Placer Cornudo_ Las perversas fanta

Valentina Vinson · Capítulo 17 de 33

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Placer Cornudo_ Las perversas fanta

Capítulo 16

Proposición

María y Adrien me acompañaron al restaurante dando un agradable paseo por la playa que me permitió conocerlos un poco más. Ella, como ya había percibido por su acento, era brasileña afincada en Francia, y él francés.

Adrien no hablaba muy bien el español, pero lo suficiente para entendernos.

Durante el almuerzo tuvimos una conversación animada sobre su primera vez en Menorca y cuánto les estaba gustando para repetir el verano siguiente. Adrien no era muy hablador, pero en un par de ocasiones por debajo de la mesa «sin querer» rozó mi pierna al moverse. Supe que le gustaba, su mirada y su sonrisa pícara lo delataban y me estaba poniendo muy cachonda aquel jueguecito a escondidas de su mujer.

María con su encanto natural y su voz melodiosa amenizaba lo que ocurría bajo el mantel. Me los imaginé en mi casa, tomando una copa en la terraza y dejándonos llevar por nuestros instintos. Recordé la noche con Ivanna y cuánto me gustó su aroma de mujer, quería repetir con aquella mulata bajo la mirada de nuestros maridos, o quizá que Adrien también participara y Rai nos observara sin perder detalle. Las posibilidades eran múltiples, como los escalofríos que recorrían mi cuerpo al pensarlo.

Intercambiamos nuestros teléfonos y acordamos encontrarnos alguna noche de sus vacaciones para cenar junto con mi marido en aquel mismo restaurante. Eran casi las cinco de la tarde y me fui a casa, necesitaba calmar el fuego que había en mí y Rai iba a ser el afortunado, me dije sonriendo.

Al llegar lo encontré de pie en medio del salón hablando agitadamente con alguien por teléfono, deduje que sería un cliente. Dejé mis cosas y me acerqué por detrás para abrazarlo y directamente agarrarlo de su entrepierna dejando claras mis intenciones.

Se dio la vuelta y me miró sonriendo. Me arrodillé en el suelo, me recogí el pelo en una coleta alta y desabroché la hebilla de su pantalón, luego el botón y bajé la cremallera. Deslicé los pantalones hasta los tobillos y le ayudé a desprenderse de ellos. Bajo su bóxer me esperaba duro. Le libré de la ropa interior y sin preámbulos saqué la lengua para lamerlo en plenitud de abajo arriba, un primer largo y lento lametón que lo encendió.

Me la metí en la boca, la rodeé con mis labios y dejé que entrara despacio, acariciándola con la lengua y presionando suavemente sobre ella.

Aumenté la intensidad y Rai no tardó en sujetarme de la cabeza para marcar el ritmo y profundidad que más deseaba.

Se despidió de la persona que había al otro lado del teléfono y se centró en mí y en su propio placer. La saqué de la boca, estaba muy dura y palpitante, con ella me di pequeños golpes en los labios sin dejar de mirarlo fijamente. Estaba ansioso, quería que me la metiera en la boca y siguiera, pero lo hice esperar un poco. Cambié la boca por la mano, mientras me bajaba los tirantes del vestido para dejar al descubierto mis tetas.

—Quiero que te corras y me llenes de ti —dije sensual, le encantaba que le dijera aquello.

Me la volví a meter en la boca y dejé que de nuevo marcara el ritmo, en pocos minutos su esencia goteaba por mi barbilla y caía en mis tetas. Rai todavía respiraba agitado.

—Me encanta cuando llegas a casa tan contenta —dijo sonriendo.

Me fui a dar una ducha y no tardó en aparecer en el baño para acompañarme.

El agua nos caía por encima como una lluvia, Rai me acariciaba por todo el cuerpo con pasión, pronto volvió a encenderse para mí. Apoyé la espalda en las baldosas y se arrodilló frente a mí para devolverme el placer que le había dado hacía unos minutos.

Sumergida en la ola de placer que me recorría le solté lo que estaba pensando:

—Rai, quiero follarme a una pareja y que tú nos mires.

Se detuvo de golpe y se puso en pie. Sentí que algo no iba bien, aquella reacción no era normal en él.

—¿Todo bien? —pregunté intentando entender qué le ocurría.

—Ya no te quiero compartir más —dijo contundente quitándose los restos de jabón y saliendo de la ducha.

—¿Por qué? ¿Qué te pasa?

—No me ocurre nada, simplemente no quiero seguir con ese juego.

—De acuerdo, no pasa nada. Pero ¿por qué te cabreas? —dije algo molesta con su reacción muy impropia de él.

—No me cabreo, pero me ha molestado que me lo dijeras justo en ese momento.

No entendía nada, en muchas otras ocasiones le había propuesto cosas justo en esos momentos y jamás le había molestado.

—Vale, cariño, lo siento y no era mi intención. Vuelve a la ducha, terminamos con lo que estábamos haciendo y ya hablaremos —dije sonriendo todo lo sensual que pude para salvar la situación.

—No me apetece. Te espero en el salón —dijo poniéndose el albornoz y saliendo del baño.

Me cabreé, mucho. Estaba enfadada con él y su reacción, molesta por dejarme a medias y con un calentón que no sabía cómo gestionar. Encima se había ido de aquella forma como si yo hubiera hecho algo malo, era un capullo y me iba a oír.

No tardé en plantarme en el salón envuelta en el albornoz y goteando agua por donde pasaba.

—¿Se puede saber qué te pasa? —solté de golpe de malas maneras.

—He tenido un día muy complicado, no me apetece hablar y menos de esta forma —dijo casi sin mirarme a la cara.

—Pues a mí sí me apetece hablar y tú me vas a escuchar —dije alzando el dedo índice a modo de regañina.

Rai se puso en pie frente a mí y al verlo ahí tan imponente y con el cabreo que llevaba yo, me puse cachonda. Lo empujé de los hombros y le hice caer sentado en el sofá. Me senté a horcajadas encima de él. Ambos seguíamos con el albornoz puesto, busqué bajo su tela y lo encontré duro.

Sabía que aquellos cabreos nos ponían a los dos muy cachondos.

Me la metí hasta el fondo y empecé a botar sobre él.

—Si no quieres que folle con una pareja, me lo dices —dije con la respiración entrecortada por mis movimientos encima de él.

—No quiero, quiero follarte solo yo —dijo levantándome por la cadera y embistiéndome con más fuerza haciendo que gimiera.

—Una pena, me encanta cuando me miras follándome a otros —añadí agarrándome a sus hombros y poniéndole las tetas en la cara.

—Eso se acabó, cariño —sentenció hundiendo su polla hasta el fondo fuerte en mí provocándome un orgasmo que me hizo gritar y sacar toda la rabia del cabreo que llevaba.

No hay nada mejor que zanjar las discusiones con un buen polvo.

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