Socialismo siglo XXI

Atilio Borón · Capítulo 1 de 31

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Socialismo siglo XXI

Introducción

El presente libro trata sobre las vicisitudes del capitalismo en América Latina. Su punto de partida es la constatación, a esta altura irrefutable, de que después de casi un siglo y medio de haberse instaurado como el modo de producción predominante en las mayores economías de la región y pese a haber experimentado períodos de altas tasas de crecimiento económico, nuestros países continúan sumidos en el subdesarrollo. Las principales economías de la región y aquellas que fueron la vanguardia de este proceso —nos referimos sobre todo a los casos de Argentina, Brasil, Chile y México— siguen debatiéndose con los problemas tradicionales del atraso: estructuras económico-sociales desequilibradas; grandes bolsones de pobreza, indigencia y exclusión social periódicamente crecientes; extrema concentración de la riqueza y los ingresos; vulnerabilidad externa; debilidad estatal; escandalosa regresividad tributaria y «democracias» más aparentes que reales, en las que brillan por su ausencia los más elementales derechos ciudadanos. Luego de tantas décadas de sacrificios y de soportar, por momentos, la más inaudita explotación, agravados casi invariablemente por prolongados períodos de represión y recurrentes baños de sangre, el capitalismo ha demostrado que no es la tan proclamada ruta hacia el desarrollo para los países de la periferia, sino precisamente lo contrario: el camino más seguro para perpetuar el subdesarrollo. Algunos de aquellos países —especialmente Argentina y Brasil— siguen siendo, melancólicamente, las eternas «tierras del futuro»; tierras para las que, presuntamente, estaría reservado un porvenir luminoso que cada día se aleja más.

Visto desde una perspectiva histórica y geográfica más amplia, el capitalismo es el modo de producción que ha servido para que un pequeño grupo de naciones —de las cuales ninguna fue «subdesarrollada»— se desarrollasen, pero al precio de excluir de tales beneficios a todas las demás. Alguien podría objetar que en las últimas décadas países como España, Portugal, Grecia o Irlanda se equipararon a las economías más desarrolladas del capitalismo metropolitano. Pero hay un vicio en esa objeción: ninguno de esos fue jamás un país subdesarrollado. Pueden haber sido pobres, o haber caído en la ruina, pero su situación nunca fue ni remotamente comparable con la que caracteriza a la mayoría de las naciones del Tercer Mundo. España y Portugal, por ejemplo, fueron en su tiempo metrópolis de imponentes imperios americanos que llegaron inclusive a tener destacamentos de avanzada en África y Asia. Al dilapidar el producto de su saqueo colonial, se arruinaron y quedaron por largo tiempo sumidas en la pobreza, pero ningún historiador económico serio jamás las consideró como países subdesarrollados. Lo mismo puede decirse de Grecia e Irlanda, aunque en los años de la posguerra fueran naciones muy pobres. Y aunque antes incluso, al promediar el siglo XIX, Irlanda fuera diezmada por las hambrunas y la emigración. Si estos países salieron del atraso y la pobreza fue porque, como preocupante periferia de una Europa opulenta, fueron desarrolladas «desde afuera» por las políticas de la Unión Europea, así como el Norte italiano lo hizo una vez con su atrasado Mezzogiorno.

¿La razón? El subdesarrollo es un concepto relacional que sólo hace su aparición cuando culmina la construcción del capitalismo como una estructura mundial, o una economía-mundo, en palabras de Immanuel Wallerstein. Este proceso se produjo al promediar el siglo XIX y no es casual que Marx y Engels observaran, en uno de los pasajes más luminosos del Manifiesto Comunista, cómo la burguesía recorría el mundo y lo recreaba a su imagen y semejanza. Esta economía mundial capitalista tiene invariablemente un centro integrador, un núcleo central, que se desarrolla en buena medida (si bien no exclusivamente) succionando plusvalor de la periferia. Por eso la literatura especializada con anterioridad a esta plena constitución del mercado capitalista mundial jamás utilizó el término subdesarrollo. Se hablaba de países pobres, atrasados, o de colonias, pero nunca de países «subdesarrollados».

Ahora bien: el reverso del desarrollo del capitalismo en las metrópolis es el subdesarrollo en la periferia. Esto no significa, como lo quieren algunas interpretaciones simplistas o quienes caricaturizan al marxismo hasta deformarlo por completo, negar la posibilidad de que a partir de dicho relacionamiento —como por ejemplo el que se dio entre el Reino Unido y países como Argentina, Brasil o Uruguay desde finales del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial— algunos sectores específicos de la economía, ligados al comercio exterior, experimenten un impetuoso crecimiento. Una versión de esta tesis sobre el desarrollo del subdesarrollo, planteada quizás de manera extrema, se encuentra en los trabajos pioneros de André Gunder Frank (1964) sobre Chile y Brasil en los que demuestra cómo la integración a los mercados mundiales de algunos sectores de las economías chilena —el nitrato, por ejemplo, y luego el cobre— y brasileña —el azúcar y el caucho, principalmente— produjo primero un período de auge y luego su crisis y brutal subdesarrollo. Sin llegar a los extremos que plantea Frank, es preciso reconocer, no obstante, que el crecimiento de esas exportaciones, por más que perdure durante décadas, no permite efectuar el salto del subdesarrollo al desarrollo. Y esta enseñanza de la historia es tan válida ayer como hoy, en contraste con lo que plantea el pensamiento económico convencional que exalta las virtudes del export led growth, el crecimiento basado en las exportaciones. La Argentina tuvo un crecimiento excepcional a lo largo de casi medio siglo, entre 1880 y 1930, y cuando esta etapa se agotó, en medio de los fragores de la Gran Depresión de 1929, su estructura económica y social exhibía todos los rasgos definitorios del subdesarrollo: dependencia externa, vulnerabilidad ante los avatares de la economía mundial, profundos desequilibrios de su estructura económico-social producto de su «adaptación» a una división internacional del trabajo que la condenó a someterse a los dictados de las economías desarrolladas, debilidad del impulso industrial, polarización clasista y exclusión social de grandes mayorías. El caso argentino puso de manifiesto, de manera cristalina, la radical diferencia existente entre crecimiento y desarrollo económico. La economía creció, y mucho, durante cincuenta años. Pero no

se desarrolló[1].

El capitalismo, por lo tanto, no es una receta universalizable ni mucho menos eterna. No es universalizable porque, si posibilitó el desarrollo de un puñado de naciones, las metrópolis, tuvo un efecto exactamente contrario en las colonias. Tampoco es eterno, porque esa misma fórmula tiene hoy limitaciones históricas insalvables. Por eso, a pesar de los discursos de los gobernantes de los países capitalistas, sus intelectuales, publicistas y técnicos, lo cierto es que al cabo de algo más de cien años hubo sólo un país que pudo traspasar las fronteras que dividen el desarrollo del subdesarrollo, y ese es el caso excepcional de Corea del Sur. Claro está que este país logró ese insólito suceso contraviniendo todas y cada una de las recetas recomendadas por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y toda la plétora de organizaciones, grupos de presión, medios de prensa y fuerzas políticas que le aconsejaban adaptarse humildemente a la «división internacional del trabajo», especializarse en producir y vender arroz para sus gigantescos vecinos asiáticos, olvidarse de la industrialización debido a que carecía de hierro y carbón, y adoptar las políticas de «libre mercado» que proponían los economistas ortodoxos. Por suerte para Corea del Sur, su dirigencia arrojó por la borda todos estos consejos y puso en marcha un programa de desarrollo basado en la expansión del mercado interno, fuertes aranceles proteccionistas, subsidios a las industrias nacientes, control de cambios, creciente papel del estado, manejo del gasto público y el déficit fiscal, promoción simultánea de las exportaciones y del mercado doméstico que, al cabo de varias décadas, logró lo que nadie más consiguió a lo largo del siglo XX.

Pero la hazaña coreana fue posible porque los surcoreanos hicieron todo lo contrario a lo que les dictaba el «saber convencional» del imperialismo y sus aliados.

Y porque, pese a estar ocupados por fuerzas militares estadounidenses, la contraparte de la ocupación militar fue la completa autonomía que lograron las clases dominantes coreanas para manejar la política económica y social. Pero si nadie más repitió la hazaña, ¿por qué habrá sido?

La respuesta que trata de fundamentar este libro es que nadie más pudo lograrlo porque las condiciones económicas, sociales, políticas, militares e internacionales que permitieron el tránsito del subdesarrollo al desarrollo por la vía capitalista a lo largo del siglo XX desaparecieron por completo. Dados los avances de la mundialización ya no existe posibilidad alguna de un desarrollo capitalista autónomo, y lo que provoca esta heteronomía es la profundización de la dependencia y la perpetuación del subdesarrollo. Además, la clase fundamental que impulsó las primeras etapas del desarrollo del capitalismo en los países centrales, la burguesía nacional, se ha extinguido en la periferia y cualquier esfuerzo por resucitarla está condenado al fracaso, como lo demuestra sobradamente la experiencia argentina bajo los gobiernos

de Néstor y Cristina Kirchner[2]. Esta problemática es la que se examina detalladamente en el primer capítulo del libro.

Así planteadas las cosas, el segundo capítulo se concentra en el examen de las posibilidades abiertas por la necesidad de encontrar una ruta de escape a la plaga neoliberal que afecta a nuestra región. En este capítulo se cuestiona el papel de los modelos preconcebidos y su papel, o no, como hacedores de la historia real de pueblos y naciones. Y, contrariamente al saber convencional, se plantea que, aun cuando no exista «un modelo de reemplazo» —una vez producido el descalabro del modelo soviético—, ello no cancela la necesidad y la posibilidad de realizar cambios de importancia en la estructura económica y social de nuestros países. Sin caer en el esquematismo de un modelo para imitar o para aplicar (porque, parafraseando a Mariátegui, las revoluciones no pueden ser calco ni copia), se enumeran una serie de reformas de fondo que, si fueran encaradas por los gobiernos, mejorarían sustancialmente la suerte de nuestros pueblos. Y se aclara, además, que no hay obstáculos insalvables en la medida en que exista la voluntad política para llevar adelante un programa de profundas reformas. Pero la sola existencia de esa voluntad política suscita grandes dudas, habida cuenta de la capitulación de los gobiernos de la «centroizquierda» latinoamericana. Y cuando aquella existe, como en los casos de Cuba, Venezuela, Bolivia y Ecuador, el feroz hostigamiento del imperio plantea la cuestión de la capacidad de resistencia —no sólo de los gobiernos involucrados sino también de la sociedad— ante tan rotundas amenazas, chantajes y extorsiones de todo tipo.

El capítulo tercero y final de esta obra se propone examinar las perspectivas de un futuro no capitalista para América Latina. La premisa que informa este argumento es que dentro del capitalismo no tendremos futuro alguno, sino la patética eternización de un presente plagado de toda clase de males. Si queremos conquistar un futuro será preciso hacerlo por una vía no capitalista. La vieja consigna acuñada por Engels en el Anti-Dühring y luego retomada por Rosa Luxemburgo, «socialismo o barbarie», es más actual hoy que ayer. De eso trata, precisamente, el socialismo del siglo XXI. Un socialismo remozado que capitaliza y madura a partir de las ricas y dolorosas experiencias de las revoluciones socialistas del siglo XX. El capítulo explora los tres grandes temas definitorios del nuevo socialismo: la cuestión de los valores, el proyecto político-económico y, por último, la problemática de los sujetos sobre los cuales recaerá la responsabilidad de llevar a buen término el proyecto del socialismo del siglo XXI.

Una última palabra acerca de las condiciones de producción de este libro. Como puede apreciarse a simple vista, el mismo es producto de una línea de investigación que el autor ha estado cultivando a lo largo de varios años acerca de la inviabilidad del capitalismo como modo de producción conducente al desarrollo en América Latina. Los sucesivos avances parciales de investigación fueron presentados en numerosos congresos científicos. En su forma original, luego convenientemente corregida y aumentada, los tres capítulos que conforman este libro, que se publica gracias al generoso esfuerzo de Ediciones Luxemburg, fueron presentados en los Encuentros sobre Globalización y Problemas del Desarrollo que año tras año organiza la Asociación Nacional de Economistas y Contadores de Cuba (ANEC) en La Habana. Mi mayor gratitud, entonces, hacia su presidente, Roberto Verrier Castro, quien tuvo la amabilidad de invitarme a exponer mis ideas incluso cuando las mismas no habían adquirido todavía la precisión propia de un discurso científico. Quiero agradecer a quienes realizaron la edición por haber lidiado, una vez más, con las sucesivas versiones del texto sin perder su paciencia y contribuyendo eficazmente a hacer su lectura más llevadera y convincente. En el curso de estos años tuve la fortuna de poder discutir estas reflexiones con innumerables colegas y amigos, tanto en el marco de los encuentros de la ANEC como en otras reuniones académicas, en los paneles de las sucesivas ediciones del Foro Social Mundial y en innumerables charlas con distintos movimientos sociales de la región. Pretender nombrarlos a todos ellos sería una empresa imposible y con certeza injusta, porque aun el mejor registro dejaría en las sombras a muchos de ellos que con sus preguntas, comentarios o sugerencias enriquecieron significativamente este trabajo. Prefiero por eso mismo declarar que esta obra es producto de una genuina empresa colectiva en la que estamos empeñados todos quienes concebimos al capitalismo como un sistema inherentemente injusto e irreformable, y que coloca a la humanidad al borde de su propia destrucción. Las páginas que siguen pretenden ser un pequeño aporte en el intento por evitar tan deplorable resultado.