Perseguidoras
Capítulo 5
A Alicia le gustaba nadar a esa hora, las diez de la mañana. La piscina del gimnasio estaba casi vacía, porque las señoras preferían ir a clase o ejercitarse en las máquinas y las socias jóvenes hacía rato que se afanaban en sus trabajos. Era un privilegio poder acudir al gimnasio a esa hora de marquesas, aunque merecido. Pese a que los terapeutas le advertían de continuo que la abstinencia no debe ser motivo de orgullo ni envanecimiento, Alicia no podía evitar sentirse muy orgullosa de sí misma. Había dicho que iba a lograr algo y lo estaba cumpliendo. No engañaba a nadie, no mentía, ¡eso era tan nuevo!
La tarde anterior se emocionó en la terapia. Habló un chico de Alicante, que apenas llevaba una semana ingresado en el centro. Era de coca, como ella. Explicó a trompicones y con titubeos el inicio de su proceso de adicción (similar al de todos, por supuesto), y luego entró en detalles personales. Cuando, con voz entrecortada, contó que, desesperado por conseguir dinero para comprar unos gramos, fingió un robo en su casa para apropiarse de las joyas de su mujer y de su hija, y que al final tenía los orificios nasales tan obstruidos que se tomaba la coca a cucharadas, Alicia se conmovió y levantó la mano para hablar (hablaban por turno riguroso; para pedir la palabra, los adictos en recuperación guardaban turno, como alumnos disciplinados). Y, sin darse cuenta, de pronto lo estaba soltando todo. Allí, en la sala de terapia, con un auditorio integrado por veinte toxicómanos sentados a sus pupitres, más una terapeuta. Lo que nunca había confiado a nadie, aquello en lo que ni siquiera se permitía pensar, tanto le avergonzaba.
Contó que antes de tener a su hijo, ya había abortado tres veces. Cuando se quedó embarazada de Diego, decidió volver a abortar. Pidió prestado el dinero necesario para la intervención al presunto padre (en rigor, a uno de los presuntos), quien se lo dejó a regañadientes. La mala suerte quiso que en la clínica de abortos no le dieran hora hasta pasadas unas semanas; durante el tiempo de espera se gastó el dinero en coca. Ya estaba de tres meses y medio y se le empezaba a notar la barriga cuando cambió de opinión. Decidió tener el hijo. Darse una oportunidad. Es decir: dejar la cocaína, porque lo que no podía hacer era seguir consumiendo estando embarazada. Esa decencia todavía la tenía; en el fondo (muy en el fondo) seguía siendo una persona: por ese hijo que esperaba, abandonaría las drogas. Y se sintió bien consigo misma por primera vez en mucho tiempo. Es cierto que, de otro lado, su situación económica era precaria y le convino instalarse en casa de su madre durante el resto del embarazo. Su madre la creyó (quería creerla) y la acogió sin un reproche. La cuidó y mimó hasta que nació el niño y, aunque no hablaban del asunto, temblaba de alegría con la esperanza de que ese nacimiento significara el fin de la adicción de su hija. Sinceramente: ella también lo creía. Por eso fue la primera sorprendida cuando, al ser preguntada por la comadrona, respondió sin dudarlo que no iba a dar el pecho al niño. No había pensado en ello antes, pero la mañana luminosa de mayo en que salió de la clínica acompañada de su madre, con el niño y la canastilla, comprendió que hacía tiempo que esa cuestión estaba resuelta. Cogieron un taxi para ir a la calle de las Carolinas, al piso de su madre, quien abrazaba al niño, lo besaba y le decía tonterías, como suelen hacer las abuelas. Aprovechó un semáforo en rojo para abrir la portezuela de su lado y decirle a su madre, ya con el cuerpo fuera:
—Continuad hasta casa, yo tengo que hacer un recado, iré enseguida.
Su madre no daba crédito.
—¿Cómo que te vas? ¿Adónde vas? ¡Pero si acabas de dar a luz!
—He de realizar una gestión —contestó ella, sin más explicaciones—. Mamá, os dejo; se ha puesto verde el semáforo y hay coches detrás. ¡Ahora nos vemos!
Por eso no había querido amamantar al niño: porque no podía esperar ni un día más. Era como si los seis meses de abstinencia no hubieran transcurrido, volvía a estar en el mismo punto en que se encontraba cuando decidió parir a su hijo: en la puerta de la casa del camello.
Y, a partir de ese momento, Diego le estorbó. No lo quería. Ésa era la verdad. Ella no anhelaba ser madre, sólo dejar de ser adicta. Pensó que un hijo le serviría de estímulo y motivación, que lo que no era capaz de hacer por sí misma, lo haría por el niño. Se imaginó que era una heroína de melodrama o algo parecido. El problema era que había concentrado todos sus esfuerzos e ilusiones en el nacimiento; si aguantaba sin tomar coca el resto de la gestación, habría logrado algo. Y lo hizo. Pero en cuanto tuvo al niño en sus brazos se preguntó: ¿y ahora qué? En las películas, el final queda congelado en un fotograma donde, con música de flautas y violines, aparece la frase The End. Sin embargo, en la vida real, eso era sólo el principio de algo que no le apetecía en absoluto. Una vida honesta de madre trabajadora y responsable, un empleo de ocho a tres como cajera de un supermercado, las tardes con su madre y su niño en el parque, las noches castas de televisión y papillas. Había muchas mujeres que se contentaban con eso, que incluso soñaban con ello y veían en la maternidad la meta de sus vidas. Ella no. Desde el momento en que comprendió que ese paréntesis no había tenido otro objeto que el de reposar un poco y recuperar fuerzas para reanudar su vida anterior, estar en casa de su madre se le hizo imposible. Tenía que irse a dar tumbos por ahí, como siempre. Pero eso con un bebé recién nacido era muy difícil. Y así fue como se convirtió en madre a distancia.
Hubiera deseado dar a su hijo en adopción, todavía hoy creía que habría sido lo más acertado. Tenía en su cabeza otro fotograma de telefilme sentimental, en el que un matrimonio formado por un hombre honrado y una mujer maravillosa, pero estéril, ven satisfechos sus frustrados deseos en la forma de un niño encantador, regalo del destino. En su imaginación, esa pareja perfecta está en un parque, jugando con el niño, que es muy alegre y tiene rizos rubios. Los ilumina con un halo difuso la luz cálida y tranquila de una mañana de otoño. Detrás del grueso tronco de un árbol, una mujer (ella) espía esa escena con lágrimas en los ojos, lágrimas de pena, pero también de alegría: de algún modo ella, la madre drogadicta, es artífice de esa felicidad ajena.
Pero su propia madre no quiso oír hablar del asunto. De ninguna manera estaba dispuesta a perder a su nieto.
—Tú lo que has de hacer es curarte —insistía—. Ahora que tienes un hijo, hay algo más importante que tu vicio y tu egoísmo.
No entendía nada; lo que ella llamaba su «vicio» no tenía relación alguna con el egoísmo. Su madre era la egoísta y por el placer mezquino de tener un nieto, le endilgaba a ella, contra su voluntad, la responsabilidad de ser madre. Entonces efectuó un ajuste de cuentas mental. Le dijo a su madre con el pensamiento: «¿Quieres un nieto? Lo tendrás, pero será tu responsabilidad». Dos días antes del señalado para su ingreso en una granja de desintoxicación, Alicia huyó. No podía hacer otra cosa. Fue generosa con su madre: le dejó a su nieto. De cuando en cuando iba a ver a su hijo. Ella y Diego eran dos extraños. Nunca le habían gustado los niños y seguían sin gustarle. Ruidosos, exigen atención constante, son sucios y temerarios… Su hermana Maite, en cambio, adoraba a Diego. Fue eso lo que decidió a Maite a dejar su piso de soltera y volver a casa de su madre: la compañía del niño. Así que su madre tenía que ocuparse de los dos, de la hija loca y del niño pequeño. Su otra hermana, Ana, se lo reprochó. Tuvo la mala suerte de coincidir con ella en casa de su madre un día que fue de visita. En esa época, Ana estaba trabajando de abogada en una empresa de recobro de impagados. Se daba aires de persona importante, las trataba a todas con condescendencia y a ella, además, con desprecio.
—No puedo respetarte —le había dicho en tono solemne, recalcando las sílabas —. Lo que estás haciendo con tu hijo no tiene nombre. Este niño está creciendo sin madre. Tú sólo vienes a verlo cuando necesitas dinero.
De eso hacía un par de años; desde entonces no había vuelto a ver a sus hermanas, ni a su hijo. Cuando su madre, con quien sí continuaba teniendo contacto, le reprochaba que no quisiera ver al niño, ella le contestaba: «Lo veré cuando sea digna de él». Era una frase que le parecía bonita: «cuando sea digna».
Recordaba una ocasión, hacía ya tiempo. Una tarde muy fría de febrero acudió a casa de su madre, que no estaba porque se había ido de compras con su hermana Maite. La hija de una vecina, una adolescente, cuidaba de Diego, que acababa de cumplir dos años. Podía haber esperado a que volviera su madre, pero no lo hizo. Se llevó al niño. Pese a las protestas de la pequeña canguro, cogió a su hijo, le puso un chaquetón y, con él en brazos, bajó a la calle. Conducía un coche que alguien le había dejado (alguien, quien fuera, que estaba esperando su regreso con dinero o unos gramos). Sentó a Diego en el asiento contiguo al del conductor. Como no tenía silla infantil, le puso debajo su abrigo, hecho un rebujo, para que estuviera más alto y lo ató con el cinturón. El niño la dejó hacer, en silencio. No lloró; cuando estaba con ella nunca lloraba y eso que se veían muy poco, tan raramente que Alicia dudaba que supiera o intuyera que era su madre; desde luego, no la llamaba mamá, ni de ninguna otra manera. Diego se quedó muy serio, sentado en su asiento, mirándola con sus ojos grandes que no parpadeaban. Ella le dio un paquete vacío de cigarrillos para que se entretuviera y arrancó el coche. Ya estaba oscuro.
Se dirigió a la carretera de la Rabasada. Quizá por una suerte de nostalgia, pues era allí adonde la llevaba su primer novio a follar y a fumar porros. Apareció en la misma explanada, a la salida de una curva, en la que ella y su novio, al igual que otras parejas, solían detenerse. Era una noche clara, sin nubes, y, como el día había sido ventoso, la ciudad se extendía a sus pies, enorme, limpia y luminosa. Sacó la bolsa con los últimos gramos que le quedaban y se puso a hacer rayas sobre la superficie de un mapa de carreteras. El niño se quedó dormido. Hasta que no vació la bolsa, no paró. Y, durante esas horas en que el tiempo parecía haberse detenido, experimentó una intensa comunión con su hijo. Por vez primera estuvo unida a él, lo sintió suyo, tan indefenso y confiado, dormido en su asiento, a su lado. Y la euforia de la coca le hizo creer que eran un binomio invencible, los dos contra el mundo, la madre y su hijo. Esa noche estuvo al borde de una revelación. Tenía la impresión de que si continuaba esnifando llegaría un momento en que, o bien reventaría, o alcanzaría la sabiduría suprema, un instante de claridad absoluta. Con la coca hay ocasiones en que te parece que estás a punto de comprenderlo todo, sólo te falta una pizquita, dos rayas apenas, un gramo más… Esa madrugada, cuando acabó, amanecía. Emprendió el regreso con el niño todavía dormido.
Su madre había pasado la noche en vela, esperándola. Esperándolos. Dudando si llamar o no a la policía, enfadada con la canguro que había permitido que su hija secuestrara a su nieto. Muerta de miedo. Recordaba el rostro pálido y demudado de su madre cuando salió a su encuentro en el recibidor. Lo primero que hizo fue quitarle al niño. Diego se acababa de despertar y lloriqueaba. Al cogerlo en brazos, su madre arrugó la nariz. «Ni siquiera lo has cambiado», le dijo. Entonces ella le pidió dinero.
No era culpa suya ser así. No había elegido ser drogadicta. Muy a su pesar, la vida la había llevado por ese camino. Eso era lo que su familia no podía entender. Sólo allí, en ese centro de rehabilitación de toxicómanos, parecían comprenderlo. «No te has de sentir culpable por lo que hiciste bajo el influjo de las drogas», le decían. «No eras tú quien decidía, eran las drogas quienes te obligaban a actuar así. En tu mano está empezar una nueva vida.» Le ofrecían una gran oportunidad, una promoción única: si renunciaba a las drogas, el pasado no contaba, se lo borraban.
La pena era no poder borrar también al niño. Eso no lo había comentado en la terapia, no se había atrevido. Sabía que todos esos ex drogadictos, rebosantes de buenos sentimientos recién estrenados, se escandalizarían. Se diría que en el mundo nada hay más reprobable que una madre que no quiera a su hijo. Todo puede disculparse bajo determinadas circunstancias: el robo, el asesinato, pero eso… Y, sin embargo, en buena lógica, debería ser posible. «Mi hijo pertenece a mi vida de adicta, cuando no era responsable de mis actos. Ahora que he superado mi drogadicción, lo devuelvo. No puedo hacerme cargo de él, me recuerda demasiado a mi pasado.»
De su nueva existencia, lo que más le asombraba era no tener que estar siempre pensando en dinero o en conseguir unos gramos. Se le antojaba increíble que la mayoría de la gente viviera así, con tal despreocupación. Y tanta monotonía. No se atrevía a formularlo en voz alta, pero a ella las personas normales le parecían muertos en vida. Si tuviera un novio… Era inevitable pensarlo, con un novio esa nueva andadura sería más llevadera. Sola, se sentía desvalida, incompleta. Lo había debatido a menudo con los terapeutas, quienes le habían desaconsejado —mejor dicho, ¡prohibido!— que estableciera ninguna relación sentimental, no todavía. «Ésa es una conducta de antes que necesitas modificar: vivir pegada a un hombre, dependiendo de él para todo. Has de poder estar sola y tomar tus propias decisiones; tienes que aprender a aburrirte y que pasen los días, uno tras otro, y en tu vida no suceda nada; debes ser capaz de llevar una vida normal», le decían. Pero no conseguían convencerla, después de tres meses seguía opinando que dormir sola era una tragedia. Eso era lo que echaba en falta, el roce de una pierna peluda contra la suya debajo de las sábanas, la leve caricia de una mano en su cadera cuando se despertaba… Estar solo es ser desgraciado, vivir a medias. Un novio terapeuta sería lo ideal.
En el centro había tres terapeutas, dos mujeres y un hombre. De las mujeres, una era mayor, tendría unos setenta años, y la otra rondaría la cuarentena. El hombre, Ramón, parecía más joven, de unos treinta y cinco o treinta y seis años. Era atractivo de un modo poco convencional: las facciones de su rostro no eran regulares ni proporcionadas, tenía la nariz grande y las cejas muy espesas, pero sus penetrantes ojos oscuros parecían dotados de profundidad. Estaba casado. Pero eso no tenía por qué ser óbice para… ¡Ya estaba maquinando como antes! ¿Es que no iba a cambiar nunca? ¿Tendría razón la terapeuta joven, Inés, sería cierto que era una adicta sin remedio y no tenía más que cocaína y hombres en la cabeza? ¡No! Les enseñaría a todos, a los terapeutas, a su madre, a Ana, que podía mejorar y convertirse en una persona normal. Y poniendo en práctica sus buenos propósitos, se esforzó en nadar con extrema corrección, el brazo que emergía del agua formando un perfecto ángulo recto con el resto del cuerpo, lo que la hizo desviarse de su curso y propinar un golpe con la mano derecha a la chica que nadaba por la calle contigua.
—¡Ay! —gritó la chica.
—Lo siento —se disculpó ella, deteniéndose y agarrándose con ambas manos a la corchera que las separaba—. ¿Te he hecho daño?
—Sí, la verdad es que sí —contestó la chica, que se había quitado las gafas de nadar y se restregaba el párpado izquierdo con el dorso de una mano—. Me has dado en el ojo, pero no importa, sigue nadando.
Alicia salió de inmediato de la piscina porque le avergonzaba continuar después de lo sucedido. Cuidaba mucho su estilo, precisamente porque carecía de él. Había aprendido a nadar en el mar, de pequeña, cuando su tía Conchita las invitaba en agosto a ella, su madre y sus hermanas a pasar unas semanas en su apartamento de Comarruga. Le había enseñado su tío Pablo, pero no era ningún experto. Ella se esforzaba en imitar los gestos de los buenos nadadores, aunque no estaba segura de conseguirlo. La joven a la que había golpeado, ella sí que sabía nadar. Coincidían en el gimnasio todos los martes y los jueves por la mañana. Nunca le había dirigido la palabra porque, por algún motivo, la cohibía. Era muy alta, más que ella, que también lo era. Iba siempre bien vestida, como una abogada o una ejecutiva. Sus movimientos eran rápidos y decididos, su expresión seria, de persona ocupada. Sin duda se trataba de una directiva de empresa, la jefa de marketing de alguna multinacional. Su cargo había de ser importante, no sólo porque era socia de ese gimnasio caro de la zona alta e iba trajeada, sino sobre todo porque podía permitirse acudir al gimnasio a las once de la mañana, una hora en la que los meros empleados están atados a sus puestos de trabajo. Se sorprendió cuando, ya en el vestuario, después de la ducha, mientras se secaba, la chica, que se estaba cambiando de ropa en el banco opuesto, le preguntó:
—¿Cómo te llamas?
—Alicia —contestó—. ¿Y tú?
—Me llamo María Elena —respondió la joven, que tenía un timbre de voz agradable—. Nos vemos aquí todos los días y nunca nos hemos dicho nada.
—Yo hoy me he presentado a las bravas, ¡te he soltado un buen guantazo! —le dijo ella, que al ver su ojo hinchado recordó su culpa. María Elena se rió.
—No tiene importancia —dijo—. Pero eso que te ocurre puede evitarse. Yo, antes, cuando nadaba a espalda, también me despistaba, pero un monitor me dio un par de instrucciones y me han servido de mucho. Si quieres, el próximo día te enseño. Y también te puedo enseñar a respirar. No respiras bien cuando nadas a crol; me he fijado en eso. Tomas el aire fuera y lo expulsas fuera; si aprendes a espirar dentro del agua, con la segunda brazada, te cansarás menos.
—¿A expirar? —preguntó ella.
—¡No! A expirar no, a espirar —le corrigió María Elena, divertida—. Expirar es morirse.
Al oír eso ella también se rió, pero entonces las señoras, que venían de clase de stretching, entraron en el vestuario y la conversación terminó.
Salieron juntas del gimnasio. María Elena se ofreció a acompañarla en coche a donde quisiera, pero ella dijo que prefería ir a pie y así hacer más ejercicio; no quería que su nueva amiga se enterara de que vivía en una residencia de monjas. No obstante, antes de separarse, María Elena se aseguró de que quedaran citadas para el jueves siguiente, a las diez de la mañana, en la piscina, para su primera clase de respiración acuática y a ella le halagó que alguien tan distinguido, con esa prestancia, tuviera interés en volver a verla. Y esa mañana de julio, mientras caminaba con paso vivo, la bolsa del gimnasio colgando de un hombro, por esa calle tranquila y soleada de la parte alta de la Bonanova, sintiendo en el rostro el baile de las sombras de los árboles, pensó que era feliz, o podía llegar a serlo, que viene a ser lo mismo.
Empezaba a creer que sí, que era posible un Futuro distinto y mejor.
¿Tenía ganas de hacerse unas rayas?
¡No! ¡Ningunas!
¿De beberse una cervecita, pues, de fumarse un porro?
No, señor, nada de alcohol ni de drogas. Se sentía eufórica de pura salud, borracha de energía. Hubiera deseado propagarlo a los cuatro vientos, ¡llevo doce semanas sin tomar nada! Practico deporte, me cuido, me acuesto temprano y me levanto cuando aún está oscuro. Por las mañanas voy al gimnasio, por la tarde, a la terapia. Hago todo lo que me dicen, soy casi una santa. Se moría de ganas de contárselo a sus hermanas, sobre todo a Ana.
—¿No decías que nunca me iba a curar? ¿Que soy un caso perdido? Hago veinte largos todas las mañanas. ¿Tú cuántos haces?
Pero no podía hablar hasta que cumpliera seis meses de abstinencia. Ése era el pacto al que había llegado con su madre, eran demasiados los intentos frustrados en el pasado, aún no podía cantar victoria. Era consciente de ello, le habían prevenido en la terapia, estaba preparada: «No esperes que tus familiares cambien de actitud hacia ti en una semana. Puede costarles meses o incluso años olvidar lo que hiciste. Tal vez no te perdonen nunca, pero has de vivir con eso». En fin; la idea era que en dos o tres meses, Alicia saldría de su encierro y volvería a aparecer en la vida de sus hermanas, nueva, recuperada. Y se llevaría a su hijo.
—Es lo que debes hacer —le había dicho su madre—. Es tu hijo y con quien ha de vivir es contigo, no conmigo, que ya soy vieja, ni con su tía. Tú tienes la suerte de que de lo tuyo puedes curarte, pero Maite no se va a curar de la esquizofrenia nunca. Sufro pensando en que Diego está con tu hermana.
Antes de que se diera cuenta, le lloverían las responsabilidades. Eso es lo que conlleva la normalidad: ataduras, compromisos, cargas. Era comprensible que deseara que esos seis meses no pasaran nunca. Si algo le había enseñado la drogodependencia era a vivir al día. Requiere tanto esfuerzo ocuparse en conseguir la dosis diaria, que si además el adicto tuviera que elucubrar cómo obtendrá los gramos de cocaína que necesitará mañana o pasado mañana, se quedaría paralizado de pura ansiedad. Y así ella pudo apartar sin problemas de su mente las responsabilidades futuras. Sólo quería pensar que en breve llegaría a la residencia, descansaría un poco y luego bajaría al comedor, a engullir el repugnante rancho que les endilgaban las monjas, pero se lo zamparía todo porque desde que había dejado las drogas tenía mucha hambre, un hambre voraz (ya había engordado tres kilos y no hacía falta que nadie se lo dijera, ella misma lo percibía al mirarse al espejo: estaba más guapa). Por la tarde, tomaría el metro para ir a la terapia de toxicómanos. Volvería de noche, a tiempo para la cena. Después, charlaría un rato con las estudiantes de la residencia y se bebería una infusión de tila, tras lo cual se acostaría temprano, no sin leer por lo menos medio capítulo de su libro terapéutico: Me llamo Joaquín y soy cocainómano. Y el jueves siguiente, a las diez de la mañana, en la piscina del gimnasio, su nueva amiga, María Elena, le enseñaría a nadar con estilo. Y ya está; eso era todo de lo que tenía que preocuparse.
Cuando llegó a la residencia, la madre Francisca le dijo que su hermano la estaba esperando.
—¿Mi hermano?
—Sí. Ha llegado hace un rato, está en la sala de visitas. Si se va a quedar a comer, dilo pronto para que en cocina lo tengan en cuenta.
—No se quedará a comer —afirmó tajante. Lo que no dijo fue que no tenía ningún hermano.