Sin culpa

Alison Fraser · Capítulo 8 de 12

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Sin culpa

Capítulo 8

 

TIREE estaba pensando en lo satisfecha que se sentía consigo misma por haberlo irritado lo suficiente para que no la siguiera cuando, de repente, apareció por la puerta. Ella se limitó a continuar buscando en el directorio que había encontrado sobre su mesa.

–¿Qué estás buscando?

–Compañías de taxis.

Tiree escogió una y descolgó el auricular. Había marcado ya todos los números cuando él llegó a su lado y cortó la comunicación.

–Creía que no tenías dinero.

–En el chalet sí tengo.

Tiree esperó a que él apartara la mano del teléfono, pero él tomó el auricular de su mano y lo colgó.

La miró fijamente, con la expresión seria y determinada, pero Tiree no se sintió asustada. No podía obligarla a quedarse.

–Esto es una tontería –murmuró ella–. Puedo bajar al pueblo y telefonear desde allí.

–Te dije que te llevaría a casa, y lo haré –contestó él–. Pero será mejor que antes leas el periódico de hoy. Espera aquí mientras voy a por él.

Sinclair salió al recibidor y Tiree escuchó cómo abría su maletín. Cuando volvió con el periódico en la mano, cerró la puerta con pestillo.

Aquel gesto la puso nerviosa.

–¿Qué estás haciendo?

–Asegurarme de que Eloise no entre –dijo él en tono cortante, antes de dejar el periódico sobre la mesa–. Lo compré en la gasolinera. No es el que suelo leer, pero me llamó la atención.

Tiree sintió que el corazón le daba un vuelco. Lo que vio no estaba en los titulares, pero sí había salido en portada.

Era una fotografía de ella del día anterior, mientras salía de la clínica, acompañada de la frase ¿Es este el verdadero rostro de Ti Nemo, la salvaje estrella del rock?

Tiree gruñó en voz alta e inmediatamente pasó las páginas hasta el artículo de la página cuatro. Se sentó en la silla y leyó lo que ponía acerca de su breve estancia en la clínica Abbey y su consiguiente desaparición. Como siempre, la prensa lo había interpretado mal y sugería que había ingresado en la clínica tras sufrir un colapso nervioso. Su mánager , Leslie Gray, negaba conocer su actual paradero, alimentando así los rumores de que había desaparecido. Mientras tanto, el último sencillo de Kinetic Sugar, se mantenía otra semana más en el número uno.

–Creía que habías telefoneado a tu mánager –dijo Sinclair cuando Tiree apartó el periódico con indignación.

–Lo hice –insistió Tiree–. Pero está exprimiendo la situación para aumentar las ventas.

–Lo cual te beneficia a ti –musitó Sinclair.

–No tengo nada que ver con esto –dijo irritada Tiree–. ¿Es que no lo entiendes? Esta foto puede suponer el final de una vida normal para mí.

Sinclair estuvo a punto de reírse en voz alta al pensar en Ti Nemo llevando una vida normal. ¿A quién pretendía engañar?

–Pero sería una buena plataforma para una carrera en solitario –especuló él.

Tiree movió la cabeza, harta de su cinismo, y abrió de nuevo el periódico.

–¿Me reconocerías en esta foto?

Ella levantó la cabeza y Sinclair observó fijamente cada facción: unos grandes y rasgados ojos verdes, una bonita nariz, unos labios que formaban un mohín natural y una barbilla ligeramente puntiaguda. En realidad, la foto del periódico no le hacía justicia.

Sinclair se encontró a sí mismo mirándola demasiado tiempo y apartó la mirada.

–No inmediatamente, pero cuando te enfadas te pareces.

–¡Estupendo! Tendré que sonreír como una idiota el resto de mi vida.

Abatida, terminó de leer el artículo, que incluía datos sobre el hospital. Aparentemente, no era un hospital privado corriente.

–Aquí dice que el hospital Abbey se especializa en desórdenes psicológicos, resultantes de golpes en la cabeza. ¿Es eso cierto?

Sinclair asintió brevemente.

–Pero si yo solo tuve una pequeña conmoción, ¿por qué me llevaron allí?

–La ambulancia te llevó allí bajo mis órdenes –admitió él–. Era el hospital más cercano a tu casa y yo sabía que tiene el equipo necesario para tratar conmociones. Además, pensé que los empleados serían más discretos allí que en un hospital corriente.

Pues había calculado mal, pensó ella.

–¡Maravilloso! Ahora el mundo pensará que he sufrido una crisis nerviosa –dijo Tiree suspirando.

–Creía que actuaba en tus mejores intereses –dijo él secamente–. Pero quizá tengas razón y no acertara.

¿Era aquello una disculpa? Desde luego se acercaba mucho, y Tiree cedió un poco.

–No podías saberlo –concedió ella–. Y supongo que debería estar agradecida porque no me dejaras para que me encontrara cualquier otra persona.

–No habría hecho eso –contestó él con seriedad.

–No.

Tiree se dio cuenta de que Ewan Sinclair, el hombre además del médico, vivía según un código ético.

–Podría pedirle al doctor Chivers que redacte una nota de prensa que afirme que ingresaste exclusivamente por una herida en la cabeza –sugirió Sinclair.

Tiree consideró la oferta por un momento, antes de negar con la cabeza.

–Olvídalo. Las notas de prensa suelen volverse en tu contra. Toma, será mejor que rompas esto antes de que lo encuentre Eloise.

Tiree le dio el periódico y lo miró mientras él rompía las páginas correspondientes al artículo y tiraba los trozos a la papelera.

–Por cierto, gracias por no decir nada delante de Eloise –dijo Sinclair.

–¿Qué otra cosa podía hacer? –preguntó Tiree encogiéndose de hombros–. ¿Decirle quién soy para que me odie? Porque supongo que le habrás comentado tu opinión acerca de los hechos que rodearon la muerte de Kit.

–¿Cómo podía hacerlo? No sé qué parte jugaste tú en todo aquello.

Sinclair estaba mirándola fijamente otra vez. ¿Qué esperaba de ella? ¿Una confesión completa y sincera?

De repente a Tiree le pareció que los dos últimos días no habían sucedido. Sinclair la había rescatado de la caída, la había ayudado a evadirse de la prensa, le había dado cobijo por una noche e incluso se había permitido desearla de forma pasajera y la había besado. Pero nada había cambiado: él aún creía que ella era la responsable del accidente de Kit.

Tiree se levantó de la silla, sintiéndose más enfurecida que culpable. Intentó dirigirse hacia la puerta pasando por su lado, pero él la sujetó firmemente del brazo. Ella no se resistió; se limitó a mirarlo con expresión de aburrimiento.

Sinclair decidió hacerle una oferta.

–Si decides contarme qué sucedió aquella noche, te aseguro que no saldrá de esta habitación.

–¿Y puedo fiarme de ti? –dijo casi en tono acusador.

–Puedes fiarte del hecho de que no quiero ningún tipo de publicidad, ni para mí ni para los míos –dijo él–. Prefiero la verdad antes que una compensación.

Tiree intentó zafarse de él, pero Sinclair la sujetó con más fuerza, haciéndole daño ya fuera sin querer o a propósito.

–De acuerdo –dijo ella, decidiendo darle la confesión que buscaba–. Yo fui la responsable. Sabía que Kit estaba demasiado drogado para montar en bicicleta. Podría haber evitado que se marchara si hubiera querido, pero en vez de eso, dejé que Stu lo persiguiera y por eso tuvieron el accidente. Eso es todo. ¿Estás contento?

–No –espetó Sinclair–. No me lo has contado todo.

¿Qué era lo que quería? ¿Sangre?

Probablemente sí.

–¿No te basta con que haya asumido la culpa? –replicó ella.

Aparentemente no, ya que Sinclair insistió.

–¿Cómo podías haberlo evitado?

Tiree hizo un gesto de impaciencia con los ojos.

–Él era un chico, yo soy una chica. ¿Quieres que te lo dibuje?

–No.

Aquello confirmaba las sospechas de Sinclair: Tiree había tenido una relación sentimental con su hijastro, pero no se sintió mejor por saberlo. De hecho, se sentía mucho peor.

–¿Entonces por qué lo rechazaste aquella noche? Te cansaste de él, ¿no es así?

–No en la forma en que tú piensas –negó Tiree–. Estaba cansada. Eso es todo.

–No me extraña, si los compartías a los dos –dijo Sinclair con una mueca.

Tiree exclamó con frustración. ¿Realmente la veía como a una mujer fatal?

–¡Pues no podías estar más equivocado!

–¡Entonces cuéntamelo!

Tiree lo miró y vio que la expresión de su cara parecía esculpida en piedra. No reflejaba sentimientos ni comprensión, y ella no podía exponerle sus verdaderos defectos. Prefería que pensara que era una promiscua sin sentimientos.

–Tienes razón –replicó furiosa–. ¿Pero por qué limitarlo a Stu y a Kit? Quizá también tuviera una aventura con Wayne, el batería. Y por supuesto, también con Les, nuestro mánager, y eso sin mencionar a todos los miembros del equipo. Quizá tenga una aventura con todos los hombres a los que conozco… ¿Y quién sabe? Quizá si tú no fueras un pedante mojigato con pretensiones de superioridad moral también me acostaría contigo.

Sinclair se dio cuenta de que pretendía ridiculizarlo.

–¿Realmente crees que me acostaría contigo? –rugió él.

–Si tuvieras la oportunidad, claro que sí –dijo Tiree, que empezaba a sentirse irritada por su acento de clase alta.

Ladeó la cabeza en un gesto desafiante, invitándolo a repudiarla. Estaba segura de que lo haría, convencida de que su orgullo lo obligaría a apartarla de él.

Y aparentemente no se había equivocado. Sinclair la soltó como si temiese que fuera a contagiarlo de algo, y Tiree sonrió satisfecha.

Pero fue demasiado pronto y demasiado obvio y fue un error.

Cuando intentó alejarse de él, Sinclair la sujetó por la cintura.

–Quizá tengas razón.

–¿Qué estás haciendo? –balbució ella mientras Sinclair la estrechaba contra él.

En aquel momento, fue él quien la miró con burla, saboreando su miedo.

–¡Cumplir tus expectativas!

–¡Suéltame! –exclamó Tiree, apartándose de él con las manos.

Pero fue tan inútil como empujar una pared de ladrillos. Él era más alto y más fuerte, y estaba decidido a darle una lección.

Una lección sobre su debilidad que desempeñó con pasmosa facilidad mientras la acercaba hacia él.

Sinclair inclinó la cabeza hacia ella y en vez de sentir miedo, Tiree sintió que el deseo comenzaba a invadir su cuerpo.

Quizá si él hubiera actuado con brusquedad, ella podría haberse resistido con más fuerza, pero no lo hizo. Sinclair la besó suavemente, apenas un ligero roce en su mejilla. Pero después sintió la firme presión de una boca masculina. Lentamente, Sinclair saboreó sus labios hasta que ella gimió involuntariamente en señal de sumisión.

Aquello debería haber bastado para darle la lección, pero Sinclair se dio cuenta de que quería algo más. Lo quería todo. Entrelazó una mano en el pelo de Tiree y la sujetó con firmeza mientras profundizaba el beso, exigiendo una respuesta.

Tiree abrió la boca, permitiéndole entrar en ella. La lengua de Sinclair se deslizó entre sus labios y comenzó a saborearla. Tiree esperó a sentir la habitual repulsión, pero en vez de eso, sintió que el deseo la invadía con tanta fuerza que gimió. Entonces, sintió que una mano se deslizaba por debajo de su camiseta y comenzaba a acariciarla, deslizándose hacia arriba, buscando lo que había tocado aquella misma mañana.

Tiree le sujetó el brazo y Sinclair gruñó junto a su boca.

–Déjame…

Tiree gimió en respuesta. Podía haber significado cualquier cosa y Sinclair decidió tomarlo como un sí.

La mano se deslizó hacia arriba, sin encontrar barreras por el camino. Tomó un pecho en su mano; era tan suave y exuberante como lo recordaba, con unas grandes aureolas. Intentó imaginársela desnuda, pero no era suficiente. Sinclair interrumpió el beso y se apartó.

Tiree estuvo a punto de protestar. ¿Aquello era todo?

Pero no fue así. Sinclair mantuvo su mirada por un momento, y entonces, sin esperar a que ella le diera permiso, le quitó la camiseta. La dejó caer en el suelo y volvió a mirarla fijamente durante un largo rato.

–Preciosa –murmuró él cuando ella estaba a punto de taparse con los brazos.

Sinclair alzó una mano hacia su pecho y Tiree intentó resistirse. Cerró los ojos para no ver su atractiva y seria cara, pero aquello solo agudizó la sensación de la mano de él sobre su piel, acariciándola suavemente. Primero de manera reverente, después, sus dedos acariciaron y jugaron con un pezón hasta que este se hinchó y se puso erecto.

Tiree estaba segura de que el deseo que sentía eventualmente desaparecería, pero se dio cuenta de que aumentaba cuando él comenzó a acariciarle el otro pecho. Y con incredulidad, también se dio cuenta de que gemía seductoramente y echaba la cabeza hacia atrás, permitiéndole tocarla ya sin lugar a dudas.

¿Así que se trataba de aquello? ¿Desear a alguien con tanta fuerza que todo lo demás no importase?

Sinclair la sentó sobre la mesa, apartando los libros y los papeles para después tumbarla y saborear sus pezones con la boca. Tiree abrió los ojos y observó cómo Ewan Sinclair acariciaba sus pechos con la cara. Él continuaba siendo un extraño para ella, y sin embargo aquello la estaba volviendo loca de placer. Le sujetó la cabeza con las manos, urgiéndolo a que continuara chupando y lamiéndole el pezón, hasta que finalmente Sinclair lo mordió, dejándolo hinchado y dolorido, pero deseando que hiciera lo mismo con el otro. Tiree se lo acercó a la boca y Sinclair gimió de satisfacción mientras lo tomaba en su boca.

Sinclair se subió a la mesa con ella, tirando más libros al suelo enmoquetado mientras lo hacía; su respiración era pesada y entrecortada, igual que la de Tiree. Puso una mano sobre su vientre, le desabrochó el botón de los vaqueros, le bajó la cremallera y comenzó a bajarle los pantalones.

En aquel momento Tiree sintió el familiar pánico y le sujetó el brazo, pero ya era tarde. Sinclair había metido la mano dentro de sus braguitas y la acariciaba de tal manera que ella ya no deseaba que se detuviera. Tiree abrió las piernas, permitiendo que los habilidosos dedos de Sinclair entraran dentro de ella. A la primera embestida ella ya estaba caliente y húmeda; después comenzó a gemir, deslizando las manos sobre el cuerpo de Sinclair para sujetarlo. Sinclair comenzó a besarla de nuevo y Tiree sintió su deseo mientras él invadía su boca. Ella también lo saboreó, aceptando la intimidad de la que normalmente huía, entrelazando las manos en su pelo con cada nueva embestida de los dedos de él dentro de su cuerpo. Tiree deseaba más, lo deseaba a él dentro de su cuerpo. Alargó la mano y tragó saliva al sentir el pulso de su virilidad. Se estrechaba contra sus pantalones y se apretaba contra su mano.

Sinclair se apartó de ella.

–Espera –susurró él.

Se movió hacia el borde de la mesa, llevándola con él para ponerla de pie y bajarle los pantalones. Tiree quizá hubiera protestado, pero él comenzó a besarla de nuevo, y quizá se hubiera resistido, pero Sinclair comenzó a acariciarla de nuevo entre las piernas y ella sintió que su deseo por él volvía a crecer. Entonces, él la sentó de nuevo sobre la mesa, terminó de quitarle los pantalones y se colocó entre sus piernas.

Sinclair interrumpió el beso y las caricias y Tiree abrió los ojos para encontrarlo quitándose la camisa. Se dio cuenta de que el solo hecho de mirarlo la excitaba.

Pero también la confundía el hecho de que un hombre que apenas le gustaba la hiciera sentirse de aquella manera.

Sinclair la miró a los ojos y vio la duda reflejada en ellos. Tiree comenzó a mover la cabeza pero él obedeció sus propias necesidades. Tomó sus pechos entre las manos y agachó la cabeza hacia uno de sus pezones, para acariciarlo con la lengua hasta que ella gimió. Sinclair hizo lo mismo con el otro y ella le sujetó la cabeza para que se quedara allí. Entonces, Sinclair sintió que Tiree se rendía a él y no pudo esperar más.

Tiree sintió sus manos sobre las caderas, acercándola hacia él y, de repente, el sexo de Sinclair empujaba contra el suyo. Nunca había llegado tan lejos con un hombre y automáticamente su cuerpo se tensó. Sinclair comenzó a penetrarla y en el último momento, ella intentó apartarse. Pero ya era demasiado tarde, porque él estaba entrando en su cuerpo, rompiendo algo más que las barreras mentales. Cuando él por fin se dio cuenta de lo que ocurría, ella estaba llorando angustiada.

Sinclair echó la cabeza hacia atrás y la miró con incredulidad.

–¡Eres virgen!

Aquello fue pregunta, afirmación y acusación al mismo tiempo. Tiree ni siquiera había pensado en que él se daría cuenta.

–Creo que ya no –intentó bromear ella, aunque su voz se quebró.

Sinclair apoyó la cabeza sobre su frente.

–¿Por qué…?

¿Por qué le había dejado? Tiree movió la cabeza. No tenía sentido pedirle respuestas a ella.

Sinclair se encontró a sí mismo peleando contra su propia conciencia. Por increíble que pareciera, aún estaba excitado y tuvo que hacer muchos esfuerzos para controlar la fuerte necesidad que sentía por terminar lo que había empezado. Sintió que el cuerpo de Tiree comenzaba a temblar y quiso ignorarlo, pero no pudo, así que salió de ella y se colocó la ropa.

Cuando finalmente la miró, vio que la expresión de su cara estaba en blanco, como si estuviera en shock. ¿Qué demonios había hecho?

–No te preocupes –murmuró él, consciente de lo inapropiado de sus palabras.

Ya nada parecía estar bien.

Tiree lo miró con incomprensión. ¿Por qué él? ¿Por qué en aquel momento?

–Toma –dijo Sinclair, recogiendo su camiseta del suelo para después pasársela por la cabeza con suavidad.

Tiree se abrazó a sí misma, aunque no pudo dejar de temblar. Y cuando él recogió su ropa interior del suelo, aunque se tranquilizó ligeramente, sintió que se sonrojaba, así que tomó las prendas de sus manos y se alejó al otro lado de la mesa para ponérselas. Tiree se dio cuenta de lo absurdo de aquel gesto. Había dejado que él la desnudara y sin embargo, en aquel momento se sentía terriblemente avergonzada mientras intentaba vestirse de nuevo.

De hecho, todo aquel asunto del deseo resultaba absurdo. Había deseado a aquel hombre más que a ningún otro, pero ni siquiera estaba segura de que le gustara. En cambio, él la había deseado mientras la había creído una mujer promiscua, pero en cuanto se dio cuenta de que no lo era, ya no parecía desearla.

–Tiree –dijo Sinclair mientras le daba los pantalones–, no sé cómo decirte cuánto lo siento.

–Pues no lo hagas –dijo ella, de nuevo con su actitud fría–. Ya estamos lo suficientemente avergonzados.

–Cierto –admitió Sinclair mientras se ponía la camisa, dándose cuenta de que le faltaban demasiados botones.

La observó mientras ella se sentaba en la silla que había junto a la ventana para ponerse los pantalones. Sinclair pudo divisar unas piernas delgadas y bien formadas, y se dio cuenta de que aunque el deseo se hubiera empañado, se recuperaba con facilidad. Pensó en la suavidad de su piel, en su dulce sabor, en los seductores gemidos provocados por el placer que él le había proporcionado, y sintió un fuerte deseo por seducirla de nuevo.

Sinclair apartó los ojos y fijó la mirada en otra parte. Vio los libros y los papeles que habían tirado al suelo, se agachó a recogerlos y distraídamente se paró a leer algunos de los documentos.

Al verlo, Tiree llegó a una conclusión: finalizado el interludio, todo volvía a la normalidad.

¿Y qué otra cosa había esperado? ¿Una confesión de amor eterno?

Para los hombres, el sexo era solo sexo, tal y como Stu le había explicado en más de una ocasión. Algo muy importante mientras sucedía, pero nada en cuanto se terminaba.

Y eso cuando todo terminaba bien, y no a la mitad porque uno de los dos se retiraba por una herida. ¡Menudo fiasco!

–Tiree… –dijo él cuando después de terminar de recoger se acordó de su existencia y la miró con preocupación–, la verdad es que no sé cómo deberíamos enfrentarnos a esto. Acepto toda la responsabilidad de lo que ha ocurrido, pero no comprendo muy bien por qué no me has detenido.

Tiree tampoco lo comprendía. Le habían gustado otros hombres, mucho más que él, aunque hubiera evitado estar en la intimidad con ellos. Sin embargo en aquella ocasión, el deseo se había apoderado de ella. Quizá simplemente fuera que, a pesar de ser un un pedante, Ewan Sinclair era muy buen amante.

Parecía una explicación razonable, pero aquel era un pensamiento que no estaba dispuesta a compartir, de manera que recurrió al sarcasmo.

–Tendrás que preguntárselo a mi psicoanalista.

–¿Tienes uno? –preguntó él esperanzado.

–No –contestó ella haciendo una mueca–. Era una broma.

–Ya veo. Yo no soy un gran defensor del psicoanálisis, pero muchas personas se benefician de él. Quizá lo debas tener en cuenta –dijo Sinclair con calma.

–Gracias. Estás diciendo que cualquier mujer que esté lo suficientemente loca para acostarse contigo necesita ayuda psicológica, ¿no es así? Pues quizá tengas razón.

Sinclair frunció el ceño ante aquel comentario, pero pensó que se lo había buscado. Después de todo, su preocupación por la salud mental de Tiree había llegado un poco tarde.

–Por lo visto no he hecho nada bien hasta ahora –admitió él, moviendo la cabeza–. Solo quiero que sepas que si yo hubiera sabido que nunca habías estado con un hombre, no te habría tocado.

De no ser por lo ridículo del comentario, Tiree se habría sentido avergonzada ante la seriedad de la afirmación.

–¿Quieres decir que ahora que sabes que no soy una mujer promiscua ya no me deseas?

–Sí… quiero decir, no… eso no es lo que quería decir –dijo Sinclair, recordando lo complicada que le resultaba aquella chica–. Nada de lo que diga va a mejorar la situación, ¿verdad?

–No –admitió Tiree–. Pero podrías acercarme las sandalias.

–¿Qué? –preguntó Sinclair, sorprendido por la petición–. Sí, por supuesto.

Se agachó para recoger las sandalias, una de las cuales estaba debajo de la mesa. Se las dio y la observó mientras se las ponía. Parecía tranquila y serena, lo cual era bastante extraño. ¿Pero qué sabía él acerca de aquella chica? Por lo visto, bastante poco.

Tiree esperó a que él se apartara para levantarse de la silla. Se sentía ligeramente mareada, así que se quedó quieta un momento para recuperar el equilibrio. Después, se dirigió hacia el teléfono.

No recordaba el número de teléfono de la compañía de taxis, de manera que volvió a buscar en el directorio. Casi esperaba que él se acercara y lo cerrara, pero Sinclair permaneció como observador silencioso, así que Tiree pensó que estaría ansioso por que ella se marchara.

Marcó el número sin interrupciones. Cuando la telefonista le pidió la dirección, tuvo que preguntársela a Sinclair y este se la dio sin la menor demora.

–Están muy ocupados, pero me han asegurado que vendrá uno dentro de una hora –le informó ella.

Sinclair asintió.

–Me ofrecería para llevarte, pero probablemente Eloise ya se haya acostado. De todos modos, tampoco creo que aceptaras.

Su tono de voz estaba cargado de culpa y Tiree levantó la cara para mirarlo a los ojos. En ellos también se reflejaba la culpa. Podría haber disfrutado con aquello, apretándole las tuercas un poco más, pero la sinceridad le obligó a actuar de otra manera. Después de todo, ella no se había quejado mientras él la seducía. Más bien todo lo contrario. Desde luego recordaba con toda claridad cómo se había sentido en cada momento, y se había sentido muy bien.

–Escucha, Sinclair –dijo ella–, pareces estar bajo la impresión de que me has hecho algo terrible, pero no es para tanto. Así que si te preocupa la posibilidad de que me de un ataque o algo parecido, deja de pensarlo. Estoy estupendamente.

–Me gustaría poder creerlo –contestó él en voz baja.

–Puedes creerme –le aseguró ella, aunque pensó que la definición estupendamente quizá fuera un poco exagerada.

Aunque tampoco se sentía excesivamente mal; se sentía confusa y no podía dejar de pensar en la misma pregunta: ¿por qué él?

Sinclair no estaba muy convencido, pero no podía retenerla en contra de su voluntad, de manera que se dirigió hacia la puerta y descorrió el pestillo. Abrió la puerta y esperó a que ella saliera al pasillo.

–¿Por qué no esperas en el estudio? –sugirió él–. Puedo preparar café mientras esperamos el taxi.

–Gracias –murmuró Tiree, y Sinclair se marchó a la cocina.

Tiree entró en la habitación pensando que Sinclair estaría suspirando aliviado al igual que ella. ¡Menuda situación tan extraña!

Se sentó en el sofá que había junto a la ventana, desde la cual podía ver la verja de entrada y deseó que el taxi llegara lo antes posible. Nunca se había imaginado que aquel momento del después pudiera ser tan extraño.

Tiree se preguntó qué habría dicho Stu. ¿Algo crudo o divertido? Probablemente ambas cosas ya que Stu nunca fue un hombre romántico; para él, el sexo era una cuestión de poder y no de amor. El amor era para los tontos.

Y sin embargo, a su manera, Stu la había amado y ella lo había amado a él también. O al menos lo había necesitado. Quizá las dos cosas fueran lo mismo. Desde luego, él había sido lo más parecido que había tenido a una familia después de que los Chisolm la devolvieran al orfanato.

Él había sido la única persona a la que le había contado lo ocurrido con Tom Chisolm, y, aunque él le había aconsejado que aprendiera a vivir con ello, también había comprendido su necesidad de venganza.

Llevaba una semana de vuelta en el orfanato cuando Stu le sugirió hacerles una visita a los Chisolm. Pero no una oficial o en un momento en que el matrimonio se encontrara en la casa. Utilizarían la llave que Tiree aún conservaba y confiarían en que no hubieran cambiado el código de la alarma.

Hasta aquel momento, Tiree había sido una persona cumplidora de las leyes y que apenas había sido castigada en el colegio. Pero una especie de locura se había apoderado de ella mientras rajaba la ropa de Tom y Margaret y destrozaba sus adornos, y Stu, anárquico por naturaleza, había estado encantado de ayudarla. Entre los dos, destrozaron la casa.

Después de aquello tuvieron que huir. Durante un mes sobrevivieron pidiendo limosna, comiendo en los albergues y durmiendo en los portales. Pero apenas habían vivido su aventura cuando el otoño dio paso al duro invierno escocés, y cuando la policía finalmente los arrestó, Tiree sufría un fuerte constipado y prácticamente se había resignado a pasar un tiempo en la unidad de seguridad en que Stu le había avisado que quizá los internaran.

Pero después de todo, a Tiree simplemente la enviaron de vuelta al orfanato donde recibió una pequeña charla sobre los peligros de la calle. No hubo cargos en su contra ni se mencionó a los Chisolm, aunque debía haber resultado obvio quién les había destrozado la casa. Asumieron que la pareja no lo había denunciado y Tiree no se sintió inclinada a confesarlo.

Tiree nunca intentó volver a ver los Chisolm. Los borró de su cabeza lo mejor que pudo, decidida a no permitir que le volvieran a arruinar la vida. Y no lo hicieron. Sobrevivió al orfanato y con un poco de suerte y talento, había saltado a la fama y la fortuna. Pero el ataque de Tom Chisolm le impidió tener relaciones normales con los hombres.

Hasta aquella noche. Pero incluso en aquel momento, no estaba segura de que lo que había ocurrido con Sinclair fuera normal. No podía recordar cómo había empezado. Quizá hubiera sido porque ella se burlara de él, pero en cuanto empezó, no había habido manera de pararlo. Y la verdad era que tampoco había querido pararlo; había sido Sinclair quien había detenido lo que estaba ocurriendo.

Quizá le había parecido que estaban llegando demasiado lejos. Después de todo, él solo había estado en busca de la verdad y de una posible compensación por la muerte de Kit. Quizá el hecho de desflorarla era llegar demasiado lejos.

Pero pensara lo que pensara, en aquel momento parecía estar deseando librarse de ella. Obviamente, no había sido capaz de apreciar el honor de ser su primer amante.

Tiree podría haberse sentido ofendida si la situación no le hubiera parecido tan extraña. De todos los hombres a los que había conocido, no podía haber escogido a uno menos apropiado. Un pedante intelectual, con una visión completamente negativa del mundo de la música. Venían de un ambiente en el que chicos como Stu y ella, sobre todo Stu, eran un fenómeno social existente únicamente en los documentales de la televisión. No eran personas reales a las cuales le gustaría invitar a su casa.

A ella le había invitado a su casa, pero sus razones estaban relacionadas con Kit, y en cuanto se dio cuenta de que no podía demostrar su razonamiento, cualquiera que aquel fuera, no podía esperar a librarse de ella. Y ella no se lo iba a poner difícil; tenía su orgullo. Mientras tanto, había decidido evitarla.

Habían pasado quince minutos desde que Sinclair se había marchado a la cocina y aún no había vuelto con el café. Tiree esperaba que llegase pronto porque empezaba a sentirse somnolienta; había sido un día muy largo.

 

Cuando Sinclair entró en el estudio, encontró a Tiree dormida en el sofá y decidió no despertarla para el café; esperaría a que llegara el taxi. De aquella manera la conversación entre ellos sería mínima. Después de todo, ¿qué más podían decirse? Además, ella había dejado bien claro que no quería sus disculpas. Parecía dispuesta a salir de su vida para siempre. Quizá fuera lo mejor.

Sinclair se sentó junto a ella y la observó mientras dormía. ¡Parecía tan joven! En su cara no estaba reflejada la experiencia de los años, pero él sabía que había vivido ciertas cosas. Simplemente, no eran el tipo de cosas que él se había imaginado.

Quizá si realmente hubiera intentado hablar con ella habría descubierto la verdad antes, pero ¿acaso conocer la verdad le habría hecho actuar de manera distinta? Incluso en aquel momento no podía estar seguro de ello.

Cuando llegó el taxi Sinclair se levantó y le dio una palmadita en el hombro, pero Tiree no se despertó. La zarandeó un poquito más y ella murmuró una protesta de la cual Sinclair solo pudo entender el nombre de Stu.

Así que aquel era el hombre que poblaba sus sueños.

Decidió dejarla dormir y salió de la casa para compensar al taxista por la carrera en balde. Cuando volvió a la casa ella seguía durmiendo. Stu pensó en la posibilidad de llevarla en brazos al piso de arriba, pero le asustaba la posibilidad de que ella se despertara y sacase conclusiones equivocadas. Finalmente, decidió taparla con un edredón y apagó las luces, dejando una pequeña lámpara encendida por si acaso se despertaba durante la noche y se sentía desorientada.

Le acarició la frente con la mano para comprobar su temperatura, aunque los sentimientos que provocaron aquel gesto no fueron los de un médico. Notó que estaba fresca, aunque la habitación parecía un horno. Quizá no fuera ella la que ardía de fiebre.

Con aquel pensamiento en la cabeza, Sinclair se marchó a dormir.

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