Sin culpa
Capítulo 1
Índice
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
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Capítulo 1
EWAN Sinclair, Sinc para los amigos, se sirvió un vaso de whisky y se sentó a su mesa. La investigación estaba cerrada y el veredicto ya había sido emitido: había sido un trágico accidente en el que no había habido culpables.
¡Menuda broma! A él se le ocurrían al menos tres personas que eran directamente responsables de la muerte de Kit.
Él mismo para empezar. Era lo más parecido a un padre que Kit había tenido y sin embargo el chico no había buscado su ayuda cuando tuvo problemas. Quizá temía que le hubiera dado una charla, y tal vez lo habría hecho, pero ya nunca lo sabría, porque la muerte era irreversible.
También estaba Stuart Maclennan.
No se había podido esclarecer si habían estado haciendo una carrera o si se perseguían el uno al otro cuando el coche y la moto se salieron de la carretera. De cualquier manera, Maclennan iba drogado, y a ojos de Sinc era culpable.
Por último estaba Ti Nemo, la antigua novia de Kit.
Sinclair la había visto declarar durante el juicio; una chica con el pelo oxigenado y demasiado maquillaje en la cara. Nada más verla, sintió que la detestaba. Se había esforzado por pillar todas las mentiras que salieron de su boca, y sintió deseos de abalanzarse sobre ella y sacudirla para que dejara de repetir como un loro la historia que algún abogado listo le había preparado.
Pero, por supuesto, la costumbre de contenerse estaba demasiado arraigada en él, y se había quedado sentado.
Se imaginó a su ex mujer, Nicole, burlándose de él desde la tumba. Inhibido, reprimido y encarcelado en una camisa de fuerza emocional; aquellos eran algunos de los insultos más amables que su ex mujer le había lanzado. En su momento, no le habían molestado excesivamente, pero en aquel instante, volvieron para atormentarlo.
Tenía que hacer algo, pero no sabía el qué.
Abrió un cajón y sacó los efectos personales de Kit. Una bolsa de cuero en la cual había un anillo, una muñequera de cuero y un reloj roto. No era mucho para diecinueve años de vida.
Sinc tocó uno de los objetos, pero no sintió ninguna conexión. La única otra cosa que tenía de Kit era su teléfono móvil. Lo habían encontrado en la guantera del coche de Maclennan. Tendría que comprar un cargador; sabía que aquel teléfono quizá fuera la llave de la vida de su hijastro y también de su muerte, pero tenía que comprobarlo.
Sinc había esperado a que terminara el proceso judicial, aunque no sabía qué esperaba. Quizá una razón para poder aceptar el motivo por el cual Kit tomó una curva tan cerrada a noventa kilómetros por hora.
Apretó el botón de encendido del teléfono móvil y este le pidió el código de acceso. Tenía solo tres oportunidades.
Lo intentó con los tres últimos números del teléfono fijo de Kit y su año de nacimiento, pero ambos resultaron ser incorrectos. Tenía un último intento y lo hizo con su fecha de cumpleaños. Acertó.
Cualquier otra persona lo habría achacado al destino, pero Sinc lo achacó a la suerte, aunque no sabía si buena o mala.
Comenzó a buscar en el directorio y la primera entrada que encontró fue TN; la segunda TN móvil. ¿Quién sino Ti Nemo? Sinc pensó que era un nombre ridículo, pero su posición en el directorio dejaba bien claro quién había sido la persona más importante para Kit en el momento de su muerte.
Sinclair dudó un momento, y por una vez, actuó por impulso y marcó el botón de marcado.
Tiree Nemo se servía la segunda copa de vino casi al mismo tiempo que Ewan Sinclair, a unos treinta kilómetros de distancia, se servía el primer whisky. Ella no era una gran bebedora pero necesitaba relajarse un poco tras un día traumático, y los catorce precedentes.
Desde luego que no era una bebedora; de hecho, un par de tragos más empezarían a afectarle la cabeza, y probablemente tampoco ayudaría el no haber comido.
Se recostó en el sofá e intentó no pensar en nada; ni en la sala del tribunal, ni en la prensa, ni en los fans intentando consolarla o en busca de consuelo.
Todo había sido como un gran espectáculo: los focos, manos intentando tocarla y voces que clamaban su atención.
¡Ojalá Stu hubiera estado allí! A él le habría encantado posar para ellos, simulando afectación mientras actuaba para su público.
Pero Kit no. Él se habría mantenido en un segundo plano, como si quisiera desaparecer. Había sido demasiado tímido para ser estrella de rock. O quizá demasiado joven.
El gran error del grupo había sido permitir que un chico de diecisiete años se uniera a ellos.
A pesar de haber hecho pruebas de sonido a muchos músicos con experiencia, habían acabado por elegir a un joven inseguro. Cierto era que tocaba el bajo excelentemente bien, pero, ¿acaso no había resultado obvio desde el principio que no sería capaz de aguantar la fama?
–¿Qué hicimos, Stu? –preguntó Ti en voz alta.
«Déjalo, cariño. Yo también estoy muerto, así que no puedes llevarme contigo por la senda de la culpa», dijo una voz en su cabeza.
¡Como si pudiera olvidarlo!
«No vas a llorar».
No.
«Bien, porque resultaría verdaderamente aburrido».
Ti hizo una mueca como respuesta a aquel comentario de Stu, antes de darse cuenta de que volvía a mantener conversaciones con un muerto. Apretó los labios con fuerza porque sabía que si continuaba, no pararía hasta que Stu tuviera la última palabra, como siempre.
El problema era que Stu siempre había estado allí, en un segundo plano, observando, dando su opinión, controlándolo todo, por lo que resultaba difícil vivir con aquel vacío. Y no porque no recibiera invitaciones para hablar del tema; al contrario; toda una serie de periódicos y revistas competían por publicar el titular: Ti habla sobre la terrible tragedia.
Estaba tan harta de sus llamadas que había comenzado a colgarles el teléfono a mitad de la conversación. Y en ocasiones ni siquiera se molestaba en contestar. Como en aquel mismo instante.
Se dio la vuelta y miró el teléfono, preguntándose cuánto tiempo tardaría, quien quiera que fuera, en perder el interés antes de colgar. La mayoría tardaban tres o cuatro minutos en aceptar que no iba ni a contestar ni a permitirles que dejaran un mensaje.
Pero la persona que llamaba en aquellos momentos era particularmente insistente. El sonido del teléfono parecía no parar nunca, hasta que repentinamente se detuvo para, instantes después, comenzar de nuevo.
Ti pensó que sería Les, el mánager del grupo, pero tampoco tenía ganas de hablar con él, así que finalmente optó por cortar la llamada y descolgar el auricular. De aquella manera, cualquier persona que llamara se tendría que conformar con la señal de ocupado.
Volvió a intentar poner la mente en blanco, pero los pensamientos daban vueltas en su cabeza sin parar. La estaban volviendo loca, así como la señal de ocupado del teléfono.
Aguantó quince minutos antes de volver a colgar el auricular. Finalmente, el teléfono permaneció en silencio, pero no así sus pensamientos.
Ti se puso de pie y tuvo que hacer un esfuerzo por mantener el equilibrio; el vino había comenzado a hacerle efecto. Aunque solo eran las ocho, pensó que si se echaba en la cama acabaría por dormirse, así que salió al pasillo y se agarró a la barandilla mientras subía por las escaleras. Pero apenas llegó al dormitorio, comenzó a sonar de nuevo el teléfono, y aquella vez era su móvil el que sonaba, enterrado en la cama bajo un montón de ropa y pelucas.
Cuando lo encontró, pulsó el botón para rechazar llamadas, justo después de fijarse en la persona que llamaba: era Kit.
¿Cómo podía ser?
Sintiéndose ligeramente aturdida, se acercó al teléfono fijo que había en la mesita de noche, pulsó el botón de llamadas perdidas y comprobó que anteriormente, también había sido el teléfono de Kit.
Retrocedió mentalmente a la noche en cuestión: recordó a Kit recogiendo sus cosas, poniéndose la cazadora… ¿pero qué había pasado con el móvil? Nada. Stu lo había recogido y se lo había llevado. ¿Había sobrevivido el móvil al accidente? Quizá, aunque el coche de Stu había quedado destrozado. La pregunta era quién lo tenía en aquel momento.
Tiree decidió no hacer un misterio de todo aquello y pulsó el botón de remarcar.
La llamada fue contestada casi de inmediato.
–¿Quién es? –preguntó una voz masculina, tranquila y educada.
–Me acabas de llamar –dijo Ti, dejando que fuera él quien diera una explicación.
–¿Eres Ti Nemo?
–La señorita Nemo no se encuentra aquí en estos momentos. ¿Quiere dejar algún mensaje?
La mentira le salió de manera automática. En el pasado, y con demasiada frecuencia, había recibido llamadas de fans que de alguna manera habían averiguado su número de teléfono, obligándola a cambiarlo.
–Soy el padre de Kit Harrison –dijo el hombre después de un instante de silencio.
Inicialmente, Tiree se sintió sorprendida, pero se enfadó al darse cuenta de que no era la única que mentía.
Kit no había hablado mucho sobre sus padres, pero ella sabía que su madre estaba muerta y que su padre era como si lo estuviera, ya que había ignorado a Kit durante casi toda su vida.
–No puede ser –contestó ella–. El padre de Kit era americano.
–Cierto –concedió el hombre, con el habla de la clase alta–, debería decir que fui el padrastro de Kit.
Tiree pensó que aquello sí podía ser cierto. Kit había tenido varios padrastros, unos casados con su madre y otros no, y con uno de ellos había mantenido contacto de cuando en cuando.
–¿Y qué? –le preguntó.
–Me gustaría hablar contigo –insistió él.
Tiree decidió continuar fingiendo.
–Con la señorita Nemo, querrá decir –corrigió–. Desgraciadamente está descansan…
–Por favor –interrumpió él, con tono comedido–. Sé identificar los acentos, señorita Nemo; costa oeste de Escocia, si no me equivoco. Al norte de Glasgow, quizá sea de la zona de Argull.
Había dado en el clavo, lo cual no era habitual. La mayoría de los ingleses no eran capaces de situar su acento más allá del simple escocés.
Tiree se dio por vencida.
–¿Qué quieres? –quiso saber ella.
–Tengo algunas preguntas sobre Kit que quizá tú puedas contestar –dijo él–. Si es posible, me gustaría ir a verte.
–¿Ahora?
–Sí. Estoy bastante cerca.
–¿Cerca de dónde?
–De tu casa –dijo él.
Tiree fue consciente de dos cosas al mismo tiempo: sus palabras y el ruido del motor de un coche, y sintió un acceso de pánico.
–¿Sabes dónde vivo?
Su dirección era un secreto para todo el mundo, menos para su mánager y la compañía discográfica.
–Creo que sí –contestó él con tranquilidad–. Kit me dio la dirección: Chalet Ivy, calle Woodside, cerca de…
Tiree no escuchó el resto. En vez de eso, tuvo un ataque de pánico al recordar, con demasiada claridad, la última vez que un invitado no deseado llegó hasta su casa.
–No vengas aquí. ¿Me oyes? –gritó, mientras bajaba corriendo por las escaleras–. Voy a llamar a la policía ahora mismo.
Aquello último fue una amenaza un poco inapropiada, ya que en aquel momento, estaba corriendo escaleras abajo para ver si el pestillo de la puerta estaba echado.
Pero iba demasiado deprisa, corriendo con calcetines de lana sobre un suelo de madera barnizado. A media bajada, se resbaló y aunque intentó sujetarse a la barandilla, no pudo evitar dar unas cuantas vueltas sobre sí misma antes de golpearse la cabeza con algo duro y aterrizar al final de las escaleras.
Tiree tuvo unos instantes de lucidez para darse cuenta de que el pestillo no estaba echado, antes de quedarse inconsciente.
Sinc miró el teléfono e intentó darle algún sentido a lo que había oído antes de que la comunicación se cortara: gritos histéricos seguidos de unos golpes sordos.
Quizá la mujer loca había estado tirando cosas. Aunque quizá se hubiera caído por las escaleras. Pero la verdadera duda era qué hacer al respecto.
¿Conducir el último kilómetro que le separaba de la casa o regresar por donde había venido y no volver a actuar llevado por un impulso?
Sinc sabía qué prefería hacer, pero el deber lo obligó a continuar hasta la casa.
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