Perseguidoras
Capítulo 2
Lo que sigue es la narración de las consecuencias de ese encuentro infortunado; cómo intenté desasirme de él, poner distancia, borrarlo, de la misma forma que restregamos con energía la suela del zapato contra el canto de la acera para librarnos de un chicle que se nos ha pegado. Quizá esta analogía no sea muy acertada; implica que yo soy la desprevenida o ingenua transeúnte y mi hermana el chicle engorroso que se adhiere pertinaz al zapato, pero algo de rémora o lapa sí que tiene (o tenía) mi hermana, y en cuanto a mi ingenuidad o inocencia, baste decir que si hubiera seguido mi voluntad, yo nunca hubiera ido a parar a ese sitio, fue un azar perverso el que condujo mis pasos a un burdel aquella madrugada de octubre.
Nunca quise trabajar de abogada, mi sueño era ser actriz. Creo que desde que nací, no he conocido un caso de vocación tan arraigada como la mía. Ya de pequeña, en mi imaginación, me veía siempre sobre un escenario o encuadrada en un fotograma. Fui a la universidad porque mi madre se empeñó. Era viuda, vivíamos las cuatro (tengo dos hermanas mayores, Maite y Alicia) de su sueldo de estanquera, y ella albergaba la convicción de que si estudiábamos una carrera podríamos tener una vida mejor que la suya. Escogí Derecho porque, como decía mi madre, es una carrera con muchas salidas y más fácil que Arquitectura, por poner un ejemplo. Pero cuando terminé los estudios, no accedí a sus deseos y me negué a hacer oposiciones. Me matriculé en el Institut del Teatre y aprendí interpretación. Mientras, trabajé de muchas cosas para pagar los cursos, pero también la comida y el alquiler, pues en cuanto acabé la carrera me fui de casa para no tener que oír a mi madre lamentarse de que no hiciera nada de provecho.
He repartido publicidad por la calle, he hecho encuestas callejeras y también por teléfono, he sido mensajera, camarera, dependienta, repartidora de pizzas, vendedora de enciclopedias; he sido todo lo que ha de ser una joven ambiciosa para hacer realidad su ambición; no he escatimado esfuerzos, ha habido épocas de mi vida en las que tenía el tiempo tan ocupado entre los ensayos y los distintos trabajos que no podía dormir más de tres o cuatro horas al día, pero eso no me importaba, porque tenía un destino. Me sorprendía que muchos de mis amigos carecieran de destino, o de sentido del mismo: reconocían despreocupadamente no saber a qué dedicarse. Eran jóvenes, decían, algo acabarían haciendo. Los que sí tenían una ocupación confesaban aburrirse mortalmente en sus profesiones, pero no se planteaban dejarlas, ni buscar otras más acordes con sus verdaderas inclinaciones y eso era porque no tenían inclinaciones. Les daba lo mismo trabajar en una oficina que en una tienda, el tiempo que dedicaban a sus quehaceres lo daban por perdido y centraban todo el interés de su vida en los breves ratos de ocio: dónde y con quién comían, o cenaban, o pasaban el fin de semana, con quién ligaban y más tarde se casaban, eso era lo que les motivaba. Sabían que antes o después «sentarían la cabeza», tendrían un empleo fijo (a ser posible, en la Caixa o en la Administración pública), se comprarían un piso y firmarían su hipoteca con la persona con quien decidieran compartir esa rutina. Ése era el horizonte de su vida: chato y gris. Pero no el mío.
Mi ilusión era hacer llorar a un teatro entero. Actuar con tanta verdad, tal dramatismo que, a su pesar, las personas más encallecidas se vieran seducidas por mi genio, conmovidas por la historia que yo encarnaba y… lloraran… A ríos, a mares, sin poder evitarlo… No me interesaba hacer reír al público o simplemente entretenerlo, yo quería transformarlo con mi interpretación, que en su vida hubiera un antes y un después de la dura pero catártica experiencia de verme a mí sobre las tablas de un escenario representando La gaviota, o a la Nora de Casa de muñecas, o (también, pese al melodrama) La dama de las camelias. Quizá porque conocí la muerte y la tragedia desde muy pequeña (mi padre se suicidó antes de que yo hubiera aprendido a leer), daba poca importancia al simple hecho de subsistir. Quiero decir, a vivir por vivir, a consumir los años con despreocupado abandono como quien deja arder un cigarrillo, a convertir la existencia en un mero pasar el tiempo. Eso es lo que hace la mayoría de la gente, en mi opinión: despilfarrar sus días, menospreciar el presente y vivir planificando la jubilación, casi esperándola, pero yo era (ya no me atrevo a decir: soy) especial. No tenía interés en llegar a vieja y era muy consciente de que la vida es imprevisible, de que por más que una haga planes, o ahorre, o invierta, cualquier azar puede cambiarlo todo en un segundo, y por eso decidí vivir sólo para algunos momentos, esos estados de transfiguración en los que el tiempo se congela y de pronto todo lo que se ha hecho hasta entonces y lo que se hará después cobra un sentido. Y eso sólo lo proporciona el arte.
El problema es que no soy guapa, ni tampoco fea. Si eres atractiva, te dan los mejores papeles aunque apenas puedas articular palabra o tengas tanta expresividad como una tabla. Cualquier mujer bien parecida puede ser Ofelia, Lady Macbeth o Hedda Gabler. Por alguna razón que se me escapa, en el cine y el teatro se ha impuesto la tramposa convención de que todas las protagonistas han de ser hermosas. Yo he defendido con ahínco ante más de un director que eso priva de veracidad a la representación. ¿Cómo se va a identificar la espectadora corriente con las cuitas sentimentales de una mujer despampanante? Pero no les convencía. «La gente en el cine quiere contemplar mujeres bellas a quienes poder admirar. Para ver a alguien ordinario y vulgar como yo, no me muevo de casa, me planto en la portería y observo pasar a los vecinos», me dijo una vez con mucho cinismo un director de televisión. La vida siempre es más fácil para una mujer hermosa: mi hermana Alicia lo es y eso ha llenado su existencia de ventajas. Una tarde, hace ya unos cuantos años, fue a recogerme a una asociación de vecinos donde preparábamos una representación de aficionados de Las tres hermanas, de Chéjov. Yo estaba muy contenta porque había conseguido el papel de cuñada infiel y antipática, que no era de protagonista, pero casi. Al ver entrar en la sala a mi hermana, el director (con quien yo tenía un asunto en esa época) interrumpió el ensayo, corrió a saludarla y, sin mediar palabra, le ofreció el papel de la hermana adúltera, Masha, el de más lucimiento de la obra. Sólo por ser guapa.
Pero en el teatro ser fea también tiene sus compensaciones. Ayuda mucho en los papeles cómicos y de carácter; la fea chistosa, con rasgos que por sí solos provoquen hilaridad, tiene la vida asegurada como actriz. Yo tengo la desgracia de no ser ni una cosa ni otra. Si me arreglo un poco y he dormido bien, puedo resultar «mona», incluso interesante; en circunstancias habituales soy eso: normal, ni alta ni baja, ni guapa ni fea, así que, de algún modo, mis características me empujaron a ser una actriz seria. Buena. De calidad. Para entendernos, más Anna Magnani que Marilyn Monroe. Y estudié, ensayé, leí a Stanislavski hasta saberme de memoria páginas enteras de sus libros, me embebí de todo el teatro que pude: los clásicos griegos, Lope, Calderón, Shakespeare, Moliere, Chéjov, Ibsen, Beckett… Una actriz seria ha de tener dos cosas: dedicación y talento. Lo primero yo lo cumplía de forma obsesiva, pero… ¿y el talento? Me cuesta concebir que alguien con una vocación tan definida que asumió la forma de destino; alguien dispuesto a hacer tantos sacrificios por su profesión; alguien como yo, que vive (vivía) la interpretación de un modo visceral y absoluto, pueda no tener talento. Y yo era (soy) actriz hasta la médula. Todavía hoy, cuando estoy en una reunión de trabajo, más que interesarme en lo que se discute, pongo cara de interesada y concentro todo mi esfuerzo en parecerlo. Recuerdo un día muy triste de mi vida, hace ya unos años, cuando mi novio de entonces me dijo que se había enamorado de otra. Yo lo quería y sufrí, pero lo único en que pensaba durante la breve y tensa escena que se desarrolló entre los dos era: «Enarca un poco más las cejas para acentuar la sorpresa. Abre la boca en señal de estupor. Respira rápida y repetidamente, como si te faltara el aliento. ¡Retuércete las manos, no las dejes inertes en los costados!». Sí, soy actriz hasta la médula y lo seré hasta que muera, pero las vicisitudes de la vida me llevaron al recobro de impagados.
Sucedió de la forma más inesperada. De nuevo acababa de perder un papel, un proyecto esperanzador se malogró: una productora, en la que un amigo mío trabajaba de realizador, me había elegido para hacer de secretaria de una agencia matrimonial en una serie cómica para un canal televisivo. Era un papel secundario, pero lleno de posibilidades. Yo era una secretaria atolondrada y de cortos alcances que se enamoraba de todos los clientes varones y eso daba pie a un sinfín de lances humorísticos, plasmados en situaciones en las que yo intentaba manipular y desbaratar los encuentros de mi platónico amor de turno con las candidatas seleccionadas por mi jefa (la protagonista de la serie), para desesperación de ésta. Se me habían ocurrido miles de detalles y gestos graciosos para dar carácter a mi personaje. Tenía previsto robar a la protagonista todas las escenas que pudiera. Proyectaba lucirme tanto que, al cabo de unos pocos episodios, la productora decidiera hacer otra serie para mí sola. Dos días antes de empezar la grabación, un banco embargó a la productora sus instalaciones y todo su equipo técnico. La productora cerró de forma precipitada (y sin pagar a nadie, como suele suceder en esos casos; mi amigo estaba muy dolido) y no hubo serie.
Ese domingo, leyendo los anuncios de trabajo de La Vanguardia, me topé con la siguiente oferta:
Se busca actriz trabajadora y audaz, con ganas de asumir riesgos. Abstenerse
aficionadas. Buenas condiciones de trabajo y sueldo.
Aunque en sentido estricto yo era todavía una aficionada, no me abstuve. Hube de esperar al lunes para hablar con la empresa demandante. Me hicieron una entrevista. Me seleccionaron. Me cuesta contar lo que sigue, pero en la vida sólo los ricos pueden permitirse tener escrúpulos morales; los pobres, para poder pagar el alquiler o la luz o el jabón de la lavadora, a menudo tenemos que volver la cabeza para no ver lo que hace nuestra mano, la derecha o la izquierda o las dos a la vez. Empecé a trabajar un jueves de abril que llovía y hacía mucho frío, pese a ser primavera. Iba vestida de sevillana, con un traje (alquilado) de esos que llevan las andaluzas en el Rocío, entallado hasta la cintura, con lunares blancos y profusión de faralaes, una mantilla negra rala cubriéndome los hombros, el rostro maquillado, en la boca un carmín de un rojo vivo. Los zapatos, también de alquiler, me quedaban pequeños y me hacían daño. Me aposté, como me habían indicado, frente al portal de una casa de la calle Castillejos. Eran las ocho y media de la mañana. Serían las ocho y treinta y cinco cuando cruzó el portal un hombre corpulento, con abundante pelo gris rizado, de entre cuarenta y cincuenta años, vestido con un traje que le venía apretado, como a mí el vestido, y amenazaba con hacer saltar un botón y abrírsele a la altura del abdomen. Lo reconocí porque había visto su fotografía en el dosier que me proporcionó la agencia. En la foto sonreía. Al natural era serio. Me miró sorprendido y se puso a caminar calle abajo con un gastado portafolios de polipiel bajo un brazo. Yo lo seguí, como tenía ordenado. Temblaba, no sólo porque hacía frío y mi vestido era fino, sino también de vergüenza y miedo. Doblamos un par de esquinas y el hombre se detuvo ante una parada de autobús. Yo también paré, a poca distancia de él, y me puse a esperar. El hombre me miraba con disimulo. En aquel momento, su expresión aún era de curiosidad. Pero cuando vio que yo subía al mismo autobús que él, bajaba en su parada y lo seguía hacia la delegación de Hacienda de la plaza Letamendi, donde él estaba empleado, su rostro fue subiendo de color hasta llegar a un intenso escarlata que empalidecía el carmín de mis labios. Ya no disimulaba, me miraba iracundo. Poco antes de llegar a la delegación dio media vuelta y se encaró conmigo.
—¿Por qué me sigues? —me preguntó.
Intenté responderle, pero me falló la voz. El hombre se acercó más, con aire de amenaza.
—¿Por qué cojones me vienes siguiendo todo el camino desde mi casa?
—Pague sus deudas —acerté a decir con voz desfalleciente.
—¿Qué?
—¡Que pagues tus deudas! —grité, y la gente que entraba y salía de la delegación de Hacienda se detuvo a mirarnos, el individuo gordo y la sevillana flaca. Y asustada. Que lloraba.
La empresa para la que yo trabajaba se llamaba Sevillana de Cobros y Gestioning. Creo que ese nombre lo explica todo. (Intenté persuadir al dueño de que Gestioning no era inglés, sino español anglicanizado, un barbarismo inaceptable; lo correcto hubiera sido Management, pero él arguyó —no sin razón— que eso aquí no lo entendería nadie; Gestioning, al igual que Vending, lo comprendía todo el mundo.) Éramos una especie de El Cobrador del Frac, la empresa más conocida en el ramo del recobro de impagados por medios poco ortodoxos al que nos dedicábamos. (Que yo sepa, entre la competencia también estaban El Vikingo, El Escocés y El Torero Cobrador; nosotros teníamos la particularidad de que el emblema o distintivo era una mujer.)
Como actriz tenía que estar preparada para soportar las miradas de la gente, pero las calles de Barcelona no son un escenario. Tras el breve altercado, hipando por el susto y el ultraje, me refugié en una cafetería de la calle Aragón, esperando y temiendo que llegara la hora en que mi moroso terminaría su trabajo y yo retomaría el mío y volvería a perseguirlo. La camarera de la cafetería me miró con recelo, los clientes (muchos de ellos funcionarios de Hacienda en la hora del almuerzo) también me miraban, pero con burla y descaro, señalándome con el dedo y cuchicheando entre ellos. Hasta un borracho, que un camarero llevaba un rato intentando echar del local, hizo bromas a mi costa y tuvo su fugaz instante de gloria.
—¡Ay, si tenemos a una folclórica! —gritó, de pie en medio del bar, gesticulando teatralmente, como suelen hacer los borrachos—. ¿Tú quién eres, la Carmen Sevilla o la Isabel Pantoja? Ven y baila conmigo, morena, que yo bailo flamenco mejor que el Joaquín Cortés —me retó, haciendo un cómico floreo de brazos y levantando un pie, lo que casi le hizo perder el equilibrio—. ¡Baila conmigo, niña, no seas cobarde! — insistía.
Los parroquianos le rieron la gracia y yo hundí la nariz y el último atisbo de dignidad que me quedaba en mi taza de café con leche, cerrando los ojos, como si al hacerlo borrara al borracho, el bar, la ignominia. Hay que ser fuerte para ir disfrazada de sevillana por Barcelona en un día laborable, hay que tener carácter y yo me temo que no tengo bastante. Me repetía a mí misma que ésa era la prueba definitiva, que una vez superado el apuro, ya nunca más pasaría miedo o vergüenza sobre un escenario.
También me decía que eso sí que era actuar de verdad, a plena luz del día, no en el falso refugio de un teatro. «¿Y si me encuentro con alguien conocido? Con un vecino, un amigo, ¡mi madre!…», me angustiaba. «Pero ¿y si me ve un productor?», se me ocurría de pronto, y el gusanillo de la esperanza revivía contento y sacaba la cabecita al exterior. «No te dejes amilanar por las miradas —me decía—. Ningún esfuerzo es vano, ningún sacrificio es poco; haces esto porque quieres ser artista, porque no te resignas a la vida monótona del trabajo de oficina, pero llegará el día en que recordarás con ternura y nostalgia esta aventura. “Me hice actriz paseando por las calles de Barcelona vestida de andaluza”, dirá el titular de la entrevista de dos páginas que te dedicará El País…». Y me protegía de las burlas y las miradas con mis sueños de triunfo. «Quizá no soy tan distinta a mi hermana Maite —se me ocurrió de repente —, quizá, a mi manera, yo también soy esquizofrénica y me creo una realidad ficticia para escabullirme de la vida real, que no me gusta». Pues fue duro salir de nuevo a la calle, bajo el aguacero, y llegar calada hasta los huesos a la puerta de la delegación de Hacienda donde me estaba esperando mi víctima, acompañada de dos guardas jurados.
—Vengo a decirte dos cosas —anunció el moroso—: La primera, que avises a tu jefe de que le voy a poner una denuncia por acoso y vejaciones, y la segunda, que como no desaparezcas ahora mismo de mi vista, no respondo de tu integridad física, ¡y me importa un huevo que seas una tía!
—Paco, ¡hombre! Paco, ¡eso no! —terciaron los guardias jurados, cogiéndolo de los brazos para contenerlo.
—¡Que me soltéis! —vociferaba Paco, intentando desasirse—. ¡Se van a enterar de quién soy yo estos hijos de puta!
«¿Quién amenaza a quién?», pensé, pero huí despavorida.
Cobraba el día de sevillana a treinta mil pesetas. Para mí era una fortuna, nunca había tenido un trabajo tan bien pagado. Pese a ello, esa tarde, cuando acudí a la empresa, dimití, aunque no podía permitírmelo. Mi jefe (un hombrecillo rechoncho con el pelo muy negro, sospecho que teñido, a quien todo irritaba) recibió mi renuncia con desesperación.
—¡Esto no es serio! —protestó—. El primer día y ya lo dejas. ¡Me haces una faena! Lo llego a saber y no te selecciono, a ver si crees que eras la única candidata. El primer día es muy malo; lo sé, porque también he hecho esto. Yo he ido detrás de morosos vestido de la Pantera Rosa, aquí donde me ves y con esta barriga. Así fue como empecé, pero luego te acostumbras y al final casi le coges el gusto, porque es un trabajo bonito y paseas mucho —me intentaba convencer.
Yo le hablé de las amenazas del empleado de Hacienda y al oírme le chispearon los ojos.
—¡Mejor que mejor! —se entusiasmó—. ¡Ya lo tenemos! Mañana te llevas una grabadora y todo lo que él te diga, lo grabas, y seremos nosotros quienes le pondremos la denuncia, por coacciones y amenazas, ¡ya verás qué pronto paga!
Pero me mantuve firme y mi jefe casi se derrumbó.
—¡Lo que me faltaba! Menudo día. Me dejáis a la vez el abogado y la cobradora, ¿y ahora qué hago? ¡Me quedo en cuadro!
Y entonces fue cuando me enteré de que, aparte del trabajo de los perseguidores callejeros (tenían a otro que iba disfrazado de pirata, pero estaba de baja esos días por una operación de hernia), también reclamaban créditos por la vía judicial. Y el abogado que firmaba las demandas, un tal Eduard, había dejado la empresa esa misma mañana.
—Bueno, es que yo, además de actriz, soy abogada —dije, y me labré un porvenir.
Estuve dos años en la Sevillana (la empresa mantuvo ese nombre, aunque yo fui la primera y la última y efímera encarnación de su emblema). Aprendí a poner pleitos, me especialicé en las reclamaciones de cantidad y acabé convertida en una virtuosa del embargo y el recobro. Percibía un porcentaje de lo recuperado y me fue bastante bien. Me acostumbré a tener dinero, a domiciliarme en el banco el alquiler del piso. Me compré ropa, un televisor, me apunté al gimnasio. Me aburguesé. En las compañías de teatro estaba habituada a ser siempre el último mono; en cambio, en la gestoría yo era alguien: la abogada, después del jefe la figura más importante, por encima de la secretaria y de los cobradores, dos estudiantes cuyo trabajo consistía en llamar sin parar a los morosos, dicho de otro modo: en el acoso telefónico. Reclamar por vía judicial es más elegante. Entonces no se me pasó por la cabeza que resultaba irónico que yo, una deudora recalcitrante, me hubiera convertido en el azote de los morosos de Barcelona. Mi madre estaba contenta, ¡por fin tenía un trabajo serio! Se le llenaba la boca explicando a sus amistades que su hija pequeña, Ana, era abogada.
Creo que fue el miedo a resignarme de manera definitiva (pasaba diez horas al día en la gestoría, no tenía tiempo para ensayos ni aventuras artísticas), a renunciar a mis sueños, lo que me hizo dejar ese cómodo trabajo. Pero, también, el temor a tener que ocuparme de mi sobrino. Mi hermana Alicia, la guapa, tiene un hijo que pronto cumplirá siete años, Diego, de padre desconocido («Por más que insistáis, nunca os diré quién es el padre», declara mi hermana cuando se le pregunta al respecto, como si fuera una estrella de cine y su secreto, un tesoro). Mi hermana Alicia, la guapa, era drogadicta. Primero fue heroinómana; cuando dejó la heroína, se volvió alcohólica y después cocainómana (puede decirse de ella que es una toxicómana total y —como yo actriz— vocacional). Puesto que mi otra hermana, la mayor de las tres, Maite, profesora de lengua y literatura, padecía esquizofrenia, resulta que yo era la única «normal» de la familia. Por eso, a mi madre le indignaba doblemente que yo quisiera ser actriz. ¿Acaso la pobre mujer no tenía derecho a esperar que su única hija normal tuviera un trabajo normal y una vida normal? Sus vecinas y amigas opinaban que sí y que yo era una egoísta; no Alicia —porque como drogadicta era una enferma—; tampoco Maite —porque a los locos no se les piden cuentas de sus actos—; sólo yo era mezquina, porque me negaba a hacerme responsable de todas las cargas de la familia. En esa época, hace casi dos años, Alicia estaba desaparecida. Puede que se hallara en Colombia, tal vez en Madrid, o en París, o en Sabadell, corrían rumores en todos los sentidos (alguien llegó a decirme que la había visto «muy bien, muy guapa, incluso un poco gordita», de recepcionista en un hotel de Santa Cruz de Tenerife). Mi madre se ocupaba de su hijo. De hecho —y salvo breves e intermitentes temporadas, dada la enfermedad de mi hermana Maite—, desde un principio el niño vivió con mi madre y Maite en el piso familiar de la calle de las Carolinas.
Cuando mi jefe de la Sevillana me propuso que nos hiciéramos socios y yo empecé a pensar por primera vez en mi vida en comprarme un piso, mi madre comenzó a dejar caer que ella ya estaba vieja para cuidar de Diego. Tenía graves lesiones en las caderas que le dificultaban el movimiento, sólo podía caminar con ayuda de un bastón. Mi hermana Maite se ocupaba de la casa y de llevar al niño al parvulario, pero por desgracia tenía ese problema que hacía que no fuera del todo de fiar. Cuando estaba «compensada», Maite era una persona responsable y seria, pero cuando sufría un brote… Y los brotes venían sin avisar. Todos los dedos me señalaban a mí, la normal, la abogada y cuasipropietaria, como la candidata ideal para ocuparse de mi sobrino. Y, ante eso, huí. Me fui a Londres, a seguir un curso de interpretación y a retomar mi vieja quimera.
Fui cobarde, sin duda, egoísta: me negué a llevar una vida hipotecada por las deudas personales de mi hermana. ¿Y por qué tenía que ocuparme de su hijo? ¿No era suyo? Que viniera a por él y se lo llevara consigo. ¿Que era drogadicta? ¡Pues que dejara de serlo! ¿No había sido antes heroinómana y pudo dejar la heroína? Pues ahora, por su hijo, tenía que dejar la cocaína. Yo la ayudaría, por supuesto; si era preciso le pagaría el tratamiento de desintoxicación y le prestaría dinero hasta que estuviera recuperada y encontrara un empleo. Yo haría lo que hiciera falta, menos llevarme a su hijo a vivir conmigo, porque eso significaría renunciar a mi libertad.
Me fui a Londres peleada con toda mi familia, menos con Alicia (la culpable de todo), que continuaba en paradero desconocido. Regresé al cabo de un año, sin un euro. Me puse a buscar trabajo, pero no de actriz, sino de abogada. Tuve suerte; al mes de llegar me contrataron como letrada júnior en el departamento de derecho mercantil del prestigioso bufete Eurolex, Abogados Asociados, con despachos en Madrid, Barcelona, Bilbao, Málaga y Bruselas y una plantilla de más de cien letrados. Siendo abogada de Eurolex recibí la llamada anónima esa noche de octubre en que el señor Viladrau murió, y fue a Alicia, con quien no tenía contacto desde hacía años, a la que hallé oculta en el trastero de la casa de citas.
Ahora sabía algo que hubiera preferido ignorar: mi hermana estaba en Barcelona y no, como un amigo común me había soplado recientemente, en la cárcel de Bogotá. También sabía que el señor Viladrau había muerto en su compañía. Me imaginé la escena: el orondo empresario sin ropa, blanco y peludo, yaciendo en decúbito supino sobre la amplia cama matrimonial del cuarto azul. Mi hermana Alicia, mi esbelta, bella y drogadicta hermana, sentada sobre él, follando o intentando follar, sonriendo, esforzándose en sonreír, y gemir, y fingir placer cabalgando a ese animal, quien de pronto, en el paroxismo del esfuerzo o antes, nada más empezar, sufrió un síncope, sintió que se asfixiaba y medio se incorporó, queriendo respirar. Alicia, al verlo, se habría asustado y lo habría desmontado apresuradamente, gritando: «¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?», pero el hombre, en su ahogo, no habría podido hablar, sólo abrir más y más la boca, el rostro cárdeno, a punto de estallar… Mi hermana se habría quedado a su lado, de rodillas sobre la cama, viéndolo boquear primero, para después morir. Luego Alicia, sin duda, habría llamado a la señora Montse y a la ucraniana Ludmilla, y es probable que se esforzaran en reanimarlo, en vano. Después, habrían debatido qué hacer. Puede que examinaran el móvil de Viladrau en busca de números de teléfono de sus allegados y por algún motivo (quizá porque mi número correspondía a la última llamada recibida por el difunto) me habían telefoneado a mí. Sin duda fue Alicia quien llamó; la ucraniana no sabía español y la voz que oí no era la de la señora Montse, aunque tampoco reconocí en ese momento la de mi hermana. Tal vez cuando contesté ella sí me reconoció y por eso vaciló antes de hablar y, cuando lo hizo, procuró disfrazar su voz, o no, no me reconoció, no en ese momento de trastorno y pánico, simplemente me dio la dirección y colgó. Más tarde, cuando llegamos Adrover y yo a la torre, se escondió en el trastero (¿se escondió de mí o se escondió sin más?), a la espera del momento propicio para huir. Eso era característico de ella: desaparecer, escurrir el bulto cuando había un problema. Pero yo la descubrí por una mala casualidad, al abrir una puerta equivocada. Siempre acaba sucediendo así, ya de niños son los hermanos quienes descubren nuestros más hondos secretos y lo estropean todo. Yo la vi, pero me callé, mentí, me hice cómplice de algo que ignoraba. Eso también pasa, transcurren los años, pero las relaciones de odio, rivalidad o complicidad entre hermanos se reproducen igual, exactamente igual que en la infancia: es mi hermana y como es mi hermana me callo y no digo nada, no vaya a ser que por mi culpa la pillen y tenga problemas. Como cuando éramos niñas y ella robó un melón en un huerto del pueblo donde veraneábamos. Yo la encubrí, y pasamos una tarde escondidas en la viña custodiando el melón, como conspiradoras, hasta que oscureció y nos entró miedo. Pero ahora estaba encubriendo algo mucho más serio, porque era inevitable que la buscaran, alguien querría saber (la hija del difunto, la ex mujer, la policía, el mismo Adrover) qué hacía Alicia, alias Marcela, cuando murió Viladrau; qué parte de culpa tuvo en su muerte y, de no haber participado en ella, qué sucedió. Desde luego, hubiera preferido seguir sin noticias de Alicia, pero debía encontrarla antes de que otros lo hicieran.