Sweetbriar
Capítulo 5
Ya se ponía el sol cuando Devon llegó al claro montando en su caballo.
Sonrió mientras miraba en la dirección de la cabaña de Linnet, preguntándose que habría preparado para cenar. Se detuvo un instante y pensó en lo mucho que disfrutaba de sus veladas a solas, en lo fácil que era hacerla reír, en cómo su preciosa boca... Decidió detener su línea de pensamientos, rió para sí y entró en el almacén.
—¿Ya has regresado, chico? —preguntó Gaylon.
—Sí, Floyd y yo hemos traído un ciervo. Tengo la mitad del animal ahí afuera.
—¿Te has enterado del alboroto que ha habido hoy? —le preguntó Gaylon.
—¿Qué alboroto?
—El pequeño Jessie Tucker se ha perdido.
Devon miró fijamente al viejo.
—¿Perdido? ¿Y ya le han encontrado?
—Oh, sí. Le han castigado a dormir en la leñera, que es justo donde su madre quería verle. Imagino que Floyd también tendrá algunas palabras con él.
—Se las merece —manifestó Devon, consciente de los peligros que el bosque entrañaba.
—Desde luego. Todo el pueblo ha estado buscándole. Han perdido una mañana entera de trabajo.
—Bueno, me alegro de que se encuentre sano y salvo. ¿Por qué no descar-gas ese ciervo y lo despellejas? Yo voy a cenar, me muero de hambre.
—Vuelves con tu pequeña, ¿eh? —comentó Gaylon con una sonrisa burlona—. ¿Cuándo la vas a desposar? Así podrás pasar todo el tiempo con ella. Alguna otra cosa sabrá hacer, aparte de leer y cocinar...
—Linnet es asunto mío y no necesito que ni tú ni nadie me diga lo que debo hacer —lo miró con severidad antes de esbozar una amplia sonrisa—.
Me estoy tomando mi tiempo, eso es todo; disfrutando del envoltorio antes
de abrir el regalo.
—Eso está muy bien —replicó Gaylon con seriedad—, pero si yo fuera tú...
—Pero no lo eres —lo interrumpió bruscamente—, y es probable que nunca lo seas. Ahora ve a por el ciervo como te he pedido y deja que yo corteje a mi manera.
—Todo lo que quería decir es que la chica es demasiado bonita para andar suelta. Podría pasar algo. He oído que Worth Jamieson anda detrás de ella.
Devon le lanzó una mirada iracunda.
—No te lo tomes a mal —protestó Gaylon—. Sólo intento darte un consejo, pero ya conozco cómo sois los jóvenes. Yo era igual a tu edad, pensaba que lo sabía todo —Gaylon cerró la puerta tras de sí.
Devon salió afuera y se dirigió a la parte trasera del edificio, donde se encontraba el barril que utilizaban para recoger el agua de lluvia. Se lavó con ella la suciedad acumulada tras la jornada de caza y, mientras secaba sus fornidos antebrazos, pensó en cuánta razón tenía Gaylon. Pero, ¿qué significaba Linnet para él exactamente? Sabía cuánto le agradaba estar cerca de ella y cómo a veces, cuando el hombro de ella rozaba el suyo, provocaba en él una reacción inmediata que lo hacía estremecer de vergüenza. «¡Diablos!», pensó, el mero recuerdo de su proximidad era capaz de producir aquel efecto en su cuerpo. Sonrió socarronamente y sus blancos dientes relucieron a la luz de la luna: Worth Jamieson. No era más que un chico, mientras que él, Mac, era un hombre adulto. No le preocupaba Jamieson.
Miró hacia el cielo, y las estrellas le recordaron que se estaba haciendo tarde. Se frotó las palmas de las manos, aún húmedas, contra los muslos y caminó hasta la cabaña de Linnet. Se sorprendió al ver que ésta no respondía de inmediato; siempre solía estar esperándolo. Empujó la puerta que se abrió sin más, pues el pestillo no estaba echado.
—¿Linnet?
Al instante advirtió su ausencia y soltó una maldición. Se inquietó al ver lo mal que se sentía al no poder verla enseguida. En el camino de regreso al almacén no halló ni rastro de ella. Se dirigió a la parte trasera del edificio.
Gaylon estaba agachado sobre el cuerpo del ciervo, cuchillo en ristre.
—¿Has visto a Linnet?
—No la he visto en todo el día, pero yo casi nunca la veo. Prueba en casa de los Emerson. Quizás ha creído que no ibas a regresar esta noche.
—Pero si se lo dije...
—Puede que lo olvidara, chico. Tú no eres el único en su vida.
Devon le lanzó una mirada asesina destinada a acallarlo de golpe, pero Gaylon no tenía intención de decir más; se limitó a reír y volvió a concentrarse en el ciervo. Devon colocó una brida a su caballo, que estaba exhausto, y lo condujo fuera del establo. Se deslizó sigilosamente sobre el lomo desnudo del animal y cabalgó hacia la cabaña de los Emerson.
La muchacha no estaba allí y nadie la había visto en todo el día, así que se dirigió a casa de los Tucker.
Al cabo de un rato abandonaba a la familia Tucker profiriendo toda suerte de improperios. Wilma había ido a casa de Linnet a pedirle auxilio, pero cuando el niño apareció nadie cayó en la cuenta de que había que informar a Linnet. Devon estuvo hablando con Jessie unos minutos y tenía alguna idea de dónde podía haber ido a buscar al chico. Se sentía tan furioso con ellos que no se juzgaba responsable de lo que pudiera decir o hacer; así que prefirió marcharse cuanto antes sin decirles lo que opinaba, aunque se figuraba que ya se lo imaginaban.
La luna se había ocultado, estaba muy oscuro y hacía un frío gélido. La estuvo llamando durante horas sin obtener respuesta, ya casi no le quedaba voz. El temor de no encontrarla jamás, de que Oso Loco se hubiera vengado de él quitándole a la chica, le perforaba el estómago. Devon ladeó la cabeza y escuchó. Había oído un sonido lejano, apenas perceptible. No era un ruido común del bosque. Sin embargo, él ya se había alejado unos veinticinco kilómetros de Sweetbriar. ¡Ella no podía haber llegado tan lejos!
Hizo que su caballo se adelantara y, cuando ella apareció en forma de sombra, acurrucada bajo un árbol, desmontó quedamente y se arrodilló junto a la chica.
—¿Linnet? —susurró con una voz que contenía toda la preocupación,
toda la agonía que sintió mientras no conseguía encontrarla.
Ella le volvió un rostro pálido, devastado por las lágrimas. Era su llanto lo que había escuchado. Sin pronunciar palabra, se dejó caer desfallecida sobre él y Devon la sostuvo en los brazos, abrazándola con alivio.
—Jessie —lloraba—. Se ha perdido.
—Linnet —él le levantó la cabeza para mirarla de frente—, Jessie está a salvo. Se enojó con su padre y se escondió, eso es todo. Está bien.
Perfectamente —notó que su enojo hacia los Tucker aumentaba.
Las lágrimas de Linnet no cesaron, sino que comenzaron a aflorar de nuevo.
—Fue como... Fue como...
—¿Como cuando Oso Loco os secuestró a ti y a los niños? —preguntó en voz baja.
Linnet se atoró con las palabras, pero sacudió la cabeza contra el pecho de él en un movimiento afirmativo.
Devon se reclinó contra el árbol y la atrajo hasta su regazo, reparando una vez más en lo menuda, en lo delicada que era. Maldecía a Wilma Tucker por haber depositado semejante carga sobre los hombros tan pequeños y frágiles que ahora sostenía. Todos se comportaban igual últimamente, a sabiendas de que ella siempre escucharía sus problemas, que siempre les tendería una mano amiga, sin importarle nunca lo que ellos le estuvieran haciendo.
—Explícamelo, Linnet, háblame de esos momentos —Linnet negó con la cabeza. Quería mantener esos recuerdos enterrados. Él le acarició la mejilla—. Lo compartiré contigo. Cuéntamelo todo.
Las palabras comenzaron a brotar, poco a poco al principio, pero pronto, tropezando una con otra en su prisa por salir. Habló del pavor que sintió durante el ataque de los indios, de cuando vio a su madre yaciendo sobre su propia sangre, de no saber de su padre, de la larga y ardua marcha con los niños. Habló de lo aterrada que se sintió cuando los indios la golpearon y cuando ella pensó que la abandonarían para que muriera de inanición. Sintió que los brazos de Devon la enlazaban con fuerza, sujetándola con reconfortante protección.
—Devon, estaba aterrorizada.
Él le acarició el brazo.
—Ya no tienes nada que temer. Estoy aquí y ahora estás a salvo.
—Siempre me siento segura cuando estás a mi lado. Siempre has venido a mí, siempre has estado cerca cuando te he necesitado.
Linnet se retiró y levantó la vista para mirarlo. Devon apartó el cabello empapado en lágrimas de su rostro. El cielo empezaba a clarear en las tempranas horas de la mañana y su boca se hallaba tan cerca de la suya, que casi podía sentir su tacto suave. Sus senos se apoyaban contra su pecho.
Devon hizo ademán de besarla.
Pero Linnet se echó para atrás.
—Tenía miedo de que se hubieran llevado a Jessie, de que tuviera que vivir lejos de su propia familia, como les ocurrió a los demás niños. Devon, deberías haber visto al pequeño Ulysses. Era un niño encantador, muy dulce. Jessie es como él.
Devon la soltó con desdén.
—No puedes dejar nada en paz, ¿verdad? Me vas a llevar a la tumba, acosándome continuamente con esos condenados niños que no significan nada para mí.
—Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? ¿Una riña de enamorados? —
preguntó una voz que venía de arriba.
Ambos se volvieron para descubrir a Cord Macalister, que se alzaba ante ellos. Solo una palabra era capaz de describir a Cord Macalister: deslumbrante. Era un hombre de complexión fuerte. Estaba de pie, con las piernas separadas y las manos en la cintura. Vestía pantalones de gamuza blanca, con flecos de medio metro colgando a lo largo de sus costuras. Su amplio pecho estaba cubierto por un intrincado diseño de diminutas cuentas de cristal que captaban y reflejaban la temprana luz matinal. Su cabello espeso y ondulado tenía el mismo color que la luz solar, y sus ojos el del más azul de los lagos. Contempló el semblante de Linnet, convencido del efecto que había de causar en ella: esa mirada que todas las mujeres ponían la primera vez que lo veían, o incluso la milésima vez, para el caso era igual. Cuando advirtió esa misma mirada en el rostro de Linnet, le regaló su mejor sonrisa, aquella sonrisa que, según numerosas mujeres afirmaban, rivalizaba con la hermosura de las estrellas.
Devon también advirtió esa expresión en el rostro de Linnet y la miró asqueado. La retiró de su regazo y la ayudó a ponerse de pie. Cuando ella lo interrogó con la mirada, él giró la cabeza hacia otro lado.
—Cord —dijo Devon con sequedad—, no esperaba verte tan pronto.
—¿No esperabas verme tan pronto este año o no esperabas ver a nadie tan pronto por la mañana? —replicó sonriendo con aire de guasa y mirando a Linnet.
Devon apretó bien fuerte los dientes ¿Cómo es que Linnet no le ofrece la mano para presentarse como hace siempre? Se preguntó.
—Esta es Linnet Tyler. Linnet, este es Cord Macalister.
—Tyler, ¿eh? Al veros a los dos tan rejuntos pensé que debía de ser una Macalister. Me gusta que no lo sea —sus ojos recorrieron su cuerpo, su pelo enredado, colmado de hojas—. Sí, señor, me gusta de veras que todavía esté suelta.
Devon comenzó a sentir la hostilidad que afloraba en su interior cada vez que tenía a Cord cerca. Una hostilidad que se había generado con los años, a base de estar juntos y de percatarse de cómo las mujeres reaccionaban ante él.
—Vamos —sugirió, agarrando con brusquedad el brazo de Linnet—.
Debemos volver a Sweetbriar para que te metas en la cama. Tienes un aspecto terrible.
—Bueno, bueno, primito, sobre gustos no hay nada escrito. A mí el aspecto de esta pequeña dama me parece terriblemente hermoso. ¿Sólo tienes un caballo?
—Sí, acabo de encontrar a Linnet —le explicó brevemente la desaparición de Jessie y cómo Linnet había salido en su búsqueda.
—Entonces, sólo tienes un caballo medio muerto —Cord observó a Linnet atentamente, pensando que su relación con Mac no era en absoluto lo que el había supuesto en un principio. Ahora Linnet alzaba la cabeza y lo miraba con esos ojos enormes.
—¿De qué color son tus ojos?
—No... No sé —le falló la voz.
Cord rió entre dientes y lanzó una arrogante mirada a Devon.
—Mac, primo querido, ¿por qué no devuelvo yo a esta damita a Sweetbriar en mi montura? No querrás matar de agotamiento a tu único caballo.
—No —dijo Linnet categóricamente— Devon...
—¿Devon? —la interrumpió Cord—. Vaya, me parece recordar que tu otro nombre era Devon. Aunque nunca he oído a nadie llamarte así.
Devon lanzó una mirada iracunda a su primo.
—Llévatela, si quieres. No tengo ningún mando sobre ella.
Cord sonrió cínicamente.
—Bien, me agrada oír eso, chico.
Antes de que Linnet fuera capaz de protestar, la prendió, la colocó sobre la silla de su caballo blanco, montó detrás de ella e instigó al animal para comenzar la marcha.
—Bueno, chiquilla, cuéntame qué haces tú en Sweetbriar.
Ella le relató brevemente cómo Devon la había rescatado.
Cord rió a pleno pulmón y el sonido de su carcajada vibró en el aire.
—Vaya, vaya, si ese no es un modo de impresionar a una dama, no sé qué es. El viejo Mac mató a Lobo Moteado. Oso Loco no va a olvidarlo fácilmente, Lobo Moteado era su hermano.
Llegaron a Sweetbriar horas más tarde; todo el pueblo los estaba esperando en el claro. Se sorprendieron un poco al ver a Linnet montada delante de Cord, pero se sintieron aliviados al comprobar que se encontraba ilesa.
Floyd Tucker la bajó del caballo.
—Linnet, siento mucho lo que ha pasado.
—Y yo —dijo Wilma, empezando a llorar—. Estaba tan inmersa en mis propios problemas, que no pensé en nadie más.
—Está bien, Wilma —Linnet le dio unas palmaditas en el brazo.
—No, no está bien —Devon desmontó del caballo. No había cabalgado junto a Cord, sino que había tomado otra ruta, solo—. ¡Linnet podría haber muerto mientras estaba ahí fuera buscando a tu chico!
Wilma aspiró fuertemente.
—¡Devon! No pasa nada. No se ha producido ningún daño —insistió Linnet.
—¿No se ha producido ningún daño? ¡No he comido nada desde ayer al mediodía, he perdido una noche entera de sueño, y tú dices que no se ha producido ningún daño!
Ella lo miró enojada, y su boca se convirtió en una línea recta.
—Siento profundamente haberte importunado hasta tal extremo. Estoy convencida de que seré capaz de conseguirte algo de comer.
Devon igualó su enojo al de ella.
—No te molestes. No quisiera alejarte de ninguna de tus otras obligaciones... o intereses. Si me disculpas, tengo mis propios asuntos que atender.
Se volvió para entrar en el almacén y cerró la puerta tras de sí, dando un portazo.
En el claro, Gaylon dio un codazo a Doll.
—¿Qué crees que causó ese arranque?
Doll lanzó un escupitajo de tabaco de mascar y agitó la cabeza mirando hacia la ancha espalda de Cord. El trampero estaba de pie rodeado de mujeres, desde las mellizas de siete años de los Stark hasta Agnes Emerson.
—Creo que ese de ahí es el problema. Siempre ha sido el problema de Mac.
Gaylon observó la escena con repugnancia.
—No sé yo qué le ven las mujeres. Es todo de relumbrón, como el lujoso plumaje que un día vi luciendo sobre la cabeza de un caballo de gala.
—Bueno, sea lo que sea, a las mujeres parece gustarles.
En la cabaña, Linnet se quedó un rato sentada en silencio, satisfecha de haberse alejado del bullicio. Se lavó la cara y las manos y empezó a quitarse el vestido, pero no se había desabrochado más que unos pocos botones cuando cayó desfallecida sobre la cama, y se quedó profundamente dormida antes de poder arreglarse.
La despertaron unos golpes en la puerta. Miró rápidamente a través de la ventana y vio que comenzaba a oscurecer. Devon había acudido a su cena y a su sesión de lectura y ella estaba todavía durmiendo. Aletargada aún, se levantó de la cama y gritó:
—¡Adelante! —y luego recordó que a Devon no le agradaba que hiciera eso.
Cord Macalister se quedó de pie, justo en el umbral de la puerta.
—¡Qué me aspen si no da gusto verte!
Sus ojos barrieron las mejillas de ella, sonrojadas, su cabello dorado, que fluía sobre sus hombros, derramándose sobre su espalda, y su vestido desabrochado, que revelaba la curva completa de su pecho.
—Cord, No suponía que...
—¿Esperabas a Mac? Vaya, es más afortunado de lo que creía.
Linnet se apresuró a abrocharse el vestido y recogió su pelo hacia atrás, formando una larga y gruesa trenza que caía sobre la espalda.
—¿Qué puedo hacer por ti?
Cord se acomodó en el banco que se hallaba junto a la mesa, con sus largas piernas estiradas, apoyadas en el suelo. Había en Cord Macalister un cierto aire de exigencia que conseguía que uno se viera obligado a prestarle atención, a ser consciente de su presencia en todo momento.
—Solo intento comportarme como un buen vecino. Pensé que nos apetecería conocernos mejor.
Sus ojos rieron divertidos cuando Linnet se vio obligada a pasar por encima de sus piernas para acceder a la chimenea.
—Me temo que habrás de disculparme: debo preparar la cena.
La observó mientras ella se apresuraba a pelar patatas y a echarlas en el puchero.
—Parece un montón de comida para alguien tan pequeña como tú.
—Es para Devon. Cena aquí.
—Vaya, qué conveniente para él, ¿eh?
—Es lo menos que puedo hacer para compensarle.
Después de observarla de arriba abajo, imaginándola sin ropa, Cord volvió a conducir su mirada hasta sus ojos.
—Creo que yo sabría encontrar otra manera de cobrar una deuda, si fueras tú la que me debiera.
Llamaron a la puerta y Cord gritó:
—¡Adelante!
Linnet no tuvo ocasión de responder.
Devon perdió su sonrisa al ver a Cord y dedicó una fría mirada a Linnet.
—No sabía que tuvieras compañía. Iré a ocuparme de mis asuntos.
—Vamos, primo, no seas así. Esta damita está preparando una cena estupenda. Seguro que hay bastante para los tres.
Devon lanzó una mirada de desprecio a Linnet.
—No desearía interrumpir nada. Buenas noches.
Cerró la puerta de un golpe.
Linnet hizo ademán de ir tras él, pero Cord la asió del brazo.
—Déjalo. Siempre ha sido así. Tiene el genio más vivo que he visto. No se le puede decir nada sin que se haga mala sangre.
Los ojos de Linnet atraparon a los de Cord y los fulminaron con rabia.
—Y tú, sabiéndolo, provocas su ira deliberadamente.
Cord la miró con incredulidad.
—Bueno, quizá tengas razón, pero cuando la presa es una cosita tan dulce como tú, diría que en la cacería todas las artes son buenas —sujetaba el brazo de Linnet y desplazó la mano desde su muñeca hasta su codo.
Ella se apartó de él enojada.
—Ahora que te has invitado a cenar, más vale que comas... —echó un cucharón de estofado medio crudo en un cuenco de madera, salpicándose el vestido.
Cord estaba fascinado. En treinta y seis años ninguna mujer se había resistido a sus encantos, es decir, ninguna que él hubiera decidido poseer.
Por esa razón, sentía un respeto reverencial por la actitud de esta mujer.
Comió muy despacio, sin reparar en lo que estaba engullendo, pero contemplando a Linnet mientras esta, de muy mal genio, metía y sacaba una aguja de coser en lo que parecía ser una camisa de hombre.
Cuando hubo terminado de comer, se alzó y se estiró. Los flecos blancos de sus pantalones se mecieron a su alrededor y sus cuentas resplandecieron a la luz del fuego. Sonrió y se percató de que Linnet lo estaba observando.
—Señorita Tyler, encanto, ha sido una velada muy interesante, pero se me hace tarde.
Ella asintió con la cabeza.
—Buenas noches.
Él le dedicó una última sonrisa y entonces se detuvo en la puerta, pensativo.
—Sweetbriar nunca me ha gustado demasiado para vivir, pero quizá cambie de opinión bien pronto. Podría quedarme por aquí este invierno, a ver qué pasa —comentó antes de marchar definitivamente.
Caminó hasta el almacén de Devon, sabedor de que habría gente allí esperándolo. Era un buen narrador de historias y a los habitantes de Sweetbriar les complacían sus visitas. Sonrió ampliamente a los niños que estaban enfrente de la chimenea; les habían permitido quedarse despiertos por ser la primera noche de Cord en el pueblo. Se acercó al ancho mostrador, donde se hallaba su primo.
—Vaya cocinera, esa damita tuya.
Devon dedicó una mirada glacial al hombre que, aún siendo diez años mayor que él, había sido su rival la mayor parte de su vida.
—No lleva mi marca, así que...
—Solo quería oírlo otra vez. Me alegra oírlo, sí señor.
Avanzó lentamente hacia la chimenea, al tiempo que empezaba a contar una historia.
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