Precariado
02. La era de la austeridad
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La era de la austeridad
La ideología neoliberal que guió a los gobiernos desde 1980 en adelante desembocó en lo que ahora llamamos globalización. Se urgió a las economías, las empresas y los individuos a hacerse más «competitivos» a fin de triunfar en la economía global de mercado. Los gobiernos volvieron a regular los mercados de trabajo para hacerlos más flexibles, desmantelaron las instituciones de la solidaridad social, redujeron los mecanismos de seguridad social y económica y mercantilizaron la educación para que sirviera a los intereses de las empresas. Estos cambios expandieron el número de residentes, al tiempo que cobraba forma el precariado.
Al principio no se notó la pérdida de derechos porque una suerte de «pacto fáustico» creó la falsa sensación de auge y prosperidad. Los gobiernos disfrazaron la caída de los salarios reales —necesaria para competir con la fuerza de trabajo de las economías de mercado emergentes y producida mediante políticas de flexibilización laboral— con una mezcla de dinero fácil y subsidios laborales. Las crecientes desigualdades, y la aparición de una élite plutocrática, se vieron como corolario de la competitividad. Después de 2008, todo eso cambió.
La subsiguiente era de la austeridad ha expuesto y exacerbado las tendencias desencadenadas por la globalización que los gobiernos habían ocultado. Las desigualdades han crecido; los salarios han caído más aún; han crecido el desempleo, la pobreza y el número de los sin techo. Los gobiernos han recortado las ayudas al precariado, al tiempo que han aumentado los subsidios a los ricos. Cada vez más gente pierde derechos; cada vez son más los que se unen al precariado.
Mientras tanto, se abre paso una gran convergencia: los salarios suben en las economías emergentes mientras caen en los países industrializados, un proceso que todavía se prolongará durante años. Los países ricos se han vuelto economías rentistas que reciben crecientes ingresos en beneficios y dividendos de las operaciones e inversiones de ultramar. Esto no hace más que enriquecer a la plutocracia y la élite, con buenas migajas para el salariado y los profitécnicos. Hay una salida. Pero depende de que entendamos qué es lo que ha estado pasando.
El fin del pacto fáustico
Cuando despegó el proyecto liberal, los rasgos definitorios eran la liberalización, que significaba abrir las economías nacionales a la competencia global; la individualización, que significaba la re-regulación para frenar toda forma de institución colectiva (sobre todo los sindicatos y las asociaciones ocupacionales); la mercantilización, que significaba someter todo lo que fuera posible a las fuerzas del mercado (sobre todo mediante la privatización de servicios públicos), y la contracción fiscal, que significaba bajar los impuestos a las rentas más altas y al capital.
La globalización abrió las puertas a un mercado laboral global, que triplicó la oferta de trabajo mundial; dos mil millones de trabajadores extra estuvieron disponibles, pero habituados a trabajar por la quinta parte del salario de los países ricos. Con un capital y una tecnología de gran movilidad, la productividad empezó a elevarse rápidamente en las economías de mercado emergentes. El mantra de la «competitividad» empezó a guiar la política económica y social, ya que todos los países intentaron recortar los costes laborales.
La Escuela de Derecho y Economía de Chicago, que apuntaló lo que llegó a conocerse como el Consenso de Washington, defendía que las políticas y las regulaciones solo se justificaban si promovían el crecimiento. Pero era evidente que la liberalización conduciría globalmente a una convergencia de ingresos a largo plazo, con los salarios ligeramente al alza en los países emergentes mientras caían más rápidamente en los países ricos. Los economistas neoliberales también sabían que lo que estaban desencadenando incrementaría la desigualdad; los rendimientos del capital se elevarían mientras los salarios y los beneficios de los empleados en los países ricos estarían sometidos a una presión a la baja.
Había dos cursos de acción para los gobiernos y las agencias financieras que los guiaban. Como sus reformas automáticamente impulsaron los ingresos del sector financiero y de las multinacionales orientadas a la exportación, una opción era obligar a los beneficiarios fortuitamente bien colocados a pagar más a las arcas públicas, para beneficio de la sociedad. Al fin y al cabo, sus ingresos tan desproporcionadamente superiores no se debían a ninguna nueva brillantez colectiva sino a cambios a su favor en las reglas de juego. La desigualdad podría haberse limitado mediante un acuerdo para que las ganancias fueran compartidas por toda la sociedad.
Desgraciadamente, no se siguió ese camino. En lugar de ello, los gobiernos sellaron un pacto fáustico con sus poblaciones al tiempo que se echaban fatalmente en brazos del capital financiero. A modo de ilustración, en la década de 1960, los activos bancarios igualaban el 50 por ciento de la renta nacional de Estados Unidos; para 2008, ascendían a más de un 200 por cien. En 1982, ninguno de los cincuenta más ricos de América era un financiero; para 2012, doce de los cincuenta eran financieros o gestores de activos financieros. Sin embargo, ningún gobierno que deseara ser reelegido podía permitirse un hundimiento de los salarios. Así, a medida que se introducían cambios institucionales y en las políticas públicas para promover la flexibilidad y se estancaban los salarios reales, los gobiernos apuntalaron los ingresos del precariado emergente mediante el crédito barato, una política fiscal laxa y subsidios laborales, incluidos los créditos fiscales. Este pacto fáustico desembocó en una orgía de consumo y desahorro.
Estados Unidos fijó la pauta. Imprimió dólares libremente para cubrir los crecientes déficits por cuenta corriente y presupuestarios. Al mismo tiempo, la propensión a ahorrar subió en los mercados emergentes del sureste asiático tras la crisis asiática de 1998. Ellos acumularon muchos de aquellos dólares (y euros), lo que permitió a Estados Unidos y a Europa gastar a manos llenas. Pero eso dejó muy expuesta a la economía norteamericana. En el momento del crac de 2007-2008, Estados Unidos debía la cantidad neta de 2,5 billones de dólares a acreedores extranjeros, mientras China había acumulado activos extranjeros por un valor neto de 1,8 billones de dólares.
Por entonces ya había emergido una economía de mercado global. Se habían transformado las instituciones del mercado laboral con la flexibilidad laboral, la flexibilidad en el sistema salarial y toda una reestructuración del sistema de seguridad social (Standing, [1999], 2002). Las multinacionales se habían establecido en las economías de mercado emergentes, desplazando la inversión y el empleo y desagregándose a sí mismas en un nuevo modelo de capitalismo de accionistas. Los mercados de trabajo cambiaron drásticamente. Aunque algunos negaran que se estaba produciendo un cambio fundamental (por ejemplo Doogan, 2009), es difícil defender esta postura. La inseguridad laboral se convirtió en la norma.
La producción manufacturera y el empleo en los países de la OCDE cayeron, sobre todo en Estados Unidos (Pierce y Schott, 2012). Los empleos perdidos no deberían idealizarse como «buenos» en el sentido de ser mejores que los del sector servicios. Pero habían sido trabajos mayormente estables y a tiempo completo, con amplios beneficios no salariales, protección laboral y negociación colectiva.
La gran convergencia arrancó lentamente. Entre 1960 y 2000, alrededor de veinte países de renta baja crecieron más rápidamente que Estados Unidos y Europa occidental (Subramanian, 2011). China, con más de mil millones de personas, apareció como un gigante global. La expansión manufacturera coincidió con el crecimiento en 145 millones de su gigantesca fuerza de trabajo entre 1990 y 2008. La productividad creció anualmente en más de un 9 por ciento. La producción que en 1990 requería de cien trabajadores exigía menos de veinte en 2008, según la Organización Asiática de la Productividad. En 1999, las exportaciones chinas eran menos de un tercio de las de Estados Unidos. Para 2009, China era el mayor exportador del mundo.
La inversión fluyó hacia las economías de mercado emergentes. Las corporaciones se hicieron de naturaleza global: las ventas de las filiales extranjeras de las multinacionales se multiplicaron por seis entre 1990 y 2010, sus activos se multiplicaron por doce, sus exportaciones se cuadruplicaron y el empleo en sus filiales superó el triple, hasta alcanzar más de 68 millones de trabajadores (UNCTAD, 2011). El número de empleados de las multinacionales norteamericanas que trabajaban en las filiales extranjeras subió de un quinto en 1989 a un tercio en 2009. Estas cifras subestiman los cambios, pues no incluyen el creciente uso de subcontrataciones en el extranjero.
Los trabajadores de los países ricos tenían un problema: los salarios reales para los trabajadores de rentas medias y bajas descendieron. En los países de la OCDE en su conjunto, la parte porcentual de las rentas del trabajo cayó cinco puntos entre 1980 y 2008 (OCDE, 2012). En Estados Unidos, antes del crac, el porcentaje de la masa salarial en la renta nacional había caído desde un pico del 53 por ciento en 1970 hasta un poco más del 45 por ciento, su nivel más bajo en la historia moderna. Para el final de 2012, el porcentaje de los salarios volvió a caer hasta el 43,5 por ciento. Algunos economistas atribuyeron esto al cambio tecnológico (Brynjolfsson y McAfee, 2012), pero esto no es más que una variante de la «falacia de la porción de trabajo», un estribillo familiar desde los luditas. Aunque el cambio tecnológico jugó su papel, los principales responsables fueron los cambios institucionales y de política, junto con una debilitada capacidad de negociación de los trabajadores. La caída de los salarios estuvo asociada a la globalización, no fue inducida por las tecnologías digitales.
La tendencia era global. De acuerdo con el Banco de Desarrollo Asiático, entre mediados de la década de 1990 y mediados de la de 2000, la renta laboral como porcentaje del producto manufacturero cayó del 48 por ciento al 42 por ciento en China y del 37 por ciento al 22 por ciento en la India. Estos fueron cambios de enorme calado, y con toda seguridad eran el reflejo de las condiciones de trabajo excedentario y del poder del capital.
En otro indicador de cambio estructural, la estrecha relación positiva entre productividad y salarios se frenó en la década de 1980 y la brecha se amplió después de 2000, produciendo una curva apodada con el nombre de «las fauces de la serpiente». Esto se hizo incumpliendo un acuerdo social implícito de la era de la posguerra, por el cual los salarios reales se movían en paralelo con el crecimiento de la productividad. En una economía globalizada, el capital ya no necesitaba tener ningún compromiso.
A medida que caían los salarios y la flexibilidad laboral hacía más insegura la vida de los que vivían de su trabajo, el pacto fáustico se mantuvo mediante el crédito barato y los subsidios. Un momento decisivo llegó en 1992, cuando el Gobierno de Estados Unidos rebajó las hipotecas sobre la vivienda y facilitó el acceso a ellas. Eso supuso un beneficio político a corto plazo para el entonces presidente Bill Clinton, pero era insostenible. Para 2007, el crédito total había ascendido a 50 billones de dólares, cincuenta veces más que en 1964. La explosión de los precios de los activos fue adecuadamente descrita por un economista como «creditismo» (Duncan, 2012).
Otros países siguieron el mismo camino. En Europa, a millones de personas se les permitió adquirir una casa por encima de sus medios sostenibles. El porcentaje de familias en Inglaterra que poseían sus casas creció de un 57 por ciento en 1981 a un 71 por ciento en 2003, en un momento en que los ingresos de los grupos de rentas bajas se estaban estancando o caían. En España, se animó a los bancos a conceder hipotecas por el 100 por cien a trabajadores de rentas bajas, incluidos los inmigrantes. En Irlanda, se precipitaron a conceder hipotecas del 115 por cien en una explosión inmobiliaria que casi dobló el parque de viviendas; por doquier aparecieron casas de lujo, para pronto acabar muchas de ellas en tristes obras abandonadas a medio hacer.
Como en todos los pactos fáusticos, la orgía tuvo que terminar, lo que debidamente ocurrió en 2007-2008. Pero mientras los medios de comunicación se centraron en la codicia de los banqueros y los mercados financieros, se desvió la atención de los rasgos estructurales del sistema global de mercado y las «crisis» asociadas que habían sido alimentadas por la estrategia neoliberal.
La primera fue una crisis fiscal. Cuando el sistema financiero se colapsó, los gobiernos corrieron a «rescatar a los bancos». Fue el mayor regalo a los ricos que el mundo ha conocido nunca. Fue también una oportunidad perdida para redistribuir la renta. Los gobiernos, los bancos centrales y las agencias financieras internacionales dieron a los bancos cantidades indecentes de dinero, con lo que aumentaron la deuda pública.
La segunda fue una crisis distributiva. La desigualdad se hizo mayor que en ningún otro momento desde la década de 1920. Esto se debió al pacto fáustico, a la estrategia de debilitamiento de la capacidad de negociación de los trabajadores y a la reestructuración de la protección social. La cosa todavía empeoró cuando los gobiernos afrontaron la crisis fiscal; dieron más subsidios a los opulentos al tiempo que recortaban las prestaciones y servicios a los demás.
La tercera fue una crisis existencial. El modelo neoliberal era una cruda versión de la competición darwinista, basada en la existencia de ganadores y perdedores. Apartó a un lado valores como la compasión, la empatía y la solidaridad y predicó el individualismo, la competitividad, la meritocracia y la mercantilización. Esta ruptura ideológica, iniciada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher, creó una epidemia de estrés, miedo e inseguridad entre el precariado y los que estaban próximos a él. Al mismo tiempo, el afán de «competitividad» alentó el oportunismo desbocado, el engaño y la delincuencia, especialmente entre la plutocracia. Bernie Madoff, que se las arregló para defraudar 65.000 millones de dólares, no fue más que el ejemplo más plástico de la venalidad de la plutocracia.
La cuarta, una crisis ecológica provocada por la era de la globalización. Aunque también había otras causas, la búsqueda del crecimiento económico trajo consigo la despreocupación por las externalidades que estaban exacerbando la amenaza medioambiental. Gobiernos y corporaciones solo pensaban en el corto plazo, cuatro o cinco años en el caso de la mayoría de los políticos, menos para la mayoría de los directores ejecutivos, a los que solo importaba la cuenta de resultados y sus bonificaciones. Las propuestas para frenar o para imponer costes a las actividades contaminantes quedaban frustradas por los intereses comerciales y sus políticos domesticados, con la generación de empleo a menudo citada como una prioridad más alta. La era de la austeridad intensificó las políticas que concedían subsidios y exenciones fiscales a dudosas actividades productivas, mientras prestaban atención solo de boquilla a las necesidades medioambientales.
La quinta, una «crisis de derechos» que esperaba entre bastidores. Se ha abierto un déficit democrático debido a la mercantilización de los políticos, muchos de los cuales se están sirviendo de la política como un trampolín desde el que dar el salto hacia carreras lucrativas. Esto ha venido ocurriendo en casi todos los sitios, incluido el Reino Unido. Mucha gente ha perdido la fe en la versión «posverdad» de la política electoral, pues sabe que está conformada por el dinero, especialmente de la plutocracia, que hace que la sustancia política ceda el paso a las habilidades de comunicación, las consignas y las palabras de moda. El déficit democrático se ve agravado por el aumento de la vigilancia, lo cual está recortando derechos de libertad y privacidad. El «Estado panóptico» es una amenaza a la civilidad y la igualdad. Volveremos sobre la crisis de los derechos. Pero lo primero que debemos considerar es la reacción ortodoxa al fin del pacto fáustico.
La era de la austeridad
Tal es la escala del ajuste global requerido, que el gobierno al que esperamos inspirar puede vivir en la sombra durante un largo periodo de tiempo.
Mervyn King
Gobernador del Banco de Inglaterra,
Octubre, 2012.
Tras un periodo de estímulo fiscal y monetario que siguió al crack de 2007-2008, cristalizó una nueva ortodoxia. Los gobiernos, respaldados por las agencias financieras internacionales, decidieron imponer la «austeridad» a sus poblaciones para pagar el despilfarro que ellos mismos habían provocado. Irónicamente, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y los grupos financieros que habían promovido la agenda de la liberalización se convirtieron en los supervisores de la estrategia pensada para arreglar el desastre. Muchos de los más altos políticos que aparecerían tras el crack eran alumnos de Goldman Sachs, incluidos los primeros ministros, llamados tecnocráticos, de Italia, Grecia y España, el presidente del Banco Central Europeo y el nuevo gobernador del Banco de Inglaterra. Fue un caso de zorros puestos a cuidar del rebaño, tipificado por lo que incluso The Economist (2012) llamó «el surgimiento del complejo político-financiero».
La reducción de la deuda se convirtió en el mantra de todos los gobiernos, que después justificaban grandes recortes en el gasto público y en las condiciones de vida, con el apoyo de estudios que decían que una deuda de más del 90 por ciento del PIB reduciría el crecimiento económico (Reinhart y Rogoff, 2012). Tres años más tarde, se decubrió que los datos y la metodología utilizada en esos estudios eran dudosos (Herndon, Ash y Pollin, 2013; Pollin y Ash, 2013). Pero, para entonces, las políticas de rápida reducción de la deuda se habían consolidado. El artículo original se aceptó simplemente porque se adecuaba al paradigma ideológico. Eso puede compararse con la indiferencia ante la investigación que demuestra que reducir la desigualdad haría aumentar el crecimiento. Según lo resumen Berg y Ostry (2011), tanto en los países ricos como en los más pobres, la desigualdad estaba correlacionada con expansiones económicas más cortas y con un crecimiento menor a medio plazo.
La justificación de la austeridad fue que una deuda elevada ralentiza el crecimiento. Pero, como se ha hecho ampliamente evidente, la línea causal puede ir en sentido inverso, con un crecimiento lento como causante de una deuda mayor. Al frenar el crecimiento, recortar el gasto público puede incrementar la deuda en lugar de reducirla, creando un círculo vicioso de declive. Es más difícil reducir el déficit público durante las recesiones, cuando caen los niveles de vida y aumenta el desempleo. Algunos gastos, como las prestaciones sociales por ejemplo, suben automáticamente al tiempo que caen los ingresos fiscales. No obstante, los gobiernos han respondido a la persistente deuda con nuevos recortes en prestaciones y servicios, incluidos los bienes públicos, todo lo cual ha llevado a una mayor dependencia de las prestaciones y a una mayor presión sobre los servicios de salud.
Aunque la deuda de los países industrializados ya era sustancial antes del crack, se desbordó con la propia crisis financiera. El porcentaje medio de la deuda pública con respecto al PIB, 74 por ciento en 2007, creció en más de un tercio hasta el 101 por ciento en 2010, y siguió subiendo posteriormente en algunos de los países más duramente golpeados por la crisis. En Irlanda y Portugal, la deuda subió a más del 100 por cien de la renta nacional después del crack. En España la deuda pública, tan solo del 36 por ciento del PIB antes de la crisis, se acercó al 100 por cien para 2013. De acuerdo con el FMI, el principal culpable era la caída de los ingresos, ya que las medidas a favor de la austeridad, intensificadas con la presión externa, empujaban las rentas a la baja. El crecimiento se estancó, y sin embargo los gobiernos seguían intentando reducir la deuda con recortes de rentas a la mayoría, con promesas vacías de que el sufrimiento a corto plazo tendría su recompensa a la larga.
En Irlanda, a la que se promocionaba como una historia de éxito, un nuevo Gobierno impuso la austeridad a los trabajadores de rentas bajas, al tiempo que rebajaba los impuestos a las corporaciones hasta el 12,5 por ciento para atraer la inversión del exterior. Para 2012, la deuda de las familias excedía del 200 por cien de la renta disponible. Los niveles de vida cayeron, mientras el capital extranjero aumentaba sus beneficios. Como muy a su pesar reconocía The Economist, un defensor de la austeridad: «El déficit creciente refleja el hecho de que al pueblo irlandés le ha ido mucho peor que a la economía irlandesa» (The Economist, 2013).
También en otros lugares, las políticas después de 2008 fueron salvajemente deflacionarias. Se utilizó al ogro de la deuda para justificar planes encaminados a recortar el gasto público y a acelerar la privatización, mientras se daban ayudas a los bancos en forma de «flexibilización cuantitativa» en un esfuerzo por recapitalizar al sector financiero e inducir préstamos a la inversión. El resultado fueron más bonificaciones cuantiosas para los banqueros, mientras que los que dependían de las prestaciones estatales y los servicios sociales sufrieron más que nadie.
Los países a la cabeza de la crisis, tales como Grecia, Irlanda, Portugal y España, pagaron un precio terrible. Las familias españolas perdieron el 20 por ciento de su riqueza y las familias irlandesas, el 36 por ciento, entre 2007 y 2012. La economía griega se contrajo en un cuarto en ese periodo y se proyectaron más recortes de gasto, mientras en Portugal mayores impuestos sobre la renta y más recortes en prestaciones provocaron grandes caídas en la renta nacional y un desempleo desorbitado, con más medidas de austeridad esperando en el camino.
La crisis de la eurozona puede haber sido el factor precipitante. Pero el principal problema era el modelo neoliberal que había permitido niveles inimaginables de desigualdad desde el comienzo de la era de la globalización. Dicho llanamente, si llega mucha renta a una élite diminuta, la economía mundial se convierte en rehén de una «huelga de dinero»: la élite financiera puede retirar su dinero, del mismo modo que los trabajadores pueden retirar su trabajo en una huelga laboral, para forzar a los gobiernos a seducirles con más exenciones fiscales y subsidios. La carga de los recortes es entonces soportada por todos los demás, especialmente por aquellos más dependientes del gasto y las prestaciones sociales, el precariado.
La gran convergencia
Mientras la austeridad balbuceaba, la gran convergencia se aceleró. Los niveles medios de vida en las economías emergentes están subiendo, aunque muchos han sufrido por la austeridad (Ortiz y Cummins, 2013). A la vez que el crecimiento se detenía en los países de la OCDE, siguió boyante en la mayoría de las economías de mercado emergentes. Y la gran convergencia ha venido acompañada por un «desacoplamiento estructural». Si antes del crack los patrones cíclicos en los países de la OCDE llevaban emparejados cambios similares en las economías emergentes, ahora la mayoría de estos últimos crece aun cuando los países de la OCDE entran en recesión. Y los que más éxito han tenido son los que se han apoyado en el capital estatal.
En los países ricos el crac ralentizó el crecimiento potencial, así como el real. El FMI concluyó que el grupo de las siete mayores economías industriales crecería como mucho al 2 por ciento anual entre 2012 y 2017, comparado con el 4 por ciento en la recuperación de la recesión en la década de 1980 (1983-1988) y el 3 por ciento en la recuperación de la década de 1990 (1994-1999). A un 2 por ciento al año, y cayendo, la tasa de crecimiento potencial de la economía estadounidense ha caído a la mitad de lo que era a finales del siglo XX.
Por el contrario, aunque el Gobierno chino orquestó una desaceleración de su frenético crecimiento, en parte en respuesta a las señales de una «burbuja» de propiedad, los salarios reales y los beneficios subieron más rápidamente después del crack así como fue más pronunciada su caída en los países de la OCDE. En 2012, el PIB chino en dólares, medido en términos de paridad en el poder adquisitivo, superó al de Estados Unidos. La India tuvo dificultades, pero su economía todavía crecía a un 5 por ciento anual. La convergencia prometida por la globalización cogía velocidad.
Se ha hecho mucho por elevar los salarios en China y es verdad que, en un solo año, el salario mínimo subió en algunas provincias en un 30 por ciento. Pero como la productividad ha subido también muy intensamente, los costes de trabajo y producción todavía están muy por debajo de los de la OCDE, y seguirán así durante años. Hablar de que van a volver a los países de la OCDE el trabajo y la producción industrial es una vana ilusión. Antes al contrario, la inversión y la producción se desplazaron a otras economías de mercado emergentes, tales como Vietnam, Indonesia, Bangladesh, India y Camboya. Aunque la producción manufacturera y la rentabilidad repuntaron en los Estados Unidos, con la ayuda de subsidios y de menguantes salarios y beneficios para los empleados, no hubo una recuperación significativa del empleo industrial.
Ante todo, la gran convergencia implica un desplazamiento global del capital. El Banco Mundial (2013) concluía que para 2030 la mitad del stock global de capital estará en los países en desarrollo de hoy, comparado con la cifra de menos de un tercio de 2012. En comparación con el año 2000, su aportación a la inversión global se estima que se triplicará hasta alcanzar el 60 por ciento. China e India juntas cubrirán el 38 por ciento de la inversión global bruta.
El aumento de la movilidad del capital también refleja el nuevo modelo global del capitalismo de accionistas, en el que la desagregación corporativa ha ido de la mano de un giro comercial desde los bienes acabados a las tareas parciales y las partes de los bienes. Cada vez más corporaciones se integran globalmente y son capaces de ajustar la producción y el empleo a los cambios de mercado y de costes. Por ejemplo, el Dreamliner de Boeing, un avión de tamaño medio, implica a 43 proveedores repartidos por más de 135 lugares por todo el mundo; el 70 por ciento de sus componentes se producen en el extranjero. En Suecia, los teléfonos móviles Ericsson tienen 900 componentes de 60 proveedores en 40 países, que son enviados a clientes en 90 países. Un típico coche sueco es solo 50 por cien sueco.
La reestructuración global de la inversión se ha acelerado. Entre 2007 y 2011, la inversión privada en los 27 países de la Unión Europea cayó en 350.000 millones de euros, veinte veces la caída en el consumo privado, cuatro veces la caída en el PIB real. Si incluimos a Estados Unidos y a Japón, la caída en la inversión privada fue de un billón de dólares. La inversión extranjera directa (IED) en los países desarrollados cayó en 2012 a su nivel más bajo en casi diez años, mientras que por primera vez la IED en los países en desarrollo ascendió a más de la mitad del total global (UNCTAD, 2013).
La avalancha de multinacionales entrando en las economías de mercado emergentes se aceleró. Aunque muchos se quejaban del creciente sentimiento antiempresarial en Europa, su objetivo era aumentar los beneficios. Las empresas americanas llevaron la voz cantante, con Ford, General Motors, GE (General Electric), Dow Chemical, HP (Hewlett-Packard) y otras cerrando sus plantas europeas. Los siguientes fueron los servicios financieros.
Las grandes corporaciones florecen dentro de lo que ahora son miembros dinámicos de un sistema global de mercado. En términos de impacto laboral, la cumbre es la Foxconn, propiedad de Taiwán, el taller electrónico del mundo, conocida como la campeona de la producción flexible. Para 2013 empleaba a 1,4 millones de personas solo en China, una gran subida desde los 100.000 de 2003, y más del doble de los que tenía cuando estalló la conmoción global. En 2012, anunció planes para doblar su tamaño de nuevo en 2020. Como muestra de sus ambiciones globales, se ha convertido en la segunda mayor empresa exportadora de la República Checa, se está expandiendo en México, Brasil, Turquía, India e Indonesia, y en 2013 estaba montando su primera operación en Estados Unidos, en California, para fabricar Google Glass. Alibaba, una empresa china de Internet, proyecta convertirse pronto en una de las empresas más valiosas del mundo. Le siguen otras.
China se valió de la era de la austeridad para comprar tecnología de las corporaciones europeas de perfil alto, mientras sus empresas estatales lograban el control sobre las empresas privadas, a menudo privatizadas, con la ayuda de subsidios, crédito barato y exenciones fiscales. Las empresas chinas invirtieron 12,6 mil millones de dólares en Europa en 2012, un 21 por ciento más que en 2011. Las empresas manufactureras alemanas eran de nuevo un destino apetecido, mientras la Corporación de Inversiones de China adquiría participaciones minoritarias en el aeropuerto londinense de Heathrow y en la Thames Water. Cuando Portugal privatizó su industria energética, la china Three Gorges adquirió el 21 por ciento de las acciones de la mayor compañía eléctrica. Cosas así seguirán ocurriendo.
La reestructuración del empleo
También se ha acelerado la reestructuración global del empleo. Entre 2008 y 2010, las empresas estadounidenses eliminaron 2,9 millones de puestos de trabajo en Estados Unidos y expandieron el empleo en el exterior en 2,4 millones de puestos, mientras que las principales empresas francesas del índice CAC-40 del mercado de valores recortaron el empleo en Francia en un 4 por ciento, pero incrementaron el empleo global en un 5 por ciento. Para 2012, un quinto de la producción manufacturera japonesa se llevó a cabo fuera de Japón. Para el sector de la electrónica fue más del 30 por ciento, para el de la automoción más de la mitad. El presidente de Toyota se lamentaba: «La industria y el empleo están al borde del colapso» (The Economist, 2012). Japón se ha convertido en una economía «rentista» dependiente de los flujos de inversión extranjera, lo cual mantiene fuerte al yen, impidiendo las exportaciones.
Hay quien todavía piensa que Estados Unidos es un país industrial. Pero sus empresas principales han estado creando más trabajo fuera. Apple, entonces la mayor corporación estadounidense por valor bursátil, solo tenía 43.000 empleados en Estados Unidos en 2012. Fuera, empleaba directamente a 20.000 personas y subcontrataba otros 700.000 empleos manufactureros, la mayoría en Asia. En 2011, Steve Jobs le dijo abiertamente al presidente Obama que «esos puestos de trabajo no volverán». La deslocalización de Apple, que no empezó antes de 2004, se debió no solo a los costes laborales sino también a la disponibilidad de trabajo flexible especializado y a la capacidad de bascular rápidamente en un sentido u otro en respuesta a la demanda y al cambio tecnológico.
Para 2012, China tenía 34 millones de trabajadores de fábrica urbana que ganaban un promedio de 2 dólares la hora, mientras otros 65 millones en empresas de pueblo y aldea ganaban 64 céntimos la hora, con 675 millones de trabajadores disponibles en otros lugares. Decir que el excedente de trabajo se está agotando es un engaño. Si las autoridades chinas quisieran, podrían elevar la edad de jubilación, ahora en 60 años para los hombres y 55 para las mujeres, baja para los niveles internacionales. Se espera que el número de chinos con más de 60 años pasará de 181 millones en 2012 a 390 millones en 2035. Si se elevara la edad de jubilación solo en un año, liberaría una cantidad de trabajo adicional equivalente al total de la fuerza de trabajo de un país promedio de la Unión Europea.
Sin embargo, quizá el rasgo más sobresaliente de la reestructuración del mercado de trabajo es el continuo aumento de la emigración laboral, incluida la emigración del campo a la ciudad en las economías de mercado emergentes, lo que está inflando la oferta global de trabajo. Cuando los expertos meditan sobre el final de las condiciones del trabajo excedentario — el llamado punto de inflexión de Lewis, según su famoso artículo escrito en 1954— se fijan en las adiciones decrecientes a la población adulta. Más importante es el abandono de las actividades rurales a medida que la población fluye hacia los mercados laborales globales.
La globalización del trabajo migratorio La gran convergencia está ligada a un cambio en el modelo migratorio, exclusivo de la transformación global. La migración es ahora global, con flujos de personas en todas las direcciones. Son cada vez más los países que tienen una alta emigración y también una alta inmigración. Y cada vez más migración es circular y cortoplacista, en vez de orientarse al establecimiento, como ocurrió con la oleada previa de movimientos de población antes de la Primera Guerra Mundial.
Desde 2008, se ha disparado la emigración de los países más golpeados por la crisis en Europa. El número de griegos y españoles que se han marchado a otros países de la Unión Europea, sobre todo Alemania, se ha duplicado entre 2007 y 2011. En 2007, 300.000 inmigrantes llegaron a España de Latinoamérica; en 2010, el número que abandonó España para irse a Latinoamérica superó la inmigración total. También los portugueses fluyeron hacia las antiguas colonias, Angola, Mozambique y Brasil. El número de portugueses viviendo en Brasil subió de 276.000 en 2010 a 330.000 en 2011. Se estima que más de 100.000 personas, muchas de ellas jóvenes graduados universitarios, dejaron Portugal en 2012, un flujo migratorio mayor que en cualquier momento desde mediados de la década de 1960. El Instituto Nacional de Estadística de Irlanda estimó en 2012 que desde 2008 habían abandonado el país 50.000 personas, y el éxodo no hacía sino aumentar.
También se aceleró la migración de personas con formación superior después de 2008. En los cinco años que siguieron al crac, un tercio de los nuevos migrantes a los países de la OCDE tenía formación universitaria. De media, los inmigrantes en los países ricos tienen más formación que los nativos y la brecha se está ampliando, lo que queda reflejado en los flujos en Norteamérica y Europa del Este. En Canadá, más de la mitad de los inmigrantes tiene formación universitaria; la proporción es de más del 40 por ciento en el Reino Unido e Irlanda, y cerca del 30 por ciento en la OCDE en su conjunto.
Un creciente número de gente migra dentro de corporaciones multinacionales y agencias multilaterales. Muchos están en el salariado, pero hay también más movimiento de profitécnicos como asesores, contratistas a corto plazo y autónomos. Y la movilidad estudiantil ha aumentado como parte de la mercantilización global de la educación. No solo han subido los números, sino que la movilidad se ha hecho global, con los estudiantes yendo a más países y con menor demanda sobre Estados Unidos como destino.
También se ha producido una feminización de la migración, con más mujeres que hombres marchándose, normalmente en busca de trabajo. La proporción de mujeres migrantes con formación superior es mayor que la de los hombres. Los migrantes tienen una tasa de fertilidad mayor y la tasa de fertilidad de los ciudadanos en los países ricos ha caído por debajo de la tasa natural de reproducción. Así, ha aumentado la proporción de hijos cuyos padres son migrantes.
Una gran parte de la inmigración está indocumentada, lo cual está transformando los mercados laborales en muchos países ricos. De los 232 millones de migrantes estimados en el mundo, unos 30 millones pueden estar indocumentados. Casi un tercio de los inmigrantes en Estados Unidos se piensa que son «ilegales». Los inmigrantes perdieron en masa sus puestos de trabajo durante la recesión posterior a 2008, pero la mayoría no quedó reflejada en las estadísticas de desempleo o en las solicitudes de prestaciones. Simplemente se deslizaron hacia la economía sumergida. Las estrictas medidas de seguridad fronteriza disuaden a los ilegales de marcharse por miedo a no poder volver.
Hay también más refugiados y solicitantes de asilo que nunca. El trato hacia ellos se ha vuelto más punitivo y excluyente, a menudo diseñado para disuadirlos de venir a ese país en particular. Y hay un inminente y desastroso desarrollo de una creciente «migración medioambiental» debida al calentamiento global y a las tendencias ecológicas implicadas.
Un nuevo fenómeno es la migración de trabajo sin migración de trabajadores. Los centros de atención telefónica pueden resultar una fase transitoria de una tendencia más amplia que implica a las telecomunicaciones y al extraordinario crecimiento del «trabajo en masa» [crowd-work]. La vieja imagen es la de la gente moviéndose en busca de oportunidades económicas. Pero la migración de trabajo sin migración de trabajadores plantea un desafío al análisis económico, a las estadísticas laborales, a la política fiscal y a la política de protección social.
Otra nueva tendencia migratoria consiste en los europeos de mayor edad que se instalan en residencias para la tercera edad en países de renta baja. Esto es ya común en Alemania, y se atribuye al aumento de los costes asistenciales así como al aumento de la edad. En lugar de que personas del este de Europa o de Asia vayan a Alemania para cuidar de los mayores, las familias están mandando a sus mayores a esos países. El cuidado de la tercera edad es rentable. Y aunque la ley de la UE actualmente prohíbe a aseguradoras estatales firmar contratos con casas extranjeras, hay una creciente presión para cambiar eso. La migración de la tercera edad, por la jubilación o por los cuidados, crecerá.
Mientras tanto, la migración interna ha crecido en las economías de mercado emergentes, sobre todo en China, al tiempo que cae en Estados Unidos, posiblemente porque la información y el transporte barato han permitido a muchos buscar trabajo sin trasladarse (Kaplan y Schulhofer-Wohl, 2012).
Los países ricos como economías «rentistas»
Horrorizados ante la austeridad, muchos economistas socialdemócratas han pedido una respuesta keynesiana (aumentar el gasto). Pero los países de la OCDE no están en un mundo keynesiano. Se están convirtiendo en economías «rentistas», que atraen el capital extranjero con subsidios y exenciones fiscales y obtienen más ingresos por la repatriación de beneficios y dividendos de las multinacionales, beneficiándose así del crecimiento de las ventas y la inversión en el extranjero.
En 2012, los márgenes de beneficios en Estados Unidos fueron mayores que en ningún momento de los 65 años anteriores; los beneficios corporativos como porcentaje de la renta nacional alcanzaron el 13,6 por ciento. Sin embargo, esto no produjo un aumento de la inversión doméstica o el empleo. No solo no volvieron los empleos a tiempo completo a su nivel anterior a la recesión, sino que los salarios siguieron por debajo del nivel inicial de las recesiones previas. La proporción extranjera de los beneficios era un tercio del total, más del doble de la proporción de 2000.
Estados Unidos intentó incrementar las exportaciones manufactureras. Pero crear empleos en la manufactura por esta vía se está haciendo cada vez más difícil. De acuerdo con la Oficina de la Competencia y el Análisis Económico del Departamento de Comercio de los Estados Unidos, cada mil millones de dólares de las exportaciones manufactureras generaba 14.000 empleos en 1993, pero solo 5.350 en 2012. La mayor parte del descenso se debió al crecimiento de la productividad. Aunque los trabajadores en la industria exportadora ganan casi un 20 por ciento más que sus pares, las exportaciones de bienes solo supusieron 7,3 millones de puestos de trabajo en 2012, y la evidencia de años anteriores sugiere que casi la mitad de ellos puede que se ubiquen en los servicios más que en la manufactura. Mejorar la competitividad en las exportaciones no producirá más que un modesto cambio.
Por lo que respecta al Reino Unido, el presentador de la BBC Evan Davis sintetizó su futuro diciendo que sería «el mayordomo de los superricos globales», al servicio de los plutócratas que nos visitan y dependiendo de la City de Londres para derivar ingresos de los servicios financieros. Por el contrario, Peter Marsh (2012), editor y productor del Financial Times, escribió un libro lleno de optimismo en el que decía que los países industriales ricos no perderán su producción porque una «quinta revolución industrial» los rescatará. Al margen de lo que eso pueda significar, no hay razón para pensar que se recuperará en esos países la producción o los puestos de trabajo industrial.
La tendencia a convertirse en economías rentistas modificará la respuesta del precariado. Pero a medida que la gran convergencia se afianza y los países de la OCDE se adaptan a su nuevo estatus, la devastación producida por la austeridad no hará seguramente más que empeorar.