Perseguidoras
Capítulo 1
Es una historia que corría por Barcelona hace unos meses. Tiene su parte trágica y su parte cómica y, también, su parte escandalosa, la que interesa a la gente. Una madrugada de octubre del año 2003 una abogada barcelonesa recibió una llamada en su móvil. Estaba durmiendo, pero la melodía del aparato la despertó y corrió a cogerlo, descalza y a oscuras por el pasillo de su apartamento, con el sobresalto y el miedo que produce siempre una llamada intempestiva («¿Quién se habrá muerto?»). Le contestó una mujer desconocida. No llegaron a tener una conversación propiamente dicha; la mujer, que tenía un acento raro —quizá estuviera resfriada, tal vez fuera extranjera—, no se identificó; se limitó a informarle, con voz vacilante, de que un tal señor Viladrau estaba muy mal, puede que muriéndose, y le dio la dirección del lugar donde al parecer se hallaba ese hombre. Luego colgó.
Lo primero que experimentó la abogada fue alivio porque no había recibido malas noticias de su familia, pero a continuación se sintió perpleja. Conocía al señor Viladrau, era un cliente importante del bufete de abogados para el que trabajaba, dueño de Corporación Morató, un grupo de empresas constructoras e inmobiliarias con una facturación anual de muchos millones de euros. Para la semana siguiente estaba prevista la firma ante notario de su venta a una multinacional holandesa. Era una transacción muy importante, en la que habían trabajado durante meses varios departamentos de su bufete. Ella se ocupaba de un asunto menor, asimismo relacionado con el señor Viladrau: el robo de unas tarjetas de crédito a una hija suya en una discoteca. Por ese motivo, la abogada y el señor Viladrau se habían entrevistado en algunas ocasiones en las últimas semanas y, precisamente esa misma tarde, además de una corta entrevista, habían mantenido varias conversaciones telefónicas. A la abogada le extrañaba que un empresario a punto de cerrar el negocio más importante de su carrera, el cual sin duda daría un giro a su vida, dedicara tanto tiempo a ese asunto tangencial, de poca entidad económica, pero la gente rica es imprevisible y la abogada, al ver la relevancia que atribuía su cliente al robo de las tarjetas, había concebido la esperanza —probablemente infundada— de que si conseguía resolver ese problema de forma rápida y satisfactoria, tal vez el señor Viladrau le encomendaría asuntos de más enjundia, puede que incluso algo relacionado con la inminente gran compraventa. Hacía poco tiempo que la abogada se había incorporado a su bufete, con un sueldo y una categoría (júnior) modestos, y ansiaba que el azar le diera la oportunidad de demostrar su valía y lograr un ascenso. Se preguntó si quizá esa llamada nocturna era la ocasión soñada y rápidamente decidió que no: sólo era un problema.
¿Sería verdad lo que le había dicho su interlocutora, o una broma de pésimo gusto? De ser cierto que el señor Viladrau se hallaba en difícil situación, quién sabe si al borde de la muerte, ¿por qué la habían llamado a ella y no a un miembro de su familia, a algún amigo o, en última instancia, a uno de sus jefes, quienes tenían más relación con el cliente? Le pareció raro que, en un momento de apuro, el señor Viladrau la mencionara como la persona de confianza a quien recurrir; se habían visto apenas tres veces y nunca más de un cuarto de hora. Dado que, por la razón que fuere, habían acudido a ella, ¿qué debía hacer? Lo obvio, llamar al móvil del señor Viladrau —a riesgo de que, si se habían burlado de ella, éste la reprendiera con acritud por haberle despertado a las tres de la mañana—, fue lo primero que intentó, pero no obtuvo contestación. Lo siguiente que se le ocurrió, llamar a la policía, le daba reparo. Si el aviso era un montaje o un camelo, y una llamada suya provocaba una actuación injustificada de la policía, podía tener un conflicto serio: en la abogacía la indiscreción y la actuación precipitada no se perdonan. Pensó que podía vestirse, llamar a un taxi y dirigirse a la dirección que le habían dado, calle Vista Bella 10. Consultó el callejero y averiguó que esa calle existía, era un pequeño pasaje situado en la zona alta de Barcelona. Comprendió que nunca sería capaz de esa audacia: actuar como una detective o la protagonista de una novela negra, embarcarse sola en una dudosa aventura a esas horas de la madrugada. Además, podía ser una trampa, de la que acaso saldría malparada. De hecho, ¿qué legitimación tenía para actuar en ese asunto? Únicamente un interés profesional de segundo rango, por así decirlo. Reflexionó que sus actos de alguna manera implicarían a todo el bufete; ella no era más que una representante menor del mismo y lo que procedía era que intervinieran personas de más categoría. Expresado de otra forma: decidió que ese asunto le excedía, que no le pagaban lo bastante para asumir tanta responsabilidad y tenía todo el derecho de endosársela a sus jefes; les informaría de lo sucedido y ellos resolverían.
Dos socios del bufete de abogados para el que trabajaba se ocupaban de los negocios del señor Viladrau: Xavier Janer, director del departamento de derecho mercantil, y Fernando Adrover, asesor fiscal y director del departamento de derecho tributario. Le caía mejor Xavier Janer, que además era su jefe directo, así que marcó su número de móvil en primer lugar, pero nadie respondió a su llamada. Dudó en llamar a Adrover, no sólo por su carácter seco y antipático, sino porque era consciente de que una llamada inoportuna puede costar un puesto de trabajo, pero en sus circunstancias la pasividad también tendría consecuencias: si, en efecto, el señor Viladrau se hallaba en peligro y ella no hacía nada al respecto, podía verse de patitas en la calle. Y lo llamó. Para su sorpresa, Adrover contestó casi de inmediato. Reaccionó bien: no le reprochó la llamada y enseguida se hizo cargo del asunto.
—Te paso a buscar con mi coche en diez minutos —le dijo y le pidió su dirección.
Mientras se vestía con premura, la abogada pensó que bien podía haber ido él solo. Al fin y al cabo, era un hombre y no necesitaba protección (la suya, al menos), pero enseguida recapacitó que tal vez sí fuera ésta, después de todo, la oportunidad de probar sus merecimientos que tanto había suplicado al destino; en los cuatro meses que llevaba en la firma sería la primera vez que trabajaría mano a mano con un socio, sin abogados sénior que se interpusieran. Quizá por eso, porque podía ser una ocasión de medrar y porque, al fin y al cabo, era un asunto de trabajo, se puso su mejor traje de chaqueta.
Adrover la recogió puntual y se dirigieron en silencio en el Audi gris del asesor a la zona alta de Barcelona. En esa madrugada de miércoles el tráfico era escaso y fueron rápidos. Lo único que Adrover dijo en todo el trayecto y en un tono irritado fue:
—A ver en qué lío se habrá metido este hombre.
La abogada se atrevió a preguntar:
—¿Crees que está en un lío?
—Desde luego —replicó su jefe—. Una llamada a altas horas de la noche, hecha por una mujer a alguien que no es de la familia, equivale a lío y de los gordos; es de manual.
«¿De qué manual?», se cuestionó la abogada, pero no enunció la pregunta en voz alta; temía pasar por tonta o ignorante. Estaba claro que su jefe tenía una idea de lo que había sucedido, y ella también empezaba a formársela, pero le parecía demasiado grotesca e incongruente puesta en relación con el hombre serio, pomposo y pagado de sí mismo que era Viladrau, el gran empresario. El mal humor de Adrover le intimidaba, quiso hacer algún comentario casual para tranquilizarlo.
—Puede que no sea más que una broma —aventuró y, en cuanto lo hubo dicho, se arrepintió de su imprudencia.
—¡Pues me voy a… cabrear mucho como no sea más que una bromita! —gruñó su jefe, y ella se puso a rezar al Dios en quien no creía para que Viladrau se hallara en la calle Vista Bella 10, si no muerto, al menos moribundo. Acababa de comprender que su futuro profesional dependía de ello. Era la primera vez que oía un exabrupto de labios del estirado Adrover, que esa noche parecía menos digno y altivo, con el pelo revuelto, sin la gomina que solía aplicarse para domarlo, y el mentón sombreado por la barba de un día.
Suspiró de alivio cuando el número 10 de la calle Vista Bella se materializó ante sus ojos como una torre de color crema y aire discretamente neoclásico, con un pequeño jardín de grava en el que había dos coches aparcados, y Adrover dijo: «Ahí está el Mercedes de Viladrau», refiriéndose a un cochazo negro que casi tapaba la entrada de la casa. Ésta tenía corridas las cortinas de los amplios ventanales de la planta baja, pero por dentro estaba iluminada.
Les abrió la puerta una mujer madura, lo que sorprendió a la abogada, pues la voz del teléfono era de persona joven. Le costó poco darse cuenta de dónde se hallaban; el aspecto de la mujer, de un brillo chillón y una vulgaridad ostentosa, y el salón recargado de muebles, molduras doradas y plantas exuberantes, con una alfombra roja y un espectacular suelo de mármol, parecían proclamar a gritos: «Esto es un burdel y yo soy la madame». Se trataba de lo que los anuncios por palabras califican de «casa de relax de alto standing», pero eso no pareció impresionar a Adrover. En realidad, fue el tono poco respetuoso, casi despectivo con que se dirigió a la mujer lo que confirmó su primera impresión: Adrover nunca trataría así a alguien respetable. (Tuvo una sospecha: quizá el propio Adrover había visitado esa torre con anterioridad, por eso no le había extrañado la llamada, ni había puesto en duda su veracidad. Parecía increíble que un profesional tan serio pudiera ir de putas, estaba descubriendo muchas cosas.)
Adrover no tuvo paciencia con las explicaciones de la mujer, que se llamaba Montse (ella hubiera esperado un nombre más sofisticado, de aire extranjero, tipo «Mimí» o «Nanette», no algo tan vernáculo) y les contó que todo había sido muy repentino. Esa noche, hacía sólo unas horas, el señor Viladrau había tomado un piscolabis con dos señoritas, Marcela y Ludmilla, «aquí mismo, en el salón, ahí están sus copas» y, luego, «el caballero y una de las chicas» fueron «a relajarse un poco a una habitación», cuando de repente el hombre se sintió indispuesto y…
—¿Dónde está? —la interrumpió Adrover con brusquedad.
—En el cuarto azul —respondió la mujer—. ¿Quieren verlo?
—A eso hemos venido —replicó Adrover.
La abogada esbozó una sonrisa de disculpa, como excusándose ante la señora Montse por la grosería de su jefe, y siguió a la pequeña comitiva que, encabezada por la madame, se adentró en un largo pasillo enmoquetado que daba a un corredor con tres puertas. La señora Montse tocó con suavidad la que estaba a mano derecha y anunció quedamente:
—Ludmilla, somos nosotros.
Ludmilla era una rubia alta y guapa de aspecto extranjero, vestida con un traje negro muy ceñido, corto y escotado, que lloraba con desconsuelo sentada en una banqueta a los pies de una gran cama. Sus enormes pechos, que la escasa tela del vestido apenas tapaba, se mecían rítmicamente al vaivén de sus sollozos. La habitación estaba decorada en tonos azules: el empapelado de las paredes era de un azul pálido, las gruesas cortinas, de color celeste, y una amplia colcha de una intensa tonalidad azul turquesa ocultaba un bulto protuberante y alargado que yacía sobre la cama, del que emergía una cabeza calva, con los ojos cerrados y la boca abierta. De no ser por el color ceniciento del rostro del señor Viladrau, pudiera parecer que estaba dormido. Después de observarlo unos instantes, Adrover, con mano compasiva, cubrió con el embozo de la colcha la cara terrosa de su cliente. A la abogada no le alegró comprobar que el señor Viladrau estaba muerto y que, por tanto, nadie le fuera a reprochar que hubiera dado en vano la voz de alarma. Al contrario, se sintió sobrecogida por un intenso pavor y el imperioso deseo de marcharse, de abandonar la habitación. En ese instante se percató de que, a sus treinta y un años, sólo había visto cadáveres en fotografías y en la televisión.
Adrover se quedó de pie junto a la cama, con los brazos cruzados, en actitud reflexiva. Miraba con fijeza el bulto tapado, como si éste tuviera la respuesta a sus desvelos. Mientras, la señora Montse consolaba con palabras amables a la joven rubia, sentándose en la banqueta junto a ella y pasando por su hombro un brazo protector. «Pobrecilla, qué susto te has llevado… Ya está, Ludmilla, ya está, ya ha pasado…», decía, inútilmente, porque la chica seguía berreando. Observándolas, la abogada pensó: «Esto no me gusta». Y se fue. Pero no lejos, porque sabía que, después de lo que acababa de ver, no podía irse impunemente. Ya no podía recuperar su despreocupada inocencia de hacía apenas media hora. De un modo u otro, estaba implicada en ese drama y alguien podría pedir cuentas de sus actos, de lo que hizo o no hizo, así que, a mitad del pasillo, volvió sobre sus pasos y decidió encaminarse al baño, que era donde solía ir cuando no sabía qué hacer.
Coligió que una de las otras dos puertas del corredor debía de dar al baño. Abrió la del centro, la que tenía más cerca. No era el retrete, sino una habitación estrecha y rectangular repleta de trastos, media docena o así de cajas de vino amontonadas unas sobre otras, una oxidada tabla de planchar con la cubierta destripada, una lámpara sin pantalla, varias placas de calefacción arrinconadas y una butaca vieja, a la que le faltaba un brazo, sobre la que estaba sentada una mujer. Se miraron atónitas.
Fue tal la sorpresa que la abogada tardó en reaccionar.
—¿Qué haces aquí? —preguntó al fin.
—¿Y tú? —contestó, con espanto, la mujer. Pero antes de que la abogada pudiera hablar, les llegó el rumor de unos pasos presurosos y una voz de hombre, que inquiría:
—¡Ana! ¿Dónde estás? ¿Dónde te has metido?
La abogada cerró con premura la puerta de la habitación y fue al encuentro de su jefe, en el pasillo. Adrover le preguntó qué estaba haciendo y ella le contestó que se dirigía al baño, pero había entrado en el cuarto equivocado.
—Me ha parecido que hablabas con alguien —le dijo su jefe y ella respondió que sí, con una mujer que le había pedido la hora.
—¿Quién es? —le preguntó Adrover. Replicó que no lo sabía, una desconocida; a continuación, fue ella quien le interpeló:
—¿Para qué me buscabas? —y su jefe le dijo que para pedirle prestado su móvil, pues el suyo no tenía cobertura y precisaba hacer unas llamadas.
Al poco de regresar los dos abogados a la alcoba del muerto, se oyó el ruido de una puerta al cerrarse y, ante la alarma de Adrover, la madame le informó de que sin duda se trataba de Marcela, «la chica» que estaba con «él» cuando pasó todo, pues no había nadie más en la casa.
—Habrá salido al jardín a tomar un poco el aire. Está muy alterada por lo sucedido, enseguida vuelve.
Adrover manifestó su contrariedad por que alguien hubiera abandonado la casa sin permiso y pronosticó que si esa Marcela no regresaba «la policía iba a hacer preguntas». La señora Montse puso el grito en el cielo ante la mención de la policía. Adrover defendía la necesidad de avisarla. La señora Montse no estaba de acuerdo; la muerte de Viladrau había sido natural «un ataque, un síncope, una embolia, vaya usted a saber» y a la policía sólo se la requiere en caso de muerte violenta o inducida, «no cada vez que se muere alguien, ¡sólo faltaría!». La madame mencionó que, en cierta ocasión, haría ya unos ocho o diez años, se encontraron con un problema idéntico y lo resolvieron con discreción y celeridad. Acudió el hijo del difunto y se ocupó de todo; no hubo policía, ni sirenas, ni prensa, ningún escándalo. El problema en el caso de Viladrau, apuntó Adrover, era que éste sólo tenía una hija, la cual esa misma tarde había partido de viaje hacia Nueva York y en esos momentos debía de estar volando. El empresario también tenía una mujer (mejor dicho: una ex mujer) a la que Adrover no conocía y, ¿cómo llamarla en plena noche para informarle de que su marido había muerto en situación tan delicada?
—Antes o después se enterará —observó la señora Montse con sentido práctico. Adrover frunció el ceño y la miro con severidad. Luego indicó a la abogada:
—Esto es algo muy serio, voy a hablar con Jorge —y salió al pasillo para llamar con el móvil de su colaboradora al jefe máximo de la firma de abogados, Jorge Sainz-Llopart, un personaje de extraordinaria importancia con quien la abogada nunca había tratado hasta entonces, y cuyo nombre, sólo con pronunciarlo, hacía temblar a todos los juniors y al personal administrativo del bufete. Pero en ese momento la abogada no prestó atención a las palabras de Adrover. En realidad, apenas prestaba atención ya a nada. Sentada en la banqueta que encaraba el lecho (la señorita Ludmilla había abandonado el cuarto sin que nadie lo notara), daba vueltas en su cabeza al asombroso encuentro del trastero. Se dijo que era como estar viviendo un sueño, una pesadilla o algo peor: un chiste, ese chiste malo, ligeramente salaz, sobre el prohombre de la empresa o de la política a quien sorprende la muerte en la situación más comprometida: a lomos de una señorita, a punto de la embestida. Recordaba que alguien, en una ocasión (quizá en un almuerzo con compañeros de trabajo), le había referido un caso parecido: un exceso de Viagra o de entusiasmo lúbrico para edad tan avanzada, un final embarazoso y ridículo. «¿Y sabéis qué dijo la mujer del muerto cuando se enteró del pastel?», había preguntado a la concurrencia el compañero que relataba el suceso, haciendo una pausa para alimentar la expectación de su público. La abogada no recordó la respuesta, aunque sí que entonces se había reído con ganas. Pero la espinosa situación en que ahora se encontraba, a diferencia del chiste, era real, muy real, y estaba implicada en ella más de lo que creyó en un principio. Su jefe asomó la cabeza por la puerta y la llamó con un gesto de la mano. Salió al pasillo a reunirse con él y la señora Montse la siguió.
—Me da grima quedarme sola con el difunto —se justificó y, para demostrar que era eso y no mera curiosidad lo que la había inducido a abandonar el cuarto azul, siguió su camino, para torcer a la izquierda al final del pasillo.
Cuando se quedaron solos, Adrover comentó a su subordinada que había hablado tanto con Jorge Sainz-Llopart («Lo he sacado de la cama») como con la mujer, o ex mujer, del difunto («He insistido en que la despertaran, aunque no ha sido fácil. La empleada del hogar que ha contestado el teléfono se negaba a avisarla»). Sainz-Llopart le había dicho a Adrover que confiaba plenamente en él y en su capacidad para resolver con eficacia ese complicado asunto sin publicidad ni escándalos («Lo último que queremos es que salgan en la prensa los detalles»). El jefe máximo delegaba en Adrover; él se quedaba en casa, en la cama, y les dejaba el muerto a ellos dos, eso fue lo que interpretó la abogada. En cuanto a la conversación con la mujer de Viladrau, no había sido tan satisfactoria; en verdad no había sido nada satisfactoria, sino muy desagradable. La mujer («todo un carácter») había informado de malos modos a Adrover de que llevaba más de quince años separada de su marido, de manera que no le correspondía ocuparse de su cadáver («Tiene un montón de amiguitas, que se encargue la de turno», había dicho) y, después de reprender a Adrover por haberla despertado a las cuatro de la mañana, le dio orden perentoria de no volver a molestarla.
Adrover estaba apurado: de un lado, la falta de respuesta familiar, de otro, la consigna de discreción a toda costa lanzada por el jefe máximo.
—Está claro que no debemos prevenir a la policía, si hacemos eso será difícil evitar que se entere la prensa —reflexionó en voz alta. La abogada se sintió confortada por esas palabras. Ella ahora tenía un interés particular en que no interviniera la policía, ni se desarrollara ninguna investigación. Deseaba que el muerto fuera enterrado sin ningún ruido y el incidente quedara pronto olvidado.
Se reunieron en el salón con la señora Montse, donde los tres negociaron los últimos flecos de ese complicado asunto. Tras enconadas discusiones entre Adrover y la madame, se llegó a una transacción más o menos satisfactoria para ambas partes: llamarían al servicio de urgencias para que enviaran una ambulancia a recoger el cuerpo, pero antes dejarían salir de la casa a Ludmilla. «Al fin y al cabo, la chica no tiene nada que ver con esto —razonó la madame—. Es ucraniana, no lleva ni tres meses en España y aún no tiene papeles; si la cogen, la expulsan». La otra mujer, la tal Marcela, no estaba en el jardín, ni en ningún otro sitio. Adrover, irritado, preguntó a la señora Montse dónde podía hallarse y la madame le respondió que no tenía idea, pero, en cualquier caso, no había motivo de preocupación, pues era una chica discreta («Todas las chicas que trabajan aquí lo son»). Adrover arrugó el entrecejo en señal de contrariedad y, profesional riguroso, insistió en anotar los datos de las dos mujeres que habían acompañado a Viladrau esa noche, por si más adelante era necesario ponerse en contacto con ellas. La señora Montse le dio la dirección de la ucraniana, pero dijo desconocer la de Marcela, «que no es mía, es una niña de María Elena». Adrover ya debía de estar hastiado de la cuestión y con ganas de terminar, porque no indagó quién era María Elena. Se limitó a escribir en su agenda: «Marcela, española, chica de María Elena». Entonces, como si los hubiera estado escuchando detrás de la puerta, Ludmilla, que ya no lloraba, apareció en el salón con una cazadora negra de cuero y el bolso colgado de un hombro, lista para marcharse. Se dieron todos educadamente la mano, como si acabaran de celebrar una reunión de negocios, y la ucraniana se fue.
Lo que siguió, más vale resumirlo: apareció una ambulancia con dos enfermeros y se produjo una agria discusión entre Adrover y el que llevaba la voz cantante, debido a la ausencia de un médico.
—Al llamar he pedido expresamente que viniera un médico —insistía Adrover.
—Los médicos de servicio están liados con un accidente muy grave que ha habido en la Ronda —respondió el enfermero (quien lucía un pendiente con una llamativa perla, sin duda falsa, en la oreja izquierda), y añadió con chulería—: ¿Para qué quiere un médico, si el paciente está difunto? ¿Qué espera del doctor, que lo resucite? Lo que han de hacer es llamar al tanatorio o a la policía, nosotros no nos ocupamos de los muertos.
Tras lo cual anunció que se iban. Adrover se opuso con firmeza a la marcha de los enfermeros y desplegó una gran habilidad negociadora, propia del magnífico profesional que era. Logró no sólo que accedieran a llevarse el cuerpo, sino que además renunciaran a avisar a la policía (para ello empleó casi los mismos argumentos que había esgrimido ante él la señora Montse, pero con un lenguaje más florido). La abogada, que a esas horas ya estaba muy cansada (había amanecido, era de día), más tarde, al recordar lo sucedido, no estaría segura de si vio, o soñó, que Adrover daba algo bajo mano (¿un sobre?, ¿unos billetes doblados?) al enfermero protestón para que éste no pusiera más pegas. El caso es que por fin consiguieron sacar al muerto de la casa, con gran alivio de la señora Montse, que al despedirlos casi sonreía.
Dicen las malas lenguas que a continuación se desarrolló la segunda parte del sainete, llena de acción trepidante. La ambulancia fue en peregrinación con el cadáver de un hospital a otro, pero en ninguno lo aceptaban, hasta que al enfermero gallito se le ocurrió una solución: fingir que el muerto estaba vivo, descubrirle la cara, ponerle un gotero, irrumpir corriendo con la camilla por el pasillo de urgencias como si estuviera gravísimo y, una vez dentro del hospital, declarar con consternación que el paciente acababa de exhalar su último aliento allí mismo, y el centro sanitario en cuestión no tuvo más remedio que admitirlo.
Días después las esquelas y las respetuosas notas informativas de los periódicos no hicieron mención alguna de esa rocambolesca aventura, sino que afirmaron que el ilustre empresario había fallecido «cristianamente» en su casa, mientras dormía. En círculos empresariales y jurídicos se rumoreaba que el denodado trabajo de Adrover en esa noche infausta fue premiado con una vicepresidencia en el Consejo de Administración de su despacho de abogados. No consta que la abogada, su ayudante, recibiera ninguna recompensa y puedo certificar que no la tuvo, porque yo soy la abogada y la mujer a quien vi en el trastero de la casa de citas era mi hermana.