Perseguidoras

Clara Usón · Capítulo 13 de 19

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Perseguidoras

Capítulo 13

 

Mi madre y yo nos enredamos en una larga conversación en su habitación de la residencia, hasta que apareció un enfermero antipático con el almuerzo en una bandeja y me ordenó que me fuera, porque estaba cansando a la enferma. Hablamos de todo, o de casi todo, ya que no le hice esa pregunta que me quemaba la lengua, algo que me intriga desde niña y al fin me he resignado a ignorar. ¿Por qué no me quiere? O, mejor dicho, ¿por qué me quiere menos que a mis hermanas? Pues si a ellas tampoco les tuviera afecto, esa falta de cariño habría sido más fácil de sobrellevar. No es que me haya desatendido. Al contrario; de sus tres hijas, soy la que más dinero le ha costado en educación: el colegio privado, las clases de inglés, los estudios de Derecho… Cierto que Alicia no le obligó a gastar, porque no le dio la gana de aprender, y Maite fue tan perfecta (hasta que se torció) que obtuvo una beca con la que se subvencionó la carrera de Filología Hispánica. Pero siempre tuve la impresión de que mi madre se ocupaba de mí a regañadientes, por sentido del deber o de la responsabilidad, no por cariño. De pequeña, tenía el convencimiento de que mi grave fallo había sido nacer niña. Después de dos hijas, mi madre deseaba un hijo; no es especulación, ella misma lo admite. Por lo visto, en mi parto, cuando el médico le anunció mi sexo, mi madre espetó: «¿Otra?». Es una anécdota familiar que siempre nos ha hecho reír mucho, bueno, quizá a mi no tanto. De niña sospechaba con que si en vez de Ana, me hubiera llamado Jaime, mi madre me habría adorado. Aunque ahora no creo que fuera eso. Supongo que se trata de algo irracional, ilógico, de lo que no se puede dar cuenta. Sucede sin más. Recuerdo que cuando tenía veintitantos años me cortejaba un chico, Eduard, atractivo, inteligente, encantador (eso sí: algo bajito). Era un médico apasionado del teatro, una de las pocas personas que ha creído en mi talento y apoyó sin reservas mi vocación. Estaba empeñado en que dejara de trabajar para dedicarme en exclusiva al escenario; él me mantendría hasta que yo «triunfara», y no había interés en su ofrecimiento, me lo brindó cuando ya estaba claro entre los dos que no había ninguna posibilidad de romance. Me estrujé los sesos procurando averiguar por qué no me gustaba un hombre tan estupendo. Intenté razonar conmigo misma, hacerme comprender que Eduard era el novio ideal, la persona fiel, sincera, honesta, en quien siempre podría confiar. Pero no hubo manera. No es cuestión de razonamientos, me temo, ¡ojalá lo fuera! ¿Se habrá preguntado mi madre desasosegada, de noche, en la cama, por qué no me quiere? ¿Se habrá sentido culpable por ello? Lo dudo. No creo que le haya dado dos vueltas al asunto; lo siente así, sin más. Lo paradójico es que precisamente esa falta de razón o lógica en su desapego hace que me haya tratado siempre del modo más racional. Nunca he conseguido inspirarle compasión o lástima, jamás me ha levantado un castigo sin justa causa. Todo lo contrario de cómo ha actuado con Alicia. Si en vez de ella hubiera sido yo la drogadicta, ¿me habría perdonado tantas veces? ¿Me habría concedido tantas oportunidades? Prefiero no pensarlo. Y, sin embargo, me indigna. Lo fácil es ser débil, caprichosa, dejarse llevar por el impulso del momento sin pensar en las consecuencias. Alicia asegura que está enferma, que su adicción es una enfermedad y nada tiene que ver con el vicio o la falta de voluntad. Está claro: le conviene decirlo. Así se perdona todo el daño que ha infligido: «No he sido yo, fue mi enfermedad». ¡Qué sencillo! Yo también probé las drogas y me gustaron, por supuesto. Sobre todo la cocaína. Es peligrosa, porque infunde una falsa sensación de euforia y energía, de claridad mental (y unas ganas incontenibles de hablar). Mientras consumes coca, puedes beber y beber y nunca te emborrachas, ni pierdes la conversación; tal vez muevas un poco más de la cuenta la mandíbula, pero la lengua no se te traba. Aunque quizá porque no soy una niña mimada, como Alicia, y no tengo detrás a una madre que me lo consienta todo, en cuanto comprendí que me atraía, dejé de tomarla. Simplemente, no me puedo permitir perder el control. Y ¿qué recibo a cambio de mi esfuerzo? Responsabilidades, malas caras, reproches.

Aquella mañana, mi madre me confió que estaba muy preocupada porque Maite no le respondía al teléfono desde hacía días. Me dio a entender que quizá fuera eso lo que había provocado su malestar físico. Llevaba noches sin dormir, debido a la angustia y a la incertidumbre. Al principio pensó que tal vez Maite tuviera el teléfono estropeado, pero cuando pasaron cuarenta y ocho horas y seguía sin obtener respuesta, sospechó que algo grave estaba sucediendo. De propia iniciativa Maite no llamaba nunca, pero el niño, Diego, echaba en falta a su abuela y día sí, día no, pedía a Maite que la llamara para hablar con ella. Y también cogía el teléfono. De hecho, cuando mi madre llamaba, era casi siempre Diego quien contestaba; como a tantos niños, le divertía hablar por teléfono. Me recriminó que yo tampoco hubiera respondido a sus llamadas. Me defendí protestando que no tenía idea de que me hubiera telefoneado. Me dijo que lo había hecho por lo menos seis veces en los últimos días, pero como yo nunca estaba en casa, ni me molestaba en conectar el contestador… Repliqué que estaba agobiada de trabajo y apenas paraba en el apartamento. «Podías haberme llamado al móvil», le dije, a sabiendas de que nunca haría tal cosa; le asustaba el importe de las llamadas, con la vejez se estaba volviendo avara. Me dedicó una mirada ofendida y me acusó de tener la culpa de que Maite descuidara su medicación.

Discutimos con acritud. Nos olvidamos de dónde estábamos o, mejor dicho, como éramos familia, allí donde estuviéramos, nos hallábamos en casa. Me dijo cosas que pensaba de mí que mejor hubiera hecho en callarse. En realidad, todas sus recriminaciones se reducían a una: yo era una egoísta que siempre hacía lo que se me antojaba y nunca pensaba en nadie. Le había prometido, antes de que se fuera a Andorra, que me ocuparía de mi hermana; vigilaría que Maite tomara el Risperdal, siguiera una vida ordenada y el niño estuviera bien cuidado. Y, a la hora de la verdad, no me había ocupado de nada. Y yo me defendí con muchos argumentos, demasiados: hacía lo que podía, llamaba a Maite diariamente, todas las semanas me pasaba por su casa una o dos veces, la obligaba a ingerir las pastillas en mi presencia, examinaba a fondo las habitaciones, ¡incluso miraba debajo de la cama!… ¿Qué más podía esperar de mí? Yo desempeñaba un trabajo que me exigía una dedicación. Me hubiera encantado ser millonaria, no estar obligada a trabajar y tener como única preocupación el bienestar de mi hermana y mi sobrino, pero por desgracia no era así, y lo que según mi madre era «hacer lo que se me antojaba» consistía en encerrarme en un despacho de abogados diez horas, todos los días laborables del año, y trabajar como una bestia. Le aseguré, con sarcasmo (disfruto siendo sarcástica con mi madre), que si en efecto pudiera actuar como me apeteciera, no volvería a pisar el felpudo de la entrada de Eurolex, Abogados Asociados. Me quejé de que me reprochara mi empleo como un acto de egoísmo. Equivalía a implicar que las buenas y generosas eran mis hermanas, porque no trabajaban… Me cortó rápido y me tildó de envidiosa. Yo sentí cómo la ira y la sensación de injusticia, un viejo resentimiento, iban creciendo en mi interior. Y estuve a punto de soltarlo todo: la muerte de Viladrau, mi encuentro con Alicia en el trastero de un puticlub donde mi hermana, al parecer, ¡mira por dónde!, estaba trabajando. Sentí el impulso de dejarlo caer y observar su reacción con frialdad y distancia, movida por un mero interés antropológico, por así decirlo, pero me contuve: recordé su delicado corazón. Sin embargo, en honor a la verdad, hubo un momento en que jugué con la idea de provocarle un infarto con mis revelaciones, de matarla del susto, vamos; fue sólo un instante y a modo de juego, pero… Fui buena hija, agaché la cabeza, me humillé para que se pusiera contenta y se calmara. Me disculpé por mi comportamiento, quizá un poco negligente, aunque aduje con todo el tacto que pude que, a fin de cuentas, no tenía prueba alguna de que Maite no estuviera ingiriendo el Risperdal, sólo conjeturas producto de su comprensible inquietud al no poder comunicar con ella, pero la semana anterior, el miércoles (como todos los miércoles), yo había comido con Maite, en su casa, y la había visto muy bien, centrada. El rostro quizá un poco más abotagado, pero correctamente vestida, aseada, lúcida (mantuvimos un intercambio de opiniones muy interesante sobre el conflicto de Irak), y el plato que me sirvió, salmón a la plancha con verduritas, estaba en su punto. Antes de comer se tragó en mi presencia las dos pastillas de Risperdal. Al niño no lo había visto, claro, comía en el colegio, pero no tenía motivo para dudar de que estuviera bien cuidado: Maite lo adoraba. Largué mi discurso de corrido, sorprendida de que mi madre no me interrumpiera (me interrumpe siempre), la vista baja, perdida en una esquina de la austera colcha beige de su cama. Tenía medio convencida a la colcha, pero no a mi madre. Soltó un resoplido. Alcé los ojos. Sentada en la cama, de brazos cruzados, mi madre me miraba airada y apretaba los labios.

—Ya basta de sandeces —explotó—. Tú sabes tan bien como yo que si te hubieras ido a vivir con Maite y Diego cuando me vine a Andorra, como te pedí, no habría pasado nada de esto.

Esa afirmación no era del todo exacta; en rigor, ella no me había «pedido» que me instalara con mi hermana y mi sobrino en el piso de las Carolinas, digamos que me lo había «sugerido» como una oportunidad de economizar. Si me iba a vivir a su casa, me ahorraría el alquiler del loft de la calle Rocafort en el que vivía, un apartamento de cuarenta metros cuadrados (eso sí; muy bien aprovechados) en cuya renta me gastaba la mitad del sueldo. Argüí que no podía hacer tal cosa, pues cuando ella regresara de Andorra, ¿dónde me metería? Me respondió, magnánima, que podría continuar en su casa, había una habitación de sobras —la que había sido el dormitorio que de niñas compartíamos Alicia y yo—; no tenía inconveniente en que me quedara allí por un plazo indefinido, hasta que encontrara algo.

Decliné su amable invitación con la misma firmeza con que hubiera rehusado el ofrecimiento de compartir una celda, completamente gratis, con un par de reclusas de la cárcel de Wad-Ras. Recordaba bien esa charla, en apariencia distendida y casual, en el fondo muy tensa, en la que las dos fuimos falsas con esa hipocresía radical que una sólo se atreve a emplear con la familia (si se aplicara a extraños, sería cinismo). Aunque mi madre no puso gran empeño en disimular su oculta intención y, pese a mi negativa, insistió: «Piénsalo, a mí me gustaría que lo hicieras. Me iré a Andorra mucho más tranquila si te vas a vivir a las Carolinas». Y no necesitó añadir que esa tranquilidad nada tenía que ver con mi situación económica, que nunca le ha importado lo más mínimo.

He leído que científicos de todo el mundo se devanan los sesos intentando hallar un arma defensiva que proteja a nuestro planeta del posible impacto de un asteroide. Hacía años que un meteorito trazaba vueltas erráticas en torno a mi existencia, amenazando con salirse de órbita en cualquier momento y, ¡bang!, impactar contra mí, destruyéndome. Ese meteorito tenía un nombre, Diego, y sólo disponía de un arma, rudimentaria pero eficaz, para guarecerme de él: mi egoísmo. Por más que me afanara en proclamar mi libertad, en cuidarla, mimarla y cultivarla, nada podía contra los imprevistos de la vida. Que mi hermana Alicia follara con un desconocido un incierto día del año 1995, quedándose embarazada, tenía más repercusiones en mi vida que en la suya, así son las cosas. Habida cuenta del panorama familiar, desde que el niño nació, me puse en guardia. Con una madre drogadicta, una tía loca, una abuela enferma, ¿quién tenía todos los números para acabar siendo responsable de la criatura? ¡Pero yo nunca quise tener hijos precisamente por eso, para preservar mi independencia!

Se podría aducir que dado el uso que yo hacía de mi sacrosanta libertad (atarme a una mesa de despacho, someterme a unos jefes y a una jerarquía), era para reírse. No lo niego; al trabajar en Eurolex había renunciado a mi independencia, pero sólo temporalmente, lo que significaba que si en cualquier momento se me abría la posibilidad de dedicarme a lo que en verdad me interesaba, aquello a lo que estaba dispuesta a consagrar mis energías: la interpretación, o, más allá, alguna otra actividad o modo de vida que de pronto me atrajesen, lanzaría por la borda mi contrato con Eurolex. Quería ser libre para estar siempre disponible. ¿Para qué? Para lo importante en la vida, lo que le da sentido. Ignoraba en qué podía consistir eso, aunque llevaba años queriendo averiguarlo, probando, persiguiéndolo… Podía ser un amor, un viaje o un empeño, algo que de alguna forma justificara mi existencia, que me permitiera afirmar, con el último aliento: «No sé si lo he conseguido, pero lo he intentado. He sido dueña de mis actos: mis errores son míos y también mis aciertos. No he vivido una vida prestada, no he sido una mera copia, ni el instrumento de nadie, la pequeña rueda del engranaje que contribuye a moverlo, hasta el día en que el desgaste le impide seguir haciéndolo y entonces se tira y se cambia por otra». Por el momento me hallaba lejos, muy lejos de eso; no sólo estaba dispuesta a hacer de rueda, sino que vivía atemorizada por si me consideraban defectuosa y ni rodar me dejaban. Pero la cuestión era tener la voluntad, la posibilidad de cambiarlo todo de la noche a la mañana y vivir de otra manera. Y renunciar a eso de antemano, atar mi existencia, supeditarla a la de un niño… ¿Por qué mi vida había de valer menos que la de Diego?

Debido a todas esas prevenciones, mi relación con mi sobrino era incómoda. No lo veía como un niño, sino como una amenaza. Mi primer impulso, cuando lo veía, era salir corriendo. Me sentía desasosegada ante él, culpable, como si su calamitosa madre fuera de algún modo mi falta. Un niño que crece sin madre, ni padre, inspira lástima. Era la inevitable compasión contra lo que tenía que luchar, pues, si sucumbía a la pena, me inspiraría ternura y de ahí a querer cuidarlo y protegerlo había sólo un paso. Así que me acoracé ante Diego. Dejé que lo cuidaran y mimaran mi madre y Maite. Yo representé el papel de la tía severa que reprocha a los demás que malcríen al niño y le consientan todo, la que pide cuentas por una mala conducta o unas muñecas. Eso me exasperaba, que en lugar de los balones y los coches a Diego le interesaran las princesas y las muñecas. Lo veía como un signo de debilidad. Temía que se reprodujera en él el destino de su madre. Diego era un niño especial: delicado, tímido y sensible. Para no tener problemas en la vida, es importante saber adaptarse, ser como los demás. Y si uno nace varón, tiene la obligación de que le apasionen las pelotas y los camiones. Una niña no debe aspirar a ser mosquetero, un niño debe declinar con horror la posibilidad de ser princesa. Cuando yo tenía siete u ocho años, para Carnaval pedí un disfraz de guardia urbano; me fascinaba el poder que irradiaba el uniforme. En su lugar, tío Pablo (¡siempre tío Pablo!) me regaló un disfraz de enfermera, argumentando que las niñas no debían ir vestidas de policía. Me llevé un disgusto, pero cuando me probé el disfraz femenino y vi lo bien que me sentaba, se me pasó: de algún modo comprendí (y acepté) que eso era lo procedente. Es lo adecuado en estos casos, cortar por lo sano antes de que sea demasiado tarde. Y eso hice: puse orden en el pequeño caos que con sus mimos estaba alentando Maite. Tiré a la basura las muñecas de Diego. No protestó por la masacre, se resignó, era un niño pacífico, pero cuando me veía, no se arrojaba a mis brazos, ni yo tenía el menor interés en que lo hiciera.

Manifesté a mi madre que una vida en común con Maite nunca funcionaría. Nos pelearíamos de forma constante, ella no aceptaría mi autoridad, para Maite yo seguía siendo su hermana pequeña. Razoné que ya era hora de que Maite se hiciera cargo de su enfermedad. Era una mujer joven y no podía esperar que su madre cuidara de ella toda su vida, por razones obvias. Debíamos prepararla para cuando se quedara sola. Aduje que miles, ¡millones! de esquizofrénicos en todo el mundo desarrollan una vida completamente normal, con la única salvedad de que cada día ingieren su medicación. En cuanto se encontraba un poco mejor, Maite se rebelaba, lo sabíamos; alegaba que el Risperdal le infundía sueño, la aletargaba, y sostenía que ya estaba curada y no precisaba tomarlo más. Había llegado el momento de que mi hermana asumiera que su afección era crónica y nunca podría dejar de medicarse: conseguido eso, lo principal estaría solucionado, incluso podía pensarse en que volviera a trabajar, lo que a mi juicio le haría mucho bien.

—Adora a Diego —dije—; por él, para no perderlo, no abandonará su tratamiento.

Mi madre me tildó de cínica y, de nuevo (¡por descontado!), de egoísta. Dijo que a los locos, si algo no se les puede exigir, es que sean responsables: de serlo, no estarían locos. Le había costado mucho admitir que su hija mayor era una enferma mental y que nunca dejaría de serlo.

—No sabes lo angustioso que resulta eso para una madre —me confesó—, sobre todo porque, como bien has dicho, llegará un día en que yo no estaré ahí para ocuparme de Maite y lo desesperante es darme cuenta de que no puedo contar con nadie. Confiaba en que tú me ayudaras, ¡y ya ves cómo te has ocupado de tu hermana y tu sobrino! No tienes idea de cómo están, por más que digas: ésa es la verdad.

Añadió que no esperaba de mí que velara perpetuamente por Maite y Diego (como ella había hecho), me conocía demasiado, sabía que no era capaz de tamaño altruismo, pero en su ingenuidad, había creído que sí me podía pedir una pequeña colaboración temporal. A continuación me expuso su plan: yo viviría con Maite y Diego hasta que Alicia se recuperara del todo; entonces, Alicia se iría a vivir con su hijo a la calle de las Carolinas (como debía ser, como hubiera debido ser desde un principio) y mi madre se llevaría a Maite a Andorra, con ella. Me anunció que no pensaba regresar a Barcelona. Le gustaba Andorra, su calma. Cuando se encontrara mejor, alquilaría un apartamento en Les Escaldes con su hermana Conchita, que estaba demasiado sola en Barcelona, y allí vivirían las tres en paz y alegría, Maite, mi madre y tía Conchita. «¡Y tú podrás hacer lo que te pase por las narices!», concluyó, con cierto rencor.

Debo confesar, con vergüenza, que ese final me alivió. Una quisiera albergar siempre la mejor opinión de sí misma. Si alguien me hubiera preguntado esa mañana, cuando descendí del autocar en una plaza de Andorra la Vella, si yo era buena persona, hubiera respondido sin vacilar: «¡Soy buenísima!». Prueba de ello era que acababa de pasar una noche viajando, con harta incomodidad, para estar junto al lecho de mi madre enferma. Tras horas de constantes recriminaciones maternas, mi criterio había cambiado: «Mi madre tiene razón, soy una egoísta». Era cierto: más allá de todas mis teorías y justificaciones, lo único que deseaba, en realidad, era que el resto de miembros de mi conflictiva familia se apañaran entre ellos como pudieran y a mí me dejaran al margen, en libertad para seguir con mi pequeña vida. Me molestaba que mi madre supiera eso de mí, que era una egocéntrica. Deseaba marcharme cuanto antes, porque su mera presencia era un reproche. Asumida, a mi pesar, mi ignominia, lo que me importaba era disimular, que nadie más que yo conociera mi personalidad mezquina, mi profunda cobardía. Lo curioso es que desprecio a la gente egoísta, pero soy incapaz de despreciarme a mí misma. Yo me perdonaba, pero, si llegaban a saberlo, ¿podrían los demás perdonarme?

No obstante, eso sólo lo pensé después, en el viaje de regreso. En aquel momento únicamente tenía en la cabeza algo que había mencionado mi madre.

—¿Qué has dicho sobre Alicia? —le pregunté.

En el autocar que tomé ese mediodía, de vuelta a Barcelona, me removí tanto en el asiento que la mujer que se sentaba a mi lado me llamó la atención y me exigió que me estuviera quieta. Yo me sentía furiosa con mi madre, lo que me había contado era increíble. Había vuelto a dar un voto de confianza a Alicia. Después de tantos intentos de desintoxicación frustrados, había recaído en la esperanza (no puedo emplear otro verbo, para mi madre confiar en Alicia, pese a los múltiples y reiterados desengaños, se había convertido en una adicción). Había hipotecado el piso de la calle de las Carolinas para obtener un préstamo con el que pagar la enésima cura de Alicia, en un centro de rehabilitación absurdamente caro. Cuando puse el grito en el cielo al enterarme del precio, mi madre se disculpó con una sonrisa tímida y argumentó que le habían asegurado que era el mejor de Europa en materia de cocainómanos. ¿Cómo podía ser tan ingenua? En las ocasiones anteriores el problema nunca fueron los centros, sino Alicia, quien jamás tuvo la menor intención de curarse y, por lo que me comentó esa mañana mi madre, seguía sin abrigarla. Le pregunté con qué dinero pagaba esa hipoteca y me respondió que su hermana Conchita se lo prestaba; la idea era que la propia Alicia, una vez recuperada, se lo reembolsaría a nuestra tía con el producto de su trabajo. Era todo un gran despropósito. Lo que me corroía por dentro era que no me hubieran dicho nada. Hacía cinco meses de eso y a mí, ni palabra. Yo debía suponer que Alicia seguía «desaparecida». Mi madre y mi tía, ¡qué almas cándidas! Ahora era yo la ofendida y mi madre la apurada. Hablaba atropelladamente, comiéndose las palabras y desviando sus ojos de los míos, igual que una niña cogida en falta. Con el azoramiento, incluso había recuperado un poco de color en el rostro. Me dijo que al principio todo iba muy bien: tras la desintoxicación, que duró unos días, Alicia pasó dos meses ingresada en el centro, ubicado en las afueras de un idílico pueblecito del Empordà. Era una masía de lujo, encaramada en la loma de una pequeña colina rodeada de bosque, con habitaciones individuales con baño para cada paciente, servicio de restaurante, piscina, jardín, sauna, masajes… Me comentó mi madre, muy ufana, que Alicia no se quejó ni una sola vez durante el periodo que permaneció ingresada, ¡como si hubiera tenido motivos! Aunque mi madre se apresuró a informarme de que no todo era tomar el sol en la piscina y triscar por el jardín: los adictos debían asistir diariamente a seis terapias dirigidas por los terapeutas del centro, que también disponía de un médico y varias enfermeras. «Un sitio muy serio», me informó, poniéndose muy seria. Antes de su operación de caderas, ella y tía Conchita fueron a visitar a Alicia al Empordà un par de veces y la vieron francamente mejorada. «Cuando ingresó —me dijo mi madre —, parecía un fantasma: flaca, pálida, con una mirada triste, muy deteriorada, pero al cabo de sólo unas semanas, ¡se puso tan guapa!». Me mordí la lengua: para mi madre eso, la belleza de Alicia, lo justificaba todo y le daba patente de corso para hacer siempre lo que le viniera en gana. Después de que le dieran el alta en el centro, Alicia se fue a vivir a una residencia para estudiantes que dirigían unas monjas en el barrio de Sarria, en Barcelona. Por «prescripción facultativa» se apuntó a un gimnasio (que también pagaban mi madre o mi tía, claro), al que acudía a hacer deporte todos los días. El ejercicio —me explicó mi madre— libera ansiedad. Por la mañana, Alicia hacía gimnasia; por la tarde, la señorita iba a sus terapias de recuperación para toxicómanos en unas salas de que disponía el centro en Barcelona. Estaba a pensión completa en la residencia; salvo ocuparse de sí misma, no tenía que hacer nada. Pero a mi madre le seguía pareciendo admirable que Alicia lo llevara «tan bien» y continuara sin tomar drogas. Se hablaban por teléfono casi todos los días. Cuando Alicia llevara seis meses de abstinencia, proyectaban darnos la gran sorpresa al resto de la familia. Se produciría un emotivo reencuentro entre Diego y Alicia y se materializaría el proyecto acariciado por mi madre: Alicia y su hijo vivirían juntos en la calle de las Carolinas, Alicia se buscaría un trabajo, Maite se trasladaría a Andorra a vivir con mi madre y tía Conchita y… ¡final feliz! El problema era que, estando Alicia involucrada, los finales nunca eran felices, sino tortuosos, embrollados, trágicos.

Primero empezó a faltar a las terapias. A mi madre la llamó un terapeuta del centro para decírselo. Cuando nuestra madre le pidió cuentas, Alicia le explicó que ya había asistido a muchas sesiones, que todas eran iguales y podía muy bien prescindir de ellas y, en lugar de perder más tiempo, ponerse a trabajar de inmediato para ganar dinero y ser autosuficiente. Le informó de que iba a montar una empresa con una amiga del gimnasio.

—¿Una empresa, Alicia? ¿De qué? —espeté, asombrada, sin poder evitar interrumpirla.

—Una empresa de servicios —respondió mi madre.

—¡Increíble! ¿Qué tipo de servicios?

—No lo sé, eso no lo precisó. Me anunció que me daría todos los detalles cuando el plan estuviera maduro —dijo mi madre. Fue la última vez que habló con ella, de eso haría unos diez días. Lo siguiente que supo de Alicia era que, de nuevo, como tantas veces, había desaparecido. Se temía lo peor, es decir: lo de siempre, que Alicia hubiera vuelto a drogarse. Me dio pena su rostro preocupado, viejo, desconcertado. ¡Qué poco imaginaba que, esta vez, «lo peor» no era lo peor, sino casi lo de menos! Tenía la convicción de que, en ese mismo instante, mientras mi madre y yo especulábamos sobre ella en una residencia de ancianos, Alicia estaba poniéndose hasta arriba de cocaína o, si no podía hacerlo, por falta de dinero, procurándolo afanosamente. Lo que no sabía con certeza, pero barruntaba, era que, además, fuera una homicida. Si la hubiera tenido delante, la habría agredido. Le hubiera propinado una soberana paliza, hasta romperle esa nariz tan coqueta. No sé si mi hermana había matado o no al señor Viladrau, pero lo indiscutible era que estaba acabando con nuestra madre. De la residencia de monjas, Alicia se había marchado sin avisar, en su más puro estilo. Extrañada de no verla en el comedor, ni por la mañana, ni a mediodía, ni a la noche, una monja fue a su habitación y la encontró vacía. Mi hermana se había ido con todas sus pertenencias. (Si además se llevó algo que no fuera suyo, como era su costumbre, eso mi madre no lo mencionó.) Desde entonces no se había comunicado con mi madre, que sufría porque no sabía dónde estaba su hija preferida y me rogó que la buscara.

Me pidió muchas cosas: que me fuera a vivir a la casa de las Carolinas «en cuanto regreses a Barcelona, esta misma noche, y si Maite protesta, dile que yo lo mando». Al tiempo que vigilaba a Maite y me ocupaba de Diego, debía buscar frenéticamente por toda la ciudad a mi otra hermana, la fugitiva. Es decir, que de algún modo debía apañármelas para enviar a mi cuerpo astral a investigar por las calles, mientras mi otro cuerpo, el tangible, acompañaba a Diego al colegio y a Maite al psiquiatra y, si era preciso, la ingresaba en la Clínica de la Mercè. En cuanto a mi trabajo, como dijo mi madre: «No pasará nada porque faltes unos días, nadie es imprescindible. Si no quieres que sepan la verdad, puedes decir que estás con gripe». Cuando apunté que no me sería fácil localizar a Alicia pues Barcelona es una ciudad muy grande y, además, pudiera ser que mi hermana ya la hubiera abandonado, me sugirió varias pistas: los viejos amigos de Alicia, su gimnasio nuevo, María Elena.

—¿Quién es María Elena? —quise saber. Ese nombre me sonaba, pero no podía recordar de qué.

La tal María Elena era la amiga del gimnasio con la que Alicia proyectaba organizar su empresa «de servicios». Mi madre no la conocía, era una amistad reciente, pero Alicia le había manifestado que era una mujer muy dinámica, que había sido ejecutiva de una multinacional, una persona preparada e inteligente, que no consumía drogas ni bebía alcohol. Alicia parecía admirarla y, a juicio de mi madre, la había tomado como un modelo al que imitar. A mi madre le aliviaba saber que no era una amiga de antes, perteneciente a ese círculo de indeseables que, según postulaban en el centro y apoyaba mi madre, mi hermana no debía volver a frecuentar. «A mí me alegró que por primera vez Alicia tuviera una amiga normal, era un primer paso para su nueva vida», reflexionó mi madre. Creía que si alguien tenía noticia del paradero de mi hermana, podía ser esa María Elena, cuyo apellido y teléfono desconocía, pero con quien tal vez yo pudiera contactar a través del gimnasio, el nombre del cual me dio, lo que me hizo silbar: era el gimnasio más caro de Barcelona. ¡Vaya con su alteza la princesa Alicia!

Me dio instrucciones de que la buscara, pero no de lo que tenía que hacer cuando la encontrara. Bueno, sí: «Haz que me llame, sea la hora que sea —me indicó—. He de hablar con ella». No dejaba de ser un asunto entre ellas dos: la madre y la hija pródiga. Yo no era más que un instrumento de búsqueda, sin voz ni opinión. Y que me dijera, antes de irme (después de darme sus llaves de la casa de las Carolinas «para que puedas entrar aunque Maite se ponga tozuda»), que, en caso de apuro, podía dejar a Diego con tía Conchita, me confirmó lo que no era más que una leve sospecha: ellas dos, mi madre y su hermana, concertadas, me habían hecho acudir a Andorra para encomendarme esas misiones; la indisposición de mi madre, el esguince de mi tía, quizá no fueran patrañas, pero sí excusas. Y de nuevo me sulfuró no ser más que una recadera, en mi familia igual que en mi despacho; los que decidían, los «cerebros», eran otros, a mí sólo me usaban. Y otra vez sentí la tentación de hacerme valer ante mi madre y contarle el incidente con Alicia la noche de la muerte de Viladrau. Por fortuna, apareció el enfermero con la bandeja y lo pensé mejor. Cuando me fui, el rostro de mi madre estaba lívido. Protestó que no tenía apetito, dijo que se sentía agotada y sólo quería dormir… Me ofrecí a darle la comida, pero me echó. «Vete —me ordenó—, vuelve a Barcelona. Tienes mucho que hacer». Y yo quise pedirle: «No te mueras todavía, espera un poco, dame tiempo para que desenrede este tremendo lío que es nuestra familia». En parte porque, a mi manera, la quería, pero también porque me espantaba su herencia: mi familia.

Llegué por los pelos al autocar que salía hacia Barcelona a las tres y media de la tarde, provista de una botella de agua y un bocadillo de queso, adquiridos en un bar próximo a la parada. Al poco de partir, cuando saqué del bolso mi bocadillo y empecé a desenvolverlo (llevaba sin probar bocado desde las ocho de la mañana), mi odiosa vecina de asiento me informó de que estaba prohibido comer en el interior del vehículo. «Lo pone en ese letrero bien claro.» Hube de zamparme el bocadillo encerrada en el pestífero cubículo que era el W.C, intentando contener la respiración al tiempo que engullía. Cuando regresé a mi sitio, la chaqueta sembrada de migas que no había alcanzado a sacudir, mi vecina me observó con suspicacia y yo le devolví una mirada altiva que la disuadió de objetar nada, o eso quiero pensar. Durante el viaje cavilé que para encontrar a Alicia, en vez de buscar a la tal María Elena en el gimnasio, lo mejor que podía hacer era visitar a la señora Montse en el puticlub de la calle Vista Bella. Sería una entrevista delicada: la madame me conocía como la abogada que acompañó a Adrover la noche en que murió Viladrau. ¿Pudiera ser oportuno revelarle que, además de abogada, era la hermana pequeña de Marcela? Y pedirle que guardara el secreto, entonces, discreción absoluta, convirtiéndola en cómplice. Y ¿por qué había de serlo? ¿Qué razón podía inducirle a serme leal? Era un movimiento peligroso, me arriesgaba a que la jugada saliera mal y la madame revelara mi doble identidad a la policía o, ¡peor!, a Ignasi Farré, con quien ella había hablado hacía apenas dos días y quien tal vez le hubiera ofrecido algo (dinero, encubrimiento) a cambio de información. Quizá mejor no decirle nada, desempeñar a fondo mi papel de abogada, pero en tal caso, ¿por qué esa mujer iba a deponer su cautela y revelarme datos sobre la tal Marcela que habría ocultado a Ignasi deliberadamente? En las novelas de detectives, cuando le asalta un grave y urgente dilema, el o la protagonista no se duerme, pero yo me dormí, pese a la película de vídeo que ofrecían en el televisor colgante del autocar, trepidante de violencia y acción a juzgar por el estruendo. En la película sonaba un móvil que nadie atendía y me estaba incordiando, ¡me iba a despertar! Me disponía a exigirle al protagonista que lo cogiera de inmediato cuando recibí un codazo en las costillas que me obligó a abrir los ojos.

—Le está sonando el móvil —me anunció la vecina en tono acusador. A tientas, medio dormida, acerté a rescatar del bolso el aparato y me lo puse en la oreja, pese a la mirada furibunda de la vecina, quien sin duda esperaba que lo apagara para poder seguir viendo sin molestias la película.

—¿Sí, quién es? —pregunté, mientras me despertaba.

—Ana, soy yo —contestó Alicia.

Me espabilé de golpe y mi incipiente bostezo se convirtió en grito:

—¿Dónde estás? —vociferé. La vecina chistó. Otros viajeros volvieron sus miradas sorprendidas hacia mí, pero de nuevo grité: «¿Dónde estás?», porque el volumen del televisor me impedía oír a mi hermana.

Alicia farfulló algo al otro lado de la línea.

—¡Grita más! —exigí—. ¡No te oigo! —la cobertura del móvil en el autocar era muy débil y la voz de Alicia se perdía. Giré la cabeza para no ver la expresión indignada de la vecina y miré con desesperación a la ventana, toda mi atención pendiente de ese hilo de voz que me llegaba vacilante desde algún lugar desconocido. Reconstruí nombres aislados, fragmentos de palabras pronunciados de forma vehemente, con urgencia histérica. Alicia mencionó a Maite varias veces, también a Diego, y me pareció reconocer la palabra «desgracia» y la expresión «cualquier cosa» en su incoherente exhortación. «¡Corre! ¡Corre!», me apremiaba, eso sí que lo comprendí bien. «¿Adónde?», le pregunté, cada vez más angustiada. Por suerte, su respuesta me llegó nítida.

—¡A casa de mamá, a las Carolinas!

—¿Por qué? ¿Dónde estás? —la interpelé, pero se cortó la comunicación. Localicé en el móvil el número desde el que me había llamado. Era el del móvil de Maite. ¿Estaban juntas? ¿Qué hacía Alicia en casa de Maite? Me puse frenética. Esa llamada era un aviso. Algo grave estaba sucediéndoles a Diego o a Maite, o a los dos a la vez, y yo no podía remediarlo. Creo que la vecina me amenazó con quejarse al conductor si volvía a usar el móvil y me parece recordar que mascullé «¡Cállate, pesada!», o algo similar, pero no pude contactar de nuevo con mi hermana. Me había quedado sin batería. Es desesperante recibir una llamada de alarma cuando estás en un autocar de línea que va haciendo paradas. Me apeé en Igualada. Me metí en un taxi, le pedí que se dirigiera a Barcelona «todo lo deprisa que pueda» y le di la dirección de la casa de mi madre, en la calle de las Carolinas.