Perseguidoras

Clara Usón · Capítulo 7 de 19

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Perseguidoras

Capítulo 7

 

¿Es posible que un príncipe se convierta en princesa? Si de verdad lo desea, sí; eso afirmaba tía Maite. Y le proporcionaba ejemplos de grandes transformaciones históricas: el sapo que se muda en príncipe al ser besado por una hermosa joven, la oruga que se metamorfosea en mariposa… Pero Diego no tenía claro que eso fuera mejorar: prefería las orugas a las mariposas. Las orugas son moldeables e inofensivas. Puedes cogerlas con los dedos y apretarlas hasta formar una bola, y no muerden ni protestan ni se dañan en el proceso. Las mariposas, en cambio, le infundían miedo con su vuelo imprevisible, aunque no se atrevía a confesarlo. En una ocasión cobijó en una caja de zapatos con agujeros en la tapa a un gusano de seda que alimentaba con hojas de morera. Un buen día se transformó en un capullo algodonoso de un blanco sucio y su tía le anunció: «Dentro de poco verás una mariposa». Pero eso no sucedió; la crisálida nunca llegó a ser mariposa, el gusano se había muerto.

Lo que no mencionaba su tía es que algunas transformaciones son espantosas. Ella, sin ir más lejos, se había convertido en una bruja.

En los cuentos, las brujas atacan a las princesas, que a su vez son rescatadas por los príncipes. Pero a los príncipes no los salva nadie, se han de defender ellos solos. A él, para ser un príncipe, le faltaban el caballo, la armadura y la espada, y algo más, imprescindible: el valor, las ganas de pelear. Él jamás pegaba a nadie. Pero a él sí le zurraban los niños de su clase. Le propinaban puñetazos y patadas mientras se mofaban de él. «¡Mirad cómo llora! Eres una nena —le acusaban—. Diego Manera es una niña, ¡Dieguita!». Él, ante eso, sólo era capaz de arrodillarse y protegerse la cara con las manos, confiando en que se cansarían de golpearle o acudiría la profesora a poner orden. Era humillante tener que ser defendido por la profesora. Si fuera una niña, no le pegarían.

No podía negar que le gustaba jugar con muñecas y corretear por la casa encaramado a los zapatos de tacón de su tía, para escándalo de su abuela, pero una cosa es disfrazarse de niña y otra, ser una niña. Aunque tal vez su tía tuviera razón y él, en verdad, fuera una princesa, una oruga a punto de convertirse en mariposa. Entonces podría escapar. Ahora que su abuela estaba en Andorra, la única posibilidad que tenía de sustraerse a las garras de la bruja era mediante la intervención de un príncipe. Por eso se dejaba vestir con ropas de niña, para parecer una princesa, pues si seguía teniendo aspecto de varón, el príncipe, al verlo, creería haberse equivocado y pasaría de largo.

Ese día la princesa Désirée se había puesto su minifalda nueva y estaba muy guapa. Se hallaba en la calle de las Carolinas, delante del portal de su casa, un edificio blanco que parecía un radiador, en cuyo tercer piso, puerta B, vivía con la bruja, su tía. Había escapado aprovechando que ésta la había dejado sola. Proyectaba huir hasta la calle Trilla, donde se ubica el cuartel de la guardia urbana, y decirles a los señores policías que se había perdido y que, por favor, la llevaran a Andorra con su abuela. Llevaba consigo todos sus ahorros: siete euros y cincuenta y tres céntimos (una cantidad considerable), por si tenía que pagar el billete del viaje a Andorra o precisaba comprar una bolsa de patatas fritas o una coca-cola.

Era media mañana, a eso de las doce. Como siempre, había señoras y señores turistas apostados en la esquina con cámaras fotográficas, admirando el castillo, haciéndole fotos. No era de extrañar, pues era un castillo precioso. Se alzaba en la acera de enfrente, un poco a la derecha de la casa de la princesa, quien para verlo desde su ventana había de estirar el cuello. Tenía la fachada recubierta de azulejos de colores y también floreados, que le daban un aire alegre, de castillo hospitalario. Su abuela le había explicado que fue diseñado por un arquitecto muy famoso, el señor Gaudí, a quien atropelló un tranvía. Por alguna extraña razón, se llamaba Casa Vicens, pero la princesa no tenía la menor duda de que se trataba de un castillo, su castillo, con almenas, aspilleras y todo lo necesario. No era bélico, sino pulcro y femenino, era evidente que su dueña sería una dama exquisita. Muchas mañanas lo inspeccionaba desde el balcón de su casa. Podía verse a sí misma asomada a una de las ventanas ojivales de la última planta o, mejor aún, al mirador de la torre que lo coronaba por su flanco derecho, ataviada con el velo de tul que suelen llevar las princesas en la cabeza, esperando a que el príncipe viniera a rescatarla. El príncipe sería japonés, rubio y con ojos azules, y aparecería montado en un caballo blanco, una espada al cinto y un arco con su aljaba pendiente de un hombro. Ella, desde la altura del mirador, agitaría un pañuelo en el aire para que la viera.

Asomó apenas la cabeza por el portal y oteó la calle hacia su derecha. Ahí estaba la bruja, con sus pelos de punta que jamás se peinaba, el viejo chaquetón de leopardo sintético que solía ponerse para salir de casa, aunque hiciera calor, como ese día, y, fuertemente aferrado con la mano derecha, el bolso negro de piel que le había regalado la abuela por su cumpleaños. Iba y venía por la acera sin cesar, como si estuviera atareada, la cabeza gacha, amonestando con severidad a las baldosas. Aprovechando que le daba la espalda, la princesa cruzó corriendo la calle y se plantó delante del castillo. Su verja de hierro forjado en figuras que semejaban palmitos, o colas de pavo real, estaba abierta y dejaba entrever un sendero de grava que se perdía al fondo del pequeño jardín. Justo detrás de la verja había un niño de unos diez años, sentado sobre un cajón de frutas invertido. Tenía expuestos en el suelo, ordenados en fila, fragmentos de azulejos de la fachada, algunos muy mellados, otros casi enteros. Junto al cajón había un letrero ensartado en un palo, con un texto que la princesa no podía leer porque había dejado el colegio justo cuando le estaban enseñando las letras. No obstante, preguntó al niño y se informó de que vendía azulejos rotos del señor Gaudí, a razón de un euro la unidad. Un euro es mucho dinero; se iba a hacer millonario. Sintió envidia, estuvo tentada de pedirle al niño que le dejara vender piedras con él, pero no se atrevió porque era tímida y, además, si se quedaba allí, la bruja podía sorprenderla. Pegada a la pared, la princesa fue avanzando despacio por la acera, sin perder de vista a su tía, que ahora había alzado la cabeza, vociferando a las nubes y mostrándoles el puño, indignada por algo. La princesa Désirée se hallaba muy cerca de la esquina donde hacían fotos los turistas. De los que frecuentaban la calle, los japoneses eran sus preferidos, sobre todo las mujeres. La princesa buscaba sus sonrisas, mirándolas con expresión risueña, y las señoras japonesas, indefectiblemente, le sonreían de vuelta y algunas, las más audaces, le rozaban la cabeza con la punta de los dedos, en una caricia sutil, educada. La princesa a menudo soñaba con tener una madre japonesa, rubia y con ojos azules.

Aquel día se dio la feliz casualidad de que todos los turistas eran japoneses. Procedían de un autocar que estaba aparcado en la acera contraria, en el otro tramo de la calle, casi en la confluencia con Mayor de Gracia. La bruja chillaba tanto que los japoneses, en vez de contemplar el castillo, la miraban a ella, con la expresión perpleja y alarmada con que se observa lo que no se entiende. La princesa estaba pasando mucha vergüenza. Una dama japonesa que se protegía del sol con una sombrilla la plegó con delicadeza y subió al autocar. La princesa todavía estaba admirándola cuando la sobresaltó el grito que hizo estremecer la calle y dar un respingo a los turistas: «¡DIEGOO!». ¡La había descubierto! Atravesó la calle precipitadamente, obligando a un motorista a sortearla, con riesgo de su vida, y se montó en el autocar tras la japonesa.

 

*

 

Eres un desastre, Virgen María. No sirves ni para vigilar a un niño. Te quedas embobada viendo el serial y no te enteras de lo que sucede a tu alrededor. Se acabó; no te voy a poner más la tele. Por tu culpa una japonesa ha estado a punto de secuestrar a Diego, ¡perdón!, a la princesa Désirée. Por suerte, los he pescado a tiempo. Se ha armado una escandalera: la japonesa me gritaba en japonés, suponiendo que no la comprendía. Ignora que poseo el don de lenguas y he entendido demasiado bien todo lo que me ha llamado: gorda, estúpida, estafadora y cosas peores que no repito, porque te horrorizarían. El conductor del autobús, un español, se ha puesto de su parte y a punto ha estado de avisar a la policía, sólo porque le he atizado un guantazo a la turista. ¡Qué menos! Me estaba insultando. Lo peor de todo era oír a Dios partiéndose de risa, a carcajada limpia. Hemos tenido una pelotera tremenda en la calle, Dios y yo. Quiere que vuelvas al cielo, está furioso contigo y, de remate, conmigo, porque te he acogido en casa. Le he intentado explicar que no tengo nada que ver con tu abandono, es cosa tuya: te has plantado en mi casa de la noche a la mañana, como una okupa, y, por más que te lo pida, no hay forma de que te vayas. Me has puesto en una situación muy comprometida. Dices que Dios te maltrata, pero ¿yo qué puedo hacer? Lo que necesitas es un buen psicólogo, Virgen María. Se me parte el corazón, porque he tenido que castigar al niño. Bien sabes que eso es como castigarme a mí misma. Lo he encerrado con llave en el armario ropero de la habitación de mamá. Va a quedarse allí hasta mañana, sin comer ni beber, para que aprenda que no debe huir de mí. Mi pobre princesa… ¡Con el pavor que le da la oscuridad! Pero no hay más remedio, he de darle un escarmiento para que no vuelva a hacerlo. ¿Por qué querrá escapar? ¡Si yo lo adoro! Eso es lo que me duele, Virgen: tener que castigarlo, cuando lo que quisiera es abrazarlo y comérmelo a besos. Yo tuve un novio, Juan, que me dejó (por supuesto, por culpa de Dios), y de quien estuve muy enamorada. Era muy hablador, no callaba, pero yo soportaba su cháchara a la espera del momento en que por fin se quedaría sin nada que decir y me cogería en sus brazos. Y, cuando eso sucedía (muy rara vez), yo era feliz. Recuerdo que pensaba: «Quisiera morir ahora, así». Abrazada a mi novio, con los ojos cerrados. Sospechaba que si permanecíamos unidos mucho tiempo, llegaríamos a experimentar algo parecido a una fusión, nos convertiríamos en un solo ser, una especie de andrógino: eso es el amor. Y con Diego, con la princesa Désirée, me sucede lo mismo: quiero fundirme con ella, con él. Siento que es mío. Que lo pariera Alicia es sólo un accidente, la verdadera madre de la princesa soy yo. Los judíos… No protestes, Virgen: permíteme hablar de los judíos. Me consta que los aborreces porque no creen en ti, pero no te preocupes, yo voy a arreglar eso. Has de saber que soy el Mesías que los judíos llevan siglos aguardando y, cuando tome posesión de mi cargo, les revelaré que sí existes y les ordenaré que te erijan altares en sus sinagogas, pero, en vez de velas, que no te interesan, haré que te pongan televisiones. ¡Ya estás contenta! Eres como una niña, ¡qué poco se necesita para que pases del llanto a la risa! Bien, pues en algún lugar de la Torah, el libro sagrado de los hebreos, se menciona el Sheol, el estado en que se sumen los seres humanos cuando mueren, un limbo donde las almas flotan inmersas en una suerte de letargo, sin tiempo, conciencia, ni identidad, una sombra de vida, como la de la larva envuelta en la crisálida. Eso es lo que deseo para mí y para Diego.

Virgen… ¡Qué quisquillosa eres! ¡Es que se me olvida! Son muchos años de llamarte Virgen María, me va a costar llamarte María a secas. Ya sé que no eres Virgen y te diré una cosa: nunca lo creí, ni cuando tenía siete años y quería ser monja. María: tienes que irte de aquí. Ya tengo bastantes problemas, no puedo hacerme cargo de los tuyos. Mi familia me acosa: mi madre me telefonea varias veces todos los días, y Ana, hace un rato, cuando discutía con Dios, me ha llamado al móvil. Le he indicado que no podía hablar porque estaba reunida y me ha dicho que sólo quería avisarme de que no podría venir a comer. ¡Menos mal, porque no me acordaba de que hoy es miércoles! Me siento hostigada, no me dejan tranquila: de un lado Dios, que no para de meterse conmigo, ni siquiera cuando duermo, dándome la tabarra con lo de las palomas y yo eso, Virgen, no quiero hacerlo. De otra parte, mi familia. Yo pienso: si no les llamo, ni doy señales de vida, se olvidarán de mí, pero no lo consigo. Tengo treinta y siete años y me siguen tratando como a una niña. Mi madre y Ana están obsesionadas con que me tome el Risperdal. Las muy simples creen que si dejo de oíros, me pondré bien. Lo que no comprenden es que todavía sentiré más angustia, porque aunque no os escuche, sabré que estáis ahí, que Dios sigue estando en todas partes, tramando ruindades… ¿Oyes cómo grita? No es Dios, es el niño, su voz llega ahogada desde el fondo del armario. Me está pidiendo, ¡suplicando!, que le deje salir. Jura y promete que no volverá a escapar. Llora, dice que tiene miedo, ganas de hacer pipí, me pide que le perdone, María, pero no puedo.