Sin culpa

Alison Fraser · Capítulo 7 de 12

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Sin culpa

Capítulo 7

 

TIREE estaba esperando junto a la ventana del estudio a que llegaran los hombres.

Había disfrutado de aquel día; las tiendas no habían estado demasiado concurridas, Eloise había sido buena compañía y nadie se había acercado a ella para decirle las temidas palabras: «¿No eres…?».

Pero no pudo evitar pensar de cuando en cuando en Ewan Sinclair y en el breve encuentro que habían tenido en su cama.

Tiree había entendido las razones de la actuación de él. Era un hombre, y si la historia de Eloise era cierta, muy acostumbrado a la compañía femenina.

Sinc se había despertado para encontrarse junto a un cuerpo de mujer y había permitido que el instinto se apoderara de él. Tiree no se había sentido impresionada; no había sido nada personal. Ella no era nadie para él, sobre todo a juzgar por cómo la miraba algunas veces.

Pero el verdadero misterio había sido su propia reacción.

Tiree había cumplido los veintitrés años y aún no había experimentado la profunda pasión de la que hablaban los libros y las canciones. Pero se había encontrado con aquella situación y era increíble. En el peor momento, en una situación de lo más extraña y con la persona menos esperada, finalmente lo había sentido; un escalofrío le recorrió el cuerpo, el corazón se le aceleró y sintió la dulce sensación del primer deseo. Pero había estado demasiado paralizada para reaccionar.

Al final de la tarde no intentaba encontrarle ningún sentido y procuraba no pensar en cosas tan insensatas. Por eso estaba mirando por la ventana, impaciente porque llegaran los hombres.

Cuando finalmente se abrió la verja, Tiree salió corriendo a saludarlos.

–¿Qué tal estás? –preguntó Rhys, bajando la ventanilla del coche.

–Bien –contestó ella sonriendo e ignorando la mueca de desaprobación de Sinclair.

–¿Dónde está Eloise? –preguntó Sinclair, como si sospechara que la hubiese perdido en alguna parte.

Tiree contuvo un suspiro.

–Está en su cuarto escuchando música.

–Bien.

Sinclair no pareció complacido y Tiree se preguntó qué podía haber hecho mal. Él se bajó del coche y sacó su maletín del asiento trasero.

Tiree aprovechó aquel momento.

–Señor Williams…

–Llámame Rhys, por favor –insistió él.

–Rhys –dijo Tiree–, tengo que volver a casa esta noche y pensé si me podrías acercar a alguna parte donde pueda tomar un taxi.

–Por supuesto. De hecho, puedo llevarte a casa –ofreció Rhys inmediatamente–. ¿Dónde vives?

–No cerca de ti –interrumpió Sinclair, que se había acercado a Tiree–. Además, ¿no tenías una cita para cenar?

–Nada que no pueda cancelarse –dijo Rhys, sonriendo a Tiree.

Tiree sintió que sus esperanzas se desvanecían. No le preocupaba sentir la respiración de Sinclair en su cuello, además de su desaprobación. Lo que no se había imaginado era que su amigo estuviera realmente interesado en ella.

–Podríamos cenar algo por el camino –se apresuró a decir Rhys, confirmando sus sospechas.

–Yo… te lo agradezco, pero… –intentó disculparse Tiree.

–¡Rhys! –exclamó Sinclair.

–¿Sí? –preguntó su amigo, enarcando una ceja.

–¡Piérdete! –contestó Sinclair sin más.

Rhys se lo tomó mejor de lo esperado. Se encogió de hombros, le dedicó una sonrisa de disculpa a Tiree y dio marcha atrás con el coche para marcharse.

–Eres como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer –fue lo último que le dijo a Sinclair, y se despidió de ellos con la mano.

Tiree se cruzó de brazos y vio cómo su vía de escape desaparecía tras la verja.

A su lado, Sinclair utilizó el control remoto para cerrar la cancela.

–Si lo que quieres es marcharte a casa, yo te llevo. No tenías por qué pedírselo a Rhys –murmuró él.

–Pensé que así sería más fácil –razonó Tiree–. Además, a él no le importaba.

–Eso era obvio –replicó Sinclair, en un tono que hizo que Tiree se girara para confrontarlo.

Tiree esperaba ver satisfacción en su expresión, pero vio algo más sutil. Quizá fuera solo cansancio; tenía aspecto de haber tenido un día muy largo. Llevaba la corbata aflojada y el cuello de la camisa desabrochado.

–Yo solo quería que me acercara a alguna parte –insistió ella.

–Pero dudo que Rhys pensara igual.

Tiree no pudo negarlo.

–Entonces, ¿le protegías a él de mí o a mí de él? –preguntó ella.

–Ninguna de las dos cosas –negó Sinclair–. Quizá me haya puesto celoso –admitió secamente.

Tiree pensó que era una broma y se rio, pero él no lo hizo.

–Eso es absurdo –dijo Tiree.

–¿Sí, verdad?

Tiree lo miró a los ojos, preguntándose a qué estaban jugando, y se encontró con la serenidad de su mirada. No era ningún juego; las cosas eran tal cual.

Era el sitio equivocado, el momento equivocado y sobre todo, la persona equivocada.

Permanecieron allí de pie, anclados por una atracción sexual que ninguno podía explicar. Tiree se sentía tan tensa que probablemente habría salido corriendo si él hubiera intentado tocarla.

Pero Sinclair se limitó a mirarla. Paseó su mirada por su cara, que le parecía más bonita cada vez que la miraba, y su cuerpo, acerca del cual Rhys había hecho comentarios.

Debería estar acostumbrado a que Rhys se fijara en las mujeres, pero en aquella ocasión el comentario de su amigo acerca de los bonitos pechos de Tiree le había puesto furioso. No podía negarlo. Eran muy bonitos. De hecho, todo en ella lo era: pechos erguidos, cintura delgada, caderas ligeramente redondeadas y unas piernas bien formadas. Era perfecta y no quería que Rhys se fijara en ella.

Tiree no supo cómo reaccionar mientras Ewan Sinclair, el médico, la desnudaba con la mirada. No había nada de profesional en su forma de mirarla. Una parte de ella quería protestar, pero se dio cuenta de que se estaba sonrojando debido a algo parecido al placer. ¿Qué le estaba pasando?

Sinclair levantó la mirada de nuevo, pero en aquella ocasión, Tiree no fue capaz de mirarlo a los ojos por miedo a revelar sus sentimientos aún más, así que se apresuró hacia la casa.

Sinclair observó cómo se alejaba y pensó que se habría enfadado. No podía culparla, ya que se había dado cuenta demasiado tarde de lo obvios que debían haber resultado sus pensamientos.

Quizá Rhys tuviera razón: necesitaba urgentemente una vida amorosa. ¿Por qué si no desearía a alguien tan claramente inapropiado para él?

Sinclair la siguió al interior de la casa con intención de enmendar la situación.

La encontró en la cocina, sentada a la mesa mientras troceaba verduras. Tiree apenas le dirigió la mirada.

Pero Sinclair no pudo pensar en nada que decir que no resultara extraño. ¿Cómo se disculpaba un hombre por mirarle los pechos a una mujer?

–¿Necesitas ayuda? –preguntó él al darse cuenta de que, de nuevo, estaba preparando la comida para todos.

A Tiree le sorprendió su ofrecimiento, pero se dio cuenta de que era un intento por restablecer la normalidad.

–Puedes trocear el pollo para rehogarlo –le dijo, señalando el plato con la carne.

Sinclair asintió y después de sacar un cuchillo del cajón, se sentó a la mesa con ella.

–¿Te duele la cabeza?

–No. Estoy bien.

–¿Y el tobillo? Creo que hoy deberías haber guardado reposo.

–Estoy bien, aparte del pinchazo ocasional. De todos modos, he pasado mucho tiempo sentada mientras Eloise se probaba ropa.

–¿Qué tal se ha portado?

–Muy bien –le aseguró–. No hay nada como ir de compras para hacer terapia. Por cierto, me he gastado todo el dinero que me diste.

–Para eso era.

–Comimos en un restaurante y Eloise se ha comprado ropa nueva.

–¿Qué clase de ropa?

–No te preocupes, nada del estilo «rubia promiscua» –dijo Tiree, dándose cuenta de la preocupación de él.

Sinclair se dio cuenta de que aquellas eran las palabras que él mismo había utilizado el día anterior.

¿Es que Tiree le iba a recordar cada una de sus ofensas?

–Me gustaría empezar de cero –dijo Sinclair.

Tiree interrumpió lo que estaba haciendo e hizo acopio de fuerzas para poder mirarlo con serenidad.

–No me refería a que tú animarías a Eloise a comprarse ropa inapropiada –continuó él–. Pero es que sé qué tipo de cosas le gustan. De hecho, hemos tenido discusiones muy fuertes al respecto.

–Yo no me lo tomaría demasiado en serio –le aconsejó Tiree–. Lo más probable es que solo quiera provocarte.

–¿Provocarme? –repitió él.

Tiree no sabía si lo que no entendía era la palabra o la psicología que llevaba implícita.

–Eloise escoge algo sexy y escandaloso para ver cómo reaccionas; tú te enfureces, demostrándole lo poco razonable que eres y así permitiéndole que le dé una rabieta y que finalmente se salga con la suya.

–Desde luego has dado en el clavo –aceptó Sinclair–. ¿Pero cómo gana ella?

–Los adolescentes tienen tiempo de sobra para perderlo en rabietas, pero tú no, así que cedes y finalmente dejas que te manipule emocionalmente.

Sinclair estuvo a punto de negarlo, pero recordó el año transcurrido; en varias ocasiones había tenido que negociar con Eloise para que saliera de su encierro, haciendo concesiones.

–¿Y qué alternativa tengo? –preguntó él, arrastrando las palabras.

Tiree se encogió de hombros.

–No lo sé… Quizá, para empezar, debas evitar los motivos de discusión.

–¿Quieres decir que le permita vestir como quiera?

Sinclair se sintió horrorizado ante aquella idea.

–Podrías intentarlo –asintió ella–. Quizá lleve camisetas ajustadas y faldas muy cortas, pero eso no es el primer paso de una degradación moral. Se trata de la confianza en sí misma, más que de la ropa.

–Me he perdido –admitió Sinclair.

Tiree decidió ser más directa.

–Lo que te asusta es que empiece a pasar la noche fuera, siendo aún demasiado joven, ¿verdad?

–Sí.

Sinclair no estaba seguro de si la franqueza de Tiree le resultaba refrescante o preocupante. Pero Tiree no tenía ningún problema en hablar de sexo, solo en practicarlo.

–Pues no puedes encerrarla en su habitación durante los próximos cinco años, porque no podrás controlar ese aspecto de su vida. Dependerá de ella soportar la presión.

–¿De los chicos?

–Y de sus amigas. Le preguntarán si ya lo ha hecho y la harán sentirse diferente hasta que lo haga. No es fácil para las chicas hoy en día.

–Ya. Te agradezco el consejo –dijo Sinclair con educación–, pero esa es la principal razón por la que la envié a un internado.

Tiree le preguntó con la mirada si realmente era tan ingenuo para creer aquello.

–¿Y tú qué crees? ¿Que los niños ricos no lo hacen porque tienen dinero?

–No exactamente –dijo Sinclair, deseando no haber comenzado aquella conversación–. Pero cuando yo estaba en el internado no había muchas posibilidades de entrar en contacto con el sexo opuesto.

–¿De qué siglo me estás hablando? –preguntó ella con descaro.

Sinclair apretó los labios; él no era tan mayor.

–Ya sé que las cosas han cambiado un poco…

–¿Un poco? –repitió Tiree, enarcando una ceja–. Es un mundo totalmente distinto al tuyo, incluso al mío. Pregúntaselo a Eloise si no me crees.

–¿Preguntarle el qué exactamente?

Sinclair hacía esfuerzos por no parecer pedante.

–Por ejemplo, si las chicas hablan sobre chicos –sugirió Tiree–. O si leen revistas para adolescentes, o si alguna ha admitido haberlo hecho. ¡Incluso qué piensa ella sobre el sexo esporádico!

–¡Yo no puedo preguntarle esas cosas! –exclamó Sinclair horrorizado.

–¿Por qué no? ¿Con quién va a hablar si no es contigo?

Hasta aquel momento, a Sinclair no se le había ocurrido pensar que su hija pudiera necesitar hablar de tales temas.

–En Wesley Hall hay una directora y una ama de llaves –se defendió Sinclair.

Tiree hizo un gesto de impaciencia con los ojos.

–Me imagino que las chicas preferirían morirse antes que hablar sobre el sexo con ellas.

Sinclair pensó que podía tener razón, pero no tenía por qué parecer tan segura de sí misma.

–El sexo no lo es todo en la vida –replicó.

–Por supuesto –contestó ella, y dio por terminada la conversación.

Tiree se levantó de la silla, recogió las verduras y el pollo y comenzó a cocinarlo todo.

Sinclair se quedó pensando en lo absurdo de su postura. ¿Realmente había pretendido adoptar una actitud de moral recta, cuando, incluso en aquel momento, el deseo de tomar a aquella chica en sus brazos y besarla era tan poderoso?

Además, el hecho de que ella supiera lo que sentía solo empeoraba las cosas. Lo sorprendía que no lo hubiera tachado de hipócrita.

Pensando en aquellas cosas, Sinclair se dio cuenta de que Tiree tenía la capacidad de sorprenderlo.

Tiree era consciente de que Sinclair la observaba mientras cocinaba, y supuso que ella era como una curiosidad para él. Procedían de mundos completamente distintos.

Hasta que no estuvo la comida preparada, Tiree no volvió a hablar.

–Ya puedes avisar a Eloise.

–De acuerdo –dijo él, y se asomó al pie de las escaleras para llamar a su hija–. ¿Prefieres vino blanco o tinto? –le preguntó a Tiree cuando volvió a la cocina.

–Blanco –contestó ella, esperando que un poco de vino la ayudara a relajarse.

–¿Dulce o seco?

–Seco.

Sinclair escogió una de las botellas que había en la nevera y la abrió.

–Hola, papá –saludó Eloise. Llevaba puesta su ropa nueva y estaba de buen humor–. ¿Qué tal la conferencia?

–Ha sido muy aburrida, a excepción de mi ponencia, por supuesto.

–Por supuesto –repitió la niña, con el mismo tono irónico que su padre–. Nosotras nos lo hemos pasado muy bien, y Tiree me ha ayudado a escoger la ropa.

–Ya veo.

Sinclair observó momentáneamente a su hija: era alta y delgada, y, de repente, le pareció mucho más mayor con aquella minifalda y la camiseta blanca con las palabras Los hombres mienten estampadas. Estaba decidiendo si le gustaba o no cuando sintió la mirada de Tiree sobre él, avisándolo para que dijera lo correcto.

–Es… genial.

–¿De verdad? –preguntó Eloise, que nunca había oído a su padre utilizar aquella palabra.

–Sí –contestó él sonriendo–. Pero intentaré no tomármelo como algo personal.

–«Los hombres mienten» –leyó Eloise con una mueca–. No se refiere a ti, papá. Se refiere a los hombres de verdad.

–Claro –dijo Sinclair.

Tenía la sensación de que le estaba insultando y la sonrisa que cruzó la cara de Tiree lo confirmó.

Pero Eloise ya había trasladado su atención a la comida que Tiree estaba sirviendo.

–¡Pollo rehogado! ¡Delicioso!

–Servíos vosotros mismos –dijo Tiree, echándose verduras únicamente.

Eloise se dio cuenta de que Tiree evitaba el pollo.

–¿No te gusta el pollo?

–Soy vegetariana –explicó Tiree.

–Yo también lo soy un poco –afirmó Eloise, al tiempo que se servía una ración de pollo.

–¿Y desde cuándo? –preguntó su padre, enarcando una ceja.

–Desde que probé la carne picada del colegio. Creo que hacen la comida mala a propósito. Como nadie se la come, ahorran dinero.

–Es una teoría interesante –dijo Sinclair, arrastrando las palabras–. Quizá se la comunique a la señorita Hasslewaite cuando te lleve de vuelta.

Resultaba obvio que estaba bromeando y las dos se dieron cuenta de ello.

–Muy gracioso, papá –dijo Eloise, aunque parte de su buen humor se evaporó al pensar en su pronto regreso al internado–. Papá piensa que la mala comida y los bultos en el colchón forjan la personalidad. ¿Tú qué piensas? –le preguntó a Tiree.

–Creo que me mantendré al margen de esto –contestó Tiree con educación.

–Seguro que tus padres no te mandaron a un internado –añadió Eloise, esperando recibir apoyo.

Tiree movió la cabeza.

–No. Yo fui a un colegio privado.

Sinclair enarcó una ceja al escuchar aquello. ¿No le había dicho que su padre estaba muerto y su madre desaparecida?

Tiree vio la mirada de escepticismo de Sinclair; pensó que resultaba irónico que a él le hubiera contado la verdad cuando normalmente no lo hacía con los demás, como había ocurrido con Eloise.

En el pasado se había dado cuenta de que la historia de su vida solía atraer una desagradable mezcla de lástima y curiosidad, y Tiree estaba cansada de contestar preguntas sin sentido. Pero desde el principio supo que con Sinclair sería diferente.

En aquel momento, él la escudriñaba con cinismo y ella lo miró fijamente, retándolo a llamarla mentirosa.

–¿Tus padres te llevaron a un colegio privado? –preguntó él finalmente.

–Mis padres adoptivos –corrigió ella.

–¿Eras huérfana?

–Sí.

–Te debían de querer mucho –aventuró Sinclair, aún con escepticismo–, para haberte llevado a un colegio de pago.

–No sabes cuánto –dijo Tiree, que no estaba dispuesta a contarle nada.

–¿Y qué hay de la comuna? –preguntó Sinclair, en un intento de aclarar las inconsistencias de su historia.

Tiree se encogió de hombros a modo de respuesta. Si lo que quería era su autobiografía, tendría que esperar a comprarse una copia.

–¿Qué es una comuna? –preguntó Eloise, recordándoles su presencia.

–Nada importante –dijo Sinclair y volvió al tema inicial–. Lo importante ahora es tu educación, y créeme, hay muchos niños menos afortunados que considerarían un internado con piscina, pistas de tenis y cine como un sueño hecho realidad.

Tiree se dio cuenta de que lo que le estaba diciendo era que agradeciera su propia suerte, pero los niños de su edad rara vez lo hacían. Estaban demasiado centrados en sus propias vidas.

La expresión de Eloise se tornó seria.

–¿Por qué no hacemos una cosa? ¿Por qué no te buscas uno de esos niños y le ofreces mi lugar, ya que soy tan desagradecida?

–Eloise –dijo su padre, comenzando a impacientarse–, si eso pretendía ser gracioso…

–No lo es –protestó la niña–, y el internado tampoco lo es. Pero no espero que lo entiendas.

–Lo entiendo mejor de lo que imaginas –dijo Sinclair–. Yo tenía ocho años cuando entré en el internado, y claro que recuerdo lo mal que me sentí durante un tiempo. Pero mejorará; solo tienes que darle una oportunidad.

–¡Una oportunidad! –exclamó Eloise–. ¿Y qué te parecen diez meses? ¡Han sido los peores diez meses de mi vida!

–No exageres –replicó su padre.

–Disculpad –interrumpió Tiree–, pero un aspecto de mi vida familiar que no quisiera revivir son las discusiones durante la cena, así que os agradecería que esperaseis a que me haya marchado.

Tiree hablaba en serio. Aquella discusión no tenía sentido, ya que obviamente no era la primera vez que la tenían y nunca llegaban a ninguna parte.

La intervención resultó efectiva, ya que tanto padre como hija centraron su atención en Tiree, quien había continuado comiendo después de hablar.

Sinclair pensó en mostrarse indignado, pero decidió no hacerlo; Tiree tenía razón, aunque había expuesto su punto de vista de una manera un tanto irritante.

Sinclair captó la atención de su hija y acordaron una tregua con la mirada.

–¿Te apetece más vino? –preguntó Sinclair para romper el silencio.

–Sí, por favor. ¿Qué tal suena el CD que te has comprado? –preguntó Tiree a Eloise, contenta de poder cambiar de tema.

–Muy bien. Incluso suena mejor que el último. Tiree sabe mucho de música –le dijo a su padre–. Solía trabajar en una tienda de música.

–¿De verdad?

–Hace mucho tiempo, cuando estaba estudiando.

–Eres una chica muy polifacética –comentó él.

Tiree notó su tono de incredulidad, pero prefirió ignorarlo.

–La única música que le gusta a papá está compuesta por personas que ya han muerto; es muy aburrida.

Sinclair hizo una mueca de desaprobación.

–Esa es una forma de referirse a los grandes compositores. Me imagino que a ti tampoco te gusta la música clásica.

Tiree se preguntó si acaso no la creía lo suficientemente intelectual para poder apreciar músicas más complejas.

–Depende de lo que sea. Me gusta escuchar a Beethoven, Verdi y Mahler, pero para tocar prefiero a mis favoritos, Ravel y Vivaldi.

–¿Tocar? ¿Te refieres a un instrumento?

–El violín –aclaró ella.

–De ahí el comentario de Rhys esta mañana –dijo él, más bien para sí mismo–. ¿Qué tal tocas?

–Puedo tocar una melodía de oído.

Tiree se resistió a la tentación de decirle que había estudiado en la Real Academia de Glasgow, ya que abriría la puerta a más preguntas y no pensaba que él se creyera las respuestas.

–¡Qué coincidencia! –dijo Sinclair entrecerrando los ojos–. Eloise estuvo aprendiendo a tocar el violín durante un tiempo. Quizá más tarde puedas tocar algo para nosotros.

Sinclair intentaba dejarla en evidencia, pero Tiree no se lo iba a permitir.

–Claro que sí.

Eloise paseó la mirada de uno a otro, consciente de que había algo más en todo aquello.

–Si queréis, voy a buscarlo.

Ambos permanecieron callados durante un instante. Los ojos de Sinclair permanecieron fijos en Tiree, esperando a que ella pusiera alguna excusa. Pero Tiree se limitó a sonreír con despreocupación.

–No. Primero termina de cenar –contestó Sinclair eventualmente–, y después te sugiero que subas a tu habitación y le escribas una carta de disculpa a la señorita Hasslewaite por haberte fugado.

Eloise miró a su padre con desagrado.

–Por qué? De todos modos va a ser horrible conmigo cuando vuelva.

–Es lo menos que puedes hacer –ordenó Sinclair–, teniendo en cuenta todos los problemas que has causado. Después, quiero que te acuestes.

–¡Papá! –exclamó la niña, y miró a Tiree en busca de ayuda–. ¿Puedes hacerme un favor y decirle a mi padre que ya no tengo seis años?

–Lo intentaré –dijo Tiree y miró a Sinclair, ignorando su serio semblante–. Ya no tiene seis años.

–Soy consciente de ello, créeme, pero tampoco tiene dieciocho.

–Los tendrá.

Sinclair enarcó una ceja.

–No estarás a punto de impartirme más consejos acerca de la educación de adolescentes, ¿verdad?

–Si eso lo dices por el consejo que te di antes, quiero que sepas que no pretendía hacerme pasar por una experta.

–¿De verdad? –preguntó él, fingiendo decepción–. ¡Y yo que pensaba que la psicología era otra de tus muchas virtudes!

Aquello era una referencia al violín, que él, obviamente, dudaba que tocase. Pero si pensaba que la podía menospreciar de aquella manera, estaba muy equivocado.

–La verdad es que no tengo ningún tipo de titulación, así que puedes sentirte todo lo superior que quieras, doctor Sinclair, si eso te hace sentir mejor –le dijo ella furiosamente–. Mientras tanto, supongo que no te importará si utilizo tu teléfono para pedir un taxi.

Tiree se levantó de la mesa con la dignidad intacta y se dirigió hacia la puerta.

–Tiree, escucha… –comenzó a decir Sinclair, pero ella lo ignoró.

Sinclair maldijo en voz baja y se prometió a sí mismo que en aquella ocasión no iría detrás de ella.

Debería haber dejado que se marchara con Rhys; probablemente harían buena pareja. A Rhys no le importaría que la chica fuera una mentirosa compulsiva, siempre que pudiera llevársela a la cama. Además, seguramente estaba acostumbrada a las relaciones pasajeras.

Con facilidad, Sinclair los imaginó juntos; el problema era que aquella idea lo irritaba.

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