Perseguidoras

Clara Usón · Capítulo 8 de 19

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Perseguidoras

Capítulo 8

 

Antes de entrar en la sala, Alicia ya sabía que era él. Y sí, ahí estaba, sentado en un ajado sofá de skai granate, con las piernas pulcramente cruzadas, como una señorita, en las manos una vieja revista de Intermón que parecía hojear con mucho interés, vestido de negro riguroso, el pelo acicalado con un copete tieso que se proyectaba sobre la frente, teñido con mechas rubias y oscuras, los dedos de las manos cargados de anillos, uno de ellos en forma de cráneo. ¡El susto que se debía de haber llevado al verlo la madre Francisca!

Cuando se percató de su presencia, cerró la revista y con cuidado la puso a un lado sobre el asiento del sofá, descruzó las piernas, se levantó y se acercó a ella con una amplia sonrisa y las manos abiertas en un mohín afectado.

—Hola, querida —la saludó—. ¡Qué guapa estás! He dicho que soy tu hermano para que me dejaran pasar, ¡son tan siniestras las monjas! A mí me dan repelús, con esas túnicas marrones que visten parecen ratas. No me esperabas, ¿verdad? ¿A que te he dado una sorpresa?

La cogió por los hombros con delicadeza y le dio un beso rápido en cada mejilla, como picotazos de mosquito. Alicia se dejó besar sin atinar a decir nada, ni siquiera se acordó de sonreír. Su primera reacción fue de pavor. «¡Vete! —quiso decirle—. No me convienes, eres como el diablo para mí». Y si hubiera bastado con mostrarle un crucifijo para ahuyentarlo, como a los endemoniados… Pero a José Ramón el enorme crucifijo que colgaba de una pared de la sala simplemente le pareció kitsch. La hizo sentarse junto a él en el sofá de plástico y la cogió de las manos, en un gesto que podría parecer de intimidad o de afecto, pero que en realidad significaba: «Ahora que te tengo, no te voy a dejar escapar». Le dijo:

—No imaginaba encontrarte aquí, en semejante antro. ¿Vas a tomar los hábitos? ¿Tengo que llamarte reverenda madre?

La hizo reír, a su pesar, cuando hubiera debido mostrarse seria y distante. Era muy sencillo para los terapeutas del centro advertirles que debían rehuir esos encuentros, pero ¿qué puede hacer una cuando lo peor de su pasado viene de visita? Alicia no lo había buscado; al contrario, uno de los principales motivos por los que ingresó en el centro fue para escapar de José Ramón, pero no es fácil echar a patadas a alguien a quien debes dinero.

Estuvieron largo rato charlando como viejos amigos. El Cristo de hojalata que presidía la sala tenía que estar escandalizado. Por regla general, las visitas que allí se recibían eran padres de las estudiantes, parientes o conocidos de las religiosas, algún cura. Lo de esa mañana era insólito: un camello maricón departiendo con su antigua clienta y Jesucristo sin poder impedirlo.

La puso al día, le informó sobre las andanzas de amigos de los que creía haberse despedido para siempre, le hizo recordar su sentido del humor, compartido. José Ramón tenía una lengua viperina, era maligno pero también gracioso. Y sucedió que aquel mundo que había dejado atrás y le parecía tan lejano de pronto se hizo presente, como si no lo hubiera abandonado y tan sólo se hubiera ausentado unos minutos para ir al baño. Era esa nueva existencia, ordenada y sana, la que ahora se le antojaba inverosímil. A José Ramón también le parecía increíble que Alicia estuviera viviendo allí, en una residencia de monjas, y que acudiera cada día a una terapia de drogodependientes. Lo repitió en varias ocasiones: «No puedo creerlo». Y: «Te conozco, no vas a durar ni dos meses, esto no es para ti». Lo grave del caso era que tenía razón. Ella también se sentía una intrusa en esa vida nueva, una mala actriz que no recuerda su papel y a cada rato está pendiente del apuntador: «¿Ahora qué iba? ¿Qué tengo que decir?».

Era una tentación. Y sólo tenía que decir «sí». José Ramón se comportó con magnanimidad. Le ofreció trabajo otra vez, «cuando tú quieras, cuando me digas», a ella, que le debía catorce mil euros y lo había dejado en la estacada. En el mundo de las personas honradas, ¿quién haría algo así? ¿Qué banco volvería a conceder crédito al deudor que no ha pagado y ha desaparecido sin dejar rastro? Sin reproches ni rencor, con cordialidad, incluso simpatía. ¿Cómo podía haber creído que los desconocidos del centro de desintoxicación eran sus amigos? Esos terapeutas estirados que la amenazaban con la recaída, sólo porque no le había sonado el despertador y había faltado a una sesión, o sus compañeros, los ex drogadictos virtuosos que no se atrevían ni a ir al cine, porque en las películas hay gente que bebe alcohol y toma drogas y eso es antiterapéutico… ¿Qué tenía que ver ella con esa gente? Para bien o para mal, sus amigos eran éstos, los de siempre: los que te prestan un lado de su propia cama cuando te quedas sin casa, te fían unos gramos si no tienes dinero, se emborrachan contigo en los momentos tristes y nunca te dan lecciones de comportamiento, ni tienen escrúpulos morales. En verdad, no tienen escrúpulos de ningún tipo, pero es que ella, Alicia, ¿acaso tenía vocación de santa? ¿A quién estaba engañando? Y era tan sencillo… Ir a su habitación, introducir sus cuatro cosas en la maleta, bajar con ella a la entrada, decirle a la monja portera: «Adiós, me voy. Mi madre pagará la cuenta», permitir que José Ramón —que era todo un caballero— cargara con su equipaje, subirse a su coche y… antes de que pasara una hora podía estar tomándose la primera copa, metiéndose la primera raya.

Ése era el problema: no estar segura de quién era, si estaba condenada de antemano, como afirmaban los terapeutas, su hermana Ana o el propio José Ramón, o si cabía la posibilidad de que se operara en ella ese milagro y se transformara en una persona «normal», capaz de vivir sin drogas y de ocuparse de su hijo, cual la protagonista de una historia ejemplar de la hoja dominical. Debatió ese dilema en la intimidad austera de su habitación, después de que se fuera José Ramón, tendida sobre la cama, debajo de otro crucifijo (esa residencia estaba infestada de Cristos y vírgenes pálidas del color de la cera). Aquel mediodía no fue al comedor, no tenía hambre pese al deporte de la mañana, al madrugón. El encuentro con José Ramón le había hecho el efecto de una raya. Y ahora estaba excitada. Y también tenía miedo. De sí misma, de lo que era capaz de hacer en cuanto su conciencia mirara a otra parte. Era tan débil… Pero, a la vez, tenía miedo de José Ramón. Pánico. Eso era lo que la retenía y no la virtud, las cosas como son.

Bajo su apariencia de loca presumida, José Ramón era un ser perverso. Corrían muchos rumores sobre él: se decía que tenía contactos con los capos del narcotráfico colombiano, que era amante de un teniente coronel de la Guardia Civil, que hasta los gitanos de Can Tunis lo temían… Su leyenda negra particular lo acompañaba y envolvía como su inconfundible perfume, dulzón e intenso. Como él mismo manifestaba, «Un chico debe hacerse respetar». Alfonso, un amigo común, aseguraba que José Ramón no salía a la calle sin su pistolita, un pequeño revólver coqueto y femenino que ya había tenido ocasión de usar… Alicia nunca había visto la pistola y no acababa de creer a Alfonso, que era muy exagerado y adoraba el folletín. Los dos, ella y Alfonso, habían trabajado para José Ramón. Lo que no debe hacer nunca un pequeño traficante es consumir las drogas con las que comercia, porque puede encontrarse con que debe pagar a su proveedor y no tiene manera de obtener dinero: se ha esnifado su stock.

Alfonso acababa de cumplir veintiséis años cuando murió, aunque aparentaba dieciocho. Tenía carita de niño y, como un niño, era travieso y encantador. En tiempos había sido novio de José Ramón. La última vez que Alicia y él estuvieron juntos fue a finales de abril de ese mismo año, en el loft del Raval en el que ambos se habían instalado hasta que los echara el propietario. Lo compartían todo, como buenos hermanos (como ella nunca había compartido nada con sus hermanas): la cama, la falta de dinero, el síndrome de abstinencia… Era un domingo por la tarde, se acordaba muy bien. Alfonso resolvió ir a ver a José Ramón e intentar arreglar las cosas con él. Le prometió que volvería con coca para los dos y ella se quedó esperándolo toda la noche, hasta que en algún momento se durmió (para combatir el mono se atiborraba de tranquilizantes). No supo nada de Alfonso hasta el miércoles. La telefoneó una amiga. Lo habían encontrado muerto en la calle, cerca de un after hours, de una sobredosis. Ella se asustó tanto que llamó a su madre y, por enésima vez, le pidió ayuda para curarse y su madre, por enésima vez, se la prestó.

Porque ella no quería morirse, la muerte le daba pavor. Ya tenía treinta y tres años y aún no había podido asimilar la idea de que un día habría de morir. Le parecía tremendamente injusto, cruel. Por eso tomaba drogas, para no temer a la muerte ni pensar en ella. Cuando estaba sobria, como entonces, le costaba entender que el resto de la gente aceptara esa fatalidad con tamaña resignación. Comienzas a hacer proyectos para el futuro, a ilusionarte con una casa, un hombre, un trabajo… y de pronto la sientes: allí está, detrás de la puerta, acechando con su guadaña. Lo que no se explicaba era cómo la humanidad en pleno, ante esa perspectiva, no estaba perpetuamente borracha. Su padre se había suicidado. ¿Cómo pudo ser capaz? Comprendía que no quisiera someterse a un juicio, ni ir a la cárcel, pero siempre le quedaba el recurso de huir, embarcarse en un carguero con destino a Sudamérica. Eso hubiera hecho ella en su lugar: escapar. Y, de no ser posible, a desgana, con pena, con rabia y sufrimiento, contando los días, ¡las horas!, hubiera soportado el encierro, pero quitarse la vida… Su padre debía de estar loco o deprimido. Tenía pocos recuerdos suyos. Era un hombre serio, reservado, que no hacía más que trabajar y los domingos por la mañana, al salir de misa (porque cada domingo iban a misa), cuando su madre tomaba el camino de regreso a casa con el cochecito del bebé, su hermana Ana, él se llevaba a sus dos hijas mayores a una confitería del centro de Zaragoza, a comprar un tortel de nata para el postre. Eso era lo más parecido al lujo y la disipación que se experimentaba en su familia. Su padre era un ser triste. Pero ella, Alicia, no. Le gustaba la vida, la gente, el sol, los árboles, los coches, el trajín… ¡Ya casi le gustaban las monjas! Sí, le gustaba vivir.

Y allí estaba, en su diminuta y monástica habitación de una residencia de monjas, viendo cómo el pasado irrumpía en su vida con la fuerza de una tromba y arrasaba con todo: las monjas, la salita kitsch, las terapias, sus esperadas clases de natación…

Le había prometido a José Ramón que le pagaría los catorce mil euros que le debía antes del 14 de octubre. Tenía apenas dos meses de plazo para conseguir el dinero. Los terapeutas del centro recomendaban saldar las deudas de drogas para que el pasado te deje en paz del todo. La idea era que un pariente, o un amigo, se pusiera en contacto con el camello para ese fin; ellos, los adictos, tenían prohibido relacionarse en modo alguno con sus antiguos suministradores. «Si ves que tu camello se acerca por el otro extremo de la calle —les recomendaban—, date la vuelta y corre». «Si te lo encuentras en el supermercado, deja el carrito, baja la vista, huye…» El camello es un virus tan peligroso que su sola vecindad puede ser mortífera. La teoría era estupenda. Lo que no explicaban los terapeutas era cómo conseguir el dinero con que satisfacer la deuda.

—Cariño —le había comentado José Ramón cuando ya se despedían—, no te molestes en mudarte de antro. Estés donde estés, te encontraré. Soy mago, darling, tengo mi bola de cristal en casa y desde allí os veo a todos y os tengo controlados, ¡no se me escapa nadie! —se rió complacido de su propia gracia, le dio un beso y le volvió a asegurar que la veía muy guapa.

 

De eso hacía más de quince días y ya casi lo había olvidado. A veces, siempre de noche, mientras se desvestía para meterse en la cama, le sobrevenía el recuerdo como un espasmo, una sacudida que la estremecía un instante y pasaba. Confiaba en su capacidad innata de salir de los aprietos; cierto, sólo para meterse en otros nuevos, pero eso era antes, cuando consumía drogas. Conseguiría el dinero de alguna forma; en el peor de los casos, podía desplazarse a Andorra y contarle el problema a su madre, aunque aún no era urgente, quedaban siete semanas. Ahora su vida estaba llena de interés: tenía una amiga.

Eran las cuatro de una tarde de agosto casi benigna, porque aunque el sol apretaba, una brisa que mecía el césped amarillento y dibujaba una malla de olas, diminutas como escamas, sobre el agua de la piscina, le refrescaba la piel, todavía húmeda del último baño. Alicia estaba tumbada sobre una toalla, dando la cara al sol con los ojos cerrados. Chiribitas de colores le bailaban contra el telón de los párpados. Sentía bienestar. Su amiga y profesora de natación, María Elena Ramis de Leza, luciendo, igual que ella, un bikini, se había recostado sobre otra toalla contigua a la suya y fumaba un cigarrillo. Era la persona más sorprendente que Alicia había conocido nunca. Valenciana, llevaba apenas unos meses instalada en Barcelona. Le había contado poco sobre su pasado. No era reservada, pero sí discreta; algo en su actitud, en su manera de hablar, ponderada, y en sus deliberados silencios, hacía pensar que tenía mucho que decir, pero prefería omitirlo. A Alicia le parecía fascinante. Sabía de ella que antes de venir a Barcelona fue directora de una empresa dedicada a la organización de congresos y simposios junto con otra socia, antigua amiga suya. Les iba bien, el año precedente habían organizado, entre otros eventos, una feria internacional de maquinaria agrícola y un congreso europeo de neurocirugía. La compañía era de ambas, pero por motivos fiscales estaba sólo a nombre de la socia, que era la capitalista, por llamarlo de algún modo; la currante, la que tenía los contactos, quien proyectaba, organizaba y ponía en práctica los congresos era María Elena. Murieron de éxito, como suele decirse. La socia tenía celos del creciente relieve que estaba adquiriendo María Elena. Le habían pedido que impartiera unas conferencias en un círculo de empresarios y en una universidad privada, habían publicado unas entrevistas suyas, con fotos, en varios periódicos locales, y una semblanza como modelo de nueva empresaria en el diario económico Cinco Días. En el mejor momento de la empresa, a dos semanas de la celebración de un gran congreso mundial de medicina naturista y homeopática, su socia la había echado. Sin más. El motivo eran las supuestas relaciones adulterinas que María Elena mantenía con su marido. «Absolutamente falso», afirmaba su amiga. «Eso fue una excusa y punto. Yo no tuve nada con ese hombre. Es verdad que él me tiraba los tejos, pero ¿es culpa mía?» No, por supuesto. Alicia podía comprenderlo muy bien, le sucedía a menudo; los novios y maridos de otras mujeres eran especialmente simpáticos y atentos con ella, de un modo casi pegajoso. Todos querían lo mismo: acostarse con Alicia. Ésta lo sabía y sus mujeres también, por eso le tenían ojeriza. En vez de enfadarse con sus maridos, la pagaban con Alicia. De ahí que hubiera tenido tan pocas amigas. Las mujeres, por regla general, recelaban de ella y sentían su belleza como un ultraje o una injusticia. Incluso su propia hermana, Ana, le guardaba rencor por ser más guapa. Tenía que realizar esfuerzos para congraciarse con las demás mujeres, ser especialmente agradable, incluso obsequiosa, para hacerse perdonar su aspecto físico. Puesto que en las personas de su propio sexo sólo hallaba suspicacia y hostilidad, ¿era acaso extraño que se hubiera rodeado de hombres? Y ahora se percataba de que eso era algo que, sin ser consciente de ello, siempre había añorado: la amistad de una mujer. Lo más parecido que había conocido era su relación con Alfonso, que, aunque hombre, no buscaba seducirla. Por ser un cambio, le resultaba halagüeña y gratificante esta nueva amistad, tan desinteresada. María Elena no la temía ni desconfiaba de ella. La trataba con llaneza y simpatía; le gustaba estar con Alicia por su carácter y su conversación y, también (¿por qué no admitirlo?), por su inteligencia. Era la primera persona que reconocía esa cualidad en ella. En su familia era fama que la lista era Ana. De pequeñas, cuando llegaban las notas del colegio, su madre solía regañar a Ana por no obtener mejores calificaciones. «A ti no te cuesta —le recriminaba—, eres muy inteligente, con un poco más de esfuerzo puedes sacar sobresalientes en todas las materias». En cambio, de ella, Alicia, que pasaba los cursos a trancas y barrancas, nadie esperaba nada. La impresión general era que, al ser guapa, había de ser tonta por fuerza y, de algún modo, su madre se hizo eco de esa especie. Puso mucho tesón en que Ana estudiara una carrera universitaria, aunque ésta desde muy niña manifestó su vocación de actriz. Según su madre, Ana no podía desaprovechar su enorme inteligencia. Pero no le sorprendió que Alicia no estudiara. El asenso común, no expresado, era que sin duda encontraría un marido que proveería por ella. Y, alguna vez, Alicia se había preguntado qué habría sido de su vida si alguien, en su infancia, hubiera apreciado las posibilidades de esa inteligencia que ella estaba segura de poseer, aunque lo guardara en secreto. Temía que las otras mujeres se sublevaran si ella pretendía ser lista además de guapa. Y, sin embargo, María Elena era eso: inteligente y atractiva, tanto que hasta Alicia, a quien no le gustaban las mujeres, se sentía seducida por ella. Lo que más le deslumbraba de su nueva amiga era su aplomo, su apabullante seguridad en sí misma. Era alguien que siempre sabía cómo actuar, nunca dudaba. Y no se arrepentía de nada. No sentía ninguna amargura hacia esa socia traicionera que la había dejado sin dinero y sin trabajo de la noche a la mañana. «Allá ella», decía. «Sin mí, la empresa se hundirá, ella no sirve nada más que para tomar cócteles.» En lugar de compadecerse de sí misma por su desgracia, veía en ese incidente una dádiva del destino: la ocasión de dar un giro a su vida. Y, aunque supuestamente había venido a Barcelona «con una mano delante y otra detrás», su penuria económica no parecía angustiarle ni le impedía ser socia de un gimnasio caro. No obstante, si bien en apariencia no hacía más que nadar en la piscina, o acudir con Alicia a clase de stretching de tonificación, su cerebro no cesaba de trabajar. Estaba elaborando un nuevo proyecto, confió a Alicia; había visto una oportunidad de negocio en un sector económico de envergadura y la quería meditar. Porque María Elena hablaba así, con esa jerga empresarial que denotaba su formación (aunque nunca le había hablado de sus estudios o su niñez, ni siquiera sobre su juventud). La trataba como a una igual, como una directiva de marketing de una empresa, por ejemplo, se debe dirigir a la jefa del departamento de logística, y eso para Alicia era un piropo mucho más satisfactorio que todas las alabanzas que había recibido por su belleza. Pues su aspecto físico era algo accidental, le había sobrevenido sin mérito suyo; en cambio, su recién estrenada inteligencia la llenaba de orgullo. Que María Elena la hubiera elegido a ella como amiga de entre todo ese plantel de señoras pijas y distinguidas que pululaban por el gimnasio le parecía un regalo. María Elena las despreciaba de una forma cordial. «Son una panda de inútiles —decía—, sólo saben hablar de niños, colegios, casas y chicas de servicio, pero van bien vestidas, son educadas y limpias. Decoran mucho, da gusto verlas». Y ese simple comentario de su amiga sirvió para que ella, que hasta entonces se sentía cohibida y fuera de lugar en compañía de esas mujeres ricas, de pronto se considerara superior.

Una tarde, la segunda ocasión en que quedaron para verse fuera del gimnasio, con el vago propósito de «dar una vuelta e ir de tiendas» por el centro de Barcelona (aunque ninguna de las dos disponía de dinero para comprarse nada), mientras bebían unas coca-colas en una cafetería de la Illa, después de evocar uno de los múltiples altercados que había tenido con su ex socia, María Elena se había quedado callada, mirando al frente, a una máquina tragaperras, con aire pensativo. Encendió un cigarrillo, dio un par de caladas y, fijando la vista en Alicia, le espetó:

—¿Y tú? ¿Qué haces? ¿A qué te dedicas?

Era una pregunta que temía desde el principio. Hasta entonces no se había suscitado porque, por alguna razón, tendían a hablar más sobre María Elena, sus experiencias, gustos y opiniones, que sobre ella. Su relación era un poco la que se establece entre maestro y discípulo: María Elena pontificaba y Alicia la escuchaba con suma atención, aprendiendo de sus palabras, reteniendo sus enseñanzas. Tenía miedo de decepcionarla, de perder su valiosa amistad si le confesaba la verdad: que, aparte de drogarse, nunca había hecho nada digno de mención. Pero en ese momento se sinceró. Y María Elena reaccionó como la gran persona que era. Sin una expresión de asombro, sin un reproche. Cuando Alicia terminó, haciendo referencia al tratamiento de desintoxicación y a las terapias a las que acudía en el centro médico, María Elena se limitó a decir, con su voz cálida, bien timbrada: «Has hecho lo que tenías que hacer; te felicito». Y Alicia tuvo la impresión de que le acababan de conceder un trofeo; se sintió satisfecha de sí misma, complacida. Su maestra le había dado el beneplácito, iba por buen camino. Esa tarde, María Elena le confió que ella no bebía alcohol ni había probado nunca droga alguna, no por mojigatos principios morales, sino porque «simplemente, no me puedo permitir el lujo de quemar mis neuronas: para lo que planeo, las necesito todas». Otra vez hizo alusión a ese enigmático gran proyecto que estaba alumbrando y en el que Alicia, en secreto, deseaba ser incluida. María Elena se refirió con desprecio a «las masas» que se embrutecen a base de fútbol, alcohol y drogas, «como decían los romanos, el pan y el circo». A juicio de María Elena, la mayor parte de la gente vivía una vida absurda, siguiendo una inercia puramente imitativa. El niño estudiaba para abogado porque su padre era abogado, la niña se casaba porque su madre se había casado y en las bodas se embriagaban porque lo hacía todo el mundo. Le habló de un óptico que la había atendido hacía más de veinte años, cuando era niña, en una tienda de Valencia, donde le compraron sus primeras gafas. (Era miope, pero hacía tres años se había operado.) En febrero de ese invierno, ya con treinta y cuatro años, recaló en esa tienda por casualidad, a la búsqueda de unas gafas de sol. La asistió el mismo óptico, ahora más calvo, con el rostro ajado y una creciente barriga; su cuerpo, que antes se tenía erguido, caminaba encorvado. Veinte años acudiendo diariamente a esa tienda del centro de Valencia, de nueve de la mañana a ocho de la tarde, dedicando sus mejores esfuerzos a vender gafas y lentillas a niñas o mujeres como María Elena. Veinte años haciendo lo mismo todos los días. Y, sin duda, allí continuaría hasta que llegara la jubilación. Lo triste era que entonces, como no estaría acostumbrado a ser el dueño de su propio tiempo, sin duda sentiría nostalgia de ese fútil trabajo. «Como el burro de la noria: igual», sentenció María Elena, con disgusto. «Para lo que ha hecho de su vida, lo mismo daría que ese hombre estuviera muerto. Hay vidas superfluas, que no valen la pena, y la misión de la personas inteligentes como… tú, es evitar que eso les suceda, dar un sentido a su existencia.»

Alicia no estaba acostumbrada a que le hablaran así, de cosas profundas. Los drogadictos no se caracterizan por su rica vida intelectual. No suelen leer a Platón ni a Aristóteles; por no leer, no leen ni el periódico. La gente con la que se había relacionado Alicia en los últimos doce años no era culta, pero es que ella (aparte de Me llamo Joaquín y soy cocainómano, que aún no había logrado terminar) no había leído ningún libro. La lectura no se hallaba entre sus hábitos y, de otro lado, antes de rehabilitarse, no tenía tiempo ni ganas de leer; la labor de conseguir cocaína era muy absorbente, y como siempre se hallaba en estado de intoxicación no valía la pena siquiera intentarlo, no se hubiera enterado de nada. Pero eso no se lo confesó a María Elena; prefería que la supusiera una intelectual, como ella, aunque a menudo se sentía abrumada por la dificultad de seguir sus discursos. Por eso solía permanecer callada; no tenía nada que decir y, al mismo tiempo, le amedrentaba soltar una estupidez. Ese día ya era de noche cuando salieron de la Illa. María Elena la tomó del brazo (era un gesto que solía hacer y cada vez sorprendía a Alicia con la fuerza de su mano) y le ordenó:

—Mira arriba, a las estrellas.

Alicia obedeció. Entonces María Elena le explicó algo que ella intuyó que era muy importante, aunque no lo acabó de asimilar. Algo relacionado con la indiferencia de las estrellas. Según las leyes de los hombres, el que quita la vida a otro es un asesino y el asesinado, su víctima. El asesino es un criminal y su acto es castigado con la cárcel e incluso, en algunos países, con la muerte. Su memoria está manchada de oprobio y su madre se arrepiente de haberlo parido; de otra parte, la madre del asesinado no logra consolarse de su pérdida. Sin embargo, a las estrellas, testigos silenciosos de las vidas humanas, que en última instancia son quienes rigen todo, eso no puede importarles menos o, en gráficas palabras de María Elena, «A las estrellas ese crimen les importa un pimiento». Para los astros, asesino y asesinado son lo mismo; el asesinato, un mero acto humano, tan irrelevante y minúsculo como hurgarse la nariz o comprar un periódico, del todo insignificante en el devenir del universo. Razonó que al cabo de los años los efectos de ese acto se diluyen o, incluso, invierten su sentido. Pongamos que el asesinado fuera un hombre ruin, cruel, un viejo avaro; las leyes humanas califican de crimen su asesinato y, sin embargo, en el orden supremo de las cosas, de las causas y los efectos, ¿acaso su muerte no ha sido una liberación, algo bueno para la humanidad? Entonces, ¿por qué sigue preso el asesino?

María Elena dejó esa pregunta en el aire y Alicia no supo qué contestar. Comprendió que la respuesta obvia («Porque ha cometido un delito») sería interpretada por María Elena como una necedad. En ese momento su amiga acercó la boca a su oído y le dijo, bajando la voz:

—Quiero que comprendas que no has de avergonzarte de nada. Tú has sido drogadicta, cierto; has cometido un error y has sabido rectificarlo. Los demás, el resto de la gente, las masas —continuó con displicencia, la mano izquierda moviéndose desdeñosamente en el aire—, estos que pasan por aquí, las personas normales y corrientes, no son drogadictas no porque no quieran, sino porque no se atreven. Son borregos, esclavos, y van por donde les indican sus amos. Tú y yo somos seres libres y tenemos nuestras propias reglas, las de los demás no nos sirven, nos quedan pequeñas. Seguimos nuestro propio camino, que no es fácil ni trillado, y por eso podemos tropezar, caer, hacernos daño, pero somos valientes: nos ponemos en pie y seguimos avanzando, no nos quedamos tendidas en el suelo llorando y lamentándonos, como hacen tantos. No hay que dejarse desanimar por las desgracias; no suceden porque sí; todo en esta vida pasa porque tiene que pasar y no podía acaecer de otra manera. Hay un destino, estoy convencida, y lo que ahora nos parece un infortunio es posible que más adelante, con la perspectiva que confieren los años, se nos revele como un golpe de fortuna. Por ejemplo, si a mí no me hubiera traicionado mi socia y tú no hubieras sido drogadicta, nunca hubiéramos llegado a conocernos.

Su mano le apretaba tanto el brazo que le hacía daño. Un intenso olor a coca-cola y tabaco le invadió la nariz. Estaban tan próximas que se sintió incómoda. María Elena añadió:

—Espero que no me malinterpretes: no soy una persona amoral. Tengo mis valores, mi propia ética personal, porque no me convence la de los demás. Y quiero que sepas que nunca, ¡jamás!, he fallado a un amigo. Puedes fiarte de mí hasta la muerte. Cuando te vi por primera vez en el vestuario del gimnasio, pensé: «Esta mujer es interesante, distinta, especial». Tú y yo vamos a ser muy amigas y haremos grandes cosas, ya lo verás.

Eso último casi lo susurró, como si fuera un secreto que hubiera que proteger de los transeúntes. A Alicia ese parlamento la impresionó. Tanto, que se sintió abrumada por el inmerecido plano de igualdad en el que María Elena la situaba. Nunca se había sentido libre cuando era cocainómana, más bien al contrario. Quizá, en el fondo, ella pertenecía a la clase de los que María Elena llamaba despectivamente «borregos». En verdad, toda su vida no había hecho más que dejarse guiar: por sus padres, primero; por los profesores del colegio, después; más tarde, por los múltiples novios que se sucedieron. Se había equivocado tantas veces que recelaba de su propio criterio. En un rapto de humildad estuvo a punto de admitir: «Me sobrestimas», cuando apareció su autobús y echó a correr.

 

De improviso, la clara voz de María Elena interrumpió el curso de sus rememoraciones y la volvió a situar en esa tarde de agosto, en la agradable reclusión de un jardín privado, junto a una piscina de agua azul, salpicada en la superficie de manchas doradas que reflejaban el sol.

—¿Has leído a Nietzsche? —le acababa de preguntar su amiga.

Se sobresaltó. Pensó, «Ya estamos», porque por supuesto no había leído a Nietzsche, ni siquiera sabía quién era. Su nombre le sonaba vagamente familiar. Por alguna razón, lo asociaba con Einstein, ¡y si al menos hubiera podido decir algo sobre éste para salir del paso! Pero lo único que lograba recordar es que era el sabio de la fotografía que saca la lengua. Abrió los ojos y, al tiempo que se incorporaba, respondió con cautela:

—Todavía no.

Antes de que María Elena pudiera aclarar su pregunta, se oyó una voz gangosa de mujer, justo detrás de ellas:

—Hola, buenas tardes —les dijo la mujer, que llevaba un pareo en tonos grises y verdes, se tocaba con un sombrero de paja de ala ancha y lucía unas gafas de sol muy llamativas, cargando bajo un brazo una tumbona plegada—. Perdonad que os pregunte, pero ¿vosotras sois vecinas? No os he visto nunca por aquí.

Alicia sintió que el rostro se le enrojecía bajo la mirada opaca de esas gafas de sol. ¿Qué podían responder a esa señora pija, que debía de ser una de las propietarias del elegante bloque de casas al que pertenecían el jardín y la piscina donde se hallaban? Pero María Elena no se inmutó. Dedicó una sonrisa amable a la mujer y le contestó, en tono cortés:

—Somos invitadas de los propietarios del primero segunda.

—¿De Raquel y Rafa Martí? —preguntó la mujer.

María Elena hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.

—Estamos esperando a Raquel —explicó—, va a venir enseguida.

—¡Ah, qué bien! —dijo la mujer, mientras forcejeaba con su tumbona para abrirla —. Hace días que no coincido con ella; somos muy amigas. Yo soy Carmina Busquets y vivo en el ático A. Encantada de conoceros. Disculpad que haya sido un poco impertinente, pero es que, no lo vais a creer, ¡hay gente que se cuela en la piscina!

—¿De verdad? ¡Qué cara más dura! —se escandalizó María Elena—. Yo me llamo María Elena Ramis de Leza y mi amiga, Alicia Manera —informó a la mujer con ceremonia y, a continuación, se volvió hacia Alicia y le dijo a media voz, pero de forma audible—: Tengo que ir al baño. Voy un momento a casa de Raquel.

Alicia se apresuró a decir que la acompañaba, no quería quedarse sola con la vecina. Recogieron sus toallas y sus bolsas, se calzaron las sandalias y se despidieron de Carmina Busquets con un «¡Hasta ahora!».

—Hasta ahora —replicó amablemente Carmina Busquets—. Decidle a Raquel de mi parte que baje, que tengo muchas cosas que contarle.

Se comprometieron a ello y, con paso perezoso, arrastrando las toallas sobre el césped, se dirigieron hacia la casa. Cuando ya se hallaban a una distancia prudencial, María Elena volvió la mirada a la piscina: Carmina Busquets, echada sobre su tumbona, les daba la espalda.

—Vamos —apremió a Alicia—. Corre.

Salieron a la calle y, al doblar la esquina, se escondieron tras unos coches aparcados para ponerse la ropa. Por suerte, no pasaba nadie. Eran tranquilas, casi demasiado, esas calles arboladas del barrio residencial de Pedralbes. Habían abandonado el gimnasio a eso de las dos de la tarde. El plan era ir a comer un picnic en una piscina. Cuando se lo sugirió María Elena la tarde anterior, Alicia había supuesto que se trataría de una piscina pública o, si era privada, de algún conocido de su amiga. Ni se le pasó por la cabeza que fueran a instalarse por las bravas en una piscina ajena. Locuras así había hecho ella en su día, pero en circunstancias distintas: con muchas copas y cocaína encima, después de una juerga. No alcanzó a comprender lo que se proponían hasta que entraron en la tercera casa, para examinar el jardín, y María Elena declaró:

—Esta piscina me gusta, es lo bastante grande: se puede nadar en ella. Nos quedaremos aquí.

Alicia dudó. Le preguntó una tontería: si conocía a los dueños de la piscina. María Elena repuso:

—¿Cómo los voy a conocer? Conozco a muy poca gente en Barcelona, sólo llevo unos meses aquí.

Argumentó que el jardín y la piscina eran limpios, acogedores y estaban vacíos. Dijo que era una lástima que un lugar tan estupendo fuera desaprovechado. Agregó que era la única casa con piscina y sin portero de las que habían inspeccionado.

—¿Y si viene alguien? —preguntó Alicia.

María Elena se había encogido de hombros y, dejando caer su bolsa sobre el césped, manifestó:

—A esta hora no vendrá nadie, y si lo hacen, ya nos apañaremos.

Y así había sido. Disfrutaron del jardín y de la piscina durante casi dos horas, habían pasado un rato muy agradable, lo repetirían, aseguró María Elena —que estaba de un humor radiante— cuando, una vez vestidas, reanudaron la marcha, como si el incidente con la vecina no tuviera la menor importancia.

Alicia le preguntó cómo sabía quiénes eran los dueños del primero segunda. María Elena se rió con gusto. Por supuesto que no lo sabía, no tenía ni idea: había improvisado. Conmocionada por esa respuesta, Alicia adujo que Carmina Busquets, la mujer que las había interrogado, hubiera podido ser precisamente la propietaria del primero segunda y en tal caso…

Su amiga, sin perder la sonrisa, se volvió a encoger de hombros. Le explicó que en esta vida hay que asumir riesgos si quieres hacer algo que valga la pena. «Además —añadió contenta—, yo tengo una estrella particular, que nunca me ha fallado». Luego le aclaró que no era en absoluto partidaria de la revolución, ni de la anarquía. Muy al contrario, era una defensora convencida del sistema capitalista y del liberalismo puro y duro. Respetaba profundamente la propiedad privada. Eso como norma. Ahora bien, las normas habían sido dictadas para los borregos, quienes si no los atan corto y dirigen por el caminito marcado, se desperdigan, lo rompen y asuelan todo. «Pero tú y yo, ¿qué somos tú y yo? —le preguntó, deteniéndose—: Dos mujeres guapas y educadas —se contestó a sí misma—. Las masas no pueden invadir piscinas ajenas porque las destrozan, pero nosotras hemos sido cuidadosas, no hemos ensuciado nada; las colillas de nuestros cigarrillos, los restos de nuestro picnic, los hemos tirado a la papelera. ¿Qué hemos hecho, al fin y al cabo? Sacar partido a esa piscina maravillosa que se pasa las horas muerta de risa sin que nadie la utilice. Y — concluyó— puedes estar segura de que a cualquier vecino le gustará más vernos en bikini a ti y a mí que a esa gorda cotilla». Porque, en efecto, Carmina Busquets era corpulenta. Aún debía de estar esperando a que su amiga Raquel se reuniera con ella en la piscina.

Estaban atravesando la calle de los Caballeros. Caminaban una detrás de la otra, sin traspasar la generosa línea de sombra que les concedía la fronda de esos árboles señoriales. Ella recordaba esa calle. Había sufrido un percance allí haría tres o cuatro años, quizá más. En verdad, el percance no lo había padecido Alicia, sino la vieja: ella lo había provocado.

Una mañana de marzo, yendo de paquete en la moto de su novio de entonces, Osvaldo, había dado un tirón a una mujer mayor, muy bien vestida, que caminaba trabajosamente por esa misma acera que ahora estaban pisando. Como si fuera algo que hubiera hecho toda la vida, cuando Osvaldo redujo la velocidad al acercarse por detrás a la mujer, ella, bien sujeta con la mano izquierda a la cintura de su novio, había sacado medio cuerpo fuera y, el brazo extendido, con la mano derecha había agarrado de un golpe certero las asas del bolso marrón de piel que su víctima llevaba colgando del hombro y se lo había arrancado. Limpiamente, de un solo esfuerzo, sin hacerle daño. Oyó los gritos espantados de la mujer, pero no se volvió a mirarla. Osvaldo aceleró y no pararon hasta llegar a su casa, en el Paralelo. En la cartera negra de piel que contenía el bolso de la vieja hallaron cincuenta mil pesetas. Un pastón. Entonces no lo pensó, pero quizá ella también, como María Elena, tenía su estrella. Se entusiasmaron tanto que, tras visitar al camello, decidieron volver a intentarlo.

No se percató de que esa otra mujer era negra hasta después del tirón, cuando, tras el forcejeo (porque la mujer se resistió), en el que Alicia a punto estuvo de caer de la moto, el bolso de su víctima a buen recaudo, giró la cabeza para verla, esta vez sí. Era negra, muy negra y grande, y yacía en el suelo, despatarrada, la falda levantada sobre sus rodillas, pero no gritaba: se limitaba a mirarlos con ojos atónitos. Lo único que había en su bolso barato de lona azul era un pañuelo de papel arrugado, un monedero con ciento tres pesetas, una tarjeta de autobús y un billete de regreso a Níger. ¡Qué par de imbéciles, Osvaldo y ella! Recordó que al contemplar a la mujer derrumbada sobre la acera deseó detener la moto, bajarse, auxiliarla. Pero ¿cómo iba a hacer eso, si le acababa de robar? Dejó que Osvaldo pisara el acelerador. Se arrepentía, ¡cómo no! Por más que dijera María Elena, hay actos de los que una se arrepiente y que ninguna providencia futura puede justificar. Hay ocasiones en que una es culpable, actúa mal, hace daño a otros y, lo peor de todo, no puede remediarlo. Y no es consuelo la indiferencia de las estrellas.