Sweetbriar
Capítulo 10
Linnet oyó el ruido apagado de los cascos del caballo mucho antes de alcanzar a ver a nadie. Trató desesperadamente de mover el tronco que la retenía, pero no pudo. Oyó el crujir de una rama, y supo que alguien andaba cerca.
—Lynna.
No fue más que un murmullo, pero Linnet se torció hacia el sonido, a la vez que le empezaban a brotar las lágrimas. Divisó su contorno recortado contra la temprana luz de la mañana y sus ojos se abrieron de par en par. Le abrió los brazos.
—Devon —susurró.
Se acercó rápidamente a ella y la estrechó en sus brazos, calmándola.
—¿Estás lastimada?
—No —logró responder a pesar del nudo que tenía en su garganta—.
Mi pierna...
Se apartó de ella para examinarle la pierna y, sin dilación, retiró el tronco que la oprimía. Linnet se aproximó a él y volvió a atraerlo hacia ella.
—Oh, Devon —le susurró al oído—. Viniste. Lo supiste. No sé cómo, pero lo supiste.
Devon hundió la cara en su cabello, percibiendo su rico aroma a bosque.
—Tú no te hubieras fugado. Nunca te habrías marchado de ese modo.
Ella rió de felicidad, al comprender lo que quería decir. Era maravilloso tenerlo cerca, saber que todo iba a ir bien.
—Tú siempre estás cuando te necesito, siempre cerca. Eres el hermano que nunca tuve.
De repente Devon se apartó de ella, con el rostro contraído por la cólera.
—Te veo con otros hombres —masculló entre los dientes apretados de rabia—, y me llamas hermano. Ya es hora de que entiendas que soy un hombre.
Linnet abrió la boca con intención de replicar, pero no pudo, pues, inmediatamente, Devon deslizó la mano por la abotonadura de su camisa y
la abrió, casi rasgó, de golpe. Al instante, se la arrancó del cuerpo y la arrojó a un lado. Su piel resplandeció, viva y tersa. Era el hombre que había conocido por primera vez: una perfecta aleación de músculos y fuerza contenida.
Devon la atrajo hacia sí con brusquedad y, por primera vez, su boca rozó la de ella. ¡Qué diferente al primer beso de Cord! Mientras que aquel había resultado agradable, el beso de Devon era fuego vivo, una extraordinaria sensación que empezaba en la boca y le abrasaba el cuerpo en su paso hacia las puntas de los pies, para volver a subir después. Devon no hubo de forzar sus labios para abrirle la boca, pues estaba tan ansiosa por saborear su dulzura como él la suya. Linnet le rodeó el cuello con los brazos para atraerlo hacia sí y la piel de Devon rozó la suya a través del hombro rasgado de su vestido, estremeciendo la totalidad de su ser.
Linnet presionó su cuerpo contra el suyo, Devon la reclinó contra el suelo y depositó su cuerpo sobre el de ella. Linnet estaba ardiendo. La boca de Devon se separó de la suya y ella gimió en señal de protesta, pero él pasó los labios por su cuello y Linnet se arqueó brindándole acceso a cualquier parte de su cuerpo. Sus manos acariciaron el cabello de Devon, deleitándose con su suave espesura.
Las manos de Devon rasgaron parte de su vestido y rozaron la curva del comienzo de su pecho.
—Oh, Devon —suspiró, y su sonido se fundió en la exuberante densidad del bosque que los rodeaba.
—Sí, Devon —murmuró—, ¡Devon!
Devon envolvió su seno con la mano, mientras el pulgar despertaba su cima rosada. Linnet volvió a atraer la boca de Devon hacia la de ella, la agresora, exploradora de la caverna húmeda, de miel, de un néctar tan dulce y tan devorador, al tiempo. Él le deslizó la mano por la pierna; la piel de ella estaba expuesta desde la cadera hasta el tobillo. Linnet sintió su propio corazón retumbando en sus oídos.
Devon se apartó y el cuerpo de Linnet se sintió perdido, necesitado de él. Alzó sus brazos implorantes, pero sus manos rozaron el aire, ahora, frío.
Linnet abrió los ojos. Devon estaba arrodillado, con las piernas separadas, sentado a horcajadas sobre las caderas de Linnet, sonriendo con aire de
suficiencia; sus labios dibujaban casi una mueca de desprecio.
—Acuérdate de esto la próxima vez que estés con alguno de tus otros hombres, y la próxima vez que pienses que soy tu hermano.
Linnet comprendió que se había reído de ella. Que lo que para ella había sido una nueva y maravillosa experiencia, no suponía nada para él, sólo era un acto para probar su masculinidad. Ella alzó la mano del suelo y le abofeteó con todas sus fuerzas.
Él no trató de detenerla; el sonido del bofetón reverberó en el bosque.
Linnet se mantuvo tumbada, inmóvil, observando la huella roja de sus dedos en la mejilla de Devon.
Devon se levantó y se alejó andando. Linnet se sentía demasiado enojada para llorar. Se esforzaba por componer las piezas de su vestido con los dedos temblorosos. No oyó sus pasos cuando volvía hacia ella, pero notó cómo Devon colocaba su camisa sobre los hombros de ella. Linnet se la quitó de encima como si tuviera la peste, como si estuviera sucia, tan sucia como ella se sentía después de su humillación.
—Estás a menos de dos kilómetros al norte de Sweetbriar —dijo Devon con un tono de dureza en su voz—. Toma el caballo y vuelve allí.
Linnet no levantó la vista para mirarlo, pero supo que se había alejado.
Se quedó sentada en silencio solo un momento, antes de que una furia ciega invadiera todo su cuerpo. ¡Era inocente de los cargos que le imputaba!
Recogió la camisa de Devon del suelo, corrió, saltó encima del caballo que la aguardaba y comenzó a buscarlo frenéticamente. Devon debió de oír que se acercaba porque se detuvo y se quedó de pie, alzando su mirada, expectante.
Linnet no tenía más arma que la camisa de Devon, la cual sujetó de un extremo y usó a modo de látigo para azotarlo.
—Cord Macalister es mejor hombre que tú —le chilló—. Al menos él es honesto. No me extraña que Amy Trulock le escogiera.
Con eso, soltó el extremo de la camisa que sostenía e instigó al caballo para alejarse de él.
Pero Devon fue más rápido que ella y, en el mismo momento, saltó
sobre el caballo. En un instante, los dos cayeron al suelo dando tumbos.
Rodaban juntos cuando la boca de Devon tomó la de ella con una fuerza arrolladora. Linnet enterró las manos en su pelo y le devolvió el beso con igual ardor.
—¡Maldita seas, Linnet! ¡Maldita seas! —murmuró, y su boca descendió hasta su cuello.
Linnet trató de devolver la boca de Devon a la suya, pero él la detuvo.
—He esperado demasiado para esto y no permitiré que me metas prisa.
Él empezó a besarla lenta, suavemente, sujetándole la mejilla con la mano. El recuerdo de los resentimientos y las hostilidades que habían sentido se desvaneció ante la culminación de largos meses de deseo almacenado, sepultado.
Devon desabrochó el vestido de Linnet y expuso la pálida piel de la muchacha ante sus ojos.
—Quiero mirarte —dijo en voz muy baja, solo un susurro en realidad.
Ella lo miró y percibió la dulzura de la mirada de él. En sus pensamientos solamente estaba Devon, muy cerca de ella, que la acariciaba, que le pertenecía al fin. Los ojos de Linnet respondieron a su mirada, y Devon deslizó con cuidado el vestido roto, retirándolo de su fino hombro, al tiempo que sus labios seguían a sus manos. Linnet no notó cómo desaparecía el resto de su vestido, pero era consciente de estar desnuda, tumbada frente a él, contenta de agradarle.
—Eres preciosa, Lynna, muy hermosa.
Al contacto de la mano de Devon, diminutos escalofríos de placer recorrían su cuerpo. El contraste entre la suavidad de la piel de ella y la palma endurecida de él incrementaba la percepción que ella tenía de su masculinidad, de su vitalidad. Devon no volvió a besarla en la boca, sino en el cuello, en la línea por debajo de la mejilla, en el aterciopelado punto bajo la oreja. Recorrió con la cara el collar perfecto de la clavícula y ella sintió el suave comienzo de la barba en la mandíbula.
Cuando los labios de él rozaron su seno por primera vez, Linnet dio un grito ahogado, de sorpresa y de placer al mismo tiempo. Se arqueó contra él, sintiendo que, a su vez, Devon también la atraía hacia sí. Sus toscos pantalones, duros y ásperos, rozaron sus muslos y el delicioso contraste la
colmó de placer.
—Devon —musitó.
Él regresó a su boca, y la curva de sus labios le sonrió, cálida y cercana.
Buscó su boca y ella la abrió, y él la bebió de pura necesidad. La pasión de Linnet aumentaba, reemplazando su asombro y sobrecogimiento. Ella se encontró con su beso y se apretó contra su cuerpo, empujándolo hacia sí al mismo tiempo, con las manos en su cabello, entrelazado en sus dedos.
Linnet cató su boca con avaricia, con brusquedad, con hambre.
Devon se apartó de ella y le sonrió, acariciando su sien con el dedo. Ella se enfurruñó, se sintió estafada. No quería que se alejara, quería más besos, quería más caricias, quería más y más, hasta morir de querer.
Devon se alejó más aún de su lado, rozando apenas su cuerpo, su estómago, sus muslos. Pero pronto no quiso esperar más: se arrodilló junto a ella en el suelo del bosque, contemplándola. A Linnet le dolían los dedos sin el tacto de su piel dorada y alzó de nuevo sus brazos hacia él, mientras Devon le regalaba una amplia sonrisa y se quitaba los pantalones.
Linnet lanzó un grito ahogado al verlo. Alarmada por su virilidad, se echó hacia atrás, pero Devon no debió de percatarse, pues enseguida se volvió a acostar a su lado. A pesar de su miedo a lo desconocido, el cuerpo de Linnet reaccionó rápidamente al tacto de Devon, a su aliento en la oreja, a su mordisco en el lóbulo. Él la atrajo hacia sí con sus fuertes brazos y su piel entró en contacto con la de ella, caliente, y al tiempo fresca, viva, casi vibrante. Los besos de Devon se transformaron al incrementar su pasión, y Linnet igualó la intensidad de su deseo y mordió el sabor de la piel de su cuello, que sintió firme y suave.
Devon la colocó debajo de su cuerpo y Linnet se sobresaltó al sentir su peso, sus fuertes y recios muslos en contacto con los suyos, suaves y redondeados, su oscura piel sobre los senos, atrapados entre los dos cuerpos. Se exaltó al percibir las sensaciones que inundaban su interior.
Cuando Devon inició el acto profundo, Linnet abrió los ojos, ensanchados, y se retiró.
—¿Linnet? —le preguntó desconcertado.
—No—susurró desesperadamente.
Él la empujó de nuevo hacia sí y forzó su boca sobre la de ella. Toda
intención de protesta cesó hasta que Linnet sintió el primer dolor agudo, la fuerte herida que causó que la idea de amor huyera de su mente. Devon sostuvo entre sus manos la cara de Linnet.
—Linnet, no lo sabía. No lo sabía. Por favor, mírame.
El dolor fue disminuyendo mientras Linnet yacía quieta. Abrió los ojos.
Era Devon, su Devon, y ella quería complacerlo. Consiguió esbozar una sonrisa, y Devon la besó de nuevo tratando de resistir su agonía interna.
—No puedo... —susurró, y empezó a moverse. Todavía le dolía, pero Linnet vio placer en el rostro de Devon, su mirada era casi etérea cuando sus ojos se cerraron y sus labios se separaron. Rápidamente, se desplomó sobre ella y la atrajo hacia él toscamente, antes de caer dormido.
Linnet yacía quieta bajo su brazo robusto, pensando en cómo deseaba que los besos no se hubieran detenido, pues sus ansias de él no se habían saciado lo más mínimo. Incorporó un poco su cabeza y contempló los músculos largos y tersos de su espalda, y sus labios desearon su tacto.
¿Cuántas veces había visto esa piel y deseado tocarla?
Devon dormía profundamente y no se despertó cuando ella se escurrió de debajo de su brazo. Linnet no vaciló en presionar sus labios contra la nuca de Devon, oculta y secreta tras sus rizos negros. Su cabello olía a humo y a la rica e intensa tierra de Kentucky. Con los dientes, recorrió el músculo de la parte posterior de su cuello, maravillada de su poder, el mismo poder que ella poseía sobre él... El poder de darle placer.
Linnet sintió que Devon se agitaba debajo de su cuerpo, como si saliera de su aletargamiento, pero él no se volvió. Linnet empezó a olvidar quien era, ya no recordaba la estricta educación de su niñera inglesa y las numerosas veces en que la oyó decir: «¡Eso no es propio de una dama!».
Ahora era una mujer, sola en un paraje silencioso, y el hombre al que amaba yacía bajo ella, oscuro y cálido, y en ese instante estaba sin tocar, y los tantos meses de solo mirarlo habían hecho insaciable su deseo de tocarlo.
Ella depositó las manos sobre los redondos y recios músculos de los hombros de él y deslizó sus dedos sensibles a lo largo de sus brazos hasta que su cuerpo quedó tendido sobre el de Devon y, tras un instante, se elevó de nuevo, manteniendo solo el contacto de las puntas sensibles de sus pechos contra su piel. Entonces, empezó a besarlo, besó toda la superficie
de su espalda, al tiempo que sus labios y sus dedos ávidos acariciaban y exploraban con curiosidad, interesados, excitados.
—¡Dios, Linnet! No puedo más. Ven aquí.
Devon la prendió de los brazos y la atrajo a su lado y sintió cómo Linnet volvía a tensarse.
—No te volveré a hacer daño. Confía en mí.
Ella confiaba en él. Era la misma confianza que él le pidió y que ella le concedió en aquella burda choza india, pero que le había retirado desde entonces. Ahora se la volvía a conceder, con perdón, con amor desbordado.
Devon no la hirió de nuevo, y esta vez ella pudo descubrir la culminación de su deseo. Él se movió despacio, con cuidado, hasta que notó que ella también lo quería. Linnet incorporó el cuerpo, acercándose hacia Devon, hundiendo los dedos en sus brazos, y empezó a moverse con él, juntos, descollando, remontando, creciendo y explotando en uno. Se acostaron entrelazados, húmedos, saciados, y durmieron.
Devon se despertó primero, sin hacer ruido. La luz del sol empapaba el hermoso cuerpo de Linnet, y él trató de no mirarla mientras se vestía y se alejaba caminando. Tenía lo que quería, por fin ella le había pagado por su rescate y ahora podía tener a Cord o a cualquier otro hombre que quisiera.
Sin pensar adonde iba, se dirigió hacia el norte, hacia la morada de su abuelo Shawnee. Necesitaba tiempo para pensar.
Con gran afecto y no poco alboroto, las gentes del poblado Shawnee salieron a saludar al joven que llegaba andando con un ciervo recién cazado sobre los hombros. Las mujeres le recogieron el ciervo, y él se dirigió directamente a la gran wigwam redonda de su bisabuelo. El rostro del anciano era una telaraña de arrugas, y todas ellas se reorganizaron en la cara al sonreír el viejo a su alto y delgado nieto.
—La vida del hombre blanco te ha reblandecido —dijo, a modo de saludo.
Con timidez, el joven recorrió su estómago duro y plano con la mano y sonrió ampliamente, a la vez que se sentaba delante de su abuelo.
—Solicito permiso para quedarme con mis hermanos Shawnee por un tiempo.
El anciano asintió con un gesto y tomó una larga pipa de barro que se hallaba colgada en la pared.
—Eres bienvenido, ya lo sabes. ¿Hay algo que te preocupa? —le preguntó, mirándole por encima de la cazoleta de la pipa.
—Nada que el tiempo no pueda curar.
El anciano hizo una breve pausa y le miró fijamente, con sus ojos negros, como diminutas cuentas de vidrio.
—Es una mujer la que te hace esto —afirmó con calma.
El joven alzó repentinamente la cabeza, sorprendido, y el anciano se rió entre dientes, emitiendo un sonido seco.
—No siempre he sido como soy ahora. Una vez fui joven también.
Puedes quedarte para tratar de olvidar a esa mujer, o para recordarla.
—Mi abuelo es un hombre sabio —tomó la pipa de los dedos largos, delgados y secos del anciano y fumaron juntos, sin necesidad de más palabras.
Cuando Linnet se despertó y se encontró sola, fue casi como si ya hubiera supuesto que él se habría ido. Era obvio que sus celos y su odio contra Cord eran más poderosos que los sentimientos que pudiera tener hacia ella.
Linnet cabalgó con tranquilidad, de regreso a Sweetbriar.
Al cabo de seis semanas, Devon todavía no había vuelto, y Linnet estaba convencida de estar embarazada. No sabía qué hacer exactamente y se preguntaba si la gente de Sweetbriar aún se preocuparía de ella, sabiendo que portaba un hijo ilegítimo en su interior.
Corinne decidió por ella. La chica acudió a Linnet llorando a lágrima viva y le suplicó que le dijera dónde estaba Mac. Cuando Linnet le respondió que no tenía ni la menor idea de dónde se hallaba Devon, la muchacha incrementó su llanto, lanzando miradas hacia Linnet entre los dedos húmedos que cubrían su rostro.
Corinne confesó dramáticamente que llevaba al hijo de Mac en su vientre y que tenía que casarse con ella.
Linnet se echó a reír con tal histerismo que Corinne huyó, despavorida,
de la pequeña cabaña.
Por la mañana, Linnet empezó a recoger sus pocas pertenencias y pidió a unos comerciantes que halló en el almacén de Mac si podían ayudarla a viajar hacia el este. Ellos le hablaron de unos colonos que se dirigían hacia allí y que iban a pasar por el pueblo al cabo de dos días.
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