Sin culpa
Capítulo 5
VA TODO bien? –preguntó Sinclair, que la encontró sentada junto al teléfono.
Tiree hizo un esfuerzo por devolver sus pensamientos al presente.
–Sí. Estoy bien.
–¿Has hablado con tu
?
–Les dice que los periodistas se han marchado.
–Supongo que solo de manera temporal –comentó él–. ¿Les va a venir a por ti?
–No –dijo Tiree–. Creo que me tendré que quedar aquí… al menos por esta noche.
Sinclair no puso objeción.
–Te mostraré la habitación de invitados.
Ella lo siguió escaleras arriba, cojeando ligeramente. A medida que se acercaban al primer piso, el sonido de la música se hacía más audible. Tiree identificó inmediatamente el grupo: era Kinetic Sugar. Se preguntó si Sinclair lo reconocía.
Se detuvieron en el primer piso. Tiree adivinó cual era la habitación de su hija, no solo por la música, sino porque junto a la puerta había una bandeja con un plato vacío. Aparentemente, Sinclair le había subido algo para cenar mientras ella hablaba por teléfono.
–Espera aquí –dijo él, y entró en otra habitación para salir con un pijama de hombre–. Me temo que es todo lo que tengo.
Tiree tomó la ropa y murmuró su agradecimiento.
–Por aquí –dijo él.
Subieron al segundo piso y él le abrió la puerta de una habitación. Sinclair no entró.
–La puerta tiene llave, pero no te hará falta usarla.
–Estupendo –dijo ella, y esperó a que se marchara.
Pero Sinclair obviamente estaba buscando la manera de decirle algo.
–Me gustaría poder pensar que yo también puedo confiar en ti.
–No te preocupes, ¡incluso las mujeres promiscuas tienen sus límites! –se burló ella.
Por un momento, Sinclair no supo qué pensar. Ni siquiera se le había ocurrido que ella pudiera estar interesada en él.
–Me alegro –dijo él sonriendo levemente–. Pero no me refería a eso. Lo que me preocupa es que decidas desaparecer durante la noche. Quizá te encuentres bien, pero recuerda que has sufrido una conmoción cerebral.
–Te entiendo. No te preocupes, no estoy planeando huir a media noche – se apresuró a decir ella, sintiéndose avergonzada.
–Bien.
–Aun así –dijo Tiree, sin poder resistirse–, si cambio de opinión, prometo no llevarme la plata.
Sinclair suspiró. ¿Es que nunca se tomaba nada en serio?
La miró durante un momento y ella le devolvió la mirada. Tenía unos ojos muy bonitos, de un inusual color verde y unas largas pestañas. Todas sus facciones poseían una delicada belleza. Era únicamente cuando hablaba, que aquella muñeca de porcelana daba paso a la chica de aspecto desaliñado que lideraba una banda de rock.
Tiree pensó que aquello era una competición para ver quién aguantaba más, cuando la mirada de Sinclair se desvió hacia su boca. Ella hizo un mohín, más insolente que provocativo, pero cuando él la miró de nuevo a los ojos, vio el deseo reflejado en ellos.
Sinclair no se molestó en ocultarlo, y Tiree se preguntó por qué había llegado a pensar que era un hombre frío, sintiéndose confusa por un momento.
Sin embargo, Sinclair estaba muy familiarizado con su actitud hacia el sexo. Lo que lo sorprendía era el objeto de su deseo. Quizá fuera cierto que estuviera atravesando una crisis y realmente deseara acostarse con mujeres más jóvenes, sin importar quiénes fueran.
Aquel pensamiento, por poco que le gustara, le ayudó a recuperar la razón y a retomar la conversación.
–Entonces, buenas noches –dijo, ligeramente enfadado y, se marchó.
Tiree se quedó allí de pie, sintiéndose abandonada. Lo observó mientras se alejaba escaleras abajo y pensó en lo que acababa de ocurrir, que había sido bien poco. Un simple intercambio de miradas que habían hecho que ella se imaginara algo más. Pero en esencia, no había ocurrido nada.
Entonces, ¿por qué se había vuelto a enfadar?
Tiree movió la cabeza. Ella también estaba ligeramente irritada y decidió no seguir pensando en ello.
Entró en la habitación, se dio una ducha y se puso el pijama que él le había prestado. Aquello le hizo pensar en la ropa que se pondría al día siguiente cuando huyera de aquella casa; había lavado su ropa interior y la había puesto junto al radiador a secar; sus vaqueros, aunque arrugados, no estaban del todo mal, pero la camiseta que Sinclair le había prestado era demasiado grande, así que decidió bajar a la cocina, donde había dejado secando su camiseta. Confiaba en que Sinclair ya se hubiera dormido.
La casa estaba oscura y en silencio, de manera que procuró no hacer ruido al bajar. Pero cuando entró en la cocina, se sorprendió al ver que no era la única despierta. Aun así, se alegró de que fuera Eloise, y no su padre, la que estuviera sentada a la mesa, comiéndose un helado.
–¿Tenías hambre? –preguntó Tiree, sonriendo.
La niña la miró con expresión cansina.
–Supongo que irás a decírselo a mi padre.
–¿Decirle qué? Supongo que no pretenderás escaparte, vestida con el pijama y las zapatillas.
–¡Claro que no! –exclamó Eloise, antes de reparar en el pijama de Tiree–. ¿Es de mi padre?
Tiree asintió.
–Estoy en la habitación de invitados –le dijo, para que no se hiciera una idea equivocada.
Tiree atravesó la cocina hacia el radiador para recoger su camiseta.
–Entonces, ¿realmente no eres su novia?
Tiree se volvió hacia ella y suspiró.
–Estoy segura de que tu padre ya te lo habrá dicho.
Eloise se encogió de hombros.
–Le pregunté quién eras, pero no me lo quiso decir –le explicó la niña, y dudó por un momento antes de continuar–. ¿Sabes lo que le pasó a mi hermano?
Tiree asintió, esperando que la niña no le preguntara qué sabía y por qué. Eloise no tenía ni idea de quién era ella y era preferible que continuara de aquella manera.
–Les conté a algunas de mis amigas que mi hermano tocaba en Kinetic Sugar, supongo que para fardar –continuó Eloise–; pero después del accidente deseé no haberlo hecho, porque ahora lo sabe todo el colegio y no paran de hacerme preguntas tontas.
–Quizá sea por compasión –aventuró Tiree.
–Algunos sí, pero otros solo quieren saber si conozco a Ti Nemo y si puedo conseguir su autógrafo. Es como si no entendieran que mi hermano está muerto y que no va a volver.
En aquel momento, la voz de Eloise se quebró y los ojos se le llenaron de lágrimas. Tiree se levantó de la silla y se sentó junto a ella.
–No pasa nada. Llora si quieres –le dijo, mientras acariciaba suavemente su brazo.
Por un momento, Eloise se tensó, pero enseguida comenzaron a temblarle los hombros y rompió a llorar.
Tiree no cuestionó que aquella adolescente rebelde pudiera transformarse tan rápidamente en una niña desgraciada; ella también fue así hasta que la vida la endureció, haciéndole perder la capacidad de llorar. Pero aún era capaz de ofrecer consuelo.
Suavemente acarició la cabeza de Eloise, al tiempo que la arrullaba, y la niña apoyó la cabeza sobre su hombro, aceptando el maternal consuelo.
Sin embargo, a Sinclair le resultó extraño. Había bajado a la cocina para tomarse algo caliente antes de dormir, y se había quedado anclado junto a la puerta al ver cómo Tiree consolaba a su hija, con una compasión que no había imaginado que tuviera.
Aunque quizá fuera él a quien le faltaba, ya que Eloise no había acudido a él en primer lugar.
A la larga, Tiree percibió su presencia y levantó la cabeza. Hizo un leve movimiento en señal de que se marchaba para que él pudiera quedarse con su hija, pero Sinclair negó con la cabeza y, tras observarlas un instante más, dio media vuelta y se marchó.
Tiree frunció el ceño; la sorprendía que él le confiara a su hija. ¿Estaba tan reprimido emocionalmente que prefería arriesgarse a que ella influyera en la niña, antes que enfrentarse a unas cuantas lágrimas?
Tiree esperó hasta que los sollozos de la niña se convirtieron en hipo.
–Tienes que dormir.
–Sí –murmuró la niña, y dejó que Tiree la llevara a su habitación y la arropara en la cama.
–Supongo que eres demasiado mayor para que te lea un cuento.
Eloise asintió con una sonrisa.
–Me gustaría escuchar música.
–De acuerdo, pero yo elijo.
Tiree buscó entre los CDs, dejando de lado los de Kinetic Sugar, y escogió uno de un grupo de chicas de dulces voces y letras inofensivas.
–Si quieres, puedes quedarte a escucharlo –le ofreció Eloise.
Tiree miró sus suplicantes ojos azules y comprendió que quería un rato más de compañía, así que se sentó en una silla hasta que vio que Eloise cerraba los ojos, dormida. Después, salió sigilosamente de la habitación.
Los crujidos del suelo alertaron a Sinclair, que salió en su busca.
–Está dormida –le dijo Tiree cuando salió al pasillo.
Sinclair asintió.
–¿Por qué lloraba?
–Sobre todo por Kit y por el hecho de que sus amigas no están demostrando ser muy sensibles acerca de su muerte.
Sinclair frunció el ceño. Había intentado hablar de ello con su hija, pero ella se había limitado a encogerse de hombros. Parecía más dispuesta a abrirse a un extraño que a él. ¿Acaso era tan inaccesible, o tal vez aquella mujer de grandes ojos verdes tenía algo especial?
Él también se había sentido atraído por ella, aunque la suya era una atracción física. Incluso en aquel momento, preocupado como estaba por su hija, una parte de él era consciente de Ti Nemo y del hecho de que probablemente estuviera desnuda bajo el pijama.
–Gracias por tu consideración con Eloise –dijo él finalmente.
Tiree lo miró como si estuviera loco y dio media vuelta. Sinclair intentó no mirarla mientras subía por las escaleras, ahorrándose una mayor visión de sus bonitas piernas, que solo haría que se preguntara acerca del resto de su cuerpo…
Sinclair movió la cabeza en un intento por librarse de aquellos pensamientos y centró su atención en Eloise.
Con cuidado, entró en la habitación de su hija; estaba profundamente dormida. Sintió un profundo y protector amor por ella y la besó en la frente. Al hacerlo, vio los surcos de las lágrimas en sus mejillas. Él había pensado que, después del shock inicial, Eloise estaría sobrellevando todo aquel asunto sin problemas. ¿Pero qué sabía él realmente? La comunicación entre ellos se había roto mucho antes de que Kit muriera.
En el piso de arriba, Tiree estaba luchando contra sus propios fantasmas.
Se había echado en la cama con la intención de dormirse, pero sus pensamientos inmediatamente volaron hacia Stu.
Lo echaba de menos. Los había unido un lazo que solo ellos comprendían; él se había convertido en su familia y ella en la de él. Siempre habían pasado juntos por todo: soledad, fama, tristeza…
Pero allí estaba ella, una vez más a la deriva, en una casa extraña, escuchando los sonidos nocturnos hasta que el sueño la venció.
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