Sin culpa
Capítulo 4
SINCLAIR la soltó con brusquedad y Tiree cayó contra el coche. Ella lo miró y vio la confusión reflejada en sus ojos. Después, Sinclair abrió el coche y la empujó adentro.
Se quedó allí sentada, temblando. No comprendía lo que acababa de ocurrir.
Tiree pensó en ponerse furiosa como forma de reaccionar, pero aquel no era su estilo. Además, era un poco tarde para ello; el momento de abofetearlo tendría que haber sido antes de que él la besara, no después de que ella disfrutara del beso.
Y aquello era lo que realmente la trastornaba: el hecho de que, por una vez, había sentido todas las emociones que se habían escrito sobre el amor, con un hombre que la disgustaba profundamente.
Él la miró de reojo, pero afortunadamente no hizo ningún comentario. Se limitó a sacar una toalla y una camiseta de una bolsa de deportes que había en el asiento trasero.
–Toma. Al menos quítate la camiseta mojada.
La expresión de Tiree reflejó sus sentimientos. ¿Realmente pensaba que por un beso ya estaría dispuesta a desnudarse delante de él? ¡Si ni siquiera llevaba sujetador!
Sinclair leyó su expresión y apretó los labios al darse cuenta de que ella lo consideraba un maníaco sexual, de manera que antes que ponerse a discutir con ella, abrió la puerta para salir del coche.
–Tienes un par de minutos –murmuró él.
Afortunadamente, había parado de llover y Tiree lo observó mientras se alejaba unos metros y se quedaba de espaldas al coche, con las manos metidas en los bolsillos.
Por supuesto, la camiseta de Sinclair era demasiado grande para ella, y aunque estaba limpia, olía a él.
Tiree se preguntó cómo iba a conseguir una muda limpia sin tener que enfrentarse a los periodistas que había junto a su casa; miró furiosa a Sinclair, de alguna manera sintiendo que todo aquello era culpa suya aunque la razón le dijera lo contrario, así que esperó un poco antes de tocar el claxon para dejarlo volver al coche.
–No debería haberte besado –dijo él con sequedad.
Si aquello era una disculpa, Tiree no se sintió impresionada; la consternación en su voz era nula y las palabras «lo siento» brillaron por su ausencia.
–No. No deberías haberlo hecho –acordó ella, y volvió la cabeza hacia la ventanilla.
Se hizo el silencio entre ambos mientras Sinclair se preguntaba qué era lo que ella había esperado de él; se había disculpado y ni siquiera estaba seguro de que el beso hubiera sido culpa suya.
Arrancó el coche y se pusieron en marcha.
–No voy a volver a mi casa –repitió Tiree.
–No pretendía que lo hicieras –replicó Sinclair–. Te lo habría dicho antes si me hubieras dejado.
–¿Adónde vamos exactamente? –preguntó ella al tiempo que se decía a sí misma lo pedante que era aquel hombre.
Aunque hasta aquel momento Sinclair no lo había pensado, se encontró a sí mismo diciendo:
–Mi casa no está lejos de aquí. Puedes quedarte esta noche mientras haces planes alternativos.
Cuando llegaron a la casa, Sinclair le indicó el camino hacia la cocina por si quería beber algo mientras él comprobaba su contestador automático. Así que Tiree se dirigió hacia allí y se dispuso a calentar agua para preparar una taza de té.
La cocina era una habitación amplia y con mucha luz; muy limpia, recogida y sin cacharros sucios. Pero los armarios de madera de roble oscuro y la cocina empotrada sugerían que la última vez que alguien se había preocupado por la decoración de aquel sitio, debía de haber sido a principios de los años noventa.
Aquello contestaba la pregunta que Tiree se hacía: en la actualidad no había ninguna señora Sinclair.
Al mirar por una de las ventanas, se sobresaltó al encontrarse con una cara que la miraba desde el otro lado. Al principio pensó que era un chico, ya que llevaba el pelo corto, pero rápidamente se dio cuenta de que la cara era demasiado bonita. Sin embargo, tenía un fuerte parecido con un determinado hombre. Fruncía el ceño de la misma manera. La niña señaló hacia un lado y Tiree comprendió que debía de haber una puerta de salida al jardín, un poco más al fondo. La cocina daba a una pequeña habitación en la que había unas pilas de mármol y la escalera trasera de los criados. También había una gruesa puerta de roble. Tiree descorrió los cerrojos, giró la llave y abrió.
–Hola –saludó Tiree con una sonrisa.
Pero la niña no respondió. La miró de arriba abajo por un momento, se encogió de hombros y entró en la casa; Tiree la siguió hasta la cocina.
–¿Dónde está mi padre? –preguntó la niña sin más preámbulo.
–En su estudio –contestó Tiree con tranquilidad.
–¿Y tú quién eres? –inquirió descaradamente la niña.
Tiree se preguntó cómo contestarle.
–Una amiga –dijo finalmente.
–Querrás decir novia –se mofó la hija pequeña de Sinclair.
Tiree podría haberse sentido ofendida, pero se dio cuenta de aquella muestra de desdén era provocada por la inseguridad, así que intentó bromear.
–¿Te parezco el tipo de mujer que le gustaría a tu padre?
–La verdad es que no –aceptó la niña, aunque no sonrió–; pero eso no demuestra nada. Los hombres de la edad de mi padre suelen comenzar a salir con chicas más y más jóvenes.
–¿De verdad?
–¿Cuántos años tienes? –preguntó la niña.
–Veintitrés.
–Pues no eres tan joven.
Tiree pensó que probablemente, a ojos de una chica de su edad, no lo parecería.
–¿Y tú cuántos años tienes?
–Trece. Bueno, casi –admitió la niña.
–¿Sabe tu padre que estás aquí? –preguntó Tiree, encogiéndose de hombros y preguntándose por qué Sinclair no había mencionado que tuviera una hija–. ¿Te has olvidado las llaves?
–Él no me deja tener llaves de casa –contestó con resentimiento.
Tiree frunció el ceño. ¿Acaso Sinclair pretendía que la niña se quedara en la calle hasta que él llegara a casa?
–Quizá si le explicaras… –comenzó a decir Tiree cuando, al oír unos pasos que se acercaban, la niña salió corriendo en dirección contraria.
Tiree se dio cuenta de que se dirigía hacia la escalera trasera justo cuento Sinclair entró en la cocina, y antes de que pudiera decir nada, él comenzó a hablar:
–Tengo un mensaje en el contestador informándome de que mi hija se ha escapado del colegio. Tengo que ir a buscarla. ¿Te importa quedarte aquí por si viene?
–No hace falta. Ya ha llegado.
–¿Aquí?
–Supongo que una chica alta, rubia y que se parece a ti debe de ser tu hija.
Una sucesión de emociones cruzaron la cara de Sinclair, desde la preocupación, pasando por el alivio, hasta la ira.
–¿La has visto?
–Estaba en el jardín –le informó Tiree–, así que la dejé pasar. Charlamos un momento y después ella subió arriba a cambiarse.
Aquello último fue una pequeña mentira, ya que la niña había huido para evitar a Sinclair y, presumiblemente, su enfado.
–No le dijiste quién eras tú, ¿verdad? –preguntó él.
–Le dije que no era tu novia, si eso es lo que te preocupa.
–No creo que hubiera pensado eso –dijo Sinclair, y su expresión le dijo que ella nunca pasaría la prueba.
–Pues sí lo pensaba –informó Tiree con satisfacción–. Parece que piensa que estás pasando por una crisis de edad y que estás cambiando tus hábitos a la hora de salir con mujeres.
–¿Cómo?
–Mujeres más jóvenes.
–Ya –dijo él, comprendiendo el significado–. De todos modos, preferiría que no le revelaras tu identidad a Eloise. Aún está disgustada por la muerte de su hermano.
–¿Es la hermana de Kit?
–Hermanastra.
–No me habías dicho que tuvieras una hija –afirmó ella en un tono ligeramente acusador.
–No me lo preguntaste, y no pensé que fuera relevante. De hecho, no lo es, ya que volverá al internado inmediatamente. Subiré a hablar con ella. Si quieres, puedes utilizar el teléfono mientras tanto.
Dicho aquello, Sinclair desapareció y ella decidió telefonear a Les.
Marcó el número de Les de Londres, pero no obtuvo contestación. Después, telefoneó a su propia casa. Apenas había sonado tres veces cuando alguien levantó el auricular.
–¿Eres tú, Tiree? –preguntó una voz familiar–. ¿Dónde demonios estás?
–Eso no importa –dijo Tiree, pensando que le debía cierta discreción a Sinclair–. ¿Están los periodistas ahí todavía?
–No. Se han marchado todos –le aseguró Les–, pero probablemente volverán. ¿Es cierto que te has caído por las escaleras? ¿Estás bien?
Tiree notó preocupación en su voz, aunque no estaba segura de la razón que la provocaba. Les era un hombre de negocios y ella era uno de esos negocios.
–Estoy bien. Me resbalé y me di un golpe en la cabeza, nada más. Pero he decidido tomarme un descanso y quizá me vaya fuera durante un tiempo.
Hubo un momento de silencio mientras Les escogía sus palabras con cuidado.
–Escucha, sé que han sido unos días difíciles para ti, pero te sugiero que no interrumpas tu carrera justo ahora. El single podría llegar al número uno el domingo, y si quieres sacarle partido, tendrás que salir en algunos programas.
–¿Cómo? –preguntó Tiree con incredulidad.
–En la televisión, en la radio… Quizá incluso puedas conceder alguna entrevista a alguna revista –le informó Les–. Solo dime que sí, y yo me encargaré de organizarlo todo. Además, la compañía discográfica quiere hablar contigo sobre tu posible carrera en solitario.
A juzgar por el tono de voz de Les, esperaba que ella estuviera tan excitada al respecto como él. Pero Tiree se sentía increíblemente decepcionada. Apenas hacía unos días que habían enterrado a Kit y a Stu.
–No quiero continuar en solitario –dijo, en un tono que indicaba que no quería continuar de ninguna manera.
–Lo entiendo –afirmó Les, aunque resultaba obvio que no lo entendía–. Y eso no será un problema. Necesitamos una nueva formación para la gira de América. Por supuesto, Wayne y tú, y estaba pensando en un par de guitarristas, o quizá mejor aún, si pudiéramos…
Tiree no podía soportar seguir escuchándolo y colgó el auricular.
Posiblemente acababa de terminar con su carrera, pero se sintió aliviada.
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