacia puertas que todavía estaban cerradas, y de nuevo a la calle, por otro callejón.

Y a través del barrio principal, donde la gente miraba asustada el cielo encendido de fuego y humo.

Cuando los veían, se apartaban, con rapidez.

Pero después, una roca golpeó el hombro de Jian.

—¡Demonios! ¿Qué…? —aulló Jian.

—¡Abajo el Regente! —gritó alguien.

—¡Vamos! —dijo Shoka cuando vio que Chun se volvía—. ¡Salgamos de aquí! —Tomó el brazo de Chun y echó a correr, mientras las piernas volaban en el crepúsculo y chocaban contra los adoquines a su alrededor.

Vieron jinetes a la carrera delante de ellos, soldados que venían en desorden desde la orilla del río y el campamento…

… Buscaban el origen del fuego y de las tejas, pensó Shoka, y se encontraban la rebelión ya fuera de control.

De pronto, la calle se vació tras ellos, quedando sólo rocas y ladrillos, y los soldados se dispersaron buscando a los rebeldes.

—¡No podemos ayudarles! —Dijo Shoka—. Tendrán que arreglárselas solos. ¡Vamos! ¡Al Peonía, a por los caballos!

 

—Capitán —dijo el dueño de la fonda, siguiéndoles hasta el establo—. He cuidado bien de todo, no falta nada.

—Bien —dijo Shoka por encima del hombro—. Entonces, estáis a salvo. ¡Entrad de nuevo en la casa, señor!

—¿Qué está pasando? ¿Qué está pasando? ¿Qué se quema en la ciudad? ¿Hay lucha?

—Podéis estar seguro de eso. Cerrad las puertas con llave y quedaos aquí, hombre.

Chun arrastraba el equipo que había quedado en la cocina del hotel mientras Wianchen y Liang ensillaban y ponían las mantas sobre caballos demasiado tiempo encerrados en un establo, entumecidos y nerviosos.

—¡Siempre fui amigo del ejército!

—¡Callaos, señor! —Shoka tomó su equipo de manos de Chun, se volvió y miró al dueño con furia—. Será mejor que empecéis a pensar de qué lado estáis. ¡Están cruzando el puente!

El dueño del Peonía se calló. La puerta dio un golpe. Shoka levantó el equipo hasta el lomo de su caballo y lo ensilló, sin prisas, sin distraerse. El caballo de Taizu fue el siguiente.

—Tú te irás al alojamiento —dijo Shoka—. Taizu, ¿me oyes? No seas imprudente.

—Hasta ahora me he portado bien —llegó la voz femenina, leve, desde atrás—. ¿No es cierto?

—Tenemos una… —Y casi dijo «chusma». Las viejas costumbres, la antigua forma de pensar—. Un montón de tontos que no saben de qué lado están, así que, por los dioses, quédate cerca. Vamos a cruzar ese puente, vamos a hacer lo que es realmente inteligente, no necesitamos héroes.

Tenía las manos cubiertas de sudor sobre la cincha. Se había puesto la armadura completa, las tobilleras, los guantes y el casco; habían subido todo ese pesado y molesto equipo a la habitación, con los otros arcos y varios carcaj. El dueño del Peonía tenía esa cualidad al menos: nada de saqueo. Un hombre ansioso, preocupado.

Mierda, tiene derecho a estar preocupado. ¿Quién soy yo para criticarlo?

Hizo retroceder el caballo, subió a la montura y caminó en círculos mientras Taizu y Wengadi y Nui ensillaban los suyos.

—Tened cuidado afuera —dijo a los hombres—. Los ciudadanos no saben quiénes somos. Recordadlo. Solamente saldremos de aquí y cruzaremos el puente, si podemos, y si nos separamos, desmontad y escondeos hasta que termine; si eso no os parece bien, recordad la puerta del este y corred lo más rápido que podáis. Ya hicimos lo que teníamos que hacer. Ahora hay que salir vivos de ésta. ¿Me oís todos?

Chun montó. Taizu también, mientras Wengadi llevaba el caballo hasta la puerta y la abría.

El olor del humo flotaba en el viento. Las antorchas del Peonía apagaban el brillo del fuego del sur. Wengadi sostuvo la puerta abierta, y los demás lo esperaron en la calle mientras montaba. La puerta del Peonía quedó golpeando contra el poste en el viento.

A la luz de la antorcha se veían figuras negras por la calle del matadero, grupos pequeños que, sin retirarse hacia las aceras, los observaban con atención.

—Salgamos de aquí —dijo Shoka, y dirigió su caballo hacia la esquina, y luego por la calle de adoquines, desierta bajo la luz de algunas pocas lámparas y un cielo rojizo. Edificios oscuros, ventanas abiertas a la noche y al cielo oscuro. Lámparas en los balcones, que convertían a cualquiera que pasara por la calle en un blanco fácil y, al sur del callejón del Peonía, adoquines rotos y un cadáver sobre las piedras.

Shoka ordenó al grupo avanzar lo más rápidamente posible sobre el suelo irregular. El ruido de los cascos de los caballos volvía hacia ellos desde las paredes de ambos lados, ahogando los gritos que se oían en la distancia. Llegaron más jinetes y cortaron hacia delante, por una calle secundaria.

Patrullas. Escuadrones que huían. Desertores o saqueadores. Los dioses sabían qué eran. Se arriesgó a mirar atrás, a su propio grupo. Estaban cerca, todos, estaban con él, no por el centro de la calle, sino a un costado, donde al menos, gracias a una sombra de vez en cuando, eran un blanco más difícil para los que estuvieran en una de las dos mitades de la calle.

Dos calles hasta la explanada y el puente. Una sombra apareció en un balcón del otro lado. Volvieron los ecos, los de ellos y los de alguien más. Más cadáveres, sobre piedras y cascotes, los sucios adoquines. Uno de los caballos perdió pie y tropezó, y un pedazo de ladrillo rodó haciendo ruido a través del arco de la calle hacia la zanja.

De pronto, los rodeó una lluvia de rocas y una lámpara cayó desde un balcón y se estrelló; el fuego del aceite encendido se esparció sobre los adoquines, y la luz asustó a los caballos.

—¡Vamos! —aulló Shoka, espoleó al caballo y siguió adelante. Algo le golpeó la espalda. El caballo saltó y resbaló en el aceite, las rocas caían a su alrededor, golpeando a Shoka, golpeando al caballo, mientras el animal trataba de recuperar el equilibrio y resbalaba de nuevo.

—¡Demonios! —aulló en el momento en que el animal trataba de saltar, mientras las piedras seguían lloviendo. Un caballo había caído… el de Eidi. Shoka trató de sostenerse sobre la montura. El caballo volvió a patinar. Shoka logró sujetarse, pero el animal se lanzó a un galope sin control, presa del pánico.

Entonces llegaron más jinetes desde el río, más caballos resbalando. Eidi seguía en el suelo, Chun había cruzado con Wengadi y Jian. Taizu llegó en medio de la confusión con Liang y Wianchen. Nui después y Yandai con Panji aferrado a la montura, corriendo a su lado.

—¡Cubríos! —indicó Shoka a Panji a gritos—. ¡No podéis ir de a dos, cubríos!

Llegaban más jinetes, y también gente a pie, una avalancha que los amenazaba mientras la calle se llenaba de soldados, tratando de levantar una barricada.

—¿Qué diablos estáis haciendo? —aulló Shoka, deteniéndose ante ellos.

—¡Están cruzando el puente! —aulló un oficial como respuesta.

—¡Estáis deteniendo a nuestras tropas, estúpidos! ¡Orden del cuartel general! ¡Esta calle abierta!

—Demonios…

Shoka blandió la espada arriba y abajo, y el oficial retrocedió tropezando y gritando…

—¡Abajo con eso! —Aulló Shoka, y empujó al caballo contra la barricada—. ¡Estáis deteniendo a vuestra propia gente, abajo con eso.

No estaba solo. Chun estaba con él, Eidi con el caballo recuperado, empujando deliberadamente a los soldados que trataban de poner la barricada, y hombres que seguían llegando del otro lado, que arrojaban a un lado las tablas, que empujaban y asustaban a los caballos, hasta que los que hacían la barricada abandonaron la partida y dejaron que los tablones de madera cayeran al suelo y los pisotearon, huyendo en retirada callejón abajo.

Shoka apuró al caballo y ganó todo el espacio que pudo.

—¡Vamos! —gritó a voz en cuello a los soldados que se retiraban—. ¡A las puertas del este!

No veía dónde estaban los demás. Miró hacia atrás. Vio a Liang. Vio a Taizu, que todavía se mantenía a caballo, y venía a través de la barricada.

Hacia la esquina, hacia el brillo del fuego de la ribera del río, el humo de los botes ardiendo, el incendio que destacaba los pilotes del puente mientras miles de jinetes se derramaban sobre él.

Shoka se detuvo, apretó su caballo contra la puerta de una taberna, la madera crujió cuando el caballo retrocedió. Eidi llegó enseguida, y Chun. Liang. Vio a Wianchen por encima de las cabezas de los soldados que huían, vio a Yandai y a Nui que se dirigían por la orilla hacia el puente.

—¿Dónde está Taizu, demonios?

Y en ese momento, oyó el ruido de los tambores y vio los estandartes sobre el puente, el rojo y el blanco de Feiyan, el loto blanco y negro de Hoishi brillando en la luz del fuego.

—¡Señor! —Gritó Chun—. ¡Quedaos aquí!

—¡No! —Shoka espoleó al caballo, esquivó a Eidi que quería detenerlo y dobló la esquina, hacia la calle, en medio de la multitud de soldados en retirada.

Ni rastro de Taizu. Ni de Panji ni de Wengadi. Tuvo esperanzas. Tal vez Wengadi había tomado por la calle secundaria, con Taizu, o los habían forzado a moverse hacia un costado. O tal vez se habían ido con el flujo de gente que ahora se había convertido en rebelión, los caballos resbalando en las calles, los hombres que caían, pisoteados por los que venían detrás…

—¡Mi señor! —aulló Eidi, abriéndose paso—. ¡Volved, volved, por los dioses, no podemos perderos!

El se detuvo y volvió al refugio de la puerta, y se quedó allí mientras pasaba la vanguardia de la caballería de Feiyan, al galope, con los estandartes rojos y blancos…

¡Por los dioses, muchacha, escóndete, escóndete en alguna parte, baja de ese caballo y escóndete!

Dioses, ¿dónde podrá estar?

—¡Mi señor Saukendar! —gritó Chun.

Llegaron jinetes hacia ellos, con los estandartes del loto de Hoishi, los hombres de Reidi… el señor Reidi con el caballo blanco flameando en el viento.

—Mi señor Saukendar —dijo Reidi, mientras sus hombres desmontaban y lo rodeaban—, vimos vuestra señal desde las colinas. Cabalgamos a través de la orilla sur de Lungan con más velocidad de la que habría creído posible… Las unidades mercenarias huyen en desbandada, mi señor… en el puente casi no quedaban hombres…

Shoka oyó la voz de Reidi diciendo cosas que, en otras circunstancias, se habría sentido feliz de oír.

Y se habría sentido feliz si hubiera aparecido un pequeño jinete por la esquina, a sus espaldas. Condujo a su caballo hacia allá para ver.

—Señor Saukendar…

—Mi esposa ha desaparecido —dijo él. Trotó hasta la esquina, más allá de los hombres que lo molestaban, y vio una calle en la que la lucha ya había terminado, y restos de cadáveres y piedras a la luz y la sombra de las pocas antorchas que aún ardían.

—Mi señor. —Era Chun, cabalgando a su lado para ofrecerle una capa en la que brillaba el oro y la plata a la luz leve de las lámparas—. Llevad esto, para que nuestros hombres no cometan un error…

—¡Encontradla, Chun! Vos y Eidi… buscad en esta calle. Ella conoce vuestras voces…

—Tomad esto. Por favor, señor Saukendar.

Cubrios. A la puerta del este…

Ella no se atrevería. No si estaba sola, sin ayuda…

Matar a Gitu. Eso es lo que haría.

¿Pero dónde está Gitu?

En la casa de Liang, si… en el cuartel general. Allí es donde está el oro, allí, y no en el campamento… y él es hombre muerto sin fondos. Sin tropas, sin futuro…

Y Beijun, en manos de Ghita… el único camino de Ghita hacia la legitimidad…

—Mi señor…

—Necesito un grupo de hombres. ¡Vosotros os quedáis aquí y la seguís buscando! Si la encontráis… —se volvió hacia la tropa y eligió unos cuantos hombres entre los de Reidi—, buscadme en el cuartel general…

 

Un grupo numeroso de hombres lo acompañaba, estandartes blancos y negros a su alrededor, un paso seguro a través de las calles a un ritmo infernal que resonaba en las paredes y dispersaba grupos de personas que se apartaban del camino.

—¡Es Hoishi! —gritaba la gente en los balcones—. ¡Son los rebeldes!

Y en las calles:

—¡Abajo el Regente!

Lungan se sacudía a la bestia del lomo. Lungan golpeaba las puertas de las tabernas y se convertía en otro tipo de bestia, bailando a la luz de las lámparas, entre la ruina de barrios enteros, arrancando las piedras de la calle y armándose con las espadas de los muertos.

—¡Abajo, abajo! —aulló alguien desde arriba—. ¡Son los rebeldes!

Una cuerda extendida a través de la calle cayó al suelo frente a ellos, y los caballos la pisotearon al pasar. Doblaron una esquina que llevaba al mercado del norte. Había cadáveres de personas y caballos, muertos a flechazos. Shoka los llevó por el callejón, con rapidez, y se detuvo allí.

El que le acompañaba era el segundo de Reidi, ante la insistencia de éste…, el segundo de Reidi y un escuadrón de su guardia con su capitán, para ponerse al mando y descubrir cómo estaban las cosas, y después avisar a Reidi para que él los siguiera con las fuerzas ya organizadas: ese viejo caballero tenía una visión mucho más práctica que todos los libros de Kegi sobre la forma en que se debía responder frente a ciertas situaciones. Dos nombres en boca de Reidi y partieron, sin preguntas, sin tiempo perdido, sin confusión. Así eran esos hombres.

—Es la casa de Lieng —dijo Shoka—. ¿Alguno de vosotros la conoce? — Evidentemente no—. Al otro lado del callejón, media manzana al norte, el camino corta hacia el oeste y da a una pequeña entrada de cocina, un callejón sin salida. La calle principal pasa por la puerta. No sé lo que nos vamos a encontrar. Si parece fácil, quiero que vengáis conmigo y disparéis con cualquier cosa que sea convincente. ¿Entendéis? Si parece muy duro, volvéis inmediatamente y traéis a Reidi. No podéis pasar por la puerta de la cocina, el lugar es angosto y solamente pasa un carro de mano, y no hay forma de asegurarse la defensa… Demasiadas posibilidades de quedar bloqueados. Será por la puerta principal y hacia el norte si tratan de escapar. De todos modos yo trataré de abrir la puerta de la cocina. Decidle eso a Reidi. Podéis guiarlo hasta aquí, ¿verdad?

—Sí, mi señor —dijo el segundo al mando… hombres de Reidi, todos con los colores correctos, con sus insignias individuales… y él, en la confusa armadura de los mercenarios.

Dio la vuelta y lanzó el caballo a la carrera, asustándolo, hasta el final del callejón, y luego hacia la calle, antes de oír el estruendo de la compañía que venía tras él…

Había hogueras en la calle, basura reunida en pilas que arrojaba una luz, chillona sobre las paredes, y suficientes muertos como para evidenciar lo que pasaba.

Así que cruzó la calle mientras los hombres de Reidi lo adelantaban y se agrupaban junto a la pared de la casa vecina a la de Lieng, sordos al ruido de las flechas contra los adoquines. Atacaron la puerta principal y luego se alejaron de nuevo, dejando un hombre muerto y dos caballos.

Maldición. Mientras, él se retrasaba…

Una resistencia dura… de eso no había duda. Tenían hombres suficientes ahí dentro, ya trataran de salvar su propio cuello o el de su señor.

Una pared baja, fácil de escalar. Los jardines de un hombre rico se vigilaban desde los balcones de la casa, con hombres apostados en las terrazas y en las altas ventanas.

Si Ghita estaba tras esas paredes, y no camino de Cheng'di, se había arriesgado a meterse en una trampa… la multitud alrededor, los señores del sur avanzando a través de la ciudad… La casa podía arder, y Ghita, el Emperador y todo lo demás con ella…

Pero Ghita tenía razones poderosas para retirarse en el caos: apoderarse de la nómina de pago de los mercenarios y reunir al personal que le quedaba, el corazón de las tropas de su guardia, esos pocos hombres leales que seguramente habían vigilado sus cuarteles.

Era evidente que Ghita no se atrevía a dejar esas tropas… ni el dinero. Los comandantes señalados a dedo y el oro para los mercenarios lo habían puesto en el poder, el dinero lo había mantenido allí, eso y los oficiales de Gitu en Angen y la élite de los hombres de Gitu. Y si tenían que hacerlo, si podían resistir lo suficiente, o escapar… quedaban los grandes cuarteles mercenarios de Anogi y Cheng'di, cuarteles que podían rodear a Lungan por ambos lados…

Si tenían un Regente vivo al que aliarse y que pudiera pagar después…

Shoka se mordió los labios duros y secos y miró la esquina en la que el camino doblaba hacia las puertas de la cocina. ¿Volver a intentar lo mismo? ¿Dos veces?

Los dioses sabían lo que habría hecho Taizu.

Si había llegado hasta allí, si siquiera había logrado atravesar las emboscadas de las calles.

Pero no podía arriesgarse a que ella estuviera allí dentro si se producía un sitio. Allí iba a haber muertes, y el Emperador como rehén, si Ghita estaba allí, y Shoka sentía cada vez más que así era…

Los señores del sur no querían que volviera Beijun. Pero estaban los sacerdotes, estaban los señores del norte, ligados por sangre a la dinastía, señores que disfrutaban de sus prerrogativas. Esas eran las repercusiones políticas que se alzarían contra el que causara la muerte del Emperador. Había una guerra de sucesión, sin lugar a dudas, más sangre, más locura, mientras los reyes bárbaros enviarían a sus mercenarios al corazón de Chiyaden y se harían cada vez más necesarios, con el ejército dedicado a absurdas escaramuzas fronterizas contra los enemigos de esos reyes.

Ese maldito tonto autoindulgente… Ayúdame, Shoka…

Estaba solo en la calle, solamente él, los muertos y los arqueros, que esperaban en la oscuridad. Pero había un sonido nuevo en el eco de las calles… un lejano galope de caballería.

¿Reidi? ¿O Beijun o Kegi, que llegaban desde el este?

Norte. Por los dioses. Los mercenarios dieron la vuelta en el norte, de nuevo hacia el cuartel general… algún capitán que vale lo que le pagan…

O Gitu. Con el oro de la paga aquí, en el cuartel…

Espoleó al caballo, y se deslizó hacia el lado oscuro de la calle antes de la esquina, galopando agachado sobre la montura. Esperaba que si alguien miraba hacia él, desde arriba o desde el otro lado de la calle, no alcanzara a ver más que un caballo sin jinete.

Eso le sirvió para cruzar la calle. Apoyó los pies en el suelo y llevó el caballo contra la pared, para interponerlo entre sí mismo y la calle vacía y mantenerse siempre en la sombra. Trató de recordar el otro lado, el lugar donde estaban los árboles y las terrazas.

Esta vez no tenía un carro para escalar la pared. Detuvo el caballo, se subió a la montura y puso una rodilla sobre el lomo del animal.

El animal se movió. Tiró de las riendas, puso el peso en el centro y lo detuvo, manteniéndolo casi quieto por un momento. No era demasiado alta. No era imposible, si el maldito caballo dejaba de empeñarse en ir hacia delante.

¡Quieto, demonios!

Levantó la vista, tomó las riendas de nuevo y trató de conseguir unos segundos de estabilidad.

Se agachó de nuevo, con una armadura muy poco flexible, apuntaló el pie maldiciendo las tobilleras y volvió a retener al caballo durante unos instantes.

Y se levantó sobre ese pie y saltó del caballo, que asustado retrocedió, para aterrizar de vientre sobre la parte superior de la pared del jardín.

Rodó con rapidez y se lanzó. No había la misma distancia hasta el suelo de ese lado. Lo supo en cuanto saltó. Era mayor.

¡Bum!

Sobre una terraza de adoquines, entre dos pinos plantados en macetas.

Se quedó quieto un momento para recuperar el aliento y comprobar que no se había roto nada. Después se puso a cuatro patas y se incorporó en silencio. Quería revisar los alrededores y la casa que quedaba al otro lado de la terraza, el camino hacia la puerta de la cocina.

Había muertos allá, bultos en medio de la sombra.

Se deslizó despacio por la ladera, sin perder de vista la cocina y las ventanas, y después se arrastró contra la pared hasta el pasador de la puerta.

Estaba corrido.

¡Esa brujita!