Socialismo siglo XXI

Atilio Borón · Capítulo 24 de 31

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Socialismo siglo XXI

El caso de la economía centralmente planificada

Así, una vez establecida la historicidad del proyecto socialista —por contraposición a la inmanencia de sus valores esenciales—, podría pensarse, en línea con los aportes de los autores anteriormente mencionados, que rasgos tales como «la planificación central» de la economía, que en el pasado fue interpretada como consustancial con el socialismo, hoy aparecen claramente como producto de una época y que no existen mayores razones para que sean mantenidos en el futuro. Si en el marco del desplome del estado zarista, la Primera Guerra Mundial y la salvaje agresión perpetrada en contra de la joven república soviética, la socialización de la economía fue asimilada con la total estatización de las actividades económicas, hoy en día esa receta no sólo es inadecuada sino, además, contraproducente para la consolidación de un proyecto socialista en las condiciones actuales de la economía mundial.

Volviendo una vez más a Rosa Luxemburgo, fue ella quien señaló la importancia de no hacer de una necesidad virtud. Si el modelo de la estatización total de la economía fue una necesidad impuesta por determinadas circunstancias históricas, esto no significa que deba ser la única alternativa para un proyecto socialista. Y esta conclusión es válida aun si se tiene en cuenta, en contra de la opinión del saber convencional de las ciencias sociales y de los ideólogos y publicistas liberales de viejo y nuevo cuño, que en su tiempo ese modelo fue altamente exitoso: hizo posible un formidable desarrollo de las fuerzas productivas y convirtió al país más atrasado de Europa a comienzos del siglo XX en una gran potencia industrial y militar; y, por añadidura, logró que la Unión Soviética tomara el liderazgo en la conquista del espacio exterior en la segunda mitad de la década del cincuenta. Sin embargo, sus logros en una fase de industrialización extensiva, en la cual el énfasis estaba puesto en la producción de bienes de capital, no fueron suficientes para responder eficazmente a los nuevos desafíos planteados por la tercera revolución industrial, con el consiguiente desarrollo de la microelectrónica, las telecomunicaciones, la informática y todas las aplicaciones industriales derivadas de estos adelantos científicos. Y, gradualmente, la Unión Soviética fue perdiendo terreno frente a sus rivales capitalistas hasta llegar a su inglorioso derrumbe final, cuando todo el edificio político construido por la primera revolución proletaria de la historia, un acontecimiento extraordinario en la vida de las naciones, se desplomó sin un solo disparo, y ante la increíble indiferencia de la población.

El tema de la magnitud e implicaciones de estos grandes cambios económicos mereció una aguda observación del Comandante Fidel Castro en su discurso del 17 de noviembre de 2005 en la Universidad de La Habana en conmemoración del sexagésimo aniversario de su ingreso a esa casa de estudios. Afirmó en aquella oportunidad algo que debería ser objeto de profunda reflexión:

Somos idiotas si creemos, por ejemplo, que la economía —y que me

perdonen las decenas de miles de economistas que hay en el país— es una

ciencia exacta y eterna, y que existió desde la época de Adán y Eva. Se pierde

todo el sentido dialéctico cuando alguien cree que esa misma economía de

hoy es igual a la de hace 50 años, o hace 100 años, o hace 150 años, o es igual

a la época de Lenin, o a la época de Carlos Marx. A mil leguas de mi

pensamiento el revisionismo, rindo verdadero culto a Marx, a Engels y a

Lenin (Castro Ruz, 2005a: 20-21).

Fidel tiene razón: la economía de hoy no es la de hace 50 años atrás. No lo son ni el paradigma productivo, ni las modalidades de circulación de las mercancías, ni las características del sistema financiero ni el entrelazamiento mundial del capital y el de este con los estados de los capitalismos metropolitanos. Por lo tanto, las políticas económicas del socialismo deben necesariamente partir del reconocimiento de estas nuevas realidades. Y, al mismo tiempo, tener la humildad y la sensatez necesarias como para desconfiar de fórmulas librescas, prêt à porter, que se presentan como válidas en todo tiempo y lugar para la construcción del socialismo. En esa misma plática a los universitarios, Fidel decía que «uno de nuestros mayores errores al principio, y muchas veces a lo largo de la Revolución, fue creer que alguien sabía cómo se construía el socialismo» (Castro Ruz, 2005a: 30). Lección esta importantísima, no sólo por provenir de quien proviene, sino porque desafía la tendencia pertinaz en la izquierda de reducir la construcción del socialismo a la aplicación de una receta, un modelo, una fórmula. Por eso no podría ser más sabia y oportuna la advertencia de Simón Rodríguez insertada al comienzo de este capítulo: o inventamos o erramos. La revolución socialista será creación histórica o no será. En este sentido, vale parafrasear nuevamente la poesía de Antonio Machado diciendo algo así como «socialista no hay modelo, se hace el modelo al andar». Se lo hace en la praxis histórica concreta de la construcción del socialismo y en las condiciones irrepetibles —originales, como dijo Rodríguez— bajo las cuales cada uno de estos procesos tiene lugar.

Decíamos anteriormente que, por las razones ya señaladas, la estatización total de la economía es, en las condiciones actuales, inadecuada y contraproducente. Inadecuada, porque las transformaciones de la economía mundial, dominada sin contrapesos por la lógica del capital, requieren disponer de un amplio arsenal de respuestas flexibles, inmediatas, especializadas y «glocales», es decir, que tomen en cuenta tanto el contexto global como el local y el nacional, lo cual es incompatible con la rigidez, la lentitud, la generalidad y el enfoque eminentemente nacional de la planificación integral. Atento a esta realidad, Raúl Castro, en el discurso del 24 de febrero de 2008 pronunciado con motivo de las conclusiones de la sesión constitutiva de la VII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, comentaba que una de las limitaciones del centralismo planificador era «la tendencia a aplicar la misma receta en todas partes. Como resultado de ello, y quizás su peor consecuencia, muchos piensan que cada problema exige medidas de alcance nacional para resolverse». En esa misma intervención abogaba por una reforma del estado tendiente a crear una estructura estatal «más compacta y funcional, con menor número de organismos de la administración central del estado y una mejor distribución de las funciones que cumplen», con lo cual se permitirá «reducir la enorme cantidad de reuniones, coordinaciones, permisos, conciliaciones, disposiciones, reglamentos, circulares, etc., etc. Contribuirá además a concentrar algunas actividades económicas decisivas hoy dispersas en varios organismos, y hacer un mejor empleo de los cuadros» (Castro Ruz, 2008).

Como vemos, la dirigencia cubana hace una lectura apropiada de las circunstancias actuales y, dentro de ellas, de las características que deben asumir la estructura y el funcionamiento de la organización estatal y de la economía cubana. Es más: en ese mismo discurso, Raúl sostuvo también que «en diciembre hablé del exceso de prohibiciones y regulaciones, y en las próximas semanas comenzaremos a eliminar las más sencillas. Muchas de ellas tuvieron como único objetivo evitar el surgimiento de nuevas desigualdades, en un momento de escasez generalizada, incluso a costa de dejar de recibir ciertos ingresos» (Castro Ruz, 2008). Pero hoy algunas condiciones han cambiado y esas «prohibiciones y regulaciones» desencadenan efectos exactamente contrarios a los buscados.

A su vez, un esquema centralizado de dirección y control de la vida económica resulta contraproducente en la medida en que alimenta una vigorosa tendencia a instaurar el predominio de una burocracia que progresivamente se va desentendiendo y descomprometiendo de la construcción de una nueva sociedad, convirtiéndose en cambio en celosa custodia de sus privilegios. Las lecciones que se desprenden del derrumbe de la Unión Soviética aportan elementos irrebatibles sobre este tema.

Para resumir: si la planificación centralizada y la estatización completa de la economía soviética eran el único camino que se abría luego de las jornadas de octubre de 1917, nada indica que hoy, casi un siglo más tarde, ese sea el único sendero por el cual deban marchar quienes luchan por la construcción de una nueva sociedad. En el ya mencionado discurso de Raúl se planteó reiteradamente la necesidad de avanzar en el terreno de las alternativas al modelo actual, citando en su apoyo el mensaje de Fidel del 18 de febrero en el cual el Comandante decía que «los problemas actuales de la sociedad cubana requieren más variantes de respuestas para cada problema concreto que las contenidas en un tablero de ajedrez». Aferrarse a un viejo modelo, aunque haya sido exitoso en el pasado, cuando se han extinguido las condiciones nacionales e internacionales que lo hacían posible y razonable, equivale a internarse en una ruta que culmina inexorablemente en un mayúsculo y penoso fracaso.