Sweetbriar

Jude Deveraux · Capítulo 1 de 25

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Jude Deveraux

SERIE JAMES RIVER I

SWEETBRIAR

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Capítulo 1

Kentucky Octubre de 1784

El bosque se cerraba sobre el variopinto despliegue de carros, caballos y personas. A un lado, había cuatro carromatos en buen estado y unos bueyes pastaban cerca de ellos. Algo lejos, dos carruajes, que un día fueron bellos, apenas se tenían sobre sus altas ruedas. Un grupo de mujeres, fatigadas, se consagraban al ritual de preparar la cena mientras los hombres cuidaban de los animales. Un grupo de niños jugaba lejos de la vigilancia de los adultos.

—No te puedes imaginar cómo celebro haberme librado de ese calor.

Aunque añoro el mar... —la señora Watson se levantó colocando la mano en la parte baja de la espalda para relajar la barriga y al bebé que pronto habría de nacer—. ¿Dónde está Linnet, Miranda? —preguntó a la mujer que se hallaba al otro lado de la hoguera.

—Está otra vez jugando con los niños —la voz de la mujer más menuda tenía un claro acento inglés, muy diferente de la manera en que su acompañante farfullaba las palabras.

—Ah, ya la veo —la señora Watson protegió sus ojos del resplandor de la puesta de sol—. Si no la conociera, no sabría distinguir entre los niños y Linnet —observó a la chica que formaba parte del corro; para sus veinte años, no era más alta que los niños más crecidos, un vestido suelto cubría las jóvenes curvas de su cuerpo, las mismas curvas que tantas veces habían atraído al hijo mayor de la señora Watson hasta el carromato de los Tyler—.

¿Sabes, Miranda? Tú y Amos deberíais hablar con Linnet. Ya va siendo hora de que tenga sus propios hijos, en vez de encargarse de los de los demás.

Miranda Tyler sonrió.

—Puedes probar tú si lo deseas, pero Linnet sabe lo que quiere.

Además, si he de serte franca, no creo que ningún joven esté preparado para asumir la responsabilidad de mi hija.

La señora Watson apartó la mirada y esbozó una sonrisa avergonzada.

—Me temo que tienes razón. No es que Linnet tenga nada de malo y,

desde luego, es guapa; es solo el modo en que mira fijamente a los hombres, y el hecho de que siempre parece capaz de cuidarse a sí misma. ¿Te importa si me siento un rato? Cada vez me duele más la espalda.

—Por supuesto, Ellen. Antes Amos ha sacado este taburete para mí.

La gruesa mujer se sentó con las rodillas separadas, tratando de acomodar su enorme barriga.

—Bueno, ¿dónde estaba? —no se percató, o fingió no percatarse, del ceño fruncido de Miranda—. Ah sí, estaba hablando de Linnet, de la manera que tiene de incomodar a los hombres. Una vez intenté hablar con ella, traté de explicarle que a los hombres les gusta sentir que son algo especial. Mira, allí está Prudie James —Miranda hizo lo que pedía antes de volver su atención a la olla de las alubias—. ¿Ves? No hay ni un solo instante del día en el que Prudie no esté rodeada de jóvenes —continuó Ellen—. Es menos bonita que Linnet, pero los chicos siempre andan tras ella. ¿Recuerdas la semana pasada, cuando a Prudie la picó una avispa?

Cuatro muchachos corrieron a socorrerla.

Miranda Tyler se volvió hacia el claro y miró a su hija. Sus labios se curvaron en una cariñosa sonrisa. Ella atesoraba sus propios recuerdos, como el día en que el pequeño de los Parker se alejó del campamento solo.

Linnet fue quien lo encontró y arriesgó su propia vida para colarse bajo las rocas inseguras y sacar al niño asustado de debajo. La señora Watson podía quedarse con todas las Prudies del mundo si quería.

—Por supuesto, no estoy insinuando nada contra Linnet. Ha sido una gran ayuda para mí. Es sólo que... bueno, que quiero verla feliz, con un hombre para ella.

—Agradezco tu interés, Ellen, pero estoy convencida de que algún día Linnet hallará un marido y de que este será de su agrado. ¿Puedes disculparme, por favor?

El único signo de alarma fue el aullido de un perro que se cortó en seco, pero ni siquiera eso oyeron, ya que los niños estaban riendo alborozados mientras esperaban con entusiasmo a que el niño del centro del corro eligiera a uno de ellos para cederles el turno.

Hacía mucho que los saqueadores indios conocían las ventajas del efecto sorpresa, de atacar cuando los hombres y mujeres, cansados, se

relajaban y descuidaban la vigilancia. Los hombres de guardia habían sido presa fácil: los degollaron de un cuchillazo limpio y silencioso. Solo quedaban las mujeres, algunos jóvenes y los niños. Los chiquillos eran lo que más les interesaba, de modo que enviaron a dos guerreros jóvenes para atarlos y sujetarlos.

Linnet, como todos los demás, había quedado paralizada de espanto. De pronto volvió la cabeza al oír un grito apagado y vio cómo Prudie caía desplomada al suelo. Entonces la gente empezó a correr, intentando en vano escapar de los indios que parecían estar por todas partes.

Linnet vio a su madre avanzar un paso. Extendió los brazos y empezó a correr hacia ella. Si pudiera alcanzar a su madre, asirla, todo iría bien.

—¡Madre! —gritó.

Algo dio contra su pie, y Linnet cayó de bruces. El fuerte impacto contra el duro suelo le cortó la respiración. Aturdida, intentó incorporarse, pero el pánico se apoderó de ella cuando notó que su aliento no retornaba al instante. Parpadeó, todo le daba vueltas. Al girar la cabeza, percibió el sabor de la sangre en la boca, donde los dientes se le habían hincado en el labio al caerse.

Su madre yacía silenciosa en tierra, cerca de la hoguera, al lado de la señora Watson. Su aspecto era tan normal que se diría que podían estar durmiendo la siesta, excepto por la sustancia espesa y roja que, paulatinamente, iba encharcando la superficie que las rodeaba.

—¡Linnet! ¡Linnet!

Linnet iba a atender a estos gritos que procedían de detrás de ella, cuando una mano tiró de ella de repente para ponerla en pie y la empujó hacia los niños.

El pequeño Ulysses Johnson corrió hacia ella y se abrazó a sus piernas.

El cuerpo del pequeño temblaba espantosamente y sus lágrimas empapaban la falda de Linnet. Uno de los indios lo arrancó de ella. El niño se cayó y el hombre la tiró del brazo haciéndole llorar de dolor.

—¡No! —Linnet corrió hacia el chico, se arrodilló frente a él y le sacudió el polvo de la cara—. Creo que quieren llevarnos con ellos. Serás valiente, ¿verdad Uly? Estaremos todos juntos, pase lo que pase. No creo que nos hagan daño si les obedecemos. ¿Entiendes, Uly?

—Sí —respondió con voz entrecortada—. Mi ma...

—Lo sé.

Uno de los indios la empujó y le ató fuertemente los brazos a la espalda con una hiriente cuerda de cuero sin curtir. Linnet intentó no mirar hacia la carnicería que se extendía a su derecha, hacia el cuerpo de su madre. Trató de no pensar en su padre, que estaba de guardia. Dirigió la mirada hacia adelante, a los seis niños que tenía enfrente.

En solo unos minutos, sus vidas habían cambiado para siempre. Patsy Gallagher tropezó y derribó a Uly consigo; echó a llorar cuando el indio la levantó tirando de sus finas ataduras de cuero, que cortaron sus muñecas.

Ulysses arrancó a llorar de nuevo, mientras los niños observaban fijamente las hogueras encendidas por los indios y los cuerpos ensangrentados de sus padres.

Linnet empezó a cantar. Al principio muy bajo, pero con una persistencia lenta y constante que consiguió que los niños, de uno en uno, fueran incorporándose al canto:

—Roca de los tiempos, quebrada por mí, déjame esconderme dentro de ti...

Empezaron a caminar, tropezando y cayéndose varias veces a medida que se iban adentrando lentamente en tierras que les eran desconocidas.

Iban atados juntos, formando una línea temblorosa y desigual.

Linnet llevaba a Ulysses en brazos. El cuerpo lacio del pequeño estaba tan inconsciente como dormido. Hacía tres días que viajaban, con pocos descansos y menos comida. Por su aspecto, no parecía que los dos niños menores pudieran resistir mucho más, así que Linnet había persuadido a uno de los indios, el jefe, para que la dejara llevar a uno de los chicos en la espalda. Al mover los dedos de los pies, se percató de que estaban cubiertos de ampollas y cortes. Tenía hambre, pero había dado la mitad de su harina de maíz a Ulysses, que seguía gimoteando porque quería más. Linnet le acarició la frente y advirtió que tenía fiebre.

Había cinco indios, hombres hoscos, que exigían lo que querían y lo obtenían invariablemente. Cuando Linnet aminoró el paso a causa del peso añadido que suponía llevar a un niño de cinco años en la espalda, la azuzaron con palos afilados para forzarla a mantener la marcha. Se sentía

tan agotada que ni siquiera podía dormir; le dolía todo el cuerpo.

Uno de los hombres se giró a mirarla y ella cerró de inmediato los ojos.

Los había visto varias veces señalándola y comentando algo. Sabía que discutían sobre ella.

Todavía no había amanecido cuando los indios instigaron a los siete cautivos a levantarse y a emprender de nuevo la marcha. Cerca del atardecer, los condujeron hasta un arroyo y los forzaron a entrar en el agua, que cubría hasta la cintura.

—Tengo miedo, Linnet. No me gusta el agua —dijo Uly.

—Yo lo llevaré.

—Linnet hizo un gesto al hombre del final de la hilera. Este cortó la cinta de cuero que lo ataba y Ulysses se encaramó a la espalda de la chica.

El resto de los niños ya había alcanzado la otra orilla cuando Linnet resbaló y cayó al agua. Al instante, uno de los hombres cortó la cinta que la conectaba a los demás: no se arriesgarían a perder a todos sus prisioneros por culpa de uno que pudiera ahogarse. Ulysses forcejeaba histérico y a Linnet le costó un esfuerzo sobrehumano arrastrarlo hasta la orilla. Tras conseguirlo, se tumbó de espaldas al suelo jadeando, agotada.

—¡Linnet! ¿Qué están diciendo? —inquirió Patsy Gallagher.

Linnet miró hacia arriba y vio a dos de los hombres señalándola y gesticulando desaforadamente. Uno de ellos llamó a otro hombre, el jefe, y Linnet percibió la furia de su semblante. Aún aturdida por su lucha en el agua, tardó en percatarse de que estaban señalando hacia su pecho. La ropa húmeda, que se le pegaba al cuerpo, realzaba la totalidad redonda de sus senos. Linnet cruzó las manos para cubrirse.

—¡Linnet! —gritó Patsy al tiempo que uno de los indios avanzaba hacia ella con enfado.

De prisa, Linnet se protegió la cara con los brazos y consiguió cubrirse del primer golpe, pero no fue capaz de blindarse contra las violentas patadas que recibieron sus costillas. El hombre siguió golpeando a una Linnet que se retorcía de dolor.

Los indios escupían palabras de ira. Uno de ellos la guió poniéndole una mano en la espalda, sobre sus costillas magulladas, tal vez rotas. Linnet se esforzó por respirar. El hombre le arrancó el vestido hasta la cintura,

exponiéndola a él. Lo que vio le hizo enfurecer aún más. Cerró el puño, pero Linnet no llegó a verlo golpearla en la mandíbula.

—¡Linnet, despierta!

La chica se rebulló, preguntándose dónde se hallaba.

—Linnet, me han dejado encargarme de ti. Vamos, siéntate y ponte esto.

Es la camisa de Johnnie.

—¿Patsy? —musitó ella.

—¡Oh, Linnet, tienes un aspecto horrible! Tu cara está muy hinchada...

—la pequeña aspiró por la nariz para retener el sollozo y ayudó a la chica a sentarse mientras esta introducía los brazos en la camisa de tejido áspero—.

Háblame, Linnet. ¿Estás bien?

—Creo que sí. ¿Te permitieron venir? Pensé que me dejarían aquí. ¿Por qué se enfadaron tanto?

—No sé. Johnnie y yo suponemos que te creían una niña y al descubrir que no lo eres...

—Pero entonces, ¿por qué han permitido que vinieras a por mí?

—No lo sé, pero todos sabemos que si no fuera por ti, ninguno de nosotros lo hubiera conseguido. Tal vez los indios también piensan así.

Linnet, tengo tanto miedo...

La niña se abrazó al cuello de Linnet y esta tuvo que apretar los dientes para evitar una expresión de dolor.

—Yo también estoy asustada —masculló Linnet.

—¡Tú! Tú nunca tienes miedo. Johnnie dice que eres la persona más valiente del mundo.

Linnet sonrió a la chica, aunque hacerlo le producía dolor.

—Puede que parezca valiente, pero por dentro soy como de gelatina.

—Yo también.

Patsy ayudó a Linnet a volver al campamento levantado por los indios.

El tamaño de la joven era apenas mayor que el de la chiquilla de doce años.

Todos los niños la recibieron con breves sonrisas, intentando, por primera vez, sobreponerse al terror que sentían.

Al día siguiente, temprano, alcanzaron el asentamiento indio definitivo.

Las mujeres, sucias y harapientas, corrieron a recibir a sus hombres y a abrazar a sus hijos. El jefe indio empujó a Linnet hacia un grupo de mujeres, gesticulando y señalando desde su pecho al de ella.

Una de las mujeres gritó, abrió la camisa de Linnet de un tirón y le golpeó los pechos. La chica se dobló hacia delante y se cubrió con los brazos, a lo que las mujeres reaccionaron con carcajadas. Levantó la mirada y vio que se llevaban a los niños, que gemían pidiendo ayuda. Linnet trató de ir hacia ellos, pero las mujeres la detuvieron. Siguieron riendo y empezaron a pellizcarla; una le tiró de las trenzas.

El jefe indio volvió a decir algo y las mujeres apartaron las manos de ella refunfuñando. Una la empujaba hacia delante hasta que Linnet comprendió que quería que se pusiera a gatas para cruzar la entrada de un refugio rudimentario, hecho de hierba y palos. El tamaño de la choza no permitía estar de pie, solo había espacio para dormir dos personas. La mujer la siguió sosteniendo un cuenco de barro en las manos.

El contenido de la vasija apestaba a grasa rancia. La india comenzó a extender la pasta por toda la cara de la joven y por la parte superior de su cuerpo; la esparció también por el pelo. Linnet, sentada, permanecía quieta.

Cuando la mujer presionó las manos contra la parte de su cuerpo más magullada, Linnet se esforzó por no gritar y contuvo las lágrimas.

Después, la mujer la dejó sola. Linnet se quedó escuchando los ruidos del exterior, los gritos frenéticos de los hombres que celebraban la victoria del asalto.

—Vamos, bébete esto —un hombre corpulento sostenía a Linnet y presionaba una taza metálica contra sus labios—. No tan de prisa: te vas a atragantar.

Ella parpadeó varias veces, como si no tuviera consciencia de que se había quedado dormida. Los hombros de aquel hombre eran tan anchos que parecían colmar la anchura total del refugio. La luz titilante de una fogata se colaba en el interior y hacía relucir el marfil del colgante que llevaba alrededor del cuello; el cuerpo apenas estaba cubierto. Despacio, se apoyó contra el poste de soporte, tomó las muñecas de Linnet y, tras examinarle

las manos, aplicó un ungüento sobre los cortes.

—Ya veo por qué te tomaron por una niña —comentó con una voz grave y profunda.

—¡Habla inglés! —observó Linnet con asombro.

Él le levantó una ceja.

—No de la misma clase que el tuyo, pero supongo que podría considerarse inglés.

—Me fijé en usted. Pensé que era indio, pero no lo es. Sus ojos son azules, ¿verdad? —él la miró sorprendido, desconcertado por su aparente calma—. ¿Dónde están los niños? ¿Por qué estamos aquí?

—Esos hombres... mataron a todos los demás —él apartó un momento la vista; no quería ver el profundo dolor que delataban los ojos de la joven, impresionado de que todavía fuera capaz de pensar en alguien que no fuera ella misma—. Se trata de un grupo de renegados, una mezcla de marginados de diferentes tribus. Capturan niños y los venden a otras tribus para reemplazar a sus hijos perdidos. Creyeron que tú también eras una niña y no les gustó nada descubrir que no lo eres.

Sus ojos se dirigieron involuntariamente a los senos de la chica; Oso Loco había hecho muchos comentarios acerca de su feminidad.

—¿Qué... qué piensan hacer con nosotros ahora?

La contempló atentamente, con la plena intensidad azul de sus ojos.

—Se encargarán de los niños, pero tú...

Linnet tragó saliva y coincidió con su mirada.

—Me gustaría saber la verdad.

—En este momento, los hombres están apostando para ver quién te gana. Después...

—¿Quién me gana? ¿Quiere decir que deberé casarme con uno de esos hombres?

Su voz tenía un tono suave.

—No, el matrimonio no entra en sus planes.

—Oh... —su labio inferior comenzó a temblar y Linnet lo atrapó entre sus dientes para inmovilizarlo—. ¿Por qué está usted aquí?

—Mi abuela era una Shawnee, y uno de estos hombres es mi primo. Me toleran, eso es todo. He estado en el norte, poniendo trampas.

—Supongo que no hay nada que usted pueda hacer para ayudarnos...

—No. Me temo que no. Ahora debo irme. ¿Quieres más agua?

Ella asintió con la cabeza.

—Gracias, ¿señor...?

—Mac —deseaba marcharse; ella era muy joven, y resultaba obvio que la habían apaleado.

—Gracias, señor Mac.

—No, solo Mac.

—¿Mac? ¿Es su nombre de pila o de familia?

Se sorprendió y la miró boquiabierto.

—¿Qué?

—¿Es su nombre o su apellido?

Estaba perplejo.

—Qué mujer más peregrina. ¡Qué más da!

Linnet parpadeó como si sus palabras bruscas pudieran hacerla llorar, aun cuando todos los golpes no lo habían conseguido.

Él hizo un gesto de condescendencia.

—Me llamo Devon Macalister, pero siempre me han llamado Mac.

—Le agradezco el agua y la compañía, señor Macalister.

—¡No! ¡Señor Macalister, no, solo Mac, a secas! —la chica empezaba a sacarlo de quicio—. Mira, no era mi intención... —se detuvo al oír unos pasos afuera, cerca de la entrada.

—Debe marcharse —susurró ella—. No creo que les guste encontrarle aquí.

La miró extrañado y salió de la choza.

Mac caminó solo por el bosque. Aquella era la muchacha más sorprendente que jamás había conocido y, a pesar de lo que dijera Oso Loco, él solamente era capaz de considerarla una niña. Los indios hablaron de su coraje durante el viaje y de cómo cargó con el niño durante la mayor parte del camino. Mac vio al chico y no parecía precisamente ligero.

¡Qué serenidad la suya! La última vez que había visto a una chica en su misma situación, se puso histérica. A ella también trató de ayudarla, pero

gritó con tal vehemencia que sólo escapó por los pelos de ser descubierto.

No le gustaba pensar en cómo se comportaban esos hombres cuando habían bebido demasiado whisky. La última chica murió desangrada.

Pensó en la muchacha que ahora aguardaba paciente en el refugio. En vez de gritar, le había preguntado acerca de los demás y le dio las gracias, como si hubieran estado sentados en la calma de un lujoso salón.

Evocó sus ojos grandes y luminosos y se preguntó de qué color serían.

Recordó haber sostenido su mano pequeña en la suya. «¡Diablos!», pensó suspirando con resignación. Probablemente estaba cavando su propia tumba.

La volvió a ver cuando entró de nuevo en el refugio. Ella estaba sentada estoicamente, con las manos juntas sobre el regazo.

—Vaya, señor Macalister, creo que usted no debería volver a estar aquí.

Él dibujó una amplia sonrisa, exponiendo la blancura de sus dientes, y asintió con la cabeza.

—Dime, ¿sabes leer?

—Oh sí, desde luego.

—¿Si te sacara de aquí, me enseñarías a leer?

—Por supuesto —musitó ella con una voz temblorosa que delataba lo asustada que se sentía en realidad.

Su admiración por ella iba en aumento.

—Entonces, de acuerdo. Procura mantener la calma. Me llevará un tiempo y, además, puede que no gane.

—¿Por qué? ¿A qué se refiere?

—Tendrás que fiarte de mí. Ahora trata de dormir; nada ocurrirá antes del amanecer. Pero mañana limítate a permanecer callada y confía en mí.

¿Lo harás?

—¡Lo haré, señor Macalister!

—¡No me llames señor Macalister!

Linnet esbozó una leve sonrisa.

—Confiaré en ti... Devon.

Él se disponía a protestar, pero se contuvo porque sabía que era en vano.

—Estoy convencido de que todo esto es un sueño y pronto me despertaré. Eres, sinceramente, la mujer más peregrina que he visto jamás

—le dedicó una última mirada y se fue.

Linnet no podía dormir. Estaba resignada a aceptar su suerte, fuera cual fuere, pero ahora este hombre corpulento le daba nuevas esperanzas y casi deseaba que no lo hubiera hecho. Habría sido más llevadero. Al amanecer, una de las mujeres indias entró en el refugio y le hizo señas para que saliera, pellizcándola varias veces.

Afuera esperaban otras mujeres que rompieron a reír y comenzaron a golpearla. Sus débiles rodillas se tambalearon. Prácticamente la llevaron a rastras hasta un árbol y le forzaron los brazos alrededor del tronco, atándolos fuertemente al otro lado. No se veía a los niños por ninguna parte.

Dos indios se acercaban a ella. No llevaban más que un breve retal que cubría sus nalgas; los cuerpos estaban untados con una fina capa de aceite.

Los ojos de la joven se dirigieron hacia el hombre más alto de ojos azules, y por primera vez pudo ver a Devon con claridad. Su paso era firme, como si supiera con exactitud cuál era el sitio que le correspondía, el movimiento de sus músculos enjutos se adivinaba bajo su piel oscura.

Devon también podía ver a la mujer por la que estaba a punto de arriesgar la vida, y no se sintió demasiado complacido. Presentaba ojeras profundas y una mejilla hinchada que desfiguraba sus rasgos delicados; su piel y cabello apestaban a grasa de oso rancia. Pero los ojos que alzaron la vista hacia él eran claros y de un raro color, parecido a la caoba.

Antes de que pudiera alcanzarla, una de las mujeres desgarró la camisa de Linnet y descubrió sus senos. La joven bajó la cabeza, en un intento de taparse. Sabía que Devon estaba de pie frente a ella e intentó no cruzarse con su mirada. Miró en su lugar a la mujer que se hallaba junto a ella, carcajeándose y señalando de Devon a Linnet.

Entonces le miró a la cara. Lo vio asentir con un gesto a la mujer que se reía antes de encontrarse con los ojos de Linnet. Ésta sintió que su fuerza retornaba al instante, como si fluyera de él hacia ella.

—No tengas miedo —dijo colocándole la mano en el hombro—, los indios hablan ya de tu coraje —Devon bajó la mano, que abarcó el seno de Linnet. Ella se sobresaltó y en su cuello se perdió su aliento; los ojos de él no dejaron de mirarla ni un instante. Retiró la mano de su cuerpo y le sonrió

—. Espero que cuando te limpies estés mejor. Creo que no soportaría a una

maestra que oliera como tú.

Ella consiguió esbozar una tenue sonrisa, aun cuando el tacto de la mano del hombre la había aturdido, tanto más por su propia reacción que por el acto en sí. Devon arregló la camisa de Linnet, hizo un gesto de asentimiento a la anciana y se alejó para situarse al lado del otro hombre. La mujer rió burlonamente y señaló desde la chica hacia el indio. Pero la mirada de aquel hombre era de enojo. Escupió en el suelo, a los pies de Linnet, y en seguida se volvió dándole la espalda.

Linnet aún no comprendía qué iba a suceder hasta que los dos hombres se colocaron frente a frente en el claro de hierba que se abría delante de ella.

Les ataron una tira de cuero sin curtir a los tobillos para que no pudieran separarse más de una yarda. Linnet se estremeció al ver que entregaban un cuchillo a cada uno.

Los dos circularon uno alrededor del otro, y un cuchillo brilló al sol al derramar el indio la primera gota de sangre, cortando el brazo de Devon desde el hombro hasta el codo. El corte no pareció inmutarlo, pues en seguida arañó el estómago del indio con su propio cuchillo.

Linnet observaba su gracia animal, la fuerza del hombre que estaba arriesgando su vida por ella. No era ni blanco ni indio, sino una combinación de la astucia blanca y la compenetración con la naturaleza de la raza india.

Devon desgarró el hombro de su adversario al errar cortar su cuello vulnerable, al tiempo que del brazo izquierdo seguía goteando sangre sobre la hierba espesa. El indio embistió y Devon esquivó la arremetida con un súbito pasó atrás. Los dos cayeron sobre la hierba rodando juntos. Ambos cuchillos desaparecieron entre los cuerpos. Devon estaba debajo. De repente todo se detuvo: ninguno se movía.

Se hizo el silencio en el campamento, incluso en el bosque, parecía penetrar la quietud. Linnet no se atrevía a respirar y se preguntaba si su corazón seguiría latiendo.

El indio se movió y pudo sentir el gozo triunfal de las mujeres que se hallaban cerca de ella. Le pareció que pasaban años desde que el indio se había apartado del cuerpo de Devon y le costó percatarse de que era este quien había movido al indio al quitarse su cuerpo sin vida de encima. Linnet

observó sin pestañear, con incredulidad, cómo Devon cortaba la cuerda atada a su tobillo, se ponía de pie de un salto y se dirigía hacia ella. Cortó la tira de cuero que ataba las muñecas de ella y la liberó.

—Sígueme —ordenó con un tono de voz frío y severo.

La chica cerró los dos laterales desabotonados de su camisa agarrándolos con la mano, y reunió todas las fuerzas que pudo para seguir el paso rápido del hombre. Este prácticamente la lanzó sobre la montura de un gran alazán y montó detrás de ella al mismo tiempo, como en un único movimiento fluido. La rodeó con los brazos; con uno tomó las riendas, con el otro la sujetó por la cintura. Ella examinó el corte sangriento del brazo de él y se tranquilizó al comprobar que no era demasiado profundo.

Galoparon con energía, tanta como el caballo podía soportar llevando a dos personas, y Linnet se sentó tan erguida como pudo para no cargar con su peso al hombre que tenía detrás. Pasado el mediodía, llegaron a un arroyo y al fin se detuvieron. Él la levantó del caballo y la depositó en el suelo al tiempo que ella ataba los lados sueltos de su camisa sobre su estómago.

—¿Crees que nos están siguiendo?

Devon se agachó sobre el arroyo y se salpicó el brazo con agua fría.

—No estoy seguro, pero preferiría no arriesgarme. Estos no son una tribu, no conocen el honor. Si los Shawnee hacen un trato, lo cumplen, pero estos hombres no. Al menos yo no lo creo.

—Déjame a mí —la chica rasgó la mitad de su enagua, la empapó en el arroyo y comenzó a lavar la herida del hombre.

Mientras la vendaba, alzó la vista para mirarlo y al instante se percató de que estaba observando sus senos. La camisa, fuertemente anudada, mostraba la piel desnuda de ella desde el cuello hasta la parte superior del estómago. Instintivamente, se cubrió sujetando la camisa con la mano.

Él apartó la mirada.

—No te preocupes. Todavía no he caído tan bajo como Oso Loco, aunque pueda parecer uno de su tribu.

Ella se alegró de poder cambiar de tema.

—Lo pareces, Devon, excepto por tus ojos azules. Imagino que cuando estás dormido, te pareces del todo a un indio.

Todavía no se había acostumbrado al nombre de Devon, pues que él recordara, nadie le había llamado nunca así en toda su vida.

—Lo tendré en cuenta la próxima vez que duerma durante el camino.

Ahora marchemos, a ver si conseguimos sacarles distancia antes de que anochezca —se paró al lado del caballo y sacó varias tiras de carne seca del interior de una bolsa, y le ofreció a ella unas cuantas—. Los indios te llamaban Pajarillo. El nombre te encaja, ya que estoy convencido de que tus huesos no son mucho más grandes que los de un pájaro.

—¿Pajarillo? —exclamó divertida.

—Fue un honor que te pusieran un nombre —explicó, al tiempo que la subía sobre el caballo—. No suelen hacerlo con los prisioneros —la rodeó con los brazos para hacerse con las riendas—. ¿Cómo te llamas?

—Linnet. Y no te lo vas a creer, pero un linnet es un pardillo inglés.

—¿Quieres decir...?

—Sí, eso me temo: es un pajarillo.

Devon rió, con un sonido franco y profundo que ella podía sentir justo donde el pecho de él presionaba su espalda.

—Eres la...

—Permíteme adivinar: la mujer más peregrina que existe, aunque no entiendo muy bien qué significa esa palabra.

—Pues significa exactamente lo que eres: la mujer más insólita que he conocido jamás.

No entendía por qué la complacía tanto esa afirmación, pero así era.

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