Socialismo siglo XXI

Atilio Borón · Capítulo 26 de 31

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Socialismo siglo XXI

Sujetos

Claramente, en plural. No existe un único sujeto —y mucho menos un único sujeto preconstituido— de la transformación socialista. Si en el capitalismo del siglo XIX y comienzos del XX podía postularse la centralidad excluyente del proletariado industrial, los datos del capitalismo contemporáneo y la historia de las luchas de clases sobre todo en la periferia del sistema demuestran el creciente protagonismo adquirido por masas populares que en el pasado eran tenidas como incapaces de colaborar en la instauración de un proyecto socialista. Campesinos, indígenas, sectores marginales urbanos eran, en el mejor de los casos, acompañantes en un discreto segundo plano de la presencia estelar de la clase obrera. La historia latinoamericana, desde la Revolución Cubana hasta aquí, ha demostrado que, al menos en los capitalismos periféricos (para no entrar en una discusión sobre los desarrollados, que no son objeto de esta discusión), el exclusivismo protagónico del proletariado industrial no fue confirmado por los hechos. Baste recordar la caracterización del «pueblo» hecha por Fidel Castro en La historia me absolverá (2005b), o el papel de esas masas populares urbanas y rurales en los levantamientos que tuvieron lugar en Bolivia y Ecuador (que se tradujeron posteriormente en las victorias electorales de Evo Morales y Rafael Correa), o el heroísmo de esas masas en la derrota del golpe de estado de abril de 2002 en contra de la Revolución Bolivariana para apreciar, en toda su magnitud, la multiplicación de los sujetos de la resistencia y oposición al capitalismo.

 

Pueblo

De ahí la importancia de la noción de «pueblo» utilizada por Fidel en su alegato, texto en el cual resuenan con fuerzas las ideas del joven Marx sobre la emancipación integral del proletariado. En efecto, Fidel rompe allí con una vetusta tradición al decir:

Entendemos por pueblo, cuando hablamos de lucha, la gran masa

irredenta […] a la que todos engañan y traicionan, la que anhela una patria

mejor y más digna y más justa; la que está movida por ansias ancestrales de

justicia por haber padecido la injusticia y la burla generación tras generación

[…] Y ahí están los 600 mil cubanos sin trabajo, los 500 mil obreros del

campo, los 400 mil obreros industriales y braceros, los 100 mil pequeños

agricultores, los 30 mil maestros, los 20 mil pequeños comerciantes, los 10

mil profesionales jóvenes […] A este pueblo […] no le íbamos a decir «Te

vamos a dar», sino «¡Aquí tienes, lucha ahora con todas tus fuerzas para que

sea tuya la libertad y la felicidad!» (Castro Ruz, 2005b: 59-61).

Se desprende de estas palabras una concepción del campo popular ajena al exclusivismo «obrerista» que tantos daños hiciera a la izquierda latinoamericana, al impedirle siquiera «ver» —¡no digamos incorporar a su construcción política!—, ver a esa enorme masa de campesinos, indígenas y pobres del campo y la ciudad condenados a la invisibilidad y la negación por la condición periférica del capitalismo latinoamericano y el colonialismo intelectual de la izquierda tradicional, con algunas honrosas excepciones como la de José Carlos Mariátegui y el Che, y que constituye la inmensa mayoría de nuestras sociedades. Aquello que Fidel propone en su discurso implica precisamente una ruptura con las concepciones tradicionales del marxismo embalsamado y acartonado de aquellos años acerca del sujeto de las luchas emancipadoras. Plantea, en cambio, una visión amplia, abarcadora, reconciliada con las necesidades urgentes de la coyuntura que exige la unificación de todas las fuerzas sociales oprimidas y explotadas por el capitalismo y no su dispersión en un archipiélago de organizaciones políticas y sociales cuya desunión confirma su propia irrelevancia. La política de alianzas del Movimiento 26 de Julio haría de esta verdadera renovación teórica el fundamento mismo de su actuación práctica y de su exitosa culminación el 1 de enero de 1959.

En la actualidad, el capitalismo no sólo somete a su yugo al proletariado industrial, sino que, como lo recuerda François Houtart, la subsunción real y formal de la enorme mayoría de la población del planeta a la lógica del capital ha expandido extraordinariamente el número y la diversidad de actores sociales que hoy se encuentran en contradicción con la burguesía. Un cálculo aproximado revela que en estas condiciones se encuentran directamente involucradas unas tres mil millones de personas. Si el viejo proletariado industrial se redujo en número y se fragmentó en múltiples fracciones, lo cierto es que nunca como hoy hubo tantas clases y grupos sociales subordinados al despotismo del capital y, bajo ciertas circunstancias, movilizables para combatirlo.

Sin duda estas transformaciones del capitalismo reflejan también la derrota de los proyectos llamados a sustituirlo y superarlo históricamente. Pero, como recordara con agudeza el gran marxista británico Ralph Miliband (1985: 20-35), «si hoy tenemos, en algunas partes, capitalismos democráticos, welfare state, sociedades más abiertas y un recortado despotismo del capital en la economía, es porque la clase obrera de Occidente impugnó al capitalismo y trató por lo menos de reformarlo». Es cierto: no se lanzó a «tomar el cielo por asalto», consumando su revolución, y además sus proyectos reformistas fueron desigualmente exitosos. Pero su protagonismo y su vocación transformadora han sido indiscutibles, y sus resultados están a la vista«. En otras palabras: el proletariado industrial clásico, teorizado por Marx y Engels en la segunda mitad del siglo XIX, no pudo o no supo cumplir con su “misión histórica» en los capitalismos desarrollados; pero lo intentó repetidas veces y sólo sucumbió luego de haber sido ahogado en sangre por dos guerras mundiales y el fascismo.

Dicho esto, podríamos preguntarnos si es que queda algún papel para la clase obrera. La teoría hegemónica en las ciencias sociales, claramente tributaria de los preceptos del pensamiento liberal, no sólo ha descartado el papel de la clase obrera, sino que ha eliminado por completo de su horizonte de análisis la relevancia de las clases sociales (¡ni qué hablar de la lucha de clases!). Pero tal como les ocurriera a los teólogos medievales con las leyes que regían el mundo de la naturaleza, las leyes de movimiento de la sociedad burguesa no desaparecerán por el capricho de un concepto, una moda intelectual o la superficial ingeniosidad de quienes han reemplazado el análisis materialista de la sociedad por un vistoso juego de palabras que, en su vacuidad, no hace otra cosa que ocultar la naturaleza insanablemente explotadora y opresiva de la sociedad capitalista. Si aquellos combatían a Galileo diciendo que no era la tierra sino el sol y los planetas los que giraban a su alrededor, los «posmodernos» de las ciencias sociales combaten con igual ardor a quienes creen que las clases sociales y sus luchas siguen siendo el principal motor de la historia. Tal como afirmamos en un texto escrito hace ya algunos años, «la proliferación de actores sociales no decreta la abolición de las leyes de movimiento de la sociedad de clases: sólo significa que la escena social y política se ha complejizado. El aumento en el número, así como la diversificación de la calidad de los actores sociales, de ninguna manera supone la desaparición de las clases sociales ni el ocaso de su conflicto como el eje dinámico fundamental de las sociedades capitalistas» (Boron, 2005a).

La centralidad de la clase obrera no es un asunto estadístico. Poco tiene que ver con su volumen o proporción en el seno de una sociedad capitalista. Su centralidad tiene que ver con su singular inserción en el proceso productivo y su irremplazable papel en la valorización del capital, lo cual hace que sólo esa clase pueda eventualmente reunir las condiciones necesarias para subvertir el orden burgués. El hecho de que para el cumplimiento de su misión histórica necesita del concurso de otras clases y grupos sociales es tan evidente que ya desde los tiempos del Manifiesto del Partido Comunista Marx y Engels se encargaron de dejarlo claramente planteado. Pensar de otra manera el papel del proletariado significaría postular la fatal inexorabilidad de la revolución socialista, algo completamente ajeno al espíritu del marxismo.

Ahora bien: es preciso tener en cuenta que cuando hoy hablamos de proletariado nos enfrentamos a dos situaciones distintas. Por un lado, al encogimiento de las filas del proletariado industrial clásico; por el otro, a la extraordinaria ampliación y creciente heterogeneidad que caracterizan a esta clase como producto de las transformaciones experimentadas por el modo de producción capitalista. En el primer sentido, hay menos proletarios «clásicos» que antes, en el mundo desarrollado tanto como en la periferia; pero en otro sentido podría decirse que jamás ha habido en la historia del capitalismo tantos proletarios como hoy, si bien de un nuevo tipo. Es esto lo que tiene in mente Frei Beto cuando habla del «pobretariado» latinoamericano y su papel en la transformación de nuestras sociedades. Un «pobretariado» constituido por obreros industriales; por ex obreros caídos en la desocupación crónica e irreversible; por el enorme universo de los informales urbanos y rurales; por los sectores medios empobrecidos y proletarizados; por las masas campesinas e indígenas sometidas a la lógica mercantil; por los jóvenes que no tienen futuro en el capitalismo. En fin, por hombres y mujeres para quienes este sistema no abriga esperanza alguna.

Estos cambios en la anatomía de las clases populares explican, en gran medida, la crisis en que cayeron sus estructuras tradicionales de mediación: partidos y sindicatos no lograron hasta ahora adaptarse a la nueva realidad, y su vacío fue crecientemente ocupado por nuevos movimientos sociales. Estos movimientos expresan una realidad distinta, pero no contradictoria, al continuado protagonismo de las clases sociales, y la correcta apreciación de sus potencialidades transformadoras no puede hacerse subestimando las posibilidades que aquellas todavía conservan. Las reivindicaciones de los vecinos de las barriadas populares, de las mujeres, de los jóvenes, de los ecologistas, de los pacifistas y de los defensores de los derechos humanos no pueden ser plenamente comprendidas si no se las integra al marco más comprehensivo del conflicto de clases y la dominación burguesa, aunque esto no significa que la productividad de los movimientos pueda ser reducida a un eje clasista que las determina y condiciona. Estos nuevos sujetos no son un mero espejismo, un epifenómeno de la lucha de clases, sino que expresan nuevos tipos de contradicciones y reivindicaciones generadas por la renovada complejidad y conflictividad de la sociedad capitalista. Pero la dinámica de los movimientos sociales sería prácticamente indescifrable si no la situáramos en el contexto más global de las relaciones de clase y sus contradicciones estructurales. ¿Cómo comprender la lucha de las agrupaciones vecinales de la periferia que demandan luz y agua, sin tomar en cuenta que fue el modo en que la burguesía ha acumulado, dominado y especulado sobre el territorio lo que condenó a millones de latinoamericanos a vivir en la indigencia? ¿Cómo interpretar las demandas de los organismos defensores de los derechos humanos, si olvidáramos por un instante que en estos países la burguesía y el imperialismo han promovido reiteradamente políticas ferozmente antipopulares para preservar un orden social escandalosamente injusto? ¿Cómo entender el rechazo que la burguesía siente por los «verdes», si desconociéramos que su propuesta conservacionista es profundamente antagónica con la racionalidad predatoria del capitalismo? Un último ejemplo: las transiciones políticas latinoamericanas. En un comienzo se constituyó un consenso bastante amplio entre los especialistas, que subrayaba la centralidad de los nuevos movimientos sociales en la marcha desde el autoritarismo hacia la democracia. A poco andar, sin embargo, la evidencia demostró que quienes estaban desempeñando los papeles protagónicos de la transición no eran sino los viejos actores clasistas: los empresarios, la banca extranjera, el imperialismo, el movimiento obrero. Los movimientos sociales cedieron rápidamente su lugar de privilegio a los actores colectivos cuyo certificado de defunción había sido extendido prematuramente.

Por otra parte, debe tenerse en cuenta que, si bien es imprescindible reconocer las profundas transformaciones que afectaron a las clases y capas populares: atomización, fragmentación, heterogeneización, no es menos cierto que en el vértice de la pirámide social los procesos en marcha solidificaron a la burguesía y sus diversas fracciones, a punto tal que estas fueron capaces de unificar sus estrategias y tácticas a escala planetaria, tal como lo refleja su reunión anual en Davos. Es decir que, lejos de desaparecer la lucha de clases, lo que ha ocurrido es que el sujeto popular se ha fraccionado y desintegrado, mientras que su adversaria, la burguesía, se benefició de un proceso inverso y se presenta ante el mundo cada vez más coherente y unificada. En todo caso, para los socialistas y para quienes anhelamos la construcción de un mundo socialista, los procesos que alteraron la fisonomía del universo popular nos plantean nuevos y arduos retos.

La creciente complejidad de los capitalismos contemporáneos ha creado nuevas líneas de conflicto, que coexisten articuladamente con el persistente y agravado antagonismo de clases. Y este sigue siendo, tanto en los capitalismos centrales como en la periferia del sistema, la «falla geológica» fundamental de nuestras sociedades. En relación con esto, y para no detenerme excesivamente sobre este punto, quisiera concluir citando una vez más un trabajo de Ralph Miliband, quien sostuvo:

De ninguna manera quiere todo esto decir que los movimientos de

mujeres, negros, pacifistas, ecologistas, homosexuales y otros no sean

importantes, o no puedan tener efecto, o que deban renunciar a su propia

identidad. De ninguna manera. Sólo significa que el principal (no el único)

sepulturero del capitalismo sigue siendo la clase obrera organizada. Esta

constituye el necesario e indispensable «instrumento de cambio histórico». Y