Sweetbriar
Capítulo 3
La cabaña estaba hecha un desastre. Ubicada a pocos metros del almacén de Devon, la luz del sol se colaba a través de un agujero en el techo, las gallinas se habían adueñado de las losas de la chimenea y las ardillas entraban y salían a voluntad por las ventanas abiertas.
Devon espantó a las aves, cuyos aleteos levantaron una nube de polvo.
—Aquí es. No es mucho, pero con un poco de trabajo podría llegar a ser habitable. No te asustará un poco de trabajo duro, ¿no?, siendo como eres una dama inglesa.
Ella le sonrió y él recordó las dos noches que pasaron solos durante el viaje. Suerte que entonces la chica no tenía la misma apariencia que ahora, pensó. Desvió su mirada.
—Devon, ¿estás molesto conmigo?
—¿Por qué habría de estar «molesto» contigo? ¿Por qué razón podría haberme enfadado contigo? He oído que incluso a Jessie Tucker le gustas, y eso que a ese niño no le gusta cualquier mujer. No, no existe ninguna razón por la que pudiera estar enojado contigo —se sentó en un banco levantando el polvo que lo cubría.
Linnet le miró, pestañeando varias veces para proteger sus ojos de la polvareda.
—¿Cómo está tu brazo?
—Mi brazo está perfectamente.
—¿Deseas que le eche un vistazo?
—No necesito cuidados maternales, y menos de...
Ella desvió la mirada, incapaz de concebir razón alguna que pudiera justificar su enojo, pero sin sentirse herida por ello lo más mínimo.
Devon miraba la puntera de su bota, furioso consigo mismo por estar actuando de aquel modo, con lo que se enfadó aún más con ella por haberlo hecho enojar.
—¡Maldición! —exclamó a viva voz.
—¿Perdón?
Devon echó una ojeada alrededor de la sucia estancia.
—¿Cómo piensas arreglártelas para comer? ¿Has pensado en eso?
—No, no lo he pensado. Lo cierto es que no he tenido tiempo de pensar en nada. Hasta ahora, todo el mundo ha cuidado de mí. Primero tú y luego Agnes. Claro, le dijiste a Agnes...
La interrumpió.
—Bueno, creo recordar que nuestro acuerdo consistía en que si yo te rescataba de las garras de los hombres de Oso Loco, tú me enseñarías a leer.
Ahora, he ampliado la oferta añadiendo esta cabaña, pero no me propongo alimentarte y vestirte también.
—No esperaba que lo hicieras. Ya me has ayudado más de lo debido.
Devon contempló la luz del sol que entraba por la ventana formando una cinta luminosa repleta de centelleantes partículas de polvo circulando alrededor de ella, que lo observaba con sus ojos enormes, aceptando que pudiera dejarla morir de hambre, sin intención de pedir, ni a él ni a nadie, más de lo que estuvieran dispuestos a ofrecerle.
Ella sonrió; en sus ojos había un destello de luz solar.
—¿Quién cocina para ti, Devon?
Devon se sobresaltó. Estas palabras le devolvieron a la realidad inmediata.
—Gaylon, si es que se le puede llamar cocinar. A veces, las mujeres de por aquí se apiadan de mí y me invitan a cenar.
—De acuerdo, te ofrezco un intercambio.
—¿Y qué planeas canjear? Incluso el vestido que llevas puesto es prestado —bajó la mirada instintivamente; sabía que ese vestido jamás había lucido de ese modo en nadie más.
—Yo sé cocinar. Si me proporcionas la comida, la cocinaré para ti, y si me suministras tela e hilo, te confeccionaré unas camisas y me haré dos vestidos para mí. ¿Te parece justo?
«Más que justo», pensó él.
—¿Quién cortará la leña que vas a necesitar?
—Yo lo haré. Soy fuerte.
Parecía cualquier cosa menos fuerte. Él sonrió abiertamente, negando con la cabeza.
—Apuesto a que serías capaz de caminar a través de una pila de estiércol y aparecer al otro lado oliendo a rosas.
Ella le devolvió la sonrisa.
—Por lo que todo el mundo comenta sobre mi anterior aspecto de los últimos días, creo que ya lo he hecho —se colocó ambas manos sobre la cabeza—. Es fantástico volver a estar limpia, llevando ropa limpia —se alisó la desvaída falda del vestido—. No has dicho nada, Devon. ¿Estoy bien? ¿Te sorprende que ya no parezca una muñeca embreada? Es lo que yo era, según Agnes.
Se hallaba de pie, no muy lejos de él. Al tirar de un grueso mechón de su pelo apartándolo de la cabeza para verlo, minúsculas partículas de polvo brillaron como purpurina a través del sol.
—Me resulta fantástico poder tocar mi pelo sin ensuciarme las manos.
Él no logró reprimir el impulso y extendió su mano morena para tocar el cabello de ella, acariciándolo con las yemas de sus dedos.
—Nunca hubiera imaginado que fuera amarillo. Antes era tan negro...
Soltó enseguida esa divina materia dorada, pero al mirar a Linnet a la cara advirtió que ella le sonreía y desapareció su enfado.
—Linnet, nunca hubiera dicho que fueras la misma que ese bulto negro y maloliente que encontré dentro de aquella choza de hierba. Ahora que ya lo tenemos todo resuelto, pongámonos a limpiar esto.
—¡Oh no! —exclamó la muchacha al instante—. Ahora que ya nos hemos puesto de acuerdo, podemos ir a buscar a los niños.
Mac no estaba seguro de haberla oído bien.
—¿Niños?
—Los niños que secuestró Oso Loco, por supuesto. No podemos dejarlos allí.
—Eh, ¡espera un momento! No sabes de qué hablas. Aquí hemos aprendido que nosotros dejamos en paz a los indios y ellos nos dejan en paz a nosotros.
—¡Paz! —exclamó en un grito ahogado—. Asesinaron a mis padres y ahora tienen a los niños. De ninguna manera puedo abandonarlos allí.
Deben regresar con su gente.
—¡Tú! ¿Dices que «tú» no puedes? ¿Has olvidado lo que planeaban
hacer contigo?
—No—dijo con voz tenue, tragando saliva—. Pero tampoco he olvidado la visión de la sangre de mis padres. ¡Los niños no deben criarse de ese modo! Se acercó a ella.
—¡Escúchame bien, mujer! Esos niños crecerán en buenos hogares: no hay nada de malo en ser criado por un indio. En cuanto a ti, nuestro trato consistía en que me enseñaras a leer. He arriesgado mi vida por una extraña y no la arriesgaré de nuevo por un puñado de críos que no conozco. Se giró para marcharse.
—Si me prestas un rifle y un caballo, iré yo. Soy una buena tiradora. En Escocia cazaba aves y...
Él la miró cómo si hubiera perdido la razón y abandonó la cabaña.
Linnet permaneció quieta un momento, sin saber qué hacer, pero dio un suspiro y comenzó a limpiar. Era una discusión que tenía la intención de ganar, aunque quizá le llevara algún tiempo. No temía que los indios fueran a hacer daño a los niños, pero creía firmemente que los chicos debían regresar con su gente.
—Veo que el vestido te va bien —dijo una joven desde el umbral de la puerta. Tenía unos catorce años y era menuda como Linnet, de cara pecosa y afable.
Linnet le sonrió.
—Gracias por habérmelo prestado, aunque me temo que hoy se va a ensuciar. Soy Linnet Tyler.
Extendió la mano a la chica, que parpadeó un instante, sorprendida, antes de reír abiertamente y estrechar la mano que se le ofrecía.
—Soy Caroline Tucker.
—¿Tucker? Creo que he conocido a tu hermano esta mañana.
—Debes referirte a Jessie. Ha estado hablando de ti. ¿Te puedo ayudar?
—Oh no. Sólo estoy limpiando un poco este sitio. Es mi hogar —agregó con orgullo.
Caroline extendió la vista más allá de Linnet para contemplar la cabaña destartalada y dudó de que algún día pudiera llegar a convertirse en habitable.
—Bueno, no tengo nada mejor que hacer —dijo al tiempo que agarraba
uno de los extremos del banco que Linnet trataba de empujar hacia afuera.
Las gemelas de los Stark, Eubrown y Lissie, fueron las siguientes en llegar. Tenían ocho años, y las dos exhibían idénticas trenzas castañas que se balanceaban con el ajetreo de las niñas. Sus naricillas chatas parecían henchidas de curiosidad. Se morían por conocer a la chica de Mac. Porque, si habían de fiarse de la señora Emerson, era la chica de Mac. ¡Corinne estaba hecha una furia!
Por todo Sweetbriar corrió la voz de que Linnet era muy bonita y pronto la mayoría de hombres jóvenes de la zona encontraron excusas para dejarse caer por allí y ayudar a los trabajadores de la cabaña del viejo Luke. Linnet les consintió que fueran a la fuente, a unos cien metros de distancia de las cabañas, a por otro cubo de agua. Estaba agachada cuando se percató de la presencia de dos pies cerca de ella, a pesar de no haber oído acercarse a nadie. El rápido recuerdo de los indios, de la última imagen de su madre, enterrada en lo más profundo de su memoria, aceleró su corazón. Miró hacia arriba, pero no consiguió ver la cara del hombre con claridad, puesto que el sol, a sus espaldas, impedía su visión.
Se alzó.
—Hola, soy Linnet Tyler —le tendió la mano, al tiempo que él la miraba boquiabierto, sin habla.
Apenas era más que un chico, ancho, musculoso. Su pelo grueso, de color castaño se erguía en punta alrededor de su cabeza. La boca, demasiado ancha, restaba atractivo a su semblante, pero aun así era bastante apuesto.
—Usted es la muchacha que trajo Mac —dijo con tono rotundo y voz agradable.
—Sí, lo soy. ¿Y usted quién es? —ella seguía con la mano tendida.
—Worth, señora, Worth Jamieson. Vivo en una granja, a ocho kilómetros de aquí. Hoy he venido a comprar al almacén.
Linnet tomó la mano del chico y, sacándola de su posición paralela al costado, la estrechó al fin.
—Encantada de conocerle, señor Jamieson.
—Sólo Worth, señora.
A Linnet se le hacía difícil habituarse al modo en que todos los
norteamericanos insistían en usar sus nombres de pila desde el primer momento.
—¿Vive en la cabaña del viejo Luke?
—Sí, así es.
—Traiga, deje que lleve eso. Usted es demasiado pequeña para trajinar algo tan pesado —le cogió el cubo de agua lleno hasta el borde.
Ella le sonrió.
—Gracias. No sé por qué todo el mundo me trata como si estuviera desvalida, pero debo admitir que es un placer.
—Señorita, es usted la cosa más hermosa que he visto.
Ella rió.
—Te agradezco no solo tu amable ayuda, sino también el cumplido.
Ahora permíteme que coja el cubo: he de restregar este suelo tan sucio.
Worth no le cedió el balde de agua; lo llevó dentro y lo depositó en el suelo, miró a su alrededor un momento y luego salió. Al poco rato, Linnet se asombró al descubrir al chico en el tejado, reparando un agujero.
Sonriendo, lo saludó con la mano antes de volverse a concentrar en la limpieza del suelo.
—Eh, Mac. ¿Has visto lo que ocurre en la cabaña de esa chiquilla?
Tiene a todo el pueblo ayudándola —gritó Doll Stark desde su asiento favorito delante de la chimenea, ahora vacía.
—Sí, lo he visto —Devon respondió a regañadientes desde el otro lado del almacén.
Gaylon detuvo su cuchillo, con el que estaba tallando un palo de madera ya casi reducido a nada.
—Incluso tiene a Worth Jamieson subido al tejado.
—¿Worth? —preguntó Doll sorprendido—. Pero si ese chico es más asustadizo que un potro de tres años... ¿Cómo consiguió que la mirara siquiera, y menos aún que se pusiera a trabajar para ella?
Gaylon continuó tallando.
—Esa chica tiene un encanto especial, de eso no hay duda. Incluso nuestro viejo amigo Mac, aquí presente, luchó contra uno de los renegados
de Oso Loco para rescatarla de los indios, y puedo asegurarte que lo que él había visto entonces no se parecía en nada a la chica embriagadora que ha amanecido hoy.
—¿Es que no sois capaces de hablar de otra cosa que no sea Linnet? —
preguntó Mac desde detrás del mostrador, con el grueso libro de cuentas delante de él.
Gaylon y Doll intercambiaron una mirada, arqueando las cejas. Se quedaron con la boca abierta.
—Siempre podemos hablar del tiempo, pero no es ni la mitad de interesante que la chica que trajiste —continuó Gaylon. —Eh, Mac, deberías marcarla con fuego antes de que Cord regrese.
—¿Cord? —Devon simuló no comprender.
—Sí, Cord —respondió Gaylon—. Has oído hablar de él, ¿no? Ese chico que te quitó a la muchacha de los Trulock el invierno pasado.
—No tengo ni idea de qué estás hablando, y tienes que saber que el hecho de haber traído aquí a Linnet no significa que ella me pertenezca.
Doll hizo un gesto nervioso con las comisuras de los labios.
—De eso puedes estar seguro. No, con todos los hombres del condado husmeando a su alrededor.
Devon cerró el libro de golpe.
—Ya que ninguno de los dos parece tener nada que hacer, ¿por qué no os unís a ellos?
—Yo lo haría, pero temo que me pondría a trabajar como todos esos bobos. Hace tiempo que mis días de conquista quedaron atrás y, en cuanto al trabajo, intento evitarlo siempre que puedo —comentó Gaylon mirando a Doll de reojo. Mac caminó hasta la puerta.
—Entonces, creo que saldré yo, a ver si me da el aire y puedo disfrutar de algo de paz y tranquilidad, para variar.
—Sí, hazlo. Y mejor llévate unos cuantos clavos contigo. He oído que necesitan clavos —gritó Doll al tiempo que la puerta se cerraba de un portazo.
Devon sacó un pedazo de cordel de su bolsillo y sonrió pensando en las palabras de los dos viejos. Estaba atardeciendo y aún no había cazado la cena. La idea de cenar a solas con Linnet ensanchó su sonrisa.
Dos horas más tarde Devon llamaba a la puerta de Linnet, sosteniendo dos conejos en la mano. Ella abrió y le sonrió; tenía un manchón en la mejilla.
—Acabamos de terminar —dijo a la vez que extendía la mano, algo trémula, para agarrar los conejos.
Él los apartó de su alcance, le colocó la mano en el hombro y la acompañó hasta un banco situado frente a la chimenea.
—Siéntate y descansa. Yo los cocinaré.
—Devon, ese no era el trato.
—¿Qué han hecho? ¿Hacerte trabajar todo el día, agobiarte a preguntas y luego marcharse a cenar a sus casas?
Ella le dirigió una tenue sonrisa.
—No te preocupes. No tenían mala intención. Es solo que todos están acostumbrados a ocuparse de sí mismos.
—Todos, excepto yo. Yo represento una carga para ti, ¿no es cierto, Devon?
—En absoluto. Ya me lo compensarás. Espera a que tengas que empezar a meter letras en esta dura mollera.
—¡Oh! —se irguió en su asiento—, ¡Tu lección de lectura!
—¿No pensarás que quiero una maestra tan fatigada como tú?
—No. Mira en la repisa de la chimenea.
Se levantó y descubrió una tablilla de madera con letras escritas con carbón.
—Pone «Devon». Al menos, supongo que es así como se escribe.
—¿No lo sabes? —preguntó con tono de incredulidad, como si se sintiera muy decepcionado con ella.
—Hay diferentes maneras de escribir ciertas palabras, en especial los nombres. Únicamente puedo suponer cómo se deletrea el tuyo. ¿No tendrías por casualidad un certificado de nacimiento?
—¿Un qué? —discretamente, colocó la pieza de madera en su bolsillo.
—Una hoja de papel que el doctor escribió cuando tú naciste.
Devon pinchó los conejos para comprobar su estado de cocción, y el jugo de los animales se derramó sobre el fuego.
—No había ningún doctor allí cuando yo nací, solo mi madre y una
vecina, pero conservo una Biblia que contiene algo escrito a mano.
—Podría ser lo que necesitamos. ¿Te sería posible traerla mañana?
Quiero decir... siempre que te parezca bien que pospongamos nuestra primera lección, claro.
—Sería incapaz de consentir que te durmieras en mitad de «Macalister».
Vamos, comámonos el conejo.
Linnet se puso en pie, bostezó delicadamente y se estiró para relajar sus hombros doloridos. Devon apartó la vista ante la posibilidad de que fueran a reventar los botones frontales del vestido de ella. A veces se preguntaba si ella se percataba de que era una mujer.
—Dime, ¿qué opinas de Sweetbriar? —dijo él.
—Todos han sido muy buenos conmigo, no imagino cómo podré compensarlos. ¿Conoces a Worth Jamieson?
—Claro —mordió un suculento pedazo de conejo.
—Háblame de él.
—Vive solo. Es un chico callado, reservado, muy trabajador. Llegó hace dos años y reclamó su terreno. Trabaja todo el día, por su cuenta. Viene al almacén una vez al mes y compra lo que necesita —Devon la miró frunciendo el entrecejo—. ¿Por qué te interesa tanto?
—Porque me pidió en matrimonio.
Devon por poco se atraganta con el bocado de conejo que tenía en la boca.
—¿Qué? —exclamó indignado.
—Digo que tengo interés en Worth Jamieson porque me pidió que me casara con él.
Devon apretó repetidamente los dientes.
—Mírate: ahí sentada, tan tranquila, chupándote los dedos, comentándome que un chico te ha pedido en matrimonio, como si nada.
¿Tan habituada estás a las propuestas de matrimonio que ya ni te inmutan?
—No —replicó con seriedad—. No lo creo. No han sido demasiadas.
—¿Demasiadas? ¿Y a cuántas llamas tú «demasiadas»?
—Lo cierto es que, aparte de la de Worth, solo ha habido dos: una por parte de un hombre de Inglaterra, que era muy viejo, y otra de un hombre que viajaba conmigo en el barco, camino de América. Ahora está en
Boston, creo.
—¡Vaya! ¡No sé cómo eres!...
—¿Muy peregrina? —preguntó Linnet inocentemente.
Ambos se miraron y comenzaron a reír juntos.
—Todavía hay pocas mujeres en Kentucky, por lo que imagino que muchos hombres te propondrán matrimonio —la escrutó con una mirada indagadora—. Me doy cuenta de que vas a poner a esta comunidad patas arriba. ¿Has terminado con eso? Echaré los huesos afuera. Debo irme de todos modos —se detuvo en el umbral de la puerta—. ¿Qué le dijiste a Worth?
—Gracias.
Se volvió hacia ella, nuevamente irritado.
—¿Gracias? ¿Eso es todo?
—Es un honor que un hombre te proponga matrimonio. Significa que desea pasar toda su vida contigo.
—No me sueltes un discurso sobre lo que significa el matrimonio. ¿Qué le contestaste a Jamieson, aparte de «gracias»?
—¿Te refieres a si acepté o no?
Él le lanzó una mirada iracunda a modo de respuesta.
Con gran parsimonia, Linnet retiró una pelusa de su cabello.
—Le dije que no lo conocía suficiente para poder responderle aún —lo miró sonriendo—. ¿Me permites que vaya a tu almacén mañana, a por algo de tela? Me gustaría devolverle a Caroline su vestido.
—Claro —se sentía un poco avergonzado tras su arrebato—. Buenas noches, Linnet.
—Quizá mañana podamos discutir lo de rescatar a los niños —dijo con voz cansada.
Sus ojos se enfurecieron.
—Discútelo tú. Yo tengo cosas más importantes que hacer.
Marchó pegando un portazo.
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