Precariado
05. Por una Carta del precariado
Este capítulo es largo, así que está dividido en 9 partes.
05
Por una Carta del precariado
Ningún partido político convencional ha recogido verdaderamente el guante del precariado. En las elecciones generales italianas de febrero de 2013, se dejó a un movimiento populista, ostensiblemente antipolítico, que tirara de ese hilo y dibujara un escenario para el desmantelamiento transformador del establishment político del siglo XX. Saliendo de la nada, consiguió más de un cuarto del voto popular y 163 representantes electos en un parlamento sin mayoría.
El ruido discordante del Movimiento 5 Estrellas (MoVimento 5 Stelle, M5S), liderado por Beppe Grillo, un cómico, puso de manifiesto que estaba todavía en su infancia un nuevo utopismo progresista. Era no obstante un momento significativo; fue casi una genialidad política unir al primer y al tercer grupo del precariado (los procedentes del núcleo de la clase obrera y los jóvenes universitarios) en torno a una agenda incoherente basada en el mero rechazo de la vieja política de centro izquierda y de centro derecha. Señaló la fragilidad de esos bastiones del privilegio.
De lo que carecía el M5S es de un conjunto de políticas que pudieran satisfacer las necesidades y aspiraciones del precariado. Dichas políticas deben basarse en una visión factible de la buena sociedad. Para ayudar a identificarlas, podemos proponer una carta de demandas que reconozca las inseguridades y privaciones del precariado y que ofrezca una reinterpretación de la gran trinidad de libertad, fraternidad e igualdad.
Una carta unificadora
La idea de una carta del pueblo tiene una rica historia, y se remonta al Cilindro de Ciro de 539 a. C., por el cual el rey persa liberó a los esclavos, autorizó la libertad de religión y estableció la igualdad racial. Fue la primera carta de derechos humanos. De las que la sucedieron, la más pertinente es la Carta Magna de 1215 firmada por el rey Juan de Inglaterra bajo la presión de sus barones junto al río Támesis en Runnymede.
La Carta Magna era notable por su detallismo —63 compromisos enumerados— y por el hecho de que era un mecanismo constitucional de clase que reflejaba el avance social y económico de una clase en ascenso, cuyos intereses estaban constreñidos por la estructura social generada 150 años atrás por los normandos. Es menos conocido que la Carta Magna fue seguida en 1217 por una Carta de los Bosques, un toque de rebato para la preservación de los bienes comunales y la reproducción del medio ambiente mediante la afirmación de derechos del hombre común. Hoy merece ser celebrada por los ecologistas y el precariado. Fue un gesto hacia la clase trabajadora de la época.
El siguiente salto adelante fue la Declaración de Derechos inglesa de 1688-1689, que de nuevo puede interpretarse en términos de clase, pues reflejaba el avance de la aristocracia terrateniente (protestante) y de la burguesía emergente a su servicio. La Declaración eventualmente fue la inspiración de la Declaración de Independencia americana, la Constitución de los Estados Unidos y la Declaración francesa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789.
El modelo de la Carta quedó muy arraigado. Puede trazarse una línea desde la Carta Magna, pasando por la Declaración de Derechos, hasta la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU de 1948 y la Convención Europea de Derechos Humanos de 1950. Estas dos últimas pueden interpretarse en parte como defensas de la legitimidad del proletariado y el laborismo triunfante en la época, como queda reflejado en el artículo 23 de la Declaración de 1948 sobre el empleo y el «derecho a trabajar».
En los siglos comprendidos entre la Carta Magna y la Declaración de Naciones Unidas, la marea de los derechos avanzó gracias a otras declaraciones. En Inglaterra, la continuación más relevante de la Declaración de Derechos fue la agitación social en la década de 1830 precipitada por los cartistas y la Carta del Pueblo, con sus seis puntos, todos políticos, formulados en 1838 por radicales de clase obrera. Los puntos eran: sufragio universal masculino, distritos electorales de igual tamaño, voto secreto, eliminación de las cualificaciones de propiedad para los miembros del Parlamento, remuneración de los diputados y elecciones anuales al Parlamento. Cinco de los seis puntos (excepción hecha de las elecciones anuales) se dan hoy por sentados, pero en la década posterior a su formulación fueron encarcelados, deportados o ejecutados los principales proponentes de la Carta.
El movimiento cartista fue liderado por artesanos y obreros varones, y articulado por radicales filosóficos. Aunque no era un movimiento para toda la clase obrera, sí fue una lucha contra los intereses de la clase dominante a favor de los intereses de clase emergentes. Y la Carta ayudó a dar coherencia a un batiburrillo de demandas de un variopinto número de grupos. Como recordaba John Bates, un activista del momento:
Había asociaciones [radicales] en todo el país, pero había mucha falta de cohesión. Uno quería el voto, otro el sufragio masculino, y así sucesivamente. Los radicales carecían de unidad de propósito y de método, y apenas había esperanza de que pudiera conseguirse algo. Sin embargo, cuando se redactó la Carta del Pueblo […] que definía con claridad las demandas urgentes de la clase obrera, sentimos que teníamos un vínculo real de unión; y así transformamos nuestra asociación radical en centros locales cartistas (citado en Thompson, 1984).
Así pues, alcanzar el punto en el que se formuló una Carta común llevó un tiempo considerable. Aunque los cartistas fueron suprimidos entonces, sus ideas echaron raíces para no desaparecer nunca. Entre sus subversivas demandas había una de distribución de la tierra. También desarrollaron la herramienta de las huelgas localizadas y entre sus principios más radicales y perdurables estaba la demanda de «igualdad ante la ley».
El suceso que más relevancia tiene para los desarrollos contemporáneos fue un encuentro masivo en Manchester en abril de 1848, convocado para establecer una Convención cartista, el cual provocó disturbios en las calles y, como era predecible, fue descrito por las autoridades como actividad de la turbamulta y violentamente suprimido. Pero los cartistas prepararon el terreno para un futuro avance. Eran una alianza laxa de intereses de clase emergentes, afirmaban derechos y expresaban sus inseguridades e injusticias. Pronto sus demandas se convirtieron en nuevas normas. Ahora denigramos a sus represores.
Frente a la crisis de la transformación global
Quizá esos sucesos históricos tengan su equivalente en el siglo XXI. Un contramovimiento está tomando cuerpo. Y no hay que ser futurólogo para apreciar que las reacciones de los gobiernos y las reacciones internacionales a la crisis múltiple que siguió al crack de 2007-2008 eran, y son, insostenibles a medio plazo.
El mayor temor ha sido que el establishment político fuera tambaleándose de una borrachera de austeridad a otra y que, tras años de políticas económicas y sociales divisivas se produjera una deriva autoritaria dirigida coercitivamente contra los grupos más vulnerables de la sociedad. Entre 2008 y 2013, eso es lo que pasó. No es hiperbólico hablar de una Estado neoliberal consistente en instituciones y políticas encaminadas y favorables a la liberalización económica, y ejecutadas por todos los partidos políticos principales. Pero después de 2008, el poder ejercido por los intereses dominantes era un poder negativo que causó más miseria a las minorías, al precariado y a los residentes, pero incapaz de ofrecer una visión atractiva de lo que iba a resultar de todo ello. Quedaba en el aire una vaga promesa de «crecimiento» renovado y más «empleo» ante una población cada vez más escéptica.
No obstante, está surgiendo una alternativa progresista. El reto es encontrar la manera de articularla y diseñar una estrategia para realizarla. La palabra «revolución» está demasiado contaminada por la historia para describir lo que se requiere. La palabra «reforma» está demasiado contaminada por el uso neoliberal que se le ha dado y es demasiado débil. Lo que capta la esencia es el concepto de «transformación», asociado a la gran transformación de Karl Polanyi, esto es, un contramovimiento para volver a arraigar el sistema económico en la sociedad, con nuevos mecanismos de regulación, protección social y redistribución.
Tras las convulsiones de 2007 y 2008, quedó claro que los partidos políticos que se decían de «izquierda» estaban huérfanos de ideas. La mayoría era culpable de haber hecho tanto como cualquiera de la «derecha» por crear el desastre económico y la penuria del precariado. Otros han implosionado tras el final del socialismo autocrático de Estado. Y se había dejado de considerar a los partidos políticos como vehículos de cambio estructural. En su mayoría se habían mercantilizado, apuntalados por plutócratas y otros ricos donantes, por la generosidad de las corporaciones, los cheques de los famosos, las comidas para recaudar fondos, o las menguantes contribuciones de sindicatos atávicos que trataban de resucitar el laborismo.
Nadie entendió que una crisis de la magnitud de la implosión financiera de 2008 era una oportunidad para una transformación del paisaje político y económico, basada en tres principios fundamentales de acción política.
La clase emergente como vanguardia
«La derrota es la batalla que no se libra… Las batallas perdidas son batallas no luchadas.»
Alexis Tsipras
Mayo, 2012
El primer principio es que, aunque toda transformación exitosa resulta de la lucha por una mayor libertad y por la igualdad, cada paso adelante en esa dirección se define por las necesidades, inseguridades y aspiraciones de la clase emergente. A principios del siglo XX, ese era el proletariado. A principios del siglo XXI, debe ser el precariado. Y así como la lucha de la clase obrera contra el capitalismo industrial fue dirigida por los obreros relativamente bien preparados y por los que tenían acceso a las formas más modernas de comunicación de la época, diseminando ideas mediante panfletos y participando en la educación de los trabajadores, así también puede anticiparse que —si se llega a dar un paso adelante— será definido por la parte preparada y conectada del precariado, capaz de explotar el potencial de las comunicaciones electrónicas.
No es ninguna sorpresa comprobar que muchos de los que participaron en el movimiento Ocupar Wall Street en 2011 tenían títulos universitarios (Milkman, Luce y Lewis, 2013). Conforme se alargaba la ocupación, la composición fue cambiando a medida que se acercaba más gente procedente del lumpenprecariado y algunas con enfermedades sociales en busca de sopa, sándwiches, ayuda médica y un poco de simpatía. Pero el impulso y la energía vinieron de la parte más formada del precariado, no de sus partes más aturdidas y atávicas.
Nuevas formas de acción colectiva
El segundo principio es que, para dar un nuevo paso adelante, se requieren nuevas formas de acción colectiva. Históricamente, la forma que más progreso genera o tiene mayor efecto —para bien o para mal— no se conoce de antemano. Por ejemplo, una lección aprendida solo después de que hubieran surgido los Estados de bienestar fue que las políticas de la clase obrera se definían y configuraban mediante la lucha y no se tenían claras de antemano (Przeworski, 1985).
Los primeros sindicatos no eran como los batallones que llegaron a predominar a mediados del siglo XIX. Los gremios de artesanos evolucionaron hasta convertirse en sindicatos de artesanos y fueron dirigidos y conformados por artesanos y trabajadores especializados, no por proletarios. Debían sus estructuras a las tradiciones gremiales. Los sindicatos industriales posteriores se enfrentaron a los sindicatos gremiales tanto como a los empresarios y capitalistas. Describir el «movimiento sindical» como una fuerza unida es ignorar la historia. De hecho, puede decirse que los sindicatos del siglo XX en su mayoría se amoldaron a las necesidades del capitalismo industrial y no pretendían derribarlo.
Ahora todo lo que podemos predecir con confianza es que las nuevas formas de acción colectiva serán diferentes a las que predominaron en el pasado. Eso no significa que debamos rechazar o ignorar lo logrado por el viejo modelo. Eran creaciones de su tiempo, lugar, de su estructura económica y de sus posibilidades; y la sociedad moderna les debe mucho.
Hoy está tomando cuerpo una revolución asociativa, en la que fracasan los viejos sindicatos, que confluyen en organismos más generales o intentan reinventarse, a veces incorporando a organismos no sindicales. Mientras tanto, la acción colectiva en las calles y plazas está desmembrada o es lo que podría llamarse la acción de «rebeldes primitivos». A los manifestantes les ha unido más aquello contra lo que protestaban que lo que querían en su lugar.
La denuncia por el movimiento Occupy del imaginario del 1 por ciento más rico entusiasmó a la opinión pública. Pero no abordó el problema de la fragmentación de clase ni proporcionó una estrategia política. Esto no es una crítica. Es sencillamente reconocer que los mecanismos de protesta cristalizan por fases, empezando con la apreciación colectiva de un sistema de desigualdad e inseguridad crónica.
Esta fase se ha consumado con los disturbios en los arrabales de París y en las ciudades de Suecia, el surgimiento de los desfiles del EuroMayDay y luego la primavera árabe, el movimiento Occupy, los disturbios en las ciudades inglesas en agosto de 2011 (que tuvieron antecedentes menos difundidos) y la protesta del M12M (12 de marzo de 2011) en Portugal, con 300.000 personas manifestándose en contra de la «precariedad». En Grecia, surgió el movimiento den plirono (no pagues), cuando la gente se negó a pagar las facturas por los servicios públicos o los impuestos, y este fue seguido por los aganaktismenoi (los resentidos), que demandaban mayor control democrático pero carecían de una agenda unificada. El Reino Unido tuvo su movimiento Uncut, que demandaba que el Gobierno diera marcha atrás en los recortes de gasto en los servicios sociales. En España surgió el movimiento 15M o de los indignados. Y en Italia apareció el Movimiento Cinco Estrellas (M5S), que tal vez haya iniciado la segunda fase. Turquía vio la movilización en Estambul, a la que siguieron protestas espontáneas por todo Brasil. Muchos otros países presenciaron manifestaciones similares a menor escala. Por doquier el estado de ánimo era de indignación, frustración y asco.
A menudo estas protestas estaban motivadas en parte por una nostalgia que llegaba hasta el punto de la idealización, y en parte por una mezcla de sentimentalismo, ira e impotencia que llevaba a los manifestantes a arremeter contra los símbolos de la opresión y la privación. Nadie debería burlarse de los rebeldes primitivos de nuestra época. El establishment no pierde ocasión de demonizarlos y de manipular la opinión de «clase media» citando ejemplos de excesos. Pero es una energía que con toda seguridad estaba forjando una fuerza social.
Las protestas de masas son esenciales, pero raramente estratégicas. Pueden incluso disipar las energías sociales y políticas, del mismo modo que levantar la tapa de una olla con agua hirviendo reduce la presión. A raíz del 2008, muchas protestas tuvieron este efecto de dejar salir el vapor, sobre todo las organizadas por las viejas estructuras que intentaban mantener su relevancia. Pero las protestas colectivas permiten a la multitud formar alianzas y cristalizar ideas que posteriormente pueden convertirse en acción estratégica.
En los agitados sucesos de 2011, los rebeldes primitivos empezaron a reconocerse entre sí como compañeros potenciales de una fuerza progresista. Un logro vital fue hacer que los distintos movimientos unieran sus intereses, ya fueran orientados a la protección medioambiental, a los discapacitados, los inmigrantes y refugiados, los desempleados, los sin techo, los becarios, los derechos de las mujeres, los derechos de LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transexuales) u otras cuestiones sociales. En su mayoría, apenas tienen relación con el movimiento que empujó a la gente a la acción colectiva en la era de la gran transformación. El centro de trabajo ya no es considerado central para la vida y la sociedad, como lo fue para los laboristas que construyeron los Estados de bienestar centrados en el padre-sostén de familia.
Los sindicatos tienen dificultad en adaptarse a esta nueva realidad, aunque algunos lo han intentado con algún éxito. Justa o injustamente, ahora se tiene la impresión de que los sindicatos representan los intereses de sus miembros más antiguos, la mayoría de los cuales se afiliaron de jóvenes, y que intentan preservar durante el mayor tiempo posible las garantías laborales conquistadas para sus miembros. Los convenios colectivos que preservan la seguridad laboral no tendrán seguramente mucho interés para el precariado. Los que han caído en él tienen poca esperanza de conseguir esas garantías y los beneficios no salariales logrados por el proletariado y el salariado. Algunos en el precariado ni siquiera los pretenden. Es poco probable que les impresionen las voces sindicales que reclaman su «extensión» al precariado.
Otra contradicción surge del hecho de que los sindicatos siempre han promovido los valores del trabajo asalariado sobre los valores del trabajo en general. Históricamente, puede considerárseles responsables de afianzar los valores del trabajo asalariado. Siempre pidieron que hubiera más gente «empleada», estuvieron entre los que más vehementemente se opusieron a una renta básica y nunca lucharon por transformar las estadísticas de empleo en estadísticas de trabajo en general. En el siglo XX, la demanda de «pleno empleo» de los sindicatos sencillamente significaba que el mayor número de gente posible debería estar colocada en trabajos subordinados. Esto puede se injusto para con tantos sindicalistas individuales que trabajaron incansablemente por mejorar la vida de los «trabajadores». Pero es así como cobró forma el laborismo. Hoy día, es improbable que los sindicatos superen ese legado mediante un mero cambio de retórica y la sustitución de los jefes sindicales de viejo cuño.
El año 2011 fue probablemente el momento en que la fase del rebelde primitivo llegó a su cénit. Globalmente, el periodo subsiguiente puede llegar a verse como el momento de calma antes de la tormenta, un periodo de oscuridad en el que el viento se aplaca momentáneamente. Las energías se volvieron hacia otro sitio, a menudo hacia la pura supervivencia ante una austeridad recrudecida. No obstante, los sentimientos rebeldes tomaron cuerpo en la política populista que llevó al éxito electoral del M5S en Italia y que hizo que las espaldas de los socialdemócratas por doquier sufrieran un escalofrío de incomprensión. ¿Por qué no habían sacado provecho ellos de la reacción contra la globalización y la austeridad?
Las razones estaban claras. Durante dos décadas, los partidos laboristas habían aceptado de manera oportunista la lógica del modelo económico neoliberal. Con tanto entusiasmo como la derecha política, aceptaron el pacto fáustico. Trataron de alinearse con protestas ocasionales, pero rara vez tomaron la iniciativa o propusieron un enfoque alternativo. Italia ofrece dos buenos ejemplos de su falta de liderazgo: la ocupación del Cinema Palazzo, un teatro en el distrito de San Lorenzo en Roma, en defensa de las artes, y el movimiento de los beni comuni (bienes comunes), que llevó al referéndum de junio de 2011 que revocó de forma rotunda la privatización del agua que había sido aprobada por el Parlamento unos meses antes (Mattei, 2013). Esas luchas tuvieron lugar fuera de la política convencional. Eran un presagio de la tormenta que se avecina.
Los movimientos de protesta, más que los días de protesta encarnados en las manifestaciones del EuroMayDay de unos años atrás, han desplazado la acción de los partidos y de los sindicatos. A menudo se producen, pese a la eliminación de libertades republicanas clásicas. Un ejemplo es OUR Walmart (Organización Unida para el Respeto en Walmart), en la que los empleados del gigante de la distribución a los que se prohibía afiliarse a los sindicatos se organizaron, no obstante, para protestar por los bajos salarios, la falta de beneficios médicos asequibles, los horarios de trabajo impredecibles y la negativa a reconocer al sindicato. Más tarde, los trabajadores de comida rápida organizaron protestas fuera de sus centros de trabajo. Estos movimientos sociales se saltan las barreras a la acción colectiva construidas por el Estado para intentar limitar las acciones a favor de la solidaridad social.
Tres luchas entrecruzadas
El tercer gran principio progresista que surge en un periodo de transformación potencial es que cada paso adelante hacia una sociedad más emancipada e igualitaria remite a tres luchas entrecruzadas. Esto no significa que tendrán lugar ni que tendrán éxito. Pero, si no se producen, no puede haber una gran transformación.
La lucha por el reconocimiento
La primera lucha es por el reconocimiento. Este se logra principalmente mediante la acción colectiva o las protestas que articulan una identidad, en las calles, en los cafés y bares, en los lugares de trabajo, en lo nuevos medios de comunicación de masas y en el debate político. Se trata de reconocerse uno mismo en los otros, de sentir una necesidad común de superar la inseguridad de la identidad que caracteriza a una clase en formación. Se trata de reconocer la existencia de un grupo social distintivo y sentir que uno puede ser parte de él, sin vergüenza y con cierto orgullo.
Algo parecido ocurrió durante el siglo XIX. En las primeras décadas, «tener empleo» era motivo de vergüenza y estigma. Conforme tomó cuerpo el proletariado, a medida que crecía el número de trabajadores a tiempo completo, sin tierra ni propiedad, cada vez eran más los que se identificaban entre sí. Y llegaron a sentir orgullo y dignidad en su común circunstancia. Tenía que surgir una nueva «subjetividad» por la cual se dieran cuenta de que estaban en una posición estructural en el sistema socioeconómico y que tenían el deber de apoyar a los que estaban en una posición similar. De ahí también la apreciación de la necesidad de respetar los principios de reciprocidad y solidaridad, de que luchar por la dignidad de los otros era luchar por la propia.
En momentos así, la clase emergente tiene que forjar una identidad social distintiva, para crear la base de la acción colectiva. Esto incluye la creación vernácula de un nuevo discurso subversivo que altere las imágenes y el lenguaje político para poner de relieve las tensiones y los desafíos. También requiere la aceptación de que la vieja vanguardia progresista de oposición a las estructuras de desigualdad e inequidad ya no puede desempeñar ese papel, y en algunos respectos se ha convertido en un obstáculo reaccionario para la lucha renovada contra la creciente desigualdad y la erosión de libertades o derechos adquiridos.
Aquí es donde estaba el precariado tras el crac de 2007-2008. Las manifestaciones anteriores del EuroMayDay habían preparado el camino. Pero tener conciencia de llevar una vida precaria no se tradujo fácilmente en el reconocimiento de una identidad común. Eso requirió que las historias de los desafíos comunes cuajaran en una narrativa común. El espejo se hizo más grande a medida que la gente vio que los otros asentían en señal de reconocimiento. La nueva identidad fue surgiendo a partir de las muestras de descontento a pequeña escala. En 2009, el autodesignado colectivo «Investiga y Destruye» de la Universidad de California, en Santa Cruz, editó un «comunicado desde un futuro ausente» que captó parte de la emergente realidad:
«Trabaja duro, juega duro» ha sido el lema obsesivo de toda una generación durante su formación…, ¿para qué? —dibujando corazones en la espuma del capuccino. Trabajamos y pedimos prestado para trabajar y pedir prestado. Y los empleos por los que trabajamos son los empleos que ya tenemos. Lo que compra nuestra matrícula prestada es el privilegio de hacer pagos mensuales durante el resto de nuestras vidas.
Aunque algo autocompasivo, eran indicios de una desilusión que debe desarrollarse si ha de cristalizar el reconocimiento del lugar de la clase emergente.
La lucha dio un gran paso adelante durante las convulsiones de 2011. En todas ellas, sobre todo quizá en el movimiento de los indignados en España y en movimientos paralelos en otros sitios, una conciencia agudizada simbolizó el surgimiento del precariado como fuerza social. La gente en todo el mundo podía identificarse con él, viendo la energía de muchos otros miles. ¡Existimos! ¡No soy solo yo! Y podemos hablar con orgullo de nuestra pertenencia al precariado, sin sentir vergüenza, lástima de nosotros mismos o responsabilidad personal por el fracaso, por más que los políticos utilitaristas nos digan lo contrario. ¡Estamos aquí, no nos vamos! Las circunstancias, las instituciones y los procesos crean nuestra realidad. Pero estamos preparados y dispuestos a luchar por los derechos, especialmente por el derecho a desarrollar nuestras capacidades. Había un doble sentido no intencionado en el nombre del movimiento Occupy, porque no trataba solo de ocupar espacios sino también de forjar una identidad ocupacional.
Estos no son sentimientos que surjan de repente o que puedan ser comprendidos plenamente, ni siquiera por los que están en la vanguardia. Pero a lo largo de 2011 más y más gente parecía entender al precariado y su relación con él. Esto se tradujo en presentaciones de comentaristas y en blogs y debates públicos. El desarrollo del reconocimiento personal como miembro de un grupo en crecimiento es una fase vital para superar los rasgos desfavorables que ayudan a definirlo.
Ese reconocimiento también exige que uno se dé cuenta de que las viejas etiquetas sociales son anacrónicas. Así, la gente con un grado universitario encuentra difícil identificarse con el proletariado o incluso con la «clase trabajadora». Parece aún más extraño que lo haga si sus ingresos ocasionales proceden de fuentes distintas de las del trabajo asalariado estable. Es igualmente extraño que la gente se diga de «clase media» —en el sentido americano o europeo— cuando no tienen ni propiedad ni empleo asalariado.
El reconocimiento conquistado da paso a sentimientos colectivos. Los sindicatos obreros reaccionaron confusamente ante el precariado, intentando demostrar que estaban abordando las inseguridades laborales y reclamando empleos más seguros con salarios decentes. En parte, esto no tuvo relevancia porque no fueron capaces de reconocer que la facción radical del precariado no se está revolcando en la autocompasión, sino que está desafiando las viejas normas. Rechaza el laborismo como modelo, y la idea de que todo lo que quiere es su «integración social» en el proletariado. En una declaración maravillosamente subversiva de voluntad de acción, de autorreconocimiento, esto quedó resumido en un grafiti de una pared de Madrid: «Lo peor sería volver a ser normal». La parte progresista del precariado puede querer abolir su actual condición, pero es una clase transformadora, no una clase anclada en un pasado imaginario o real.
La lucha por la representación
«Nuestros sueños no cogen en vuestras urnas.»
Los indignados
[grafiti]
La siguiente lucha es por la representación. Los sucesos de 2011 hicieron poco al respecto y las políticas y los cambios institucionales en la era de la austeridad debilitaron lo poco que había. Representación significa que el precariado debe tener una voz independiente, distintiva y efectiva en cada institución del Estado, especialmente dentro de todas las instituciones con la que sus miembros tienen que tratar. El precariado necesita formas de representación que atiendan sus intereses, inseguridades y aspiraciones. En el proceso, seguramente seguirá rechazando a los partidos políticos convencionales y a los políticos profesionales, pues no puede verse representado en la política mercantilizada. La palabra «corrupción» es una versión en forma de consigna de esta idea. Pero lo que se rechaza es la corrosión neoliberal de la política.
El mensaje del utilitarismo moderno es que los políticos y los partidos deben ser más competitivos que los otros, y la competitividad debe lograrse reempaquetando y vendiendo con frases, palabras e imágenes más efectivas, probadas mediante grupos focales, publicidad inteligente, buena puesta en escena, embellecimiento físico y cosas por el estilo. El precariado, hasta ahora desmembrado, puede que no represente ninguna mayoría en dicha política utilitarista. Pero, gradualmente, el establishment político se enfrenta al incómodo hecho de que, mientras las facciones en su seno compiten por alguna mayoría percibida como tal, con lo que fraccionan dicha mayoría, el precariado ha estado creciendo hasta el punto en el que coincide con componentes sueltos de esa clase media. Esto quedó al descubierto en las elecciones celebradas en toda Europa en 2012 y 2013, de manera más espectacular en Italia.
Fuera del ámbito político, la representación debe ser significativa, obligando a rendir cuentas a todos los que toman decisiones y asegurando el proceso debido a todos los niveles en todo momento. Los que está en el precariado son suplicantes que tienen que implorar un trato justo o prestaciones a burócratas o agencias opacas que actúan en nombre del Estado. La representación es la única forma de superar este estatus de suplicantes y de poder restaurar y revitalizar derechos. Así, hay que restringir el poder discrecional de las agencias asistenciales, que se han convertido en instituciones para «reformar» el comportamiento, las actitudes o las capacidades de sus «clientes». Esto no puede ocurrir a menos que los que están en el bando receptor tengan una voz dentro. No basta con tener fuera «perros guardianes» o defensores del pueblo a los que se encomiende con grandes mandatos que cuiden del «interés público». Estas son figuras valiosas y deben ser fortalecidas. Pero nada puede sustituir a la voz (véase el artículo 5). Solo si el precariado forma parte de la gobernanza de las agencias sociales y económicas, podrán estar adecuadamente representados sus intereses.
Fortalecer y reinventar la democracia es esencial para relegitimar la marcha hacia delante. En la lucha por la representación, deben democratizarse todas las esferas de decisión política. Uno de los retos será evitar la trampa utilitarista.
La lucha por la redistribución
La tercera lucha es por la redistribución. Toda transformación gira en torno a la redistribución de activos o recursos cruciales de la época a favor de la clase que emerge en masa. En la sociedad feudal, la lucha se libraba básicamente por la tierra y el agua. En la era del capitalismo industrial, se libraba por los medios de producción y los beneficios de la producción industrial. El proletariado quería poseer las fábricas y las minas. En el caso del precariado, esa forma de socialismo tiene poco atractivo. Al precariado le preocupan las desigualdades que impiden su liberación, relacionadas con los cinco bienes fundamentales de la terciarizada sociedad de mercado de hoy.
El primero es la propia seguridad. La plutocracia, la élite, el salariado e incluso el viejo núcleo de la clase obrera tienen diversas fuentes de seguridad; el precariado y el lumpemprecariado no tienen más que incertidumbres y azar crónicos en su camino.
El segundo bien fundamental es el control del tiempo. De nuevo, los grupos superiores tienen abundantes medios para ganar tiempo para sí mismos, incluida la posibilidad de aprender a manejar todas las complejidades de la vida moderna. El precariado no tiene más que demandas crecientes sobre su tiempo, y padece una mente precarizada al tener que revolotear entre actividades que devoran tiempo pero con escasa utilidad. Se necesita una política del tiempo.
El tercer bien fundamental es el acceso a, y el control de, un espacio de calidad, lo que se comprende bajo el término general de bienes comunales o «comunes». El ataque neoliberal a los espacios y servicios públicos ha agotado los comunes, de los que el precariado depende más que ningún otro grupo.
Un cuarto bien fundamental es la educación. aquí también el precariado se ha visto perjudicado por su coste creciente y por la mercantilización de la escuela, que ha debilitado la educación moral y el ethos vital de la empatía.
Un quinto bien fundamental, el capital financiero, es crucial para una distribución progresista. Ha sido la acumulación de las ganancias financieras procedentes de la globalización en las manos de la plutocracia, la élite y el salariado la que ha impulsado el crecimiento extraordinario de la desigualdad de renta y riqueza.
Estos son los bienes que deberían ser centrales en una Carta del precariado.
El Movimiento Cinco Estrellas de Italia: una interpretación
En Italia, la explosión populista de 2013 surgió tras el Gobierno nominalmente tecnocrático de Mario Monti, en cuyo mandato el desempleo creció hasta el 11 por ciento, el desempleo juvenil alcanzó el 37 por ciento y el número de pobres se incrementó en un millón hasta los 9 millones, en una población de 60 millones. El socialdemócrata Partido Democrático había dado su consentimiento a lo que el Gobierno de Monti estaba haciendo, al igual que lo habían hecho los ex comunistas. Ninguno ofrecía una alternativa realista. En este vacío, se le brindó una oportunidad al Movimiento Cinco Estrellas (M5S). Este apeló a la joven «generación de los 1.000 euros», aquellos en el precariado cuyas oportunidades de empleo ofrecían, en el mejor de los casos, salarios indecentes. En las elecciones, los 163 senadores y parlamentarios del M5S procedían en su mayoría del precariado. Su edad media era 37,20 años menos que el resto del Parlamento.
Cabe la duda de si el M5S estaba unido en torno a algo más que el rechazo de unas agendas políticas caducas. Contenía en su seno la naturaleza peligrosa del precariado. Deberíamos esperar que dichos movimientos cumplan al menos la labor esencial de quitar de en medio el laborismo estéril. Tristemente, no supuso ninguna amenaza para el neoliberalismo; su populismo económico tenía un fuerte tinte neofascista.
El M5S tenía la intención de dirigirse a diversas partes del precariado. Presentaron una posición ecologista, reclamando medidas para reducir las emisiones de efecto invernadero. Quisieron ponerle fin a los megaproyectos de prestigio tales como un puente de la península a Sicilia y el tren de alta velocidad Turín-Lyon, y demandaron multas para el transporte privado motorizado en las ciudades y mejores medios para los ciclistas y el transporte público. De esta forma hizo suya la lucha por los bienes comunales.
Sin embargo, sus políticas económicas eran incoherentes. Los críticos de la izquierda los atacaban con dureza por ser «de derechas» y por su asalto a los trabajadores y al «Estado de bienestar» (Wells y Schwarz, 2013). Podría describírseles como neofascistas más que como convencionalmente de derechas. Favorecían una Administración estatal más débil unida a la libertad del capital. Pero también ofrecían al precariado lo que más anhela, seguridad básica, con la promesa de una renta básica. Esto debilitaba a los socialdemócratas, que seguían ligados al laborismo, respaldados por su soporte institucional, el sindicato CGIL.
El M5S demandaba recortes drásticos de empleo en el sector público, más allá de lo que había pedido la derecha tecnocrática, y la privatización del ferrocarril. Quería vaciar el gobierno local, aboliendo los pequeños organismos provinciales. De esta forma, su posición contra las burocracias públicas era neoliberal. El diagnóstico era válido por cuanto que la burocracia se había beneficiado de las viejas estructuras, y estaba colonizada por los viejos partidos políticos. Demasiados socialdemócratas habían sido incapaces de reconocer la corrupción del Estado. Italia es notoria por su sistema nepotista de adjudicación de puestos, sobre todo en los servicios públicos.
Sin embargo, el pronóstico no era nada atractivo. Una agenda progresista habría demandado la democratización de las estructuras estatales, a fin de proporcionar los servicios públicos que necesita el precariado. En lugar de ello, el M5S quería la privatización. También quería universidades más integradas con las empresas, sacando de nuevo a relucir sus instintos neoliberales. Los progresistas querrían revertir el proceso de mercantilización de la educación y el creciente apartheid educativo, con un sistema de universidades de élite para aquellos con contactos y otro que prepara a las personas para servir a las necesidades de las corporaciones.
Una respuesta progresista a la crisis de transformación debe basarse en las tensiones y los objetivos de clase. En su lugar, Grillo recurrió a un planteamiento dualista. Tras las elecciones generales, dijo que Italia estaba dividida en el bloque A, que parecía coincidir aproximadamente con el precariado, y el bloque B, un variopinto atajo de convenientes granujas, formado por los que respaldaban el statu quo, en su mayoría empleados públicos (o sea, todo el mundo excepto los partidarios del M5S), evasores de impuestos y políticos profesionales. Era populismo pueril.
Grillo decía que había «un conflicto generacional en el que la cuestión es la edad, no la clase». Viniendo de un cómico de 64 años, eso era bastante divertido. Condenaba a los pensionistas y a los funcionarios. «Cada mes», escribió, «el Estado debe pagar 19 millones de pensiones y 4 millones de salarios públicos. Esta carga ya no es sostenible» (citado en Wells y Schwarz, 2013). De nuevo, esto es retórica populista. ¿Habría que quitarles las prestaciones a nuestros frágiles mayores? ¿Habría que negar el salario a policías, enfermeras y doctores, a bomberos y barrenderos? Grillo defendía una estrategia populista para recortar más que para reestructurar el sistema de protección social. Esto es poco probable que interese al precariado, una vez que se percate de lo que está en juego.
Sin embargo, el M5S también pedía una renta básica incondicional de 1.000 euros al mes. Algunos críticos dijeron que la intención era reemplazar las pensiones existentes y los salarios públicos. Fuera o no esta la intención de Grillo, el M5S ayudó a legitimar la idea de una renta básica, que debe formar parte de la estrategia progresista renovada que arranca de la desaparición del modelo socialdemócrata. En consecuencia, los igualitaristas de Italia no podrían decir que es políticamente irrealista.
Finalmente, la posición de Grillo era personalmente contradictoria, pues era parte de la plutocracia italiana, con una renta en 2005 de más de 4 millones de euros. El cofundador del M5S era el rico Gianroberto Casaleggio, un empresario IT, con apoyo de Enrico Sassoon, presidente de la Cámara Americana de Comercio en Italia. Los partidarios del movimiento incluían al multimillonario empresario de la siderurgia Francesco Biasion, quien dijo que votó a Grillo porque «hoy las compañías están en las garras de la burocracia y los sindicatos».
El M5S es una forma de populismo que nace del sentimiento de estar bajo asedio. No es democrático: Grillo y Casaleggio dirigen el movimiento como una empresa privada, como demuestran Wells y Schwarz (2013). Sin embargo, los críticos progresistas no deben perder de vista dos aspectos del éxito del M5S. Era probablemente la única forma de trastocar las viejas estructuras políticas. Aquí viene a cuento el famoso aforismo de Antonio Gramsci de que lo viejo se muere pero lo nuevo no acaba de nacer. Y contribuyó a impulsar la transformación, pasando de la lucha por el reconocimiento, ganada en 2011, a un primer estallido de representación, aun cuando no era la forma de representación que los progresistas desearían. Está plagado de peligrosas connotaciones que pueden llevar a una escisión entre movimientos fascistas e igualitaristas.
Grillo dijo antes de las elecciones: «Italia le ha vuelto la espalda a su clase política y su lugar lo está ocupando un nuevo lenguaje de comunidad, identidad y honestidad» (Kington, 2012). En un mitin, soltó una sarta de insultos al establishment político: «¡Se acabó! ¡Rendíos! ¡Estáis rodeados!». Sus entusiastas agitaban una pancarta que decía: «Queremos salir de la oscuridad». Quizá una retórica extremista era la única forma de sacudirse los estériles reductos de la política del siglo XX.
Otros países esperan un momento similar. Pero se trata de la fase de rebeldes primitivos de la transformación global. Grillo no tiene nada en común con Roosevelt o Attlee, o con Gösta Rehn y Rudolf Meidner, que fueron los que forjaron el modelo sueco de socialdemocracia. Pero, en una escala menor, tiene su hueco en el panteón de figuras que han promovido el cambio político. Es posible que pronto salga de escena, pero para entonces puede que ya esté hecho su trabajo de perturbación. Se necesitarán varios años para una clarificación a este respecto. La convulsión italiana, no obstante, tuvo un resultado predecible que les vino bien. Los socialdemócratas formaron un Gobierno de coalición en alianza con el partido de la derecha, dirigido entonces por un Silvio Berlusconi condenado en diversas causas.
Y ahora…
El movimiento de protesta global no se parece al movimiento comunista, que declaraba que el mundo tenía que ser transformado de acuerdo con su doctrina. Aquí no hablamos de una revolución ideológica. Este movimiento lo guía un deseo auténtico de conseguir lo que se necesita. Desde este punto de vista, la presente generación no pide que desaparezcan los gobiernos sino que cambien la forma de abordar las necesidades de la gente.
Stéphane Hessel,
Autor de Indignez-Vous!, 2012
Hessel captó el estado de ánimo en 2010, cuando desahogó su furia contra el legado de su generación: una larga lucha contra la tiranía, la conculcación de derechos humanos y la desigualdad. Murió en febrero de 2013, a la edad de 95 años. Pero su panfleto de 32 páginas, Indignez-Vous! (2010, traducido al inglés como Time for Outrage) fue inspirador del movimiento Occupy, el de los indignados y muchos otros. Fue una llamada a la acción. Es tarea de otros llevar eso adelante, en formas y lugares que no podemos predecir plenamente.
Al pensar en una Carta del precariado, deberíamos atenernos a diversas líneas maestras. Las prioridades variarán según los países y a lo largo del tiempo, según se desarrollen los debates. Lo que sigue se centra en cuestiones que afectan directamente al precariado y no trata así, por ejemplo, de las medidas para combatir la evasión y las exenciones fiscales por parte de la plutocracia. El precariado puede apoyar estas medidas, pero deberíamos centrarnos en las cuestiones que tengan relevancia para su vida y sus aspiraciones.
Lo que debe hacer una Carta es aprovechar la ira y la desilusión que provocan las viejas agendas políticas. El filósofo polaco Jaroslaw Makowski, reflexionando sobre El precariado y sus cuatro aes, y sobre cómo la anomia,
la ansiedad y la alineación alimentan la ira[10], expuso el problema muy bien:
La cuestión que afrontamos hoy es esta: ¿cómo podemos forjar el coraje a partir de esta furia? Ante todo, no olvidemos que el coraje en el pensamiento deriva del coraje en la visión. Por lo tanto, digámoslo abiertamente: «No tengamos miedo de nuestro odio». Tenemos derecho a él, siendo nuestra situación la que es. Solo hay una condición: la ira, la rebelión y, finalmente, el odio no deben dirigirse contra los propios (Makowski, 2012).
Luego citó el libro de Claus Leggewie, Mut statt Wut [Coraje en vez de ira], que arguye que un gran cambio requiere de «imaginación constructiva e iniciativa» y de lo que el filósofo checo Jan Patočka llamó la «solidaridad de los perplejos». Eso es precisamente lo que se necesita.
En lo que sigue, se proponen determinadas políticas y cambios institucionales que corresponden a la necesidad de revitalizar la gran trinidad de libertad, fraternidad e igualdad desde la perspectiva del precariado. La gran cuestión es: ¿dónde está la voluntad de acción que le dé fuerza?
Artículo 1: Redefinir el trabajo como actividad productiva y reproductiva
Deberían reconocerse y valorarse todas las formas de trabajo, no solo el trabajo remunerado. Buena parte del trabajo valioso, como es el cuidado de los familiares y el trabajo voluntario, es impago y no cuenta. Lo mismo ocurre con
muchas tareas laborales que se supone que tiene que hacer la gente en su propio tiempo. Mientras tanto, las políticas laboristas pretenden maximizar el número de empleos, al margen de lo insustancial, degradante o antiecológico que sean.
El trabajo debe ser rescatado del trabajo remunerado. Debemos dejar de convertir en fetiches los empleos y el crecimiento económico, tal como se miden convencionalmente. Esto es crucial para el desarrollo de una estrategia progresista.
No es válido decir que todo el trabajo remunerado es productivo y que todo el no remunerado no lo es. Por ejemplo, se ha estimado que el administrativo medio gasta dieciséis horas a la semana en reuniones, de las que cuatro son una «pérdida de tiempo». Pero solo porque se realizan en un centro de trabajo y son remuneradas, esas cuatro horas son consideradas como trabajo. Por el contrario, se consideraría que alguien que charla con otro en un lugar público no está trabajando y podría ser acusado de ocioso. La distinción muestra que, convencionalmente, el trabajo se mide no por lo que hacemos sino por si lo que hacemos está remunerado, sea o no productivo. No hay justificación para decir que todo el mundo tiene el deber de trabajar o que perder el tiempo en esas reuniones en el centro de trabajo es hacer «lo correcto» o ser «responsable».
Es altamente prioritario que se legitime un concepto más amplio de trabajo. Es un avance reconocer el trabajo de cuidado no remunerado como trabajo. Pero eso no debería desviarnos de la tarea de demandar que todas las formas de trabajo sean reconocidas como trabajo. Consideremos algunas formas que normalmente no cuentan.
En el Reino Unido y en otros lugares, el Estado ha promovido el crecimiento de las instituciones benéficas para cubrir el vacío que deja un Estado de bienestar disminuido. La enorme desigualdad también ha favorecido una filantropía discrecional, que ha permitido a las instituciones benéficas expandir sus actividades gracias a las donaciones. Las penurias que acompañan a la austeridad, y la menguante ayuda ofrecida por los gobiernos a los necesitados, han animado a mucha gente del salariado a dedicarle tiempo a trabajos de caridad. Los gobiernos están externalizando servicios en una mezcla de empresas comerciales y organizaciones voluntarias sin ánimo de lucro. Así, crece la cantidad de trabajo voluntario. A diferencia de sus contrapartidas remuneradas, los voluntarios no remunerados no cuentan como trabajadores. Sin embargo, ese trabajo voluntario tiene de hecho un impacto en el mercado laboral. Permite que el Estado reduzca los puestos de trabajo en los servicios públicos y mete presión a la baja en la paga y las condiciones de los que hacen un trabajo asalariado similar.
Luego está lo que podríamos llamar trabajo-para-trabajar, un trabajo ligado a empleos pero que no es remunerado ni reconocido estadísticamente o en la política social. Este incluye las horas impagadas fuera de horario, un creciente fenómeno que afecta sobre todo al precariado. La gente está haciendo más trabajo lejos de los lugares formales de trabajo, completando tareas que no se pueden hacer dentro del horario pagado. Y están realizando trabajo para intentar mantenerse «competitivos» y actualizados, haciendo redes, aprendiendo nuevas habilidades, pasando por largos procesos de solicitud de empleo y cosas así.
El trabajo-para-trabajar también incluye las actividades que el Estado exige que haga la gente si quiere solicitar prestaciones, lo que incluye rellenar largos formularios, presentar informes periódicos, asistir a reuniones y sesiones de formación obligatorias. Si se obliga a la gente a realizar estas actividades, haciéndole gastar su tiempo, ¿por qué no se las llama trabajo? La gente no elige hacerlas. Así que no puede llamárselas ocio o juego o inactividad económica. Por lo que concierne al precariado, esas faenas no deseadas son trabajo.
Luego está el trabajo-para-la-ciudadanía. El Estado moderno impone duras exigencias al tiempo de sus ciudadanos, obligándoles a rellenar formularios fiscales, a examinar documentos legales, solicitar servicios (más formularios) y así sucesivamente. Estas actividades no son ocio. Deberían reconocerse como trabajo y entonces ser tenidas en cuenta a la hora de evaluar el uso del tiempo y el alcance de las obligaciones de la gente.
Artículo 2: Reforma de las estadísticas laborales
Las estadísticas laborales deberían ser reformadas para que tuvieran en cuenta todas las formas de trabajo. Deberían reflejar las realidades del trabajo, a fin de que pudieran diseñarse políticas que respeten los valores no laboristas y ecológicos.
Desarrolladas en las décadas de 1930 y 1940 para las economías industriales, las estadísticas laborales oficiales convencionales son engañosas. Según indicábamos en el capítulo 3, subestiman la atonía laboral en un mercado laboral flexible. Sobreestiman el empleo y, en una era en que se recortan prestaciones y se intenta empujar a todos los desempleados posibles hacia la «experiencia laboral» no remunerada, subestiman el desempleo. Sin embargo, la principal crítica es que no nos muestran el alcance del trabajo que la gente hace y tiene que hacer. Por ejemplo, las estadísticas oficiales deberían medir la cantidad de trabajo que el Estado exige a los individuos para ser ciudadanos plenos. Las estadísticas públicas regulares deberían reflejar todo el registro del trabajo que hace la gente.
Un objetivo indirecto de la reforma debería consistir en relacionar el «trabajo en general» con el derecho a la prestación pública de la misma forma que el «trabajo remunerado». Los socialdemócratas quieren la vuelta a la seguridad social contributiva. Esto plantea un viejo dilema: si alguien deja de trabajar debido a una enfermedad o a la maternidad, ¿eso debería contar como un periodo en el que se cotiza? La respuesta habitual es que sí debería. Pero ¿qué otra cosa debería contar en ese sentido? Si una persona entra en el desempleo sin culpa suya alguna (por hacer fácil el ejemplo), ¿debería entenderse que el periodo subsiguiente de búsqueda de empleo está cubierto por las cotizaciones? ¿Y qué pasa con el que deja de trabajar para cuidar de un pariente débil o enfermo? Podemos ir añadiendo casos similares y no acabar. En última instancia, la elección de actividades cubiertas por los esquemas contributivos es arbitraria e injusta. Unas estadísticas que midieran todas las formas de trabajo pondrían esto en evidencia.
También es especialmente importante para el precariado que las estadísticas oficiales revelen si el trabajo que se está realizando alcanza para la subsistencia. Muchos empleos existen solo porque están subvencionados. En 2012, el Gobierno del Reino Unido propuso a debate un «indicador multidimensional» de la pobreza infantil que desviaría la atención de la renta hacia una medida estadística alternativa. Un elemento a incluir era el «desempleo familiar». Tener a uno de los padres con empleo suponía automáticamente la reducción de la pobreza infantil. Pero muchos padres tienen trabajos que no reportan una renta familiar. Dependiendo del peso dado al hecho de tener un trabajo, el indicador podría definir a los niños como libres de la pobreza solo porque uno de los padres tiene trabajo, al margen de cuánto se le pague. También se dijo que la consulta pública tendría eco en la opinión pública, abriendo la puerta para que el indicador fuera moldeado por las percepciones negativas creadas por las historias llenas de prejuicios que cuentan los medios sobre familias irresponsables. Las estadísticas laborales no deberían utilizarse de esa forma.
Medir la atonía laboral
En el capítulo cuatro decíamos que en un mercado laboral flexible la tasa oficial de desempleo es una medida deficiente y distorsionada de la infrautilización de trabajo. También será un mal proxy de ello, pues no hay razón para pensar que la ratio de la atonía laboral sobre el desempleo será constante, cíclicamente o a lo largo del tiempo.
En algunos países, los diseñadores de políticas estaban desconcertados por el hecho de que, en la recesión que siguió a 2008, el empleo se mantuvo mientras la producción se desplomó. Esto significaba que la productividad caía y los costes laborales unitarios subían. Pero quizá lo que cayó fue «el contenido de empleo del empleo». Había más gente clasificada como empleada a tiempo completo que de hecho hacía muy poco trabajo productivo. La principal respuesta de los empleadores fue rebajar los salarios y reducir las horas remuneradas. Los contratos de cero horas se extendieron y hubo más gente nominalmente empleada que en realidad estaba desempleada.
Paradigmas estadísticos
En cada transformación, se quiebra un paradigma estadístico y aparecen presiones para reemplazarlo por otro capaz de reflejar las realidades actuales y dar respuestas a cuestiones que los legisladores y los analistas están planteando.
En los censos del siglo XIX, se clasificaba a la gente según su ocupación habitual, proporcionando datos que no podían mostrar el alcance del desempleo. En la década de 1930, tras mucha experimentación, eso fue reemplazado por lo que llegó a conocerse como el enfoque de la fuerza de trabajo, por el que los adultos eran definidos arbitrariamente como económicamente activos o inactivos. Esto ofreció una medida del desempleo abierto, al precio de perder información sobre la ocupación de la gente a cambio de la información sobre su empleo actual.