Precariado

Guy Standing · Capítulo 8 de 8

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Precariado

06. Hay futuro

06

 

Hay futuro

 

«Alzaos cual leones tras un profundo sueño,

Y en número invencible

Arrojad a la tierra vuestras cadenas,

Caídas sobre vosotros mientras dormíais, como el rocío.

Vosotros sois muchos; ellos son pocos.»

Shelley

«La máscara de la anarquía», 1819

 

El precariado ha dejado atrás la fase en la que era una masa abatida de gente vencida que experimenta inseguridad y privación, con actos ocasionales de rebeldes primitivos que suben los ánimos. Ha superado el periodo de reconocimiento. Los números se multiplican, así que por más que lo intenten, los establishments no pueden negar la existencia del precariado o de lo que representa. Una nueva política progresista aparecerá a medida que los nuevos integrantes hagan crecer el precariado hasta convertirlo en algo casi mayoritario, al menos entre los miembros activos de la sociedad.

Cuando los partidos políticos convencionales reduzcan el número de trabajadores en los servicios sociales, la vía paternalista libertaria a la condicionalidad colapsará en la ineficiencia, la inequidad y las contradicciones. Habrá una escalada de costes, proliferarán los errores del tipo I, y numerosos ciudadanos perderán sus derechos sin justificación. La moral de los funcionarios públicos se quebrará. Proliferarán los delatores, y se volverán más audaces al hallarse comprometidos éticamente, obligados como están a sostener un sistema iliberal que podría volverse contra ellos, o contra sus familiares o amigos. La resistencia desde dentro podría ser tan poderosa como la resistencia opuesta por el precariado y sus aliados. Cuanto antes, mejor.

 

El azote de la incertidumbre

Para entender adecuadamente el dilema del precariado, o los tiempos en los que vivimos, debemos entender el azote de la incertidumbre. El modelo neoliberal genera una incertidumbre crónica. Para el precariado, la incertidumbre es permanente: ¿De donde vendrá el próximo golpe? ¿Necesitaré asistencia o algún crédito? ¿Qué pasará si pierdo el empleo o caigo enfermo? ¿Seré capaz de obtener las prestaciones que me permitan sobrevivir? ¿Perderé mi casa? El precariado también debe contar con el constante endurecimiento del régimen de prestaciones, sin la oposición de los que son pagados para que se opongan.

El carácter múltiple de la incertidumbre es lo que une a los suplicantes. Deben agachar la cabeza y apretar los dientes en su humillación estructurada. Pero, de vez en cuando, una pequeña presión extra los despabila, individual o colectivamente. Las muecas silenciosas dan paso las quejas abiertas, y estas dan paso a la toma de conciencia de que su situación es insoportable. Esta es una condición global. Los agricultores indios que afrontan la incertidumbre de precios se suicidan en un número horriblemente grande. En el mundo industrializado se han disparado los suicidios desde el comienzo de la austeridad (Stuckler y Basu, 2013). No es la familia ni las casas lo que lleva a la gente a estos extremos; es la falta de sociedad, negada por la distopía neoliberal. Cuando Margaret Thatcher —descrita por David Cameron como la «más grande primera ministra en tiempo de paz» del país— dijo que no había «una cosa llamada sociedad», lo que quería decir es que para un neoliberal «no debería haber una cosa llamada sociedad». Es la destrucción de las comunidades de apoyo, y el desprecio a la ética, los rituales y las reciprocidades que conforman las comunidades ocupacionales, sociales y culturales, lo que carcome al modelo neoliberal. El resultado es la incertidumbre crónica, sin que haya una estrategia para superarla.

 

La importancia de las alianzas

A la hora de forjar un programa político para el precariado, será esencial construir alianzas interclasistas a favor de objetivos concretos. En algunos casos, las alianzas deberían ser relativamente fáciles. Así, los profitécnicos y gran parte del salariado deberían querer que se desmercantilizara la educación (artículo 23). Todas las clases deberían estar dispuestas a luchar por el reestablecimiento del proceso debido, por temor a que pudieran ser las siguientes a las que se deniega ese antiguo derecho civil. Los profitécnicos verán cómo los actuales conceptos y estadísticas oficiales sobre actividad laboral y sobre trabajo asalariado distorsionan su realidad tanto como la del precariado. Y el salariado verá lo estúpidos y caros que se han vuelto los mecanismos de reclutamiento de hoy.

El núcleo de la vieja clase obrera tiene dificultades para apoyar un derecho a una renta básica, pues considera que su interés a corto plazo reside en la defensa del viejo sistema de seguridad social. Pero ese sistema se está desmoronando rápidamente, mientras los salarios siguen desplomándose. En realidad, donde quizá surja una alianza interclasista sea en torno a la pobreza de rentas. Aquí el obstáculo al progreso es el sesgo laborista de la socialdemocracia. De forma característica, en la celebración en 2013 del decimoquinto aniversario de la marcha de los derechos civiles sobre Washington y el dicurso del «He tenido un sueño» de Martín Luther King, los laboristas americanos aprovecharon la ocasión para pedir un aumento del salario mínimo. En realidad, King (1967: capítulo 5) defendió convincentemente una renta básica para todos:

Ahora estoy convencido de que el enfoque más sencillo resultará ser el más efectivo: la solución de la pobreza es abolirla directamente mediante una medida ahora ampliamente discutida: la renta garantizada […]. Tendrán que idearse nuevas formas de trabajo que potencien el bien social para aquellos para quienes no están disponibles los empleos tradicionales […]. Habrá un montón de cambios psicológicos positivos que resultarán de una seguridad económica generalizada. La dignidad del individuo florecerá cuando las decisiones que afectan a su vida estén en sus propias manos, cuando tenga la seguridad de que sus ingresos son estables y ciertos, y cuando sepa que tiene los medios para su autodesarrollo.

No podría decirse mucho mejor.

 

De residentes suplicantes a ciudadanos portadores de derechos

La política social moralista debe ser atacada implacablemente. Sobre esto debería haber una alianza entre los libertarios, incluidos los liberales clásicos, y los progresistas. No debería apoyarse el paternalismo ni su inevitable inclinación a la coerción. La política social moralista deber ser sustituida por una política basada en derechos. Con esta última hay una presunción de inocencia, a menos que se alcance otra conclusión mediante el proceso debido. Con la política moralista hay una tendencia a presumir la culpabilidad hasta que la persona demuestre su inocencia, una tendencia a creer que si alguien está pasando por dificultades es por su propia culpa, o por su vagancia o sus deficiencias personales. Se exige a la gente que pruebe que lo merece antes de concederle nada.

Si un hombre en una barca se precipitara contra las rocas y cayera al agua, no preguntaríamos si fue por su culpa antes de rescatarlo, o lo lanzaríamos al agua de nuevo si descubriéramos que había sido descuidado. Tampoco le pediríamos que probara nada antes de darle comida y ropa. Nos moveríamos por sentimientos morales y por el reconocimiento de que todo el mundo tiene el derecho a vivir y a ser tratado con dignidad. La política social ya no procede sobre esa base: demanda la prueba de comportamiento apropiado antes de conceder la ayuda.

La política ha experimentado la pérdida de la virtud a medida que se ha vuelto más moralista para con los desafortunados de la sociedad. El neoliberalismo legitima la codicia, y los que promueven esa ideología se comportan de acuerdo a ello, engañando en los gastos, aceptando sobornos, escondiendo el dinero en paraísos fiscales…, la lista continúa. Un ministro a cargo de la reforma del sistema de bienestar se beneficia de enormes subsidios agrícolas que su gobierno no quiere frenar. Mientras tanto, predica contra la «dependencia del Estado» e impone condicionalidades aún más estrictas a los desesperados suplicantes.

La política moralista va unida al paternalismo, que se hace más duro conforme sus defensores se vuelven más mesiánicos. Cada vez es mayor el número de personas que se ven afectadas por el abandono del proceso debido y el aumento de las preguntas impertinentes y entrometidas, y de la coacción, en el sistema asistencial y en otros lugares. Más tarde o más temprano, una parte suficiente del salariado y los profitécnicos sentirán que las violaciones de la libertad están peligrosamente cerca de ellos y de sus familiares y amigos. Rechazarán a los ideólogos y a los moralistas. Deben hacerlo.

 

Recuperar el lenguaje del progreso

En la era posterior a 1945, el lenguaje del discurso político favorecía los derechos y el igualitarismo. Entonces los neoliberales se apoderaron del lenguaje, ideando imágenes que encajaban con su ideología. Así, por ejemplo, «bienestar» cambió de ser una palabra positiva a ser el emblema del fracaso y de la «dependencia del Estado». Las prestaciones por discapacidad se han convertido en «asignaciones», lo que convierte un término que sugiere derechos en otro que sugiere un pago condicional discrecional. A los desempleados se les llama «clientes» y a los que tratan con ellos «asesores», cuando lo que está ocurriendo es que se está diciendo a los desempleados lo que tienen que hacer, so pena de ser sancionados. Se abusa deliberadamente del lenguaje. Y a los socialdemócratas les faltó tiempo para adaptarse, contribuyendo al léxico de los términos antiprogresistas.

Con todo, una característica de la era de la austeridad y de la extensión del precariado ha sido la irónica invención de palabras y frases subversivas, con jerga de crisis que satiriza a los políticos y los banqueros. Ha ayudado a limpiar el aire. Ahora es momento de ir más allá, de crear un lenguaje de imágenes positivas.

 

Resucitar el futuro

Algunas voces sombrías han dicho que el futuro murió en la década de 1970, y que desde entonces el mundo fue condenado a un consumismo eterno basado en el crecimiento continuo. A esos Jeremías podríamos decirles que solo podrá emerger plenamente una visión ecológica de la buena sociedad cuando se ponga en evidencia que la distopía neoliberal del crecimiento permanente es insostenible y socialmente divisiva. El «fin del futuro» parece repetirse en cada fase decadente de las épocas, antes de que comience la próxima transformación. Así pasó en la Baja Edad Media, antes del Renacimiento; se repitió a finales del siglo XVIII, antes del surgimiento del romanticismo; y ocurrió a finales del siglo XIX, antes del surgimiento del socialismo. Ahora está naciendo un futuro a partir de los fracasos del proyecto neoliberal.

El futuro debe tener una base de certidumbre. Aquí encontrará la unidad el precariado. Para la primera variedad de precariado, que sale de las comunidades de la vieja clase obrera, la inseguridad crónica ha alimentado la pérdida de ciudadanía, la pérdida de derechos adquiridos. El Estado de bienestar se construyó sobre su base. Ahora miran hacia atrás y escuchan las sirenas del populismo. Una renta básica como derecho restauraría una sensación de seguridad y el sentimiento de que son ciudadanos, demostrando que el Estado se cuida de ellos, cosa de la que ahora dudan.

Para la segunda variedad, en su mayoría los inmigrantes y las minorías saben que son residentes, y no sienten que pertenecen plenamente a ninguna comunidad. Aunque son un gran contingente, muchos sienten que no tienen ni presente ni futuro. Para ellos, aun si tuvieran que esperar, una renta básica les permitiría afirmarse como miembros de la sociedad, con un derecho económico que sería la base de la ciudadanía, y promovería la implicación en el ágora y en la vida de la polis.

Para la tercera variedad, la vanguardia del precariado, el espíritu prometeico de los jóvenes con formación universitaria alienta el deseo de combinar el trabajo con el ocio de la schole, lo que significa un constante aprendizaje y una constante participación en la vida pública. Por lo general, también son residentes sin derechos en el Estado. Entienden la amenaza que plantea la mercantilización, y son las víctimas de la mercantilización educacional en particular, con un costoso billete de lotería en la mano que vale poco y la promesa de una «carrera» que son incapaces de construir.

Lo que hace progresiva a esta parte del precariado es que está desligada del laborismo. Sus miembros pueden ver el valor del trabajo como actividad y de la schole. Para ellos, una renta básica no solo sería un fuente de seguridad sino que también sería liberadora, en tanto que les permitiría conseguir el otro activo fundamental de una sociedad terciarizada: más control del tiempo, más calidad de espacio, una educación no mercantilizada y una participación en el capital financiero.

La esencia de una Carta del precariado es la afirmación de que deben juntarse muchos elementos dispersos; que ninguna medida aislada es la panacea o una varita mágica. Lo que debe reconstruirse es un ethos basado en los grandes valores de la compasión y la empatía. Nadie debería arriesgarse a despertar al cabo de los años pensando que no tiene el derecho moral de quejarse porque no hizo nada cuando tenía la energía y no le gustaban las realidades sin futuro que le rodeaban. El cambio solo puede venir si actuamos, no simplemente si nos quejamos.

El triunfo solo acontecerá cuando el precariado se haya abolido a sí mismo. Entonces la sociedad podría basarse en la búsqueda general de una vida de ocupación, trabajo en general y ocio. Es demasiado pronto para decir si habrá futuro después de eso. Lo que toca hacer ahora es acelerar la llegada del siguiente.

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