Sweetbriar
Capítulo 16
—¿Señor, qué le has hecho? Y pensar que era un hombre apuesto —
Butch Bather comentó, mientras miraba fijamente hacia abajo, atisbando por encima de la gran mole que tenía por estómago, observando el cuerpo lleno de quemaduras de Devon Macalister—. No veo de qué puede servir que intentemos ayudarle. Deberíamos dejarlo ahí donde está. Sería lo más misericordioso.
—Esa es solo su opinión, señor Gather —dijo Linnet con rotundidad—.
Y debo añadir que no la comparto con usted. Vamos, señores, si me echan una mano, lo llevaremos a mi cabaña.
Butch y Mooner Yarnall se intercambiaron las miradas, enarcando las cejas. Butch habló de nuevo.
—Bueno, no sé yo si eso de llevarlo a su cabaña estaría bien, sin estar casados y eso —esbozó una sonrisa maliciosa y sus ojos refulgieron sobre sus enormes carrillos—. Por supuesto todos sabemos lo que ha significado para usted —el hombre grueso miró a cada uno de los hombres presentes para asegurarse de que todos compartían su conocimiento—. Puede que otros pueblos admitan ciertos comportamientos, pero aquí en Spring Lick somos gente decente y no vemos ese tipo de cosas con buenos ojos.
Los ojos de Linnet relampaguearon con brillantes esquirlas de cristal de luz roja que incluyeron a cada uno de los cuatro hombres.
—Dudo que este pueblo conozca el significado de la palabra decencia.
Sea lo que sea que piensen que saben, o crean que tienen derecho a juzgar, ahora no es el momento. O me ayudan ustedes o lo moveré yo sola. Butch sonrió.
—Si pretende asustarnos, déjelo correr. Además, me gustaría saber cómo es que se ha quemado la escuela. Tal vez usted y él le prendieron fuego para poder gozar de más tiempo libre —sus ojillos de gorrino barrieron la menuda figura de Linnet— para hacer lo que evidentemente han hecho otras veces.
—En cuanto a mí —Mooner dio un paso adelante—, no creo que me
agrade una maestra que exhibe a su amante delante de todo el mundo.
Mírala ahora, exigiéndonos que lo llevemos a su cabaña para así poder continuar donde lo dejaron.
El bosque estaba oscuro, el edificio aún en llamas se oía quemar en la distancia y Linnet percibía la amenaza de los cuatro hombres. Devon necesitaba ayuda y ellos no estaban dispuestos a permitir que ella le socorriera.
—¿Sabes, Butch?, creo que lo ha estado pidiendo a gritos desde que llegó.
Mooner dio otro paso hacia delante, pero Linnet se mantuvo firme, sin permitir que el miedo que estaba empezando a sentir se apoderara de ella.
El bienestar de Devon era más importante que un puñado de hombres sobreexcitados.
—Sí —dijo Butch, acercándose a ella—, yo pienso exactamente lo mismo.
—¿Qué pasa aquí? —la voz de Nettie rompió el desagradable encantamiento. Sus brazos estaban repletos de mantas, y repasó con una mirada de odio a cada uno de los hombres—. Vosotros cuatro, os envié aquí para ayudar y me da la impresión de que más bien estáis haciendo lo contrario.
Ni Butch ni Mooner se movieron, mientras que los otros dos hombres se limitaron a adoptar una postura desafiante.
—¿Por qué deberíamos ayudarla? —requirió Butch—. Además, ¿qué clase de mujer es? ¿Qué les ha estado enseñando a nuestros hijos, cuando ella misma no es mejor que una mujer de alquiler? ¿Sabes quién es ese hombre? —giró su pequeña cabeza en dirección a Devon.
—Sé perfectamente quién es —respondió Nettie—, y sé mucho más, sólo que nada tiene que ver con Linnet: es acerca de esa mujer que vive en el valle —los cuatro hombres la miraron fijamente antes de desviar la vista
—. Aquel que no haya pecado que arroje la primera piedra —citó Nettie—.
Vamos ya, necesitamos ayuda para colocarlo sobre estas mantas y transportarlo hasta la cabaña de Linnet.
Butch se apartó de Linnet y miró a Devon despectivamente.
—Yo no le voy a ayudar. Por lo que sabemos, podría haber sido él quien
provocó el incendio.
—¡¿Con su hija dentro?! —exclamó Linnet casi gritando.
Butch rió para sus adentros.
—Acabas de confirmar nuestras sospechas. Por lo que a mí respecta, no pienso esforzarme en hacer algo que no va a servir para nada. Basta con mirarlo para ver que es hombre muerto.
Nettie le replicó antes de que Linnet pudiera abrir la boca.
—Yo no veo tal cosa, y en cuanto a que fuera él quien prendió fuego a la escuela, sugiero que cuentes tus lámparas y averigües dónde estaban tus hijos cuando se inició el incendio.
—¿Estás acusando a mis hijos de haber provocado ese fuego? —miró a Nettie con desdén.
—Podría ser. No me extrañaría nada de ellos que lo hubieran hecho a posta. Y, ahora, ya estoy más que harta de oíros charlar mientras este hombre enfermo requiere asistencia. Si no pretendéis ayudar, más vale que salgáis de aquí.
Linnet se arrodilló al lado de Devon, aliviada de que los hombres se hubieran ido.
—¿Crees que seremos capaces de llevarlo nosotras, Nettie? —preguntó en voz baja.
—Sí. Envié a Rebekah en busca de Otis y Váida. Lo moveremos, tú no te preocupes. Vamos a colocarlo sobre las mantas primero.
Contemplando a Devon, Linnet comenzó a tomar conciencia de su propia insensatez. Las ampollas de su cuerpo proliferaban en número, incluso alguna de ellas había comenzado ya a romperse y la diluida solución acuosa de color amarillo que contenían transcurría formando pequeños riachuelos sobre la torturada piel. ¿Cómo se suponía que debían tratarse quemaduras tan severas? No tenía la menor idea y temía que cualquier cosa que intentara hacer fuera contraproducente. Ojalá el Terrateniente regresara ya con Phetna, la mujer que sabía tratar quemaduras. ¿Debía probar de lavar el área o el jabón causaría una infección? Todas las ampollas estaban llenas de líquido. ¿Debía tratar de darle a Devon algo de beber?
Devon no se movió ni emitió el menor ruido cuando Nettie, su marido, sus dos hijas y Linnet lo transportaron con sumo cuidado hasta la cabaña.
Su respiración era débil y forzada, sus ojos permanecían cerrados, y Linnet se preguntó si tendría alguna conciencia de lo que le había sucedido.
—Devon —susurró—, ¿puedes oírme?
Él estaba inmóvil, sin vida. El ruido de un caballo fuera de la cabaña captó la atención de Linnet.
—Ya no te necesito —oyó decir a alguien con una voz aguda y quejumbrosa.
—Te presentaré —replicó el Terrateniente.
—¡No te necesito! —repitió la voz de mujer—. No creo que él me tome por otra. Vete ya, tengo trabajo que hacer.
Al oír al Terrateniente alejarse a caballo, Linnet se quedó contemplando fijamente la puerta y la vio abrirse oscilando lentamente sin que nadie la acompañara. La cara que apareció en el umbral había sido una vez la de una mujer, pero ahora estaba tan desfigurada que nadie se atrevería a asegurarlo.
Uno de sus párpados caía, soldado, sobre el ojo, de manera que solo una mínima franja de su iris penetrante quedaba al descubierto. Gruesas cicatrices blancas perforaban su mejilla tramada y estriada. La mitad de sus labios habían perdido su definición. El otro lado de la cara no estaba tan mutilado, pero su oreja y gran parte de su pelo habían desaparecido.
—Soy Phetna —dijo la voz aguda—. Me dicen que tienes aquí a un hombre que se ha quemado.
Linnet permaneció en silencio.
—Te ayudaré, a menos que seas demasiado blanda para soportar mi visión —la mujer alzó ligeramente su truncado labio superior con un aire desdeñoso.
Linnet no se inmutó.
—Si me ayudas a curar a Devon no me importa si eres un demonio de dos cabezas enviado desde el mismísimo infierno.
La mujer pestañeó, echó la cabeza hacia atrás y emitió una estridente risotada, mostrando más de aquellas cicatrices gruesas y urdidas en su cuello.
—No tengo dos cabezas, pero ya decidirás en otro momento si provengo del cubil de Satán —avanzó al interior de la cabaña—. ¿Qué estás dispuesta a hacer para ayudar a este hombre?
—Cualquier cosa —respondió Linnet en voz baja.
—¡Ja! Cualquier joven diría lo mismo, pero ya veremos si realmente lo piensas de verdad. Cuidar a un hombre quemado no es ningún dulce.
—Haré todo lo que esté en mi mano —insistió Linnet.
—Bien —Phetna asintió con la cabeza—. Pongámonos manos a la obra.
Primero, consigue darle a este lugar tanta luz como puedas. No veo muy bien ni en el mejor de los casos.
Linnet avivó el fuego, encendió todas y cada una de sus velas preciosas y subió la intensidad de la lámpara al máximo. Phetna retiró la sábana de lino con la que Linnet había cubierto la espalda de Devon, y Linnet advirtió las manos de la mujer. La izquierda conservaba tan solo el pulgar y los dos primeros dedos, mientras que la derecha había cicatrizado fundiendo los cuatro dedos en un ancho apéndice corvo.
—Lo primero es hacer que le llegue el aire. No hay nada mejor que el aire puro del Señor para sanar una quemadura. Después tendremos que comenzar a lavarlo. Te diré lo que hay que hacer y tú lo harás —miró a Linnet larga y fijamente, al tiempo que alzaba las manos, aproximándolas sobremanera a la cara de Linnet—. Yo no puedo hacer mucho con esto —
parecía estar poniendo a prueba a Linnet, retándola a mostrar algún signo de repugnancia, como si deseara que se echara atrás.
Linnet hizo caso omiso de las manos enarboladas frente a su rostro.
—Dime qué he de hacer.
Phetna devolvió las manos a los costados, dispuesta a concentrarse en su paciente.
—Calienta agua. ¿Tienes jabón?
—Sí, y si hace falta más, iré a pedirlo.
Phetna resopló un tenue gruñido.
—Me sorprendería que en este pueblo te ayudaran en nada.
Linnet ya había llenado la tetera de agua y aprehendió la pastilla de jabón del estante.
—¿Esta es tu pequeña? —Phetna preguntó bajito, y por primera vez su voz no sonó chirriante y estridente.
—Sí. Se llama Miranda.
Phetna se volvió dando la espalda a la niña.
—Más vale que mañana por la mañana la envíes lejos de aquí. A los niños les disgusta mi aspecto —dijo entre dientes apretados.
Linnet contestó con similar firmeza.
—Yo no crío a mi hija de esa manera. No admitiré que juzgue a una persona por su aspecto externo.
—No será fácil cuando se eche a bramar al verme.
—Diría que el agua ya está caliente—atajó Linnet—. ¿Me enseñas qué debo hacer?
Linnet cortó los pantalones de Devon para retirarlos e inspeccionó las quemaduras de las piernas, bastante menos graves que las de la espalda, los brazos y los pies.
—Más vale que te vayas acostumbrando a él porque no va a haber ni una huella de su cuerpo que no llegues a conocer al milímetro durante la semana que viene.
—¿Semana? ¿Crees que estará bien en una semana?
—Bien no —respondió Phetna—, pero empezando a curarse sí. De un modo u otro, en tres días sabremos qué va a pasar. Ahora toma ese paño y comienza a lavarlo, muy despacio y con máxima suavidad. No queremos que se rompa ninguna de esas ampollas si podemos evitarlo. El agua que contienen es el modo que tiene el Señor de enfriar la piel.
A Linnet le llevó horas limpiar el largo cuerpo de Devon, con minucioso cuidado de no hacerle más daño del que ya tenía.
—¿Deberíamos darle algún alimento?
—Aún no —respondió Phetna—. Todavía se encuentra demasiado débil para asimilarlo. ¿Ya lo tienes limpio?
—Sí —susurró Linnet, al tiempo que se sentaba sobre sus talones y escurría el paño empapado.
—Muy bien. Pues ve al manantial, trae agua fresca, caliéntala y vuelve a empezar.
Phetna examinó la expresión de la joven con detenimiento, pero Linnet no mostró ningún signo de desánimo. Tomó dos cubos y salió por la puerta sin chistar, en tanto Phetna se inclinaba sobre el joven desnudo, extendido sobre un colchón de farfollas de maíz.
—¿Estás despierto, chico? —preguntó con fiereza.
Devon emitió alguna clase de sonido y Phetna entendió que la había oído.
—Sé que te duele horrores, pero vamos a tratar de aliviarlo. Tú concéntrate únicamente en respirar y en mantenerte con vida. Esa chica te va a lavar otro poco y eso te refrescará y te calmará. Sobre todo no te olvides de respirar y no te des por vencido. El dolor cesará dentro de un tiempo y solo te quedará de él el recuerdo.
Linnet arrancó un parche de musgo del suelo y con él frotó el interior de los cubos antes de llenarlos de agua. Por primera vez sintió ganas de llorar.
Había sido un día verdaderamente horrible, con las acusaciones de Devon, su pelea, Miranda a punto de morir y, ahora Devon, tumbado en su cabaña, hecho un amasijo de ampollas espantosas. Fuera lo que fuese que sintiera o dejara de sentir por Devon, ya no importaba. Lo principal era que ella se esforzaba por salvarlo.
Alzó la vista para contemplar el cielo oscuro y despejado y ofreció una silenciosa plegaria por la recuperación de Devon. Le dolían los hombros y los cubos la tiraban de los tendones de los brazos, pero eso la traía sin cuidado. Había algo más importante que unos hombros cansados.
Cuando entró, Phetna estaba sentada a la mesa, con un plato de estofado y un pedazo de pan frente a ella. Apenas evidenció percatarse de la presencia de Linnet.
Linnet se arrodilló y comenzó a limpiar de nuevo la espalda de Devon.
Sus ampollas no cesaban de supurar.
—¿Es tu hombre? —preguntó Phetna con la boca llena.
—No es... No es mi marido, no, pero hace mucho que lo conozco.
—¿Qué va a pensar tu marido cuando llegue a casa y se encuentre a un hombre desnudo en tu cama?
—No estoy casada.
Phetna emitió una risotada estridente.
—Veo que el mundo no ha cambiado demasiado en estos últimos años.
Me pareció que Squire decía que eres la maestra del pueblo.
—Sí, lo era.
Linnet no deseaba hablar de ello. Phetna se enteraría de todo tarde o temprano.
—¿Cómo se llama? —la mujer apartó su plato.
Linnet acarició la oreja de Devon con tierno cariño.
—Devon Slade Macalister —respondió.
—¡Slade Macalister! —repitió Phetna con un tono de incredulidad en su voz.
Linnet sonrió jugueteando con un rizo negro del cabello de Devon.
—Slade, por su padre. Recuerdo el día que descubrió que llevaba el nombre de su padre. Todo el mundo decía que Devon le amaba con locura y que sufrió lo indecible cuando le mataron —comentó Linnet antes de retomar la cura de Devon.
—¿Mataron a Slade? —Phetna preguntó en voz baja.
—Sí. Un oso —Linnet no advirtió la mueca de dolor de Phetna—.
Agnes decía que Devon se parecía mucho a su padre.
—Los dos chicos se le parecían —arguyó Phetna.
De repente, Linnet alzó la vista para mirar a la mujer al percatarse por primera vez de lo que estaba implicando.
—¿Conocías al padre de Devon? ¿Conocías a los gemelos?
—Sí —dijo Phetna, al tiempo que se alejaba de la mesa y se sentaba en una silla ubicada cerca de la niña dormida—. Llegué a este territorio con Slade y los demás, y con la madre de los chicos.
—Georgina —observó Linnet, sumergiendo el paño en el agua caliente.
—Supongo que debía de tener un nombre aparte del de señora Macalister, pero nunca se me invitó a utilizarlo —comentó Phetna con desprecio—. ¿Dónde está el otro chico, el que era como ella? Oí que se había vuelto a su este querido llevándose a un hijo y abandonando al otro.
—Sí —respondió—, pero yo nunca conocí al hermano.
Phetna se mantuvo en silencio un instante, tras el cual se sonrió para sus adentros, a espaldas de Linnet.
—¿Este chico es el padre de la niña?
Linnet se volvió hacia ella y le sonrió, sin advertir ya el aspecto grotesco de su rostro.
—Sí.
—Si él se parece a su padre en lo más mínimo, puedo entender por qué lo tomaste sin esperar a la presencia de un predicador.
—Agnes dijo...
—¿Agnes Emerson? —la interrumpió Phetna.
—Sí, ¿la conoces?
—Los conozco a todos. Yo era una pizca mayor que ellos, de la edad de Slade más o menos, pero vivíamos todos juntos en Carolina del Norte.
Vinimos aquí juntos, construimos nuestras casas juntos.
Linnet frunció el ceño, intrigada.
—¿Por qué abandonarías tú Sweetbriar para venir aquí?
Phetna entendió enseguida por qué Linnet sonaba tan extrañada y esbozó una sonrisa amplia.
—Yo soy una mujer fea y horrenda y él está muerto, así que supongo que nada importa ya que lo diga. Yo estaba enamorada de Slade Macalister, lo había estado la mayor parte de mi vida, y cuando se fue al norte y se casó con esa... esa mujer, creí que me volvería loca. Me vine con ellos al oeste con la esperanza de que sucediera algo, pero cuando sucedió y ella le dejó para irse al este, él tampoco me quiso. Supongo que fui una mala perdedora.
Me fugué con el primer hombre que me hizo algún caso y me vine aquí.
—¿Ahora vives con tu marido?
Phetna giró la cabeza hacia otro lado, y Linnet vio que las cicatrices blancas de su cuello se volvían de color púrpura.
—Murió en el incendio, pero al fin y al cabo fue él quien lo provocó, a posta, después de haber bebido demasiado whisky. Su intención era matarme, quemar al demonio que llevaba dentro de mí, dijo, pero el viento cambió de dirección y él murió, mientras que yo seguí viva. Muchas veces he deseado...
—Su espalda parece ser la parte más afectada —Linnet interrumpió los recuerdos de Phetna, imaginando que la estaban conduciendo inexorablemente a unos tiempos que mejor restaban olvidados.
Phetna se arrodilló junto a la cama y miró las quemaduras.
—Tienen mal aspecto, pero podrían ser peores. He visto gente quemada hasta el hueso, con la piel negra cayéndose a tiras. Entonces ya no hay esperanza. Será mejor que duermas un poco. Necesitará más baños por la mañana, y pronto podremos empezar a darle de comer.
—No necesito dormir. Estas ampollas ya están comenzando a supurar
de nuevo.
—Continuarán soltando líquido durante días y tendrás que lavarlas, pero ahora vas a dormir. ¿Piensas cooperar conmigo o contestarme?
Linnet esbozó una leve sonrisa fatigada y retiró un colchón de donde se encontraba para colocarlo contra la pared. Nettie lo había traído antes.
—Tú échate en el colchón, yo me prepararé un lecho en el suelo.
—No —dijo Phetna con severidad—. Yo me quedaré en la silla. Una de nosotras debe velarlo.
—Entonces lo haré... —la mirada de Phetna la detuvo—. De acuerdo, en ese caso, mañana dormirás tú.
Linnet acercó el colchón a Devon todo lo que pudo y se tendió sobre él.
Se durmió al instante.
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