Sweetbriar
Capítulo 18
—¡Dios todopoderoso! Niña, ¿qué has hecho para causar tanta conmoción?
Phetna recibió a una Linnet que tiritaba, calada hasta los huesos.
—Squire ha estado aquí dando órdenes, chillando y maldiciendo con tal exaltación que la niña se ha echado a llorar y me ha costado lo mío conseguir que se calmara.
Phetna contempló a Miranda con adoración. La chiquilla estaba sentada en un taburete al lado del fuego, concentrada en recoger comida con la cuchara y llevársela a la boca.
—¿Cómo está? —Linnet se acercó a Devon dejando charquitos de agua tras de sí.
—Más o menos igual; por suerte, no nos causa tantos problemas como tú. ¿Me vas a contar qué es lo que has hecho, escapándote con un indio y trayendo la cólera sobre Spring Lick?
—¡Va! De verdad que no entiendo cómo esta gente se indigna tanto por semejantes pequeñeces.
—Los indios no son ninguna pequeñez, y si hubieras vivido en este territorio tanto tiempo como yo, lo sabrías.
—No ignoro el peligro que representan los indios. Después de todo, mis padres murieron asesinados a manos de los indios. Vi a mi propia madre...
—se detuvo—. Necesito cambiarme y ponerme ropa seca, lo primero —
observó antes de comenzar a desabrocharse el vestido—. Mano Amarilla es poco más que un chico y estaba ayudándome tranquilamente a recoger escaramujo.
Linnet daba la espalda a Devon, de cara hacia Phetna, y no vio cómo este, con extrema dificultad, giraba la cabeza hacia las dos mujeres. Phetna se dio cuenta y se preguntó si sería la mención de Mano Amarilla o el hecho de que Linnet comentara que iba a desvestirse lo que le empujó a realizar semejante sobreesfuerzo. Contempló sus ojos abiertos por primera vez y, con una extraña tirantez en la piel, signo de su sorpresa, contempló a Slade
Macalister justo como lo recordaba, idéntico al hombre de hacía veinte años. Tardó varios segundos en recordar que se trataba del hijo de Slade.
Lo observó con interés, pero él en cambio solamente tenía ojos para Linnet, que en ese momento conservaba tan solo una blusita de tirantes ceñida al cuerpo y unas enaguas. Los ojos de Phetna rieron divertidos.
«Igualito que Slade», pensó. Hacía falta algo más que un cuerpo quemado en carne viva, un dolor insoportable y la vida pendiente de un hilo para impedirle contemplar a una bonita chica desnuda.
—¿Y bien? ¿Acaso no piensas contármelo? —insistió Phetna, tratando de contener la risa que burbujeaba en su interior, mientras observaba subrepticiamente a Devon.
Linnet se quitó las enaguas húmedas y comenzó a secarse con brío usando una basta toalla de lino. Solamente llevaba la blusita y unos calzones que le llegaban justo por encima de las rodillas.
—Había un chico joven, un Shawnee, en tu cabaña. Estoy convencida de que solo entró para refugiarse de la lluvia. Creo que estaba tan asustado de mí como yo de él —deshizo los lazos de la blusa, se la quitó por la cabeza y, acto seguido, desalojó sus calzones.
—Gírate. Te secaré la espalda. ¿Crees que Miranda tiene suficiente comida?
Linnet se volvió con el cuerpo desnudo de cara a Devon, pero con la cabeza dirigida hacia Miranda. Sonrió a su hija y esta le devolvió la sonrisa, mientras Phetna frotaba la espalda de Linnet. Cuando ésta volvió la cabeza para mirar a Devon, él yacía quieto, con los ojos cerrados. Su respiración era débil, pero regular. Linnet tomó la toalla de manos de Phetna, atravesó la habitación y comenzó a vestirse con ropas secas.
Cuando Phetna volvió a mirar a Devon, este tenía aspecto de dormido, pero estaba convencida de haber visto un asomo de sonrisa en sus labios.
—Nada puede matar a un chico que todavía siente ansias de contemplar a las mujeres —musitó para sí, y respiró tranquila, pues no soportaba la idea de ver morir al hijo de Slade bajo su celoso cuidado.
Linnet se arrodilló al lado de Devon, le acarició el cabello y recorrió su oreja con el dedo.
—Tiene mejor color, ¿no te parece Phetna? ¿O son imaginaciones mías?
El rostro de Phetna se retorció formando algo semejante a una sonrisa.
—Creo que se va a poner bien. De hecho, estoy completamente segura.
—¿Lo estás? —Linnet se sintió exultante de felicidad, pero se desinfló enseguida—. Lo creeré cuando lo vea con mis propios ojos, cuando compruebe claramente que es Devon y no una muñeca de trapo.
—Oh, no es una muñeca de trapo, te lo puedo asegurar. No he estado tan segura de algo en toda mi vida —Phetna se levantó—. Bueno, basta de cotorreo. Tenemos mucho que hacer. ¿Tienes fuerzas, chica?
—Tantas como de costumbre, creo. ¿Qué hemos de hacer?
—Tenemos que levantar al chico, incorporarlo, para que empiece a beber mi té. Además, ¿te das cuenta de que no ha vaciado su organismo desde que se quemó?
En contra de su intención, Linnet se ruborizó y Phetna se divirtió de lo lindo contemplando su rostro encendido.
—Ya te avisé de que cuidar a una persona quemada no era ningún dulce.
Vamos, toma esas almohadas y colócalas en ese banco, tal como te mostré.
Levantar a Devon y sentarlo en el banco supuso un largo y extenuante proceso para las dos mujeres. No podían tocar sus quemaduras y, puesto que sus pies estaban muy mal heridos, él tampoco fue capaz de prestarles demasiada colaboración. Ambas advirtieron las líneas de tensión en su rostro semiconsciente, y cómo su piel cruda y frágil tiraba amenazando romperse.
Tendieron un colchón a lo largo de la mesa y Devon pudo inclinarse hacia delante; sus costillas se henchían y se desinflaban con dificultad tras el esfuerzo. Las lágrimas acudieron a los ojos de Linnet al sentir esta el dolor de Devon.
Linnet necesitó varios minutos y una charla silenciosa consigo misma para recuperarse de la vergüenza que pasó asistiendo a Devon a aliviar las necesidades de su organismo. Phetna no la ayudó en lo más mínimo y pareció gozar cada minuto contemplando el bochorno de Linnet.
Cuando el té estuvo listo, Phetna le añadió una pizca de sal y explicó que toda el agua que Devon había perdido era salada (Linnet renunció a la idea de preguntarle cómo lo sabía) y que, por tanto, la sal había de reponerse. Devon se resistía a tragarse el té, no lo quería, se le atragantaba.
—Tienes que conseguir que lo beba —le dijo Phetna a Linnet—. Ocurre lo mismo con todos. Sólo quieren morir y es muy difícil convencerles de que no van a morirse.
—Pero Devon no quiere beber más —dijo Linnet, frustrada—. ¿Cómo puedo forzarlo?
—No sé. Cada uno tiene sus métodos: tápale la nariz, amenázalo, llora, bésalo —eso lo has estado haciendo bastante últimamente—; lo que sea para hacerle beber. Piensa que esta es la parte fácil. Pronto tendrás que obligarlo a comer.
—¿Cómo puedo hacer nada si no puede oírme? Ha estado inconsciente desde el incendio.
—¡Ja! Oye tanto como tú, y apuesto a que su vista es mejor que la mía.
Linnet se quedó atónita. —Entonces, ¿por qué no dice nada?
—¡Dolor, chica! ¡Un dolor ardiente e insoportable! Lo último que deseas es mover la boca para hablar cuando todo lo que puedes sentir es tu cuerpo encendido.
—Devon —le susurró dulcemente al oído—, tienes que te beberte el té.
Queremos que te pongas bien. Miranda desea conocerte. Por ahora, te ve como a una gran muñeca de trapo, no como a alguien real. Cuando te recuperes, podrías tallar una cabeza de muñeca para ella, y yo podría confeccionar el cuerpo de tela. ¿Querrías hacer eso por tu hija?
Algunas palabras de Linnet debieron de ser acertadas, pues Devon al fin se esforzó por beber.
Al tercer día las quemaduras dejaron de supurar y las ampollas empezaron a secarse. Fue durante este día, mientras una Linnet exhausta se esforzaba en que sorbiera un poco de té, cuando Devon le dirigió las primeras palabras.
—Bésame —musitó con voz áspera.
—¿Qué?
Linnet dejó la taza sobre la mesa. Phetna y Miranda estaban fuera, y ellos dos se encontraban a solas en la cabaña.
—Bésame —repitió Devon, y giró la cabeza para mirar a Linnet a los ojos.
Qué maravilloso era poder contemplar una vez más sus brillantes ojos
azules.
—No beberé a menos que me beses.
—¡Devon! Pero, ¿qué dices? No he oído tu voz en tres días enteros, tu espalda está quemada más allá de lo reconocible y lo único que se te ocurren son demandas absurdas.
—Discusión no, Lynna, por favor —su cabeza se hundió y sus ojos volvieron a cerrarse.
—No, amor mío, lo siento. Te besaré.
Linnet le besó la mejilla, la sien, los párpados, todo aquello que había besado tantas veces en aquellos últimos días. ¿Habría sido consciente de aquellos besos como aseguraba Phetna, o estaba inconsciente como creía Linnet?
Al cuarto día Devon pareció haber cobrado algo de fuerza. Linnet sabía que estaba despierto y que notaba cada vez que ella le tocaba. En algunos momentos del día hubiera deseado que se la tragara la tierra, de lo abochornada que se sentía.
—Parece que va a salir de esta —dijo Phetna la tarde del cuarto día.
—Ojalá yo estuviera tan convencida. ¿Por qué no habla?
—Qué Dios nos ayude; dale un par de días más. Todos los quemados actúan igual: al principio el calvario que padecen les impide quejarse, pero pronto se recuperan lo justo para lamentarse de todos sus males. Es entonces cuando tu paciencia se pone a prueba, pero es también cuando sabes que si se sienten con fuerzas para quejarse, es que están bien.
—En este momento, preferiría oír alguna queja. Este silencio resulta ensordecedor.
—Te recordaré esas palabras más adelante.
Linnet tomó los dos cubos de madera.
—Voy al manantial.
—¿Por qué no te quedas un rato por allí? Pasea un poco, recoge algunas flores —Phetna le gritó desde detrás—. Él no irá a ninguna parte y a ti te vendría bien cambiar de aires.
La atmósfera de la primavera olía bien, sobre todo en contraste con el ambiente viciado de la cabaña; así que en vez de ir directa al manantial, Linnet se dirigió a un paraje tranquilo, bajo unos olmos. El suelo estaba
alfombrado de tréboles y las abejas colmaban el aire, ajetreadas. Sentía cierta culpabilidad por haber dejado a Devon solo, por ser capaz de escaparse, cuando él se veía forzado a permanecer encerrado, mientras los pájaros cantaban y las flores se mecían en la suave brisa.
—Linnet.
Linnet tuvo que cerrar los ojos un segundo ante aquella intrusión no deseada. No había visto al Terrateniente desde el día en que Mano Amarilla y ella se habían quedado en lo alto de aquella colina, bajo la lluvia, riéndose de él y Mooner.
—Sí —se forzó a decir sonriendo—. ¿Cómo estás?
El Terrateniente no tenía buen aspecto. Como si no hubiera dormido bien, o nada en absoluto.
Se sentó al lado de Linnet, casi cayendo, sin controlar bien sus piernas.
—Supongo que eso debería preguntártelo yo a ti. No te he visto mucho últimamente. Imagino que te quedas todo el tiempo a su lado.
—Permanezco a su lado porque Devon está seriamente quemado y me necesita. De hecho, no debería estar aquí. Es casi hora de darle de comer.
—¿Darle? ¿Le das la comida? ¿A un hombre maduro?
—Squire, Devon casi se muere, y salvando a mi hija, debo añadir. Está muy débil y no puede hacer nada por sí solo. Haría lo mismo por cualquiera que hubiera rescatado a Miranda.
—Me pregunto si es eso cierto, Linnet, o si le ayudas a él simplemente porque aún le amas.
—No creo que pueda responder a eso, ya que dudo que alguien, a excepción del padre de Miranda, hubiera entrado en aquel infierno en llamas.
El Terrateniente apartó la mirada.
—Supongo que estás en lo cierto. En aquel momento, yo no creí que hubiera ninguna esperanza de rescatar a la niña con vida, pero si hubiera sido mi propia hija, tal vez entonces... ¿quién sabe?
—Pareces agotado.
—Lo mismo se diría de ti.
Un leve tono mordaz en la voz del Terrateniente irritó a Linnet.
—¿Cómo se supone que debo contestar a eso? ¿Qué deseas saber? ¿Los
detalles exactos de la noche que pasé con Devon Macalister? ¿O son nuestras noches presentes las que te intrigan? ¿Deseas que te redacte un informe cada vez que lo toco? ¿Qué quieres exactamente? Es un hombre muy enfermo.
El Terrateniente se mantuvo en silencio por un momento.
—¿Sabes? Estas últimas semanas he descubierto muchas cosas acerca de ti. Me he dado cuenta de que no te esfuerzas lo más mínimo en llevarte bien con la gente, de que incluso pareces hallar placer en provocar chismorreos, en hacer todo lo que está en tu mano con tal de ser distinta. No te basta con ser inglesa, lo cual ya te otorga formas diferentes de por sí. No.
Aún te esfuerzas por destacar más.
Los ojos de Linnet emitieron destellos de ira y su boca se cerró en una prieta línea recta.
—En Inglaterra gocé de lo que se podría definir como una educación poco convencional. Me enseñaron a aceptar a las personas por lo que son y no por lo que se dice de ellas. Tan pronto llegué a este pueblo me percaté de que la gente solo estaba dispuesta a aceptarme siempre y cuando me comportara como ellos. Jule y Ova, sin ir más lejos, deseaban que yo odiara a Nettie y a sus hijas, que me dedicara a criticar despiadadamente a personas que no estaban presentes, pero yo no podía hacerlo.
—Pero ha sido precisamente tu actitud despreciativa la que ha causado tantos problemas.
—Nunca he pretendido mostrarme desdeñosa, no era mi intención, pero tampoco comprendo por qué desearías que les siguiera el juego.
—Solo desearía que te adaptaras un poco —tomó su mano y la sostuvo entre las suyas—. Después de costear tu viaje hasta Kentucky y ofrecerte el empleo a pesar de que tuvieras una hija ilegítima, creí que querrías compensarme.
Linnet se liberó de él.
—¿Creíste que comprabas a una amante? ¿O solo me querías para incrementar tu popularidad? La fama de haber recogido a dos mujeres pobres y descarriadas y haber salvado sus almas hubiera podido favorecer tu expediente y ayudarte a convertirte en gobernador. Pero yo lo estoy arruinando todo, ¿no es así? No queda bien ante los ojos de tus electores
que la mujer que «rescataste» y convertiste en la maestra de la escuela tenga a su amante viviendo con ella, ¿verdad? Estabas dispuesto a perdonar mis pecados siempre y cuando tuvieras la esperanza de que me convirtiera en tu querida, pero ahora los términos han cambiado.
—Lamentarás esto, Linnet. Voy a convertirme en gobernador de este estado y ninguna fulana de tres al cuarto como tú me lo va a impedir.
—No temas, no lo haré. En cuanto Devon esté suficientemente bien para viajar, saldré de este lugar aunque tenga que hacerlo a rastras.
—¿E irás adonde? —preguntó bruscamente—. ¿De vuelta a ese pueblo que veneras? ¿Sweetbriar? ¿Piensas correr la voz de que Squire Talbot no es lo bastante bueno para ser gobernador?
Linnet le miró con suma frialdad.
—De hecho, dudo que te mencione demasiado. Ahora, debo volver con Devon.
Linnet dio media vuelta y se alejó.
Estaba tan sulfurada cuando entró en la cabaña que cerró la puerta dando un portazo tras de sí. Tenía los ojos desorbitados y extraviados. No se percató de que Devon, por primera vez desde el incendio, estaba sentado por sí solo, con una colcha echada sobre sus rodillas, cubriendo la parte inferior de su cuerpo.
—¿Es que te ha pillado una tormenta o eres tú la que estás fraguando una en tu interior? —preguntó Phetna, sin que Linnet le prestara ninguna atención, demasiado enojada aún para ver u oír—. Miranda, cielo —insistió la anciana—, ¿por qué no salimos afuera y vemos si ya ha brotado alguno de los guisantes? —le propuso a la niña, al tiempo que le ofrecía su mano tullida.
Miranda echó un vistazo a su madre, pero como consideró que no se parecía en nada a la madre que conocía, salió de la mano de Phetna la mar de contenta.
Ni Devon ni Linnet dijeron nada cuando se quedaron a solas. Linnet tenía la mirada fija en un punto, más allá de la pared del fondo, y Devon la observaba.
—Lynna —dijo bajito, con la voz ronca—. Lynna —repitió al ver que Linnet no se inmutaba.
De repente, Linnet se volvió y se percató de él por primera vez.
—¡Devon! ¡Estás sentado!
Devon esbozó una amplia sonrisa.
—Creí que nunca te darías cuenta. Siéntate a mi lado, necesito algo para apoyarme.
Linnet se sentó con él en el banco, y Devon levantó la colcha tendida sobre sus rodillas y la extendió por encima de Linnet al tiempo que se deslizaba acercándose a ella. Linnet sintió el tacto templado de la piel desnuda de él a través de sus faldas y enaguas. De repente, había dejado de ser un cuerpo enfermo y desvalido para convertirse de nuevo en un hombre, un hombre cálido, vital e indudablemente vivo. Linnet comenzó a apartarse de él.
—No, por favor —le imploró Devon, y ella dejó de retirarse—. Dime,
¿por qué estás tan enojada?
Linnet no fue capaz de alzar la frente para mirarle.
—Tuve, por así decirlo, una disputa con el Terrateniente.
Linnet, con la cabeza agachada, no vio que Devon estaba sonriendo.
—¿Una disputa amorosa? —preguntó.
—No amo... —le miró y sonrió—. Nunca he amado a ese hombre. Me dio un empleo, eso es todo.
—Lo de Mano Amarilla te disgustó mucho ¿verdad?
—Sí, lo de Mano Amarilla y muchas otras cosas. Como cuando los hombres se negaron a ayudarnos a traerte hasta aquí. ¿Cómo pueden existir dos pueblos tan diferentes, Devon? ¿Cómo es posible que Sweetbriar sea tan distinto a este... este sitio?
—No lo sé, y creo que prefiero no tener el placer de descubrirlo. Una cosa es cierta: fue una suerte que nadie matara a Mano Amarilla porque, de haberlo hecho, en este momento este pueblo no sería más que un montón de escombros humeantes.
—¡Tenía razón acerca de él!
—Lynna, debes comprender algo. La forma de vida india nada tiene que ver con la del hombre blanco. No puedes ir por ahí, con tu bonito cuerpecito como única protección, pensando que todos los indios son personas buenas y honorables en las que puedes confiar.
¡Señor! Deseó no estar tan débil. Incluso el mero hecho de hablar lo dejaba para el arrastre; se sentía como si acabara de ser el pasto bajo las patas de una estampida de búfalos.
—Pero es que él era Shawnee.
Devon abrió la boca con una primera intención de hablar, pero enseguida la volvió a cerrar. A veces, hablar con Linnet era como intentar razonar con un árbol.
—Creo que no quiero hablar más. ¿Me querrías ayudar a llegar hasta el colchón? —para él era como si estuviera a kilómetros de distancia.
—No, Devon, debes comer. He hervido un pollo y he hecho un caldo muy sustancioso. Te daré un poco —Linnet se retiró la colcha de encima y se aproximó a la chimenea para llenar una taza de caldo.
Devon permanecía sentado; se sentía abatido. No podía reclinarse hacia atrás ni recostarse hacia delante, y el esfuerzo de mantenerse erguido en su asiento estaba acabando con él. En el momento de sentarse, cuidando de no apoyar los pies en el suelo, se había sentido bien, pero ahora solo ansiaba descansar, dormir, no pensar, ni hablar, ni mucho menos, comer.
Linnet se le acercó blandiendo otra de esas tazas humeantes delante de él. Aquellas dos mujeres no habían hecho otra cosa que alimentarle durante lo que, ahora, se le antojaban meses. ¿No se daban cuenta de que padecía un dolor insufrible, de que la piel de su espalda estaba tan tirante que se iba a desgarrar en cualquier momento? ¿No sabían lo agotado que se sentía, que no se tenía en pie, que no podía llegar ni al excusado por sí mismo? ¿Es que no recordaban que él era un hombre? Lo único que les interesaba era verter alimentos en su garganta. De repente, sintió furia.
—¡Maldita sea, Linnet! No quiero co...
Se detuvo en seco al advertir que Linnet le estaba mirando con una expresión insólita en el rostro. Lentamente, Linnet depositó la taza sobre la mesa y se echó a reír súbitamente, de un modo que Devon jamás había presenciado en un adulto. La boca de ella se abrió de par en par y la totalidad de su cuerpo comenzó a estremecerse. Los ojos de Devon se dilataron de fascinación cuando sus piernas se volvieron de goma y Linnet se desplomó en el suelo. Su risa inundaba el aire. Mientras sus piernas se enredaban sin remedio en el largo de su falda, Linnet se apretó el estómago
con las manos. Le caían las lágrimas.
—Linnet, ¿de qué te ríes? Todo lo que iba a decir es que no quiero comer más y ni siquiera me has dejado terminar la frase.
Pero Linnet no se encontraba en posición de dar explicaciones; no le quedaba aire. «¡Maldita sea, Linnet!», esas palabras le sonaron a música celestial. ¡Se curaría! ¡Volvería a ser Devon otra vez! Nada mejor que aquellas palabras airadas para convencerla de que se iba a recuperar del todo.
Devon no podía sino contemplarla anonadado y su risa se le empezó a contagiar. Sus labios dibujaron una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Qué mujer más peregrina! Creo que nunca llegaré a entenderte.
Phetna regresó con Miranda y se quedó mirándolos a los dos: Devon estaba sonriendo y Linnet retorciéndose de risa en el suelo, entre el amasijo enredado de sus faldas, con la cara cubierta de lágrimas.
—Se ha vuelto loca de remate —comentó Devon.
A Miranda no le importaba el motivo de que su madre estuviera tan contenta, solamente que lo estaba. Corrió hacia ella y se le subió encima, y las dos empezaron a rodar juntas por el suelo. Linnet hacía cosquillas a su hija despiadadamente, mientras la niña pataleaba y chillaba de júbilo.
—Toma, chico, bébete esto antes de que se enfríe.
Devon contempló a madre e hija con sumo interés: nunca había visto a Linnet tan liberada. Apuró la taza de aquel caldo espeso caliente.
Al fin, Linnet se tumbó sobre el suelo de madera, con los costados punzantes y exhaustos por el retozo. Miranda insistió en continuar jugando, pero Linnet la contuvo.
—Me temo que no me quedan más fuerzas, Miranda.
A la postre, la niña se dejó caer al lado de su madre, satisfecha con yacer a su lado.
—Vosotras dos, ¿pensáis quedaros ahí tiradas toda la noche? —preguntó Phetna desde su elevada posición vertical—. Ese chico tuyo necesita ayuda para volver a la cama y me temo que yo soy demasiado enclenque para serle de alguna utilidad.
—Creo que todavía no se puede ir —dijo Linnet, incorporándose y mirando a Devon.
Él le echó una mirada solemne y volvió la taza boca abajo sobre la mesa para mostrarle que estaba totalmente vacía.
Linnet le sonrió.
—Por favor, no me hagas reír más. Mañana me dolerán todos los músculos del estómago.
El rostro de Devon adoptó una expresión muy seria.
—No te preocupes, te daré un masaje.
A Linnet le subieron todos los colores y oyó con gran claridad la risita burlona que procedía de Phetna. Se levantó y se acercó a Devon.
—Coloca tu brazo alrededor de mi cuello y te sostendré. Trata de no apoyar demasiado los pies.
Al levantarse, la colcha se deslizó de sus piernas y Devon hizo ademán de agarrarla, pero la dejó caer, al tiempo que le dedicaba a Linnet una sonrisa picarona.
—Olvidaba que no tengo nada que no hayas visto —y manipulado—
repetidas veces.
—¡Devon!
Linnet sintió que todo su cuerpo enrojecía, incluyendo las orejas y los dedos de los pies. Miró disimuladamente a Miranda.
—Creí haberte oído decir que no estás criando a una niña, ¿cómo lo dijiste?, ¿que se fuera a acongojar ante la visión de un hombre desnudo?
Linnet fue incapaz de replicar pero, cuando Devon al fin se tendió boca abajo sobre el colchón, ella lo cubrió con una sábana, sin mirarlo, y se alargó para alcanzar un trozo de tela colocado encima de su cesta de costura.
—¿Qué haces, chica? —preguntó Phetna con una voz que delataba risa.
—Creo que la serpiente acaba de aparecer en el Jardín del Edén, y Adán acaba de ganarse su hoja de parra —sostuvo en el aire los pantalones quemados y cortados que Devon llevaba puestos la noche del incendio—: tendrán que servir hasta que tenga la oportunidad de hacer otros —dijo, evitando aún la mirada de Devon.
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