Paladín

C. J. Cherryh · Capítulo 14 de 23

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Paladín

Capítulo 13

La región se hizo más baja, la región se hizo más plana, y los campos de arroz y los diques señalaron el comienzo de las granjas que rendían tributo a Ygotai.

Y entre los caminos de los diques, una pradera y algunos caballos bastante buenos.

—Pertenecen al juez —dijo un granjero.

—Quédate aquí —dijo Shoka, y tomó la bolsa, el oro que tenían y las monedas que, en medio de la confusión de su primer encuentro, había propuesto a Taizu como dote para las monjas.

Y dejó a Taizu sentada, cuidando el equipaje, junto al dique, para cabalgar hacia el portón del juez.

—Mi nombre es Sengi —dijo, inclinando un codo sobre la montura de Jiro y mirando al guardia—. El capitán Sengi que desea ver al juez… creo que tiene caballos para vender.

 

Gracias a los dioses, el magistrado no lo conocía, y él no lo había oído nombrar, un viejo gordo muy nervioso al encontrarse con un capitán de mercenarios llamando a su puerta; pero muy contento al ver que el capitán hacía sonar una bolsa repleta de monedas y anunciaba que había dado su montura a un amigo y que quería adquirir un animal servicial… con arneses y todo.

Así que Shoka dejó a Jiro atado a la sombra, llamando amistosamente a las yeguas del juez, molestando a los palafreneros, y fue hasta la pequeña pradera a examinar varias yeguas muy buenas, a admirar sus cualidades y a estar totalmente de acuerdo con la sabiduría del juez, porque pensaba que eso bajaría el precio del animal y lo pondría dentro de su alcance.

Así que se sentó en el jardín sombreado del juez y saboreó un excelente té…

… y recordó tiempos más dulces, y sintió una punzada de dolor, y sintió que los años iban hacia atrás y hacia delante como trompos enloquecidos.

Un jardín, un sendero, una sombra y una laguna con un puente. Su casa, su casa.

Pero había sido confiscada. Robada.

—Esto es lo que tengo —dijo Shoka, y extendió el medallón de oro y los anillos, y agregó un grupito de monedas—. Me gustan los buenos caballos. Y supongo que sé lo que valen. Pero la yegua de las patas calzadas…

—Es una madre potencial. Deberíais verla dar a luz…

—Claro. Pero yo no podría pagar por la baya…

Llevó toda la tarde. Él se imaginó a Taizu nerviosa, esperando y esperando en el camino. Imaginó una tropa de guardias imperiales, haciendo preguntas que Taizu no sabría responder.

Pero no había forma de evadir al viejo, que inquiría sobre los asuntos del norte.

—Señor, yo vengo de Mendang. No tengo idea. ¿Cómo están las cosas en Hoishi?

Y el viejo contestaba, contemporizando:

—Igual que siempre.

—¿Cheng'di?

—Lo mismo. ¿En Hoisan?

Viejo astuto, pensó Shoka.

Y deseó poder sacarle algo.

Pero si le preguntaba por las cosechas, sospecharía algo, como viejo zorro que era… un capitán mercenario que preguntaba… podía tener alguna fechoría en mente, y el juez de la aldea no era la persona indicada para andar despertando sospechas. Así que Shoka bebió el té y habló de caballos, pasados y presentes.

Alabó el favorito del juez. Dijo, y era verdad, que había visto las granjas del Emperador, y que en ellas no había nada mejor, y eso último era mentira. Pero no tenía más oro, solamente la plata necesaria para poder mantenerse los días siguientes.

Empezaron a discutir por los arneses.

Finalmente, Shoka abrió el bolso y se quedó sin nada.

Gracias a los dioses que había dejado algo con Taizu.

—Ése que tenéis —dijo el juez— es realmente un buen caballo. Supongo que no pensáis venderlo.

 

Al final cabalgó de vuelta, llevando de la rienda una yegua baya de tres años, una criatura con la cara blanca, una pata calzada hasta el jarrete, una delantera hasta la rodilla, una grupa poderosa y un buen pecho.

No era precisamente el caballo más común de la provincia. Shoka habría preferido algo que destacara menos, pero era un buen caballo, el juez estaba ansioso por venderlo, y él por marcharse de la granja.

Y Taizu, que salió a recibirlo desde la zanja y los arbustos, parecía estar exactamente como él había esperado, angustiada y pensando lo peor; pero cambió su expresión cuando echó un vistazo al caballo que le había traído.

—¡Qué hermosura! Pero…

—Llamativa como una prostituta de pueblo —admitió él. Había dudado entre dos animales, uno de los cuales era absolutamente común, incluso los huesos—. Hice lo que pude. Es buena, sólida y está entrenada para un soldado. Te será útil en una escaramuza. —Le dio las riendas—. Sube. Pruébala.

—¿Podemos pagarla?

—Jiro es el que cerró el trato.

¡Jiro! Por los dioses…

—Todo el oro y un intento de Jiro con la yegua baya del juez. —Shoka palmeó el cuello de su caballo—. Pobre viejo. Dio todo lo que tenía. ¿No es cierto, hijo?

Jiro todavía estaba inquieto. Jiro saltaba y corcoveaba en el lugar, y mordía el freno para conseguir rienda, mientras Taizu se presentaba a la yegua de patas blancas y morro bayo. Y la mirada que se encendió en los ojos de Taizu y la fiebre que había en sus manos llegaron al corazón de un jinete.

—¡Arriba! —dijo él—. Sería típico de ese viejo tacaño cambiar de parecer y enviar a los guardias contra nosotros. Salgamos de aquí.

Ella puso el pie en el estribo, se levantó y la yegua, nerviosa por la proximidad de Jiro y la presencia de un jinete desconocido, se corrió de lado, pero ella la detuvo. Buenas manos. Un buen asiento. Un asiento excelente.

—Pensé que podrías manejarla —dijo Shoka—. Después de Jiro. —Cabalgó cerca de ella y le pasó el papel que tenía—. Certificado de venta. No te separes de él. Si nos separamos por cualquier cosa, no quiero que te arresten por ladrona de caballos…

—Dioses, es hermosa…

—Demonios, muchacha, a mí nunca me haces esos cumplidos. —Shoka guió a Jiro por el camino del dique y la yegua lo alcanzó y se puso al paso al mismo ritmo, con un trote enérgico, y Jiro, el cuello estirado y los ojos en blanco, se lanzó de costado—. ¡Cuidado, ahí!

—Hombres —dijo Taizu. Había un temblor en su voz. Un tipo de temblor típico del momento anterior a la batalla. Tenía los ojos muy brillantes.

Las manos mantenían las riendas en una tensión leve, y la yegua intentaba aflojarla constantemente, probando al que iba en ella, coqueteando con el macho que tenía cerca, y descubriendo que su jinete sabía manejarla.

Jiro, por su parte, era feliz.

Más de lo que puedo decir yo, pensó Shoka amargamente, y volvió a pensar en el juez, maldito, que le había preguntado directamente por qué se había convertido en mercenario, a quién había servido, a quién servía en ese momento…

Sengi, señor, no, pero mi padre era de Tengu, bueno, perdimos nuestra tierra, señor. No tenía futuro. Vuelvo al norte, al Choedri, en busca de empleo. Tal vez allí… Llegaré a Cheng'di si es necesario. ¿No sabe si hay necesidad de mercenarios por allí?

Maldito entrometido, pensó, maldito entrometido, y el viejo seguía mirándolo y decía: Ah, encontraréis trabajo, sin duda. ¿De dónde venís?

Guardia de caravana, señor. Pero ya estoy cansado de lugares extraños. Vuelvo a casa. No creo… que haya cambiado mucho en los últimos dos años…

No. De nuevo esa mirada rara. Dejadme mostraros una yegua que no habéis visto.

 

Bajando por las granjas de nuevo hacia el río. El asunto de la compra del caballo había llevado tres veces el tiempo que él pensaba perder, y ya atardecía cuando llegaron al puente.

—No quiero detenerme dentro de Ygotai —había dicho Shoka, antes de haberse puesto a pensar en los caballos, y miró hacia atrás, con más y más sensación de frío en la nuca. Gracias a los dioses, todavía no se veía a nadie.

—¿Qué te pasa?

—Era un viejo chismoso.

—¿El juez? ¿Crees que te reconoció?

—No sé.

—Y entonces, ¿qué hizo?

—Demasiadas preguntas. ¿Cómo vas? ¿Podemos seguir?

—Puedo cabalgar toda la noche si hace falta. No son mis piernas… ¿Qué clase de preguntas?

—Quién era, de dónde venía. Mi nombre es Sengi. Soy guardia de caravana. Capitán de guardias de caravanas. Era un caballero, hace tiempo, tú eres mi esposa, el certificado de venta es válido. Repetimos la historia.

—¡Te dije que no había que comerciar con un juez! ¡Siempre hacen preguntas! ¡Podría haberte reconocido!

—Los jueces de aldea no llegan a la corte. Nunca vi a este hombre antes.

—Tal vez no fue siempre un juez de aldea…

—Tal vez.

—… o, tal vez… —La yegua se puso a bailar, unos pasos hacia el costado y Taizu la dominó—. Tal vez estuvieron vigilando para ver cuándo dejabas la montaña…

—¿Todos estos años? Es una locura. —Miró hacia atrás otra vez y se arrepintió más que nunca de haber elegido un caballo llamativo—. Soy un tonto. No debí haber cogido ese maldito caballo.

Llamativo, había dicho el viejo. Pero mirad su línea, no sus defectos. No puedo venderla por el precio que debería venderse. Ningún caballero como vos cabalgaría en un caballo tan… tan irregular, y no quiero que esas marcas se perpetúen en otras generaciones… Pero para lo que vos la necesitáis… en lugar de venderla a un ayudante o un capataz…

—No te encariñes con esa yegua. Podemos venderla más adelante, en el camino. Mientras tanto vamos a usar esas patas para poner distancia entre el juez y nosotros.

—De acuerdo —dijo ella—. Ella está bien. El que me preocupa es Jiro…

—Nosotros, los viejos, nos arreglamos bastante bien, muchacha. —Tocó a Jiro con los talones, y Jiro no tuvo problemas para decidir que iba a seguir adelante si la yegua también lo hacía. Y viceversa.

El camino que rodeaba Ygotai era retorcido, corriendo junto a granjas y diques, entre algunos pocos edificios decrépitos de las afueras de la ciudad, una ciudad de unos diez mil habitantes, según recordaba Shoka por el último censo del Emperador; pero no recordaba una extensión semejante de edificios abandonados y en decadencia, y la pobreza perturbó su sentido de cómo debían ser las cosas.

—Esta gente no estaba aquí entonces —le dijo a Taizu mientras cabalgaban, dos mercenarios por los barrios pobres de la ciudad; y la gente se amontonaba bajo pobres lonas, alrededor de sus hornillos, y los miraba con ojos abiertos y preocupados. Los chicos no los persiguieron, no había chicos, salvo los que se quedaban sentados tratando de pasar desapercibidos entre sus mayores. Solamente había una impertinente manada de perros que, muy hambrientos, ladraron y persiguieron a los caballos, pero no por mucho tiempo.

Y la gente parecía derrotada y temerosa.

—Tienen miedo de nosotros —dijo Taizu en tono bajo—. Parecemos soldados.

Las casas eran tan precarias que un viento fuerte podía derribarlas. Las calles, llenas de podredumbre, musgo seco en algunos tramos, una ciénaga maloliente en otros, donde quién sabe qué corría algunas veces. Y siempre las miradas, las miradas angustiadas, desesperadas, sin confianza.

¿Qué ocurre aquí? ¿De dónde viene toda esta gente?

¿Qué ha pasado aquí?

Parecemos soldados. ¿Qué quiere decir eso?

 

—No hay muchos sitios donde acampar —dijo él, mirando la tierra llena de diques y campos de arroz más allá de la ciudad. Fácil para un fingido muchachito que iba a pie, demasiado expuesta para un caballero, su escudero y dos caballos.

—Asustaríamos a los granjeros —dijo Taizu—. Mercenarios.

—Como asustamos a los aldeanos —dijo Shoka mientras cruzaban otro puente en la creciente oscuridad—. Preferiría estar fuera de aquí, de nuevo en el campo.

—El camino es lo más seguro. No nos metamos en los diques a caballo, no si pensamos detenernos.

Senderos sin salida. Muchos senderos sin salida. El granjero no le había dicho eso al soldado.

Así que acamparon junto a un bosquecillo de moreras, ya anochecido, donde un camino de un huerto les ofrecía un lugar más allá de la ruta principal; y después, la cama bajo los árboles, donde nadie pudiera verla. El cielo se había puesto feo en el crepúsculo, casi de pizarra, una noche sin estrellas.

Y con la perspectiva de una noche húmeda, compartieron una cena fría de arroz y salsa y un poco de té, con un pequeño fuego, alimentado con hojas robadas a las moreras y ramitas caídas.

—¿Por qué estaban asustados? —le preguntó Shoka, a la luz difusa de ese fuego.

—De los soldados —dijo Taizu, como si asustarse de ellos fuera una cuestión de simple cordura y él estuviera portándose como un tonto.

—Soldados.

—Del Emperador.

Él meneó la cabeza.

—Estás hablando con un hombre que tenía más de veinte años cuando naciste, muchacha. Que se fue al exilio cuando tú apenas te dabas cuenta de lo que era el mundo. En mis tiempos, no había por qué temer a los soldados. Al menos no dentro de las aldeas y ciudades, aunque hubiera algo de brutalidad en los campamentos militares… eso siempre fue así. Pero esto es miedo.

—Las tropas hacen lo que quieren. Los mercenarios también. Tienen documentos del Emperador. Son la ley…

—La ley, una mierda. Los tribunales son la ley, muchacha. El Emperador no tiene mercenarios…

—Los señores son la ley…

—En su tierra, sí. Los impuestos de la ciudad son del Emperador y los problemas de la ciudad van a…

—… a los jueces del Emperador. Pero si no tienes dinero, no puedes pagar las multas y se llevan tus cerdos; o tu casa; o tal vez los soldados del Emperador están de humor para una broma, así que te destruyen la casa y te matan. Nadie va a decir quiénes fueron, nadie se molestará en averiguar si perteneces a un señor… él tal vez se enoje y vaya a los tribunales, pero uno no acude al juez si no tiene dinero…

El escuchaba. El país que ella describía no era el que él había dejado. Pero era plausible, si el Emperador era un estúpido…

—… porque el juez del tribunal, o es un corrupto y acepta dinero, o sabe lo que podría pasarle a su granja si se pusiera en contra de los soldados. Así es en el campo. Así es la ley. Y si eres campesino y estás bajo alguien como el señor Kaijeng, le ahogan con los impuestos, hasta que él y su mujer no pueden mantener el lugar a flote, y después atacan las granjas y se llevan a todos sus hombres a las guerras de frontera, y finalmente entran y lo matan, y uno no espera que el Emperador haga nada al respecto.

—¿Y el Emperador no hace nada, realmente?

—No sé —admitió ella—. Dicen que el Emperador hace esto o aquello, pero hay otros que dicen que simplemente firma papeles y pasa todo su tiempo con sus concubinas y sus pájaros.

—Pájaros. —Jaulas… jaulas de pájaros exóticos, un jardín inmenso donde los pájaros vuelan en libertad, separados del cielo por redes muy finas, casi invisibles. Plantas y pájaros importados de lugares sin nombre, a costa de vidas y muertes. El muchacho se había pasado gran parte de su infancia allí, escapándose de sus deberes de la corte y sus lecciones de armas. No era un mal muchacho. Era un muchacho mal criado, egoísta, suave, ineficaz como los gorriones.

Que asesinaba. Que podía planear a sangre fría un complot con Ghita para librarse de su esposa, sus consejeros, su tutor…

Porque era un estúpido, cuyas esposas y cuyo deseo de no pensar eran más reales para él que el sangriento resultado de su complot…

¡Que lo castigaran los dioses! ¡Que lo castigaran por eso!

Taizu se había puesto furiosa. Él también, aunque por distintas razones. Así que pasó mucho rato hasta que Shoka dijese:

—¿Ésa es la reputación que tiene?

—Todo el mundo dice que es un tonto. Que se pasa el día con sus pájaros. Los señores le envían pájaros cuando quieren algo de él. Hubo un pájaro que costó una fortuna a un señor. Y murió en una semana, y después de eso los otros pájaros del jardín se enfermaron y murieron, muchos. El Emperador dijo que el pájaro estaba envenenado y que había encantado a los demás. Ghita hizo que arrestaran a ese hombre y que le arrancaran las manos… Tenei se llamaba, el señor Tenei, del norte… creo que de Peng.

—Hijo de perra…

—Vinieron a arrestarlo, y su esposa se suicidó, pero él no podía hacerlo, así que su amigo lo mató y luego se suicidó a su vez.

—¿Quiénes son los señores ahora? ¿Puedes decirme sus nombres?

Ella se reclinó contra la morera, una sombra en la oscuridad, y los contó con los dedos.

—No sé quién está en Hua si no es Gitu. Gitu también tiene a Angen, claro. En Shangei está el señor Mendi…

—Dioses…

—No sé nada de él. Excepto que está en lugar del señor Heisu.

—Mendi es un tonto vacilante. Sigue.

—Yiungei… —Había un leve temblor de ansiedad en su voz, allá en la oscuridad —. Es del señor Biagi.

—El perrito faldero de Ghita. Eso lo sabía.

—El distrito Mengan, en Yiungei, es…

—¿Jeidi? —Estaba hablando ahora de su propio distrito, del distrito de las tierras de Saukendar.

Ella meneó la cabeza.

—Jeidi murió. Peidan.

—No todos los bandidos son para Hoisan. ¿Y en Taiyi?

—Era Riyen. Murió. Ahora es algún primo…

—Kegi.

—Sí.

—Es un nombre para mí. Nada más. ¿Cuáles son los mejores?

—No sé. El señor Mura. Era amigo de nuestro señor. Su nombre es Meigin. Y el señor Agin de Yijang, bueno como vecino.

Dos que todavía estaban vivos.

—¿Tengu?

—No estoy segura. No… no me preocupaba mucho entonces por los señores. Conozco Kenji, es Mida.

Otro que él conocía, no un hombre fuerte, sino un estudioso.

—Hoishi es del señor Reidi —dijo él—, por lo que sé. Y no se sabe mucho de él. No puedo quejarme de él como vecino, pero nunca crucé sus fronteras. Ahora sí. — Meneó la cabeza, con el mismo sentimiento de desesperación que lo había perseguido durante todo el camino, muy parecido, demasiado parecido, a lo que había sentido hacía diez años—. Si Jiro pudiese soportarlo, diría que siguiésemos adelante. Pero no quiero matarlo de tanto correr.

—¡Ojalá hubieras vuelto a la montaña!

—Ahora es demasiado tarde. Ya no hay seguridad allí, ni para mí ni para nadie que esté conmigo. Ni para los aldeanos, si vuelvo. Sólo me queda el camino. Escúchame. Quiero que me escuches con mucho cuidado, Taizu: si vienen soldados y no podemos huir, me dejas y corres hasta que la yegua caiga muerta, y sigues adelante a pie…

—No.

—Escucha lo que te digo, demonios… Si mandan a los soldados, no digo que vaya a pasar… pero si lo hacen… es porque me reconocieron a mí, no a una chiquilla de Hua, y si sucede, lo único que puedo hacer es entretenerlos, nada más. La mayoría se quedará conmigo, uno o dos tal vez te sigan, pero puedes ir más rápido que ellos, eres más liviana y esta yegua es excelente, por eso la quería, entre otras razones. Puedes escapar. Yo no tengo esperanza. Así que tengamos algo de sentido común. No te conocen, no saben lo que quieres hacer. Si yo vuelvo al Imperio, pensarán que es por una razón, y el único peligro que corres es que te encuentren en mi compañía. Eso es sentido común. Si algo me pasa, las cosas van a estar muy revueltas por aquí un tiempo. Sal del Imperio, vete al sur, escóndete hasta que todo se tranquilice…

—Estás inventando todo. Y no sirve, porque no voy a hacerlo. ¡No te voy a dejar!

Él se quedó callado un minuto, pensando. Yo quería lealtad.

Demonios, siempre hace las cosas cuando yo no quiero que las haga.

Estaba asustado, más asustado que nunca, según recordaba. Había sabido que la primera caravana que venía detrás de ellos desde Mon a Ygotai llevaría la noticia de que él había cruzado la frontera. Había previsto eso, había planeado mantenerse adelante del rumor, incluso usarlo: ellos esperarían que Saukendar fuera directo al norte, hacia Cheng'di o Yiungei, no a Hua. Pero lo que parecía posible en Mon era mucho más incierto en Ygotai, y la mirada desesperada de la gente y la evidencia de los cambios producidos en la región… todo eso hacía que no hubiera esperanza.

Y desde Mon, desde que había roto la tregua, no había esperanza de regreso.

—¿Piensas que el juez puede haber llamado a los soldados —dijo Taizu— y pedirles que busquen el caballo?

—Tu caballo, Jiro… un caballo grande y rojo, con un hombre parecido a mí. No soy mucho más corriente que la yegua, y los pájaros del Emperador son más que una forma de hacerse notar. Un mensaje puede mandarse volando de aquí a Cheng'di… y muy rápido.

—¿Y? Vamos más rápido… eso es todo.

—¿Dónde está el juez esta noche? ¿Adonde envió sus mensajeros? ¿Dónde están los soldados más cercanos? ¿Sus caballos están frescos, comparados con Jiro? ¿Lo sabes?

—¡Nos esconderemos, te digo! Nos esconderemos hasta que crean que el juez está loco.

—¿Dónde?

—Encontraré un lugar. Hay bosques. Hay arbustos.

—Tenemos dos caballos, por los dioses. Tú misma lo dijiste: si nos metemos en los campos, no hay salida.

—Escúchame, maestro Saukendar, tú, el de la Ciudad del Cielo: yo me las arreglé bien, ¿no es cierto? Esto es el campo. Mira esa huerta. ¿Ves ese camino? o es rápido. Tendremos que vadear el agua. Pero te apuesto a que los soldados no lo hacen. Nos metemos entre los arrozales y volvemos a la provincia de Taiyi…

—Hay un río. Jiro lleva armadura.

—Bueno, si cruzamos de noche y dividimos el peso, y dejamos que mi yegua lleve la mitad…

El se sentó allí, pensando en su reputación, en un único y duro combate en el camino, una forma de morir con algo de honor y alguna satisfacción a costa de sus enemigos…

Y pensó, con un poco más de humor… en lo que habría hecho Shoka, el tonto, en su juventud, y en cómo lo habría arriesgado todo… no teniendo una reputación de héroe que perder. A través de los arrozales, como un zorro, confiando en que su guía tuviera algo más que puras palabras…

—¿Crees que puedes encontrar un camino a Taiyi?

—Sé que puedo.

—Nos rastrearán. Los caballos no andan por los arrozales.

—Pero eso no importa. El agua cubre la mayor parte. Los caballos pueden atravesarlos igual que nosotros.

—Entonces, hagámoslo de noche. Antes de que empiece la lluvia.

Hubo un momento de silencio mientras él se levantaba. Un gruñido de protesta cuando Taizu recogió las cosas.

Y hubo más por parte de Jiro, que golpeó el suelo con los cascos y se agitó y luchó para que no lo ensillaran de nuevo, sobre todo cuando vio que no iba a llevar un jinete, sino la armadura y los fardos.

 

Shoka cargó con la armadura cuando tuvieron que trepar al dique principal. Se la alcanzó a Taizu, que la dejó en el suelo, y subió a la orilla y tiró de las riendas de Jiro. Éste se abalanzó repentinamente y lo arrojó al suelo.

—¡Demonios! —jadeó Shoka con la espalda contra el barro del dique. Se dio la vuelta y se levantó como pudo, y subió la loma con la pierna doliéndole por dentro.

Taizu trató de ayudarlo desde arriba, una sombra amenazante en la oscuridad de la cima. Él la apartó con el codo. Ella estorbaba el paso, él estaba dolorido y la empujó. Y después, como sabía que se había portado mal, se enojó con ella.

—¡No te pongas delante, demonios!

Lloviznaba. Estaba húmedo y resbaladizo. Jiro estaba agotado y jadeaba con los bultos a través del barro, habían derribado los costados de más de un dique dejando un rastro que hasta un chico podía seguir, y las vueltas por los caminos, cada elección… un zig-zag a lo largo de los diques, a veces por encima, a veces por debajo, a veces simplemente por el sitio en que podían trepar, una pesadilla de decisiones sin luna, sin estrellas.

Shoka levantó su armadura empapada del sitio en que la había dejado Taizu, mientras ella tomaba la suya y volvía a ponerla sobre la montura de la yegua. A Shoka le dolía la pierna, dioses, sí que le dolía. Apiló todo de nuevo en la montura y lo ató, agradeciendo a los dioses la cuerda que había tomado de los bandidos.

—Tenemos que volver a bajar —dijo Taizu de pronto, la voz ronca y temblorosa.

—¿Qué quieres decir con que hay que bajar de nuevo? Acabamos de subir, demonios.

—Nos hemos equivocado. Lo sé.

El se estaba congelando, el viento penetraba la ropa empapada. Sentía las botas dos veces más pesadas de lo normal a causa del barro. Jiro no estaba mejor. Y en cada vuelta había habido un: Sé dónde estoy. Sé dónde estoy. Estoy segura.

—Mira —dijo él, la voz ronca—. Mira, muchacha, no sabes dónde estás. ¿Qué piensas hacer, seguir así hasta que los caballos se rompan una pata? Salgamos de este maldito dique, descansemos un rato hasta que haya luz para ver hacia dónde vamos.

—Estamos bien —dijo ella—. Solamente nos equivocamos allá abajo; tenemos que bajar de nuevo.

—No sabemos adonde vamos, podemos ir a parar al norte de nuevo, de nuevo a ese maldito camino…

—No. Es por allá.

—No hay luna, no hay estrellas, ¿cómo puedes saber adonde vas en medio de este laberinto?

—¡Tengo el viento!

—¡El viento cambia, carajo!

—¡Y la sensación! Y la forma de la tierra, la forma de los diques, sé lo que hago, maldición. ¿Sé dónde está el este!

—Dioses —gruñó él, mientras la sombra en que se había convertido Taizu volvía a bajar por el costado del dique.

Tengo que dejar a esa perra. Que camine por ahí en la oscuridad hasta que sepa que está sola.

Hacía demasiado frío para detenerse. Casi le castañeteaban los dientes.

—Al infierno con ella —dijo a Jiro, y desmontó el equipaje y la armadura y se los ató sobre los hombros.

La pierna le dolía tanto que no podía ponerse peor. Le preocupaban las patas de Jiro… un caballo viejo, cargando la armadura en una noche fría, con los músculos debilitados por la lluvia.

Shoka se cayó en la ladera; golpeó el agua y el barro y por un momento no pudo afirmar los pies ni respirar. Se incorporó. Sobre el lado malo. Ah, mierda, sí. Pero se levantó. Jiro estaba allí, de pie, entero.

—Vamos —dijo él, tomando las riendas. Y siguió andando, hasta el otro extremo, donde Taizu juraba que podrían caminar sobre terreno seco y confiar en los senderos durante un trecho.

—Deja que mi caballo lleve eso —dijo ella—. La yegua está muy bien. Está muy bien, maestro Shoka.

—Yo también —dijo él con lo que le quedaba de voz. Y agregó—: Pero Jiro es demasiado viejo para esto.

Pusieron la armadura sobre la montura de la yegua. Taizu se puso en marcha de nuevo.

—Nos hemos perdido —le dijo él—. Nos hemos perdido y lo sabes.

—Estamos bien. Saldremos de esto. No puede durar mucho.

Él murmuró un rosario de obscenidades, como un soldado, y la siguió, cojeando.

El sol se asomaba a un cielo encapotado cuando los senderos de los diques llegaron a una línea de árboles; era un viejo bosquecillo de sauces…

Y un río imposible de cruzar.

Taizu se detuvo cuando se encontraron cara a cara con él. Bajó los hombros de pronto y se dio la vuelta con una mirada de absoluta desesperación.

—Está bien —dijo él—. Está bien. Hemos vuelto al Hoi, eso es lo que hemos hecho. Nos has llevado al este, realmente. Estamos bien.

A ella le temblaban los labios.

—El río está a la derecha. Estamos donde empezamos.

—No —dijo él—. ¡No! Cruzamos el río Hoi, en Ygotai. Es el mismo que pasa junto a Mon. Es nuestro río, después de recibir al Yan. Baja hasta el río Chaighin… Mapas, muchacha. La utilidad de los mapas, ¿recuerdas? El Hoi y el Chisei se unen en la frontera este de Hoishi… Taiyi está justo delante. Justo delante, y ahí vamos.

Las lágrimas corrieron por el rostro de Taizu. Se acercó y lo rodeó con los brazos, y apoyó la cabeza sobre su hombro, y se quedó así, temblando.

—Nos trajiste al lugar correcto —dijo él—. Nos trajiste hacia el este. Todo el camino.