Paladín
Capítulo 2
Shoka cambió de posición en el jergón de paja que había apilado contra la pared del establo, se frotó el calambre que sentía en la pierna (le había estado doliendo toda la noche, con pequeños intervalos de descanso, y las malditas briznas de paja se le metían en el cuerpo a través de la camisa abierta y los pantalones). El suelo era suelo de establo, y olía a pesar de la limpieza del lugar; una cama muy húmeda y muy incómoda para pasar la noche.
Había atravesado un fino cordel en el umbral y lo había atado a un cubo al otro lado. Mantuvo la guardia en varias direcciones, sin olvidar la lejana ladera de la colina que se veía desde la pradera desnuda donde había construido su cabaña. No sabía cuántos lo atacarían, ni si ella era en verdad una muchacha loca y sola; pero si había vivido tanto era porque no se tomaba las cosas a la ligera.
Nueve años en la montaña le habían enseñado a dejar correr las sospechas, a oír caer una hoja sin pensar que alguna mano lo había provocado, a ver saltar un pez en el arroyo sin tensar el cuerpo y prepararse para las cosas que su padre le había enseñado, con la mente y con los músculos. Tranquilo, se había dicho a sí mismo año tras año, aspira el viento, deja que caigan las hojas y que corran las estaciones, y olvida la vieja vida.
Ésa era toda la sabiduría que había encontrado en la montaña, el simple arte de dormir profundamente en la noche sin trampas a su alrededor, la simple capacidad de ir hasta el arroyo sin armas, ver las travesuras de un zorro en el bosque, montar a pelo al viejo Jiro y dormitar sobre su lomo en las praderas de más abajo, los dos tranquilos, bajo el sol, el verano y el perfume del pasto caliente al mediodía.
Ahora estaba sentado en la oscuridad, con la espada sobre las piernas, la paja atravesando sus ropas y la humedad atacando sus coyunturas de hombre de cuarenta años: y cada uno de los nervios de su cuerpo estaba tenso y el estómago inquieto con la vieja ansiedad, la cabeza ocupada en cada uno de los detalles de la zona y cada uno de los ruidos en la oscuridad.
Como en los viejos tiempos.
Como todo lo que había intentado enterrar durante años.
A la mierda con la muchacha; que, sin hacer nada, lo estaba haciendo todo bien: otros que habían venido contra él no habían logrado nada, salvo convertirse además en fáciles blancos.
Esperó y vigiló la casa y la pradera, los bosques y el claro. Nada se movía y Jiro no daba la alarma, tan sólo cambiaba suavemente de posición.
Esperaba problemas antes del amanecer, y se frotó los ojos y siguió observando las sombras a ambos lados del establo para detectar pequeños movimientos. Lo que le helaba la sangre era la idea, que lo había perseguido toda la noche, de que lo único que tenía que hacer esa muchacha tonta si quería asesinarlo era incendiar los bosques y salir al camino. Si lo hacía, y lo hacía bien, desde distintos puntos alrededor del claro, sería bastante difícil salir con Jiro por el camino lleno de raíces; y si lo lograba, habría enemigos que sabrían cuál era el único camino hacia abajo y lo esperarían en una emboscada.
Había estado en peores situaciones, incluso si se incendiaban los bosques; pero le costaba mucho imaginar una situación más embarazosa, acorralado por una granjera de dieciséis años. Mientras salía el sol luchó contra el deseo de dormir, tratando de pensar si había alguna posibilidad que no hubiera considerado, cualquier cosa que pudiera hacer un enemigo; y por dónde podrían acercarse los bandidos o los aliados de Ghita, y dónde podría organizarse una emboscada.
Pero finalmente, con la luz del día, que mostraba y a el verde de los árboles y acababa con las sombras alrededor del establo, se puso en pie, ofreció a Jiro un cubo de grano y sacó agua del gran barril que recogía la lluvia, sin perder de vista los bosques, sintiendo que en cualquier momento podía haber otra flecha apuntándolo.
Jiro quería salir del establo y pateaba los tablones, impaciente al verse allí dentro en una mañana tan hermosa.
—Ya lo sé —dijo Shoka al caballo, y le habló con calma, razonando con él y palmeándole el cuello—. Paciencia. Paciencia.
No era fácil, se dijo a sí mismo. No creía que la muchacha se hubiera ido. Se sintió expuesto mientras caminaba hasta la cabaña, cojeando en el fresco de la mañana… caminando, como un tonto; pero ya se había sentido un tonto por la noche y no iba a correr ahora. A la luz del día sabía lo que daba de sí ese arco; era peligroso, pero le faltaba fuerza para disparar desde el bosque. Si había alguien con ella, no habían hecho ningún movimiento cuando habían tenido más probabilidades de éxito en la oscuridad, por eso pensó que no eran bandidos; esperar hasta el amanecer cuando habían tenido la noche para ellos no era la forma en que solían actuar, y tampoco era una elección propia de los asesinos de Ghita.
No, seguramente era una muchacha que estaba ahí afuera portándose como una tonta, y que le había proporcionado una pierna y un hombro doloridos esa mañana.
Una muchacha que tal vez estaba lo bastante loca o furiosa como para atreverse a eso; pero con ese arco tenía que acercarse más.
A menos que ya hubiera entrado en la cabaña.
Caminó desde el costado de la galería hasta la puerta y la abrió de un golpe, mientras entraba de un salto en la única habitación.
Vacía. Nada parecía distinto. Se inclinó contra la pared y se quedó ahí observándolo todo, para ver si algo había cambiado de lugar o faltaba algo; y pensó en venenos y en sus utensilios de cocina, en los que hacía algunos años había puesto sellos protectores; y se preguntó qué podría traer una loca en una canasta tan grande como ésa.
Mierda, no. Estaba atribuyéndole a una pobre muchacha de dieciséis años cosas que tal vez haría un enemigo más astuto. Estaba luchando contra sí mismo, ése era el fantasma que había conjurado la última noche. Estaba luchando contra Saukendar, no contra una muchacha campesina con una idea loca y ridícula para obligarlo a cumplir con sus deseos.
Removió los carbones en el pequeño hornillo, logró hacer un pequeño fuego, y mientras seguía mirando hacia afuera puso un poco de arroz y agua en la olla. Tomó el desayuno sentado en el umbral, desde donde podía vigilar todo el claro, especialmente el establo; pensaba que el olor de la comida y el humo del desayuno tal vez atraerían a la muchacha a campo abierto. Tenía una esperanza sincera de que fuera más razonable de día, cuando todo lo demás era cuerdo y lógico.
Pero no apareció.
El dejó el pote y pensó en lo que iba a hacer, y en dónde podía haber pasado la noche aquella muchacha, y en dónde podía estar en ese momento. Vigilando desde el bosque, pensó, y por primera vez en años, fue a buscar la armadura de acero y seda que guardaba entre paños engrasados, se puso las mangas y la túnica de la armadura y se ajustó el cuerpo de acero.
El acero se acomodó a su cuerpo como la afirmación de un pasado que no deseaba recordar. Una precaución ridícula, se dijo. La muchacha, que probablemente estaba escondiéndose entre los arbustos bien a la vista de la cabaña, se reiría cuando lo viera, mierda, pero no quería morir a manos de una loca o por la suerte ciega de una muchacha.
Se puso la espada; y salió y se sentó sobre los escalones de la galería, mirando con amargura su reino, el espacio libre alrededor de la cabaña y el establo. Por primera vez desde que había llegado a la montaña, algo que hacía otra persona lo estorbaba y lo limitaba. Le habría gustado ir de caza pero no se atrevía a dejar la cabaña y el establo sin vigilancia; le había gustado salir a cabalgar pero no quería exponer a Jiro a las flechas de la muchacha. Le quedaba trabajar en la huerta, metido en una armadura que pesaba como una piedra, o sentarse y remendar la ropa o trabajar el cuero, sí, eso probablemente.
No, mierda, no podía pasar así días y semanas. Tal vez no se había movido la noche anterior pero estaba seguro de que ella estaba ahí afuera, y los jóvenes no tenían paciencia. Si ella no podía salirse con la suya fácilmente, simplemente lo provocaría de nuevo, y después haría otra cosa y otra, hasta que descubriera cómo conmoverlo, y en ese juego infantil alguien podía resultar herido.
Así que lo que había que hacer, pensó, era buscar el arco y el carcaj y hacer como que se iba de caza… que ella adivinara su juego… después sentarse y esperar escondido a que ella tratara de seguirlo o de atacar la casa.
Había un lugar entre los arbustos, arriba en la colina, que permitía una buena vista de la casa y el establo, y no vio ninguna señal de que la niña Taizu la hubiera usado como punto de observación. Él se arrodilló allí, puso el arco a su lado y sacó una flecha por si acaso: recordaba todavía la posibilidad de que fueran bandidos. Después se recostó contra el tronco de un árbol y se dispuso a esperar.
El sol se levantó aún más, pasó el Cénit y el aire se calentó, los arbustos zumbaban con los insectos y se agitaban en la leve brisa. Él cabeceó sin darse cuenta, levantó la cabeza de un golpe y peleó contra el deseo cada vez más poderoso de dormir, mientras las cigarras y el sol conspiraban para nublarle la mente.
Dormitó ligeramente, sin llegar al sueño, pero al menos descansó algo y vigiló, entre cabezada y cabezada.
A media tarde estaba hambriento, sediento y comido por los insectos, y nada, nada se había movido, excepto los pájaros y Jiro, que había empezado a golpear los tablones del establo en un ataque de rabia.
—Tranquilo, tranquilo —dijo, calmando a Jiro con las manos. El viejo caballo de guerra pateaba los maderos como una vaca, frustrado, y no lo tranquilizó ni el grano ni el agua ni las otras atenciones. Un buen cepillado ayudó algo, pero Jiro tenía las orejas hacia atrás y siguió dándose vuelta para morderlo, nunca con fuerza, solamente la forma en que le decía que estaba muy, muy enojado.
Viendo que nada de eso lo calmaba decidió arriesgar la piel de Jiro y la propia, ponerle el cabestro, montar a pelo y salir al corral, y luego a la pradera, y cabalgar ida y vuelta, ida y vuelta, mientras seguía pensando en lo fácil que resultaban como blanco; y mientras seguía atento a la casa y el establo, sabiendo que la muchacha estaba mirando, y probablemente muerta de risa.
Era una locura. Jiro estaba confundido y él mismo se preocupaba cada vez que sacaba los ojos del claro del bosque, el establo o la cabaña, y pensaba todo el tiempo en las formas que podía elegir un enemigo determinado para atacarlo.
Otra vez luchando consigo mismo. Era el único nivel de excelencia que conocía.
Y ella lo estaba provocando, sin hacer nada. Una fuerza mínima. Ella estaba haciendo las cosas bien.
Si es que estaba ahí afuera.
Mierda, peleando consigo mismo otra vez y otra y otra.
Hizo sudar a Jiro y lo llevó de vuelta al establo de mejor humor que antes, lo secó y lo cepilló, mientras vigilaba la linde de los arbustos y pensaba que el único lugar que no podía ver era la parte posterior de la cabaña, donde los bosques casi tocaban las paredes, y que era posible trepar al techo y bajar por la chimenea, ya que él había sido lo suficientemente tonto como para dejar el barril de agua y la leña apilada contra la pared de la casa…
Si uno fuera Saukendar…
Tenía miedo de ir a la parte de atrás para retirar aquellas cosas de allí, porque si perdía de vista el frente de la casa, lo único que necesitaba el enemigo era una buena carrera hacia el establo, y si ella pretendía lastimar al caballo…
… para alarmarlo y hacerle correr hacia la cuadra, directo a una emboscada. Lo único que ella tenía que hacer era vigilar sus actividades y ver qué era lo que más cuidaba para darse cuenta de lo que era valioso para él, y cómo hacerlo reaccionar sin pensar.
Mierda.
Cocinó una cena sencilla, y la tomó sentado en el umbral mientras el sol se ponía. Se preguntó si la muchacha tendría comida en la canasta, y cuánto aguantaría, y si sabría proveerse de alimento en esas montañas.
Pero una campesina conocería las bayas y las raíces, lo que era comestible y las tinturas…
Y los venenos…
El arroz supo raro cuando pensó en eso. Siguió comiendo. No había nada en el arroz. Nada en el té.
En Chiyaden, la dama Bhosai había muerto, decían, a causa del veneno en el fondo de una taza de té.
Mierda, ya estaba pensando de nuevo en el pasado, en la corte, otra vez en todo el desastre.
Otra vez en las enseñanzas de su padre, en los ejercicios a la medianoche, en las trampas que le tendía su padre…
… las cosas que lo habían mantenido con vida mientras tres de los amigos del Emperador sufrían accidentes fatales. Había podido probar lo del señor Riga pero no la conexión del asesino con Ghita…
Debería haber matado a Ghita cuando tuvo la oportunidad. Pero entonces Ghita solamente era uno de muchos, y el viejo Emperador había prohibido…
Dejó el pote de arroz y bebió el té, tratando de olvidar el pasado de nuevo mientras la armadura le pesaba en los hombros y le ceñía las costillas, y el sol se hundía hacia el crepúsculo.
El cambio era así en la montaña, de amanecer a oscuridad y de ésta a amanecer, de invierno a primavera y a invierno otra vez… y un día era igual al siguiente, una tormenta igual a otra, una hoja igual a otra, desde las yemas al otoño. Nueve años de ciclos así, todos juntos, podían ser un solo día, un solo año, una vida reducida a pequeños esquemas. En el cambio, nada cambiaba. Una vez que uno se convertía en parte de esos ciclos, los cambios personales pasaban a ser esos otros cambios, el equilibrio perfecto, tan perfecto como podía ser un hombre.
Todos los días eran el mismo, todos los años eran el mismo, y no tenía importancia que el hombre envejeciera, que un día cayera y muriera en esa montaña, y el pasto creciera alrededor de sus huesos y nadie lo supiera…
Mierda, había entregado una noche y casi un día a esa interrupción de su vida. Era demasiado, incluso ahora.
Una vez había tenido muchos días para desperdiciar, antes de que los días se transformaran en uno solo, en todos los días. Se daba cuenta ahora, y le sorprendía darse cuenta de que no había adquirido paciencia, solamente había perdido la flexibilidad. Podía ver cómo se arrastraba una hormiga a través de la galería sin sentirse culpable por el tiempo perdido. Pero no podía permitir ese cambio en el esquema de su vida. Era una reacción de viejo. Era como un ermitaño, un viejo loco, solitario, de casi cuarenta años.
Esa idea le revolvió el estómago.
De nuevo pasó la noche en el establo.
Como un loco.
Desayunó bajo la primera luz de un amanecer neblinoso, impregnado de rocío, sentado en el umbral de su cabaña, y pensó en gritarle a los bosques, a la muchacha… Ven, charlemos.
Pero la idea se le quedó trabada en la garganta.
Como los dos días de arroz sin pescado, sin conejo.
Tenía muy poca carne ahumada y ninguna fruta en conserva: éstas llegaban en otoño, y él las guardaba para las malas épocas, los meses de invierno. En verano confiaba en la naturaleza y en su huerta.
Pero si la situación se prolongaba…
Dioses, su paciencia no tenía sentido. Tenía que cazar a la muchacha y atarla de pies y manos, si hacía falta, y llevarla a Muigan.
Que las monjas se entendieran con ella.
Si había estado en los bordes del claro, inevitablemente habría dejado rastros, y una vez que se convirtiera él en el perseguidor, ella se aterrorizaría y cometería errores.
Si es que seguía ahí afuera.
Si estaba afuera, había pasado una noche peor que la de él, eso era seguro. El aire de la noche podía ser muy frío en las montañas, incluso en el verano; y cuando bajaba el rocío de esa forma, con la lluvia de paso hacia el norte, las mantas y la ropa se humedecían, las ramas derramaban agua sobre la cabeza y el cuello, y empapaban las mangas y los pantalones y los zapatos en unos pocos minutos de caminata.
Bien. Esperaba que hubiera unos cuantos días así siempre que la niebla no empeorara… la bruma leve aún permitía ver los bordes del claro. Y eso le convenía a él más que a ella.
Siempre que no empeorara.
Dejó el bol de arroz sobre la mesa, estiró los hombros contra el peso de la armadura y salió a la galería. Después rodeó la casa con rapidez para coger unos palos de la pila de leña.
Mejor más que menos, pensó. Cuanta más madera pudiera llevar de una vez, menos tiempo dejaría de vigilar el campo. Recogió una brazada y dobló la esquina de la casa, hacia la galería.
El ruido inconfundible de una flecha en el aire le pasó junto a la cadera.
Shoka dejó caer la leña, se arrojó contra el umbral y rodó hacia adentro; cogió el arco y el carcaj, que había dejado apoyados contra el marco de la puerta.
—Demonios —aulló hacia los bosques oscuros—, ¡tú te lo estás buscando, niña! Es suficiente. ¡Escúchame! No quiero lastimarte. Ya he sido bastante paciente, los dioses lo saben. Te he ofrecido una dote. Te ofrecí todo el oro que tengo porque no quiero que te pase nada. Creo que eso merece al menos un poco de cortesía, ¿no te parece?
Silencio.
—Escucha, niña. No te obligaré a nada. Si no quieres ir a Muigan, es cosa tuya. Si no quieres quedarte en la aldea, es cosa tuya también. Puedes volver a Hua, puedes ir adonde quieras. Te prometo que no te voy a tocar ni un pelo. Pero ven y habla como una persona civilizada y deja de hacer tonterías.
Silencio.
—Mierda, te lo estás buscando, niña… No voy a quedarme aquí como blanco de una lunática.
Silencio y nada más.
¿Hice bien en decir eso, si ella está realmente loca?, se preguntó Shoka, inquieto.
Tenía una idea bastante aproximada del sitio donde ella se encontraba cuando disparó la flecha, y cuando halló la flecha misma, la idea se completó: un árbol de tres ramas y un pequeño bosquecillo de arbustos del otro lado de la casa.
Así que se puso los pantalones de cuero, que generalmente usaba para cazar, pero que estaban reforzados con pedazos de cuerno, sobre todo el frente de los muslos, cubriendo lo que no cubría la armadura. Pero no cogió los cubrepantorrillas, que eran un estorbo en una caminata larga, y tomó la cantimplora y el arco y se fue hacia los bosques. Ya la madrugada lo iluminaba todo; las hojas seguían cubiertas de rocío, y no era difícil ver que ella había estado realmente donde él pensaba… y que había permanecido unos momentos allí y después se había marchado, y luego había vuelto.
Y se había vuelto a marchar.
Había sido un momento tonto para disparar, pensó, con la aurora de parte de él. Había cometido un error, un error simple, de principiante… producto de una confianza exagerada en sí misma, un deseo de provocar, estando las cosas demasiado tranquilas para su gusto.
La idea lo alegró muchísimo.
Sonrió cuando vio el rastro tan evidente entre los arbustos.
Luchando consigo mismo, sí. Ninguna muchacha, ni siquiera una que conociera el lugar, iba a pasar por los bosques sin dejar huellas en una mañana como ésa, y por el estado del rocío sobre las hojas, podía juzgar muy bien el momento en que ella había pasado.
La huella lo llevó lejos de la casa y más y más hacia los bosques. Eso no le gustó. Ella tenía tiempo suficiente para regresar por la espalda si él no se apresuraba y caminaba con más seguridad; así que dejó de pensar en la pierna que le dolía y se lanzó al trote siguiendo las claras huellas. El sol naciente estaba empezando a deshacer la niebla, las nubes se alejaban; y la ventaja que podía tener un fugitivo en las colinas era mucho menor a la luz del día.
Una vez que vio las huellas, no fue difícil comprender el esquema que ella estaba siguiendo… podía ver otros signos, un rastro de pisadas en una ladera, las plantas quebradas, las piedras fuera de lugar… clara como un camino real, una vez que empezó a seguirla.
Pero no era ni el lugar ni el momento de descuidarse.
—¡Maestro Saukendar! —bajó una voz hacia él, desde las colinas—. No tenéis por qué seguirme. Yo bajaré. Lo único que tenéis que hacer es prometer que vais a enseñarme. No tenéis que preocuparos por mí.
Él no era tan tonto como para contestarle.
Ahora le toca a ella preocuparse, pensó, y apretó el paso siguiendo las huellas que ella había dejado, sin atajar hacia la voz, aunque la voz llegaba desde el otro lado de la garganta y por encima de otra colina.
Shoka veía claramente dónde se encontraba ella. Si era astuta, tal vez había hablado para descubrir dónde estaba él, o para alejarlo del rastro y después cubrirlo muy bien, y hacerle perder el tiempo retrocediendo para volver a encontrarlo.
Si era astuta. En ese momento, seguramente era una muchacha muy nerviosa; y había huellas en esas colinas, él las conocía mucho mejor que ella. Si podía descubrir en cuál estaba, entonces podría ganar tiempo cortando camino.
—¡Maestro Saukendar! —Muy arriba en la montaña, y muy lejana ahora—. ¿No he probado lo que valgo? Es todo lo que estoy tratando de hacer. Es todo lo que quise hacer desde el principio. Nunca apunté bien con las flechas. Podría haberos herido. No soy mala con el arco.
El siguió andando. Ahora le parecía que ella sabía adonde iba. Encontró el mismo tipo de pistas, piedras fuera de lugar, plantas aplastadas y algunos brotes quebrados; y no eran sólo de esa mañana.
¿Por qué?
—¿Maestro Saukendar?
Él no contestó. Ella lo llevaba lejos de la casa; después tomaría el camino colina abajo y trataría de llegar a la cabaña antes que él.
Pero había un camino que cortaba por los bosques y llegaba al sendero que ella seguía en ese momento.
Shoka tomó la ladera hacia abajo, bordeando el sendero, de árbol en árbol para detener la inercia de la bajada. La marcha por el otro lado fue una rápida subida entre los pinos, porque las huellas llegaban hasta allí.
Solamente había un camino por ese lado de la colina, a menos que ella bajara la ladera o volviera hacia atrás; y si lo hacía, todavía quedaba otro lugar donde podría atraparla.
Pero, maldición, ella bajó por la otra ladera, más allá del ángulo que formaban las dos colinas: él oyó ruido entre los arbustos y después pensó; no. No.
Se sentó donde estaba. Podía tomar el camino hacia abajo y alcanzarla si estaba equivocado, pero decidió que había sido una roca o un árbol lo que había rodado colina abajo.
Y si estaba equivocado, tenía una ventaja que la muchacha no tendría más remedio que ver cuando cruzara un cierto punto más bajo, o tratara de trepar por la ladera para llegar al sendero que él había dejado.
Pero en realidad, pensaba que no estaba equivocado y que aquel ruido era una distracción; así que se sentó y esperó, y pensó que cuando ella bajara por el sendero, la atraparía y le enseñaría cómo comportarse en una huida.
Pero no hubo sonidos, ningún sonido durante mucho tiempo, y él se puso nervioso, pensando que tal vez la muchacha había tomado una ruta totalmente alejada de los senderos, colina arriba, una ruta lenta pero posible para piernas jóvenes y pies rápidos y leves. En ese momento, podía estar corriendo hacia la cabaña.
O tal vez sabía dónde se encontraba él y se había quedado allí, quieta. La cuestión era quién esperaría más tiempo.
Maldición.
Oyó un ruido, un movimiento de ramas en su dirección.
Se agachó en su escondite junto al sendero.
—¿Maestro Saukendar? —la voz llegaba de bastante cerca, del otro lado de los árboles, trémula y sin aliento.
Mierda, mierda, mierda, Shoka no dijo nada. Dejó de respirar y esperó, y oyó que el crujido de los arbustos bajaba por el sendero, alejándose de él.
Dejó el escondite y se lanzó sendero abajo en su persecución. Tuvo la breve visión de una chaqueta azul entre las hojas. Aceleró y ella apareció frente a él, corriendo entre las curvas del sendero, los pies leves en el aire, saltó el saliente de una roca y desapareció tras un recodo, mientras él se le acercaba cada vez más.
Shoka sintió la cuerda contra su pie, oyó cómo la rama se desataba y volvía a su posición. Vio venir al árbol contra él, dio una vuelta, un giro que sus músculos conocían y su mente había olvidado por completo; y un viejo cuerpo de cuarenta años golpeó el sendero de piedra con una fuerza que casi lo dejó sin aliento.
Rodó y volvió a ponerse de pie, lastimado y enfurecido, se puso el carcaj en el hombro otra vez y levantó el arco que había dejado caer.
—¡Mierda, muchacha!
—No os atrapé, ¿verdad? —llegó la voz preocupada desde el sendero.
—¡Al carajo contigo! —le aulló él. Y recuperó el aliento y el entendimiento y decidió otra táctica—. Una tregua. ¿Me oyes, niña? Una tregua por un ratito. Escúchame.
—¿No me enviaréis a Muigan?
—Escucha, muchacha. Eres muy inteligente. Alguien te enseñó, ¿verdad?
—Poníamos trampas. Cuando venían los soldados.
—Claro, claro, te creo…
—Es cierto. Poníamos trampas. ¿No estáis herido, verdad?
—No.
—No era un árbol muy grande.
—Escucha, muchacha… —Respiró de nuevo y dominó la rabia—. Estaba muy bien hecha. Te lo reconozco. Quieres que te pruebe, ¿verdad?
—Que me enseñéis.
—Te daré una oportunidad. Pero quiero que algo quede claro.
—¿Qué?
—Que vas a entrar en la casa. Que harás lo que te diga que hagas. Que cuando quieras irte, me lo dices y te llevo a Muigan.
—¿Tengo vuestra palabra, maestro Saukendar? ¿Me tomaréis como vuestra discípula?
Otra respiración profunda.
—Sí. Tienes mi palabra.
—¿Y eso incluye compartir vuestra cama?
Él se enderezó de nuevo; sentía el dolor en los huesos. No había pensado en eso. Todavía.
—¿Y si fuera así? —gritó a los bosques.
—Entonces seguiremos con esto. Ya os he sacado una promesa.
—¡Ah, maldita muchacha! ¡Sí que eres impertinente!
—No soy una prostituta, maestro Saukendar. Cocinaré y limpiaré para vos, pero no haré ninguna otra cosa.
Él se sacó el cabello de los ojos, se secó el sudor de la frente. Estaba ofendido. Y además, deseaba que ella fuera menos virtuosa, aunque fuera un erizo quemado y huesudo.
Pero no iba a quedarse en la montaña de todos modos, así que no tenía importancia. A pesar de todo, terminaría con las monjas o en la aldea, y no pensaba enviarla embarazada.
—De acuerdo —dijo—. Esos son los términos. Cocinas y limpias, y yo te enseño. Y cuando hayas tenido suficiente, me lo dices. Te doy mi palabra. ¿Está bien?
Hubo un movimiento en los arbustos, abajo, junto al sendero. Tras unos momentos, apareció ella, sudorosa y arañada y sucia, el corto cabello tocado con una maraña de ramas y hojas, pero los ojos seguían brillantes.
Él la miró de arriba a abajo y se colgó el arco en el hombro. Luego hizo un gesto hacia el sendero.
—Tú delante —dijo.