Socialismo siglo XXI

Atilio Borón · Capítulo 18 de 31

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Socialismo siglo XXI

La izquierda en la oposición

Las fuerzas de izquierda, en el gobierno como en la oposición, se enfrentan pues a formidables desafíos. Las últimas, como opositoras a una variedad de gobiernos burgueses, porque deben honrar la propuesta gramsciana de construir partidos, movimientos y organizaciones genuinamente democráticos y participativos y, por cierto, políticamente eficaces, capaces de prefigurar, aunque sea en sus rasgos más generales, la naturaleza de la ciudad futura que pretenden fundar. Esto implica la necesidad de replantearse, desde una perspectiva actual e innovadora, la crucial problemática leninista de la organización, abandonada en los últimos años por el auge de posturas ideológicas y políticas cautivadas por las infinitas posibilidades transformadoras que, supuestamente, abría el sentimiento espontáneo de las masas o la potencia constituyente de la multitud. La sentencia de Lenin cuando decía, poco después de haber publicado el ¿Qué hacer?, que «el proletariado, en su lucha por el poder, no tiene más arma que la organización» es tan pertinente y correcta hoy como

ayer[23].

A la vez que construyen sus propias organizaciones, las clases explotadas tienen también que ser capaces de plasmar sus aspiraciones en un programa de gobierno. Si, como veremos en el siguiente capítulo, los valores fundamentales del socialismo remiten a cuestiones generales y a concepciones filosóficas universales y permanentes, los proyectos concretos de salida del neoliberalismo en los cuales estos se encarnen deben responder a las especificidades de la coyuntura y las determinaciones del espacio y el tiempo. El avance en el establecimiento de una sociedad socialista no puede producirse de la misma manera en Burundi que en Brasil. En la elaboración de este proyecto la izquierda debe demostrar su capacidad para sintetizar la enorme diversidad de reivindicaciones —económicas, sociales, culturales e identitarias— del campo popular en una fórmula integral y totalizante que dé cuenta de la pluralidad de situaciones que caracterizan a las distintas clases y formaciones sociales subalternas. El neoliberalismo, al desencadenar una fragmentación sin precedentes de la vida social, ha complejizado asimismo la cuestión de la representación política. Si en el pasado del capitalismo periférico el «universo popular» era relativamente simple —siendo sus componentes principales un sector obrero, el campesinado y una masa marginal urbana—, lo que permitía la eficaz articulación de sus intereses en un partido de clase, en la situación actual el panorama social de nuestros países se asemeja notablemente a la descripción que Antonio Gramsci hiciera de las regiones agrarias del sur de Italia en La cuestión meridional. En ese texto el fundador del Partido Comunista Italiano decía que el mezzogiorno era una «inmensa disgregación social», donde antiguas formaciones sociales habían sido pulverizadas por el avance del capitalismo y su colisión con los restos de un orden señorial en descomposición. Y es precisamente en este punto donde la función ideológica y conectiva del partido —concebido, otra vez siguiendo a Gramsci, como «el intelectual colectivo» de las clases y capas populares— aparece con toda su importancia. A este le compete la doble tarea de sintetizar este heteróclito conjunto de intereses, demandas y aspiraciones vehiculizadas por una miríada de movimientos sociales en una fórmula unitaria de transformación social; y gestar una estructura de relaciones capaz de articular las luchas puntuales y sectoriales — libradas casi siempre con ejemplar abnegación— en una gran estrategia que supere las limitaciones de los particularismos y localismos y que posea la capacidad para cuestionar eficazmente la dominación burguesa. Si de algo estamos seguros es de que esta no habrá de desvanecerse por la radicalidad de las demandas de las fuerzas sociales empeñadas en lograr una reivindicación particular, ya sea que se trate de la lucha contra el sexismo, el racismo o la depredación ecológica. La sociedad capitalista puede absorber estas pretensiones sin que por eso se disuelva en el aire su estructura básica asentada sobre la perpetuación del trabajo asalariado. Y la mera yuxtaposición de estas reivindicaciones, por enérgicas que sean, no será suficiente para dar paso a una nueva sociedad.

Singular relevancia adquiere en estas circunstancias la «batalla de ideas». Como si todo lo anterior no fuera una tarea enorme, la izquierda en la oposición debe también demostrar su capacidad para neutralizar el accionar de los aparatos ideológicos de la burguesía y hacer llegar su mensaje y su discurso al conjunto de la población, que por cierto no tiene sus oídos bien predispuestos para escuchar un mensaje socialista. Antes bien, los prejuicios cultivados e inculcados con habilidad por los publicistas de la derecha —que con sus medios de comunicación dominan casi sin contrapeso la escena mediática de la región— la tornan profundamente refractaria ante cualquier discurso que hable de socialismo o comunismo. Ante sus ojos eso equivale a violencia y muerte, y, pese a que la izquierda ha sido víctima de ambas cosas en la historia reciente de nuestra región, se la acusa de ser la representante y portadora de esas desgracias. La víctima se convierte así, por impulso de la manipulación ideológica, en la victimaria de la sociedad. La eficacia de esta propaganda radica, no en menor grado, en un importante componente de resignación y pesimismo que sería errado desconocer y que plantea la futilidad de cualquier tentativa de superar el capitalismo. La osadía podría ser seguida por un baño de sangre, se nos dice, y nadie quiere esto. De ahí que en amplios segmentos de las clases y capas populares el escapismo —el milenarismo de las sectas evangélicas, la autoayuda psicológica, el fanatismo deportivo, etc.— aparezca como una alternativa, falsa sin duda, pero que no es así percibida por quienes no encuentran futuro alguno bajo el actual orden social. El desafío a la credibilidad de la izquierda es, por lo tanto, considerable.

Agréguese a esto una cuestión adicional: la necesidad de combatir, en el seno de la izquierda, toda una serie de tendencias derrotistas y liquidacionistas que proliferan en épocas de crisis. Una expresión aclamada de esta tendencia la encontramos en la obra anteriormente referida de Hardt y Negri (2000). En la que se propone la inverosímil interpretación de un imperio «posmoderno» desembarazado ya de sus arcaicos lastres imperialistas y de sus viejas obsesiones de dominación territorial. La extraordinaria acogida que tuvo este texto, potenciado por la astuta promoción que la derecha hizo de esta obra a través de todos sus medios de comunicación y aparatos ideológicos, es un dato preocupante dado que el remate político que se extrae del mismo no es otro que la futilidad de la lucha antiimperialista, ¡precisamente cuando el imperialismo transita por la etapa más agresiva de la historia! Semejantes conclusiones se derivan de la teorización, también referida anteriormente, de John Holloway (2002) con su apasionada exhortación a las clases populares para que se abstengan de tomar el poder —¡como si estuvieran próximas a hacerlo!— y su vaporosa propuesta de construir un quimérico antipoder que no puede sino suscitar la sonrisa sardónica y confiada de los burgueses. Entre nosotros, decía Mariátegui hace unos ochenta años, «el marxismo no puede ser calco y copia». Agregaríamos hoy que mucho menos puede ser «calco y copia» de los discursos de la derecha.