Socialismo siglo XXI

Atilio Borón · Capítulo 28 de 31

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Socialismo siglo XXI

Conciencia revolucionaria

Queda en pie una tercera incógnita, nada teórica por cierto: ¿cómo determinar la madurez de la conciencia revolucionaria del campo popular? En el discurso pronunciado en la Universidad de Concepción, en Chile, durante su visita a ese país en 1971, Fidel se refirió a este tema y, por añadidura, a la compleja dialéctica que entrelaza reforma y revolución. Lo hizo en los siguientes términos:

La revolución tiene distintas fases. Nuestro programa de lucha contra

Batista no era un programa socialista ni podía ser un programa socialista,

realmente, porque los objetivos inmediatos de nuestra lucha no eran todavía,

ni podían ser, objetivos socialistas. Estos habrían rebasado el nivel de

conciencia política de la sociedad cubana en aquella fase; habrían rebasado

el nivel de las posibilidades de nuestro pueblo en aquella fase. Nuestro

programa cuando el Moncada no era un programa socialista. Pero era el

máximo de programa social y revolucionario que en aquel momento nuestro

pueblo podía plantearse (Castro Ruz, 1972; énfasis propio) [36].

¿Qué enseñanzas se pueden extraer de estas palabras? Por lo pronto una: la obligación que tienen las fuerzas populares de determinar con precisión cuál es el nivel de conciencia política real y de posibilidades reales de lucha de nuestros pueblos en esta peculiar coyuntura de su desarrollo histórico. O, en las palabras del joven Marx con que iniciáramos este trabajo, establecer las condiciones reales —no las que se postulan dogmáticamente desde una defectuosa lectura de la teoría marxista— en que se encuentra ese «candoroso suelo popular», bombardeado desde hace siglos por toda clase de prejuicios, mitos, supersticiones, tradiciones culturales e ideologías que obstaculizan el surgimiento de una conciencia clara y lúcida sobre su propia situación.

Otra lección: que el «rayo del pensamiento» tenga el voltaje suficiente como para producir la chispa que incendie la pradera. Esto es que, además de proporcionar de modo sencillo y persuasivo una explicación de la crisis actual y las mortales amenazas que se ciernen sobre la humanidad, suministre también una ruta sensata y realista de escape. Uno de los elementos que más favorece la estabilidad de la dominación imperialista en estos tiempos no es tanto la poca conciencia sobre el holocausto social y ecológico que está causando el capitalismo, como el lúgubre fatalismo y la resignación que produce la no visualización de ninguna ruta de escape, de que «no hay alternativas», como pregona incesantemente el pensamiento único. El «rayo del pensamiento», es decir, el marxismo actual, tiene que demostrar que sí hay alternativas y que puede ser esa «guía para la acción» que reclamaba Lenin. Nadie piensa en escapar de una prisión a menos que pueda imaginar un punto de fuga y una estrategia de escape. El neoliberalismo obtuvo un decisivo triunfo en la batalla ideológica al convencer a nuestras sociedades, y sobre todo a las clases y capas populares, de que tal punto no existe.

El sentido de la «batalla de ideas» es precisamente ése: demostrar que hay vida después del neoliberalismo, que otro mundo es posible y que la historia todavía no ha dicho su última palabra. Pero para esto es preciso que las fuerzas políticas y sociales de izquierda tengan claridad teórica para «leer» correctamente la coyuntura nacional e internacional y determinar con precisión la correlación de fuerzas en pugna; eficacia organizativa para atraer, encuadrar y organizar la resistencia y las luchas del campo popular; y capacidad didáctica para diseminar el pensamiento crítico en el

conjunto de las clases y capas subalternas[37]. De lo contrario, pueden caer en un «revolucionarismo retórico» tan desacertado como estéril y que sólo ha servido para que la izquierda sectaria practique su pasatiempo favorito: inventariar y denunciar a la legión de líderes «traidores» y organizaciones renegadas que a lo largo de la historia abortaron con su indecisión y cobardía la infinidad de procesos revolucionarios que, según su frondosa imaginación, se hallaban en curso en los más apartados rincones del planeta.