Paladín
Capítulo 20
—¿Chun? —preguntó Shoka, al llegar con Taizu a la puerta del vestíbulo de la planta superior del Peonía.
—Capitán —se oyó desde el otro lado, un sonido sordo, y se levantó una barra y luego alguien la dejó caer al suelo. Chun abrió la puerta. Los hombres estaban de pie, ansiosos, y también el maestro Yi y su sirviente, pero Jian sacó la espada y el maestro Yi y su hombre se sentaron de nuevo.
Chun cerró la puerta.
Shoka cruzó los brazos, se apoyó contra la pared y miró fijamente al maestro Yi, lo miró con amargura, un momento largo, largo, consciente, mientras los hombres le hacían preguntas que él no hizo ademán de contestar.
—Estoy seguro de que comprendéis —dijo cuando las preguntas se desvanecieron en un silencio muy pesado—, maestro Yi, que estamos hablando de vida o muerte. Estoy seguro de que entendéis… que os he mantenido a salvo a pesar de los inconvenientes. Otro hombre os habría cortado el cuello inmediatamente. ¿Me escucháis, maestro Yi?
—Sí, mi señor —tartamudeó Yi.
—Podéis iros.
—Por favor…
—No os preocupéis, maestro Yi. Vos o vuestro hombre. A menos que, de alguna forma, los hombres del Regente puedan rastrear ese carro o las tinajas. Lamento decir que en este momento están en un lugar muy poco conveniente. Vamos a tener que depender de vos para que tapéis el asunto con vuestro amigo.
Yo le diría que alguien robó el carro. No creo que quiera saber más. No creo que vos querráis saber…
—No, mi señor. —Un murmullo, en una habitación en la que un murmullo era algo audible.
—Yo no les permitiría que investigaran la procedencia de ese carro, maestro Yi. Vos sois un hombre sabio. Sabéis cómo es la policía. No les importa si estáis con nosotros o no. Vos nos procurasteis el carro, un carro que es evidencia incriminatoria. Vuestro amigo sabe que lo habéis hecho. Sugiero que le digáis a él lo peligroso que sería llenar un formulario de denuncia por robo… y porque odiaría ver cómo os arrestan, a vos, un extranjero, y os hacen preguntas que no podéis contestar. La ignorancia es mucho más segura, porque os estaremos vigilando, maestro Yi. Podéis creerlo. Ya veis que os hemos mantenido con vida. Y os vigilaremos. Nosotros recordamos a quienes nos hacen favores. Ellos no. Pensadlo, maestro Yi.
—Claro, claro, mi señor.
—Haced que vuestro amigo os crea, maestro Yi. Decidle lo peligroso que es. Decidle en qué puede meterse. Tenéis tiempo si os vais ahora mismo. Y confío en que podáis garantizar el silencio de vuestro hombre.
—Sí, mi señor.
—Iros, maestro Yi.
El maestro Yi vaciló un momento, mirando a los hombres que lo rodeaban. Después se levantó, y con él su hombre, y Shoka se apartó de la puerta. Chun la abrió y el maestro Yi se inclinó al salir, con rapidez, llevando a su hombre con él.
—Lo perdimos —dijo Shoka cuando se cerró la puerta—. Tuvimos que huir. Pero encontramos al Emperador.
Las caras mostraron el impacto de la noticia.
—Aquí y en secreto —dijo Shoka—. Nos vimos. Me dijo: Ayúdame. Y para entonces, llegaron los guardias. No pude quedarme para preguntarle de qué tenía miedo o de quién. Supongo que Ghita está preocupado por lo que pueda hacer el Emperador si lo dejan en la capital, preocupado, tal vez, por la idea de que se le ocurra tomar el poder en sus propias manos. No lo sé. En este momento, lo que tenemos que hacer es marcharnos.
—Sí, mi señor.
Shoka miró a Chun.
—Capitán —corrigió Chun.
—Salgamos de aquí —dijo Shoka—. ¿Estamos listos? —Dos calles al norte, capitán— dijo Eidi. —Un lugar llamado Felicidad.
Inteligentes, los hombres de Reidi. Una palabra mientras se cambiaban y advertían al maestro Yi, y ya lo habían llevado todo a otro sitio: el dinero había pasado de uno a otro, Eidi había salido y había conseguido otro centro de operaciones mientras los demás pagaban el primero. El dueño del Peonía no controlaba las habitaciones de sus inquilinos; y en ese barrio, no era probable que osara alquilar la habitación antes de que se fueran, ni molestar a los caballos, pues no estaba acostumbrado a clientes como ellos. —De a dos y tres— dijo Shoka. —Por el callejón. Sólo lo indispensable. Me temo que no podemos llevarnos los jergones, solamente las mantas. No quiero llamar la atención.
El calor aterrizó sobre la espalda de Shoka. Apretó los dientes y los brazos se le tensaron, boca abajo en el suelo mientras Taizu pescaba los paños en la olla y los aplicaba, Shoka estaba seguro, con cierta satisfacción por lo que él estaba sufriendo.
Gracias a los dioses la escapada había sido cuesta abajo.
Otro paño. Oyó su aliento entre los dientes apretados.
—¿Te duele? —preguntó ella.
—No.
—Lo lamento. Ése fue el último.
Tenían la habitación con la pequeña estufa y la olla, la única elegancia del Felicidad. Chun y los demás tenían la otra, un poco pequeña para tantos: no está mal, capitán, había dicho Chun.
Si el dueño sabía cómo se habían dividido las habitaciones, no había duda alguna de lo que pensaba al respecto.
—Tienes un golpe muy feo aquí —dijo Taizu.
—Tuve suerte de no tener más que eso. —Sabía a qué se refería—. Malditos arbustos.
—¿Qué vamos a hacer?
Él respiró profundamente. Le dolía mucho.
—Reconocimiento. Otra vez. Nos hemos mudado. Ahora tenemos que saber lo que está haciendo Ghita. No sé cuál es la situación del Emperador, pero te aseguro que uno no lleva al Emperador al campo de batalla. Está cambiado. No está bien…
—¡No irás a tenerle lástima!
Shoka respiró de nuevo. Nada tenía sentido. Traté de enseñarle. No sé si pude hacerlo mejor. Tal vez si hubiera tenido más paciencia…
Hay inocentes que murieron por él. Y morirán más. Por él. Maldición, ¿por qué me detuve? ¿Por qué me detuve, por los dioses?
Vio la cara de Beijun, pálida, ojerosa, aterrorizada… asustada, pero no de Shoka. No de Shoka, a pesar de la espada. Como si lo hubiera considerado su salvador.
Taizu le tocó la espalda y dejó caer una mano sobre su hombro. Él abrió los ojos para liberarse de la cara de Beijun, miró directamente a los tablones castaños, los ladrillos sucios y amarillos de la pared, el poste que mantenía el techo sobre las cabezas de los dos.
—¡Ghita! —Murmuró Taizu con violencia—. ¡Eso fue lo que dijiste!
—Tienes razón, demonios. —Puso el mentón sobre su puño—. El problema es qué se sabe en la ciudad… sobre el hecho de que el Emperador esté aquí. Hay una posibilidad de que lo maten esta noche.
—Y te acusen a ti.
—Si Ghita se entera de que estuve allí, se sentirá muy tentado. Y una vez que se corra la voz de que estoy aquí… hay peligro. Hay alguna gente en esta ciudad que me ha visto bien de cerca. Ghita no va a sorprenderse por nada de lo que yo pueda hacer, pero apostaría a que esta noche está haciendo preguntas muy concretas al Emperador. Muy concretas.
—¿Como si está metido en esto, con Reidi?
—Con Reidi y conmigo.
Un silencio. Luego, despacio:
—Al infierno.
Él se retorció para verle la cara y vio el ceño fruncido.
—¿Al infierno? ¿Por qué?
—¡Al infierno Ghita y Gitu, y el Emperador, y todos los que están con ellos! Matan gente y queman casas, y salen bien parados, y tú les tienes lástima…
—Solamente he tenido dos discípulos. Uno fuiste tú.
—El otro, el Emperador.
—Pensó que había venido a ayudarle. —Como si me hubiera estado esperando todos estos años, demonios. Como Meiya en la ventana, creyendo que yo iba a volver…
¿En qué se ha metido ese joven imbécil?
¿Fue él el que acudió a Ghita?
Una mañana tranquila. Muy tranquila… La conversación en las mesas del Felicidad, mientras bajaban los mercenarios, los soldados reuniéndose en grupos en la calle, hablando entre ellos y con nadie más.
—¿Qué demonios pasa? —preguntó Shoka al pequeño grupo que se había parado a dos puertas del Felicidad. Solo. Taizu se había quedado en la habitación, un asunto que le había costado una buena pelea, pero las cosas se ponían turbias, había razonado él, ella tenía un vendaje nuevo (con una mancha de sangre discreta, de herida casi curada, a la que él había contribuido) y resultaba demasiado llamativa en una mañana en la que todos hacían preguntas… como él estaba haciendo.
Y eso provocó que lo miraran con las cejas altas y los ojos brillantes, antes de que un Fittha dijera en voz baja:
—Entraron en el cuartel general anoche.
—¿Los rebeldes?
El mercenario escupió a un costado.
—Veinte muertos. Dicen que el Regente dormía en la planta alta. Que estuvo dormido todo el tiempo, que no se dio cuenta de nada.
¡Ah, sí, claro! Shoka puso cara de sorprendido.
—¿Cómo entraron?
—Por la puerta de servicio.
—Deben haber tenido ayuda —dijo otro hombre.
—Demonios —dijo Shoka, y se fue, meneando la cabeza.
A otro grupo, junto al Peonía, la voz gangosa, su mejor voz de oficial:
—¿Alguno de vosotros sabe algo del Regente?
—¿Qué? —dijo un oficial, mirándolo cuidadosamente.
Shoka hizo un gesto hacia el costado para llevar al oficial hacia allí.
—Uno de mis hombres oyó el rumor de que el Regente está muerto. Dicen que lo están ocultando. Tienen miedo de una rebelión.
—¿Quién dijo eso?
Shoka se rascó el mentón sin afeitar.
—Un Oghin. En la calle de las Flores. ¿Tú no lo has oído?
—No.
—Maldita sea. Quiero saber si es verdad. Los hombres me preguntan a mí. Dicen que los rebeldes tienen a alguien adentro. Tal vez a alguien muy importante.
—Mierda.
—Sí. ¿Y tú qué oíste?
—Que fue por la cocina, que hicieron abrir las puertas, tal vez unos veinte o treinta. Pero dicen que no tienen tantos cadáveres. Parece que todos eran de la guarnición.
—Mierda. ¿Y cuántos están aún dentro, buscando a los asesinos?
—Nosotros no. Mi dinero está en la Guardia.
—Mierda. Salimos de Taiyi, hechos pedazos. La mitad de la compañía muerta. Nos enviaron aquí, dicen que el frente está aquí. No he visto ningún frente y el tonto ese ni siquiera sabe vigilar sus propias murallas, ¿qué clase de porquería es ésta?
El Fittha se rascó la cabeza y sacó uno de los amuletos que llevaba colgados al cuello.
—Pagan.
—Sí —dijo Shoka—. Hasta ahora. Espero que el Regente esté vivo. ¿Qué hacemos si está muerto?
La cara del Fittha se ensombreció.
—¿Por qué no lo han dicho? —Preguntó Shoka—. Eso es lo que me pone nervioso. No se sabe lo que pueden hacer esos malditos. Mejor será que pongan algunas patrullas.
Y dirigiéndose a un monje de ropas amarillas en un callejón cerca de la calle de los panaderos:
—¡Tú! ¿Conoces a un viejo, un vagabundo que se llama Jojin?
La cara del monje se llenó de desesperación.
—No.
Fuertemente impresionado, durante un momento, además del horror natural de alguien al que están aplastando contra una pared con una mano en el cuello.
—Dile, si lo ves en el Monasterio Celestial, si es que sigue estando allí, que el muchacho que tomó las ciruelas lo lamenta mucho y que está en la ciudad. ¡Y recuérdalo bien!
—Lo recordaré. —El monje tenía unos cincuenta años, lo bastante viejo para ser auténtico, no uno de esos que descubrían la iluminación divina en el momento de la llamada a milicias. Y tuvo suficiente curiosidad como para mirar a Shoka a los ojos.
—Hazlo —dijo Shoka.
No fue difícil encontrar a toda una caravana en el mercado… en una ciudad que nadie podía abandonar libremente. Mucha gente en el mercado, sin comprar demasiado, pero hablando en pequeños grupos, con miradas rápidas y ansiosas, y silencio cuando pasaba un soldado junto a ellos, o cuando llegaba otro a curiosear las cosas caras que exponían en una carreta con mostrador.
En el grupo de gente que se formaba alrededor era fácil llamar la atención de un mercader.
Y todavía más fácil si el mercader lo reconocía a uno.
—¿Esto es vuestro?
El mercader llegó hasta él con rapidez.
—¿Dónde está Yi?
El hombre no quería contestar a esa pregunta. Eso era claro.
—Será mejor que vayas a buscarlo —dijo Shoka—. No me importa lo que te haya dicho. Será mejor que lo busques. Dile que su amigo está aquí.
El hombre se alejó corriendo. Shoka revolvió un poco las cosas y eligió una chuchería para Taizu. Y caminó junto a las carretas, observando dónde se dirigía el hombre, escalones arriba.
Así que lo siguió, hasta un interior oscuro donde dos asustados mercaderes lo miraban con los ojos muy abiertos.
—Hola —dijo, cruzó los brazos y se reclinó contra la pared.
—¡Fuera de aquí! —dijo el maestro Yi. No a él. A su socio, y el hombre corrió hacia la puerta abierta y se alejó.
Shoka caminó por la alcoba de la pequeña carreta, en la que estaba sentado Yi, sobre almohadones, y se puso en cuclillas con cuidado, los codos sobre las rodillas; la espada que tenía detrás hacía que no fueran necesarias las palabras de cortesía. Y lo mismo decía el moratón en la espalda.
—¿Cómo estáis esta mañana?
El maestro Yi lo miró.
—Pensé que sería interesante venir a ver qué pasaba —dijo Shoka—. No os pongáis nervioso. Confío en que vos os habéis encargado de todo. ¿Cómo está vuestro amigo?
—¡Asustado! —dijo el maestro Yi, como para ver en qué andaban las cosas.
—Todo bien, entonces —dijo Shoka, y tomó un dulce de la mesa—. Mmmm. No os preocupéis. Pero la verdadera razón por la que vengo es que os aconsejo que consigáis un escondite en la ciudad. Buscad una habitación, sacad de aquí la mercancía cara…
Yi parecía ansioso. De pronto, se aclaró la garganta y se frotó las manos.
—Es considerado de vuestra parte, señor.
—Os lo dije. No olvido los favores que me hacen. —Shoka tomó otro dulce—. Mmmm. Así que me reconocisteis cuando nos encontramos en el camino. No creo que haya sido la aldea la que habló de mí.
—Lo supe cuando llegamos a Ygotai, cuando hablamos sobre los bandidos… todos muertos…
—Buena nochecita, sí. Así que os dedicasteis a hablar de nosotros durante todo el camino.
—No, mi señor. No éramos la única caravana. Había rumores por todos lados.
Palomas, pensó Shoka. Y dijo:
—Llamadme capitán. ¿Qué rumores?
—De que habíais vuelto, señor. Yo lo supe entonces… cuando nos encontramos. Pero para entonces habíamos avanzado demasiado, no podíamos volver al sur… teníamos miedo de lo que pudiéramos encontrar allá, así que seguimos adelante. Esperábamos que Lungan fuera un lugar seguro.
—Gran error. Y no creo que os dejen ir hasta Anogi.
Yi meneó la cabeza.
—Estamos atrapados aquí. Yo no soy e! único. Nos confiscaron los caballos, nos dieron un papel que valdrá para recuperarlos… pero no podemos mover estas carretas sin caballos…
—Un problema terrible.
—Quiero ver a mis esposas, mi señor, a todas. Eso es lo único que me importa ahora, cómo vamos a salir de aquí y volver a casa, ¡al diablo con este viaje! No quiero involucrarme más. ¡No me preguntéis nada!
—Capitán.
—Capitán, mi s… —Yi se lo tragó—. Por favor, no me preguntéis nada más.
—Sólo os pido que hagáis correr la voz entre vuestros hombres: decidles lo que yo os he dicho. Que estamos aquí con todas nuestras fuerzas. Podéis decirlo a cualquiera en que podáis confiar. Habrá combates en los próximos días. Y sería mejor que fuerais al lado oeste de la orilla y os quedarais allí mientras dure la lucha. No os preocupéis por el resultado. Tenemos ayuda.
—Sí, mi… Capitán.
—Tenemos noticias del norte —dijo Shoka con pereza mientras tomaba otro dulce—. El ejército vuelve a casa. Y están de nuestro lado. Podéis decir eso también. Sería mejor que la gente lo supiera. Y que los mercenarios lo supieran también. Ya me comprendéis. —Tomó otros dos dulces—. ¿Tenéis papel? Mi esposa se sentiría encantada con ellos. No os importa, ¿verdad?
—No. Claro que no… —Yi tomó una servilleta de la mesa y se la dio, con el ceño fruncido—. Llevaros los que queráis.
—Le encantan esas cosillas. —Shoka envolvió el bol en la servilleta, miró los ojos de Yi y vio el terror en ellos—. En serio. Uno no lo hubiera creído. Yo no estaba seguro de poder… en fin, satisfacerla. —Se aclaró la garganta y envolvió los dulces con toda la atención puesta en eso—. Vino a mí un atardecer, sí. ¡Por los dioses! Casi me mata. Me vigilaba, en las montañas. Parece ser que tenía un asunto personal con el señor Gitu de Angen, y me eligió a mí para llegar hasta aquí.
Los ojos del maestro Yi eran redondos como monedas, el labio inferior atrapado entre los dientes.
—No estaba seguro —dijo Shoka— de sobrevivir al honor que me hizo. Pero es mi esposa en muchos sentidos. Alegre. Terca como una muía, con un carácter terrible… pero muy, muy buena en la cama. Ya os lo imagináis.
El maestro Yi se lo imaginaba, no había duda.
—Hay ciertas… ciertas cosas que son diferentes cuando se hace el amor con ella. Especialmente en medio de una tormenta eléctrica. —Shoka avanzó los hombros—. Pero es una aliada excelente en algo como esto. Excelente. Y no me gustaría estar en los zapatos de Gitu en este momento. ¿A vos?
—No —jadeó el maestro Yi.
—Miembro a miembro —dijo Shoka—. Uno no puede ir contra los de su especie.
—¿Qué le hizo él, para que…?
Shoka se encogió de hombros.
—Tiene que ver con cerdos.
—Cer…
Shoka levantó una ceja.
—Es del campo, ya sabéis. Hicimos un trato. Ella me ayuda en esto, y ella y yo… ya os dais cuenta. Creo que está casi enamorada de mí. Y no me importa. Es muy buena en la cama y ya me he acostumbrado a sus… a sus peculiaridades.
El maestro Yi lo miraba con los ojos muy abiertos.
—Ah, bueno —dijo Shoka—, os explico eso porque vos la conocéis y ya sabéis… algunas cosas. Yo no me interpondría en su camino… cuando se desate la tormenta. En caso de que estéis pensando en hacerlo.
—No —dijo el maestro Yi—. No, mi señor.
—Haced correr la voz, maestro Yi. Es muy difícil controlarla. A veces no entiende dónde debe detenerse. Es por ello que solamente nuestros enemigos deben estar en las calles. Pueden aparecer cosas… ya sabéis…
—Sí, mi señor.
—Las ventanas cerradas. Eso es lo más seguro. Quedaos dentro y no miréis. — Puso la servilleta en el cinturón—. A ella le gustará esto. Le diré quién se lo envía.
—¡Una vuelta a la manzana! —Gritó Taizu, que aguardaba junto a Chun y los demás en la habitación superior del Felicidad—. Por los dioses, ¿dónde has estado?
Ésa era la forma en que Taizu reprimía sus impulsos frente a los hombres. Viendo empezar un motín, lo miraba con ojos amargos y preocupados.
—Os dije que no os preocuparais. —Shoka dejó caer la servilleta en manos de Taizu—. Un dulce.
—Dijiste…
—Mujer…
Taizu lo miró con furia desde detrás de los vendajes, abrió la servilleta y dejó caer un dulce en su boca, seguramente para no poder hablar mientras Chun abría la puerta que daba a la habitación que compartían los hombres.
—Quedaos —dijo él—. Os diré lo que oí.
Los hombres y Taizu se sentaron. La servilleta llena de dulces pasó de mano en mano, de hombre a hombre. Y para la tarde, en la habitación común del Felicidad, Jian, que se había paseado vestido de civil, había recogido una colección de rumores.
Uno: Ghita había sido asesinado por, según versiones, demonios que cambiaban de forma y que habían matado también de diez a quince miembros de la Guardia; o por veinte o treinta asesinos guiados por Saukendar; o por una conspiración de los oficiales de la Guardia Imperial que estaban, según versiones, muertos o escondidos, secretamente en el poder, secretamente negociando con los señores rebeldes del sur… que eran, según versiones, de diez a cien aliados al sur del río, en compañía de, según versiones, uno a cincuenta demonios, los bandidos de Hoisan, mercenarios separados de sus capitanes, y uno a tres dragones que eran, según versiones, el alma del Viejo Emperador, los guardianes del Hoi y el Chaighin y el Hisei, o un dragón de la montaña que habían traído los demonios con los que había vivido Saukendar durante once años.
Dos: Ghita estaba vivo, y Saukendar había muerto en el ataque, o había escapado, o estaba en el camino a la capital, o había sido capturado y era prisionero del Regente, o estaba suelto en la ciudad, con de veinte a cien rebeldes y un número indeterminado de demonios que cambiaban de forma.
Tres: algunos sacerdotes habían declarado que el dragón era un buen augurio para el Regente; pero se había oído decir a otros que era un anuncio de desgracia.
Cuatro: todo el ejército rebelde había cruzado el puente, disfrazado de batallón mercenario, y de campesinos y mercaderes, y estaba esperando una señal, después de la cual atacaría el campamento y los cuarteles generales.
—Ojalá —dijo Shoka, con el mentón sobre el puño, escuchando el informe—. Pero no es probable. Ya he echado un vistazo. Se fijan muy bien en quién cruza el puente.
—Yo podría hacerlo —dijo Taizu, levantando una ceja, más alegre ahora, después de oír con amargura los informes sobre demonios y dragones. Él sabía cómo pensaba hacerlo, recordando la canasta. Probablemente, los hombres tenían ideas más fantásticas.
—Nos arreglaremos sin eso —dijo él—. Ya sabemos lo que necesitamos saber. —
Se cuidaban de no decir ni nombres ni detalles a pesar de la intimidad vigilada… porque si uno se acostumbraba, había dicho Shoka a los hombres, después cometía errores muy graves en público—. Iré al puente esta noche.
—Ambos —dijo Taizu.
—Llamas demasiado la atención.
Taizu se puso un mechón de cabellos sobre el labio superior. El se burló de ella.
—Un chico no puede tener un bigote como ése.
Ella dejó caer el cabello.
—La canasta —dijo.
—Ni hablar.
—¡Aquí no me quedo!
Se sentía demasiado en su casa con los hombres. Ahora estaba furiosa, él podía sentirlo a pesar de los vendajes, de los vendajes demasiado llamativos.
—Eres demasiado fácil de describir, esposa. ¿Quieres ver nuestras cabezas colgando sobre el puente de Lungan?
Ella no dijo nada. Lo miró, simplemente. Y entonces, él se sintió inquieto: la vio caminando por las calles, tras él en la noche.
—Ya pensaremos en algo —concluyó. En realidad, la imagen de ella cruzando la ciudad a solas lo preocupaba… Taizu, con su miedo a las ciudades, su falta de experiencia en cosas tan simples como caminar en medio del tránsito.
Y nada de eso iba a detenerla si estaba decidida. Nunca la habían detenido.
—Hay alguien en el vestíbulo —dijo Jian. Un tablón había crujido en la escalera y se oían unos pasos rápidos.
—Eidi —dijo Chun cuando Jian se levantó para acercarse a la puerta. Eidi era el que estaba de guardia.
Un golpe en la puerta, una voz baja. Jian abrió la puerta y dejó entrar a Eidi.
—Capitán —jadeó Eidi con una reverencia—. Dicen que el Regente va a hablar en el campamento para demostrar a todos que está vivo. Que todos deben ir. Que estamos… que los rebeldes están al otro lado del río, muy cerca. Que el Emperador está en Lungan e irá al campamento con el Regente.
Eso último fue lo que lo sorprendió… que Beijun todavía estuviera vivo. Que el Regente hiciera el movimiento que hacía…
—Ghita mueve sus piezas —murmuró, y se frotó la nuca bajo el cabello grasiento —. Y nuestros amigos podrían estar aquí un día antes de lo acordado; o tal vez algún explorador vio su campamento, y ahora Ghita sabe dónde están y espera que nosotros nos movamos siguiendo un informe falso y nos dejemos ver antes de tiempo.
Miradas preocupadas lo rodearon.
—¿Qué hacemos? —preguntó Taizu.
—Estoy pensando —dijo él. Y estaba pensando, con desesperación… sentado allí, con los brazos sobre las rodillas, mirando los viejos tablones grises del suelo y tratando de imaginar un modo de establecer un contacto seguro con Reidi.
Tablones secos, grises por la edad.
—Es nuestro turno —dijo con orgullo. No podía evitarlo. Las cosas habían salido increíblemente bien, considerando el hecho de que él había improvisado continuamente. Y había hecho que sus blancos se mostraran a la luz del día.
Tal vez, pensó, considerando que lo que estaba en juego era Chiyaden, los dioses complacientes se estaban despertando.
O tal vez cierto viejo monje estaba rezando para que esos dioses salieran de la cama.
En sus días de joven piadoso, se habría preocupado por un pensamiento como ése.
Parecía un desfile, el flujo general de soldados hacia el campamento, bien entrada la tarde llevando las armas y las camas de campaña; grupos a pie y grupos a caballo; pero para un desfile, pensó Shoka, faltaban el público y los vítores. Los pocos ciudadanos que había en las calles o en las ventanas, o en los negocios, miraban con ojos atentos y amargos esas fuerzas que eran, ostensiblemente, las propias.
Les quedaba el arco… lo llevaba Chun, y también el carcaj, oculto en la única cama que se había llevado en la mudanza del Peonía al Felicidad.
Solamente mantas: todo lo demás estaba todavía en el Peonía. Eran una compañía de aspecto miserable que caminaba calle arriba en las últimas horas de la tarde.
Sonó un gong a lo lejos. En la calle, los soldados levantaron la vista de sus conversaciones y sus preocupaciones, y las cabezas de los ciudadanos se volvieron; toda la ciudad prestaba atención a ese sonido.
—Debe de ser Ghita —dijo Shoka, y después un minuto más de camino—: Trae al Emperador al campamento. Donde pueden alcanzarlo los asesinos. O nosotros. Es una trampa. Es una trampa por ambos lados… para hacernos salir del escondite antes de tiempo y ponernos al alcance de Ghita.
Unos pasos más.
—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó Taizu.
Otra vez la llamada al campamento.
Y el Emperador como carnada.
Maldición.